Viviendo según el Evangelio

Capítulo 17
LA OBRA DEL TEMPLO


La idea de la “obra del templo” no es nueva en la historia de las prácticas religiosas. Apenas se lo permitió la liberación de la opresión egipcia, los hijos de Israel escucharon las indicaciones que les hizo el Señor y prepararon un santuario donde pudiese manifestarles su presencia y darles a conocer su voluntad. Por causa de sus peregrinaciones tuvieron que hacer el edificio en forma de una tienda o carpa, y por lo tanto, lo llamaron el “tabernáculo”.

En su parte interior más sagrada, conocida como el “lugar santísimo”, con el arca del pacto como su posesión más preciada, en determinadas ocasiones se podían cumplir ciertos ritos sagrados en los que oficiaba el sumo sacerdote purificado. El tabernáculo llegó a ser el prototipo del templo que más tarde ocupó su lugar.

Luego que Israel se estableció en la tierra de Canaán, el arca del pacto pudo descansar en un lugar y más tarde se le dio ubicación permanente en el santuario interior del famoso templo construido por Salomón. Destruido alrededor del año 586 antes de J. C. este lugar sagrado fue reconstruido en el año 515 antes de J.C. por Zorobabel. Entre otros, oficiaron allí los profetas Zacarías, Haggeo y Malaquías. Pero con el tiempo también este edificio fue destruido. Poco antes del nacimiento del Salvador, Herodes el Grande emprendió nuevamente la reconstrucción: Este tercer templo, al cual Cristo llamó Bethel Elohim o la “Casa del Señor”, sufrió una destrucción completa por fuego cuando Tito y sus soldados romanos tomaron a Jerusalén en el año 70 de nuestra era, tal como lo predijo el Señor mientras estuvo en la tierra.

El Libro de Mormón hace referencia a la construcción de templos entre los nefitas sobre el continente americano.

También a los santos de los últimos días se ha mandado que construyan templos en esta dispensación. Históricamente, el más importante de nuestros días fue el templo erguido en Kirtland, Ohio, dedicado sólo seis años después de la organización de la Iglesia. Allí se verificaron maravillosas manifestaciones y visiones, la más destacada de las cuales fue la aparición del Señor Jesucristo al profeta José Smith y a Oliverio Cowdery. Parece que el propósito especial de esta visión fue dar instrucciones acerca del significado de lo que ahora conocemos como «obra del templo». El Templo de Nauvoo, construido más tarde, fue destruido por fuego en 1848. Actualmente la Iglesia tiene diez hermosos templos, ubicados en Salt Lake City, St. George, Logan y Manti, Utah; Idaho Falls, Idaho; Mesa, Arizona; Gardston, Alberta, Canadá; Laie, territorio de Hawaii; Los Angeles, California; y Berna, Suiza. El templo más grande de los construidos por los santos de los últimos días es el de Los Angeles, California. Se han elegido lugares para templos en New Chapel, al sur de Londres, Inglaterra; en Oakland, California; y en Hamilton, 25 millas al sur de Auckland, Nueva Zelandia.

Un templo moderno, o Casa del Señor como se llama a menudo, no es meramente una casa de oración, una capilla o una iglesia, ni tampoco una sinagoga o catedral. Es mucho más que cualquiera de ellas. Es un edificio dedicado a la íntima comunión entre el Señor y su santo sacerdocio, consagrado a las ordenanzas más sagradas de esta dispensación. Como ordenanza del sacerdocio, la obra del templo surtirá efecto aún más allá de la tumba, por todas las eternidades, porque al sacerdocio fue dado el poder de ligar en la tierra lo que había de ser ligado en la otra vida. (D. y C. 132:46).

Obra por los muertos.

