Conferencia General Octubre 2025


En su altar, el corazón hace convenios con el Señor

Por el élder Jeremy R. Jaggi
De los Setenta

Al hacer y honrar nuestros convenios, nos unimos al Salvador y obtenemos un mayor acceso a Su misericordia, protección, santificación, sanación y descanso.



Muchas gracias al Coro por su testimonio a través de ese nuevo himno.

El nuevo himno sacramental “Agua viva, pan de vida” llena mi alma. Una estrofa del himno dice: “Sin dudarlo, hoy entrego el orgullo, [y] el rencor”.

Mi comprensión de esas palabras se profundizó poco después de que nuestra familia partió de Newbury Park, California, para servir en la Misión Utah Ogden, en 2015. Recibí una invitación para visitar la Base Aérea Hill cerca de Layton, Utah. Nunca había estado en una base militar, ni había conocido a un capellán militar ni a los hombres y mujeres que trabajan para brindar seguridad y protección a su país.

El capellán Harp, al igual que miles de capellanes voluntarios y profesionales que prestan servicio en nuestras cárceles, hospitales e instalaciones militares en todo el mundo, me inspiró y me edificó. Nuestra última parada en la base fue en el santuario. Le pregunté al capellán si administraba servicios para todas las personas que deseaban reflexionar, orar, meditar y adorar. Él fue a la pared frontal de la capilla y sacó una cruz de atrás de las cortinas. Dijo que usaba la cruz para los servicios protestantes y católicos. Le pregunté qué usaba para nuestros hermanos y hermanas judíos, y él fue al otro lado de la pared frontal y sacó una estrella de David.

Entonces le pregunté: “¿Qué hace para los servicios de los Santos de los Últimos Días?”. Apartó esos símbolos y señaló el gran altar de madera en medio del santuario. Dijo que los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días preparan y bendicen el pan y el agua sobre el altar. Pregunté si el altar, grande y aparentemente fijo, se retiraba antes de los servicios de nuestros hermanos y hermanas judíos, musulmanes, católicos o protestantes. Dijo que el altar permanece en su lugar, ya que varias de esas religiones también utilizan el altar de alguna manera.

Abraham edificó un altar, ató a Isaac y estaba listo para sacrificar a su único hijo, pero su mano fue detenida y declaró, como lo ha declarado el Señor: “Heme aquí”. ¿Cuántas veces el Gran Yo Soy o uno de Sus profetas se ha ofrecido voluntariamente diciendo: “Heme aquí”?.

Durante Su Sermón del Monte, el Salvador nos invitó a reconciliarnos con nuestros hermanos y hermanas antes de acercarnos al altar. Pablo enseñó que somos “santificados” en el altar por medio de la Expiación de Jesucristo.

El profeta Lehi “abandonó su casa […] y sus objetos preciosos […]. [Después] erigió un altar […], y presentó una ofrenda […], y dio gracias al Señor”.

La Biblia y el Libro de Mormón nos enseñan a adorar al Hijo de Dios en los altares. ¿Por qué?

Nuestros primeros padres, Adán y Eva, edificaron altares y adoraron en ellos. Después de ser expulsados del Jardín de Edén y de haber adorado durante “muchos días”, un ángel los visitó y les hizo una pregunta conmovedora, que se nos podría hacer a cada uno de nosotros: “¿Por qué ofreces sacrificios al Señor?”.

Adán contestó: “No sé”.

La respuesta del ángel a la humilde confesión de Adán es asombrosa: “Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre […]. Por consiguiente, harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás”.

La mesa sacramental y los altares del templo simbolizan el sacrificio de Jesucristo y Su Expiación infinita.

Al hacer y honrar nuestros convenios, al recibir las ordenanzas de la Santa Cena en la iglesia, y la investidura y el sellamiento en el templo, nos unimos al Salvador y obtenemos un mayor acceso a Su misericordia, protección, santificación, sanación y descanso.

Misericordia y protección por medio de los convenios

Cuando yo era un joven de quince años le pregunté a mi papá si podía faltar a la reunión sacramental, solamente un único domingo de enero por un partido especial de fútbol americano. Me dijo que yo era lo suficientemente mayor como para tomar esa decisión por mí mismo y me pidió que considerara un consejo. Me dijo: “Si decides perderte la Santa Cena una vez, es mucho más fácil que decidas perdértela de nuevo”.

