Capítulo 1
El Poder de la Fe
El 29 de julio de 1977, mi esposa y yo terminábamos nuestra visita a la Misión de Santa Cruz, en Bolivia, y tuvimos que esperar en el aeropuerto de Cochabamba, por unas cinco horas. Recuerdo que estábamos muy cansados, pues la noche anterior habíamos dormido muy poco, así que estábamos encantados de disponer de unas horas de descanso en el aeropuerto. Mientras trataba de dormir, tuve el fuerte sentimiento de que debía despertarme y anotar unas ideas. Mis deseos de dormir eran intensos, mas los susurros del Espíritu lo eran más; así que me puse a escribir. Escribí por casi tres horas, resolviendo algunos problemas de organización con los que había estado batallado por varios años. Ese día sentí que el Espíritu se derramaba grandemente sobre mí, y escribí con gran emoción cada pensamiento inspirado. Esa experiencia se llevó la mayor parte del tiempo que estuvimos en el aeropuerto.
Tomamos el avión para la Paz, Bolivia. Nos recibieron amablemente en el aeropuerto el Presidente. Chase Allred y su esposa, y en su camioneta nos llevaron a la oficina de la misión. En la camioneta cerrada con llave dejamos nuestro equipaje y portafolios.
Al llegar a la oficina, se le presentó al presidente el difícil caso de una mujer cuyo esposo estaba moribundo. Mientras que el Presidente Allred y yo atendíamos a sus necesidades, nuestras esposas salieron en auto para la casa de misión.
Cuando el presidente y yo regresamos a la camioneta, de inmediato me di cuenta de que nuestras cosas no estaban ahí, pero supuse que mi esposa se las había llevado a la casa de misión. Mientras nos dirigíamos allá, descubrí que la pequeña ventanilla del lado derecho de la camioneta estaba dañada, y empecé a temer que nos habían robado.
Llegando a la casa de misión comprobamos que, efectivamente, nuestro equipaje había sido robado. La pérdida de una suma considerable de dinero y de toda nuestra ropa nos acarreó instantáneamente un problema, aunque sólo temporal. Más terrible era el hecho de que en el portafolios iban mis escrituras, junto con las ideas inspiradas que acababa de recibir en Cochabamba. Era abrumadora la sensación de desaliento, enojo e impotencia para remediar la situación.
Mi esposa y yo oramos a solas. También oramos con nuestros anfitriones. Procuramos disfrutar de la comida, pero no pudimos. Nadie podía imaginar la inmensa pérdida que yo sentía. Las escrituras habían sido un regalo de mis padres en mi juventud. Uno de los libros llevaba una dedicatoria sagrada para mí, escrita por mi madre, y el otro, una anotada por mi padre ya fallecido. Yo había pasado literalmente miles de horas marcando y anotando referencias —y gozando cada momento— en las únicas posesiones terrenales que había considerado de valor incalculable. En muchas ocasiones le había dicho a mi esposa que si alguna vez llegaba a haber un incendio en nuestra casa, pnmeramente debía sacar a los niños y luego, si había tiempo, sacara mis escrituras, y que no se preocupara de nada más.
El presidente y yo teníamos muchas cosas de qué hablar, pues estaríamos juntos solamente esa noche. No obstante, sentí la fuerte impresión de que debíamos hacer todo lo que estuviera a nuestro alcance para recobrar las escrituras. Después de la comida, todos los presentes nos arrodillamos en oración una vez más. Decidimos buscar en el área que circundaba la oficina de la misión, y en un campo cercano, con la esperanza de que tal vez los ladrones se habrían llevado lo que pudieran vender fáciimente y podrían haber desechado los libros, por estar en inglés.
En la oración, suplicamos que las escrituras nos fueran devueltas; que las personas que las hablan tomado fueran motivadas a reconocer su acto Injusto, y se arrepintieran; y que la devolución de los libros fuera el medio para traer a alguien a la Iglesia verdadera.
Eramos unos ocho o diez los que subimos a la camioneta, con linternas, bien abrigados,.y nos dirigimos a la oficina de la misión en el centro de la ciudad. Registramos los terrenos vacíos que estaban al otro lado de la calle, y las calles contiguas; hablamos con los vigilantes; agotamos todas las posibilidades. Nadie había oído ni visto nada. Finalmente, regresamos a casa, desanimados. Ahora sólo nos quedaba orar personalmente, y esperar. El Presidente Allred y yo trabajamos esa noche muy tarde para terminar nuestros asuntos, y al día siguiente, mi esposa y yo tomamos el avión de regreso a Quito, donde vivíamos.
Durante las semanas siguientes, los misioneros buscaron otra vez en los terrenos; buscaron detrás de matorrales y en botes de basura; buscaron en un parque cercano; pusieron un letrero en una barda, cerca de donde ocurrió el robo, solicitando que los libros fueran devueltos; y estuvieron muy al tanto, para ver si aparecían en algún sitio inesperado. Llegando al extremo, tratando de hacer todo lo que estaba a su alcance, decidieron poner un aviso clasificado en dos periódicos, ofreciendo una recompensa y dando información detallada sobre los libros.
