Conferencia General Octubre 2025


Mira hacia Dios para que vivas

Por el élder D. Todd Christofferson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Es solo mediante el mirar [o acudir] a Dios que las personas, las familias y aun las naciones pueden florecer.


En junio de este año, ocurrió un terrible accidente en el país de Lesoto, en el sur de África. Un minibús que transportaba a veinte mujeres jóvenes de la Rama Maputsoe y a siete de sus líderes se dirigía a la capital, Maseru, para un encuentro de las Mujeres Jóvenes del distrito. Mientras transitaban una carretera de dos carriles a primeras horas de la mañana, un auto que circulaba en dirección opuesta, al intentar rebasar a otro vehículo, se cruzó al carril en el que iba el minibús. No hubo ni tiempo ni espacio para evitar la colisión frontal y en pocos segundos los vehículos chocaron, se salieron de la carretera y estallaron en llamas.

En total, quince personas fallecieron en el accidente, incluyendo seis mujeres jóvenes, dos líderes de las Mujeres Jóvenes, y el presidente de la rama y su esposa. Los sobrevivientes, familiares y amigos han expresado diversas emociones, incluyendo momentos de ira, depresión y hasta culpabilidad. Pese a esos sentimientos y a las preguntas sin respuesta, se han consolado unos a otros acudiendo a Dios a través de la música sagrada, las Escrituras y la oración, donde han hallado solaz. Setso’ana Selebeli, una sobreviviente de diecisiete años, testificó: “Jesucristo nos ama y está con nosotros, aun cuando nos duele el corazón”.

Una joven y una líder que estuvieron hospitalizadas para tratarse las quemaduras estudiaron el Libro de Mormón juntas. Una de ellas dijo: “Recientemente hemos leído Moroni, y él dice exactamente lo que yo he sentido […]. Cuando habla, es como si dijera: ‘Tienes que estudiar estas palabras, pues están escritas para ti, para ayudarte a superar esto’”.

En el servicio fúnebre en conjunto de los fallecidos, el élder Siyabonga Mkhize, Setenta de Área, aconsejó: “Todos debemos acudir al Señor en estos momentos y pedirle que nos consuele el corazón y […] que calme el dolor que sentimos”. La presidenta de las Mujeres Jóvenes de la vecina Rama Leribe, Mampho Makura, exhortó: “Acudan al Señor y procuren la fuerza para aceptar Su voluntad. Jesucristo es ‘el autor y consumador de la fe’ [Hebreos 12:2]. No se aparten, sino miren hacia Él”.

Miren hacia Él. Sus palabras se asemejan al consejo de Alma a su hijo Helamán: “Asegúrate de acudir a Dios para que vivas”. Alma citó la experiencia de Lehi y su pueblo con la Liahona como analogía: “Tan fácil es prestar atención a la palabra de Cristo, que te indicará un curso directo a la felicidad eterna, como lo fue para nuestros padres prestar atención a esta brújula que les señalaba un curso directo a la tierra prometida”. Alma le dijo: “Si [ellos] [querían] mira[r], [ellos] vivi[rían] […], y que si [nosotros] queremos mira[r], [nosotros] podremos vivir para siempre”.

En otra ocasión, Alma citó el ejemplo de la serpiente de bronce que levantó Moisés, cuando los antiguos israelitas fueron afligidos por serpientes ardientes. El Señor mandó a Moisés que hiciera la figura de una serpiente y la pusiera sobre un asta, con la promesa de “que cualquiera que sea mordido y la mire, vivirá”. Alma explicó que la figura de bronce era un símbolo de Cristo, quien sería levantado en la cruz. Muchos sí miraron y vivieron, pero otros, en palabras de Alma, “fueron tan obstinados” que simplemente no quisieron mirar y perecieron”.

Alma preguntó:

“Si fuerais sanados con tan solo mirar para quedar sanos, ¿no miraríais inmediatamente?; o, ¿preferiríais endurecer vuestros corazones en la incredulidad, y ser perezosos y no mirar, para así perecer?”

