Viviendo según el Evangelio

Capítulo 7
ORACIÓN


Una vez alcanzamos a oír el siguiente comentario: “Deberías oír a ese anciano cuando ora. Se arrodilla junto a su cama y ora exactamente como si estuviese en la presencia misma de nuestro Padre Celestial”. ¿Significa este comentario que la oración sencilla, sincera, franca y humilde es considerada como una excepción entre nosotros? ¿Hemos llegado a preocuparnos tanto con la forma externa que hemos olvidado el propósito fundamental de la oración a nuestro Hacedor? Hay buena razón para pensar que toda oración verdadera debería ser como la del anciano que sorprendió a los que lo escucharon por su sinceridad y sencillez.

Clemente de Alejandría dijo que la oración era como una “conversación con Dios”. ¿Qué es la oración sino esto? Sí mostramos la misma clase de fe que tenía José Smith, nosotros también podemos allegarnos a Jehová. En 2 Nefi 32:8 leemos:

“. . .Porque si atendieseis al espíritu que enseña a los hombres a orar, sabríais que es menester orar, porque el espíritu malo no enseña al hombre a orar, sino que no debe orar”. No hay mejor manera de disfrutar plenamente del Espíritu de Dios que por allegarnos a él. Nada puede ser una ayuda mayor para el progreso, desarrollo y crecimiento de una persona que “hablar con Dios”, En su. “Paraíso Perdido”, Milton dijo:

“Lo que está oscuro en mí, ilumina; lo bajo, eleva y dale sostén,
Que a las alturas de este gran tema
La Providencia eterna pueda afirmar
Y al hombre los caminos de Dios justificar”.

Es fácil hacer que nuestra oración sea tan formal que deje de producir todos sus buenos resultados realizables. Algunas personas y denominaciones sustituyen la vida religiosa por «repetir oraciones” o aun «leer oraciones» de un libro, pensando que leer oraciones en momentos y lugares determinados constituye la vida religiosa. La oración sincera es parte de la verdadera vida religiosa, pero nunca debería substituir a la vida que incluye la adoración de Dios.

¿Cómo deberá ser nuestra oración?

El Señor Jesucristo nos dio el modelo cuando dijo:

“Vosotros pues, oraréis así: Padre nuestro que están en los cielos, santificado sea tu nombre.
“Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
“Danos hoy nuestro pan cotidiano.
“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores,
“Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal: porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mateo 6:9-13).

Basta un examen superficial de esta gloriosa oración para mostrar que, según Jesús, para orar efectivamente debemos hacer por lo menos tres cosas: Primero, adorar al Señor nuestro Dios; segundo, pedir aquellas cosas que sólo las bendiciones del Señor pueden otorgar; y tercero, pedir que nuestro prójimo sea bendecido tal como nosotros querríamos ser bendecidos.

La razón principal de la oración es que deseamos en lo posible estar en presencia de nuestro Dios, y esto es por causa de nuestro gran amor hacia él. Así como para nosotros es valiosa una visita a nuestros padres terrenales a quienes amamos, también lo es allegarnos a nuestro Padre Celestial, principalmente porque lo amamos, Una de nuestras necesidades espirituales es sentir que nos hallamos realmente en su presencia. Esta es la razón principal por la cual no deberíamos permitir que nuestra oración se redujese sólo a una forma externa. Para ser reales, nuestras oraciones deben ser sinceras y honestas, y lo serán si salen del corazón. En la oración debemos ser humildes porque, a menos que recordemos nuestro lugar cuando estamos en la presencia de nuestro Hacedor, no estaremos en condiciones de adorar. Debemos mostrar una actitud penitente, dándonos cuenta que sólo Dios puede perdonarnos nuestros pecados y debilidades y deudas. Por lo tanto, nuestro corazón debe na estar en nuestras oraciones, nuestros deseos sinceros deberían ir con las palabras que emitimos o los sentimientos que experimentamos.

Ninguna oración efectiva se compone sólo de palabras. Vivir una vida piadosa nos da la mejor garantía de que nos encontraremos en la actitud mental propia para orar cada vez que sintámosla necesidad de hacerlo.

En sus Veinte Sermones, Phillips Brooks nos habla en la siguiente forma acerca de la ayuda que deberíamos pedir al Señor: “No pidáis una vida holgada. ¡Orad que seáis hombres fuertes! No pidáis tareas que correspondan con vuestras fuerzas. Pedid fuerzas para ejecutar vuestras tareas”. Sería conveniente recordar que si el Señor nos quitase la mayoría del trabajo y las dificultades que experimentamos al tratar de cumplir con nuestras tareas, en seguida perderíamos la mayoría de nuestras oportunidades de crecimiento y desarrollo. Además, deberíamos recordar que la fuerza para hacer cualquier trabajo necesario para cumplir con nuestros deberes diarios, aun la vida misma, viene a nosotros como un don de Dios a través de su Santo Espíritu. Por lo tanto, deberíamos orar constantemente para que el Señor continúe dándonos las bendiciones de la vida, salud y fortaleza, y gozo y éxito en nuestra tentativa diaria por cumplir con nuestras obligaciones, y bendiciones especiales cuando las condiciones de la vida y las tareas especiales exigen demasiado de nuestra fortaleza y resistencia.

También es importante recordar que cuando nos sintamos justificados en pedir cualquier bendición, debemos pedir con fe. Muchos hombres, cuyas vidas se detallan en las escrituras, prevalecieron ante el Señor con “poderosas oraciones”. Por ejemplo, Enós dijo:

“Por tanto. . . le suplicaba continuamente, pues él me había dicho: Cualquiera cosa que pidieres con fe, creyendo que la recibirán en el nombre de Cristo, la obtendrás” (Enós 1:15).

