Hacer memoria de las ovejas
Por el élder William K. Jackson
De los SetentaEl principio de contar y tener en cuenta funciona; es la manera del Señor.
Cristo es el Buen Pastor y, para Él, cada miembro del rebaño es valioso. Él nos mostró el modo de pastorear y nos enseñó con palabras y hechos las cualidades de un buen pastor, entre ellas conocer a las ovejas por su nombre, amarlas, encontrar a las que se han perdido, alimentarlas y, finalmente, guiarlas de regreso a casa. Él espera que hagamos lo mismo porque somos Sus siervos.
De Moroni, antiguo profeta y pastor excepcional, podemos aprender mucho sobre cómo ministrar a la manera del Señor. Él vivió en tiempos muy difíciles, sin la ventaja de celulares, computadoras e internet, pero se las arregló para llevar un registro de las ovejas. ¿Cómo lo hizo? En Moroni 6 vemos detalles del método que utilizó. Allí leemos que los miembros “eran contados entre los del pueblo de la iglesia de Cristo; y se inscribían sus nombres, a fin de que se hiciese memoria de ellos y fuesen nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en la vía correcta […]. Y la iglesia se reunía a menudo para ayunar y orar, y para hablar unos con otros concerniente al bienestar de sus almas” (Moroni 6:4–5; cursiva añadida).
Para Moroni, las personas eran lo más importante: ¡sus nombres! Él puso en práctica el principio de contar y tener en cuenta a fin de que se hiciese memoria de todos. Los santos notaban cuando alguien tenía dificultades o se apartaba, y eso les permitía hablar de su bienestar en los consejos. Tal como el pastor que dejó a las noventa y nueve (a salvo y seguras, sin duda) y fue tras la que se había perdido (véase Lucas 15:4–7), se nos ha pedido estar al tanto de nuestros rebaños: estar pendientes y hacer memoria de ellos; e ir y hacer lo mismo.
Cuando era líder de misión en India, recuerdo que pregunté a un joven presidente de rama por algunas de sus metas para el año siguiente: “¿A cuántos hombres preparará para que reciban el Sacerdocio de Melquisedec?”. Su respuesta inmediata fue: “¡A siete!”.
¡Me pregunté de dónde habría sacado ese número tan concreto! Antes de que pudiera responder, sacó una hoja de papel con los números del uno al siete escritos en un costado. Las primeras cinco líneas tenían nombres: personas reales a quienes él y su cuórum de élderes iban a invitar y alentar a tener la bendición del sacerdocio en sus vidas. Por supuesto, tuve que preguntar por las líneas seis y siete, que estaban vacías. “Ah, presidente”, dijo sacudiendo la cabeza con comprensión, “sin duda bautizaremos al menos a dos hombres a principios del año, que podrían tener el sacerdocio a finales”. Ese magnífico líder entendía el principio de contar y tener en cuenta.
Cristo ha organizado Su Iglesia de tal manera que debería ser difícil olvidarse de un alma, porque cada una es preciada para Él. Cada integrante de un barrio, sin importar su edad o sexo, cuenta con una multitud de mayordomos, o pastores, que tienen la tarea de cuidar y hacer memoria de ella o de él. Por ejemplo, el bienestar de un joven le ha sido asignado a un obispado, a hermanos ministrantes, asesores de jóvenes adultos, maestros de Seminario, presidencias de cuórum y más; todos los cuales sirven como redes de seguridad colocadas firmemente bajo ese joven para sostenerlo si cae. Aunque solo haya una red bien colocada, ese joven estará a salvo; se lo tendrá presente y se hará memoria de él. Sin embargo, muchas veces no encontramos ni una sola red en su lugar. Las personas se pierden a menudo en la niebla, y nadie se da cuenta. ¿Cómo podemos ser mejores pastores? Podemos aprender a contar y a tener en cuenta.
