Capítulo 36
El cuidado y necesidad de templos
La resurrección
Voy ahora a tomarme la libertad de leer algunos pasajes de las Escrituras, y en el curso de mi lectura expresar mi creencia y convicción tocante a lo que como Santos de los Últimos Días creemos al respecto de la resurrección de los muertos. No tomaré el trabajo ni el tiempo de tratar en detalle el asunto, porque son muchos los pasajes contenidos en el Nuevo Testamento que se pueden citar sobre el tema, en las declaraciones del Hijo de Dios; más bien me conformaré con leer la descripción de su resurrección. Todos sabemos que fue levantado sobre la cruz, que fue herido en el costado, que su sangre brotó de su cuerpo y que gimió sobre la cruz y entregó el espíritu; que su cuerpo fue quitado de la cruz, embalsamado, envuelto en un sábana limpia y colocado en un sepulcro nuevo en donde no había sido puesto ningún otro cuerpo. Y entonces, recordando sus palabras de que iba a entregar su cuerpo y lo volvería a tomar, la afirmación de qué ese templo iba a ser destruido pero que en tres días se volvería a levantar, que iba a dar su vida y volverla a tomar, los principales de los sacerdotes fueron a las autoridades mayores y exigieron que fuese puesta una gran piedra a la entrada del sepulcro y que se le colocara un sello, no fuera que sus discípulos llegaran de noche, se llevaran el cuerpo, y esparcieran entre el público la palabra de que había resucitado de entre los muertos. De modo que se dispuso una guardia de soldados para vigilar la tumba y se colocó una gran piedra en la entrada del sepulcro, sobre la cual se puso un sello de acuerdo con el relato que hacen las Escrituras, de modo que sería absolutamente imposible que los discípulos de Cristo perpetraran un fraude sobre el mundo clandestinamente robándose y llevándose el cuerpo de Cristo, y entonces proclamar al mundo que su cuerpo había resucitado de los muertos. Algunas veces aun los enemigos de la verdad y los que están procurando destruirla llegan a ser el medio involuntario de verificar la verdad y colocarla fuera de toda posibilidad de duda; porque si ellos mismos no hubiesen tomado estas precauciones, y si la guardia no hubiese estado en la tumba para proteger el sepulcro y ver que no se cometiera algún fraude, entonces fácilmente podrían haber ido al mundo y decir: “Es que sus discípulos llegaron y se llevaron el cuerpo; entraron a hurtadillas de noche y se lo robaron.” Pero se taparon su propia boca con su vano esfuerzo por destruir el efecto que su resurrección de los muertos ejercería en la mente del pueblo y en la historia del mundo.
Tomás uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús después de su resurrección. “Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25).
Tenemos muchos Dídimos en nuestra época y generación, y esperamos que aquí no haya ninguno, sino más bien esa otra clase a que se refirió Jesús.
“Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás; creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:26-29).
El discípulo que escribió esto, es discípulo amado, el que fue testigo personal, que corrió al sepulcro y llegó primero que Pedro y miró dentro y entonces entró después de Pedro, el mismo que ha escrito esta palabras, dice también:
“Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:30, 31).
Ahora bien, lo que quiero que reflexionéis en vuestra mente es, enfáticamente, la innegable, inequívoca y franca descripción del cuerpo, el cuerpo resucitado del Señor Jesucristo, dada en esta narración de su resurrección y aparición a sus discípulos, la cual hace desvanecer toda imaginación o pensamiento de que la muerte del cuerpo y la separación del espíritu y el cuerpo constituye la resurrección de los muertos. ¿No es así? Cristo es el Hijo de Dios y sus discípulos dan fiel testimonio de la verdad como ellos la presenciaron, como declaran que la vieron; pues afirman que vieron con sus ojos, oyeron con sus oídos, sintieron compulsión en sus corazones y examinaron las heridas con sus propias manos, para ver y palpar que efectivamente era el mismo individuo, la misma persona, el mismo cuerpo que fue crucificado, con las mismas marcas que le causaron mientras colgaba de la cruz-todo eso ha de servir para demostraros que la resurrección de Cristo fue la resurrección de El mismo y no de su espíritu. Antes de continuar deseo leeros otros pasajes del capítulo vigésimo cuarto de Lucas:
“Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén.
“E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido.
“Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos.
“Más los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen” (Lucas 24:13-16).
Y caminó y anduvo con ellos y les aclaró las Escrituras, pero ellos no sabían que era El. Personalmente no sabían que era Cristo resucitado.
“Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio” (Lucas 24:30).
Este no es el testimonio de Juan; sino el de Lucas, otro de los discípulos de Cristo.
“Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; más Él se desapareció de su vista.
“Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?
“Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos.
“que decían: “Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón.
“Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan.
“Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros.
“Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu.
“Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?
“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.
“Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies.
«Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer?
“Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel.
“Y Él lo tomó, y comió delante de ellos.
Y les dijo “Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos (Lucas 24:31-44).
¿Aceptaremos ahora las definiciones que dan las Escrituras acerca de la resurrección del cuerpo? ¿Aceptaremos la manifestación de Cristo de su propia persona que resucitó de los muertos? ¿Tomaremos la opinión del Reverendo Sr. Phillip de que la muerte del cuerpo y la separación del espíritu es la resurrección de los muertos? ¿Cuál escogéis?
José el Profeta declaró en el libro de Doctrinas y Convenios (130:22) que el Padre tiene un cuerpo de carne y huesos tangible como el del hombre, y que el Hijo tiene un cuerpo de carne y huesos, como El mismo ha declarado tener, y no es meramente un espíritu, sino un ser resucitado, un alma resucitada. Y el Espíritu Santo es un personaje de espíritu, pero no de huesos y carne, como lo son el Padre y el Hijo. Por consiguiente, el Espíritu Santo puede conferirse a los hombres y puede morar con ellos por un tiempo o continuamente de acuerdo con su dignidad, o puede apartarse de ellos según El disponga.
Ahora voy a leer un poco del Libro de Mormón, un libro de escrituras que fue traducido por el don y el poder de Dios, porque la voz de Dios declaró a los Tres Testigos que fue traducido por el don y el poder de Dios y que era verdadero. Los Tres Testigos declararon y testificaron en cuanto a su verdad, y ocho testigos adicionales, aparte del Profeta José, declararon que vieron las planchas y las tuvieron en sus manos y vieron los grabados que había sobre ellas; y que sabían que José Smith tenía las planchas de las cuales se tradujo el Libro de Mormón. Y una de las cosas que más confunden a los científicos es ir descubriendo en las huellas de las antiguas civilizaciones sobre este continente, evidencias y pruebas de la divinidad del libro de Mormón, que no puede impugnar o contradecir; y los asombra cómo José Smith —un hombre sin conocimiento de historia, teología o ciencia, prácticamente sin conocimiento tomado de los libros— pudo aproximarse a tal grado a los hechos que hoy están descubriendo los exploradores y científicos en toda esta región histórica que abarca el Libro de Mormón, y dice que los deja perplejos. Les causa asombro que tres hombres pudieran testificar, como lo han hecho los Tres Testigos del Libro de Mormón, y que los ocho testigos adicionales testificaran como lo han hecho, y sin embargo, ni uno de ellos jamás repudió su testimonio. No pueden entenderlo ni explicarlo de acuerdo con ningún principio científico. En caso de haber sido un fraude, y estos hombres fueron engañados o cayeron en una trampa, y se hizo por medio de la sofistería o con objeto de engañar al mundo, ciertamente uno o más de ellos habrían descubierto la verdad antes de morir y denunciado el fraude. Pero no; ninguno de ellos jamás lo hizo. Apostataron de José, mas no negaron la divinidad del Libro de Mormón; permanecieron fieles y leales a su testimonio en ese respecto. Es verdad, declararon que José Smith se había desviado, que la Iglesia se había descarriado tal como lo han declarado todos los demás apóstatas. Jamás hemos visto a ningún apóstata, dondequiera que sea, admitir que estaba en error; antes siempre afirman que ellos tienen la razón y la Iglesia está errada. Así fue con Oliverio Cowdery, hasta que se arrepintió y volvió a la Iglesia.
Así fue con David Whitmer hasta el día de su muerte. Creía que José se había desviado, primero, es decir que había recibido el Sacerdocio de Melquisedec, así como el Aarónico. Admitía y creía que recibió el Sacerdocio Aarónico y fue ordenado por mano de Juan el Bautista, pero negaba la ordenación efectuada por manos de Pedro, Santiago y Juan en cuanto al Sacerdocio dé Melquisedec; y consiguientemente, se puso a trabajar y organizó una iglesia y presidencia según el orden del Sacerdocio Aarónico. Sin embargo, hasta el día de su muerte, nunca negó su testimonio como uno de los tres testigos, y con sus últimas palabras declaró que era verdadero su testimonio contenido en este libro.
