El Otro lado del Cielo

«¡Seilo, seilo!»


A consecuencia de los últimos problemas, automáticamente escuchaba más a Feki y me quedaba más cerca de él. Estaba contento porque por fin todos entendían bastante bien lo que se nos exigía como misioneros, sobre todo aquello de no perder el tiempo ni involucrarnos con personas del sexo opuesto. Aparentemente, la mayoría de las personas lo aceptaban, pero yo notaba que la madre de la joven todavía estaba resentida.

Siempre era amable con nosotros, nos preparaba comidas y nos ayudaba en muchas formas, pero yo sentía que estaba distante y fría y eso me inquietaba. Intenté hablarle acerca de algunos de los principios sobre los cuales había hablado con su hija, pero no quería escucharme.

Finalmente, en una ocasión en que nos encontramos hablando los dos solos, le pregunté:

—¿Qué le pasa? ¿Hay algo que le moleste?

Cuando se dio cuenta de que no había nadie cerca, se desahogó.

—Usted dice que nos quiere y que está tratando de ayudarnos, pero mi hija no le gusta ¿Es demasiado bueno para ella? ¿Es que no es suficientemente bonita para usted? En definitiva, ¿qué es lo que quiere? Mi esposo le ofreció muchísimas hectáreas de la mejor tierra con tal de que se casara con nuestra hija y se quedara aquí. En cambio, usted nos desprecia. ¿Qué más quiere? Le haré una oferta todavía mejor: ni siquiera tiene que casarse con ella ni quedarse aquí; basta con que nos dé un niño mestizo por medio de nuestra hija y no se volverá a mencionar el asunto. ¡Seguramente no será tan egoísta que no pueda hacer eso por nosotros!

Me esforcé todo lo que pude por explicarle que era la voluntad de Dios que yo no hiciera eso y que, como misionero, tenía la obligación de actuar de acuerdo con Su voluntad. Se negó a aceptar mi respuesta y siguió acusándonos a mí y a mi compañero de ser egoístas y de no compadecernos de su desventajosa situación. «Lo único que queremos es un bebé mestizo», insistió. (En aquella época, algunos isleños todavía creían en el mito de que la gente blanca era más inteligente, más poderosa o con algo de superioridad.)

No quería ofenderla ni que pensara que ellos no nos importaban, pero tampoco podía ofender a Dios ni actuar en contra de Su voluntad. No me daba cuenta de cómo era posible conciliar esos sentimientos tan diferentes. Oré y le supliqué al Padre Celestial que le ablandara el corazón y le ayudara a entender para que no estuviera enojada conmigo; sin embargo, parecía que, cuanto más intentaba explicarle, más se enojaba. El ambiente era tal que no me parecía apropiado compartir mi testimonio en ese momento. Decidí que lo único que podía hacer era alejarme para no empeorar la situación; no quería irme con esos sentimientos negativos, pero no veía otra alternativa.

Cuando me puse de pie para despedirme, una idea acudió a mi mente. Me volví hacia la mujer y le dije: «Sé que mis explicaciones no han sido muy buenas, pero, si tiene paciencia, volveré mañana. Hablaremos otra vez y tendré algo nuevo para decirle». Lo aceptó, aunque calculo que habrá tenido una vaga esperanza de que al día siguiente hubiera cambiado de idea. Me quedé un tanto desconcertado, pues no sabía qué podría decirle al día siguiente que ya no le hubiera dicho; sin embargo, había seguido un dictado del Espíritu y, en esa época, ya había descubierto que lo que el Espíritu me dictaba era lo mejor que podía hacer.

Más tarde, aquel mismo día, oí el sonido tan grato de la voz incon-fundible que anunciaba desde lo alto de la montaña: «¡Seilo, seilo!» («¡Viene un barco!»).

No es fácil describir los sentimientos que se experimentan los días que llega un barco a una pequeña y lejana isla. Normalmente, llegaba uno alrededor de una vez por mes, pero, dado que en realidad no tenían fechas fijas, a veces llegaban dos por mes y, en otras ocasiones, pasaban dos meses o más entre barco y barco.

Los acontecimientos de los días en que llega un barco sólo pueden apreciarlos aquellos que han estado en lugares apartados durante períodos largos. Es casi imposible describir el revuelo que causa la llegada de un barco y que se siente hasta en el aire. La gente deja lo que estaba haciendo y los ojos se les agrandan reflejando una inmensa alegría; y por todas partes se oyen susurros de gran expectativa. Los caballos, los perros y los cerdos alzan la cabeza y comienzan a olfatear el aire y a moverse, porque también perciben que está sucediendo algo inusual. El ritmo lento del diario vivir se transforma; la isla cobra vida y, casi por instinto de manada, todo y todos comienzan a avanzar hacia el lugar de desembarco.

La voz que anunciaba «¡Seilo, seilo!» parecía despertar todas las emociones conocidas por el hombre. Estaban presentes la expectativa y la aprensión (¿quiénes, de los amigos y familiares de otras islas, habrían nacido o se habrían casado, habrían muerto o enfermado?); la alegría y la tristeza (¿quién llegaría y quién partiría?); y la felicidad y el temor (¿qué noticias buenas y qué noticias malas llevaría?). Era como un microcosmos de ese acontecimiento más grandioso que es el ir y venir de los espíritus que llegan o parten de este pequeño planeta, la Tierra.

Desde que se divisaba el bote en la distancia hasta que llegaba pasaban varias horas. Llevaba otras horas más descargar el barco y llevar la bolsa postal hasta la oficina de correo en Hihifo. Todos se reunían en la oficina de correo y esperaban mientras comenzaban a clasificar la correspondencia y a mencionar nombres: «carta para Samu», «paquete para Mele», y así sucesivamente.