En Quito, Ecuador, yo libraba una lucha espiritual excesivamente difícil para mí. Por casi tres semanas no había estudiado las escrituras en lo absoluto. Lo había intentado en numerosas ocasiones, pero cada vez que leía un versículo, recordaba sólo unas cuantas de las muchas concordancias que había anotado durante los últimos veinte años. Estaba desalentado, deprimido, y no tenía absolutamente ningún deseo de leer. Oré muchas veces, expresándole al Padre que nunca había procurado usar mis escrituras para ningún otro propósito que el de glorificar su nombre y el de tratar de enseñar a otros las verdades que El me había enseñado a mí. Le supliqué que hiciera lo que fuera necesario para que me fueran devueltas. Mi esposa y mis pequeños hijos oraban incesantemente por la misma bendición. Aun después de dos o tres semanas, seguían orando cada día: “Padre Celestial, devuélvele a papá sus escrituras”.
Luego de como tres semanas, sentí una fuerte impresión espiritual: “Eider Cook, ¿cuánto tiempo vas a seguir sin leer y estudiar?” Me parecía que era una prueba que tenía algo que ver con el “precio” de la bendición que yo deseaba. Esas palabras me quemaban, y tomé la determinación de ser lo suficientemente humilde y sumiso para empezar todo desde el principio. Con el permiso de mi esposa para usar sus escrituras, comencé a leer Génesis en el Antiguo Testamento, marcando y relacionando otra vez.
El 18 de agosto, nuestro amigo, el hermano Ebbie Davis, llegó de Bolivia a Ecuador, y puso mis escrituras sobre mi escritorio, junto con un legajo que contenía los papeles que yo había escrito en Cochabamba, y unos presupuestos misionales recién preparados que también habían sido robados. Dijo que eso era lo único que se había recobrado; que se lo había entregado el Presidente de la Misión en La Paz, al abordar el avión, y que no sabía cómo se habían encontrado los libros, pero que me lo dirían cuando yo llegara allá dentro de unos días, para recorrer la misión.
Es indescriptible el gozo que experimenté ese día. Ver que mi Padre Celestial podía, en manera milagrosa, quitar esos libros de las manos de los ladrones en una ciudad como La Paz, y devolverlos intactos, sin que les faltara una sola página, ni rotos, ni sucios, es un milagro para mí.
¡Cómo fue recompensada la fe de nuestra familia, y de muchos misioneros bolivianos! Ese día le prometí a mi Padre que haría mejor uso de mis escrituras y de mi tiempo, como medios en sus manos para enseñar el evangelio.
El domingo 21 de agosto tomé el avión hacia Guayaquil, Ecuador, y de ahí a La Paz, Bolivia, llegando allá el día 22. A mi llegada oí el siguiente relato:
Estando en uno de los muchos mercados de La Paz, una mujer vio a un borracho sacudiendo un libro negro. Sintió la fuerte Impresión espiritual de que se estaba profanando algo sagrado. Se acercó al hombre y le preguntó qué libro era ése. El no lo supo, pero se lo mostró. Ella preguntó si eso era todo lo que tenía, y él sacó otro libro negro. Ella volvió a preguntar si no había más, y él sacó un legajo de papeles que dijo que iba a quemar. La mujer ofreció comprarle los objetos en cincuenta pesos —aproximadamente $2.50 en moneda norteamericana—, y él aceptó.
Luego de haber cerrado el trato, ella se sintió descontrolada por lo que acababa de hacer, pues se dio cuenta que los libros y papeles estaban en inglés, y ella no hablaba, ni leía ni entendía el inglés, y no quería libros en inglés. Había pagado casi el diez por ciento de su ingreso mensual por unos libros en un idioma que no podía leer. De inmediato empezó a buscar la iglesia que se mencionaba en las primeras páginas de los libros. Tras haberse dirigido a diversas iglesias, llegó por último a la oficina de la misión en La Paz, guiada por la mano del Señor. No sabía nada de la recompensa ni del anuncio en el periódico que iba a aparecer ese mismo día. No pidió dinero, ni siquiera para reponer los cincuenta pesos que había pagado por los libros y papeles. Los élderes recibieron con regocijo los libros y el legajo, y le entregaron la recompensa de todos modos.
Ella les dijo a los misioneros que pertenecía a una secta Pentecostés, pero escuchó con mucho interés mientras le exponían el evangelio. Recordó haber leído algo sobre José Smith en un folleto que había recogido en la calle dos o tres años antes. Después de la primera charla, los misioneros se dieron cuenta de que ella era “un contacto de oro”. En la segunda plática, aceptó el desafío bautismal.
Dos semanas más tarde, el 11 de septiembre de 1977, un domingo por la tarde, en La Paz, Bolivia, la hermana María Cleofas Cárdenas Terrazas y su hijo, Marco Fernando Miranda Cárdenas, de doce años, eran bautizados en la verdadera Iglesia de Jesucristo, por el élder Douglas Reeder.
