Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 16

“Fidelidad a Dios y Preparación
para la Vida Eterna”

Propósito de Dios al crear al hombre — El albedrío del hombre — Deberes de quienes han hecho convenio con Dios — Recompensa de la fidelidad — Obra que debe realizarse antes de la Segunda Venida de Jesús — Evitar malas asociaciones

por el presidente Daniel H. Wells, 9 de agosto de 1873
Tomo 16, discurso 18, páginas 123-134


Siento el deseo de dar mi testimonio, mis hermanos y hermanas, de las doctrinas y principios del santo Evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el cual, leemos en las Escrituras, es el poder de Dios para salvación de todos los que creen y lo obedecen. Aquí se ha dicho que somos un pueblo peculiar y que tenemos una misión que cumplir en la tierra. Esto es cierto. Nuestro Padre Celestial tiene una obra que llevar a cabo en la tierra, y hemos sido llamados a ser colaboradores con Él para realizar Sus propósitos entre los hijos de los hombres. Este es un privilegio bendito para nosotros.

Si Sus propósitos hubieran podido ser adelantados y establecidos en la tierra sin haberse revelado Él mismo, no habríamos sido llamados, y el ángel no habría venido a restaurar el Evangelio eterno en nuestros días. Podemos ir aún más atrás y decir que, si hubiera sido igualmente bueno para nosotros permanecer con nuestro Padre en el mundo de los espíritus y no venir a este mundo a pasar por las pruebas que nos esperan, no habríamos sido enviados. Pero hemos sido enviados con un propósito, y ese propósito es que podamos cumplir con la plenitud de nuestra creación, lo cual no podríamos hacer sin una probación terrenal. Esto era necesario para nuestro progreso como seres inteligentes y para el adelanto del reino y la gloria de Dios.

Tuvimos una preexistencia en el mundo de los espíritus, y guardamos allí nuestro primer estado, o no se nos habría concedido el privilegio de venir y tomar un cuerpo, y, viviendo de acuerdo con los principios del santo Evangelio, prepararnos para la salvación y la exaltación, y regresar nuevamente a la presencia de nuestro Padre para participar de Su gloria. En este sentido, entran en acción los principios de la redención y de la resurrección, por medio de cuyo poder nuestros cuerpos y espíritus, después de haber pasado por la prueba de la muerte, serán reunidos y revestidos de inmortalidad y dotados de vida eterna.

Digo que, si hubiera sido igualmente bueno para nosotros permanecer en el mundo de los espíritus, no se nos habría enviado a ser probados con la miseria, el dolor, la tristeza, las corrupciones, los males y la muerte tan prevalentes en la tierra; pero fue por bondad hacia nosotros, Sus hijos, que nuestro Padre nos envió a esta tierra, para que pudiéramos demostrar si seríamos fieles en todos los aspectos a los principios de la verdad y la rectitud, y a los mandamientos de Dios, estando en medio del mal. Todos los requerimientos de nuestro Padre conducen a la bendición y el beneficio de quienes los observan mientras viven aquí, así como también les aseguran las bendiciones al final de la carrera.

El Señor nuestro Dios nunca ha revelado, ni revelará jamás, un principio, dado un mandamiento o hecho un requerimiento a Sus hijos en la tierra que, si se cumple, no resulte en bendición para todos; pues ello nos capacitará para llevar a cabo nuestra salvación y exaltación, estableciendo los principios de la verdad, la virtud y el honor en la tierra. Estos principios, por su propia naturaleza, han de purificar y elevar a quienes vivan y rijan sus acciones conforme a ellos. Estos son los únicos principios que perdurarán y permanecerán para siempre; mientras que lo que sea de carácter opuesto pasará.

En esto consiste la lucha en la que estamos empeñados y que continuaremos librando mientras vivamos en la tierra. Porque el maligno está dispuesto, si le prestamos oído, a desviarnos y hacer que naufraguemos en nuestra fe más santa; hará que la luz parezca tinieblas y que las tinieblas parezcan luz, y nos conducirá a la destrucción si no estamos continuamente en guardia contra sus artimañas y sugerencias. Pero si observamos los principios del Evangelio y los mandamientos del Señor nuestro Dios, ellos nos traerán paz tanto en la vida presente como en la venidera.

Algunas personas parecen pensar que las ocupaciones tan prevalentes en el mundo son lo único por lo que vale la pena vivir, y que en ellas hallarán gozo y felicidad. Pero tales placeres no son ni sólidos ni duraderos, y no existe nada que pueda considerarse gozo y placer verdaderos y genuinos al alcance de la familia humana, fuera de lo que se halla dentro del alcance del Evangelio eterno. El Evangelio hace libres a los hombres y mujeres: libres del pecado, el mayor de todos los tiranos; y no hay en la tierra esclavo más grande que aquel que está bajo el dominio de sus propias pasiones y sujeto a la dictadura del espíritu de mal que prevalece tanto en el mundo.

