Viviendo según el Evangelio

Capítulo 23
ARREPENTIMIENTO


En nuestra búsqueda eterna de la perfección, una y otra vez nos damos cuenta de que en algunas cosas estamos muy lejos de ser perfectos. Para algunas personas este descubrimiento es tan desalentador, que abandonan la búsqueda por completo. Tratan de justificar su falta de ánimo, diciendo; “Creo que no soy religioso por naturaleza”. El hecho de reconocer que existen estas deficiencias no debe impedirnos de tratar de mejorar constantemente nuestra manera de vivir.

Más bien, hemos de entender que no concuerda con la naturaleza del progreso del hombre que éste aprenda todo de una vez, sino que debe ganar conocimiento poco a poco, precepto tras precepto, paso por paso. Jamás ha realizado persona alguna con un solo brinco la meta final en ninguno de los varios campos de actividades humanas. Cuando edificamos una casa, por ejemplo, no la levantamos todo de un golpe, sino que trabajamos un tiempo muy largo, pacientemente colocando un ladrillo sobre el otro, clavando una tabla a la otra; y jamás se nos ocurriría tratar de meter más de un clavo al mismo tiempo.

De modo que para proteger la continuidad de nuestro progreso intelectual, espiritual y moral, también necesitamos darnos cuenta de nuestras imperfecciones y debilidades particulares, y entonces dedicarnos sistemáticamente a eliminarlas, venciendo una falta a la vez.

En términos más familiares para los otros, necesitamos arrepentimos de nuestros malos hechos tan rápida y frecuentemente como aprendemos a cometerlos. El arrepentimiento no es un principio de que nos valemos sólo una vez, antes de recibir la ordenanza del bautismo. Igual que la fe, el arrepentimiento es conocido como uno de los «primeros principios del evangelio», no tanto para indicar su lugar en la serie de pasos que se han de dar, sino para indicar su grande importancia. Debe aplicarse cada vez que hay que corregir una imperfección o mejorar un conocimiento inadecuado. En breve, es un principio del evangelio que debe estar en vigor todas nuestras vidas.

Punto por punto tratamos de aprender la manera mejor, acercándonos cada vez más al cumplimiento cabal de las leyes del evangelio. Si continuamos informándonos y mejorándonos, día tras día veremos con más claridad el sendero que conduce a nuestra meta, el ideal que debe ser nuestro guía. Naturalmente, cometemos errores al recorrer el camino, a veces graves errores; más eso no significa que estamos perdiendo la batalla. Lo que más cuenta al final de todo es que saquemos algún provecho de toda experiencia, especialmente los errores que cometemos; y entonces, a la luz del conocimiento que con persistencia vamos aumentando, mejorar nuestra manera de vivir.

El demorar nuestro arrepentimiento hasta poco antes que la muerte dé fin a nuestra existencia moral es errar el blanco por completo. “Y si guardas mis mandamientos y perseveras hasta el fin, tendrás la vida eterna, que es el máximo de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7). Perseverar hasta el fin en lo que respecta a la observancia de los mandamientos de Dios, no quiere decir otra cosa sino que nuestros esfuerzos por obedecer las leyes del evangelio deben ser activos durante nuestra vida entera y no sólo en los últimos momentos de nuestra existencia. Sólo por medio de la práctica constante nos hacemos más fuertes para resistir el mal y hacer el bien. Este es el mejor significado del progreso y la naturaleza del progreso eterno, como lo entiende la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Amulek entendió este principio y amonestó a la gente con estas palabras:

“Y como os dije antes, ya que habéis tenido tantos testimonios, os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer nada.
“No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré; me volveré a mi Dios. No, no podréis decir esto; porque el mismo espíritu que posee vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno.
“Porque si habéis demorado el día de vuestro arrepentimiento, aun hasta la muerte, he aquí, os habéis sujetado al espíritu del diablo que os sellará como cosa suya; por tanto, se retira de vosotros el Espíritu del Señor y no tiene cabida en vosotros, y el diablo tiene todo poder sobre vosotros; y éste es el estado final del malvado” (Alma 34:33-35).

