Acepten la dádiva

Este discurso utiliza una experiencia sencilla pero profundamente humana para enseñar una verdad central del evangelio: la dádiva de Jesucristo debe ser aceptada conscientemente. La historia de la familia brasileña que sacrifica lo poco que tiene para ofrecer una cena navideña ilustra que el gozo no proviene solo de dar, sino también de que la dádiva sea recibida con gratitud. De manera paralela, el sacrificio expiatorio del Salvador fue ofrecido voluntaria y gozosamente, pero no produce redención automática; requiere que cada persona lo acepte. Así, la Navidad se presenta no solo como una conmemoración del nacimiento de Cristo, sino como una invitación personal y continua a recibir Su gracia.

El mensaje también aclara que aceptar la dádiva del Salvador no significa “ganarla” mediante perfección, sino volvernos a Él con humildad y arrepentimiento diario. Al enseñar que la devoción a Cristo no es un proyecto que se califica, el discurso libera al oyente del peso del perfeccionismo espiritual y lo dirige hacia una relación viva y transformadora con el Salvador. La imagen del pesebre reorganizado por la niña —todas las figuras orientadas hacia el Niño Jesús— simboliza que aceptar plenamente la dádiva de Cristo implica centrar toda la vida en Él. De este modo, la Navidad puede vivirse cada día, al aceptar Su poder sanador, redentor y santificador de forma constante.

Acepten la dádiva

Timothy L. Farnes
Presidente General de los Hombres Jóvenes
Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2025


Es natural que en Navidad nuestra mente se llene de pensamientos sobre el hogar: nuestro hogar terrenal y nuestro hogar celestial Sin embargo, una de mis Navidades más memorables fue la primera vez que pasé la Navidad lejos de casa.

Era un misionero de tiempo completo relativamente nuevo en Brasil y aún me estaba acostumbrando a una cultura e idioma desconocidos. Un día, mientras mi compañero y yo caminábamos por una humilde favela, oímos que alguien nos decía: “¿Ustedes enseñan sobre Jesús?”.

Nos giramos y vimos a una mujer que nos invitó a pasar a su pequeña casa con piso de tierra. Conocimos a su anciana madre y sus siete hijos, quienes de algún modo lograban vivir juntos en aquel pequeño lugar. Comenzamos a enseñarles el Evangelio restaurado de Jesucristo y ellos estaban entusiasmados por aprender.

Al acercarse la Navidad, la familia nos invitó a una cena navideña en su casa. Admito que no me entusiasmaba la invitación. Me costaba imaginar qué clase de cena navideña podría ofrecer aquella pobre familia. ¡Ni siquiera tenían una mesa donde sentarse! En mi inmadura mente, recordé las familias más adineradas del barrio y me pregunté si deberíamos esperar una oferta mejor de alguna de ellas.

Por fortuna, mi compañero mayor era más sabio que yo y rápidamente aceptó la invitación. El día de Navidad fuimos recibidos en el humilde hogar de aquella familia.

Pero yo no estaba preparado para lo que vi.

En el centro de la sala había una mesa con platos repletos de arroz, frijoles, carne y papas [patatas], y una botella grande de refresco. Solo había dos sillas: una para mí y otra para mi compañero.

Me quedé atónito y me embargó la emoción. Ellos habían preparado esa cena de Navidad solo para nosotros. Debió ser un gran sacrificio para ellos. Y sin embargo, al sentarme a la mesa y mirar a los niños, sentados contra la pared, observándonos comer, vi la sonrisa en sus rostros. Hacer un sacrificio por nosotros, unos desconocidos de otro país, les había proporcionado gozo genuino. Nos habían brindado una hermosa dádiva y, al principio, yo había dudado en aceptarla.

Aquella Navidad cambió mi vida para siempre. Aunque han pasado muchos años, pienso en ella a menudo. El recuerdo del gozoso sacrificio de aquella familia me hace pensar en el sacrificio de Jesucristo, en Su sagrada dádiva de redención y sanación. Después de todo, Su dádiva es la razón por la que celebramos la Navidad.

Pienso en la pregunta de nuestro Padre Celestial: “¿A quién enviaré?”, y en la valiente respuesta del Hijo: “Heme aquí; envíame a mí”.

Pienso en el humilde nacimiento y en la humilde vida de Jesús, en Su disposición a “descende[r] del cielo entre los hijos de los hombres; y mora[r] en un tabernáculo de barro”.

