Vivir a la Altura de Nuestras Patriarquías
Oscar W. McConkie Jr.
En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza;
Así creó Dios al hombre a su propia imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Génesis 1:1, 26–27)
Estas palabras del libro de Génesis contienen información revelada acerca de la creación física de la tierra, del hombre y de la mujer. En el capítulo tercero de Moisés, tenemos la verdad adicional de que todas las cosas fueron creadas espiritualmente antes de que fueran creadas físicamente: “Porque yo, el Señor Dios, creé todas las cosas, de las que he hablado, espiritualmente, antes que estuviesen naturalmente sobre la faz de la tierra. . . . Y yo, el Señor Dios, había creado a todos los hijos de los hombres; y aún no había ni un hombre que labrase la tierra; pues en los cielos los creé yo; y aún no había carne sobre la tierra. . . . No obstante, todas las cosas fueron antes creadas; pero espiritualmente fueron creadas y hechas conforme a mi palabra” (Moisés 3:5, 7).
No existe un relato revelado de la creación espiritual, sólo estas referencias que indican que todas las cosas y personas habían sido creadas en los cielos en un tiempo anterior. Sin embargo, se nos ha enseñado de manera autorizada acerca de la creación espiritual. Sabemos que la creación temporal fue conforme a la semejanza de la creación espiritual. El hermano de Jared registró haber visto el espíritu de Jesucristo unos dos mil años antes de que nuestro Señor naciera en la tierra. Jesús dijo: “He aquí, este cuerpo que ahora veis, es el cuerpo de mi espíritu; y al hombre lo creé según el cuerpo de mi espíritu; y así como me ves estar en el espíritu, así apareceré a mi pueblo en la carne” (Éter 3:16). Así conocemos la forma de un espíritu preterrenal.
El gobierno terrenal fue modelado conforme al gobierno celestial. En nuestra existencia premortal, Dios, nuestro Padre Eterno, era el padre de todos los espíritus. Aun en aquellos tiempos pasados, no éramos iguales. Entre los espíritus, “uno habrá más inteligente que el otro” (Abraham 3:18). Algunos serían llamados a ser gobernantes. “A estos haré mis gobernantes” (v. 23). De hecho, uno que era “más inteligente que todos ellos” fue llamado a ser nuestro Salvador, quien dijo: “Heme aquí, envíame” (vv. 19, 27). Jeremías fue llamado a ser profeta antes de nacer sobre la tierra (véase Jeremías 1:5). El apóstol Pablo se refiere a este sistema primitivo de cosas, o gobierno, como la “familia en el cielo” (Efesios 3:15).
El gobierno del Señor era, y es, de naturaleza patriarcal. En los cielos existía un sistema perfecto teocrático y patriarcal. Con la colocación de hombres y mujeres sobre la tierra, el Señor comenzó a modelar el gobierno terrenal conforme al celestial. Adán, nuestro primer padre mortal, estaba a la cabeza. La familia es la unidad básica de la Iglesia y de la sociedad civil. Las necesidades y la preservación de la familia tienen prioridad sobre todas las cosas. Tal como era en los cielos, la familia consiste en un esposo y una esposa. Como fue en los cielos, y como fue con Adán y Eva, el esposo y la esposa son unidos en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio. Adán y Eva establecieron un patrón apropiado y justo para todos sus descendientes. Fueron casados por Dios mismo en el Jardín de Edén. Fue un matrimonio eterno, pues la muerte aún no había sido introducida en el plan. Moisés registra: “Yo, el Señor Dios, . . . hice . . . a una mujer y la traje al hombre” (Moisés 3:22). Si una pareja unida de esta manera recibe la bendición de tener hijos, éstos también llegan a ser miembros de la familia.
En aquellos días tempranos, el propio gobierno de la Iglesia era de naturaleza patriarcal. Desde Adán hasta Noé, el oficial presidente de la Iglesia era siempre tanto un sumo sacerdote como un patriarca, y el oficio descendía de padre a hijo. En la gran revelación sobre el sacerdocio dada al profeta José Smith, se registran estas palabras: “La ordenanza de este sacerdocio se confirmó para ser transmitida de padre a hijo, y pertenece por derecho a los descendientes literales de la simiente escogida, a quienes se hicieron las promesas. Esta orden se instituyó en los días de Adán” (D. y C. 107:40–41).
El Primer Mandamiento
El primer y fundamental precepto y mandamiento dado por Dios al hombre y a la mujer tenía que ver con la paternidad y los deberes de los esposos y las esposas: “Y los bendijo Dios, y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra, y sojuzgadla” (Génesis 1:28). Así, desde el primer precepto pronunciado por los labios de Dios a nuestros primeros padres, comenzó la instrucción respecto a cómo tener familias eternas. Las familias eternas comienzan en el matrimonio celestial aquí en la tierra. Los miembros fieles de dichas familias continúan luego en la unidad familiar en la eternidad. Están en el cielo más alto del mundo celestial. Tienen aumento eterno (véase D. y C. 131:1–4; 132:16–32). Una dotación completa de todas las buenas gracias acompaña a tales familias eternas. Analizaremos más adelante cómo las familias Santos de los Últimos Días comienzan aquí y ahora, mediante la obediencia a las leyes del evangelio, y progresan para disfrutar de paz, gozo y amor, los cuales se gozarán en plenitud eterna en la unidad familiar exaltada.