Resistiendo la tentación.

Aun cuando es cierto que nuestro poder para resistir la tentación aumenta cada vez que lo hacemos con éxito, no debemos cometer el error de suponer que la mejor manera de edificar y desarrollar nuestro carácter es por multiplicar las tentaciones intencionalmente. Se dice que cuando se solda un pedazo de hierro que se ha quebrado, la parte soldada se convierte en la parte más fuerte. Sin embargo, no se recomienda romper el hierro en varios pedazos a fin de que al soldarlo toda la pieza resulte más fuerte; de hecho, la experiencia nos indica adoptar un curso enteramente opuesto, evitar hasta donde sea posible toda tentación de alterar nuestras normas de comportamiento. Aun el apartarse de la apariencia del mal trae como consecuencia mayor constancia.

Sabemos que ninguno de nosotros logrará escapar de todas las acechanzas al pasar por la vida. De modo que se puede cumplir mejor el objeto de nuestro progreso previendo las tentaciones que probablemente encontraremos por el camino, apartándonos cuidadosamente de ellas y hacerles frente, en caso que sobre vengan, prevenidos y preparados de antemano. Mientras no estemos precisamente en el hecho de ser tentados, podemos ver con mayor claridad lo que resultaría de ser vencidos por determinada atracción, porque estando en una situación mala llena de incitación, ordinariamente perdemos algo de nuestra estabilidad emocional, lo cual nos impide hacer decisiones importantes con claridad.

Previendo las emergencias.

La conveniencia de prever, de ser posible, nuestras tentaciones, tribulaciones o problemas que nos obligan a decidir rápidamente, queda elocuentemente ilustrada en un acontecimiento en que un día se vio envuelto un vecino nuestro, muy activo en la Iglesia, Beneficiará al lector repetir aquí lo ocurrido, porque este hombre tenía esa facultad para sacar buenas lecciones de los acontecimientos de todos los días.

Una noche leyó en el periódico de otro accidente fatal de un automovilista. El artículo decía que el hombre probablemente se había matado porque se durmió mientras iba manejando. Se creía que despertó sobresaltado, y que al descubrir que se había salido mucho del camino, frenéticamente trató de volver a la carretera. En su desesperación había tirado tan fuerte y violentamente del volante que el automóvil se había volcado.

Nuestro amigo les llamó la atención a todos los miembros de su familia a los detalles de este accidente para que se grabase en su memoria lo que les había aconsejado muchas veces antes. En repetidas ocasiones les había dicho que el que va manejando un automóvil debe prever las contingencias que puedan sobrevenir y decidir con anticipación, mientras puede pensar con calma, qué se puede hacer en una emergencia. Les había hecho ver que el que se encuentra en un aprieto por lo general se halla perturbado mentalmente a tal grado que no puede acertar en lo más conveniente. Una vez tras otra les había explicado que la persona que descubre que se ha salido del camino, por la razón que sea, debe procurar volver poco a poco el automóvil al camino, no tirando del volante repentinamente sino gradualmente. Si le parece que se ha salido demasiado del camino para hacer esto, la otra alternativa es seguir resueltamente en la misma dirección, bajando del terraplén, siempre en la misma dirección en que se va caminando. Cualquiera de estas dos maneras de proceder cuando se elige la que mejor se adapta a la ocasión, disminuirá las posibilidades de volcar el automóvil.

En cada oportunidad que tenía, nuestro amigo reiteraba estas instrucciones a los miembros de su familia, con la esperanza de que si alguno de ellos llegara a encontrarse en una situación parecida, podría recordar las instrucciones que tantas veces había oído y beneficiarse por seguirlas.

