Capítulo 30
LA CASTIDAD
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días sostiene firmemente su posición en cuanto a lo que considera bueno y malo en asuntos de la pureza personal. No sólo porque enseña que el cuerpo del hombre es literalmente el templo de un espíritu de Dios, sino también por consideraciones sociales y psicológicas, la Iglesia afirma que el pecado sexual es una de las ofensas morales más malas y destructivas.
El concepto mormón estipula claramente que el Reino de Dios esta edificado sobre el fundamento del matrimonio, institución divinamente establecida para el bien del hombre y uno de los requerimientos necesarios para alcanzar la exaltación en el reino celestial. De manera que lo incasto no puede tener ni tendrá parte en la exaltación de los bienaventurados. Además, toda alma tiene el derecho de nacer legítimamente en el mundo. En las revelaciones recibidas en los primeros días de la Iglesia en esta época, frecuentemente se reiteran las instrucciones del Redentor sobre la pureza de vida que hallamos en el Nuevo Testamento.
En el Libro de Mormón encontramos estas palabras del Señor citadas por Jacob, hermano de Nefi: “Porque yo, el Señor, me deleito en la castidad de las mujeres. Y las fornicaciones son una abominación para mí; así dice el Señor de los Ejércitos” (Jacob 2: 28). A los que desean hacerse miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días pero no han manifestado la de terminación necesaria para llevar vidas puras, se les dice que se arrepientan y desarrollen suficiente fuerza de voluntad para resistir y vencer la vida del pecado antes de permitírseles entrar en la Iglesia.
A los que siendo miembros cometen pecados inmorales, les es negada la entrada a los santos templos del Señor; y a menos que se arrepientan son excomulgados de la Iglesia y así quedan vedados de participar en los ritos y ceremonias sagrados considerados esenciales a la exaltación en el reino celestial y la felicidad completa durante su existencia terrenal.
Si podemos depender de algunas observaciones más recientes, tendremos que concluir que en la actualidad se estima en poco la estricta moralidad sexual. Nuestra manera de vivir ha cambiado tanto que la existencia misma de nuestra civilización parece estar amenazada, El abandono casi total de las restricciones en tales cosas como el emborracharse y pasar días y noches enterasen juergas ha contribuido mucho al decaimiento de la moralidad sexual que en otro tiempo había. La infelicidad y tragedia causadas por esta predominante maldad social de la época son tan bien conocidas que no se hace necesario repetirlas aquí.
José F. Smith, presidente de la Iglesia de 1901 a 1928, siempre un defensor vigoroso de la pureza personal de los que han tomado sobre sí el nombre de Cristo, dio voz a la posición de la Iglesia y al espíritu de su teología en este respecto, expresándose de este modo;
“Protestamos contra… toda forma de inmoralidad. Sobre todas las cosas, la inmoralidad sexual es la más abominable a los ojos de Dios. Es un pecado tan grave como el asesinato, y Dios dijo que el asesino debe ser castigado con la muerte; ‘El que derramare sangre del hombre, por el hombre su sangre será derramada’. Además, dijo que el adultero debería morir. Por tanto, protestamos contra la inmoralidad sexual y contra todo género de impudicia” (Gospel Doctrine, pág. 3 04).
La infidelidad marital es, desde luego, una de las formas de depravación moral más serias y lamentables. Es la causa más frecuente y grave de los divorcios que en esta época destruyen tres o cuatro de cada diez matrimonios contraídos. Afortunadamente en la Iglesia son pocos los divorcios, y así sus miembros se libran de los terribles efectos que acompañan la disolución de los vínculos matrimoniales. Ni el marido ni la esposa infiel pueden retener todos sus derechos en la Iglesia. El miembro que comete una ofensa sexual tiene que reconocer su pecado y arrepentirse completamente de su maldad, o es excomulgado de la Iglesia de Cristo. El Señor mismo dijo:
“Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra.
“El que mirare a una mujer para codiciarla negará la fe, y no tendrá el Espíritu; y si no se arrepintiere, será expulsado.
“No cometerás adulterio; el que cometiere adulterio, y no se arrepintiere, será expulsado.