Desde luego, el consejo “acud[e] [o mira] a Dios para que vivas” tiene significado para nosotros no solo en la eternidad, sino que también marca la diferencia en cuanto al carácter y la calidad de nuestra vida terrenal. Recuerden las palabras ya citadas de la joven hermana Selebeli, en Lesoto: “Jesucristo nos ama y está con nosotros, aun cuando nos duele el corazón”.

Es propio de la naturaleza de un mundo caído —donde el diablo prevalece y todos somos imperfectos—, que habrá desilusiones y ofensas, sufrimiento y pesar, fracasos y pérdidas, persecuciones e injusticia. Es solo mediante el mirar [o acudir] a Dios que las personas, las familias y aun las naciones pueden florecer. El presidente Russell M. Nelson enseñó: “Debido a que el Salvador, por medio de Su expiación infinita, nos redimió a todos nosotros de la debilidad, los errores y el pecado, y debido a que experimentó cada dolor, preocupación y carga que ustedes hayan tenido alguna vez [véase Alma 7:11–13], entonces, conforme se arrepientan verdaderamente y busquen Su ayuda, podrán elevarse por encima de este mundo precario actual”.

Ninguna promesa se repite más en el Libro de Mormón que esta: “Si guardáis mis mandamientos, prosperaréis en la tierra; pero si no guardáis mis mandamientos, seréis desechados de mi presencia”. La experiencia vivida por los pueblos del Libro de Mormón a través de los siglos demuestra la veracidad de esas palabras. “Prospera[r]” significó que disfrutaron de la guía y las bendiciones del cielo en su vida. “Prospera[r]” significó alcanzar niveles de bienestar económico que les permitieron casarse, formar familias, cubrir las necesidades de la vida (a veces en abundancia), y ministrar a las necesidades de otros. “Prospera[r]” incluyó la capacidad de elevarse por encima de las dificultades y pruebas. Por medio de la gracia del Señor, “todas las cosas obra[ron] juntamente para [su] bien”, los refinaron y profundizaron su relación con Él.

Alma explicó que acudir a Dios es guardar los mandamientos, implorar a Él continuamente por Su sostén, consultarle en todos nuestros hechos y dejar que nuestro corazón rebose de gratitud día y noche. Los mandamientos y consejos de Dios se hallan en las Escrituras y en las palabras de Sus siervos. Los principios e ideales expuestos en “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” son un ejemplo extraordinario. Otro es la guía que se encuentra en el cuadernillo Para la Fortaleza de la Juventud. El lema de los Hombres y las Mujeres Jóvenes de este año es “Mira hacia Cristo”, que se tomó de la consoladora indicación del Señor a José Smith y Oliver Cowdery: “Mirad hacia mí en todo pensamiento; no dudéis; no temáis”. Para la Fortaleza de la Juventud trata varios de los mandamientos y las normas de Dios más indispensables, y enseña cómo mirar hacia el Señor para tomar buenas decisiones. Es una guía no solo para los jóvenes, sino para todos nosotros.

Un ejemplo muy importante de esto es la guía esencial que contiene Para la Fortaleza de la Juventud en el capítulo titulado “Tu cuerpo es sagrado”; en él se enseña: “Trata tu cuerpo, y el cuerpo de otras personas, con respeto. Al tomar decisiones en cuanto a tu ropa, peinado y apariencia, pregúntate: “¿Estoy honrando mi cuerpo como un don sagrado de Dios?”.

Para la Fortaleza de la Juventud además afirma: “Mantener el sexo y los sentimientos sexuales como algo sagrado. No deben ser tema de chistes ni de entretenimiento. Fuera de una relación de matrimonio entre un hombre y una mujer, es incorrecto tocar las partes privadas y sagradas del cuerpo de otra persona, incluso si es por encima de la ropa. En tus decisiones sobre lo que haces, miras, lees, escuchas, piensas, publicas o escribes en los mensajes de texto, evita cualquier cosa que despierte emociones lujuriosas en otras personas o en ti mismo, de manera intencional”.