Así lo hizo Oliverio Cowdery. Volvió a la Iglesia después de decir muchas cosas malas y de andar errante por algún tiempo, y confesó sus imprudencias y sus malos actos, y dijo que si sólo se permitía volver como simple miembro de la Iglesia, era todo lo que podía o iba a pedir. Se creía indigno de cosa alguna mejor o mayor, y se le permitió volver y ser bautizado.
Martín Harris también volvió y fue bautizado en la Iglesia y murió con su testimonio en sus labios, porque ninguno de ellos repudió jamás su testimonio.
Además, tampoco lo hizo ninguno de los ocho testigos; ni tampoco el Profeta José. De manera que aquí tenemos un libro cuyos testigos permanecen irrecusables y cuya integridad ningún poder bajo el reino de los cielos puede desmentir, porque dijeron la verdad y permanecieron en la verdad que dijeron hasta que murieron en la carne.
Ahora bien, uno de los antiguos discípulos o profetas que vivió en este continente, que fue inspirado de Dios y más tarde comunicó al mundo este mensaje que fue grabado en planchas de oro, y preservado, trasmitido y revelado en esta dispensación del mundo, dice algo precioso sobre este tema. Esto no viene de Jerusalén, no es un mensaje que fue comunicado a los discípulos de Cristo en Jerusalén, sino es un mensaje declarado por un profeta que vivió sobre este continente, y estas son sus palabras:
“Y vendrá al mundo para redimir a su pueblo [así dice porque está hablando antes de la venida de Cristo para redimir a su pueblo]; y tomará sobre sí las transgresiones de aquellos que crean en su nombre; y estos son los que tendrán vida eterna, y nadie más alcanza la salvación” (Alma 11:40).
Ahora quisiera decir: Vendrá al mundo y tomará sobre sí las transgresiones de aquellos que crean en su nombre; y aquellos que crean harán las obras que Él manda. Ningún hombre que cree en la verdad se negará jamás a hacer lo que es requerido. Y estos, los que creen, serán los que tendrán vida eterna, y la salvación a nadie más viene.
“Por tanto los malvados permanecen como si no hubiese habido redención, salvo que sea el rompimiento de las ligaduras de la muerte; pues he aquí, viene el día en que todos se levantarán de los muertos y se presentarán delante de Dios para ser juzgados según sus obras.
“Hay pues una muerte que se llama la muerte temporal; y la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal para que todos se levanten de ella.
“El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma; los miembros, así como la coyunturas se verán restablecidos a su propia forma, como nos hallamos ahora; y seremos llevados ante Dios; y conoceremos como ahora conocemos, y tendremos un vivo conocimiento de toda nuestra culpa.
“Esta restauración vendrá sobre todos, sean viejos o jóvenes, esclavos o libres, varones o hembras, malvados o justos; y no se perderán ni un solo pelo de sus cabezas, sino que todo será restablecido a su perfecta forma, o en el cuerpo, cual se encuentra ahora; e irán para comparecer ante el tribunal de Cristo el Hijo, Dios el Padre y el Espíritu Santo, que son un eterno Dios, para ser juzgados por sus obras, sean buenas o malas.
“He aquí, te he hablado acerca de la muerte del cuerpo terrenal y también de la resurrección del cuerpo terrenal. [No la resurrección del espíritu, sino la del cuerpo mortal]. Te digo que este cuerpo terrenal se levantará cuerpo inmortal, es decir, de la muerte, sí, de la primera muerte a vida, para no morir ya más; sus espíritus se unirán a sus cuerpos para no ser separados nunca más, y esta unión se tornará espiritual e inmortal para no volver a ver corrupción” (Alma 11:41-45).
Esta es la doctrina de los Santos de los Últimos Días. Esta es la resurrección de Jesucristo, y así como Él es las primicias de la resurrección de los muertos, así como resucitó, en igual manera resucitará El a todos los hijos de su Padre sobre quienes cayó la maldición de Adán. Por un hombre vino la muerte temporal sobre todos los hombres, también por la rectitud de Cristo todos saldrán a la vida mediante la resurrección de los muertos a todos los hombres, sean buenos o malos, blancos o negros, esclavos o libres, doctos o indoctos, jóvenes o ancianos, nada importa. La muerte que vino como consecuencia de la caída de nuestros primeros padres es deshecha por la resurrección del Hijo de Dios, y ni vosotros ni yo podremos impedirlo (Liahona, The. Elcer’s Journal, agosto de 1908, 6:173-178).
