Doctrina del Evangelio

Capítulo 31

La naturaleza de los ángeles ministrantes


El pecado imperdonable

Si es que Judas verdaderamente conoció el poder de Dios y participó del mismo, efectivamente “negando la verdad”, y “desafiando” ese poder, “habiendo negado al Espíritu Santo después de haberlo recibido”, y habiendo negado “al Unigénito” después que Dios se lo había reve­lado, entonces no puede haber ninguna duda de que mo­rirá la segunda muerte.

Si Judas recibió todo este conocimiento; si estas gran­des verdades le fueron reveladas; si recibió el Espíritu Santo por el don de Dios y, por tanto, estaba en condi­ción de cometer el pecado imperdonable, no me es com­pletamente claro.

Tengo en mi mente la fuerte impresión de que ninguno de los discípulos poseía suficiente luz, conocimiento o sabiduría, al tiempo de la crucifixión, ni para su exalta­ción o condenación; porque no fue sino hasta después, que se abrió su mente para comprender las Escrituras y fueron investidos con poder en lo alto, en el cual no eran más que niños en conocimiento, en comparación con lo que más tarde llegaron a ser bajo la influencia del Es­píritu.

Saulo de Tarso, dueño de una extraordinaria inteli­gencia y conocimiento, fue instruido a los pies de Gamaliel, enseñó estrictamente conforme a la ley, persiguió a los santos hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres; y al ser derramada la sangre del mártir Esteban, Saulo estaba presente, cui­dando las ropas de los que le quitaron la vida, y con­sintió en su muerte. Además, “asolaba la iglesia, y en­trando casa por casa arrastraba a hombres y a mujeres y los entregaba en la cárcel” (Hechos 8:3). Y cuando los mataban, él alzaba la voz en contra de ellos, “casti­gándolos en todas las sinagogas, los forzaba a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos los perseguía has­ta en las ciudades extranjeras” (Hechos 26:11); y sin embargo, este hombre no cometió ningún pecado imper­donable, porque no conocía al Espíritu Santo; pero por otra parte, como consecuencia del crimen de adulterio con Betsabé, y por ordenar que Urías fuese puesto al frente de la batalla en época de guerra, donde fue muer­to por el enemigo, David, varón conforme al propio co­razón de Dios, fue despojado del sacerdocio y del reino, y su alma fue echada en el infierno. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo habló por boca de David (Hechos 1:16), o en otras palabras, David poseía el don del Espíritu Santo y tenía el poder para hablar por la luz del mismo. Más con todo, aun David, culpable de adulterio y del asesinato de Urías, recibió la promesa de que su alma no sería dejada en el infierno, que significa, como yo lo entiendo, que hasta él se salvará de la segunda muerte.

Mientras colgaba de la cruz, en la agonía de la muerte, estando a punto de entregar su espíritu, nuestro Salva­dor lleno de gloria y de gracia, exhaló esta memorable y misericordiosa oración: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen“(Lucas 23:34).

Ninguno puede pecar contra la luz hasta que la tiene, ni contra el Espíritu Santo hasta que lo ha recibido por el don de Dios, mediante la vía o manera designada. El pecado contra el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad, el Consolador, el Testigo del Padre y del Hijo, el negarlo deliberadamente y desafiarlo después de haberlo reci­bido, es lo que constituye este pecado. ¿Poseyó Judas esta luz este testimonio, este Consolador, este bautismo de fuego y del Espíritu Santo, esta investidura de lo alto? Si así fue, lo recibió antes de la traición y consiguiente­mente antes que los otros once apóstoles. Y siendo así, tal vez diréis: “Es un hijo de perdición sin esperanza.” Pero si él carecía de este glorioso don y derramamiento del Espíritu, mediante el cual vino el testimonio a los once y sus mentes fueron abiertas para ver y conocer la verdad para poder testificar de Él, entonces, en ¿qué consistió el pecado imperdonable de esta pobre criatura errante, que no logró más en la escala de la inteligencia, honor o ambición, que traicionar al Señor de gloria por treinta piezas de plata?

