El don eterno del testimonio
Por el élder Kevin G. Brown
De los SetentaTodo hijo o hija de Dios puede obtener por sí mismo un conocimiento más profundo, más firme y más seguro.
Mis queridos hermanos y hermanas, últimamente he estado reflexionando sobre tres poderosas verdades de la Restauración. Esas verdades han bendecido mi vida profundamente. Hoy me gustaría relatarles cómo estas verdades me han guiado en mi trayecto hacia un testimonio seguro del Evangelio de Jesucristo.
1. Dios es nuestro amoroso Padre Celestial
Él es omnisciente y omnipotente. Por medio de la Luz de Cristo y de la ministración del Espíritu Santo, Su influencia está en todas partes. El bendecirnos está en Su naturaleza.
Él ve nuestro pasado, nuestro presente y nuestro destino eterno. Nada se le puede ocultar.
La invitación del presidente Russell M. Nelson de “pensar de manera celestial” nos alienta a emular la visión y la naturaleza de nuestro Padre Celestial.
Debido a Sus atributos divinos, nuestro Padre Celestial nos da toda buena dádiva, cada una con Su perspectiva y visión eternas en mente.
2. El albedrío es el don para elegir y actuar por nosotros mismos
También es la responsabilidad para elegir bien.
Jesucristo pagó el más alto precio por ese privilegio con Su preciosa sangre.
A veces podríamos creer que el albedrío significa hacer lo que queramos. Sin embargo, el hecho de que el precio ya se haya pagado significa que el albedrío es un don sagrado.
Somos agentes, y los agentes son responsables de algo. En este caso, somos responsables por las decisiones que tomamos basadas en el conocimiento que tenemos y los dones que se nos dan. No podemos tomar una decisión sin ser responsables de las consecuencias.
¿Por qué tenemos el albedrío?
Para elegir lo bueno.
Para elegir a Cristo.
Para elegir la vida eterna, una y otra vez.
3. Nuestro testimonio viene por medio del poder del Espíritu Santo
El testimonio que proviene del Espíritu Santo es más poderoso que lo que se ve. Él es el testigo preeminente del Padre y del Hijo. El presidente Russell M. Nelson enseñó: “En los días futuros, no será posible sobrevivir espiritualmente sin la influencia guiadora, orientadora, consoladora y constante del Espíritu Santo”.
Hermanos y hermanas, esa es la razón por la que cada uno de nosotros necesita el poder del Espíritu Santo hoy.
El testimonio por medio del Espíritu Santo se puede recibir de muchas maneras. Al igual que un foco en un cuarto oscuro, puede encenderse de forma drástica y repentina. Puede llegar como la salida del sol, gradualmente y con el tiempo. Puede venir como rayos de luz, como una exposición intermitente a inteligencia pura. Sea cual sea la manera, viene por medio del Espíritu Santo.
En busca de un testimonio en Jamaica
Crecí en la hermosa isla de Jamaica; fue divertido y maravilloso. Sin embargo, cuando comencé la escuela secundaria, algunos compañeros de clase y amigos no podían entender mi decisión de ser miembro de la Iglesia de Jesucristo. “¿Cómo pudiste unirte a esa Iglesia?”, preguntaban. “¿Cómo puedes creer esa historia?”, refiriéndose a la Primera Visión. “¿Cómo puedes leer ese libro?”, refiriéndose al Libro de Mormón. “¿De veras crees en todo eso?” y “¿Por qué desperdicias tu vida?”.
Era doloroso, especialmente cuando venía de personas que me importaban.
Pero lo que ellos no sabían era esto: yo había tenido una experiencia con el Espíritu Santo. A medida que ese testimonio llenó mi corazón, se mitigó mi dolor de cada día y, por un breve momento, “vislumbr[é] […] el resplandor del reino celestial”.
Tal vez a ustedes les hayan hecho algunas de esas preguntas. Quizás, incluso ahora, están siendo bombardeados como lo fui yo.