Los actos de todas estas personas acarrean su propio castigo, y este es rápido y seguro; mientras que quienes son guiados por los principios del Evangelio tienen un gozo y una paz, bajo cualesquiera circunstancias de la vida en que se encuentren, que el mundo no conoce y que no puede ni dar ni quitar, porque tienen la conciencia interna de que su proceder les asegura la confianza del Señor nuestro Dios.

Estamos puestos aquí en la tierra para ser probados. Somos seres muy independientes, tenemos nuestro albedrío, y podemos elegir el camino de la vida o el camino de la muerte, como queramos. Si queremos obtener la vida eterna, tendremos que obrar de manera que nos granjeemos la confianza de nuestro Padre Celestial, y para lograrlo, no debemos cansarnos de hacer el bien, porque se dice que solo los que perseveren recibirán la recompensa. ¿Perseverar en qué? Pues en las pruebas, tentaciones y dificultades que tengamos que enfrentar en el sendero que el Evangelio traza.

Nuestro camino, como seguidores del Salvador, está rodeado de mal por todas partes y de influencias que, si cedemos a ellas, nos pondrán bajo el poder del opresor. Pueden parecer atractivas, en mayor o menor grado, y así es, pues el poder del mal tiene gran influencia en la tierra. Las riquezas de la tierra han estado por mucho tiempo bajo el control del maligno, y él las ha otorgado a quienes ha querido. Tal vez esto se haya dispuesto así en la economía de nuestro Padre para beneficio de Sus hijos. Debemos aprender a confiar en Dios.

Como se dijo aquí esta mañana, debemos vivir por la fe. ¿De qué sirve un hombre que, apenas se le presenta un obstáculo, se aparta del camino y dice: “No quiero tener más que ver con esto o con aquello. Es verdad que se dice que viene de nuestro Padre Celestial, pero no puedo ver qué beneficio me traerá observarlo, y tomaré lo que me ofrezca un beneficio inmediato, sin importar las consecuencias”? Ese hombre demuestra a todos que no es digno de recibir las riquezas eternas.

Un Santo de los Últimos Días debe vivir de tal manera que pueda soportar la mirada escrutadora del Todopoderoso, en secreto lo mismo que en público. Este debe ser su proceder todos los días de su vida; entonces, cuando llegue el día en que los inicuos clamen a las rocas para que los oculten del rostro del Señor, él se regocijará al encontrarse con su Padre, y se unirá en alabanza y acción de gracias a Su nombre por el privilegio de contemplarlo nuevamente.

Esta será la suerte de los justos: de aquellos que han servido a Dios con sus acciones así como con sus labios; pero triste, en verdad, será el destino de los que han sido hipócritas, que han profesado con los labios pero no han tenido en el corazón. Ellos temerán encontrarse con el rostro del Señor, y tendrán una cierta y temible expectativa de la indignación ardiente del Padre.

Ahora bien, es cierto que, mientras estamos en la carne, estamos sujetos a muchas pruebas y tentaciones; pero no somos como aquellos que están sin esperanza. El apóstol dice que estamos sujetos en esperanza. ¿En esperanza de qué? Los Santos de los Últimos Días que viven fielmente su religión tienen la esperanza de una gloriosa resurrección y de la vida eterna. Forma parte de la experiencia de los Santos de los Últimos Días estar sujetos a pruebas, en algunas cosas quizás más que los inicuos, para que puedan obtener dominio sobre sus propias pasiones y sobre todos los males que los rodean.

Nuestras pasiones nos han sido dadas con un propósito bueno y sabio. Ellas subyacen a nuestra existencia. Nos dan valor, energía y poder para ejecutar y llevar a cabo; pero no se nos han dado para que sean nuestros amos. Esos dones dados por el cielo —la razón y el intelecto— deben reinar y someter por completo a la pasión, y lo harán si son inspirados y dirigidos por el Espíritu de Dios.

Hemos sido reunidos de entre las naciones de la tierra para que podamos ser instruidos en los caminos del Señor. Esta mañana se comentó que el mundo necesitaba una reforma. Si no fuera así, el Señor no la habría emprendido, y las cosas habrían seguido como de costumbre. Pero el Señor vio la necesidad de un cambio. Todos se habían apartado del camino de la vida. La autoridad del Santo Sacerdocio había sido retirada de nuevo a los cielos por un propósito sabio y también para beneficio de los hijos de los hombres en la tierra. Era mejor para ellos estar sin él, que poseerlo y no obedecer sus altos mandatos; pero cuando llegó el tiempo señalado para que el Señor estableciera Su reino, nuevamente envió el Evangelio a los hijos de los hombres, sabiendo que encontraría a muchas personas de corazón honesto que estarían dispuestas a recibir instrucción del cielo y a mantenerse firmes en el día de Su poder.

