¿Cuál es Tu Destino?

Obedecer con prontitud


Uno de los mayores dones que tiene el ser humano es la oportunidad de ser obediente. Todas nuestras bendiciones fluyen de la obediencia, que es una ley cardinal del cielo. La rectitud y el crecimiento individual descansan sobre ella. Es un principio eterno disponible para el beneficio y el progreso de la humanidad.

En Doctrina y Convenios se declara este principio de verdad: “Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida, se levantará con nosotros en la resurrección. Y si una persona adquiere más conocimiento e inteligencia en esta vida por su diligencia y obediencia que otra, tendrá tanto más ventaja en el mundo venidero. Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual se basan todas las bendiciones; y cuando obtenemos alguna bendición de Dios, es mediante la obediencia a aquella ley sobre la cual está basada.” (D. y C. 130:18–21.)

El padre Adán nos dio una ilustración clásica de obediencia perfecta cuando el Señor le mandó ofrecer los primogénitos de sus rebaños como sacrificio, lo cual hizo con gozo. Más tarde, un ángel se le apareció y le preguntó: “¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le respondió: No lo sé, salvo que el Señor me lo mandó.” (Moisés 5:6.)

Nuestro verdadero amor a Dios se mide en términos de obediencia y servicio, pues el Salvador ha dicho: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Juan 14:15.)

Jesucristo dio un ejemplo perfecto de obediencia para todos nosotros. “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.” (Hebreos 5:8–9.)

Una oración digna para todos nosotros hoy podría ser: “Ayúdame, oh Señor, a obedecer con prontitud.” La obediencia aumenta la estatura personal. La obediencia aumenta la capacidad personal. La obediencia ayuda a la humanidad a conocer y llegar a ser como Dios.

Otro compromiso personal digno es este: “Ayúdame, oh Señor, a obedecerte mediante tus líderes escogidos.” Ningún Santo de los Últimos Días que no sea obediente a los líderes de la Iglesia tendrá la oportunidad de ser obediente a las impresiones del Señor. En Doctrina y Convenios leemos: “Porque todos los que reciban una bendición de mis manos, cumplirán la ley que fue establecida para dicha bendición, y las condiciones de la misma, tal como fueron instituidas desde antes de la fundación del mundo.” (D. y C. 132:5.) Obedecer la ley del evangelio es sujetarse con obediencia a aquellos que han sido llamados divinamente para presidirnos.

Estamos viviendo tiempos inestables y difíciles. Gran parte de la agitación y confusión del mundo de hoy se debe al temor del hombre de obedecer a Dios por la presión de otros hombres. Ciertamente, si queremos paz, progreso y prosperidad, esto vendrá por medio de la adhesión a los principios de Dios. No tenemos necesidad de temer si guardamos los mandamientos de Dios, pues el apóstol Pedro nos enseñó: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.” (Hechos 5:29.) Comprometámonos a seguir a nuestro profeta y presidente y a obedecer sus amonestaciones. Él es apropiadamente sostenido por nuestra obediencia y su liderazgo conforme a las leyes de Dios.

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