El don y el testimonio del Espíritu Santo están al alcance de todos.
Jamaica es para mí lo que Palmyra fue para José Smith. Es mi Arboleda Sagrada. No sé el lugar exacto donde José se arrodilló para orar en la Arboleda Sagrada, pero sé exactamente dónde estaba yo cuando mi Arboleda Sagrada se hizo realidad. Sucedió en Four Grove Road, Mandeville, Jamaica, en el cuarto de baño, a las seis de la mañana de un miércoles, tres años después de mi bautismo. Esa sagrada experiencia sucedió porque, dos semanas antes, una inspirada misionera me invitó a leer el Libro de Mormón. La hermana Audrey Krauss está presente hoy en esta conferencia con su familia, y la querré siempre.
Aquella experiencia me cambió.
Hermanos y hermanas, un testimonio no se da para usarlo temporalmente. Este don de nuestro amoroso Padre Celestial está destinado a ser eterno porque el Dador es eterno. Un testimonio no debe tener fecha de caducidad. No se debe debilitar ni disminuir porque algo en mi vida haya cambiado o algo en el mundo haya cambiado. Debería fortalecerse porque, al igual que los talentos del siervo en la parábola de los talentos, mi testimonio personal es un don que debe multiplicarse, no enterrarse.
Recordar aquellos días difíciles de pruebas y persecución por los que pasé cuando era niño me ha ayudado a llegar al punto en que ahora sé por mí mismo. No solo creo, tengo esperanza o confío, aunque esas son partes importantes de la fe en el camino hacia un testimonio seguro. Los felicito por forjar su propio camino al hacer preguntas, estudiar, orar, ayunar y meditar. Por favor, no dejen de hacerlo. Vale la pena todo esfuerzo para seguir este camino hacia el testimonio. ¿A quién o a qué le permitirán que se lo arrebate? “¿Qué mayor testimonio puede[n] tener que de Dios?”.
Todo hijo o hija de Dios puede obtener por sí mismo un conocimiento más profundo, más firme y más seguro. Al igual que José Smith, quien declaró su testimonio a pesar de la oposición, con valentía podemos decir: “Yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo”.
Mis queridos hermanos y hermanas, permitan que la pequeña semilla del testimonio obre en ustedes hasta que brote para convertirse en un conocimiento seguro sempiternamente glorioso.
Si son bautizados y confirmados miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pero todavía luchan con un “no estoy seguro de saberlo”, recuerden esta promesa de la oración de la Santa Cena: “Que siempre puedan tener su Espíritu consigo”. Gracias a esa promesa, cada uno de nosotros puede seguir el camino que conduce al testimonio y al conocimiento seguro.
Sean responsables de su testimonio
Ahora bien, he aquí una gran verdad: Sea cual sea la forma en que se dé un testimonio —ya sea que destile como el amanecer o que llegue en una gloriosa visión— incluso así es necesario elegir recibir ese precioso don.
Decir “yo elijo creer” hace que sea más fácil recibir un testimonio de Dios. Si notamos que nuestro testimonio se debilita, recuerden que son las decisiones que tomamos las que disminuyen el poder del testimonio. Pero el testimonio no se ha ido a ninguna parte; solo tenemos que elegir volver a reconectarnos con él.
Elegir creer es una manera sabia y poderosa de utilizar nuestro albedrío.
No veo una mejor manera de utilizar mi albedrío que en defensa de mi testimonio.
El presidente Nelson enseñó: “Les ruego que se hagan cargo de su propio testimonio. Trabajen para conseguirlo; háganse responsables de él. Cuídenlo, nútranlo de manera que crezca, aliméntenlo con la verdad”.
Para mí, las palabras hacerse cargo, trabajar, cuidar, ser responsables, nutrir y alimentar suenan como un agente al que se le ha dado mayordomía de algo precioso e importante.
