Las Mujeres Testifican de Jesucristo

Capítulo 6

La realidad de la resurrección


Hay valor en escuchar los testimonios de otros, en percibir cómo han llegado a conocer a Cristo. Por ejemplo, mi hija, Holly C. Metcalf, es maestra de Seminario que ha sabido equilibrar su joven vida en beneficio de los demás y para el progreso del reino de Dios en la tierra. Es una extraordinaria y amorosa maestra de Seminario que potencia su capacidad al incrementar su conocimiento del evangelio y sus habilidades docentes mediante el estudio, la disciplina personal y la fe. El testimonio de Holly sigue:

“Mi hermano, apenas menor que yo, murió repentinamente en abril de 1997, dejando una esposa y unos hijos en edad escolar. Fue inesperado y traumático. El Señor fue especialmente misericordioso con nosotros, los sobrevivientes y seres queridos, al darnos unos días para sentarnos junto a su cama de hospital y expresarle nuestro amor a Tony; misericordioso en que sentimos la dulce y poderosa presencia del Espíritu Santo, el Consolador, mientras nos reuníamos en oración alrededor de su cama; misericordioso por medio de las ofrendas inspiradas y generosas de amigos que cuidaron de nuestros hijos, llevaron comida y realizaron incontables otras cosas para compartir nuestras penas.

A pesar de tal derramamiento del Espíritu, cuando me pidieron dar la oración final en el servicio fúnebre me sentí abrumada por el dolor, ¿sería capaz de encontrar una voz y palabras que correspondieran al momento?

¿Qué hace uno sino orar por ayuda cuando la necesidad es grande y la capacidad es puesta en duda? Si hay una tarea que debe cumplirse y la insuficiencia amenaza, ¿quién puede ayudarnos sino nuestro amoroso Padre y su Hijo Jesucristo, mediante las ministraciones del Espíritu? Después de todo, era una oración a Dios—no un sermón ni un canto para instruir a la congregación. Repetidamente reflexioné en lo que como congregación querríamos decirle al Señor al final de un servicio tan lloroso pero glorioso. En preparación, oré una y otra vez por luz y sabiduría.

En una hora tranquila, encontré una historia, una historia pionera verdadera, en mis materiales de Seminario. Al regresar a Seattle desde Utah después del funeral, tendría que continuar enseñando a mis alumnos, y el plan de estudios incluía una semana de lecciones para celebrar el 150 aniversario de la llegada de los pioneros al Valle del Gran Lago Salado. Allí encontré la historia de Jane Rio Griffiths Baker, quien, en el viaje por mar desde Inglaterra a América, hizo la siguiente anotación en su diario:

A las cinco y media de la tarde, mi pequeño Josías exhaló su último suspiro. Había decaído rápidamente desde el martes pasado, cuando prácticamente perdió el habla. No pensé que su muerte estuviera tan cerca, aunque, al presenciar sus sufrimientos, oré para que el Señor los acortara. Él lo ha hecho, y mi muy amado hijo está en la tierra de los espíritus esperando la mañana de la Resurrección, para nuevamente tomar posesión de un tabernáculo, purificado y preparado para entrar en la presencia del Gran Eterno, en el Reino Celestial. El capitán me ha dado permiso para conservar su pequeño cuerpo hasta mañana, cuando será entregado al mar, a casi mil millas de tierra, donde permanecerá hasta que salga la orden de que el mar entregue a sus muertos. Entonces tendré a mi hijo nuevamente, con aquellos otros que se le han adelantado, para presentarlo ante el Señor, para nunca más ser separados. Siento que esta prueba es una muy severa. Había esperado poder llevar a toda mi familia a salvo hasta la ciudad en la cima de las montañas.

“Por supuesto que creo en la Resurrección—no puedo pensar en un momento en que no lo haya hecho; pero considerar a una madre afligida testificando con brevedad y seguridad que un día el mar entregaría a sus muertos, especialmente a su joven hijo, llenó mis pensamientos con un ardiente testimonio de que Jesús en verdad posee las llaves de todas las tumbas. Cuando mi mente se aferró a esta doctrina, se convirtió en un ancla de fe, una verdad, una certeza. ¡Jesús nos salva! ¡Jesús nos rescata y nos redime! No estamos perdidos ni abandonados a la descomposición.

