El Otro lado del Cielo

«¡Toe taha mal!»


Me daba cuenta de que para ser un buen misionero, tenia que aprender mejor el idioma; lo hablaba sólo a medias, pero había tomado la decisión de hacer caso al encargo que me había hecho el presidente de la misión que era aprender bien el idioma. Había aprendido de memoria muchas frases y entendía una cantidad considerable, pero sabía que todavía me faltaba mucho. Pasé muchísimo tiempo estudiándolo; Feki me ayudaba un poco, pero, por lo general, mientras yo estudiaba, él se iba a trabajar con el presidente de la rama o con otros miembros. Los únicos libros que tenía en tongano eran el Libro de Mormón y la Biblia. Me pasaba horas sentado leyendo y comparando la versión en inglés del Libro de Mormón con la versión en tongano. No me llevó mucho tiempo darme cuenta de que la frase que tantas veces se repetía, «Pea na‘e hoko o pehe», significaba «Y aconteció que».

Estaba atento a las palabras y a las frases, y las anotaba para luego preguntarles a Feki y a otras personas qué significaban. Cuando comencé a aprender más palabras, empecé a entender mejor el Libro de Mormón en tongano que la versión del libro en inglés; recuerdo una ocasión en la que pensé que sabía lo que un versículo significaba en tongano, pero estaba seguro de que mi interpretación no era correcta porque no decía lo mismo en inglés. Cuando volví a leer el versículo en inglés, de repente me di cuenta: «Creo que la interpretación del tongano es la correcta y eso es lo que significa en inglés. Todos estos años no lo había entendido bien».

Estoy convencido de que el aprender otro idioma nos ayuda a entender mejor el nuestro; vemos conceptos que nunca se nos habían ocurrido. Los expertos dicen que el aprender otro idioma nos expande el intelecto tanto como cualquiera otra actividad que emprendamos. Yo estoy de acuerdo.

Me maravillaban las diferentes inflexiones para dar significado que se usan en tongano en las versiones de la Biblia y del Libro de Mormón, en contraste con las del inglés en las que tenía que agregar extensas notas que me recordaran que había diferentes maneras de interpretar determinadas palabras o frases. Los principios nunca cambian, pero el énfasis, al menos en mi manera de pensar, sí.

Al haberme criado en el occidente de los Estados Unidos y provenir de una familia que llevaba varias generaciones en la Iglesia, me resultaba natural sentirme identificado con los pioneros, con José Smith, con la revelación moderna y los profetas. Sin embargo, el leer el Libro de Mormón y la Biblia en tongano y vivir entre aquellas personas hizo que me identificara cada vez más con el Antiguo Testamento. La Biblia en tongano se tradujo directamente del griego y no de la versión en inglés del rey Santiago. Debido a que se han encontrado muchos manuscritos esclarecedores desde que los traductores de dicha versión en inglés realizaron su trabajo, la Biblia en tongano tiene muchos más versículos que han sido traducidos con mayor exactitud que la versión del rey Santiago. Por ejemplo, en tongano el primer versículo de Génesis dice así: «En el principio los dioses [y usa una palabra que significa tres o más] crearon los cielos y la tierra», que es muy diferente del inglés que dice: «En el principio, Dios creó el cielo y la tierra». Y hay muchos ejemplos similares.

El principal cambio que experimenté fue el ver a los profetas modernos y a los pioneros en su contexto histórico y relacionar las Escrituras y mis experiencias mucho más con el Antiguo Testamento y los convenios hechos con Abraham, Isaac y Jacob. Los tonganos son de Israel y casi todo lo que forma parte de su cultura, su fe, sus ideas y su manera de actuar concuerda más con el Antiguo Testamento y con el Libro de Mormón, que se relacionan muchísimo entre sí, que aquello a lo que yo estaba tradicionalmente acostumbrado. Fue una experiencia que me expandió la mente fortaleciéndome la fe al ver la forma en que todo estaba lógicamente conectado.

Con frecuencia, mientras estaba estudiando, el presidente de la rama me pedía que lo acompañara y le ayudara en diferentes proyectos; intentaba ayudarle, pero no siempre entendía qué quería él que hiciera. Cuando me pedía que hiciera una cosa y me limitaba a quedarme de pie sin saber qué me había querido decir, se enojaba, gritaba, sacudía las manos y señalaba en cierta dirección hasta que, por fin, yo adivinaba lo que quería que hiciera.