En los primeros años de la Iglesia, Parley P. Pratt se sentía descontento con el profeta José Smith y eligió criticarlo a él y a la Iglesia. “Estando John Taylor”, a quien Parley había enseñado el Evangelio, “en la ciudad, Parley habló con él en privado y le advirtió que no siguiera a José”. John Taylor le dijo a Parley:
“Antes de partir de Canadá, compartiste un fuerte testimonio de que José Smith era un profeta de Dios, […] y dijiste que sabías estas cosas por revelación y por el don del Espíritu Santo. […]
“Ahora yo tengo el mismo testimonio del que tú gozabas en ese entonces. Si la obra era verdadera hace seis meses, hoy es verdadera. Si José Smith era un profeta en ese entonces, hoy es un profeta”.
Testifico que José Smith fue un profeta de Dios y que el manto profético que recibió continúa hoy en día. Jesucristo dirige esta obra.
Los invito a pensar en su camino hacia un testimonio seguro de Jesucristo y Su Evangelio. Sean responsables de su testimonio; usen su albedrío sabiamente y reconozcan al Dador y todos Sus gloriosos atributos. Testifico que el poder está dentro de ustedes. Nadie puede elegir por ustedes; nadie puede quitarles ese don. Pueden elegir creer.
Les prometo que, al hacerlo, su testimonio será un “manantial de aguas vivas que brota para vida sempiterna”. Será un ancla y un motivador, y los sostendrá en los momentos difíciles. Les permitirá desarrollar dones espirituales. Les ayudará en su ministerio y servicio personales. Será un arma contra Satanás y sus adversarios. Su testimonio les brindará gozo al verlo reflejado en sus hijos, nietos y bisnietos, y en aquellos a quienes aman y sirven. Será poderoso cuando lo expresen y lo utilicen para testificar.
Si lo saben, lo saben. Yo sé que lo sé. Necesitamos testimonios más seguros de Jesucristo y de Su Evangelio. ¡Obténganlo! ¡Búsquenlo! ¡Es urgente! Esta es la última dispensación: la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
Jesucristo declaró esta verdad: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.
Hermanos y hermanas, el testimonio de Jesucristo nunca tuvo como fin ser un don temporal. Nada en cuanto a él es temporal: ni el que lo da, ni la dádiva en sí, ni el que entrega la dádiva, ni de quién trata la dádiva. Ruego que su testimonio se describa de esta misma manera. Aunque “el cielo y la tierra pasarán”, su testimonio del Evangelio de Jesucristo no pasará. Ahora es el momento de procurar este preciado don. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Un enfoque doctrinal y enseñanzas
El élder Jeremy R. Jaggi nos lleva de la mano desde un santuario militar hasta el corazón mismo del discipulado: el altar donde Dios y Su pueblo se encuentran por convenio. En aquella capilla de la Base Aérea Hill, cada tradición tenía su símbolo; pero el capellán señaló el gran altar de madera y dijo que allí, los Santos de los Últimos Días preparan y bendicen el pan y el agua. Ese gesto se vuelve clave para todo el discurso: el altar permanece. Permanece en la Biblia y en el Libro de Mormón; permanece en la mesa sacramental y en el templo; permanece en nuestras rodillas, cuando el alma decide rendir orgullo y rencor para entregar, en su lugar, voluntad y amor.
Jaggi entreteje escenas: Abraham y el “heme aquí” que abre el corazón a Dios; Adán y Eva aprendiendo que el sacrificio apunta al Unigénito; Lehi erigiendo un altar en el desierto; el Salvador pidiéndonos reconciliación antes de acercarnos. Todo converge en una enseñanza nítida: los altares señalan a Cristo, y los convenios nos unen a Él. Por eso, la mesa sacramental y los altares del templo no son mobiliario sagrado, sino puertas hacia Su misericordia, protección, santificación, sanación y descanso.