El Convenio Abrahámico
Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen. . . . Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:14, 27). Así llegamos a comprender que algunas personas oyen, comprenden y creen a Jesús y Sus verdades salvadoras más prontamente que otras. Para algunas personas es más fácil creer el evangelio que para otras. Algunas personas tienen un talento para reconocer y creer verdades salvadoras. El apóstol Pablo habló mucho sobre tales personas escogidas. Él las describe como llegando a ser “coherederos con Cristo” y conformándose a “la imagen” del Hijo de Dios (Romanos 8:17, 29). Pablo usó el nacimiento de Jacob y Esaú como ejemplo de que la ley de la elección se basa en la vida y acciones preterrenales. Escribió que aunque “no habían aún nacido los hijos [Jacob y Esaú]” (es decir, que ambos estaban todavía en el vientre de su madre), uno era “según la elección” y que “el mayor servirá al menor” (Romanos 9:11, 12).
Así como con Jacob y Esaú conforme a sus preparativos preterrenales, así es con todos nosotros. Pablo escribió: “A los santos que están en Éfeso, y a los fieles en Cristo Jesús: . . . Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo: . . . según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor” (Efesios 1:1, 3–4).
¿Por qué es que Jacob vino a este mundo con mayor capacidad espiritual que su hermano Esaú? ¿Por qué los santos en Éfeso y todos los fieles en Cristo fueron preordenados y otras personas no lo fueron? ¿Por qué, en el lenguaje de Pablo, algunos son “los escogidos de Dios” (Romanos 8:33)?
En nuestra discusión sobre una creación espiritual previa a una creación temporal, se halla un enfoque para responder esta pregunta. No nacemos en este mundo con aptitudes espirituales iguales. Vinimos a este mundo con capacidades diversas. Estas capacidades fueron desarrolladas en nuestra vida preterrenal. Me he referido a la incomparable visión del Padre Abraham sobre el mundo de los espíritus antes de la creación física. En ella, Abraham vio las huestes de hombres y mujeres en el mundo espiritual antes de que nacieran, “y entre todos estos había muchos de los nobles y grandes” (Abraham 3:22). De estos espíritus selectos, su Padre dijo: “A estos haré mis gobernantes” (v. 23). Y luego a Abraham, el Padre de los Fieles, se le dijo: “Tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer” (v. 23).
Una respuesta más completa a la pregunta de por qué existe esta diferencia entre las personas la da Alma en el Libro de Mormón. Alma dijo que los sumos sacerdotes en la santa orden del sacerdocio en esta vida fueron, de hecho, “llamados y preparados desde la fundación del mundo, según la presciencia de Dios, a causa de su fe y buenas obras” (Alma 13:3). Desarrollamos nuestros dones espirituales y nuestra aptitud para creer verdades salvadoras mediante nuestra fe y nuestras buenas obras en la existencia preterrenal. Los escogidos de Dios obtuvieron su elección, habiendo estado “en primer lugar . . . en la misma posición que sus hermanos” (v. 5). Allí tenían la capacidad “de escoger el bien o el mal” (v. 3).
No tenemos concepto del tiempo correspondiente a la vida preterrenal. Mediante la obediencia a la ley fuimos investidos con grados diversos de aptitud para creer verdades espirituales. Vivíamos como seres espirituales. Todos éramos hijos espirituales del Padre Eterno.
Dios dio una serie de promesas sagradas a Abraham. Abraham, mediante el don de Dios, fue escogido para recibir de Melquisedec el poder para perpetuar el sistema patriarcal, un sistema que haría de Abraham el padre de los fieles para siempre. Esas promesas sagradas, tomadas en conjunto, se llaman el convenio abrahámico.
La mejor reformulación del convenio abrahámico se encuentra en las Escrituras de la Restauración. Dios hizo que Abraham escribiera: “Y bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y en ti (esto es, en tu sacerdocio) y en tu simiente (esto es, en tu sacerdocio), porque te doy la promesa de que este derecho continuará en ti y en tu simiente después de ti (es decir, la simiente literal, o la simiente del cuerpo), serán benditas todas las familias de la tierra, aun con las bendiciones del Evangelio, que son las bendiciones de salvación, aun de vida eterna” (Abraham 2:11). El élder Bruce R. McConkie reformuló esas promesas sagradas con estas palabras: “Abraham recibió primero el evangelio por medio del bautismo (que es el convenio de salvación); luego se le confirió el sacerdocio mayor, y entró en el matrimonio celestial (que es el convenio de exaltación), obteniendo así la seguridad de que tendría aumento eterno; finalmente recibió la promesa de que todas estas bendiciones serían ofrecidas a toda su posteridad mortal.” Génesis contiene una reformulación parcial de estas promesas. Allí el Señor dijo a Abraham que había sido llamado para “ser padre de muchas naciones” (Génesis 17:14). Continuó: “Y estableceré mi pacto [mi convenio del evangelio] entre mí y ti y tu simiente después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios y el de tu simiente después de ti” (v. 7). En otra ocasión añadió: “Y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra” (Génesis 22:18). Incluidas en estas promesas sagradas a Abraham estaban las promesas de que Cristo vendría por medio de su linaje y de que la posteridad de Abraham recibiría ciertas tierras como herencia eterna (véanse Abraham 2; Génesis 17; 22:15–18; Gálatas 3). El convenio abrahámico fue renovado con Isaac (véanse Génesis 24:60; 26:1–4, 24) y nuevamente con Jacob (véanse Génesis 28; 35:9–13; 48:3–4).