Esto nos recuerda la reciente admonición del presidente Nelson:

“Hay pocas cosas que compliquen la vida más rápidamente que el violar esta ley [de castidad] divina. Para quienes han hecho convenios con Dios, la inmoralidad es una de las maneras más rápidas de perder el testimonio […].

“El poder para crear vida es el único privilegio de la divinidad que el Padre Celestial permite ejercer a Sus hijos terrenales. Por consiguiente, Dios estableció unas pautas claras para el uso de este poder viviente y divino. La intimidad física es exclusivamente para un hombre y una mujer que estén casados el uno con el otro.

“Una gran parte del mundo no cree en esto, pero la opinión pública no es el árbitro de la verdad. El Señor ha declarado que solo las personas castas llegarán al Reino Celestial […]. Y si no han sido castos, les ruego que se arrepientan. Vengan a Cristo y reciban Su promesa de perdón completo conforme se arrepientan plenamente de sus pecados [véanse Isaías 1:16–18Doctrina y Convenios 58:42–43]”.

Recuerden que, en la promesa del Libro de Mormón, lo opuesto a la prosperidad no era la pobreza, sino el ser separados de la presencia del Señor. Su presencia se refiere a la influencia de Su Espíritu en nuestra vida. Todos están investidos con la luz de Cristo al venir al mundo, además, algunos actúan para ser bautizados y recibir el don y la luz adicional del Espíritu Santo. Él brinda inspiración y guía, mejora y refina nuestros dones y capacidades innatos, y ayuda a evitar las malas influencias, las malas decisiones y los callejones sin salida.

Al igual que ustedes, conozco a algunos que antes disfrutaban del don del Espíritu Santo, pero que por el incumplimiento de los mandamientos de Dios han perdido esa bendición. Me viene a la mente alguien en particular, a quien se le retiró su condición de miembro de la Iglesia por causa de transgresión. Dijo que su reacción inicial fue sentirse ofendido; se sentía juzgado por líderes imperfectos. Sabía que su conducta personal había sido incorrecta, pero la justificaba señalando las faltas y los errores de otros. Después de un tiempo, comenzó a sentirse cómodo en un estilo de vida fuera de la Iglesia, sin la obligación de los llamamientos ni expectativas de asistir a los servicios de adoración ni de ministrar a otros.

Aquello continuó por un tiempo, pero comenzó a sentir cada vez más intensamente la ausencia del Espíritu Santo, o sea, la presencia de Dios, en su vida. Por experiencia, sabía lo que era tener, día a día, el consuelo, la guía y la confianza que provienen del Espíritu, y lo extrañaba. Finalmente, hizo lo necesario para arrepentirse, y ser digno una vez más del bautismo de agua y del Espíritu.

No parece haber fin para las diversas fuentes a las que las personas acuden en busca de significado, felicidad y ayuda. La mayoría está “traspasa[ndo] lo señalado”. Mas no debemos “se[r] niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina [o moda]”. Al acudir a Dios, podemos hallar paz en las dificultades y nuestra fe puede seguir creciendo aun en momentos de duda y desafíos espirituales. Podemos recibir fortaleza ante la oposición y aislamiento. Podemos reconciliar lo ideal con la realidad actual. Ciertamente no hay otra manera que la que Dios mismo ha ordenado: “Volveos [miradme] a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay ninguno más”.