El tono del discurso es pastoral y práctico. Un consejo paterno —“si te pierdes la Santa Cena una vez, será más fácil perderla de nuevo”— destapa la estrategia del adversario: separar. La réplica del Evangelio es congregar, “invertir el curso natural del mundo” y vestirnos del poder de Cristo al honrar convenios. Jaggi baja el principio a lo íntimo: imaginarse de rodillas junto al altar, recordar que cada pedazo de pan es único como cada alma, y preguntarse qué voluntad falta por entregar. La honestidad del orador —al nombrar pérdidas, enfermedad, acoso, ansiedad— hace que su afirmación cobre más peso: Cristo bebió la copa amarga y por eso podemos poner sobre el altar lo difícil, lo violento, lo que pesa… y ser santificados por el Espíritu.
La imagen final—del niño que, al ver el altar del templo, dijo “¡qué bien, un lugar para descansar!”— enlaza con la promesa del Maestro: “hallaréis descanso para vuestras almas”. El altar, entonces, es escuela de gracia y reposo. No ganamos un premio; conocemos al Dador. Y Su descanso llega por la senda de los convenios.
Enseñanzas
- El altar apunta a Cristo: Toda adoración verdadera —sacramental o del templo— representa Su sacrificio y nos invita a venir con “corazón quebrantado y espíritu contrito”.
- Los convenios nos protegen y empoderan: Honrarlos abre acceso real a misericordia, guía y poder. La constancia en la Santa Cena y la preparación para la investidura y el sellamiento nos anclan en Cristo.
- Reconciliación antes de la ofrenda: El Señor pide arreglar cuentas del corazón antes de acercarnos al altar; el perdón desbloquea la adoración.
- Entregar la voluntad: “¿Qué pongo hoy sobre el altar?”: orgullo, rencor, miedo. La entrega voluntaria es la forma práctica del amor a Dios.
- Santificación continua por el Espíritu: La Santa Cena, vivida con intención, renueva la remisión y afina la conciencia para oír al Espíritu en la semana.
- Descanso en Cristo: En el altar, el convenio se vuelve descanso: Su yugo es fácil porque Él tira con nosotros.
Enfoque doctrinal
- Tipología del altar: Desde Adán y Eva hasta Lehi y Abraham, el altar es sombra y figura del Sacrificio del Hijo. Toda ofrenda auténtica remite a Su Expiación.
- Teología del convenio: Un convenio es una relación recíproca con Dios: ofrecemos lealtad y Él promete poder redentor. Las ordenanzas (Santa Cena, investidura, sellamiento) son puntos de unión con Cristo.
- Gracia habilitadora: No es solo perdón; es potencia transformadora para resistir el mal, cargar con pérdidas y crecer en santidad “línea por línea”.
- Economía del Espíritu: La santificación acontece por la compañía constante del Espíritu Santo, que aplica los méritos de Cristo y convierte la práctica del convenio en vida nueva.
- Cristo como reposo: El clímax del convenio no es solo obediencia, sino descanso en Él: paz, pertenencia y esperanza más fuerte que la muerte.
El mensaje del élder Jaggi es claro: el altar permanece. Permanece en la capilla y en el templo, pero sobre todo permanece en el corazón que decide hacer y honrar convenios. Allí, Cristo nos viste de Su poder, cambia rencor por mansedumbre, miedo por fe, culpa por paz.
Al acercarnos a Sus altares —con pan partido que nos recuerda un cuerpo quebrantado, con agua que señala vida eterna— no compramos bendiciones: conocemos mejor al Dador. Y en esa relación de convenio encontramos lo prometido: misericordia que alcanza, protección que sostiene, santificación que transforma, sanación que restaura y descanso que perdura.
Que cada semana llevemos algo real a la mesa, y cada vez que entremos en Su Casa, salgamos un poco más semejantes a Él. Porque en Su altar, el corazón no solo promete: renace.
























