Ideales
por Harold B. Lee
Del Concilio de los Doce
Liahona Abril 1945
Hace años que por la bondad de un amigo, me fue permitido leer un libro interesante de un pensador y estudiante americano que se titulaba, “Diez maneras para probar la finura de un hombre”. He olvidado los diez puntos discutidos pero he recordado los puntos generales de su discusión. La superioridad, dice, no se mide por lo que una persona tenga en bienes terrenales porque a menudo la persona rica llega a ser independiente de las cosas buenas, y las riquezas no siempre se ganan mediante el trabajo honesto. Igualmente, los talentos de una persona no son una medida exacta, porque los cantantes muy conocidos, en su vida privada pueden ser lujuriosos, deshonestos y aún inmorales. La única medida exacta de la superioridad, razonaba, es la respuesta de uno a esta pregunta, “¿Qué es lo que le gusta?” Sus escogimientos en todas estas y semejantes situaciones indicará su superioridad o inferioridad.
Las enseñanzas de una Madre. . .
Yo conocí a una madre superior juzgada por estas normas, que vivía en la pobreza con una familia grande. Desde entonces ha abandonado esta vida pero la enseñanza que dio a sus hijos dejó marco de norma en sus vividas. Les enseñó una valuación exacta de lo hermoso, un optimismo que hizo imposible la amargura, de que la vida tenía valores más profundos que los simples deseos temporales. Guiado por esas enseñanzas, un hijo en el servicio militar, testificó en una carta a su padre, que había sido guardado del pecado; una hija fue inspirada para poner en verso sus pensamientos; otra hija, hace solamente dos meses, fue guiada a un templo santo donde en el altar entró e hizo convenio sagrado de matrimonio. Así por escoger lo hermoso, lo bueno, lo que vale la pena, según el escritor al cual me he referido, se probaron superiores a la mayoría de sus amigos, no obstante su condición económica.
Escogiendo Ideales.
Las conclusiones de este estudiante sugieren la necesidad de establecer normas por las cuales pueda uno guiar su vida, y de las voluminosas obras escritas sobre el particular supondría que rara vez se encuentra una cosa más importante que el escoger ideales. El diccionario define un ideal como, “mental, intelectual”, el sumo grado de perfección concebible, modelo, una norma de perfección, hermosura o excelencia. Fue Cari Shurtz quien dijo, “Los Ideales son como las estrellas. Es imposible alcanzarlas con las manos pero, como el marinero en el desierto de las aguas, las escoge por guías y siguiéndolas llega a su destino”.
Los niños son grandes imitadores. Aprenden a hablar, andar y se forman hábitos de conducta principalmente por lo que ven que otros hacen. Todo maestro sabe que los hábitos del mal uso del idioma formados en el hogar son difíciles de corregir en la escuela, y que los niños que vienen de hogares refinados y cultos traen con ellos aquella cultura que falta en el niño que viene de un hogar que no ha sido favorecido por esta cultura. Los buenos maestros se preocupan tanto de su modo de vestir, y de sus hábitos personales como de su manera de hablar, sabiendo que la falta de cuidado en el cabello, las uñas, o el vestido de los niños puede ser producto del mal ejemplo de su maestro. Si uno desea saber cómo se verá una señorita cuando se haya desarrollado haría bien de fijarse en su madre. Un padre vuelve a vivir en su hijo. El hombre o la señorita de sus sueños que algún día piensa seleccionar como compañero de vida, posiblemente no existe, aunque usted crea que sí cuando se enamore de ella o él porque su ideal es una compostura de las mejores cualidades que ha observado en un sin fin de amigos.
La importancia del ejemplo
El apóstol Pablo impresiona la importancia del ejemplo sobre los miembros de la Iglesia que “comen de las viandas sacrificadas a los ídolos”, así induciendo a los flacos, “adelantarse a comer de lo sacrificado a los ídolos”. Mas mirad, “dijo él”, que esta vuestra libertad no sea tropezadero a los que son flacos. Porque si te ve alguno, a tí que tienes ciencia, que estás sentado a la mesa en el lugar de los ídolos, ¿la conciencia de aquel me es flaco, no será adelantada a comer de lo sacrificado a los ídolos? Y por tu ciencia se perderá el hermano flaco por el cual Cristo murió. De esta manera, pues, pecando contra los hermanos, e hiriendo su flaca conciencia, contra Cristo pecáis. (1 Cor. 8:8-12).
