El Otro lado del Cielo

Un remedio rápido


Seguimos haciendo visitas, pero la mayoría de las personas continuaron rechazándonos. De vez en cuando, alguna familia aceptaba escucharnos y, cuando lo hacían, nos quedábamos y hablábamos tanto tiempo como fuera posible. Una noche nos quedamos hasta muy tarde en la casa de una familia que vivía en otra aldea, y ellos nos preguntaron si podíamos pasar la noche en su casa; yo no estaba seguro, así que miré a Feki; él asintió en señal de aprobación y nos quedamos. Nos dieron de comer una gran cena y nos extendieron unas esteras en uno de los extremos de la casa. Después que cada uno dio su oración, en seguida nos dormimos.

Estaba profundamente dormido cuando percibí un movimiento cerca de mí; me di vuelta e intenté volver a dormirme, pero no me sentía tranquilo. Afuera la luna brillaba y, como el extremo de la casa donde nos encontrábamos tenía una parte del techo abierta, era bastante fácil ver lo que había alrededor. Al mirar hacia donde debía estar Feki, me di cuenta de que no estaba allí; entonces miré hacia el otro lado y vi que alguien había puesto otra estera en la que estaba acostada una hermosa joven; una sábana le cubría casi todo el cuerpo. Cuando se dio cuenta de que me había vuelto hacia ella, sonrió y se bajó un poco la sábana.

Me sentí abrumado. ¿Dónde estaba Feki? ¿Cuánto tiempo haría que se había ido? No podía quedarme allí, pero tenía miedo de levantarme y salir, porque sabía que ella estaba despierta. Si la rechazaba de manera evidente, podría hacer circular malos rumores y yo no sabía lo que haría la joven ni los miembros de su familia. ¿Cómo había llegado a esa situación? En seguida cerré los ojos con la esperanza de que no se hubiera dado cuenta de que estaba despierto y pensando que su reacción quizás se debiera a mi movimiento al ciarme vuelta.

Oré de todo corazón. ¿Qué debo hacer? Por favor, ¡ayúdame a salir de esta situación! No tuve la intención de que esto sucediera. Sentí que empezaba a subirme la temperatura y, de repente, empecé a tener dolores muy fuertes en el estómago y me di cuenta de que estaba por vomitar. De un salto, me levanté de la estera tosiendo y esforzándome por no vomitar allí. Salí corriendo hacia los arbustos que se encontraban más cerca y vomité con arcadas tan seguidas y violentas que pensé que se me iban a salir hasta las entrañas. En seguida se reunió a mi alrededor un pequeño grupo de gente, incluso Feki, los dueños de casa, la joven (que se había vestido  apropiadamente) y otras varias personas; todos se daban cuenta de cuánto estaba sufriendo y se preocuparon sinceramente al ver que había un poco de sangre en lo que vomitaba.

Finalmente, comencé a sentirme un poco mejor del estómago pero seguía temblando, estaba cubierto de sudor y muy afiebrado. Mis acompañantes me ayudaron a llegar hasta una cómoda estera que habían puesto al aire libre. Feki y una o dos personas más empezaron a abanicarme y me pusieron unas toallas húmedas en la frente para hacer bajar la fiebre; se quedaron conmigo el resto de la noche mientras me daba vueltas y vueltas muy agitado.

Ya era casi el amanecer cuando logré conciliar el sueño y dormir unas horas. Al despertar ya era de día; alguien había armado un dosel de sábanas sobre mí con cuatro postes. Feki y otras dos personas todavía estaban allí cuidándome; cuando abrí los ojos, eran todo sonrisas.

¡Qué hermoso ver a Feki, con su sonrisa contagiosa, sus dientes tan blancos y esa confianza en sí mismo que comunicaba! Volví a cerrar los ojos y le agradecí a Dios por Su ayuda. Dormí un poco y, cuando volví a despertarme, sólo estaba Feki. Ya no tenía el estómago revuelto, ya casi no tenía fiebre y me sentía bien; le pregunté a mi compañero adonde se había ido durante la noche y él me contó que el padre de la familia le había pedido que fuera a ayudarlo con un trabajo; mientras trabajaban, yo había salido y comenzado a vomitar. Nunca le dije lo que sucedió y dudo que él se lo haya imaginado.

Aprendí que Dios siempre nos mostrará la manera de escapar del peligro si acudimos a Él con sinceridad, aunque quizá los medios que emplee puedan ser a veces un tanto inusuales. También llegué a entender mejor por qué los compañeros de misión deben permanecer siempre juntos.

Al fin me levanté y caminé un poco; todavía no podía mantenerme del todo firme. La familia salió y se disculpó pues pensaban que me habían dado algo envenenado. «Aunque es extraño —reflexionaron—; todos comimos lo mismo y nadie más se enfermó». Me preguntaron cómo me sentía y les aseguré que estaba bien; quedaron muy aliviados y expresaron su alegría de que ya me sintiera mejor. La joven que había estado allí la noche anterior se encontraba entre las personas que parecían reconfortadas al verme mejor. Nunca volvió a mencionarse el incidente y nunca volvimos a dormir en aquella casa.

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