Un domingo ofreció llevar a algunos miembros de la Mesa Directiva de la Escuela Dominical a una convención que iba a celebrar se en una ciudad que se hallaba a unos 150 kilómetros de allí. Al pasar por cierta parte del camino, en aquel tiempo sumamente peligrosa, repentinamente se dio cuenta de que se había salido del camino. Nunca se había visto en una situación semejante. Era de esperarse que hubiera reaccionado como cualquier otro que sobresalta o se ve en tal situación. Sin embargo, el hecho de que frecuentemente había enseñado a su familia y amigos lo que se debía hacer en iguales circunstancias, ahora lo ayudó muchísimo. A pesar del susto del momento, comprendió que estaba demasiado lejos del camino para tratar de volver a él, Repentinamente, como un rayo le vino al pensamiento lo que había de hacer: Tendría que seguir en la dirección en que viajaba el automóvil, a pesar de que el terraplén era muy elevado, Y eso fue precisamente lo que hizo. El automóvil siguió adelante unos 25 metros más por la áspera pendiente, y repentinamente paró sin volcarse. Como es de suponerse, los pasajeros -se llenaron de temor y recibieron algunos golpes, pero ninguno de ellos resultó herido de gravedad. Por haber previsto esta situación y preparado de antemano para hacerle frente, por lo menos mentalmente, nuestro amigo no hizo la cosa trágica que la mente sorprendida y sobresaltada usualmente indica.

Ayudando a la juventud.

Nuestro esfuerzo constante por mejorar nos muestra que las mismas leyes psicológicas funcionan así en el campo de la espiritualidad y la moralidad, como en el campo del desarrollo físico e intelectual. Si un joven, bajo el apremio social de una situación en que se le ofrece un cigarro o alcohol, tiene que considerar dentro de sí mismo si debe o no debe aceptar, no hay mucha seguridad de que hará la decisión correcta. Por otra parte, si previamente ha tomado el tiempo para reflexionar con calma los resultados de fumar y beber, a tal grado que ya ha resuelto definitivamente lo que hará o no hará en determinadas circunstancias, cuando se le presente la ocasión, no habrá necesidad de tener que decidir una cosa o la otra, porque la decisión necesaria ya se habrá hecho en efecto de antemano.

Si una joven, mientras sus emociones se hallan bajo la fuerte influencia de la atracción que ella siente por su compañero, tiene que razonar consigo misma los resultados de ceder a sus caricias amorosas, probablemente descubrirá que es sumamente difícil tomar una resolución correcta. Pero si previamente, en sus momentos de reflexión, ella ha pensado en que quizá pueda encontrarse en tal situación, y ha decidido definitivamente no hacer nada que pudiera conducir a un comportamiento indecoroso, no se verá obligada a tener que llegar a una decisión mientras se halla en un estado de excitación o perturbación mental.

Procuremos todos, jóvenes y viejos, esforzarnos continuamente por aprender más y más acerca de nuestro Padre Celestial y su voluntad en cuanto a nosotros, y entonces resolvernos a ponerpor obra todo lo que el evangelio puede enseñarnos. No permitamos que nos sorprendan situaciones que pueden ser peligrosas, tanto en lo físico, moral como espiritual, al desarrollo y progreso que deseamos lograr, antes resolvamos hoy, como Josué en la antigüedad, que en cuanto a nosotros y nuestra familia, serviremos al Señor todos los días de nuestras vidas.

“¡Y cuán grande es su gozo por el alma que se arrepiente! Así que, sois llamados a proclamar el arrepentimiento a este pueblo.
“Y si fuere que trabajareis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo, y me trajereis, aun cuando fuera una sola alma, ¡cuán grande no será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!
“Y ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!” (D. y C. 18:13-16).

«Y de quien no se arrepienta, se quitará aún la luz que haya recibido; porque mi Espíritu no luchará siempre con el hombre, dice el Señor de las Huestes» (D. y C. 1:33).

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