No solamente debemos evitar la maldad sino evitar la apariencia de la maldad. Ninguna persona de alta posición ha caído en pecado o mala reputación sin estrellar los ideales o castillos de sueño de algún joven que haya tenido fe en él. Fue Philips Brooks, quien dijo, “Ningún hombre o mujer de la clase más humilde puede ser fuerte, manso, puro y bueno sin que el mundo sea mejor por ello, sin que alguien sea ayudado o consolado mediante la existencia de esa bondad”.
Hace varios meses que pasé una tarde con un redactor de un periódico conocido nacionalmente, que venía de entrevistar a un miembro de la primera presidencia de la Iglesia. Este escritor, después de comentar la cortesía que le había sido extendido, dijo, “Sabe usted que jamás he sido impresionado tan hondamente por los centenares de hombres que he entrevistado por mi trabajo por todo el mundo, como lo fui por su dirigente. Me hizo sentir como si quisiera dejar de fumar”. Así, hasta cierto punto, es la influencia de todo buen hombre.
El poder del ejemplo
Realizando el poder del ejemplo, los manufactureros de licores, y tabacos, cereales y cosméticos buscan que los grandes atletas y artistas del cine que llegan a ser héroes ante los ojos de la juventud, recomienden sus productos para así extender su venta entre la juventud. Uno de nuestros Capellanes, con puesto en San Diego, California, escribió una conversación que tuvo con Glenn Cunningham, hombre famoso por ganar la carrera de una milla, que es oficial de la marina. Cunningham se lo contó al Capellán y me ha dado permiso para que yo lo repita aquí: “Un día me encontraba en mi hotel en la ciudad de Nueva York después de sostener un encuentro atlético. Llamó el teléfono y una persona preguntó si podía subir para hablar conmigo unos momentos. Consentí. Cuando entró el hombre dijo: Glenn no quiero quitarle el tiempo y por eso he hecho este contrato para que recomiende nuestro tabaco. Firme aquí y usted pondrá el precio. Le miré a los ojos y le dije: No sé yo la cantidad de dinero que tenga su compañía pero es insuficiente para hacer que estampe mi nombre en ese contrato”. La siguiente vez que vea usted tal sobrescrito de las cosas que Dios ha condenado como perjudiciales, recuerde a Glenn Cunningham y tenga la seguridad de que algunos atletas, no como él, pueden ser comprados por un precio. Los vendedores de abastecimientos sin valor y promovedores de negocios dudosos siempre buscan que las personas destacadas y directores de la Iglesia acepten gratificaciones o regalos para que sus nombres puedan ser publicados como accionistas y directores de sus tratos para que aquellos que tienen confianza en ellos compren su producto. Quisiera que todos los hombres de influencia, y la juventud que mañana tendrá que hacer frente a estas decisiones, leyeran otra vez la amonestación del Apóstol Pablo a aquellos que no viven como profesan y enseñan.
Pero todo ser mortal tiene sus limitaciones y haría bien la juventud en anclar su fe en los ideales que no fallan. No habrá gran gozo otra vez en el mundo hasta que los hombres tengan fe en alguno más alto que ellos. Sin fe en Dios, los hombres no pueden tener fe completa en sí mismos ni en el trabajo que hacen. Hasta que un joven aprenda “tirar de una estrella su carro”, fallará en su objetivo de llegar a su meta eterna.
Escuche atentamente y quizá hallará en las palabras del Salvador, Jesús, entre sus amigos. Aquí lo reproduzco como salió de labios del maestro mismo: “Sed pues perfectos, como vuestro padre que está en los cielos es perfecto”. Quizá en el primer pensamiento creerán que esa meta sea tan alta e imposible de alcanzar que les haga desesperar antes de llegar. Pero pensemos en ello por unos momentos.
Una Verdad Profunda. . .