¿Cómo se podrían describir nuestros profundos sentimientos de impotencia, desánimo y desaliento abrumadores cuando se perdieron las escrituras? ¿Cómo podría yo describir el inmenso sentimiento de gozo y regocijo al ver revelarse el poder del cielo de una manera milagrosa como ésa? Nuestro Padre Celestial sí escucha y contesta las oraciones de sus hijos e hijas si ellos ejercen la fe en el Señor Jesucristo. El Señor dijo:
“Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho.
Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:23, 24).
Propósito de este libro
El propósito de este libro es ayudar a saber qué es la fe, cómo se obtiene, y cómo ejercerla para hacer que sucedan grandes cosas en nuestra vida y en las vidas de otras personas. ¿Puede acaso el Señor guiarnos en la escuela, en el trabajo, en el matrimonio, en la familia? Sí, por supuesto que puede. El Señor posee toda misericordia, perdón, paciencia y longanimidad, y desea darnos la abundancia de sus bendiciones si tenemos plena fe en El, porque es en El que debe fundarse nuestra fe.
Contenido de este libro
Expresamente, este libro trata sobre:
- Qué es la fe.
- Las características de la fe.
- El fundamento de la fe.
- Cómo se obtiene la fe.
- Cómo se aumenta la fe.
- Cómo se ejerce la fe.
Al final de cada capítulo se encuentran algunas preguntas para meditar. Espero que este libro y esas preguntas sirvan para aumentar verdaderamente la fe, y ayudarnos a mejorar nuestra vida y resolver nuestros problemas.
Cómo leer este libro
Al leer, tómese un tiempo para reflexionar en las preguntas de cada capítulo, y léanse las escrituras para tener mejor perspectiva al contestar las preguntas. Es posible que el lector desee comentar con su cónyuge, compañero o amigo, las preguntas y las cosas que está aprendiendo, o quizá, enseñarle a alguien más los principios que se discuten en este libro, para que ellos puedan beneficiarse de sus reflexiones, y se puedan comprender mejor los principios de la fe. Por último, antes de seguir leyendo, sería bueno pensar en un problema específico que nos gustaría resolver, o una meta que nos gustaría alcanzar. Entonces, al ir leyendo, el lector puede pensar en ¡deas que le ayuden en su problema o meta, y puede escuchar los susurros del Espíritu del Señor. Obedezcamos esos susurros, y el Señor nos dará mayor luz y conocimiento, y aprenderemos lo qué significa ejercer la fe en el Señor Jesucristo.
El aprender a ejercer la fe no es un proceso físico, sino espiritual. El rey Benjamín dijo: “El hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al Influjo del Espíritu Santo, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19).
Hemos oído mucho de lo que el mundo enseña en cuanto a tener una actitud positiva, pero la fe es mucho más que eso: es la fuerza que nos puede convertir en verdaderos santos de los últimos días, llenos de fe en el Señor Jesucristo.
Por tal razón, me gustaría hacer una sugerencia más sobre cómo leer este libro. Creo con todo mi corazón que el Señor es nuestro Maestro e Instructor. Al ir leyendo y meditando los principios que se tratan en este libro, ore repetidas veces en su corazón: “Padre Celestial, bendíceme para que pueda entender el principio de la fe. Tú me conoces. Sabes mis necesidaes actuales. Ayúdame a comprender estos principios y cómo puedo aplicarlos en mi vida”.
Doy testimonio humildemente, en el nombre de Jesucristo, de que si hace eso, si ora resueltamente al ir leyendo, el Señor hablará a su corazón, porque El, y no este libro, es nuestro verdadero Maestro. Si continúa orando, El lo cambiará internamente; e iluminará su mente en cuanto a lo que debe hacer con un hijo obstinado, un amigo perturbado, o un investigador al que esté enseñando. El le ayudará a resolver sus problemas en el hogar, en la Iglesia, en el trabajo, o en la escuela. El le ayudará a aprender a vivir por el poder de la fe.
Preguntas para meditar
- ¿Cuál fue el primer paso en la búsqueda de las escrituras perdidas? ¿Podemos dar ese paso para realizar otros deseos justos?
- ¿Qué otros pasos se dieron para encontrar las escrituras? ¿Qué otros pasos podemos dar?
- ¿Cuál fue el “precio” que el Señor requirió para devolver las escrituras perdidas? ¿Siente usted en su corazón que acaso no ha pagado todavía el “precio” de las bendiciones que desea? ¿Qué debe hacer para pagarlo?
- ¿Qué bendiciones espirituales y temporales surgieron de la experiencia de las escrituras perdidas? ¿Qué bendiciones puede ver usted como resultado de las cosas que está haciendo para ejercer su fe?
- ¿Qué dice el Señor que debemos hacer para lograr nuestros deseos justos?
- ¿Qué sugerencias se dan en la introducción sobre cómo aprovechar al máximo este libro? ¿Cuál de las sugerencias siente usted que le ayudaría más?
- Escoja un desafío en el que le gustaría concentrar su fe mientras lee, medita y practica los principios de fe que va a leer en este libro.
























