Las cosas duraderas
por Alice Colton Smith
miembro de la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro

La tarde era muy hermosa, el calor del sol me producía ondas de placer y un bienesar general. El caballo movió la cabeza impaciente espantando las moscas que lo estaban molestando, después, volvió a pastar tranquilamente el suave césped. Yo me sentía invadida por una felicidad perfecta; ahí estaba, en una hermosa tarde primaveral con las dos mujeres que amaba más, mi madre y mi abuela. Hubiera querido que el tiempo permaneciera inmóvil.
Mi abuela que tenía el pelo sujeto sobre la cabeza, estaba sentada en el calesín mientras que mi madre y yo estábamos apoyadas contra la verja del jardín. Aunque sólo tenía ocho años nunca he podido olvidar las cosas que hablaron.
—Eres un ángel de misericordia —había dicho mi madre. Miré a la abuela, tenía la cara arrugada y las manos callosas por el trabajo. ¿Ella, un ángel?
—Oh, no es para tanto—dijo modestamente, pero al mismo tiempo sonrió con placer. Sin decir palabra estuve; de acuerdo con mi madre, nunca había visto un ángel tan hermoso.
Extasiada, escuchaba la historia de heroísmo que mi abuela me Contaba. Su historia no la haría mundialmente lamosa, pero ha quedado grabada en el corazón de una niña. En muchas ocasiones había tenido que atender a algún enfermo durante la noche, o alguien venía a llamarla muy temprano en la mañana, antes de que cantara el gallo; un llamado de angustia que había que atender, cuando había que preparar los caballos y el calesín bajo la luz de una lámpara, o tenía que viajar en medio de la tormenta, para animar al que estaba desesperado; era un ángel de misericordia en una tierra en donde no había hospitales. Me contó también de cuando había que ayudar a traer varios niños al mundo, o tenía que cuidar a los niños o visitar a algún viejo amigo que se iba para no volver.
En esa tarde lejana fue que el modelo de la compasión se grabó en mi alma. Con excepción de la frase de elogio, no hubo otras palabras de halago que recibiera, o esperara. Me contó sus experiencias como algo que cualquiera hubiera hecho por amigos o vecinos en circunstancias similares, Ella amaba a estas personas, y ellos la amaban a su vez, ¿qué más se podía decir?
Más adelante, esta temprana lección se fue afianzando cuando veía que mi madre se acordaba de su amiga tullida, que casi no se podía mover de la casa y siempre le enviaba una cena para la Navidad, o cada otoño, antes de que comenzaran las clases cuando compartíamos nuestras ropas con otros niños que no eran tan afortunados como nosotros. No recuerdo haber recibido una lección formal sobre el hecho de que todos los hombres son hermanos, que todos somos guardas de nuestros hermanos, pero supe acerca del amor a una temprana edad, el amor que debemos sentir hacia nuestro prójimo. Era un modo de vida.
Me casé con un hombre cuya madre había sido muy caritativa, había llevado a su hogar a los que no lo tenían, a los enfermos, a los moribundos, los huérfanos, había cuidado, dado de comer y vestido a treinta y cuatro de ellos. Incluso lo había hecho durante la depresión cuando las cuentas de la comida se apilaban en forma alarmante, pero no recibía quejas de los hombres y mujeres que comprendían lo que Jesús significaba para ellos, y la relación de todos los seres humanos entre sí. Las mujeres en mi vida me enseñaron en una forma indeleble, sencilla y que nunca voy a poder olvidar los valores y actitudes del evangelio.
Al escribir esto, hay hombres que están muriendo en el campo de batalla en la agonía llamada guerra. Siempre ha habido guerras, o casi siempre, si leemos la historia, sólo que ahora mueren más hombres, mujeres y niños. He visto la pobreza en las calles de América, Europa y en las ciudades y pueblos del Oriente Medio. Siempre ha existido la pobreza, sólo que ahora hay números astronómicos de personas que sufren hambre y están indigentes. Debemos enfrentarnos con problemas cuya enormidad y complejidad nos hacen temblar.