Mientras Jesús alzaba sus ojos en oración cuando “su hora era venida”, dio expresión a una verdad profunda que debería estar llena de significado a toda alma. “Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero y a Jesucristo, al cual has enviado”. (S. Juan 17:3) Aunque esta expresión tiene un significado más profundo de lo que deseo tratar aquí, quisiera tomar un pensamiento de ella. ¿Cómo puede uno conocer al Padre y a Su Hijo? Pues como puede uno llegar a conocer a Abraham Lincoln? Como conocerá uno al poeta Longfellow, o el gran compositor Mozart o Hofmann, el artista? Uno puede conocerlos por sus obras que nos han dejado, por un repaso de sus vidas, por un entendimiento del ambiente y las circunstancias que impulsaron sus hechos, y finalmente, por medio de adquirir por la práctica la habilidad de producir obras similares usando la técnica empleada por ellos. Igualmente podemos llegar a conocer a Dios y a su Hijo, nuestro Salvador. Empezamos a adquirir el entendimiento por el estudio. El Salvador nos aconsejó “Escudriñad las escrituras porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna y ellas son las que dan testimonio de mí. (Juan 5:39) En ellas se hallará una historia de los tratos de Dios hechos con la humanidad en toda dispensación y las obras y palabras de los profetas y las del mismo Salvador como fueron dadas “por la inspiración de Dios”, como dice el Apóstol Pablo, “y es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia. Para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra”. (2 Timoteo 3:15). La juventud no debe dejar pasar un día sin leer estos sagrados libros. Pero no basta conocer su vida leyendo. Fue el maestro quien respondió cuando le preguntaron cómo podría conocerle a él y su doctrina: “El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina si viene de Dios, o si yo hablo de mí mismo”. (Juan 7:17) ¿Pensaría usted que un gran científico sea uno que nunca haya experimentado en un laboratorio? ¿Daría mucha atención a una observación, crítica musical de una persona que no supiera música, o una crítica de arte por uno que no supiera pintar? Igualmente, uno como usted que “conozca a Dios”, tiene que ser uno que guarde los mandamientos y practique las virtudes de Jesús.
“Cimiento para la Eternidad”
Estoy convencido de que el maestro no pensaba relativamente cuando dijo, “Sed pues vosotros perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, (Mat. 5:48) o que intentaba decir que deberíamos ser perfectos en nuestra vida como él es perfecto en su vida. Supondría usted que el Salvador sugería una vida que no fuera posible de alcanzar y luego burlarse de nosotros y nuestros esfuerzos para alcanzar esa perfección? Es imposible que en esta vida lleguemos a tal estado de perfección del cual hablaba el Maestro, pero en esta vida ponemos los cimientos en los cuales construiremos durante las eternidades, por lo tanto es necesario que nuestro cimiento se base en la verdad, la justicia y la fe. Para alcanzar esa meta es necesario que guardemos los mandamientos de Dios y seamos fieles hasta el fin de nuestras vidas, y luego más allá del sepulcro, seguir en justicia y conocimiento hasta que lleguemos a ser como nuestro Padre Celestial. En maravillosas revelaciones el Señor nos ha dicho que aquellos “son los que vencen por la fe, y que son sellados por el Santo Espíritu de la promesa, el cual el Padre derrama sobre todos aquellos que son justos y verdaderos. Ellos son los que pertenecen a la Iglesia del Primogénito, en cuyas manos ha dado el Padre todas las cosas; y han recibido de su plenitud, y de su gloria”. (D. & C. 76:53-56).Y cualquiera que tenga esta esperanza en él se purifica, como él también es limpio”. (1 Juan 3:3)
Aparentemente el Apóstol Pablo pensó que esto era una doctrina de verdad porque lo hallamos declarando a los miembros de la Iglesia de su Tiempo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios”: (Fil. 2:5-6). Otra vez indicó el camino a la perfección. Hablando de Jesús, dijo: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia: y consumado, vino a ser causa de eterna salud a todos los que le obedecen.” (Heb. 5:8-9).
Camino a la Perfección. . .
Quién no ha visto la purificación que viene del sufrimiento de uno que ha llegado a ser víctima de una enfermedad incurable; que es humillado por la angustia mental de la traición, o que sufre dolencia y tristeza que obra arrepentimiento de los efectos espantosos del pecado; o que ha sacrificado todo por un ser amado o la causa de la verdad? Entonces si también ha visto, podrá conocer el camino a la perfección.