Mas no sabiendo si Judas cometió el pecado imperdo­nable, ni que fue un “hijo de perdición sin esperanza”, que padecerá muerte, ni cuánto conocimiento poseía se­gún el cual pudo cometer tan gran crimen, yo prefiero, basta no estar mejor enterado, formarme el misericor­dioso concepto de que él podrá ser contado entre aquellos por quienes nuestro bendito Maestro rogó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:24) (IE, junio de 1918, 21:732-737).

La resurrección

Hablando de la resurrección, tema del cual tanto se ha dicho durante esta conferencia —y muy apropiada­mente— distintamente creemos que el propio Jesucristo es el verdadero y el único tipo verdadero de la resurrec­ción de los hombres de muerte a vida. Creemos que no hay ninguna otra forma de resurrección de muerte a vida; que así como se levantó y preservó su identidad, hasta las cicatrices de las heridas en sus manos, pies y costado, a fin de poder probar que El mismo era, a los que duda­ban de la posibilidad de resucitar de los muertos; que ciertamente era El mismo, Señor crucificado, sepultado en la tumba y levantado nuevamente de muerte a vida, así será con vosotros y con todo hijo o hija de Adán que nace en el mundo. No perderéis vuestra identidad como Cristo no la perdió; resucitaréis de la muerte a la vida nuevamente, tan ciertamente como Cristo se levantó de la muerte a vida nuevamente, tan seguramente como que había resucitado de la muerte a la vida aquellos que ministraron al profeta José Smith. Por tanto, de la mis­ma manera en que Cristo ha sido resucitado, así vendrá nuevamente la vida y la resurrección de muerte a vida a todos los que descienden de nuestros primeros padres. El poder y la rectitud del Hijo de Dios han vencido la muerte que vino al mundo por la transgresión de Adán, y han dominado su terror. El vino a redimir al hombre de la muerte temporal, y también para salvarlo de la muerte espiritual, si quiere arrepentirse de sus pecados, creer en el nombre de Cristo, seguir su ejemplo y obede­cer sus leyes (CR, abril de 1912, págs. 135, 1936).

La naturaleza de los ángeles ministrantes

Nos ha dicho el profeta José Smith que “no hay ánge­les que ministran en esta tierra sino los que pertenecen o han pertenecido a ella” (D. y C. 130:5). Por tanto, cuando son enviados mensajeros a ministrar a los habitan­tes de esta tierra, no son extranjeros, antes vienen de las filas de nuestros parientes y amigos, semejantes y con­siervos. Los antiguos profetas que murieron fueron los que vinieron a visitar a sus semejantes sobre la tierra. Vinieron a Abraham, a Isaac y Jacob; fueron estos seres —seres santos si me hacéis favor— los que sirvieron al Salvador y lo ministraron en el monte. El ángel que visi­tó a Juan en su destierro, y desplegó ante su vista aconte­cimientos futuros en la historia del hombre sobre la tie­rra, fue uno que ya había estado aquí, que se había afanado y padecido en común con el pueblo de Dios; porque recordaréis que Juan, después de haber presenciado las glorias del gran futuro, estaba a punto de caer a sus pies para adorarlo, cosa que le fue prohibida en el acto. “Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios” (Apocalipsis 22:9). Jesús ha visitado a los moradores de esta tierra de cuan­do en cuando. Visitó al hermano de Jared y se le mani­festó en su cuerpo espiritual, tocando con su dedo cier­tas piedras que el hermano de Jared había fundido de la roca, y causando que diesen luz a él, a su pueblo y los barcos en los cuales cruzaron las aguas del gran mar para llegar a esta tierra. Visitó a otros en diversos tiem­pos, antes y después de haber encarnado. Fue Jesús el que creó esta tierra; por tanto, en su herencia y tiene todo derecho de venir y ministrar a los habitantes de ella. Vino en el meridiano de los tiempos y tomó sobre sí un ta­bernáculo de carne durante unos treinta y tres años entre los hombres, introduciendo y enseñando la plenitud del evangelio e invitando a todos los hombres a que siguie­ran sus pasos, a que hicieran las mismas cosas que El hizo, a fin de que fuesen dignos de heredar con El la misma gloria. Después de padecer la muerte corporal, no sólo se apareció a sus discípulos y a otros en el con­tinente oriental, sino también a los habitantes de este continente, y ministró entre ellos como lo hizo con los de la tierra de Palestina. En igual manera nuestros pa­dres y madres, hermanos, hermanas y amigos que han salido de esta tierra, y que han sido fieles y dignos de disfrutar de estos derechos y privilegios, pueden recibir una misión de visitar nuevamente a sus parientes y ami­gos en la tierra, trayendo de la presencia divina mensa­jes de amor, de amonestación o reprensiones e instruc­ción para aquellos que aprendieron a amar en la carne. Y así es con la hermana [Elizabeth H.] Cannon. Puede volver para visitar a sus amigos, si es que concuerda con la sabiduría del Omnipotente. Hay leyes a las cuales deben sujetarse aquellos que se encuentran en el paraíso de Dios, así como hay leyes a las cuales nosotros esta­mos sujetos. Es nuestro deber familiarizarnos con estas leyes, a fin de que aprendamos a vivir de acuerdo con su voluntad mientras moremos en la carne, para que tengamos el derecho de salir en la mañana de la primera resurrección, revestidos de gloria, inmortalidad y vidas eternas, y se nos permita sentarnos a la diestra de Dios en el reino de los cielos. Y a menos que nos familiarice­mos con tales leyes, y vivamos de conformidad con ellas, no esperemos disfrutar de estos privilegios. José Smith, Hyrum Smith, Brigham Young, Deber C. Kimball, Jedediah M. Grant, David Patten, Joseph Smith, padre, y todos esos hombres nobles que tomaron parte activa en el establecimiento de esta obra, y que murieron leales y fie­les a su cometido, tienen el derecho y privilegio, y poseen las llaves y poder de ministrar al pueblo de Dios que vive aún en la carne, en igual grado y de acuerdo con los mismos principios que los antiguos siervos de Dios que tuvieron el derecho de volver a la tierra y ministrar a los santos de Dios en su época.