Cumplir el Convenio de Abraham
Analizaremos ahora aquellas porciones del convenio abrahámico que se relacionan con la exaltación personal y el aumento eterno. Estos convenios de máxima importancia se renuevan con cada miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que entra en el orden nuevo y sempiterno del matrimonio celestial. Así, Israel moderno participa del convenio abrahámico.
“Serás una bendición para tu posteridad”, prometió el Señor a Abraham, “que en sus manos llevarán este ministerio y sacerdocio a todas las naciones” (Abraham 2:9). Para cumplir esta promesa de “llevar este ministerio” a “todas las naciones”, varias cosas específicas deben suceder en los últimos días. El evangelio debe ser restaurado. Esto ya se ha hecho. El sacerdocio debe ser conferido a los hombres. Esto se ha hecho. Las llaves del poder sellador para el matrimonio celestial deben ser dadas nuevamente al hombre. Esto se ha hecho. Israel dispersa debe ser reunida, y el Espíritu Santo debe ser derramado sobre los gentiles. Esto está en proceso. Vivimos en días en que la identidad de quienes son “herederos según el convenio” (D. y C. 52:2) y quienes son “herederos legítimos, según la carne” (D. y C. 86:8–11) se está dando a conocer mediante su ingreso a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Israel dispersa está volviendo al redil.
“Os doy una señal”, dijo Dios, “para que sepáis el tiempo en que estas cosas estarán a punto de suceder” (3 Nefi 21:1). Luego detalló cuatro acontecimientos que tendrían lugar: (1) un pueblo libre sería establecido en las Américas; (2) el evangelio sería restaurado; (3) el Libro de Mormón saldría a la luz; y (4) “estableceré mi Iglesia” (vv. 1–22).
Examinemos, con mayor detalle, aquellas promesas del convenio abrahámico que tienen que ver con los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob convirtiéndose en herederos de todas las bendiciones que se les prometieron. Estas promesas sagradas—que se refieren particularmente al hecho de que la simiente literal de estos patriarcas tendría derecho a las bendiciones del evangelio, del sacerdocio, del matrimonio celestial y de la vida eterna (véase Abraham 2:10–11)—se denominan “las promesas hechas a los padres” (D. y C. 2:2). En una visión dada al presidente José F. Smith, se registra: “El profeta Elías había de plantar en los corazones de los hijos las promesas hechas a los padres” (D. y C. 138:47).
El ángel Moroni, quien apareció al profeta José la noche del 21 de septiembre de 1823, dijo: “He aquí, te revelaré el Sacerdocio, por conducto de Elías el profeta, antes que venga el día grande y terrible del Señor. Y él plantará en los corazones de los hijos las promesas hechas a los padres, y los corazones de los hijos se volverán a sus padres. De no ser así, toda la tierra sería completamente asolada en su venida” (D. y C. 2:1–3). Esta promesa angélica se cumplió el 3 de abril de 1836, en el templo de Kirtland, Ohio. “El velo fue quitado de nuestras mentes, y los ojos de nuestro entendimiento fueron abiertos”, escribió el profeta José de sí mismo y de Oliver Cowdery (D. y C. 110:1).
Apareció Elías y cometió la dispensación del evangelio de Abraham, diciendo que en nosotros y en nuestra simiente serían bendecidas todas las generaciones después de nosotros.
Después que esta visión hubo concluido, otra visión grande y gloriosa irrumpió ante nosotros; porque Elías el profeta, quien fue llevado al cielo sin gustar la muerte, estuvo ante nosotros y dijo:
He aquí, el tiempo ha llegado plenamente, del cual se habló por boca de Malaquías—testificando que él [Elías] sería enviado antes que viniera el día grande y terrible del Señor—
A fin de volver el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres, no sea que toda la tierra sea herida con una maldición—
Por tanto, las llaves de esta dispensación son entregadas en vuestras manos. (vv. 12–16)
Este pasaje no dice quién era el “Elías” de la dispensación de Abraham. Si el Elías no fue Abraham mismo, entonces Abraham probablemente sería el único jefe de una dispensación bíblica que no apareció al profeta José. Claramente su dispensación tenía que ver con el orden apropiado del matrimonio y la simiente resultante. Elías restauró las llaves de los poderes de sellamiento. Las promesas hechas a los padres fueron entregadas a los hijos. Dios dijo específicamente al profeta José: “Y como dije a Abraham concerniente a las parentelas de la tierra, así digo a mi siervo José: En ti y en tu simiente serán benditas las parentelas de la tierra” (D. y C. 124:58).
El prometido Elías ha venido. Las llaves de los poderes de sellamiento han sido restauradas, tal como se prometió. Así como fue con José Smith, así será con todos los que sigan la misma ley. “Todos los que entren en el matrimonio celestial reciben la promesa de que en ellos y en su simiente después de ellos serán bendecidas todas las generaciones.” El convenio abrahámico se cumple así en nosotros. Aquellas personas preordenadas que creen en Cristo, aceptan Su evangelio, reciben las bendiciones del templo y perseveran en rectitud son “los elegidos de Dios”, y conforme se les hace segura su elección, están “escondidos con Cristo en Dios” (Colosenses 3:12, 3). Las promesas hechas a los padres han sido dadas a los hijos. “Porque sois herederos legítimos, según la carne, y habéis sido escondidos del mundo con Cristo en Dios” (D. y C. 86:9).