Cada día que pasa escuchamos noticias de desastres, terror y horror. ¿Nos estamos volviendo sordos a estos problemas mundiales porque nos sentimos sin esperanza e incapaces de hacer algo? ¿Acaso no nos dio el profeta José Smith una sugerencia realista y razonable de cómo vencer los problemas de las necesidades humanas cuando dijo: “Limítense vuestras obras principalmente a los que se hallan a vuestro derredor, dentro del círculo de vuestros conocidos”? (Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 279) ¿Qué pasaría si todas las mujeres del mundo siguieran la admonición del Profeta de Dios? No habría pobres que quedaran sin ayuda, ni personas solitarias o confusas, o personas extrañas, ni viudas que sufrieran necesidades, ni huérfanos que lloraran.
Cuando el Profeta dio esta amonestación, ¿quiso significar que no tendríamos que preocuparnos por aquellas personas de partes distantes? No creo que éste sea el caso, pienso que nos estaba enseñando una gran lección de interesarnos por los demás. Es sencillo escribir un cheque (aunque nos cueste separarnos de nuestro dinero a fin de que otros ejerzan el cuidado), más sencillo que tomar el tiempo necesario de nuestras vidas ocupadas para preocuparnos por el bienestar de los que nos rodean. En mi vecindad viven ancianos, personas enfermas, viudas, niños que han perdido a sus padres, personas con pesares, que están solos e infelices, uno que hace poco habló de suicidio. Hay extraños que viven en mi calle, ¿no debería acaso organizar mi vida para ayudar a éstos primero? En esa manera el servicio caritativo podría alcanzar toda la tierra.
En nuestro hogar siempre dimos especial importancia al aprender; aprendimos música, las habilidades necesarias tanto para el exterior como el interior, y aprendimos el gozo de la lectura. Leemos con el mismo gozo y la misma naturalidad con la que respiramos. El aprender era vivir. Mi padre, madre, hermano y hermanas, todos leíamos, todos estábamos interesados en el estudio y en el desarrollo. No importa si tenemos ocho años u ochenta, Dios nos ha dado un programa inmenso, y una parte de la vida era este mundo interesante del estudio.
No fue sino hasta que tenía veinte años que me di cuenta que nuestro hogar era diferente a los demás en un aspecto vital. Era nuestra costumbre permanecer sentados a la mesa una o dos horas después de haber terminado la cena; nos quedábamos para hablar sobre los asuntos del día. En estas ocasiones, papá nos hablaba sobre lo que estaba pasando en el Congreso de los Estados Unidos, del cual era miembro. La política del día se hacía real en esas sesiones, en las que podíamos expresarnos libremente, hacer preguntas e investigar todos los aspectos de la vida. Discutíamos el significado del evangelio y su aplicación práctica. Podíamos discutir todos los problemas del mundo y siempre los relacionábamos a nuestro interés especial: la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. ¡Qué cumplido tan grande nos pagaban nuestros padres al escuchar nuestras opiniones como si fueran las de un compañero, discutiendo puntos de interés con el mismo interés y cortesía con que lo hacían con sus mejores amigos! ¡En qué manera tan sencilla y natural nos enseñaron el evangelio—como una parte de nuestra vida—no como algo que sólo se tiene para mostrar en ocasiones especiales y sin relación con las acciones diarias! Casi cada noche teníamos la noche de hogar para la familia. Consciente o inconscientemente, mis padres estaban tratando de criarnos de acuerdo “a la luz y la verdad” (Doc. y Con. 83:40).
El papel de la madre que enseña, que comparte, que ama a sus niños, ha sido parte de mi madre, sea que tuviéramos un año o cuarenta y uno; fue por esa razón que voló miles de millas para visitarnos a mí y a mi familia cuando estuvimos en la Tierra Santa por un año maravilloso. Vino para que juntas pudiéramos caminar en Getsemaní, espigar como lo había hecho Ruth en los campos de Booz, recorrer las calles de Jerusalén hasta el Calvario, permanecer en el Monte de los Olivos, y estar juntas en la tierra que habíamos aprendido a amar cuando ella leía la Biblia a la familia, cuando estábamos sentados alrededor de la estufa.
Un día caluroso de verano nos dirigimos hacia el norte, el viento del este secaba todo lo que encontraba en su camino. Las hierbas se rozaban ásperamente entre sí. Las colinas, a lo lejos, se veían confusas, y estaban quemadas y estériles. Cuando pasamos la colina, vimos hacia abajo el lago de Galilea en forma de arpa y de un azul profundísimo. Era el lago que tanto amábamos, del que tanto habíamos escuchado. No esperábamos encontrar la tierra árida en la que estaba, a 208 metros bajo el nivel del mar, ni el calor agobiante, pero sí esperábamos hallar el hermoso azul de este lago interior llamado el Mar de Galilea. Una de las primeras canciones que cantamos alrededor del piano fue “Galilea, Bello Mar”. Ahora sabíamos por qué Cristo había amado este lugar, inmediatamente nuestros corazones y experiencia se unieron a su amor por tan hermoso paraje.