Mirar hacia Dios significa que Él no es tan solo una de nuestras prioridades; más bien significa que Él es nuestra mayor prioridad. De nuevo menciono el terrible accidente en Lesoto en junio pasado. Desde su cama del hospital, una de las líderes de las Mujeres Jóvenes que sobrevivió, quien no creía en Dios antes de unirse a la Iglesia, dijo que ahora su propósito es descubrir por qué se le preservó la vida. Dijo: “Sirviendo constantemente a Dios llegaré a la respuesta, si es que llego a una respuesta. Pensaba que amaba a Dios, pero ahora en verdad, en verdad, en verdad, en verdad lo amo. Ahora Él es la prioridad [número uno] en mi vida”.

Doy testimonio del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, quienes en perfecta unidad en palabra, pensamiento, propósito y acción, son el único Dios al que podemos acudir para todo lo bueno. Doy testimonio de la Expiación de Jesucristo, de la cual proviene el poder para cumplir la maravillosa promesa: “Mirad hacia mí, y perseverad hasta el fin, y viviréis; porque al que persevere hasta el fin, le daré vida eterna”. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Un enfoque doctrinal y enseñanzas


El élder D. Todd Christofferson abre su mensaje con una historia de dolor y esperanza: un trágico accidente en Lesoto, África, que arrebató la vida a varios santos fieles y dejó una profunda herida en sus familias. Sin embargo, dentro de esa tragedia floreció la fe. Las palabras de una joven sobreviviente —“Jesucristo nos ama y está con nosotros, aun cuando nos duele el corazón”— se convierten en el hilo conductor de todo el discurso: acudir a Dios para vivir.

El relato de las mujeres jóvenes que, aun en el hospital, abren las páginas del Libro de Mormón y hallan consuelo en Moroni, representa el poder transformador de mirar hacia Cristo. Allí, en medio del dolor y las cenizas, encontraron vida espiritual. El élder Christofferson usa esa experiencia como espejo de las enseñanzas de Alma a su hijo Helamán: así como los antiguos israelitas sanaron al mirar la serpiente de bronce, nosotros también podemos hallar sanación y esperanza al mirar a Cristo.

Con su estilo sobrio y doctrinal, el élder Christofferson lleva esta invitación más allá de la metáfora. “Mirar hacia Dios”, explica, no es un acto simbólico ni pasivo. Es una decisión diaria que afecta el modo en que vivimos, pensamos y escogemos. No se trata de incluir a Dios entre nuestras prioridades, sino de hacer de Él la prioridad suprema.

El mensaje se desplaza de la tragedia al principio eterno: en un mundo caído y confuso, la única fuente segura de fortaleza, guía y prosperidad es acudir al Señor. En un lenguaje pastoral y firme, el élder Christofferson enseña que prosperar no significa simplemente obtener abundancia material, sino disfrutar de la presencia del Espíritu, sentir el poder redentor de la Expiación y tener la capacidad de superar pruebas con esperanza.

Asimismo, advierte que apartarse de Dios —ya sea por indiferencia o desobediencia— trae la pérdida de esa presencia divina. Lo ilustra con el caso de un miembro que, tras ser excomulgado, se sintió liberado por un tiempo, pero pronto descubrió el vacío de vivir sin el Espíritu. Su historia demuestra que la verdadera vida no se mide en libertades externas, sino en la cercanía con Dios.

El élder Christofferson también aplica el principio de “mirar hacia Dios” a la ley de castidad. Citando al presidente Nelson, recalca que la pureza moral no es una carga, sino un camino hacia la prosperidad espiritual. Honrar el cuerpo y la ley divina del matrimonio no solo trae protección, sino gozo y claridad espiritual. En un mundo que relativiza la verdad, “mirar hacia Dios” significa sostener Su palabra incluso cuando las modas o las voces culturales la contradicen.

El discurso culmina de manera profundamente personal y esperanzadora. Una de las sobrevivientes del accidente testifica que ahora “Dios es la prioridad número uno” en su vida. Esa afirmación resume el mensaje entero: mirar hacia Dios transforma el dolor en propósito, la pérdida en amor, y la vida terrenal en preparación para la vida eterna.


