El Otro lado del Cielo

En busca de alguien dispuesto a ayudar


La presidencia del distrito llamábamos a muchos matrimonios a la misión; eran muy buenos y aceptaban ir a cualquier lugar, en cualquier momento que les pidiéramos. En una ocasión me enteré de que uno de esos matrimonios, que vivía en una isla cercana, estaba muy enfermo; partimos de inmediato para averiguar lo que pasaba y, en efecto, los encontramos gravemente enfermos así que los llevamos de regreso a Pangai, donde estaba el hospital.

Cuando los vio el médico, se alarmó: tenían fiebre tifoidea y su salud se había deteriorado hasta tal punto que se encontraban completamente debilitados y el doctor no quería que estuvieran cerca de ninguno de los otros pacientes. En aquella época y lugar, la única manera de tratar la fiebre tifoidea era llevar a las personas afectadas a una vivienda en una parcela cercada con alambre de púas, lejos de todos, y esperar que se recuperaran. No era que los trataran mal, sino que los aislaban.

En esos tiempos, en Tonga, los hospitales proporcionaban los medi-camentos y otros tratamientos médicos, pero cada familia era responsable de alimentar, dar una cama y cuidar a sus propios pacientes en todo lo que les hiciera falta. Dado que éramos la «familia» del matrimonio enfermo, recaía en nosotros la responsabilidad de cuidarlos. Mientras les dábamos una bendición del sacerdocio, sentí la certeza de que se pondrían bien aunque llevaría algo de tiempo. Hicimos los arreglos necesarios para que alguien se encargara de sus dos hijos pequeños; luego yo ayudé a atender al matrimonio y me turnaba con algunos de los misioneros para hacernos cargo de lo que necesitaran.

La ley establecía que ellos no podían salir de la parcela alambrada hasta que estuvieran bien. No podíamos contratar a nadie que les ayudara porque, por lo general, la gente tenía mucho miedo de contagiarse; por eso, asigné a otro matrimonio misionero para que lo hiciera; aunque eran obedientes, también estaban asustados, así que el cuidado de los enfermos se convirtió en una gran dificultad.

Como me daba cuenta de que necesitábamos a alguien que pudiera estar allí más tiempo, recorrí a pie las ramas de los alrededores y luego tomé el velero de la misión y fui hasta las ramas cercanas; en todos lados preguntaba: «¿Quién puede ayudarnos? ¿Hay alguien que esté dispuesto a quedarse con los misioneros para atenderlos hasta que recuperen la salud?» Sabía que el Señor deseaba que vivieran. Tras visitar muchas ramas, descubrí que nadie estaba dispuesto; yo no los presionaba, simplemente les preguntaba; pero todos tenían excusas.

Finalmente, en la isla de Uiha, había una jovencita de unos dieciséis años que, después que explicamos lo que necesitábamos, miró a su padre y le dijo: «Me gustaría ir». Él le contestó sin vacilar: «Si quieres, puedes hacerlo». Y así fue que ella regresó a nuestra isla con nosotros.

¡Qué gran acto de amor! Una jovencita en la flor de la vida, dispuesta a acompañarnos y, efectivamente, dar su vida (porque podía contagiarse la enfermedad) para ayudar a una familia misionera que lo necesitaba.

Nos preguntó cuánto tiempo tendría que estar allí y le dije que ni yo ni el médico lo sabíamos. La joven se fue directamente al sector del hospital. Cuando cerré el cerco de alambre de púa detrás de ella, pensé: «¿Qué he hecho?». En realidad, era tan prisionera como ellos; de todos modos, supe que todo saldría bien debido a su disposición maravillosa.

Llevó varios meses para que el matrimonio se recuperara por completo. La jovencita se quedó con ellos día y noche, y los atendió hasta que volvieron a estar saludables, cumpliendo así con su deber a pesar de todo el tiempo que tuvo que pasar allí. Cuando finalmente los misioneros se recuperaron, se había desarrollado en mí un profundo sentimiento de amor y admiración por ella.

La joven provenía de una familia pobre y lo único que se me ocurría hacer para devolverle en parte la bondad que había demostrado era inscribirla en el colegio universitario Liahona, en Tongatapu. Sin embargo, no llenaba los requisitos porque no le había ido bien en la escuela. Empleé la autoridad que tenía y le conté al presidente de la misión el sacrificio que ella había hecho; así logramos que ingresara en el colegio y le fue bien. Con el tiempo, se casó con un ex misionero y más tarde salieron juntos a una misión. Tuvieron una familia grande y casi todos sus hijos cumplieron misiones y se casaron en el templo. El esposo ha sido fiel y ha tenido la mayoría de los llamamientos de responsabilidad que hay en la Iglesia; y ella no se ha quedado atrás en lo más mínimo.

Cada vez que la veo, redescubro las bendiciones que recibimos después de haber probado nuestro amor por el prójimo. Le he preguntado qué sintió cuando fuimos en busca de voluntarios y esta es la respuesta: «Estaba tan asustada como el resto, pero sabía que alguien necesitaba ayuda y que mi deber era proporcionársela».

Aprendió a amar a aquellas personas del mismo modo que amaba a la Iglesia, y después al esposo y a su familia, por haberles prestado servicio. Tanto esa joven y como muchas otras personas que de buena voluntad prestaban servicio desinteresado causaron una profunda impresión en mí. En una carta a mi familia, escribí:

«Pangai, Ha’apai, 29 de septiembre de 1956

«Después de la conferencia, una de las hermanas mayores me invitó a comer a su casa y me pidió que le diera una bendición a su madre. Me enteré de que la señora tenía aproximadamente noventa y cinco años y que desde cinco años atrás estaba ciega y acostada boca arriba; su hija llevaba el mismo tiempo cuidándola; además, también cuidaba a la hija pequeña de su hermana desde que ésta se había separado del esposo. Así que se encontraba confinada en su pequeña vivienda; durante más de cinco años, no había ido más allá de la casa que servía de capilla y del almacén; lo único que hacía era cuidar a su madre anciana y a la pequeñita. En Tonga no existe nada de ayuda del gobierno para cuidar ancianos. La familia se encarga de todo y lo hacen de buena gana. Considero que esta hermana está cumpliendo la voluntad del Señor mucho más que algunos de nosotros, que damos vueltas y vueltas tratando de hacer algún bien en las muchas responsabilidades que se nos han dado. Supongo que lo más importante es hacer aquello que se nos haya pedido, y hacerlo bien, y no preocuparnos por el trabajo que se le haya asignado a otra persona. Estoy seguro de que lo que nos salvará no será el tipo de labor que nos hayan asignado ni dónde la llevemos a cabo, sino la actitud que tengamos hacia nuestra tarea. He visto algunos grandes ejemplos de buena voluntad en lo que respecta a olvidarse de uno mismo por el bien de otras personas. Creo que la base de toda espiritualidad y los medios para obtener la exaltación son simplemente olvidarse de sí mismo y ayudar a los demás. Ojalá supiera cómo prestar mejor servicio. Me imagino que todas estas cosas llegan con el tiempo y la experiencia.

»Cuando nos acercamos más al Señor, la importancia del amor y el servicio verdaderos sale a la luz. Estoy seguro de que, cuando mi servicio en Tonga llegue a su fin, lo único que se recordará será el amor haya albergado en mi corazón por estas personas. Quizá lo único que quede cuando partamos de esta tierra sea cuánto hayamos amado a nuestros semejantes».

Aprendí que las acciones preceden a los sentimientos, y aprendí cuán importante es realizar actos buenos y altruistas a fin de tener sentimientos buenos y divinos.

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