Si el Salvador es el gran unificador, entonces el adversario es el separador. Satanás nos tienta a separarnos de nuestros lugares consagrados de adoración y de la protección de Jesucristo. Cuando adoramos al Salvador, recibimos “el poder de ir contra la mundana corriente natural”. Cuando pasamos tiempo en comunión con Él, tenemos la promesa de ser “librados de Satanás”. “Luego, al guardar nuestros convenios, Él nos inviste de Su poder […] fortalecedor”. Oh, cuánto aprecio la experiencia de estar en comunión con el Salvador por medio de los convenios hechos en altares santos.

Desarrollar un entendimiento de la Expiación eterna del Salvador línea por línea, precepto por precepto, proporciona una vacuna espiritual contra las artimañas del adversario. El joven élder Jaggi en México, Zuster [la hermana] Jaggi en Bélgica y otros misioneros de todo el mundo tienen muchas más probabilidades de ver a sus amigos reclamar las bendiciones del bautismo y recibir el don del Espíritu Santo si estos amigos asisten a la reunión sacramental durante la primera semana de contacto.

Es mucho más probable que un joven adulto de Tonga o Samoa se selle en la Casa del Señor si se ha preparado para recibir su investidura poco después de graduarse de la escuela. En la investidura, se invita a los miembros a vivir, obedecer y guardar cinco leyes que les confieren poder y protección. Al hacer convenios con el Señor, se establece una relación recíproca. Nosotros demostramos nuestra lealtad y amor a Él. Nuestra fortaleza y poder crecen con cada promesa hecha y cumplida.

Reflexión y santificación

Cuando nos arrodillamos de manera humilde y simbólica ante los altares del Señor, es una oportunidad para la reflexión, “hab[iendo] refrenado el orgullo de [nuestros] corazones y […] humill[ándonos] ante Dios”. Cuando era jovencito, antes de salir con mis amigos, mi madre solía decirme: “Recuerda quién eres, y avísame y ponme al tanto cuando llegues a casa”. Algunas noches, no le avisé ni la puse al tanto porque llegué a casa demasiado tarde. Lamento haberme perdido esas importantes conversaciones con mamá.

Hoy en día anhelo conectarme con el Padre Celestial para ponerlo al tanto. En mi rutina diaria de adoración personal, me arrodillo en oración, junto a mi cama o reunido con la familia, y me visualizo a mí mismo arrodillado ante los altares, reflexionando y examinando mi vida. Pienso en la Santa Cena, incluso en los panes enteros que son partidos y desgarrados a favor de nosotros, siendo cada uno un símbolo del cuerpo quebrantado de nuestro Salvador. Me recuerda a la enseñanza del presidente Dallin H. Oaks de que “cada pedazo de pan es único, así como las personas que participan de él son únicas”. Cuando me arrodillo en oración, pienso en cómo puedo darle a Dios mi voluntad.

El élder David A. Bednar enseñó que “la ordenanza de la Santa Cena es una invitación sagrada y recurrente a arrepentirnos sinceramente y ser renovados espiritualmente. El acto de participar de la Santa Cena, en sí mismo, no produce la remisión de pecados; pero al prepararnos conscientemente y al participar de esta sagrada ordenanza con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, tenemos la promesa de que siempre tendremos el Espíritu del Señor con nosotros. Y mediante la compañía constante del poder santificador del Espíritu Santo, podemos retener siempre la remisión de nuestros pecados”.

Cuando Amy y yo observamos de cerca las experiencias de nuestra vida, celebramos el don del amor y el sacrificio perfectos de Jesucristo. También vemos cómo se ha desatado la ira del infierno. ¿Cómo podemos superar las miradas críticas, la ansiedad, la depresión, el cáncer, la diabetes, el acoso en línea, el robo de identidad, la pérdida de embarazos, la pérdida de un hijo, de un hermano y de un padre? ¡Gracias a que Jesús tomó del amargo cáliz de aturdimiento, el cáliz de la ira, por mí, por mi familia, por todos nosotros!.