El Evangelio debe ir a todas las naciones y lenguas de la tierra, para que todos tengan la oportunidad de ser colaboradores con Dios en el establecimiento de Su reino en la tierra, el cual está destinado a permanecer para siempre y a absorber todos los demás reinos. Esto es inevitable y sucederá en el debido tiempo del Señor. Los élderes de Israel están yendo a las naciones y recogiendo de entre ellas a los de corazón honesto, y por medio de ellos el Señor está revelando Sus propósitos a los hijos de los hombres, y las instituciones del alto cielo.

Esta es la misión de los Santos de los Últimos Días, y cada uno de los que sea fiel a su llamamiento es un colaborador con el Señor en el establecimiento de Sus propósitos, y hallará su recompensa aquí y en la eternidad. ¿No es glorioso saber que estamos comprometidos con nuestro Padre y Dios, y con los seres santos que han pasado más allá del velo, en llevar adelante esta gran reforma que el Señor ha comenzado en la tierra? Digo que nunca será confundida, nunca, jamás. Los principios del santo Evangelio perdurarán para siempre y exaltarán a todos cuya vida y acciones estén regidas por ellos y que vivan de toda palabra que procede de la boca de Dios. Tales personas jamás serán vencidas en el tiempo ni en la eternidad.

No hay nada más seguro que esto, porque este Evangelio avanzará conquistando y para conquistar, hasta que todas las naciones, linajes, lenguas y pueblos se sometan al cetro de Emanuel, y toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Jesús es el Cristo. El mal obrará para su propia destrucción. Los inicuos se devorarán entre sí para su propia perdición, y en el debido tiempo del Señor la tierra será librada de los malhechores; mientras que aquellos que están fundamentados sobre la Roca de las Edades permanecerán para siempre. Esto es tan natural como cualquier principio de filosofía que exista, y está destinado a cumplirse.

Nuestro Padre ha pasado por estas pruebas y ha transitado los caminos que nosotros estamos recorriendo. Guardó su segundo estado y ha alcanzado Su exaltación. Nosotros tenemos el privilegio de seguir Sus pasos. Se nos ha revelado en nuestra época quiénes somos y la relación que tenemos con Dios. Hemos aprendido que Dios es nuestro Padre y que nosotros somos Sus hijos, hijos legítimos. No solo en un sentido espiritual, sino que cuando decimos: “Padre nuestro que estás en los cielos”, decimos exactamente lo que queremos decir.

No solo hemos aprendido quiénes somos, sino también el propósito de nuestra creación y nuestro destino futuro. No me he preocupado en exceso por el porvenir. He sentido que, si pudiera desempeñar mi parte debidamente a medida que avanzo por la vida, ya sea que logre algo en la eternidad o no, estaría satisfecho. La paz y felicidad que experimento día a día en lo más íntimo de mi alma es, en sí misma, su propia recompensa; y desde hace mucho estoy convencido de que no hay nada que valga la pena tener fuera del alcance del santo Evangelio. La paz, satisfacción y gozo que este me brinda no los cambiaría por todo lo que el mundo pueda otorgar. En cuanto al futuro, tengo la certeza de que será completamente satisfactorio y traerá todo lo que pueda desear y más de lo que ahora puedo comprender, si mi conducta diaria es la que debe ser. No temo que mi exaltación no sea tan plena y completa como yo pueda ser capaz de disfrutar; y, sea así o no, el tener esta paz interior al seguir este camino es, por sí solo, un festín continuo que me sostiene y me levanta ante toda dificultad y obstáculo que se me presente.

Creo que esto debería ser atracción suficiente para atraer a todo hijo e hija de Adán. Pienso que los hijos de nuestro Padre no pueden darse el lujo de desechar estas bendiciones. Creo que no podemos darnos el lujo de tomar el nombre de Dios en vano. No podemos darnos el lujo de ahogar nuestra razón en licores fuertes. No podemos darnos el lujo de pecar contra Dios y quebrantar Sus mandamientos. Estas prácticas cuestan demasiado. Ningún hombre o mujer puede permitirse caminar por los senderos que conducen a la muerte. Ellos están rodeados de miseria, envidia, celos y de todo aquello que produce desdicha, y su fin es la muerte y la miseria, tanto antes como después de esta. Dijo Jesús: “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”.

Tomemos, pues, el camino que nos salvará aquí y en la eternidad. Que el cuerpo se vaya, si es necesario, si se interpone entre nosotros y la fe del santo Evangelio y nuestro deber para con Dios. Si llegamos a una situación en la que la vida del cuerpo pone en peligro nuestra fe en el Evangelio, dejemos ir el cuerpo alegre y voluntariamente. Deberíamos derramar nuestra sangre tan libremente como corre el agua, antes que quebrantar nuestra fidelidad a los principios de la vida eterna o a nuestros convenios más sagrados delante del Señor, o antes que negar la palabra después de haber gustado los poderes del mundo venidero.