Patriarcas Naturales
Hemos observado así cómo, en la restauración de todas las cosas, la promesa hecha a Abraham de que todas sus bendiciones serían ofrecidas a su posteridad mortal se ha extendido a cada miembro de la casa de Israel que entra en el orden del matrimonio celestial. A Abraham se le prometió que el convenio del evangelio de Dios con él y con sus descendientes sería un convenio eterno: “Y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra” (Génesis 22:18). A cada persona que entra en el orden del matrimonio celestial se le promete “que en nosotros y en nuestra simiente serían bendecidas todas las generaciones después de nosotros” (D. y C. 110:12). Así como fue con Abraham, así será con nosotros.
En un sentido literal, todo poseedor del sacerdocio mayor que entra en el orden patriarcal del matrimonio celestial—y que por ello tiene pronunciadas sobre su cabeza y recibe para sí las bendiciones de Abraham, de Isaac y de Jacob—es un patriarca natural para su familia. No todos esos padres son ordenados al oficio de patriarca en el sacerdocio. En nuestros días, cada estaca de Sion tiene derecho a tener por lo menos uno que sea ordenado al oficio de patriarca en el sacerdocio (véase D. y C. 107:39). Su deber sacerdotal especial es otorgar bendiciones patriarcales a los miembros de la Iglesia. Sin embargo, como estamos a punto de observar, todos los padres tienen deberes sacerdotales especiales respecto a sus familias.
Si afirmamos el título de ser la simiente de Abraham, si afirmamos el título de ser patriarcas naturales, entonces estamos bajo la obligación de actuar como actuó Abraham. Los israelitas de los tiempos del Nuevo Testamento buscaron refugio contra las enseñanzas de Jesús diciendo algo que era legalmente cierto: “Linaje de Abraham somos” (Juan 8:33). La respuesta de nuestro Señor fue devastadora: “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. . . . Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. . . . Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Juan 8:39–44). Nosotros, en verdad, deberíamos ser hijos de Abraham. En el sentido del evangelio, los hijos de Abraham somos aquellos que hacemos las obras de Abraham. ¿Y cuáles son las obras de Abraham? Consideremos los deberes sacerdotales inherentes a ser un patriarca natural, habiendo sido bendecidos como Abraham fue bendecido.
La Familia es Ordenada por Dios
Ya hemos concluido que la unidad familiar en la tierra fue modelada según la unidad familiar en los cielos y que Dios mismo dio origen a la familia. En septiembre de 1995, los líderes de la Iglesia hicieron una proclamación solemne al mundo. “Nosotros, la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, proclamamos solemnemente que el matrimonio entre un hombre y una mujer es ordenado por Dios y que la familia es central en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos. . . . La familia es ordenada por Dios.”
Deberes Sacerdotales de los Patriarcas Naturales
La “Proclamación para el Mundo” expone con detalle los deberes sacerdotales que incumben a los patriarcas naturales. Cita el Salmo 127: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos” (v. 3). Para establecer un tono espiritual a las responsabilidades parentales, itemicemos los requisitos de la proclamación.
1. “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro.”
Primero y principalmente entre los deberes sacerdotales de un esposo está el amar a su esposa. Este tema se repite en las Escrituras: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella; . . . Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos” (Efesios 5:25, 28). El presidente Spencer W. Kimball enseñó que lo más importante que un padre puede hacer por sus hijos es amar a su madre.
Regresemos al patrón celestial establecido en el tiempo de Adán y Eva: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). La esposa de un patriarca natural ocupa el primer lugar—antes que él mismo, antes que sus padres, antes que sus hijos. El deber natural del esposo es apreciar y amar a su esposa.
La proclamación añade dos palabras más: “cuidar de.” No basta con amar y apreciar. Un esposo tiene el deber afirmativo de cuidar de su esposa. Una escritura de la Restauración no podría ser más clara: “Las mujeres tienen derecho a recibir el sostén de sus esposos” (D. y C. 83:2). Para Pablo, quien no “provee . . . para los de su propia casa . . . es peor que un incrédulo” (1 Timoteo 5:8).
La esposa estaba arrodillada en el mismo altar con su esposo cuando se les dijo “que en nosotros y en nuestra simiente serían bendecidas todas las generaciones después de nosotros” (D. y C. 110:12). Ella comparte la misma responsabilidad de amar a su esposo. El gran artesano de palabras, Pablo, usa estas expresiones: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor.” También escribió que la esposa debe “respetar a su marido” (Efesios 5:22, 33).
2. “Declaramos que el mandamiento de Dios para que Sus hijos se multipliquen y llenen la tierra permanece en vigor.”
El primer y fundamental precepto y mandamiento de Dios sigue vigente y en efecto. El matrimonio es una institución divina en la cual vivimos nuestras vidas verdaderas y completas. El celibato es contrario a la naturaleza y al Dios de la naturaleza. Las relaciones conyugales en el matrimonio tienen aprobación apostólica específica: “La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; y asimismo el marido tampoco tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. . . . Juntaos . . . para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia” (1 Corintios 7:4–5). Tener hijos es un mandato divino. Es un deber sacerdotal de un patriarca natural.