Enseñanzas principales

  1. Mirar hacia Dios trae vida y sanación: Así como los israelitas miraron la serpiente de bronce y fueron sanados, nosotros también hallamos curación espiritual al volvernos a Cristo con fe y humildad.

  2. Prosperar significa disfrutar de la presencia del Señor: La prosperidad prometida en el Libro de Mormón no se limita al bienestar material, sino a vivir bajo la guía y la influencia constante del Espíritu Santo.

  3. El albedrío nos invita a elegir la obediencia.: Mirar hacia Dios es una decisión continua de obedecer, arrepentirse y mantener el corazón agradecido.

  4. La pureza es una forma de mirar hacia Dios.: Guardar la ley de castidad, respetar el cuerpo y mantener pensamientos puros son expresiones de devoción y fe.

  5. El arrepentimiento restaura la presencia divina.: Aun quienes se han apartado pueden regresar; el Señor, en Su infinita misericordia, los invita a mirar de nuevo hacia Él y vivir.

  6. Dios no es una prioridad entre muchas, sino la prioridad.: Mirar hacia Dios implica centrar toda nuestra vida en Él: nuestras decisiones, metas, deseos y relaciones.


El mensaje del élder Christofferson se centra en una verdad fundamental del plan de salvación: la vida espiritual depende de nuestra orientación hacia Dios. “Mirar hacia Él” no es solo un acto de adoración, sino una ley eterna. Desde la antigüedad, el Señor ha mandado: “Volveos a mí y sed salvos” (Isaías 45:22). Este principio se repite en cada dispensación y culmina en Cristo mismo, quien declara: “Mirad hacia mí en todo pensamiento; no dudéis; no temáis” (Doctrina y Convenios 6:36).

Doctrinalmente, mirar hacia Dios significa ejercer fe en Jesucristo, arrepentirse sinceramente y perseverar hasta el fin. Es una secuencia progresiva de conversión y consagración. Cuando el alma fija su mirada en Cristo, se eleva por encima del mundo caído y participa de Su poder redentor.

El élder Christofferson también enlaza este principio con la doctrina de la prosperidad espiritual. En el Libro de Mormón, prosperar siempre está ligado a la obediencia, no a la fortuna. “Si guardáis mis mandamientos, prosperaréis”, es una promesa de acompañamiento divino. Prosperar, en este contexto, significa vivir bajo el amparo del Espíritu, tener fortaleza frente al sufrimiento y hallar gozo en la fidelidad.

Por último, el discurso subraya la unidad del Dios verdadero: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ellos actúan en perfecta armonía para ofrecer vida eterna al que mira hacia Cristo. La invitación final del élder Christofferson —“Mirad hacia mí y viviréis”— refleja el corazón mismo del Evangelio: la salvación no se encuentra en filosofías, movimientos ni personas, sino solo en el Dios viviente.


El élder D. Todd Christofferson nos recuerda que la dirección de nuestra mirada determina el destino de nuestra vida. Si miramos hacia el mundo, hallaremos confusión, dolor y vacío; pero si miramos hacia Dios, encontraremos paz, propósito y poder.

En medio de tragedias como la de Lesoto o de nuestras propias pruebas personales, el Señor nos extiende la misma invitación que dio en el desierto antiguo: “Mirad hacia mí y vivid”. Vivir en este contexto no significa simplemente respirar, sino florecer en la fe, crecer en fortaleza espiritual y disfrutar de la presencia constante del Espíritu Santo.

El camino hacia Dios no elimina el sufrimiento, pero transforma su significado. Cada herida se vuelve una puerta hacia la comprensión, cada pérdida una oportunidad de amor más profundo, y cada prueba un recordatorio de que Cristo está con nosotros aun cuando nos duele el corazón.

Y cuando lo miramos con todo el alma, Él nos mira también, y en Su mirada descubrimos la vida eterna que prometió:
“Mirad hacia mí, y perseverad hasta el fin, y viviréis.”

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