La obra por los muertos
La obra por nuestros muertos que el Profeta José nos impuso mediante un mandato mucho más que ordinario, en la que se nos instruye a que procuremos por aquellos de nuestros parientes y antepasados que han muerto sin el conocimiento del evangelio, no debe ser desatendida. Debemos aprovechar estas sagradas y potentes ordenanzas del evangelio que se han revelado como esenciales para la felicidad, salvación y redención de aquellos que vivieron en este mundo en una época en que no pudieron conocer el evangelio y han muerto sin conocerlo, y ahora está esperando que nosotros, sus hijos, que vivimos en una época en que pueden efectuarse estas ordenanzas, hagamos la obra necesarias para que sean librados de sus prisiones. Mediante nuestros esfuerzos en bien de ellos, las cadenas de la servidumbre caerán de sus manos y se disiparán las tinieblas que los rodean, a fin de que brille sobre ellos la luz y sabrán en el mundo de los espíritus acerca de la obra que sus hijos han hecho aquí por ellos, y se regocijarán con vosotros en vuestro cumplimiento de estos deberes (CR, octubre de 1916, pág 6).
Las ordenanzas del templo son invariables
Estamos desempeñando la obra del templo. Hemos construido cuatro templos [1900] en esta región, y construimos dos templos en las tierras del este antes de venir aquí. Durante la vida del Profeta José Smith se construyó y dedicó uno de los dos, y se echaron los cimientos del otro y los muros iban progresando bien cuando padeció el martirio. Se completó mediante los esfuerzos de los miembros en las circunstancias más difíciles, y en la pobreza, y se dedicó al Señor. Allí se administraron las ordenanzas de la casa de Dios, tal como el propio Profeta José Smith las había enseñado a las autoridades principales de la Iglesia. El mismo evangelio, las mismas ordenanzas, la misma autoridad y bendiciones que el Profeta José Smith administró y enseñó a sus compañeros ahora las están disfrutando los Santos de los Últimos Días y se les están enseñando en los cuatro templos que se han construido en estos valles de las montañas. Cuando escuchéis a alguien decir que hemos alterado las ordenanzas, que hemos transgredido las leyes o quebrantado los convenios sempiternos que se concertaron bajo la administración personal del Profeta José Smith, decidles por parte mía, por parte del Presidente [Lorenzo] Snow, el Presidente [George Q.] Cannon y todos los que hoy viven, que recibieron bendiciones y ordenanzas bajo la mano del Profeta José Smith, que están en error. El mismo evangelio prevalece hoy, y las mismas ordenanzas se administran hoy por los vivos y por los muertos, que el Profeta mismo administró y comunicó a la Iglesia (CR, octubre de 1900, págs. 46, 47).
El cuidado y la necesidad de templos
Creemos que debe hacerse un esfuerzo por preservar los templos de Dios estas casas que se han erigido con el propósito de administrar en ellas las ordenanzas del evangelio por los vivos y por los muertos. Deseamos que se preserven estos edificios y se conserven reparados y en una condición sana, a fin de que el Espíritu del Señor more en ellos, y para que quienes allí administraren puedan sentir la presencia e influencia de su Espíritu. También creemos que cuando llegue el tiempo y nos veamos libres de las obligaciones que ahora pesan sobre nosotros, se deben preparar otros lugares para la conveniencia de los Santos de los Últimos Días en estacas más lejanas, a fin de que aquellos que viven a distancias considerables del centro puedan tener el privilegio de recibir las ordenanzas del evangelio sin los grandes gastos y pérdida de tiempo que hoy se requiere para viajar desde ochocientos hasta mil seiscientos kilómetros para poder llegar a las casas de Dios. Esperamos ver el día en que haya templos construidos en las varias partes del país, donde se necesiten para la conveniencia de los miembros; pues comprendemos que una de las responsabilidades mayores que hoy descansa sobre el pueblo de Dios, es que su corazón se vuelva a sus padres y hagan la obra que sea menester, a fin de que puedan quedar propiamente unidos en los vínculos del nuevo y sempiterno convenio de generación en generación. Porque el Señor ha dicho, mediante el Profeta, que ésta es una de las responsabilidades mayores que descansan sobre nosotros en estos postreros días (CR, octubre de 1902, págs. 2, 3).
