Las ordenanzas del templo pueden ser efectuadas tanto para los vivos como para los muertos; es decir, los que participan en las ordenanzas del templo pueden cumplir con ceremonias cuyo objeto es adelantar su propia exaltación en el reino celestial, o pueden actuar vicariamente como «representante» de personas que han muerto sin haber tenido la oportunidad de recibir estas ceremonias para su propio beneficio. Los santos de los últimos días sostienen que todos los que han de salvarse en el Reino Celestial deben obedecerlas leyes y ordenanzas, y aquellos que las rechazaron tendrán que cumplir con este requisito algún día tal como aquellos que aprenden y obedecen las leyes y ordenanzas aquí en la tierra. “Creemos que por la Expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio”. Los santos de los últimos días toman literalmente la frase todo el género humano expresado en el Tercer Artículo de Fe.

“He aquí, yo os envío a Elías el profeta, antes que venga el día de Jehová grande y terrible.
“El convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres: no sea que yo venga, y con destrucción hiera la tierra” (Malaquías 4:5-6).

¿Pero cómo puede esperarse que una persona sin cuerpo cumpla con determinadas ordenanzas que sólo se obedecen en la carne? Evidentemente, esto requiere que una persona que aún vive en la tierra reciba los ritos requeridos en favor del muerto. En los días de los apóstoles de Cristo deben haber existido prácticas similares, tal como lo atestigua la pregunta formulada por Pablo: «De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué pues se bautizan por los muertos?» (1 Cor 15:29).

La idea de la obra vicaria, es decir el que una persona viva cumpla con ordenanzas sagradas por alguien que ya ha partido de esta vida, no debe parecemos extraña, porque estamos acostumbrados a pensar en términos de servicio vicario en muchos otros aspectos de las actividades humaras. En la teología y religión cristianas, el ejemplo más hermoso e importante de la obra vicaria, y por regla general bien aceptado, es el que nos ofrece el Salvador mismo, es decir, la Expiación de Cristo por los pecados y transgresiones de todo el mundo. Así que, de un modo vicario nosotros podemos llegar a ser salvadores de aquellos antepasados nuestros que murieron sin la ley.

Investigación genealógica.

La necesidad de guardar en orden los datos vitales concernientes a aquellos muertos por quienes se hacen las ordenanzas en el templo, de identificar definidamente a una persona muerta antes de que se haga por ella la obra del templo y de archivar correctamente todas las ordenanzas efectuadas por los difuntos, son las causas del extraordinario interés que muestran los santos de los últimos días en la investigación genealógica.

Naturalmente, las ordenanzas efectuadas por los muertos no pueden garantizar salvación o exaltación de aquellos en cuyo beneficio se realiza, a menos que sea aceptado por ellos. Los candidatos a la salvación que murieron sin conocer y aceptar la ley, tendrán la oportunidad adecuada, después de su muerte, de desarrollar la fe en el Señor Jesucristo y de arrepentirse de sus pecados, los primeros dos requisitos que se exige a todos aquellos que aspiran a entrar en el Reino de Dios.

La santidad de la Casa del Señor es protegida en muchas formas, la principal de las cuales es que lo que se requiere para entrar a fin de participar en la obra de ordenanzas no es fácil de llevar a cabo. Una «recomendación» del obispo, firmada por el presidente de la estaca o el presidente de la misión, atestigua la dignidad de la persona que desea entrar en el sagrado recinto del templo. Estas recomendaciones no son expedidas a menos que los oficiales administrativos correspondientes estén convencidos de la vida digna del candidato.

Ordenanzas del templo.

¿Cuáles son las ordenanzas que se cumplen en el templo y no pueden ser cumplidas fuera de él? Ante todo, el bautismo por los muertos, realizado en forma vicaria. Pues aunque el muerto tuviese fe y se arrepintiese de sus pecados, le sería imposible recibir en persona las ordenanzas del bautismo. Se pueden poner las manos sobre la cabeza del representante o agente después del bautismo a fin de que éste reciba el Espíritu Santo. No se precisa que la persona vaya a uno de los templos para bautizarse por sí mismo o ser con firmado miembro de la Iglesia y recibir el Espíritu Santo por la imposición de las manos de aquellos que poseen la debida autoridad del sacerdocio. Pero solamente en la Casa del Señor, es decir, los templos, es donde se pueden efectuar estos ritos cuando tienen que ver con la salvación de uno que ya ha muerto.