La Iglesia nos proporciona informes y herramientas para hacer precisamente eso: hacer memoria de todos. El informe trimestral es un excelente ejemplo. Nos permite contar y tener en cuenta a cada miembro en varias ocasiones, y ser conscientes de los que faltan o necesitan nuestra ayuda y amor. La lista de acciones y entrevistas muestra a aquellos que requieren nuestra atención en este momento, al igual que el informe del estado de la recomendación para el templo, y otros más. Estas herramientas para contar y tener en cuenta nos enfocan en las personas. ¿Quién necesita un llamamiento, un avance en el sacerdocio o ayuda para llevar el nombre de un familiar al templo? ¿A quién podríamos ayudar a prepararse para una misión de tiempo completo? ¿Quién faltó este mes? Estas herramientas nos ayudan a hacer memoria de las personas.
Conocí a una familia de Estados Unidos que aceptó una asignación en África. El primer domingo asistieron a la única unidad de la Iglesia en todo el país, donde fueron recibidos con entusiasmo. Al final de la mañana, la esposa del hombre había sido llamada como presidenta de la Sociedad de Socorro y él, como líder de los Hombres Jóvenes. Él hombre le preguntó al presidente de rama, el cual parecía exhausto, cuántos jóvenes había. Ese líder fiel de primera generación señaló hacia el fondo del salón sacramental y respondió: “Esos dos de ahí”. El hombre se mostró razonablemente escéptico, así que se llevó a casa un listado de miembros de la rama y rápidamente notó que en realidad había veinte hombres jóvenes en la lista. Regresó con el presidente de rama y le pidió que dos jóvenes adultos bilingües y dinámicos sirvieran como sus consejeros, y luego se sentó con ellos y con los dos muchachos para revisar los nombres.
Entonces, esos jóvenes diligentes se pusieron manos a la obra. En los meses siguientes, encontraron a todos los jóvenes de la lista. Nombre por nombre, esas ovejas perdidas fueron recibidas de nuevo por sus compañeros y nutridas espiritual y físicamente. En el plazo de un año, los domingos había un promedio de veintiún hombres jóvenes asistiendo. Afortunadamente los hombres jóvenes contaron y tuvieron en cuenta.
Cuando era un joven estudiante de posgrado, un querido amigo mío se mudó con su familia a una gran ciudad estadounidense para continuar con su formación académica. Inmediatamente fue llamado a presidir el cuórum de élderes. Algo nervioso por su primera entrevista con el presidente de estaca, decidió ir preparado. Le dijo al presidente de estaca que tenía tres metas para el año siguiente: (1) un noventa por ciento de ministración, (2) una lección sustancial del Evangelio cada semana y (3) una actividad de cuórum bien planificada cada mes.
Con una sonrisa, ese sabio presidente de estaca le preguntó a mi amigo: “¿Podría nombrar a un miembro del cuórum menos activo a quien usted podría ayudar a ir al templo con su familia este año?”. Eso tomó a mi amigo por sorpresa. Pensó detenidamente y se le ocurrió un nombre. “¡Anótelo!”, le indicó el presidente de estaca. Entonces, ese experimentado líder hizo la misma pregunta tres veces más, y la entrevista llegó a su fin. Aquel joven salió de esa entrevista habiendo aprendido una de sus mayores lecciones sobre liderazgo y ministración. Había ido a la entrevista con programas, lecciones y actividades, ¡pero salió con nombres!, y esos cuatro nombres se convirtieron en el centro de atención de su ministerio y de su cuórum.
Como líder de misión, un domingo por la mañana visité una de las ramas que me correspondían, y observé que el presidente de rama constantemente sacaba de su bolsillo una tarjeta sobre la cual escribía. Decidí preguntarle al respecto después de la última oración. Cuando la reunión terminó, y antes de que yo pudiera preguntar sobre esa tarjeta, el líder misional corrió hacia el estrado, donde le entregaron la tarjeta. Rápidamente seguí a ese entusiasta líder a su reunión semanal de coordinación misional de rama. Antes de comenzar, sacó la tarjeta del bolsillo; estaba llena de nombres de miembros que habían faltado a la reunión sacramental. En cuestión de minutos, cada miembro del consejo había seleccionado uno o dos nombres, comprometiéndose a visitarlos ese mismo día para asegurarse de que estuvieran bien y para hacerles saber que se les había echado de menos. Eso es contar y tener en cuenta.