Conocer a Dios y a Jesucristo, a quien Él ha enviado, es vida eterna; y antes que negarlos y volver de nuevo a las cosas del mundo, como la puerca lavada que vuelve a revolcarse en el cieno, dejemos ir este pobre cuerpo. Se irá tarde o temprano de todos modos, y deberíamos considerarlo un privilegio entregar nuestras vidas en defensa de los principios del Evangelio eterno. No debemos lanzarnos temerariamente al peligro, sino tomar un curso sabio y, a cualquier costo, decidir elevarnos por encima de los males que hay en el mundo y ser fieles a la verdad, aferrándonos a la barra de hierro, sin desviarnos ni a la derecha ni a la izquierda; y si no hay otra alternativa, antes que desviarnos, dejemos ir el cuerpo. Será un intercambio feliz, y lo recibiremos nuevamente coronado de gloria, inmortalidad y vida eterna.

Ahora bien, Santos de los Últimos Días, ¿están dispuestos a hacer esto? Oh, sí; cientos y miles, de ser necesario, caminarían hasta la boca del cañón en defensa de la verdad y del Sacerdocio, y sin embargo no viven su religión. Tales personas sufrirán pérdida si no tienen cuidado. No podemos darnos el lujo de descuidar nuestros deberes. Queremos alcanzar la gloria celestial. No sentimos que podamos estar satisfechos con nada que no sea eso. Ningún Santo de los Últimos Días que haya reflexionado sobre estas cosas siente que pueda estar satisfecho con menos que la gloria celestial. No podríamos conformarnos con una gloria telestial, ni siquiera con una gloria terrestre. Queremos alcanzar la más alta de todas. Hemos partido con ese objetivo; es la meta hacia la cual nos dirigimos, y sentimos que nada que no sea eso nos satisfará. No sé cuántos quedarán cortos, pero sí sé que, para lograrlo, debemos tener cuidado de observar todos los deberes que nos incumben. No tenemos promesa de esa gloria a menos que lo hagamos.

Las revelaciones del Señor, por medio de Su siervo José, nos dicen que cualquiera que no pueda vivir una ley celestial no heredará la gloria del reino celestial. Hay muchos que se llaman Santos de los Últimos Días que sienten gran interés en recibir sus investiduras, lavamientos, sellamientos, unciones y bautismos por sí mismos y por sus muertos, y que pensarían que se les privó de grandísimas bendiciones si no pudieran tener estos privilegios; y, sin embargo, actúan como si, con tal de arrebatar estas bendiciones de manos de los siervos del Señor, ya estuvieran bien, y pudieran, en los demás aspectos, hacer como quisieran: descuidar el pago de su diezmo y la observancia de los mandamientos del Señor en general, y andar tras sus propias vanas imaginaciones todos los días de su vida. ¡Qué error tan fatal es este! Por sus obras serán juzgados, sean buenas o malas.

Un hombre puede recibir todas estas ordenanzas, y ocultar por un tiempo su senda de iniquidad, pero llegará el momento en que todo malhechor estará ante el Señor con su propia y desnuda deformidad; será despojado de su hipocresía y del subterfugio de mentiras. La gigantesca superestructura de Satanás, que por tanto tiempo ha ejercido influencia en la tierra, será barrida, y en ese día todos los que permanezcan en pie lo harán por su propia virtud e integridad. Ningún hombre puede darse el lujo de cometer un acto malo. Aunque no sea visto por sus semejantes, él mismo lo sabe, y el Señor lo sabe, y esos son dos testigos de más —dos testigos para establecer su culpa— y no podrá evadirlo; será conocido como si fuera proclamado desde las azoteas.

Por lo tanto, hermanos y hermanas, seamos diligentes en todas las cosas, incluso en lo que se considera como cosas pequeñas —aunque no hay cosas pequeñas en lo que respecta a nuestros deberes y llamamientos como Santos—. No podemos darnos el lujo de vivir sin pagar nuestro diezmo, porque es una ley del cielo, uno de los requisitos que el Señor ha puesto en nuestras manos para nuestro propio beneficio. La avaricia es idolatría. No podemos darnos el lujo de permitir que algo se interponga entre nosotros y el Señor nuestro Dios. Debemos servir al Señor con un corazón perfecto y una mente dispuesta. Si somos tan codiciosos que no podemos pagar nuestro diezmo, hay un obstáculo en el camino, y nos hemos vuelto tibios e indiferentes en la causa de Dios.

No importa cuán pobres seamos, si alguna vez hemos hecho algo en la línea de nuestro deber en el reino de Dios, eso nos ha traído paz y salvación. Nunca nos arrepentimos después, a menos que nos apartemos de la verdad. Si descuidamos algún deber —sea el diezmo u otro— nos sentimos bajo condenación. No importa cuán pobres seamos, debemos pagar nuestro diezmo, aunque tengamos que recibirlo de nuevo de manos de los obispos; es una bendición y un beneficio para nosotros. Como comentó Joseph F. Smith en Tooele, aquella pobre viuda que paga su diezmo recibirá de una a quinientas veces más. Es seguro que así será, y lo mismo con cada individuo.