Otra de las ordenanzas que únicamente en el templo se puede llevar a cabo, la que más comúnmente se entiende cuando se habla de la “obra del templo”, es la recepción de las “investiduras del San to Sacerdocio”, o más frecuentemente conocida simplemente como la “investidura”. Esta se compone de dos partes principales: primero, un curso de instrucciones que se reciben, y segundo, una serie de convenios o promesas que se hacen. Por el fiel cumplimiento de cada obligación que se asume, es prometida una bendición correspondiente.

La ceremonia de la investidura tiene por objeto, en todo sentido, hacer mejores hombres y mujeres a los que la reciben, aumentando su determinación de adherirse a los más altos ideales de moralidad, desarrollo de sus talentos, altruismo, patriotismo puro y devoción para con Dios. Aun después de frecuente repetición, esta ceremonia parece retener su fuerza para animar al que va al templo a que nuevamente se dedique a la clase de vida más alta y noble.

Otra ordenanza importante que solamente en los templos se efectúa es la del “matrimonio en el templo”, conocido también como “matrimonio celestial” o “matrimonio por la eternidad”. En virtud del Sacerdocio de Melquisedec los contrayentes son unidos “por esta vida y por todas las eternidades”. Esta ordenanza, igual que la de la investidura, es esencial para que el hombre alcance su meta espiritual más elevada, la exaltación en la presencia de Dios el Padre y su Hijo. Por medio de esta ordenanza, el marido y su mujer, junto con sus hijos, verán la perpetuación por todas las eternidades, de sus divinamente aprobadas relaciones familiares, pues se promete a los padres que su aumento será eterno. La palabra del Señor, — cual se halla en Doctrinas y Convenios 132:7, dice lo siguiente:

“Todos los convenios, contratos, vínculos, compromisos, juramentos, votos, efectuaciones, uniones, asociaciones o aspiraciones que por el Espíritu Santo de la promesa, bajó las manos del que es ungido, no se hacen se celebran y se ligan, tanto por esta vida como por toda la eternidad, y eso también de la manera más santa, por revelación y mandamiento, mediante mi ungido, al que he señalado sobre la tierra para tener este poder . . . ninguna eficacia, virtud o fuerza tienen en la resurrección de los muertos, ni después de ella; porque todo contrato que no se hace con este fin, termina cuando mueren los hombres”.

También dentro de los templos se solemnizan los matrimonios por la eternidad a favor de los esposos que han muerto. Por supuesto, la ceremonia de la investidura es un requisito que debe cumplirse antes de la del matrimonio, ya sea que se haga por los vivos o por los muertos.

No debe suponerse que todos los matrimonios llegan a ser automáticamente eternos o celestiales cuando se efectúan en uno de los templos. Pueden hacerse matrimonios por esta vida solamente, en estos edificios sagrados. Sin embargo, todo matrimonio que no recibe este carácter eterno por el poder y la autoridad del Santo Sacerdocio en el templo, no importa quién lo efectúe o dónde, estará en vigor únicamente mientras dure esta vida terrenal.

También se hacen otras obras de ligar o “sellar” en el templo. Por ejemplo, una pareja que se ha casado por la ley civil únicamente puede entrar en la Casa del Señor más tarde, cuando se le haya concedido el permiso, para que su unión sea ligada por esta vida y por toda la eternidad. Si tienen hijos, éstos les pueden ser sellados después que los padres han sido unidos en matrimonio celestial.

La obra vicaria que los vivos hacen a favor de los muertos en los templos del Señor en la actualidad comprende; el bautismo e imposición de manos para conferir el Espíritu Santo, la investidura, el matrimonio y la unión perpetua de esposos y esposas y de los hijos a sus padres.