Recuerdo un distrito, a varias horas de avión del templo más cercano, donde tener una recomendación vigente era una alta prioridad, a pesar de que probablemente nunca se usaría. El primer domingo de cada mes, los líderes utilizaban sus herramientas de conteo para tener en cuenta a los miembros investidos. Si veían una recomendación a punto de vencer, el secretario ejecutivo programaba una entrevista de renovación. Deliberaban en consejo sobre las personas con recomendaciones vencidas, y las buscaban para ayudarlas a volver a la senda de los convenios. Les pregunté cuántos de sus miembros investidos tenían una recomendación vigente. La respuesta fue un asombroso 98,6 por ciento. Al preguntar acerca de las seis personas con recomendaciones vencidas, los líderes pudieron identificarlas por nombre y describirme los esfuerzos que hacían para que volvieran.
Hace unos años, mi familia regresó a los Estados Unidos. Estábamos emocionados de asistir a la Iglesia aquí, después de veintiséis años increíbles en unidades más pequeñas y aisladas. Me llamaron a servir como misionero de barrio. Teníamos un extraordinario líder misional de barrio y estábamos haciendo cosas emocionantes y enseñando a personas maravillosas. Pedí asistir a una reunión del consejo de barrio para observar y pedir su ayuda con los amigos con los que estábamos trabajando, pero me sorprendió que solo se habló de una futura actividad de barrio. Después de la reunión me acerqué al líder misional del barrio y le comenté que él no había tenido la oportunidad de dar un informe sobre nuestras personas. ¿Cuál fue su respuesta?: “Ah, nunca logro dar un informe”.
Comparé eso con una reunión de consejo de rama en Lahore, Pakistán, a la que había asistido apenas unas semanas antes. Ese pequeño grupo se sentó alrededor de una mesita y solo hablaron de personas, de nombres. Cada líder dio un informe de su mayordomía y de las personas y familias que le preocupaban. Todos tuvieron la oportunidad de aportar ideas sobre las mejores maneras en que podrían bendecir a las personas de las que hablaban. Se hicieron planes y se dieron asignaciones. Qué brillante lección, la de nuestros hermanos y hermanas de primera generación, de contar y tener en cuenta a las personas por nombre.
En la Iglesia de Jesucristo, hemos sido instruidos por profetas pasados y presentes —y por el modelo establecido por nuestro Salvador— en cuanto a la manera de ministrar. Tomamos nombres, hacemos memoria de ellos y deliberamos en consejo sobre el bienestar de las almas. ¡Los líderes que hagan esto nunca se quedarán sin puntos en la agenda de sus reuniones de consejo! El principio de contar y tener en cuenta funciona. Esa es la manera del Señor. Podemos hacerlo mejor. Para Dios, quien creó el universo y gobierna sobre todas las cosas, esta obra —Su obra y Su gloria— es algo muy personal. Y así debería ser para cada uno de nosotros, como instrumentos en Sus manos en Su asombrosa obra de salvación y exaltación. Como resultado, se producirán milagros en la vida de personas reales. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Un comentario
El discurso presenta una enseñanza profundamente centrada en la naturaleza personal del ministerio cristiano, revelando que el modelo del Buen Pastor no se basa en estadísticas abstractas, sino en el reconocimiento individual de cada alma. Desde una perspectiva doctrinal, el mensaje establece que “contar y tener en cuenta” no es simplemente una práctica administrativa, sino un principio divino que refleja el carácter mismo de Cristo: Él conoce, ama y busca a cada persona de manera individual. Este énfasis en los nombres —más que en números— transforma la manera en que entendemos el liderazgo en la Iglesia, desplazándolo de programas y metas generales hacia una ministración relacional, intencional y redentora. Así, el discurso denuncia implícitamente una cultura de superficialidad espiritual, donde las actividades pueden reemplazar el cuidado genuino, y propone en su lugar una cultura de memoria activa, donde cada persona es vista, recordada y nutrida espiritualmente.