Comprendí que, aunque esta madre inmigrante había deseado llevar a toda su familia “a salvo hasta la ciudad en la cima de las montañas,” su pequeño hijo estaba en las manos del Señor, para ser sacado a salvo en un glorioso cuerpo resucitado. Eso era igualmente cierto para mi hermano, un justo esposo, padre e hijo. Como la designada para dar la bendición final en su servicio fúnebre, esperaba que mi ardiente testimonio de la Resurrección diera voz y gratitud por los testimonios y la esperanza de todos los que estarían allí. En verdad, tenemos un Salvador que dio su vida y resucitó con poder para levantar a todos los muertos que hayan vivido, de tumbas de todo el mundo y de todas las épocas.

Un testimonio de Dios puede expresarse en oración a Dios. Lo siguiente es una transcripción de mi oración tomada de una grabación de los servicios fúnebres:

“Padre Celestial, somos consolados en nuestros corazones quebrantados al dirigimos a ti como Padre. Hemos perdido a un amigo leal y de confianza, a un hijo querido, a un hermano menor, a un tierno esposo y a un devoto padre. Te damos gracias por el amor y el gozo que han llenado nuestros corazones en esta última hora y en esta última semana, al reflexionar sobre la vida de Tony y las felices experiencias que compartimos con él. Las palabras y la música nos han consolado e instruido. Que seamos bendecidos para conservar un recuerdo especial de Tony a lo largo de nuestras vidas.

Hemos sido recordados por tus siervos escogidos, que han hablado hoy, acerca del gran plan de felicidad. Ellos han pronunciado palabras de verdad y poder. En este momento de dolor y tristeza, consideramos un don de misericordia tener un atisbo de la eternidad. En verdad, llegará el día en que la tierra y el mar entregarán a los muertos que en ellos están. Testificamos con gratitud, Padre, que creemos en la gloriosa resurrección de tu Hijo, y que este don será extendido a todos nosotros. Por la expiación de tu Hijo veremos a nuestros seres amados otra vez y podremos recobrar tu presencia. Te damos gracias por ese conocimiento.

Además, Padre amado, este grupo de personas que aman a Tony se une en oración para pedir otra bendición y favor de tus manos. Esta preciosa familia de Tony necesita ser cuidada. Hemos escuchado las palabras de promesa a esta familia. Si tenemos fe, tú proveerás, por tus diversos y milagrosos caminos, y por medio de los esfuerzos de personas compasivas que están aquí, para las necesidades materiales y espirituales de la familia en los años venideros.

¿Quieres tú, Padre, como ha sido prometido, proveer tierno consuelo y guía a su esposa e hijos? Sosténlos en los días y noches de su duelo. Provee para ellos el alimento espiritual y emocional que un esposo y padre amoroso les habría dado. Como sus amigos y familia extendida, y como tus hijos, testificamos que sabemos que tales bendiciones vendrán de ti. Que podamos, Padre, vivir en verdad la religión pura de la que se ha hablado—“visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” [Santiago 1:27].

“No estamos solos, ni estamos sin esperanza aunque luchemos con el dolor. Conocemos el plan de felicidad, llevado a cabo por el sacrificio infinito del Hijo Amado. Este plan provee para nuestro reencuentro contigo y con todos nuestros seres amados de quienes ahora estamos, o estaremos aún, separados. Te pedimos que nos des paz y mayor entendimiento.
En el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, amén.”

Esta bendición fúnebre es sin duda un testimonio que puede fortalecernos a todos, darnos palabras para decir, pensamientos para sentir, un testimonio para recordar y valor para actuar como ejemplo de los creyentes cuando nuestras propias vidas son bombardeadas con dolor. Holly C. Metcalf no era una principiante en cuanto a lucha y tristeza cuando se enfrentó con el desafío que describe en sus propias palabras, y sin embargo, parece que nunca terminamos con el proceso refinador.

Hay escrituras que subrayan el mensaje de rejuvenecer el testimonio y la fe a través de las oportunidades desafiantes de la vida. ¡El maná aún debe recogerse a lo largo de toda la vida! “Y los hijos de Israel comieron maná cuarenta años” (Éxodo 16:35). “Al que venciere, daré a comer del maná escondido” (Apocalipsis 2:17).

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