Pero, por lo general, no son los pobres los que descuidan su diezmo. Con más frecuencia son los ricos que los pobres. El hombre que tiene cien dólares puede dar diez. Si solo tiene diez, puede dar uno más fácilmente que otro pueda dar diez. Si tiene diez mil, le es más difícil dar mil, y cuanto más tiene, más difícil le es pagar su diezmo. Siempre ha sido así, me parece; en todo caso, así es en la actualidad. No podemos darnos ese lujo. Si esperamos alcanzar la gloria celestial, debemos vivir conforme a la ley del reino celestial. No hay obstáculo en nuestro camino que no podamos vencer. Si estamos decididos, el Señor nos ayudará. Él lo hace y lo ha hecho siempre, y seguirá haciéndolo.

¿Cuántas veces hemos sido bendecidos al seguir el camino que el Dios del cielo ha señalado para que andemos en él? ¿Cuántas veces ha librado a Sus santos en el pasado? ¿Cuántas veces, bajo la administración de Sus siervos, ha reprendido la enfermedad de un hijo o de un miembro de la familia? ¿No deberíamos, entonces, tener una mayor confianza para volver y poner nuestra dependencia en Él, sabiendo y reconociendo que es fiel para cumplir lo que ha prometido? Habiendo pagado nuestro diezmo una vez y recibido la bendición, ¿no deberíamos acercarnos nuevamente al altar con renovada confianza y celo, confiando en Dios para el futuro, sin temer que nos sobrevenga algún desastre? Creo que esta es una buena filosofía, que trae su propia recompensa por su misma naturaleza.

Entonces, ¿por qué no sentirnos animados a ir a las reuniones y cumplir con los deberes que se nos requieren, participar de la Santa Cena, desechar los malos sentimientos unos contra otros y venir a la mesa del Señor con corazones puros y manos limpias, para conmemorar los sufrimientos y la muerte de nuestro Señor y Salvador Jesucristo? Una de las razones principales por las que se instituyó la Santa Cena fue para que no lo olvidáramos a Él, ni a nuestro Padre Celestial que lo envió. Jesús dijo: “Haced esto hasta que yo venga”. Él vendrá otra vez, con toda certeza, con poder y gran gloria. ¿Quién estará preparado para recibirlo? ¿Dónde estará el pueblo que pueda mantenerse firme en Su segunda venida, cuando Él tome en Sus propias manos las riendas del poder?

¿No es razonable suponer que Jesús enviará a Sus mensajeros para advertir al mundo, a fin de que todos tengan la oportunidad de obedecer el Evangelio y prepararse para Su venida? Creo que es razonable suponer que Él comenzará una obra preparatoria en la tierra antes de hacer Su descenso. Esta es la obra, hermanos y hermanas, en la que estamos comprometidos: prepararnos para la segunda venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, para que, cuando Él venga, tenga un pueblo celoso de buenas obras, listo para cumplir Su voluntad, en lugar de crucificarlo como lo hicieron antes.

Así que pongámonos manos a la obra con todas nuestras fuerzas, dedicándonos a Él y a Su reino, y entregándole todo lo que el Señor nos dé. No desviemos nuestras obras hacia extraños, sino seamos diligentes y fieles en sostener todo principio justo. Este es nuestro deber y privilegio. Despojémonos de los males tan prevalentes en el mundo; de lo contrario, no estaremos realmente congregados fuera del mundo. El apóstol dijo: “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas”. Si, después de haber sido congregados en Sion, seguimos practicando los vicios y necedades del mundo, bien podríamos habernos quedado allí, porque esos pecados traen consigo su propio castigo.

Los juicios del Todopoderoso siguen al pecado tan naturalmente como la causa y el efecto en cualquier otra cosa, y las naciones impías del mundo sentirán la retribución por los pecados que cometen, tan cierto como existe la vida sobre la tierra. No hay escapatoria, salvo abandonando sus pecados y obedeciendo los mandamientos del Señor. No podemos escapar de las plagas amenazadas al pecador, ni siquiera aquí en Sion, a menos que nos abstengamos del pecado y andemos por las sendas que el Señor nos ha señalado para que andemos en ellas.

El Señor previó que muchos de los espíritus que fueron reservados para venir en nuestro día y generación recibirían Su Evangelio y permanecerían fieles. Todos tienen el privilegio de hacerlo. El Señor ha extendido la invitación a todos Sus hijos aquí en la tierra. Él dice: “Convertíos, convertíos de vuestros malos caminos, ¿por qué habréis de morir?” “Tomad sobre vosotros mi yugo, porque es fácil, y mi carga, porque es ligera.” “Venid, bebed de las aguas de la vida gratuitamente, sin dinero y sin precio.”