Al permanecer, mi madre y yo, en la costa de este bendito mar, me sentí agradecida por la mujer que me había enseñado a amar al Señor, que me había leído las historias de Jesús y sus discípulos cuando pescaban en estas aguas azules, de Jesús cuando caminó sobre las aguas, de Pedro que había flaqueado momentáneamente, de Jesús alimentando a las multitudes en una de las colinas que rodean a Galilea, y cómo El, después de la resurrección, se había sentado en estas mismas costas hacía tanto tiempo—¿o había sido ayer?—amando a este mundo y a su pueblo cuando le dijo a Pedro que apacentara a sus ovejas. Ahí estábamos, madre e hija, maestra y alumna, recordando a nuestro Señor, compartiendo como mujeres crecidas el milagro de su vida, una gran parte de la cual la había pasado junto a este mar.
Todos vivimos en un mundo variable, en un mundo de cambios rápidos. En el pasado las familias sentaban sus raíces en una parte del mundo, y estas raíces eran un ancla. Ahora, en cambio, vamos de ciudad en ciudad, de continente en continente. ¿Qué es lo que nos unirá, qué es lo que nos dará la estabilidad del pasado al mismo tiempo que nos ayudará a vivir en la libertad del presente? ¿Podrán las experiencias profundamente compartidas, junto con el amor de Dios y el hombre, ayudar a las madres a implantar en sus hijos un firme testimonio y comprensión que sean las raíces más profundas?
Dios ha derramado su espíritu en toda carne, tal como dijo en las Doctrinas y Convenios que lo iba a hacer. La mente sólo puede abarcar una pequeña fracción del conocimiento. En un siglo, el hombre ha superado el pasado que estaba confinado a la tierra; por primera vez en la historia vivimos a pocas horas del Mar de Galilea, India, Argentina, Nueva Zelandia. Lo que pasa en la actualidad en Australia afecta mi mundo; esta noche por vía de la televisión estoy con el hijo de mi vecino en Viet Nam. Bajo la influencia de Dios, repentinamente los hombres somos realmente prójimos.
Más aún, vivimos en ciudades, alejados de nuestros parientes, en donde no sólo hay oportunidades para progresar, sino también soledad y falta de amistad. La vida familiar también está sufriendo grandes cambios, cada día hay más mujeres que trabajan, los padres viajan grandes distancias para ir a trabajar, y las madres que se quedan en sus hogares llegan a ser las maestras y disciplinadoras principales. Los hombres y las mujeres crean nuevos modelos para las relaciones entre esposo y esposa. A medida que avanza la tecnología del hombre, tanto más desaparecen los afanes del pasado. Hay tiempo como nunca antes lo ha habido para la invención y el aprendizaje. A medida que el mundo se encoge, el universo se expande.
Debemos idear nuevos métodos para entablar relaciones y amarnos los unos a los otros. Si vivimos cerca de nuestro Padre Celestial, emergerán nuevas maneras de vida, y se desarrollarán nuevos métodos de vida familiar. Nos causará gran satisfacción encontrar nuevas maneras para enseñar a nuestros hijos el evangelio de comprensión, amor y compasión.
En la actualidad mi madre tiene ochenta y ocho años, y ya no puede desplazarse con el vigor con que lo había hecho en Jerusalén; ahora usa bastón. Mi abuela hace mucho que ha muerto, sin embargo en medio de todo lo que es nuevo aún permanece la niña que aprende en las rodillas de su madre las enseñanzas de Dios para los hombres y los valores duraderos. Las madres y las abuelas aún enseñan a las criaturas la compasión por todos los hombres, que algún día nos unirá en amor. La madre ayuda a la niña a abrir la puerta para guiarla hacia el amor por el aprendizaje; estas cosas son duraderas, no importa cuán grandes sean los cambios, siempre habrá madres y abuelas que ayudan a cada generación a encontrar a Dios.
