“Más perdonarás al que haya cometido adulterio si luego arrepintiéndose de todo corazón, lo desecha, y no lo vuelve a hacer.
“Más si lo hiciere otra vez, no será perdonado, sino que será expulsado” (Doc. y Con. 42:22-26).
En vista de que todos “serán juzgados de acuerdo con sus obras, y cada hombre recibirá conforme a sus propias obras, su dominio correspondiente”, es imposible que el adultero alcance esa elevada posición que los justos y puros heredarán.
“En fin, todos éstos son los que no serán recogidos con los santos para ser arrebatados con la Iglesia del Primogénito y recibidos en la nube.
“Estos son los mentirosos, los hechiceros, los adúlteros, los fornicarios y quienquiera que ama y dice mentiras. . .
“…Ya donde Dios y Cristo moran, no podrán venir por los siglos de los siglos” (D. y C. 76:102, 103, 112).
Los efectos benéficos de las elevadas enseñanzas morales de la Iglesia se ven en los estudios estadísticos, los cuales sostienen nuestra afirmación de que el porcentaje de niños que nacen ilegítimamente en la Iglesia, es sólo la décima parte del promedio de todas las naciones civilizadas de la tierra.
¿Debe haber una sola norma?
La costumbre social que ha llegado a conocerse como la norma doble, la vergonzosa y malvada discriminación que se ha convertido en regla más bien que excepción en nuestra civilización moderna, ha sido denunciada vigorosamente en las revelaciones dadas a la Iglesia moderna, y religiosamente evitada en las prácticas sociales de sus adherentes. El requerimiento de la pureza personal, así antes del matrimonio como después, es tan obligatorio en cuanto al hombre mormón como la mujer. Mientras que el matrimonio sea considerado como uno de los sacramentos más santos, los santos de los últimos días jamás apoyarán la filosofía que disculparía al hombre por cometer la misma transgresión de que él mismo condenaría en la mujer. Pues ciertamente la degradación moral no es menos asquerosa en el macho de lo que es en la hembra de la raza humana. De hecho, Dios y la naturaleza le han señalado al hombre la tarea definitiva de proteger y defender a la mujer con todas sus virtudes. De ahí, pues, que la así llamada norma doble es fundamentalmente una distinción completamente despreciable.
En la página 267 del Tomo 11, de Journal of Discourses, leemos cómo se expresaba el presidente Brigham Young sobre estas cosas cuando la ocasión lo requería:
“El burlador del inocente es el que debe llevar la marca de la infamia y ser desterrado de la sociedad respetable y tratado como una peste o una enfermedad contagiosa. Las puertas de las familias respetables deben estar siempre cerradas para él, y todas las personas nobles y virtuosas deben despreciarlo. Ni la riqueza, influencia o posición, deberían ampararlo de la justa indignación de la sociedad. Su pecado es uno de los más negros de todos los crímenes, y el que lo comete debería ser arrojado del alto puesto de respeto y consideración para que encuentre su lugar entre los peores criminales”.
Parece que el mundo en general se va inclinando cada vez más a la adopción de una sola norma de moralidad. Sin embargo, no es la norma que la Iglesia de Cristo quiere que el mundo adopte, pues ésta se basa en el argumento de que la mujer “moderna”, hoy igual que el hombre en todas las cosas, puede ser disculpada, aún justificada por cometer las mismas faltas morales que el hombre “moderno”. Vamos a necesitar fuertes motivos, como los que se arraigan en la verdadera y completa conversión a los principios religiosos, para convencer a muchas personas que hoy razonan de esta manera, a que abandonen sus malos caminos y lleven una vida según Dios más bien que según el ejemplo que el mundo da.
Los propósitos de Dios.
En vista de que el impulso sexual es de los apetitos más fuertes que el hombre posee, la importancia de guardar la castidad debe considerarse honrada y francamente. Debidamente orientado y dominado en el matrimonio, el deseo sexual cumple con el importante objeto de la perpetuación de la raza humana. Por el contrario, cuando se le da rienda suelta puede conducir a los hombres y a las mujeres al nivel de las bestias. Este impulso natural debe estar sujeto a las restricciones más eficaces y potentes que el hombre puede inventar, porque sin ellas ciertamente preparará el camino para su propia aniquilación.