Esta es la invitación que se da a todas las naciones por medio de los siervos del Señor, quienes no la proclaman por salario, sino porque han recibido el testimonio de Jesús y pueden predecir que los males tan prevalentes entre los hombres necesariamente traerán destrucción sobre ellos. La tierra está contaminada por los pecados de sus habitantes, y la destrucción ciertamente los alcanzará a menos que abandonen sus malos caminos, porque el Señor no permitirá que esto continúe para siempre. Esto no está en la economía del cielo; nadie sería salvo si se permitiera que fuera así. Satanás obtendría la supremacía y destronaría al Todopoderoso, si pudiera tolerarse que prosiguiera. Debe llegar un punto de inflexión —y ese ya ha llegado— y el camino de escape ha sido dado a conocer a los hijos de los hombres. El Dios del cielo lo ha revelado en nuestros días.

Somos los receptores de Su misericordia y de los principios de la verdad, y al cumplir estrictamente con los principios del Evangelio eterno, que es el poder de Dios para salvación, seremos preservados en el día del poder de Dios; pero debemos observar la ley del alto cielo. Si un hombre persiste en caminar por el sendero del peligro, o dentro del fuego, será quemado, y lo sabe. Entonces, ¿por qué no tomar un camino diferente? Cuando el Señor señala el camino de seguridad, Sus santos deben andar en él o sufrirán las consecuencias.

Algunos de nosotros somos cautivos de nuestras propias pasiones. Creemos que sabemos más, y a menudo imaginamos que el Señor está lejos y que quedamos librados a gobernarnos a nosotros mismos, y cedemos aquí y allá por el bien de un placer pasajero, pensando que todo estará bien después. No nos preocupa demasiado el futuro si podemos cuidarnos hoy. Quizás cedemos a algún espíritu seductor, en algún rincón o lugar apartado, pensando que estaremos protegidos si nos dejamos llevar por algún mal de vez en cuando. Hay una manera de ser protegidos, pero no es persistiendo en el mal hacer. Debemos apartarnos de todo mal camino; entonces tenemos la seguridad de que Dios nos perdonará.

Hombres y mujeres pueden hacer el mal, pero si se arrepienten pueden ser perdonados y recibir la administración de las ordenanzas de la casa de Dios, pues la autoridad ha sido restaurada para administrar todas las ordenanzas de salvación. El hombre puede obtener la remisión de sus pecados mediante la administración de la ordenanza del bautismo. ¿Hay alguna otra manera por la cual se pueda obtener esa bendición? No que sepamos; si la hay, el Señor no la ha revelado, y eso es suficiente. Todo lo que debemos hacer para obtener la remisión de los pecados es arrepentirnos y cumplir con la ordenanza del bautismo.

Hemos sido llamados de Babilonia por el mandato del alto cielo, y nuestro deber ahora es mantenernos hombro con hombro por Dios y Su reino, y por todo principio santo y justo, sin importar la oposición que enfrentemos. ¿Qué podría hacer un hombre, aislado, en medio de una nación inicua? Podría vivir para Dios, si así lo quisiera; pero ¿qué influencia podría ejercer bajo tales circunstancias a favor del reino de Dios? Ninguna que fuera reconocida. Podría dar su testimonio y decir a los que lo rodean cuáles son sus males, y eso condenaría a quienes lo escucharan si no prestaran atención a sus palabras.

Pero cuando hay una concentración de tal fe y poder por la unión de un pueblo en comunidades, como lo vemos aquí en los valles de las montañas, se presenta una barrera mucho más formidable al progreso y avance del mal; y esa unidad y concentración atraerán a la tierra un aumento de poder del Señor en favor de la virtud y la verdad.

¿Qué hace el llamado cristianismo de nuestros días para detener el torrente de corrupción que ahora barre la faz de toda la tierra? Comparativamente, nada. Digo esto con toda caridad, porque hay muchísimos que están haciendo todo lo posible por frenar el progreso del mal; pero este sigue creciendo, y el llamado cristianismo es incapaz de detenerlo. Es mayor hoy que ayer, mayor ayer que la semana pasada, y mayor la semana pasada que un mes atrás, y es incalculablemente mayor ahora que hace cien años.

Es tiempo de que el Señor extienda Su mano para reunir a Su pueblo, a fin de asegurar un lugar en la tierra donde la rectitud pueda predominar, y donde la mayoría del pueblo esté de parte de Él y de Su reino. El Señor ha extendido Su mano y ha comenzado Su obra para llevar a cabo Sus grandes propósitos.