3. “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amar y cuidar . . . a sus hijos.”
El amor siempre está asociado con y manifestado mediante el servicio. “Si me amas, servirás a mí” (D. y C. 42:29). Es un deber sacerdotal de un patriarca natural amar y servir a sus hijos. El amor es particularmente importante en la unidad familiar. Los padres deben ser amables y tiernos con sus hijos.
El gran rey Benjamín nos instruyó respecto a cómo “vivir pacíficamente” en un entorno familiar, diciendo: “No permitiréis que vuestros hijos anden hambrientos o desnudos; ni permitiréis que quebranten las leyes de Dios, y peleen y riñan unos con otros” (Mosíah 4:13–14). En un ensayo sobre el convenio abrahámico y sus patriarquías acompañantes, debe señalarse que nuestros hijos son los hijos del convenio. Según los términos del convenio que Dios hizo con Abraham, toda la simiente literal de este gran profeta tiene derecho a recibir el evangelio, el sacerdocio y todas las ordenanzas de salvación y exaltación. Es deber sacerdotal de los patriarcas naturales—quienes han recibido estas mismas promesas—velar para que sus hijos reciban todas estas cosas. Cuando nuestros hijos reciben todas estas bendiciones prometidas, “llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón y la simiente de Abraham, y la iglesia y el reino, y los elegidos de Dios” (D. y C. 84:34). Es deber del padre procurar que sus hijos lleguen a ser “hijos de luz” (Juan 12:36).
4. “Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos en amor y rectitud.”
El amor y la rectitud son la base de la paz y la felicidad en esta vida y de la exaltación en la vida venidera. La rectitud es la cualidad y el tipo de vida que resulta de la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio. La enseñanza de la rectitud comienza con el nacimiento del niño. Los patriarcas naturales rectos deben dar nombre y bendecir a sus hijos: “Todo miembro de la iglesia de Cristo que tenga hijos los presentará ante los ancianos de la iglesia, quienes les impondrán las manos en el nombre de Jesucristo, y los bendecirán en su nombre” (D. y C. 20:70). Esto inicia el proceso de enseñanza. Moisés nos dijo cómo criar a nuestros hijos y enseñarles a “amar al Señor” con todo su corazón, alma y fuerzas: “Y estas palabras . . . las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:5, 7). Este es un deber sacerdotal de un patriarca natural.
5. “Por designio divino, los padres deben presidir sus familias con amor y rectitud.”
Los patriarcas naturales deben actuar como patriarcas. Deben dirigir en vida recta, “porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia” (Efesios 5:23). Los esposos deben emular a nuestro Señor en ternura y compasión. Al hablar sobre “el pacto que hice con sus padres,” el Señor dijo: “Fui para ellos como un esposo” (Jeremías 31:32).
No confundamos el concepto de presidir con el concepto de igualdad o desigualdad. Los esposos y las esposas pueden ser iguales en los atributos de la divinidad, tales como conocimiento, fe o poder, justicia, juicio, misericordia y verdad. Pueden ser iguales o desiguales en inteligencia o buenas obras. Sean sus talentos separados como sean, “las madres son principalmente responsables de la crianza de sus hijos. En estas responsabilidades sagradas, los padres y las madres están obligados a ayudarse mutuamente como socios iguales.”
6. “Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos . . . para proveer a sus necesidades físicas y espirituales.”
Los patriarcas naturales rectos tienen la obligación de criar a sus hijos. Los hijos no deben ser dejados para criarse a sí mismos. Las familias no son democracias. Algunos hechos son más importantes que otros hechos. Algunas acciones son más importantes que otras acciones. Algunas verdades son eternamente más importantes que otras verdades. Y las opiniones de los padres y madres rectos son más importantes que las opiniones de sus hijos en la crianza familiar.
Bajo circunstancias normales, los padres deben cuidar de las necesidades físicas de sus hijos para que puedan ser nutridos en el hogar por sus madres. Es la crianza espiritual la que merece comentario. Se nos enseñó en nuestro hogar que los padres deben dar el ejemplo de vivir todos los preceptos del evangelio. Si los hijos son enseñados mediante el ejemplo que es permisible desobedecer una ley sin consecuencias, pueden elegir desobedecer una ley mucho más importante pero sin estar preparados para las consecuencias.
Nefi escribió acerca de Lehi aconsejando y bendiciendo a su posteridad. Luego registró: “Escribo las cosas de mi alma, . . . porque mi alma se deleita en las Escrituras, y mi corazón las medita, y las escribe para la instrucción y el provecho de mis hijos” (2 Nefi 4:15). Estamos bajo el mandamiento directo “de que en la medida en que los padres tengan hijos . . . también les enseñarán a orar y a andar rectamente delante del Señor” (D. y C. 68:25, 28).
Parte de satisfacer las necesidades espirituales de los hijos es ayudarlos a recibir bendiciones por ser rectos. Los hijos necesitan bendiciones de Dios. Un deber sacerdotal de un patriarca natural es dar lo que normalmente se llaman bendiciones de padre. En la Iglesia, los niños tienen derecho a ser bendecidos (véase D. y C. 20:70). Esta no es una ordenanza necesaria para la salvación, pero sí es una manera para que un patriarca natural estreche lazos con sus hijos y atienda sus necesidades espirituales. Es apropiado registrar tales bendiciones en los registros familiares. Lo mismo puede decirse de los esposos que actúan como voz al bendecir a sus esposas.