Dentro del vínculo del matrimonio, la unión sexual es justificada y llega a ser una función noble en las vidas de los cónyuges, ya que así están ayudando a proveer una de las bendiciones más importantes y necesarias a los espíritus que aún no han nacido, a saber, su existencia terrenal. Por otra parte, toda asociación de los sexos fuera del matrimonio es desde luego degradante y perniciosa para todos los que participan. La mayor parte de las veces resulta en traer niños desafortunados al mundo, condenados a llevar siempre esa mancha, y es además, una amenaza constante y seria para la sociedad organizada.
A pesar de que existe una variedad grande de tentaciones y oportunidades para practicar la incontinencia, la norma de la sociedad todavía es la castidad. Tarde o temprano todos tendremos que aprender que la sociedad no está dispuesta para la práctica general de la incontinencia. Toda persona que ha alcanzado la madurez, psicológica así como cronológicamente, ya sabe esta verdad. Los psicólogos, sociólogos, médicos, padres de familia, aun los mismos burladores del principio de la castidad saben que esto es un hecho.
Enseñando a nuestros hijos.
No ha habido ningún grupo en lo pasado que haya podido comunicar con éxito a la generación adolescente los argumentos básicos a favor de la pureza y restricción sexuales. El asunto y todas sus implicaciones han sido considerados temas impropios para discutir francamente o como base de instrucción. Aquellos de nosotros que, por motivo de nuestros años, deberíamos haber asumido la ineludible responsabilidad de guiar a nuestra juventud hacia los senderos de la justicia y la vida limpia, hemos descuidado en gran manera este deber. Hemos permitido, y en algunos casos obligado a nuestros jóvenes a descubrir estas verdades, al fin y al cabo indispensables, de aquellos que no tienen interés particular en proteger su pureza sexual. La impresión más fuerte que uno recibe al observar la juventud de hoy es que un número muy grande de personas no tienen ya ninguna estimación por la moralidad sexual estricta. Debemos ocuparnos cuanto antes en enseñar a nuestra juventud los hechos importantes relacionados con la castidad. Se les puede mostrar que no sólo se basa en la prohibición religiosa (que no siempre es posible explicar convincentemente), sino que también se funda firmemente en la salud física y la tranquilidad mental, así como en la confianza personal y de la comunidad.
Muchos jóvenes creen, y lo enseñan muchos adultos que saben lo contrario, que el asunto de la pureza sexual ya no es problema moral. Pero como el menosprecio de las reglas de la sociedad afecta negativamente todo nuestro sistema moral, el problema de la pureza personal sigue siendo un importante asunto moral. Aun cuando no resultara cosa peor, lo que hace es levantar la mano del joven ofensor contra la sociedad, pues piensa que se está revelando contra un sistema social completamente fuera de moda y contra restricciones religiosas caídas en desuso. Su naturaleza inmatura no le permite comprender lo que el peso de la experiencia e historia dicta contra el éxito de su rebelión. Ni tampoco entiende la protección que está robando a su vida futura.
Casi todos los ofensores morales jóvenes se sienten molestos, inquietos y atormentados el resto de sus vidas por la sensación de culpabilidad que viene de las cosas malas que hicieron en su juventud. La falta de castidad degrada la experiencia más rica de la vida, impide y restringe el desarrollo normal del amor verdadero y noble, y deja tras sí mujeres solitarias y hombres egoístas.
En lo pasado se ha querido enseñar la conveniencia de llevar vidas moralmente rectas haciendo hincapié en los efectos perjudiciales de las enfermedades sociales en la salud mental y física, con la esperanza de atemorizar a los jóvenes a fin de que se refrenaran de las relaciones ilícitas; pero este método no ha servido para inculcar en la juventud la determinación necesaria para llevar vidas moralmente limpias. Aun cuando no sobreviniera ninguna enfermedad social en estas relaciones sexual.es ilícitas, el ideal de absoluta fidelidad recíproca entre el marido y su mujer se sostendría por sus propios méritos.
























