Conferencia General Octubre 2025


Animándonos unos a otros

Por la hermana J. Anette Dennis
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Solo el Señor conoce plenamente nuestras limitaciones y capacidades individuales y, debido a ello, Él es el único plenamente calificado para juzgar nuestro desempeño.



Hace poco leí sobre una experiencia que me conmovió profundamente. Tuvo lugar en el Campeonato Nacional de Atletismo Máster de EE. UU., una competencia para personas de la tercera edad.

Uno de los participantes en el evento de 1500 metros era Orville Rogers, de cien años. El autor escribe:

“Cuando sonó el disparo de salida, los participantes comenzaron a correr y Orville se colocó de inmediato en el último lugar, donde permaneció solo durante toda la carrera, arrastrando los pies muy lentamente. [Cuando] terminó el último corredor aparte de Orville, a él todavía le faltaban dos vueltas y media. Cerca de tres mil espectadores se sentaron en silencio, mirándole a él lentamente recorrer la pista, completa, silenciosa e incómodamente solo.

“[Pero] cuando comenzó su última vuelta, la multitud se puso de pie, vitoreando y aplaudiendo. Para cuando llegó a la recta final, la multitud rugía. Con el ánimo de miles de espectadores, Orville recurrió a sus últimas reservas de energía. La multitud estalló de alegría cuando cruzó la línea de meta y fue abrazado por sus competidores. Orville saludó con humildad y gratitud a la multitud y salió de la pista con sus nuevos amigos”.

Esta era la quinta carrera de Orville en la competencia, y en cada uno de los otros eventos también había quedado en último lugar. Algunos podrían haberse sentido tentados a juzgar a Orville, pensando que ni siquiera debería haber competido a su edad —que no tenía cabida en la pista porque prolongaba sobremanera sus eventos para todos los demás.

Pero a pesar de que siempre terminaba último, Orville rompió cinco récords mundiales ese día. Nadie que lo viera correr hubiera creído que eso fuera posible, pero ni los espectadores ni sus competidores eran los jueces. Orville no rompió ninguna regla y los directivos no rebajaron ningún estándar. Corrió la misma carrera y cumplió los mismos requisitos que todos los demás competidores. Pero su grado de dificultad, en este caso su edad y su limitada capacidad física, se tuvo en cuenta al colocarlo en la división de cien años y más. Y en esa división, rompió cinco récords mundiales.

Así como Orville necesitó gran valor para salir a esa pista cada vez, también se requiere gran valor para que algunas de nuestras hermanas y hermanos entren al campo de juego de la vida cada día, sabiendo que pueden ser juzgados injustamente a pesar de que están haciendo lo mejor que pueden, contra todo pronóstico, para seguir al Salvador y honrar sus convenios con Él.

No importa en qué parte del mundo vivamos ni cuál sea nuestra edad, todos tenemos la necesidad humana básica de tener un sentido de pertenencia, sentir que somos queridos y necesarios y que nuestra vida tiene propósito y significado, sin importar nuestras circunstancias o limitaciones.

En la última vuelta de la carrera, la multitud animó a Orville con entusiasmo, dándole fuerzas para seguir adelante. No importaba que hubiera quedado último. Para los participantes y el público, se trataba de mucho más que una competencia. En muchos sentidos, fue un hermoso ejemplo del amor del Salvador en acción. Cuando Orville terminó, todos se regocijaron juntos.

Al igual que en el Campeonato Máster, nuestras congregaciones y familias pueden ser lugares de reunión en los que nos animamos unos a otros, comunidades de convenios impulsadas por el amor de Cristo unos por otros, ayudándonos mutuamente a superar cualquier desafío que afrontemos, dándonos fortaleza y ánimo sin juzgarnos. Nos necesitamos. La fortaleza divina proviene de la unidad y es por eso que Satanás se empeña en dividirnos.

Desafortunadamente, para algunos de nosotros, asistir a la Iglesia en ocasiones puede ser difícil por muchas razones diferentes. Podría tratarse de alguien que lucha con preguntas sobre la fe o alguien con ansiedad social o depresión. Podría tratarse de alguien de otro país o raza, o alguien con experiencias de vida o perspectivas diferentes que quizás sienta que no encaja en el molde. Incluso podrían ser padres de bebés y niños pequeños, privados de sueño y emocionalmente sobrecargados, o alguien soltero en una congregación llena de matrimonios y familias. Podría también tratarse de alguien que se arma de valor para regresar tras años de estar alejado, o alguien con un sentimiento persistente de que no está a la altura y nunca pertenecerá.

El presidente Russell M. Nelson dijo: “Si un matrimonio de su barrio se divorcia, si un joven misionero regresa a casa antes de tiempo o si un adolescente tiene dudas en cuanto a su testimonio, ellos no necesitan que ustedes los juzguen; necesitan experimentar el amor puro de Jesucristo reflejado en las palabras y acciones de ustedes”.