Nosotros íbamos a Hihifo, nos mezclábamos con el resto de la gente y escuchábamos las noticias: el cumpleaños de la reina estuvo hermoso; el equipo de rugby perdió en Fiji, pero los árbitros eran parciales; Joe pescó veinticinco peces en una noche; Mele tuvo mellizos. Nadie se preocupaba mucho ni decía nada acerca de los acontecimientos del mundo ni de la economía, ya que tales cosas no tenían ninguna importancia para ellos… ni para mí en aquella época.

Consolábamos a los que habían recibido malas noticias, compartíamos la alegría de los que habían recibido buenas y dábamos ánimo a quienes no habían recibido ninguna. El hecho de que todos compartiéramos absolutamente todos los acontecimientos y sentimientos con el resto de las personas, sumado a la interdependencia de una comunidad pequeña, producía un sentimiento de unidad que, por un lado era frustrante (porque todos se enteraban de todo acerca de los demás) y, por el otro, maravilloso (porque todos se preocupaban por todos los demás y nada pasaba inadvertido). Gracias al rápido aumento de la comunicación y los transportes en la actualidad, los días en que llegan barcos a islas pequeñas y remotas son un acontecimiento que se va extinguiendo. Me pregunto si los cielos no serán más parecidos a los días en que llegaban barcos a Niuatoputapu en la década de 1950 que a los días de tanto trajín de las ciudades congestionadas de las últimas décadas.

Casi todos los días en que llegaba un barco recibía algunas cartas. Aquel día no fue una excepción: recibí cartas de mi casa y de amigos, e incluso una de Jean; Feki también recibió algunas. Pusimos las cartas que habíamos escrito en la bolsa de correo que volvía en el barco, nos llevamos nuestra correspondencia y volvimos caminando hasta nuestra casa en Vaipoa.

Siempre era bueno recibir cartas de casa. Los lazos de amor y los vínculos familiares se fortalecen para todos. Me sentía feliz por haber recibido una carta de Jean. Me la había enviado desde California más de dos meses atrás, pero parecía tan reciente y alentadora como si la hubiera escrito el día anterior; se hallaba cursando el último año en la Universidad Brigham Young y no le faltaba mucho para graduarse. Para mi sorpresa, me había enviado una pequeña pero encantadora foto.

Cuando mis ojos se posaron sobre aquella foto, se me ocurrió algo. No recibí una revelación espectacular ni tampoco instrucciones definitivas, que no dejaran lugar a dudas; en realidad fue una especie de sentimiento de felicidad que me indicó qué dirección debía tomar. Cuando terminamos de leer la correspondencia, ya era tarde, así que, después de orar y estudiar las Escrituras, nos retiramos a nuestros aposentos. Temprano, cuando me desperté a la mañana siguiente, aquel sentimiento poco claro que había tenido antes se había aclarado mucho: Ya sabía lo que debía hacer.

Le dije a Feki que tenía que ir a Hihifo, pero que no demoraría en volver. Era muy temprano y todavía no había casi nadie afuera. Corrí la mayor parte del camino y llegué a la casa a la que me dirigía casi sin aliento. Efectivamente, la madre de familia estaba sentada en el peito (cuarto aparte para cocinar), moviendo las brasas y comenzando a hervir agua.

Extendió una estera lejos del humo y el fuego y me hizo señales para que me sentara; su actitud seguía siendo un tanto hosca, pero también se la notaba a la expectativa y mejor que el día anterior. Nos quedamos sentados por un rato bastante largo sin decir palabra. Yo estaba tratando de aclarar mis pensamientos y oraba en silencio a fin de poder decir lo que Dios deseaba que dijera y para que Él le ablandara el corazón y le ayudara a entender.

Finalmente comencé:

—Mire esta foto.

A los tonganos les encantan las fotos. Se quedó observando la foto de Jean por mucho tiempo, admirándola.

—Es mi novia; se llama Jean. Yo la amo y ella me ama a mí. —Esperaba estar diciendo la verdad; sentía que así era—. Queremos casarnos en el templo cuando yo regrese, así que nos prometimos el uno al otro que, hasta que nos casemos, ninguno de los dos tendrá relaciones sexuales con nadie. —Sentí que debía ser claro con ella—. ¿Vio que hermosa es?

Jean está cumpliendo la promesa que me hizo; usted no querría que yo quebrantara la que le hice a ella, ¿verdad?

Siguió mirando la foto. Percibí que se estaba ablandando un poco, que se estremecía; después, unos sollozos leves mientras respiraba hondo y dejaba salir el aire con un pequeño gemido. Los ojos se le llenaron de lágrimas; finalmente, levantó la vista y me miró.

—¿Se lo prometieron el uno al otro?

—Sí.

—¿Usted la ama?

—Sí.

—¿Se va a casar con ella?

—Sí.

—¿Ella es fiel a su promesa?

—Sí.

—Kolipoki (élder Groberg), usted debe cumplir con su promesa.

(En tongano, no existen los sonidos para las letras «g», «r» y «b», y a cada consonante le sigue una vocal. Por esa razón, lo más parecido a «Groberg» que podían pronunciar los tonganos era «Kolipoki».)

Cuando me devolvió la foto, las lágrimas le rodaban por las mejillas y caían sobre su regazo.

—Ya se puede ir. Gracias por contarme. Está bien. No lo molestaré más. Y, en efecto, no lo hizo.

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