Narrativamente, el élder William K. Jackson construye su mensaje a través de experiencias concretas que ilustran cómo este principio se vive en distintos contextos culturales y geográficos, lo que refuerza su universalidad. Desde líderes en India que planifican con nombres específicos, hasta consejos en Pakistán que deliberan únicamente sobre personas, el discurso demuestra que la verdadera eficacia espiritual no depende de recursos, sino de enfoque. El contraste entre reuniones centradas en actividades y aquellas centradas en individuos revela una crítica pedagógica clara: cuando el enfoque se pierde, las almas se pierden “en la niebla” sin que nadie lo note. En última instancia, el discurso invita a una conversión del corazón en el liderazgo cristiano: pasar de gestionar responsabilidades a amar personas, entendiendo que la obra de salvación es profundamente individual y que los milagros ocurren cuando alguien es recordado, buscado y ministrado con intención divina.
Puntos doctrinales
1. Cada alma tiene valor individual ante Dios
Cristo, como el Buen Pastor, conoce y ama a cada persona de manera individual, no como parte de una masa anónima.
Este principio es central en la doctrina de la salvación: el Evangelio es profundamente personal. No se trata solo de pertenecer a un grupo, sino de ser conocido y amado por nombre. El discurso recalca que ministrar a la manera del Señor implica ver a las personas como Él las ve. Esto transforma la perspectiva del liderazgo y del discipulado, porque elimina la indiferencia y exige una atención consciente hacia cada individuo. En términos doctrinales, reafirma que la obra de Dios es “una por una”, y que el verdadero amor cristiano no generaliza, sino que individualiza.
El principio de que cada alma tiene valor individual ante Dios constituye uno de los fundamentos más profundos de la doctrina de la salvación, ya que revela la naturaleza personal de la relación entre el ser humano y Cristo. El Salvador no redime a la humanidad como una colectividad impersonal, sino que obra en la vida de cada individuo de manera íntima, consciente y deliberada; Él conoce nombres, historias, luchas y potencial divino. Esta verdad doctrinal implica que la Expiación no es solo universal en alcance, sino también individual en aplicación, lo que otorga a cada persona un valor infinito e irreemplazable. En consecuencia, el discipulado auténtico requiere adoptar esa misma visión divina: ver a los demás no como números o funciones dentro de una estructura, sino como seres eternos con identidad y propósito únicos. Este enfoque transforma radicalmente tanto el liderazgo como la vida cristiana, pues elimina toda forma de indiferencia espiritual y establece una ética de cuidado personal, donde ministrar “uno por uno” no es solo un ideal, sino la manifestación concreta del amor de Cristo en acción .
2. Ministrar implica recordar y actuar intencionalmente
“Contar y tener en cuenta” significa recordar activamente a las personas y actuar en favor de su bienestar espiritual.
Este principio enseña que el amor cristiano no es pasivo ni abstracto. No basta con buenas intenciones; se requiere acción deliberada. El hecho de llevar registros, mencionar nombres y dar seguimiento refleja un discipulado organizado y comprometido. Esto conecta con la responsabilidad de velar unos por otros, mostrando que la salvación también tiene una dimensión comunitaria donde cada miembro participa en el cuidado del otro. La omisión de este principio puede llevar a que las personas se sientan olvidadas, lo cual tiene consecuencias espirituales profundas.
El principio de que ministrar implica “recordar y actuar intencionalmente” revela una dimensión profundamente activa de la caridad cristiana: no es simplemente un sentimiento, sino una expresión concreta del amor de Cristo en acción. Este enfoque refleja el modelo del Salvador, quien no solo amaba a las multitudes, sino que buscaba, nombraba y atendía a las personas de manera individual, demostrando que el verdadero discipulado requiere intención, memoria espiritual y compromiso práctico. “Contar y tener en cuenta” se convierte así en una manifestación de la mayordomía sagrada que cada creyente tiene sobre los demás, donde recordar nombres, necesidades y circunstancias es una forma de participar en la obra redentora de Cristo. Este principio también subraya la naturaleza comunitaria de la salvación, en la que los miembros no solo procuran su propio bienestar espiritual, sino que se convierten en instrumentos para sostener a otros. La falta de esta intencionalidad no es neutral, sino que puede generar olvido, aislamiento y debilitamiento espiritual, lo cual resalta la urgencia doctrinal de ministrar con propósito, constancia y amor deliberado.