Nuestra experiencia en la iglesia tiene el propósito de proporcionar conexiones vitales con el Señor y entre nosotros, que son tan necesarias para nuestro bienestar espiritual y emocional. Inherente a los convenios que hacemos con Dios, comenzando con el bautismo, está nuestra responsabilidad de amarnos y cuidarnos unos a otros como miembros de la familia de Dios, miembros del cuerpo de Cristo, y no solo marcar una casilla en una lista de cosas que se espera que hagamos.

El amor y el cuidado a la manera de Cristo son más elevados y santos. El amor puro de Cristo es la caridad. Como enseñó el presidente Nelson: “La caridad nos impulsa a ‘llevar las cargas los unos de los otros’[Mosíah 18:8] en lugar de apilar las cargas los unos sobre los otros”.

El Salvador dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros”. Y el presidente Nelson agregó: “La caridad es la característica principal de un verdadero seguidor de Jesucristo […]. El mensaje del Salvador es claro: Sus verdaderos discípulos edifican, elevan, alientan, persuaden e inspiran […]. El modo en que hablamos a los demás y de los demás […] en verdad importa”.

La enseñanza del Salvador al respecto es muy sencilla. Se resume en la regla de oro: Haz con los demás lo que quieras que los demás hagan contigo. Ponte en el lugar de esa persona y trátala de la manera en que te gustaría que te trataran a ti si estuvieras en su lugar.

El trato hacia los demás a la manera de Cristo va mucho más allá de nuestras familias y congregaciones. Incluye a nuestras hermanas y hermanos de otras religiones o de ninguna religión. También incluye a nuestros hermanos y hermanas de otros países y culturas, así como de distintas ideologías políticas. Todos formamos parte de la familia de Dios y Él ama a todos Sus hijos. Él desea que Sus hijos lo amen a Él y también los unos a los otros.

La vida del Salvador fue un ejemplo de cómo amar, reunir y elevar incluso a aquellos a quienes la sociedad había juzgado como marginados e impuros. Se nos manda seguir Su ejemplo. Estamos aquí para desarrollar atributos semejantes a los de Cristo y, con el tiempo, llegar a ser como nuestro Salvador. Su Evangelio no se trata de listas de verificación, sino es un Evangelio de llegar a ser, llegar a ser como Él es y amar como Él lo hace. Él quiere que lleguemos a ser un pueblo de Sion.

Cuando estaba próxima a mis treinta años, pasé por un período de profunda depresión y, durante ese tiempo, fue como si la realidad de la existencia de Dios se hubiera desvanecido de repente. No puedo explicar plenamente ese sentimiento, solo decir que me sentía completamente perdida. Desde pequeña, siempre había sabido que mi Padre Celestial estaba allí y que podía hablar con Él; pero durante ese tiempo, ya no sabía si existía un Dios. Nunca antes había experimentado algo así en mi vida, y sentía que todo mi fundamento se estaba desmoronando.

Debido a eso, me resultaba difícil asistir a la Iglesia. Iba, pero en parte por temor a que me etiquetaran como “inactiva” o “menos fiel”, y tenía miedo de convertirme en un proyecto asignado a alguien. Lo que realmente necesitaba durante ese tiempo era sentir amor genuino, comprensión y apoyo de quienes me rodeaban, no ser juzgada.

Algunas de las suposiciones que temía que la gente hiciera sobre , yo misma las había hecho sobre otras personas cuando ellas no asistían a la Iglesia con regularidad. Esa dolorosa experiencia personal me enseñó algunas lecciones valiosas sobre por qué se nos ha mandado no juzgarnos injustamente unos a otros.

¿Hay entre nosotros quienes sufren en silencio, temerosos de que los demás conozcan sus luchas ocultas porque no saben cuál será la reacción?

Solo el Señor conoce plenamente el nivel real de dificultad con el que cada uno de nosotros corre la carrera de la vida: las cargas, los desafíos y los obstáculos que enfrentamos, que a menudo los demás no pueden ver. Solo Él comprende plenamente las heridas y los traumas que marcaron nuestra vida en el pasado y que aún nos afectan en el presente.

A menudo, incluso nos juzgamos a nosotros mismos con dureza, pensando que deberíamos estar mucho más avanzados en el camino. Solo el Señor conoce plenamente nuestras limitaciones y capacidades individuales y, debido a ello, Él es el único plenamente calificado para juzgar nuestro desempeño.

Hermanas y hermanos, ¡seamos como los espectadores del relato y animémonos unos a otros en nuestro trayecto del discipulado, sin importar nuestras circunstancias! Eso no requiere que rompamos las reglas o rebajemos los estándares. En realidad, se trata del segundo gran mandamiento: amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Y como dijo nuestro Salvador: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos […] más pequeños, a mí lo hicisteis”, tanto lo bueno como lo malo. Él también nos ha dicho: “Si no sois uno, no sois míos”.