La “amarga copa” que Él bebió en el Jardín de Getsemaní y Su sufrimiento que “se intensificó” en la cruz del Calvario nos permiten colocar sobre los altares del Señor lo que es difícil, lo insolente, lo violento, la ira y el temor, y ser “santificados por la recepción del Espíritu Santo” siempre.

La hermana Patricia Holland dijo: “Mi oración más profunda por ustedes y por mí hoy es que nos entreguemos por completo, nos coloquemos sobre el altar de las promesas y la paz de Dios, sin importar dónde estemos y sin importar lo que hayamos hecho”.

Un lugar de sanación y descanso

Cuando nos acercamos al altar, no nos estamos ganando una recompensa; estamos aprendiendo sobre Aquel que dio la dádiva. De ese aprendizaje y vinculación por convenio viene la sanación. Nefi dijo: “Me ha llenado con su amor hasta consumir mi carne”. Y nuestro amoroso Salvador nos invitó: “¿No os volveréis a mí ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para que yo os sane?”.

Cuando nuestras dos hijas mayores, Mackenzie y Emma, eran pequeñas, uno de sus relatos favoritos era Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el ropero. Todos nos enamoramos del león, Aslan. Una de las noches más memorables leyendo el libro fue cuando el gran león dio su vida por Edmund. Fue memorable, porque padres e hijas derramamos lágrimas cuando la Bruja le quitó la vida al león sobre la Mesa de Piedra. Fue memorable porque la esperanza persistió, a pesar de la tragedia, hasta que ocurrió lo espectacular. Gritos de alegría resonaron en ese pequeño dormitorio cuando Aslan resucitó y dijo que si la Bruja supiera el verdadero significado del sacrificio, “habría sabido que cuando una víctima voluntaria, que no ha cometido traición, es ejecutada en lugar de un traidor, la Mesa se quiebra y la Muerte misma comienza a revertirse”.

Jesucristo sana todas las heridas. Jesucristo hace posible vivir de nuevo.

En su discurso de la Conferencia General de octubre de 2022, el presidente Russell M. Nelson habló de un grupo que hacía un recorrido en un programa de puertas abiertas de un templo. Allí había un niño. El presidente Nelson enseñó:

“Cuando el grupo entró en una sala de investiduras, el niño señaló el altar, donde las personas se arrodillan para hacer convenios con Dios, y dijo: ‘¡Oh, qué bien! Aquí hay un lugar para que las personas descansen de su trayecto por el templo’. […]

“Probablemente no tenía idea de la conexión directa que hay entre hacer un convenio con Dios en el templo y esta asombrosa promesa del Salvador:

“‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“‘Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí […], y hallaréis descanso para vuestras almas.

“‘Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga’ [Mateo 11:28–30; cursiva añadida]”.

“El Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”, pero invitó a Sus discípulos a la mesa sacramental para que descansaran con Él allí. Cuando “en su altar, el corazón ha[ce] convenios con el Señor”, abunda la paz. Con amor y dulce voz, Él llama a todos a Su mansión. Vengan a adorar al Hijo de Dios en Sus altares santos. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Un enfoque doctrinal y enseñanzas


El élder Jeremy R. Jaggi nos lleva de la mano desde un santuario militar hasta el corazón mismo del discipulado: el altar donde Dios y Su pueblo se encuentran por convenio. En aquella capilla de la Base Aérea Hill, cada tradición tenía su símbolo; pero el capellán señaló el gran altar de madera y dijo que allí, los Santos de los Últimos Días preparan y bendicen el pan y el agua. Ese gesto se vuelve clave para todo el discurso: el altar permanece. Permanece en la Biblia y en el Libro de Mormón; permanece en la mesa sacramental y en el templo; permanece en nuestras rodillas, cuando el alma decide rendir orgullo y rencor para entregar, en su lugar, voluntad y amor.

Jaggi entreteje escenas: Abraham y el “heme aquí” que abre el corazón a Dios; Adán y Eva aprendiendo que el sacrificio apunta al Unigénito; Lehi erigiendo un altar en el desierto; el Salvador pidiéndonos reconciliación antes de acercarnos. Todo converge en una enseñanza nítida: los altares señalan a Cristo, y los convenios nos unen a Él. Por eso, la mesa sacramental y los altares del templo no son mobiliario sagrado, sino puertas hacia Su misericordia, protección, santificación, sanación y descanso.