3. El liderazgo en la Iglesia se centra en personas, no en programas
El verdadero liderazgo cristiano prioriza a las personas por encima de actividades, metas o estructuras.
El discurso contrasta dos enfoques: uno centrado en actividades y otro centrado en individuos. Esto enseña que los programas son medios, no fines. Cuando los líderes pierden de vista a las personas, la esencia del Evangelio se diluye. Este principio invita a una conversión del liderazgo: pasar de administrar eventos a cuidar almas. Además, resalta que la eficacia espiritual no se mide por la cantidad de actividades realizadas, sino por el impacto en la vida de las personas. Es una llamada a alinear las prioridades con el modelo del Salvador.
Este principio revela una dimensión profundamente cristológica del liderazgo en la Iglesia: liderar como Cristo implica centrar toda acción en la salvación y el cuidado individual de las almas, no en la eficiencia organizacional. Esto se fundamenta en el patrón del Salvador, quien nunca subordinó a las personas a los sistemas, sino que utilizó toda estructura como medio para bendecirlas personalmente. El contraste entre programas y personas no niega la utilidad de las organizaciones, sino que las reordena jerárquicamente: los programas existen para facilitar la redención individual, no para sustituirla. Cuando el liderazgo se desvía hacia lo administrativo como fin en sí mismo, corre el riesgo de despersonalizar el ministerio y, en consecuencia, de debilitar su poder espiritual. Por ello, este principio invita a una verdadera conversión del corazón en los líderes, donde la medida del éxito deja de ser cuantitativa y pasa a ser transformacional, reflejada en vidas cambiadas, almas rescatadas y relaciones fortalecidas, en plena armonía con el modelo del Buen Pastor que conoce a Sus ovejas por nombre.
4. La obra de salvación requiere esfuerzo colectivo y responsabilidad compartida
Dios ha organizado Su Iglesia de manera que muchos “pastores” cuiden de cada persona, creando una red de apoyo espiritual.
Este principio refleja la naturaleza colaborativa del Evangelio. Nadie es responsable solo; todos participan en la obra de ministrar. Esto enseña que la Iglesia funciona como un cuerpo, donde cada miembro tiene una función en el cuidado de los demás. Sin embargo, el discurso también advierte que estas redes pueden fallar si no se utilizan correctamente. La responsabilidad no es solo tener asignaciones, sino cumplirlas con diligencia y amor. Este enfoque fortalece la unidad y asegura que menos personas se pierdan espiritualmente.
Este principio doctrinal revela que la obra de salvación no es una tarea individualista, sino una responsabilidad divinamente distribuida dentro del cuerpo de Cristo, donde cada miembro actúa como un instrumento consciente en el cuidado de las almas. La organización de la Iglesia, con múltiples niveles de ministración y supervisión, refleja la intención de Dios de que nadie quede espiritualmente desatendido, estableciendo una red de gracia operativa mediante relaciones humanas consagradas. Sin embargo, esta estructura no es eficaz por sí misma; requiere la conversión del corazón de quienes participan en ella. Esto enseña que la responsabilidad compartida no diluye el deber personal, sino que lo intensifica, ya que cada asignación representa una extensión del ministerio del Salvador. Cuando los miembros actúan con diligencia y caridad, la Iglesia se convierte en un organismo vivo que sostiene, rescata y fortalece; pero cuando fallan en recordar y actuar, esa red se debilita. Por tanto, este principio subraya que la salvación, aunque es individual en su resultado, es profundamente colectiva en su proceso, reflejando la interdependencia espiritual que caracteriza el reino de Dios.
Frases destacadas
2. “Para Él, cada miembro del rebaño es valioso.”