Habrá momentos en la vida de cada uno de nosotros en los que seremos quienes necesitan ayuda y aliento. Comprometámonos ahora a hacer siempre eso los unos por los otros. Al hacerlo, desarrollaremos una mayor unidad y crearemos un espacio para que el Salvador lleve a cabo Su sagrada obra de sanarnos y transformarnos a cada uno de nosotros.

A cada uno de ustedes: si quizás sientes que te has quedado muy atrás en esta carrera de la vida, en esta jornada terrenal, por favor, sigue adelante. Solo el Salvador puede juzgar plenamente dónde deberías estar en este momento, y Él es compasivo y justo. Él es el Gran Juez de la carrera de la vida y el único que comprende plenamente el nivel de dificultad con el que estás corriendo, caminando o arrastrando los pies. Él tomará en cuenta tus limitaciones, tu capacidad, tus experiencias de la vida y las cargas ocultas que llevas, así como los deseos de tu corazón. De hecho, es posible que  también estés rompiendo récords mundiales simbólicos. Por favor, no pierdas la esperanza. ¡Sigue adelante! ¡Por favor, quédate! ¡Tú  perteneces! ¡El Señor te necesita y nosotros también!

Dondequiera que vivas en el mundo, por muy remoto que sea, recuerda siempre que tu Padre Celestial y tu Salvador te conocen completamente y te aman perfectamente. Ellos nunca se olvidarán de ti. Quieren traerte a casa.

Mantén tu mirada en el Salvador; Él es tu barra de hierro. No lo sueltes. Testifico que Él vive y que puedes confiar en Él. También testifico que Él te está animando.

Ruego que todos sigamos el ejemplo del Salvador y nos animemos unos a otros, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.


Un enfoque doctrinal y enseñanzas


La hermana J. Anette Dennis nos regala una imagen que queda grabada en el alma: un estadio entero en pie, animando a Orville Rogers, un corredor de 100 años que llega último… y rompe cinco récords. Nadie le rebajó el estándar; todos, simplemente, midieron su desempeño con justicia y compasión, considerando su contexto real. Con esa escena, ella nos enseña a mirar como mira Cristo.

El hilo del discurso es claro y humano: en la Iglesia, en la familia y en la comunidad del convenio, no competimos unos contra otros; peregrinamos unos con otros. Nuestras capillas deberían parecerse a aquel estadio: lugares donde el cansado recibe aliento, el diferente encuentra pertenencia y el que regresa siente un abrazo, no un escrutinio. La autora no habla desde la teoría: abre su propia herida —un período de depresión y desconcierto espiritual— y confiesa cómo temía ser etiquetada. Esa vulnerabilidad convierte el mensaje en una pedagogía del corazón: juzgamos menos cuando hemos sufrido más; animamos mejor cuando hemos sido sostenidos.

La regla de oro atraviesa todo: “Haz con los demás como quieres que hagan contigo.” En la práctica, eso significa priorizar la caridad sobre la sospecha, la empatía sobre la etiqueta, la comunión sobre la uniformidad. El amor de Cristo no afloja el estándar; afloja el rigor del juicio humano para que la gracia tenga espacio de obrar.

Enseñanzas principales

  1. Solo Cristo ve el cuadro completo.
    Él conoce cargas, historias y límites invisibles; por eso solo Él puede juzgar plenamente (y lo hace con perfecta justicia y misericordia).
  2. La Iglesia es un “estadio” de ánimo, no un tribunal.
    Congregaciones y familias deben ser comunidades de convenios que levantan, acompañan y celebran el progreso del otro.
  3. Caridad ≠ rebajar estándares.
    Los principios permanecen; lo que cambia es la postura del corazón: menos señalamiento, más sostén.
  4. La palabra y el tono importan.
    Los verdaderos discípulos “edifican, elevan, alientan” (Pres. Nelson); el modo de hablar forma o deforma el alma del otro.
  5. La pertenencia es una necesidad espiritual.
    El “te necesito aquí” del cuerpo de Cristo combate la soledad, la vergüenza y el “no encajo”.

Enfoque doctrinal

  • Caridad como ley mayor del discipulado.
    La caridad —amor puro de Cristo— es la marca del verdadero seguidor (Juan 13:35). No es sentimentalismo: es pacto que nos compromete a llevar cargas (Mosíah 18:8–9).
  • Cuerpo de Cristo y diversidad de miembros.
    En el cuerpo, cada miembro es necesario (1 Cor. 12). El “récord” de cada uno se mide según su “categoría” de dificultad —sus circunstancias reales ante Dios—, no por comparaciones planas.
  • Juicio recto vs. juicio apresurado.
    “No juzguéis según las apariencias” (Juan 7:24). La justicia divina integra contexto, intención y deseo del corazón; la humana suele ignorarlos.
  • Unidad como poder espiritual.
    “Si no sois uno, no sois míos” (DyC 38:27). La unidad atrae la gracia; la división es estrategia del adversario.
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