Permítanme dar mi testimonio a mis hermanos y hermanas, y a todos los buenos amigos. El Señor ha hablado desde los cielos y ha comenzado esta obra en la que ahora estamos comprometidos, en lo alto de las montañas. El Profeta, mirando hacia el futuro, vio que la obra de Dios estaría en lo alto de las montañas en los últimos días. Testificamos que esto es lo que él vio: aquí, en los valles de Utah, Idaho, Arizona y en todos los Territorios circundantes. El reino de Dios está hoy con nosotros, no en su plenitud, pero está creciendo. Está aquí para probar a los hijos de los hombres, para ver qué harán con él.

El hermano Heber solía decir que este era el campo de trilla. Salimos a las naciones de la tierra y predicamos el Evangelio; muchos lo reciben y se reúnen en Sion. Pero sus pruebas comienzan cuando llegan aquí, porque este es el campo de trilla. Aquí es donde un pueblo será preparado para la venida de Jesús, para que, cuando Él venga, encuentre un lugar donde recostar Su cabeza, y algunos, al menos, que sostengan principios celestiales. Si nosotros no somos ese pueblo, otros serán reunidos con ese propósito.

Testificamos que somos ese pueblo. Es cierto que estamos en un estado muy imperfecto, pero tenemos la esperanza de que estamos progresando, de que somos un poco mejores que antes. Muchos Santos de los Últimos Días pueden mirar hacia atrás en sus vidas y dar testimonio, con buena conciencia ante el cielo, de que son mejores hombres y mujeres hoy que hace uno, dos o diez años. Esto es una garantía de que la obra avanza y progresa. Debe comenzar en las almas y corazones de hombres y mujeres, o sus frutos no aparecerán. Pero esta obra está produciendo frutos; pueden ser vistos por todos. Nadie es tan ciego que no pueda verlos, si se despoja del prejuicio.

La obra que ha comenzado aquí se extenderá, y tan pronto como el pueblo se prepare para recibirla, podrá participar de ella, pues aumentará y se propagará hasta que, en su grandeza, poder y gloria, absorba a todos los linajes, naciones y lenguas; y todos se inclinarán bajo el cetro del Rey Emanuel, y Él gobernará como Rey de las naciones, así como lo hace como Rey de los santos. Los profetas han predicho esto, y lo creemos, y testificamos que somos ese pueblo, y que el Señor se reveló a José Smith y lo llamó para iniciar esta obra.

Al llamarlo, el Señor no cometió ningún error. Él sabía que José preferiría entregar su vida antes que acobardarse ante la persecución o negar la fe. José lo hizo; probó que, antes que apartarse de su integridad para con Dios, moriría. ¿Quién puede contradecir esto? Nadie, en el tiempo ni en la eternidad. El martirio de José es un monumento que perdurará para siempre, mostrando que él prefirió la muerte antes que abandonar los principios del santo Evangelio y las instituciones del cielo. Lo mataron por eso, y por nada más. Su muerte es un testimonio contra esta generación inicua y adúltera, al cual tendrán que enfrentarse. Nosotros, como comunidad, somos sus testigos, y un monumento que todos pueden contemplar y, si quieren, pueden comprender que Dios ha comenzado Su obra de los últimos días.

Estos son los últimos días, y Dios ciertamente llevará a cabo Sus propósitos. Su obra está establecida, y todos son invitados a ayudar a edificarla. Hemos recibido los principios de la vida eterna y los ofrecemos a todos. No somos asalariados. De gracia hemos recibido, de gracia damos, y no pedimos nada a cambio. Llevamos las buenas nuevas de salvación a través de llanuras, ríos y océanos, y las proclamamos en toda ocasión apropiada, tanto en el hogar como en tierras lejanas. No pasa día ni hora sin que este testimonio sea dado por los siervos del Señor, y así ha sido por más de cuarenta años; y durante ese tiempo la obra del Señor ha crecido continuamente y se ha fortalecido, echando raíces hacia abajo y dando fruto hacia arriba. Es mayor hoy que ayer, y será mayor mañana que hoy, y así continuará, sin importar lo que se oponga a ella.

Podemos ser expulsados nuevamente, como lo fuimos en el pasado, pero eso solo aumentará nuestro significado, nuestro poder, número e influencia. Es inútil intentar detener esta obra. Santos de los Últimos Días pueden apostatar, sus dirigentes pueden caer, pero eso no hará diferencia: el Señor está al timón, y Su obra avanza siempre hacia arriba y hacia adelante. Algunos pueden quedarse al borde del camino, pero el tren pasará y los arrollará. Nos conviene permanecer a bordo de la nave Sion, y seguir esforzándonos por someternos a la ley del Señor, para que seamos instrumentos honrados en Sus manos para ayudar a edificar Su reino en la tierra.

Solo podemos hacer esto siendo fieles a los consejos de los siervos del Señor, quienes son inspirados para enseñarnos y guiarnos. Él los ha colocado en Su Iglesia y reino para dirigirnos. No los hemos escogido nosotros—Él los ha escogido. Puede que también sean nuestra elección, es cierto, pero el Señor los eligió, y Él es responsable. Pero no necesitamos colgar nuestra fe de la manga de ningún hombre. No; podemos acudir a la Biblia, a las revelaciones de Jesús dadas en nuestros días, y escuchar los susurros del Espíritu en nuestro corazón para obtener el testimonio de que esta es la obra de Dios.