De Santiago también aprendemos que cuando pedimos algo a nuestro Padre Celestial, debemos pedirlo con fe:

“Pero pida en fe, no dudando nada: porque el que duda es semejante a la onda de la mar, que es movida del viento, y echada de una parte a otra.
“No piense pues el tal hombre que recibirá ninguna cosa del Señor” (Sant. 1:6-7).

En igual forma, cuando pedimos bendiciones de la mano del Señor para nuestros seres queridos, debemos pedirlas con fe.

“Y sucedió que cuando hube oído estas palabras, empecé a anhelar la prosperidad de mis hermanos los nefitas; por tanto, imploré con toda mi alma a Dios por ellos.
“Y mientras me hallaba luchando así en el espíritu, he aquí que la voz del Señor de nuevo llegó a mi alma, diciendo: Visitaré a tus hermanos según su diligencia en guardar mis mandamientos. Les he dado este país, que es una tierra santa, y no la maldeciré sino por causa de iniquidad. Por tanto, visitare a tus hermanos según dejo dicho, y sus transgresiones haré bajar con dolor sobre sus propias cabezas.
“Y después que yo, Enós, hube oído estas palabras, empecé a tener una fe inmutable en el Señor; y le rogué con muy asiduo empeño por mis hermanos, los lamanitas.
Y aconteció que después que hube rogado y obrado con toda diligencia, me dijo el Señor: Por tu fe, te concederé conforme a tus deseos” (Enós 1:9-12).

Santiago también nos da ánimo para orar por los demás.

“¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? cante salmos.
“¿Está alguno enfermo entre vosotros? llame a los ancianos de la Iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.
“Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si estuviere en pecados, le serán perdonados.

“Confesaos vuestras faltas unos a otros, y rogad los unos por los otros, para que seáis sanos; la oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho” (Sant. 5:13-16).

En estos pasajes notemos particularmente el énfasis que pone Santiago en la fe y la promesa de que la oración ferviente logrará mucho.

¿Qué será nuestra vida?

Una oración realmente sincera sólo es posible cuando va acompañada de una conducta apropiada y agradecimiento diario. Las enseñanzas de Amulek aclaran esto:

“Por tanto, hermanos míos, Dios os concede empezar a ejercitar la fe hasta el arrepentimiento para que empecéis a implorar su santo nombre, a fin de que tenga misericordia de vosotros;
“Sí, implorad su misericordia, porque es poderoso para salvar.
“Sí, humillaos y continuad haciéndole oración.
“Orad a él cuando estéis en vuestros campos, sí, por todos vuestros rebaños.
“Rogadle en vuestros hogares, sí, por todos los de vuestra casa, en la mañana, el mediodía y en la tarde.
“Sí, imploradle contra el poder de vuestros enemigos;
“Sí, contra el diablo, que es el enemigo de toda justicia.
“Rogadle por las cosechas de vuestros campos, a fin de que prosperen.
“Orad por los rebaños de vuestros campos para que puedan aumentar.
“Más esto no es todo; es menester que derraméis vuestra alma en vuestros aposentos, en vuestros sitios secretos y en vuestros yermos.
“Sí, y cuando no estéis invocando al Señor, dejad que rebosen vuestros corazones, orando constantemente por vuestro propio bienestar así como por el bienestar de los que os rodean.
“Y he aquí, amados hermanos míos, os digo que no creáis que esto es todo; porque si después de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, mas seréis como los hipócritas que niegan la fe.
“Por tanto, si no os acordáis de ser caritativos, sois como la escoria que los refinadores desechan (por no tener valor), y es hollada de los hombres” (Alma 34:17-29).

Cuando recordamos las enseñanzas de nuestro Salvador, podemos ver claramente cuán importante es amar a Dios y a nuestros semejantes.

“El que ora como debe, tratará de vivir como ora”, dice Robert Owen. Según los mahometanos, es hipocresía orar por los necesitados y luego dejar de ayudarlos prácticamente. Porque su Alcorán les enseña:

“¡Ay de aquellos que oran, y son negligentes de sus oraciones; que son hipócritas y les niegan lo necesario a los pobres!”

A la vez, la oración continua y sincera, nos ayudará grandemente a soportar las tentaciones. Amulek destacó este poder que se engendra a través de la oración;

“Sí, y también os exhorto, hermanos míos, a que veléis y oréis continuamente para que no seáis llevados por las tentaciones del diablo, ni pueda venceros, ni lleguéis a ser sus súbditos en el último día;’ porque he aquí, él no os recompensa con cosa buena» (Alma 34:39).

Sabiendo la fortaleza que puede recibirse de la oración, David imploró al Señor: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmos 51:10).

En la literatura de la Edad Media tenemos una oración ideal. Incluye no sólo las aspiraciones sino también la norma diaria de vida de un discípulo de Jesucristo que lo amó fervorosamente y anduvo por el mundo amando, sirviendo y haciendo el bien a sus semejantes. Francisco de Asís oró así:

“Señor, hazme un instrumento de tu paz;
Que donde haya odio pueda traer amor,
Donde haya ofensa, pueda traer perdón;
Que traiga unión en lugar de la discordia,
Verdad que reemplace al error,
Fe donde existan dudas,
Esperanza por desesperación,
Luz para las tinieblas,
Gozo para la tristeza,
Hazme ansiar más amar que ser amado,
Ayúdame a aprender que al dar recibiré,
Que encuentre vida eterna al olvidarme de mi”.

Brigham Young citaba a menudo esta frase de un autor desconocido: “El pecado aleja al hombre de la oración, y la oración aleja al hombre del pecado”.

Nadie que haya orado alguna vez con todo su corazón precisa que le digan que de la oración se deriva un poder inmenso.

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