Recuerdo que una vez me hizo sostener un poste mientras él se alejaba un poco para obtener una perspectiva mejor; y luego me gritó: «¡Toe taha mai!» («¡Acérquese un poco más a mí!»). Yo no sabía si debía soltar el poste, moverlo hacia la izquierda, a la derecha o qué y decidí llevarlo un poco hacia atrás. Eso lo enojó muchísimo y, después de aplicarme algunos improperios selectos, me gritó: «/Na‘aku pehe toe taha mai ikai koe toe taha atu!» («¡Le dije que lo moviera hacia mí, no que lo alejara de mí!»). Lo moví hacia un costado, luego lo di vuelta y lo único que logré fue que cada vez se enojara más. Al final, lo moví hacia adelante y vi que se le dibujaba una gran sonrisa en el rostro al exclamar: «¡Ko ia!» («¡Eso es!»).

A pesar de que no era la mejor manera de aprender, nunca olvidé que «toe taha mai» significaba un poco más cerca de la persona que  estuviera hablando y que «toe taha atu» quería decir un poco más lejos. Muchas veces me sentí frustrado, pero lo que aprendía lo aprendía bien; me maravillaba ver cuánta paciencia tenían conmigo las personas la mayor parte del tiempo.

En aquella época, ya podía expresar mi testimonio sinceramente y entendía mucho de lo que sucedía a mi alrededor. Podía participar un poco en las charlas misionales, pero no me sentía en absoluto capaz de mantener una conversación larga y con sentido ni de explicar algo con claridad suficiente para que me entendieran. Sabía muchas frases y algunas partes de diferentes lecciones, pero Feki seguía presionándome para que me expresara mejor y tuviera más participación en las charlas; yo lo intentaba, aunque muchas veces me parecía que más que una ayuda era un estorbo.

Un día, mientras nos encontrábamos en la casa de una familia que había aceptado escucharnos, Feki comenzó con la introducción que siempre hacía. Yo estaba ocupado repasando mentalmente las palabras para el testimonio y las frases de apoyo para la lección, cuando de repente escuché que mi compañero decía: «Ustedes son tan buenas personas y nos caen tan bien que voy a dejar que el élder Groberg siga con la lección y explique los principios correctos con claridad y verdad». De un sacudón, me vi obligado a salir de mi autocomplacencia mental. Protesté con la mirada y con una expresión de desconcierto e incluso un poco de enojo, pero Feki no hizo más que quedarse sentado sonriendo; toda la familia me miró con expectativa. ¿Qué podía hacer?

Comencé a hablar titubeando, dije un par de frases que había memo- rizado y testifiqué de su veracidad; luego me detuve y miré a Feki. Se me estaban formando gotas de sudor en la frente y se me secó la garganta. Por favor, ayúdame, le decía a Feki la expresión de mi cara; pero él seguía sonriendo con una actitud de confianza en mí. La señora de la casa me dijo: «Creo que todo lo que usted acaba de explicarnos es verdad. ¿Tiene algo más que decirnos?». ¡Me miraban con tanta esperanza, confianza y anhelo! Me daba cuenta de que tenía que decirles algo, pero ¿qué? ¡Cuánto oré!

Cerré los ojos y me pareció ver una hermosa arboleda durante un día despejado de primavera; había como un aura de luz y de paz en la escena. Empecé a hablar y, sin darme cuenta, me encontré hablando del deseo de José Smith de saber a cuál Iglesia deseaba Dios que él se uniera; sin haberlo pensado, empecé a explicar los sentimientos de José: su deseo de complacer a Dios y su confusión porque no estaba seguro de lo que debía hacer para lograrlo.

—¿Se imagina lo que él sentía? —le pregunté al jefe de familia.

—Por supuesto que sí —respondió él.

Después seguí hablando, explicando y respondiendo preguntas y escuchando las respuestas. En ningún momento fui consciente de que estaba usando palabras y frases que nunca había usado ni de que estaba formando oraciones de tal modo que tenían sentido y llegaban al corazón de aquellas buenas personas.