7. “Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos, . . . de enseñarles a amarse y servirse unos a otros.”
Los deberes sacerdotales de los patriarcas naturales están detallados. Incluyen enseñar a los hijos a amarse y servirse unos a otros. Nuestras Escrituras de los últimos días hablan acerca del pecado del egoísmo (véase D. y C. 56:8). Ser egoísta es estar excesivamente preocupado por uno mismo, sin importar los demás. Es lo opuesto a la regla de oro enseñada por el Salvador en el Sermón del Monte: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12). Como todos los padres han experimentado, esto requiere enseñanza paciente entre hermanos pequeños.
El servicio es un hijo del amor. Todo esto proviene de guardar los mandamientos: “Si me amas, me servirás y guardarás todos mis mandamientos” (D. y C. 42:29). Enseñar a los hijos a amarse y servirse unos a otros surge naturalmente en una familia ordenada por Dios. Como sugiere la proclamación: “La felicidad en la vida familiar tiene más probabilidades de lograrse cuando se fundamenta en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que tienen éxito se establecen y se mantienen sobre principios de fe, oración, arrepentimiento, perdón, respeto, amor, compasión, trabajo y actividades recreativas saludables.”
8. “Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos, . . . de obedecer los mandamientos de Dios.”
Tomemos por ejemplo el bautismo. Las Escrituras de la Restauración colocan la responsabilidad de esta ordenanza salvadora directamente sobre el patriarca natural del hogar: “Y además, en la medida en que los padres tengan hijos en Sion, o en cualquiera de sus estacas que estén organizadas, que no les enseñen a entender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, y del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, cuando tengan ocho años de edad, el pecado recaiga sobre la cabeza de los padres” (D. y C. 68:25).
Recuerdo mi octavo cumpleaños. El recuerdo de ese día fue por diseño—por diseño de mi padre. Fue hace más de setenta años, el 26 de mayo de 1934. Con la excepción del día de mi boda, que ocurriría dieciséis años después, fue el día más significativo de mi vida. Y así permanece casi solo en mi memoria.
La constitución de la Iglesia deja en claro que el bautismo es la ordenanza iniciatoria para entrar en la Iglesia en la tierra y en el reino celestial en el mundo venidero (véase D. y C. 20:68–74). Nadie puede ser recibido en la Iglesia “a menos que haya llegado a los años de responsabilidad delante de Dios” (v. 71). Los padres deben enseñar a sus hijos “a entender la doctrina . . . del bautismo . . . cuando tengan ocho años de edad” (D. y C. 68:25). El bautismo es la ordenanza que el Señor ha provisto para que la persona pueda significar su aceptación personal de todos los términos y condiciones del convenio del evangelio. Alma resumió nuestros convenios bautismales de esta manera: “Y ahora bien, por motivo de que deseáis entrar en el redil de Dios y ser su pueblo, y estáis dispuestos a cargar los unos con las cargas de los otros para que sean ligeras; sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y a testificar de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuviereis” (Mosíah 18:8–9). Cuando acordamos servir a Dios y guardar Sus mandamientos para que podamos “ser redimidos de Dios, y ser contados entre los de la primera resurrección”, Dios, por Su parte en el convenio, “derramará su Espíritu más abundantemente sobre nosotros” (vv. 9–10).
Aun Jesús tuvo que ser bautizado, y Él enseñó que “el que no naciere [del agua y del Espíritu], no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:3–5). Existen diferentes razones por las cuales nuestro Señor necesitó ser bautizado. Su expresión a Juan fue: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:15).
En nuestra familia se nos enseñó que, si el bautismo era tan importante, y si podíamos bautizarnos cuando tuviéramos ocho años, no debíamos esperar ni un solo día de más. Anhelábamos nuestro octavo cumpleaños, y los seis hijos fuimos bautizados en nuestros respectivos octavos cumpleaños. El Manual de Instrucciones de la Iglesia dio ánimo a los padres rectos, quienes estaban investidos con el sacerdocio para atar en la tierra y sellar en los cielos, a bautizar ellos mismos a sus hijos. Nuestro padre bautizó a cada uno de nosotros.
Esto fue mi padre ejerciendo su patriarquía en la máxima expresión. Se nos enseñó la doctrina. Como convenio eterno, el bautismo comenzó en esta tierra con nuestro primer patriarca, Adán (véase Moisés 6:64–67), bautizando a su esposa e hijos. El bautismo es la representación simbólica que da testimonio de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (véase Romanos 6:1–12). Es simbólico de un nuevo nacimiento, con los mismos elementos—agua, sangre y espíritu—presentes que se hallan en el primer nacimiento (véase Moisés 6:59–60). Estos elementos también estaban presentes en las circunstancias que rodearon el sacrificio expiatorio de nuestro Señor (véase Juan 19:28–37; 1 Juan 5:5–12). Así, por medio de esta ordenanza, la atención se centra en la Expiación.