Estos son principios correctos. No hay duda alguna en mi mente al respecto. Concuerda con las Escrituras; con­cuerda con la revelación de Dios al profeta José Smith; v es un tema que podemos reflexionar con gozo y tal vez provecho para nosotros, si es que tenemos el Espíritu de Dios para que nos dirija (Discurso en los funerales de Elizabeth H. Cannon, JD, 22:351, 352).

Redención allende el sepulcro

Referente a la liberación de los espíritus de sus pri­siones, desde luego creemos que sólo se puede realizar después que les haya sido predicado el evangelio en el espíritu, y ellos lo acepten y los vivos hagan por ellos la obra necesaria para su redención. Se ha revelado que la gran tarea en el Milenio será la obra en los tem­plos para la redención de los muertos, a fin de que se dé prisa a esta obra y puedan recibir el beneficio de este rescate todos los que crean en el mundo de los espíritus; y entonces esperamos poder disfrutar de los beneficios de revelaciones por medio del Urim y Tumim, o por los medios que el Señor revele, concerniente a aquellos por quienes se ha de hacer la obra, a fin de que no tra­bajemos a la ventura ni solo por la fe, sin conocimiento, sino con el conocimiento preciso que nos será revelado. Concuerda con la razón que aun cuando el evangelio debe ser predicado a todos, buenos y malos, o mejor dicho a los que quieran arrepentirse en el mundo de los espíritus, tal como se hace aquí, la redención vendrá solamente a aquellos que se arrepienten y obedecen. Indudablemente se concede mucha indulgencia a las personas que están deseosas de hacer la obra por sus muertos, y en algunos casos podrá hacerse la obra por personas muy indignas. No se deduce, sin embargo, que éstas recibirán beneficio alguno a causa de ello, y lo correcto sería hacer la obra únicamente por aquellos de quienes tenemos testimonio que lo recibirán. Sin embargo, estamos dispuestos a dar a los muertos el beneficio de la duda, ya que es mejor hacer la obra por muchos que sean indignos que pasar por alto a uno que sea digno. Hoy conocemos en parte y vemos en parte, pero miramos hacia adelante constante­mente hasta el día en que llegue lo que es perfecto. Se deja mayormente a nuestro propio albedrío, ejercer nues­tra propia inteligencia y recibir toda la luz que sea reve­lada, al grado que estemos capacitados para recibirla, v únicamente aquellos que buscan la luz y la desean son los que probablemente la hallarán (IE, diciembre de 1901, 5:145-147).

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