Esta frase encapsula una de las verdades más profundas del Evangelio: el valor infinito del alma. Se enseña que la relación de Cristo con la humanidad no es colectiva en su esencia, sino individual. Cada persona importa plenamente ante Dios, lo que elimina cualquier justificación para la indiferencia espiritual. Este principio fundamenta toda la ministración cristiana, ya que si cada alma tiene valor eterno, entonces cada esfuerzo por rescatar, cuidar o fortalecer a alguien tiene significado divino. Además, invita a los discípulos a adoptar la misma visión, viendo a los demás no como números, sino como seres eternos dignos de amor y atención.
2. “Se inscribían sus nombres, a fin de que se hiciese memoria de ellos.”
Esta frase revela que recordar es un acto espiritual, no solo administrativo. El hacer memoria de las personas refleja el modelo divino de cuidado continuo. Dios no olvida a Sus hijos, y Su Iglesia está diseñada para imitar ese atributo. El registrar nombres simboliza compromiso, intención y responsabilidad. En un sentido más profundo, esta práctica enseña que el olvido espiritual puede ser una forma de abandono, mientras que el recordar activamente es una manifestación de amor cristiano. Así, la memoria se convierte en un instrumento de salvación.
3. “Las personas eran lo más importante: ¡sus nombres!”
Esta afirmación redefine las prioridades del discipulado. Se enseña que el enfoque del Evangelio no está en estructuras, programas o resultados visibles, sino en individuos concretos. El énfasis en los nombres implica cercanía, relación y conocimiento personal, elementos esenciales en la ministración del Salvador. Esta frase también confronta tendencias modernas de medir el éxito en términos cuantitativos, recordando que, en el reino de Dios, el verdadero progreso se mide por el cuidado de las almas. Es una invitación a centrar la vida espiritual en relaciones redentoras.
4. “Esta obra… es algo muy personal.”
Esta frase eleva la comprensión de la obra de salvación al nivel de lo íntimo y lo divino. Se enseña que aunque Dios gobierna el universo, Su obra se enfoca en cada individuo de manera directa y personal. Esto implica que quienes participan en Su obra deben hacerlo con ese mismo enfoque: involucrándose genuinamente en la vida de las personas. Además, subraya que los milagros espirituales ocurren en lo cotidiano, en interacciones personales guiadas por amor y revelación. Esta perspectiva transforma la manera de servir, convirtiendo cada acto de ministración en una extensión del amor personal de Dios.
Comentario final
Desde una perspectiva doctrinal y educativa, este discurso ofrece una profunda reafirmación del carácter personal de la obra de salvación y del modelo divino de ministración centrado en el individuo. Como lo evidencian las enseñanzas presentadas, el principio de “contar y tener en cuenta” no debe interpretarse meramente como una herramienta organizativa, sino como una manifestación concreta del amor redentor de Jesucristo, quien conoce a Sus ovejas por nombre y espera que Sus discípulos desarrollen esa misma sensibilidad espiritual. En este sentido, el discurso invita a una reorientación pedagógica del liderazgo en la Iglesia: pasar de un enfoque programático a uno pastoral, donde la eficacia no se mida por la ejecución de actividades, sino por la transformación real en la vida de las personas. Tal enfoque armoniza con la teología del convenio, en la que cada alma es vista como participante activo en una relación sagrada con Dios, sostenida también por la comunidad de creyentes.
Además, el mensaje establece una importante implicación eclesiológica: la Iglesia funciona como un organismo interdependiente en el que cada miembro tiene una mayordomía significativa en la edificación espiritual de los demás. Esta red de responsabilidad compartida refleja el diseño divino de evitar el aislamiento espiritual, pero también revela una advertencia implícita: cuando los discípulos descuidan su deber de recordar, buscar y ministrar, se produce una ruptura en ese sistema de cuidado. Por tanto, el discurso no solo instruye, sino que también interpela, llamando a una conversión más profunda del corazón y de las prácticas de liderazgo. En última instancia, enseña que la verdadera grandeza en el reino de Dios se manifiesta en la capacidad de ver, amar y servir a las personas una por una, convirtiendo cada acto de ministración en una expresión tangible de la gracia y del ministerio continuo de Jesucristo.

