En Doctrinas y Convenios, Sección 128, versículo 18, se explica que nosotros, los vivos, no podemos ser salvos sin nuestros muertos: “. . . La tierra será herida con una maldición si no existe un eslabón enlazador de alguna clase entre los padres y los hijos, referente a algún sujeto u otro; y he aquí, ¿qué es ese sujeto? Es el bautismo por los muertos. Pues nosotros sin ellos no podemos perfeccionarnos, ni tampoco pueden ellos perfeccionarse sin nosotros”.

Muchas personas, algunas de la Iglesia y otras no, que están familiarizadas con los ideales que son el fundamento de la obra del templo creen que el beneficio inmediato de más valor que viene de ir al templo se halla en la preparación que por fuerza se debe hacer, es decir, la elevada norma de vida que se espera del candidato. La clase de preparación que se requiere para entrar en el templo constituye, para la generación más joven, el amparo más potente y eficaz de su vida moral y religiosa. Sería difícil evaluar la fuerza entera de esta influencia benéfica en las vidas de los jóvenes que son criados en los hogares de los que verdaderamente son santos de los últimos días, porque todos estos jóvenes tienen como ideal y deseo ser dignos del privilegio de recibir su investidura del sacerdocio en uno de los templos y allí contraer matrimonio con un compañero o compañera igualmente digna. En lo que atañe a estos jóvenes, no hay razones más fuertes para guardar sus vidas absolutamente limpias de cualquier pecado o degradación que estos ideales religiosos que resultan de las constantes amonestaciones que les inculcan por la enseñanza y el buen ejemplo sus padres y maestros.

Después de permitir que la obra del templo a favor de los vivos surta su efecto en nuestras vidas recibiendo las bendiciones de la investidura para nosotros mismos, podemos repetir nuestras visitas a la Casa del Señor periódicamente de hecho, cuantas veces queramos- recibiendo estos mismos ritos del templo vicariamente por nuestros progenitores, y de este modo recordar y conservar frescas en nuestra memoria las instrucciones que nos impartieron y los convenios que hicimos cuando por primera vez recibimos nuestra investidura. De modo que no sólo se ven los resultados inmediatos en términos de importantes bendiciones y beneficios personales en aquellos que hacen la obra del templo por ellos mismos, sino también en las personas cuyos impulsos religiosos y creencias teológicas los impelen a dedicar su tiempo y energía a la obra por los muertos en los templos.

A veces se oye que algunos de los santos de los últimos días no están interesados en hacer la obra en los templos, ni por ellos ni por sus antepasados, porque las ordenanzas del templo no se discuten públicamente. La sigilosidad que acompaña las ordenanzas del templo es tan necesaria y lógicamente defendible como cuando se trata de cualquier otro aspecto de la vida que estimamos sagrado o caro. Entre la gente culta y refinada se ve con malos ojos hacer alarde o aún divulgar asuntos sagrados y personales. De modo que nunca se nos ocurre siquiera mencionarlos en público.

Más no debe mal interpretarse esta sigilosidad y restricción al grado de pensar que no puede darse a conocer la naturaleza esencial de la obra del templo a los jóvenes que se están preparando para recibir sus bendiciones, ni que éstos no puedan comprenderla. La discusión de este capítulo claramente muestra que los principios fundamentales de la obra del templo pueden ser analizados y estudiados provechosamente por todos aquellos que quieren saber cuáles son las bendiciones que el evangelio restaurado tiene reservadas para los fieles. Por cierto, los padres y maestros de estos jóvenes santos de los últimos días deben asumir la grave responsabilidad de informar adecuada y debidamente a sus hijos sobre la naturaleza e indispensabilidad de la obra del templo, si quieren que sus encomendados crezcan y se desarrollen disfrutando hasta donde sea posible de las bendiciones conferidas por el evangelio de Jesucristo.

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