El tono del discurso es pastoral y práctico. Un consejo paterno —“si te pierdes la Santa Cena una vez, será más fácil perderla de nuevo”— destapa la estrategia del adversario: separar. La réplica del Evangelio es congregar, “invertir el curso natural del mundo” y vestirnos del poder de Cristo al honrar convenios. Jaggi baja el principio a lo íntimo: imaginarse de rodillas junto al altar, recordar que cada pedazo de pan es único como cada alma, y preguntarse qué voluntad falta por entregar. La honestidad del orador —al nombrar pérdidas, enfermedad, acoso, ansiedad— hace que su afirmación cobre más peso: Cristo bebió la copa amarga y por eso podemos poner sobre el altar lo difícil, lo violento, lo que pesa… y ser santificados por el Espíritu.

La imagen final—del niño que, al ver el altar del templo, dijo “¡qué bien, un lugar para descansar!”— enlaza con la promesa del Maestro: “hallaréis descanso para vuestras almas”. El altar, entonces, es escuela de gracia y reposo. No ganamos un premio; conocemos al Dador. Y Su descanso llega por la senda de los convenios.

Enseñanzas

  1. El altar apunta a Cristo: Toda adoración verdadera —sacramental o del templo— representa Su sacrificio y nos invita a venir con “corazón quebrantado y espíritu contrito”.
  2. Los convenios nos protegen y empoderan: Honrarlos abre acceso real a misericordia, guía y poder. La constancia en la Santa Cena y la preparación para la investidura y el sellamiento nos anclan en Cristo.
  3. Reconciliación antes de la ofrenda: El Señor pide arreglar cuentas del corazón antes de acercarnos al altar; el perdón desbloquea la adoración.
  4. Entregar la voluntad: “¿Qué pongo hoy sobre el altar?”: orgullo, rencor, miedo. La entrega voluntaria es la forma práctica del amor a Dios.
  5. Santificación continua por el Espíritu: La Santa Cena, vivida con intención, renueva la remisión y afina la conciencia para oír al Espíritu en la semana.
  6. Descanso en Cristo: En el altar, el convenio se vuelve descanso: Su yugo es fácil porque Él tira con nosotros.

Enfoque doctrinal

  • Tipología del altar: Desde Adán y Eva hasta Lehi y Abraham, el altar es sombra y figura del Sacrificio del Hijo. Toda ofrenda auténtica remite a Su Expiación.
  • Teología del convenio: Un convenio es una relación recíproca con Dios: ofrecemos lealtad y Él promete poder redentor. Las ordenanzas (Santa Cena, investidura, sellamiento) son puntos de unión con Cristo.
  • Gracia habilitadora: No es solo perdón; es potencia transformadora para resistir el mal, cargar con pérdidas y crecer en santidad “línea por línea”.
  • Economía del Espíritu: La santificación acontece por la compañía constante del Espíritu Santo, que aplica los méritos de Cristo y convierte la práctica del convenio en vida nueva.
  • Cristo como reposo: El clímax del convenio no es solo obediencia, sino descanso en Él: paz, pertenencia y esperanza más fuerte que la muerte.

El mensaje del élder Jaggi es claro: el altar permanece. Permanece en la capilla y en el templo, pero sobre todo permanece en el corazón que decide hacer y honrar convenios. Allí, Cristo nos viste de Su poder, cambia rencor por mansedumbre, miedo por fe, culpa por paz.

Al acercarnos a Sus altares —con pan partido que nos recuerda un cuerpo quebrantado, con agua que señala vida eterna— no compramos bendiciones: conocemos mejor al Dador. Y en esa relación de convenio encontramos lo prometido: misericordia que alcanza, protección que sostiene, santificación que transforma, sanación que restaura y descanso que perdura.

Que cada semana llevemos algo real a la mesa, y cada vez que entremos en Su Casa, salgamos un poco más semejantes a Él. Porque en Su altar, el corazón no solo promete: renace.

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