El Señor revelará a cualquier individuo fiel todo lo que sea necesario para convencerlo de que esta obra es verdadera. Nadie necesita depender de otros para ese testimonio; todos pueden obtenerlo por sí mismos, y será para ellos como un pozo de agua que salta para vida eterna, revelándoles las cosas de Dios y todo lo necesario para hacerlos sabios para salvación. No necesitan depender de mi testimonio, ni del del presidente Young o el presidente Smith, ni del de nadie más que de Dios. Él dirigirá el camino de todos los que procuren servirle con un corazón íntegro. Él les mostrará si hemos sido colocados aquí debidamente o si hubo algún error en el llamamiento de José Smith. El testimonio del Señor confirmará si enseñamos cosas de nosotros mismos o del Señor; ese testimonio dirá a sus poseedores si los siervos de Dios que están aquí dicen la verdad sobre esta obra o no. No necesitan depender de nadie más que de sí mismos y del Señor para obtener este conocimiento, porque el Señor está dispuesto a dar liberalmente a todos y no reprocha. Todo el mundo puede llegar a conocer al Señor, nuestro Padre que está en los cielos, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado, si tan solo toman el camino que el Señor ha señalado.

Santos de los Últimos Días, como dije antes, no podemos darnos el lujo de obrar inicuamente. Ese joven, o ese anciano, que va al cañón, no puede darse el lujo de tomar el nombre del Señor en vano, ni en las calles ni en los salones de la ciudad; y, en realidad, los Santos de los Últimos Días no pueden darse el lujo de ir a salones en absoluto, porque las asociaciones allí son malas. ¡Quisiéramos que se pudieran abolir por completo todos esos lugares!, porque allí el vicio se presenta en sus colores más atractivos. Los salones de bebida y las mesas de juego deberían ser desterrados de la faz de la tierra, porque engendran el vicio. Llevan a jóvenes, adultos y ancianos a practicar lo que es malo. Los Santos de los Últimos Días no pueden darse el lujo de patrocinarlos. Es mejor que se mantengan alejados de ellos. Es mejor que no tomen el nombre del Señor en vano, no pueden darse el lujo de ofender al Señor. Es mejor que guarden Sus mandamientos y no hagan nada que sea ofensivo a Sus ojos.

El Señor no hace culpable a un hombre por una palabra de cualquier manera. Mira con compasión a todos Sus hijos, y pasa por alto muchas de sus debilidades y necedades si ve que tienen el deseo de servirle. Pero aun así, el Santo de los Últimos Días que ha sentido los susurros del Espíritu y sin embargo llega a ser tan negligente que se entrega a estas cosas, demuestra al Señor que no ha aprendido bien la lección—que no ha aprendido a honrar al Señor como debe—y, en consecuencia, no es tan receptor de Su gracia como podría serlo; y si persiste en el mal, llegará el momento en que las vías de acceso quedarán cerradas, de modo que el Espíritu no fluirá hacia él, y se oscurecerá el consejo de su mente, y habrá diez probabilidades contra una de que naufrague en su fe más santa.

Ningún hombre puede darse el lujo de dar este ejemplo ante sus hijos, y ningún joven puede darse el lujo de perder la buena influencia que podría conservar desde la juventud hasta la madurez y la vejez: es demasiado costoso. Bienaventurado es el niño o niña que tiene el privilegio, como todos en Sion, de crecer sin pecado para salvación. Pueden hacerlo si quieren, si se rigen por los principios del Evangelio eterno y los toman como su manual y guía de día y de noche, y siempre temen al pecado y evitan andar por sendas de degradación. Todos tienen este privilegio en los valles de las montañas. Estamos aquí para ser salvados de los pecados del mundo, y los hijos de Sion pueden crecer sin pecado para salvación.

¡Oh, si consideraran y sintieran una mayor responsabilidad, y nunca perdieran la pureza de su niñez! ¡Si pudieran hacerlo, qué influencia podrían ejercer ante los cielos! ¡Qué poder podrían atraer para la salvación de Israel en el día de prueba, tribulación y dificultad! La fe de un ejército de jóvenes de este tipo sería suficiente para resistir a todo enemigo, y espero que llegue el día en que así sea.

Que Dios nos ayude a continuar fieles, y a ser más diligentes y atentos a las enseñanzas que recibimos. Somos instruidos en Sus caminos para que andemos en Sus sendas. Entonces, ¿por qué no ser diligentes y fieles al andar en ellas? Son sendas de paz y gozo, y conducen a la vida eterna en el más allá. Para que todos podamos alcanzarla, ruego en el nombre de Jesús. Amén.

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