Luego les dije: «Bueno, estoy seguro de que cuando aprendan lo que José Smith aprendió sobre la verdadera Iglesia de Dios, querrán hacer lo que él hizo y bautizarse y cumplir la voluntad de Dios, ¿no es así?». Sólo entonces caí en la cuenta de que había ocurrido un milagro. Marido y mujer se miraron, luego miraron a Feki y, por último, volvieron a mirarme a mí y contestaron: «¡Claro que sí! Tendrán que explicarnos más, pero sí, queremos hacer la voluntad de Dios tal como José Smith».

No sabía qué decir. Me di cuenta de que había sido capaz de dar explicaciones de manera que otras personas pudieran entenderme y hasta había usado los tiempos verbales correctos. Tenía ganas de gritar «¡Aleluya!» o «¡Alabado sea Dios!», pero me pareció que no sería lo más apropiado, así que me limité a decir: «El Espíritu de Dios ha estado aquí. Ahora Feki tomará la palabra».

Él sonrió y rápidamente hizo los arreglos para la próxima reunión. Les agradeció su atención y les preguntó si podíamos arrodillarnos para orar todos juntos; luego pidió al padre de familia que diera la oración pero éste no quiso y, a su vez, le pidió a él que lo hiciera. ¡Qué hermosa oración ofreció Feki! Agradeció al Señor Su ayuda y le dio gracias por enviar Su Espíritu, por desatarme la lengua, por confirmar Su palabra y por haber bendecido a esa familia con fe. Al dar fin a aquella reunión, nadie pudo contener las lágrimas, ni siquiera los niños.

Después de la visita Feki no dijo nada más pero, a partir de aquel momento, se esperaba que me turnara con él para dar las lecciones, para tomar la palabra cuando nos abrían una puerta y para ofrecer las oraciones; también se esperaba que tuviera las mismas responsabilidades que él en cuanto a lo que decíamos y hacíamos. Yo no podía expresar ni entender todo, pero, desde aquel día pude decir todo lo que tenía que decir y comprender todo lo que debía comprender.

Esa es la forma en que obra Dios en nuestra vida. No lo entendemos todo, ni siquiera mucho, pero sí podemos entender todo aquello que debemos entender. Cuando obtenemos esa porción imprescindible de conocimiento, descubrimos que en ella se encuentran las semillas de todo el resto del conocimiento. El testimonio de Jesús no es solo el principio de todo entendimiento, sino que además es la sustancia principal que da vida y de la cual proviene todo otro conocimiento. Sin ese testimonio, nada de lo que aprendamos tiene verdadero valor.

Aprendí que muchos tonganos, a quienes algunos quizá tachen de incultos o incluso analfabetos, tienen una base de conocimiento verdadero superior a la que tienen muchos de los supuestos hombres cultos; y esa base se debe a una fe más firme y a su testimonio de Jesús. No sé cómo nos llegará el resto del conocimiento que necesitamos, pero sí sé que aquellos que se aferran firmemente a la fuente de todo conocimiento, esto es, la fe en el Señor Jesucristo, lo obtendrán en algún momento; en cambio, los que no se aferren a ella no podrán obtenerlo hasta que sean humildes y lo reconozcan a Él no sólo como Su Señor y Salvador, sino también como la fuente de todo conocimiento.

Aquel día aprendí que el don de lenguas es muy real y sigue existiendo en la Iglesia actualmente; y va mucho más allá de tener la capacidad de decir o entender palabras: implica una comprensión más profunda que procede de una fuente divina y excede las meras palabras. También aprendí que este don requiere una labor ardua, horas de estudio y cierto grado de incomodidad, incluso dolor, que pone a prueba nuestra resolución casi hasta el límite.

Me sentí muy bien, especialmente al recordar las expresiones de satisfacción de los padres y las sonrisas que resplandecían en aquellos hermosos niños, y entendí un poco mejor por qué amaba tanto Jesús a los niños. Aquella imagen y las emociones que sentía permanecieron en lo más profundo de mí durante la cena y las oraciones, y fueron la causa de la profunda paz que me invadía al conciliar el sueño esa noche.

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