Padre y yo participamos juntos en esta poderosa y necesaria experiencia religiosa. Fue más que doctrina. Fue religión vivida, de experiencia. Fue parte de nuestro vínculo. En cuanto a la ocasión, esto es lo que recuerdo. A media tarde, mi madre estaba organizando una fiesta de cumpleaños para mí. Había algunos amigos. Jugamos juegos y tomamos ligeros refrigerios. Luego mi padre llegó temprano del trabajo. Llegó a casa y la fiesta terminó. Mi padre había averiguado con los funcionarios de la ciudad para determinar dónde habría un lugar limpio y apropiado en el río Jordán para un bautismo. Mi familia subió al automóvil y manejamos hasta el lugar predeterminado. Mi familia se paró a la orilla del río. Mi padre me tomó de la mano y caminamos hacia el agua del río Jordán hasta que el agua nos llegó a la cintura. No recuerdo la ropa que ninguno de los dos llevaba. No recuerdo si hubo alguna reunión formal con una oración inicial. No creo que la hubiera. Yo sujeté la mano izquierda de mi padre. Él alzó su brazo derecho al cuadrado y dijo: “Oscar W. McConkie Jr., habiendo sido comisionado por Jesucristo, te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.” Me sumergió. Puse una mano sobre mi rostro y sujeté la mano de mi padre con la otra. Salí del agua. Él me condujo suavemente hasta la orilla del río, y Madre me ayudó a salir. Fui confirmado a la orilla del agua. Mi padre actuó como voz por Dios, o así me lo pareció, y recibí el don del Espíritu Santo.
Todo esto tuvo un efecto profundo en mí—tanto, que cuando cada uno de nuestros ocho hijos cumplió ocho años, yo los bauticé.
9. “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad . . . de enseñar [a sus hijos] . . . a ser ciudadanos obedientes a las leyes.”
El poder civil nos afecta a todos. Ya en 1835, la Iglesia emitió una declaración formal de creencias respecto a los gobiernos y la ley civil. Comienza así: “Creemos que los gobiernos fueron instituidos por Dios para el beneficio del hombre” (D. y C. 134:1). Esto se refiere a la existencia de los gobiernos. El concepto de los gobiernos cuenta con la aprobación de Dios. Los gobiernos son bienes positivos. No son males necesarios. Esto no significa que todos los gobiernos tengan aprobación divina. En efecto, la declaración continúa diciendo que para que un gobierno sea legítimo debe “asegurar a cada individuo el libre ejercicio de conciencia, el derecho y control de propiedad, y la protección de la vida” (v. 2).
La declaración además dice: “Creemos que . . . Dios . . . hace responsables a los hombres por sus actos en relación con ellos [los gobiernos], tanto en hacer leyes como en administrarlas. . . . Creemos que todos los hombres están obligados a sostener y apoyar a los gobiernos bajo los cuales residen” (D. y C. 134:1, 5).
Cuando mis tres hermanos, Bruce, Brit y James, y yo estábamos sirviendo en las fuerzas armadas de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y cuando nuestro padre estaba viviendo a la altura de su patriarquía al sostenernos a todos con cartas semanales, y cuando a los Santos se les pedía por medio de sus diversos gobiernos que sirvieran en ambos lados del conflicto, la Primera Presidencia nos instruyó y consoló diciendo:
La Iglesia cree en la separación de la Iglesia y el estado. La Iglesia no tiene funciones políticas civiles. . . . El estado es responsable del control civil de sus ciudadanos o súbditos, de su bienestar político y de llevar adelante las políticas políticas, internas y exteriores, del cuerpo político. De estas políticas, de su éxito o fracaso, el estado es el único responsable y debe llevar sus cargas. . . . No obstante, como correlato del principio de separación de la Iglesia y el estado, existe una obligación que recae sobre todo ciudadano o súbdito hacia el estado. . . . La Iglesia está y debe estar en contra de la guerra. . . . Pero los miembros de la Iglesia son ciudadanos o súbditos de soberanías sobre las cuales la Iglesia no tiene control. . . . Esta Iglesia es una Iglesia mundial. Sus dedicados miembros están en ambos campos. Son los instrumentos inocentes de guerra de sus soberanías beligerantes. . . . Dios resolverá en su debido tiempo y a su propia manera soberana la justicia y el derecho del conflicto, pero no hará responsables del conflicto a los instrumentos inocentes de la guerra, nuestros hermanos de armas.
Pocas cosas son de tanta preocupación para los Santos como su relación con los poderes constituidos. Las Escrituras antiguas contienen relatos de cómo la Iglesia y el estado usaron sus respectivos poderes. No hay necesidad de repetirlos. Para nosotros, todo esto queda cubierto por el duodécimo Artículo de Fe: “Creemos en estar sujetos a reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.” Este es un concepto central del evangelio y debe ser enseñado por los padres a sus hijos.
10. “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de . . . proveer las necesidades físicas . . . [de sus hijos]. . . . Por designio divino, los padres . . . son responsables de proveer las necesidades de la vida . . . para sus familias.”
En la práctica, esta es la manera en que la mayoría de los padres viven a la altura de sus patriarquías. A nuestro primer padre mortal se le dijo: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan,” y “con dolor comerás de [la tierra]” (Génesis 3:19, 17). Trabajamos, nos afanamos, sudamos y nos desgastamos. Se nos da la tierra, pero debemos “labrarla” y “guardarla” (Génesis 2:15). Dejamos padre y madre y trabajamos para proveer las necesidades físicas de la vida para nuestros hijos. Se nos da dominio sobre la tierra, el mar, el aire, las aves, los animales y toda planta. Pero debemos trabajar para sojuzgar esas cosas por nuestro bien. El trabajo es una parte integral del primer y fundamental precepto y mandamiento de “fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla; y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:28).