Siempre me alegran las palabras del Salvador pronunciadas antes de su crucifixión, “más confiad, ya he vencido al mundo”, y mediante el Apóstol Pablo que declaró que en Jesús no teníamos un ejemplo de uno que no comprendía nuestros problemas y “que no se puede compadecer de nuestras flaquezas ; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. (Heb. 4:15)
Mientras leemos la vida del Salvador nos sentimos impresionados por el hecho de que fuera movido por emociones humanas como somos nosotros. Me pregunto si no estaba enojado cuando vio a los cambiadores haciendo de la casa de su Padre una cueva de ladrones. Cuando los Fariseos hipócritas lo desafiaron por curar a uno que tenía una mano seca, los miró “con enojo condoleciéndose de la ceguedad de su corazón”. El predicador sabio del Antiguo Testamento declaró que hay un tiempo de “amar y tiempo de aborrecer”. Me imagino al Maestro aborreciendo el pecado, aborreciendo las condiciones sociales que oprimían a los pobres y no obstante amando a los que le ultrajaban. Cuando los diez mandamientos cayeron como truenos del Monte de Sinaí, Dios declaró, “porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte y celoso y no tendrás Dioses ajenos delante de mí”. El Apóstol Pablo aconsejó a los Santos, “Airaos, y no pequéis”, y habló de ser celoso sobre ellos con un celo como el de Dios, cierto es que “Jesús fue tentado en todas las cosas como nosotros”, no obstante estuvo sin pecado. Aunque fue movido durante su vida por emociones humanas, hubo una diferencia esencial entre las expresiones de ellos y las nuestras. Sus emociones eran constantemente controlables. Frecuentemente las nuestras son sin control y terminan en amargura que pone en peligro nuestra propia alma. Él podía odiar el pecado pero a la vez tener compasión del pecador. Se enojaba con el fanatismo que cerraba la mente de los hombres a la verdad, no obstante era paciente en sus enseñanzas. Amaba a todo ser humano y celosamente los guardaba de la malicia del día.
Fuerzas para Sojuzgar. . .
Tener fuerzas para sojuzgar las tentaciones es divino. Los fuertes, los virtuosos y los fieles de toda generación han vivido limpia y puramente no porque sus emociones impulsaran menos ni porque sus tentaciones fueran más pocas sino porque su deseo de obrar era más grande y su fe en la guía divina les trajo fuerza por la oración que probó su relación con el gran Ejemplo que nos dio el modelo para la vida perfecta. El perverso que llora en su degradación que su parte es difícil a causa de su pasión dominadora pero que presenta un retrato triste de víctima de su propio maligno pensamiento. A causa de su repetido pecado se ha divorciado del compañerismo del espíritu del Señor en el cual hubiera hallado, “la fuerza porque su corazón era puro. Tiene que subir por el camino del arrepentimiento por medio de la abnegación, la restitución y la confesión. En la tentación tiene que aprender a hacer como dijo Cristo durante su gran tentación, “Vete de mí Satanás”,
A aquel que quisiera aprender la ley perfecta de caridad hacia el pecador, que oiga las palabras de Jesús a los acusadores de la mujer hallada en pecado, “El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero”, o entienda el significado profundo de sus palabras al ladrón arrepentido mientras estaba en la cruz, “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”.
A ustedes que han bebido el así llamado “espíritu de guerra” de odio de nacionalidades que representan las naciones contra quienes hacemos guerra, vean otra vez en sus mentes el retrato de la cruz y oiga las palabras del Señor, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
AI contemplar los grandes ideales que nos dejó Jesús, Lecky, el historiador, nos ha dado este sumario “El record de tres años de la activa vida de Jesús ha hecho más por regenerar y ablandar a la humanidad que todas las disertaciones de filosofía y todas las explotaciones de los moralistas”. No dejemos pasar ningún día sin que aprendamos del libro de su vida el camino a la vida perfecta y andemos por él hacia nuestra meta eterna, es lo que pido en el nombre de Jesucristo. Amén
