Por duro que sea, la mayoría de nosotros hace un trabajo aceptable al proveer para los nuestros. Deberíamos hacerlo. No es opcional. La ley civil, así como la ley eclesiástica, nos lo exige. Cuando tenemos unas horas para descansar de nuestras labores, tenemos el sentimiento virtuoso de que estamos haciendo precisamente aquello que se requiere de nosotros. Los padres deben proveer las necesidades de la vida para sus hijos. Hay sanciones civiles y eclesiásticas para quienes rehúyen este deber, que van desde pasar tiempo en la cárcel hasta no ser dignos de una recomendación para el templo.
La instrucción escritural a este respecto varía desde un requerimiento positivo de que los padres deben encargarse de las necesidades físicas de sus hijos, hasta un burlesco y negativo uso de epítetos para quienes no cumplen con este deber básico. El Señor dijo a los Santos de la dispensación del cumplimiento de los tiempos por conducto de José Smith: “Todos los niños tienen derecho a que sus padres los mantengan hasta que lleguen a la edad [de responsabilidad]” (D. y C. 83:4). El Señor dijo a los Santos antiguos por conducto de Pablo: “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Timoteo 5:8).
11. Finalmente, “por designio divino, los padres . . . son responsables de proveer . . . protección a sus familias.”
Concluimos este ensayo sobre los patriarcas naturales viviendo a la altura de sus patriarquías tal como lo comenzamos. Regresamos al Señor Dios que hizo los cielos y la tierra: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). Dios trajo a una mujer al hombre y decretó que serían “una sola carne” (v. 24). Y dijo: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra” (Génesis 1:28). Nacieron las familias. Es el deber natural de la esposa estar al lado de su esposo y ayudarle. Es el deber natural del esposo apreciar y defender a su esposa y familia como a sí mismo.
¿Cómo provee un patriarca natural protección para su familia en el mundo en que vivimos? Recordemos que el mundo en que vivimos consiste en las condiciones sociales creadas por el hombre caído. Estamos en un mundo de personas carnales, sensuales y lujuriosas. Como el ángel le dijo al rey Benjamín: “El hombre natural es enemigo de Dios” (Mosíah 3:19). La gran meta de un patriarca natural es ayudar a su familia a vencer al mundo. Así es como defiende a su familia.
Casi al final de su ministerio, Juan escribió: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15–17).
Una vez más, y finalmente, recurro a un ejemplo en aquel que tanto me enseñó el significado del convenio abrahámico en nuestros días y que lo puso en práctica en el nombre de Dios: mi padre. Yo estaba en la escuela secundaria y aún no cumplía los dieciocho años. La Marina de los Estados Unidos envió a un representante a nuestra escuela. Él estaba sugiriendo la posibilidad de un programa de entrenamiento de oficiales después de graduarnos. La Segunda Guerra Mundial era una época de compromiso universal con el servicio militar. Aprobé una serie de exámenes que él administró. La Marina me envió a San Francisco para más pruebas, físicas y mentales. Acepté entrar en el programa V-12 de la Marina. Después de graduarme de la escuela secundaria, sería enviado a una universidad con una unidad naval para llegar a ser oficial de la Marina de los Estados Unidos. Por primera vez en mi vida, estaba preocupado. Mi vida en casa, en Salt Lake City, había sido una vida protegida. La familia y la Iglesia me habían protegido del mundo. ¿Estaba listo para la vida en la Marina? Tenía preguntas específicas. ¿Era lo suficientemente maduro para ser firme en la fe? ¿Guardaría el nombre de mi padre en honorable recuerdo? ¿Cuánto poder tiene realmente Satanás? ¿Tenía la fortaleza física y mental y la capacidad para cumplir con las responsabilidades que se me impondrían? ¿Tenía el intelecto? El temor estaba sobre mí.
Fui a mi padre. Él acostumbraba dar bendiciones formales y escritas de padre a sus hijos cuando salían a la misión o se casaban. ¿Podría recibir la mía un poco antes, antes de que me enviaran al programa V-12 en la Universidad de Nuevo México en Albuquerque? El hecho de que yo lo pidiera era toda la evidencia de madurez que mi padre necesitaba. Me llevó a la privacidad de un dormitorio en la parte de atrás. Madre vino con un bloc legal amarillo y un lápiz. Madre y yo nos sentamos al borde de la cama. Papá se puso de pie junto a mí y puso sus manos sobre mi cabeza. Madre escribió a mano mientras él hablaba: “Óscar, hijo mío, . . . a ti te es dado llevar mi nombre.” Y luego, en particular, lo suficientemente despacio para que madre pudiera escribir, entonó las respuestas a cada una de mis preocupadas pero no expresadas preguntas.
Mis temores se fueron. Fui consolado. Todas mis preguntas fueron respondidas y disipadas. Un muchacho recién cumplidos los dieciocho años se convirtió en hombre ese día bajo las manos de su padre. Sentí una conciencia—como la que tan a menudo había visto en mi padre—de que yo también era objeto de la atención divina. Al actuar como voz, en una bendición de padre de parte de Dios, mi patriarca natural me protegió.
