Pienso en Su sufrimiento en Getsemaní, donde llevó “nuestras enfermedades”, “sufrió nuestros dolores” y tomó sobre Sí nuestros pecados.

“Comprendo que Él en la cruz [por nuestra causa] se dejó clavar”.

Pienso en Su Resurrección, en Su gloriosa victoria sobre la muerte.

Entonces me pregunto: “¿Estoy aceptando la dádiva que Él tan gozosamente ofrece?”. He meditado en esa pregunta muchas veces desde aquella cena de Navidad en Brasil.

Años después, me hallaba de vuelta en Brasil, esta vez sirviendo con mi esposa como líderes de misión. Aprendí mucho de cada misionero que sirvió con nosotros. Admiro sus fervientes y ávidos deseos de dar al Señor una ofrenda aceptable.

Recuerdo, en particular, una conversación que tuve con una querida hermana cuando ella estaba terminando su misión. Me confió que temía volver a casa. Le preocupaba recordar su misión con remordimiento al pensar en las formas en que podría haber servido mejor, preocupada de si podría haber hecho más. Mientras trataba de tranquilizar a esa maravillosa misionera, hablamos de una manera diferente de ver la misión… y su vida. Nuestra devoción a Jesucristo no es como un proyecto escolar que entregamos con la esperanza de obtener una calificación perfecta. Jesucristo es la única persona perfecta y Su vida es la única vida perfecta. Al esforzarnos por mejorar, acudimos a Él, no con un espíritu de “¡Lo logré!”, “¡Me lo gané!” o “¡Llegué!”, sino más bien de “Lo acepto”.

Por supuesto que queremos vivir de un modo que sea aceptable para el Señor. Es natural esperar que Él acepte nuestra ofrenda. Pero igual o quizás aun más importante sea la pregunta: “¿Acepto yo la Suya?”.

No creo que aceptar la dádiva del Salvador pueda hacerse pasivamente ni a la ligera. Para mí, la palabra aceptar implica una decisión consciente y una acción intencional. Así como Su sacrificio por nosotros fue voluntario, Él desea que lo aceptemos voluntariamente. Como todo dador de buenas dádivas, el Señor es sensible no solo a nuestras necesidades, sino también a nuestros deseos. Como enseñó Alma: “Él concede a los hombres [y a las mujeres] según lo que deseen”.

Cuando Jesús fue al estanque de Betesda y vio a un hombre que no había podido caminar durante treinta y ocho años, le preguntó si deseaba ser sanado. Parece una pregunta obvia, pero el Sanador no nos sana en contra de nuestra voluntad. El milagro ocurrió solo después de que el hombre expresara su deseo.

¿Cuáles son sus deseos? ¿Qué es lo que en verdad desean vivir y lograr en esta vida; hoy, mañana y por la eternidad? ¿Necesitan consuelo? ¿Alivio? ¿Esperan volver a hallar paz? ¿La fortaleza proveniente del Señor? ¿Desean ser sanados? ¿Perdonados? ¿Redimidos? ¿Desean realmente llegar a ser más y más semejantes a Jesucristo y vivir con Él y con nuestros padres celestiales para siempre?

Si es así, acepten la dádiva que Jesucristo les ofrece.

“Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe [o lo acepta]? […]. Ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que le dio la dádiva”.

Dios no nos obligará a vivir nuestra vida a Su manera, ni nos impondrá Su dádiva. Más bien, Él nos permite escoger aceptarlo. “Volv[eos] a mí]”, dice Él, y entonces descubrirán que Él no solo ya se ha vuelto a ustedes, sino que Sus brazos de misericordia siempre están extendidos.

Para ayudar a explicar lo que significa volverse al Señor, me gustaría contarles algo que aprendí de mi nieta Blakely cuando ella tenía solo dos años.

Todos los años, en Navidad, Blakely y el resto de los nietos vienen a nuestra casa para compartir una de nuestras tradiciones de Navidad favoritas: disfrutar de bellos nacimientos [pesebres] navideños. Mi esposa y yo tenemos una colección de nacimientos de todo el mundo y cada Navidad los colocamos por toda la casa para que nuestros nietos los busquen.

Esta es una fotografía de uno de nuestros nacimientos. Como pueden ver, el Niño Jesús está en el centro y las demás figuras —María, José, los pastores, los magos, etcétera— están colocadas en fila para que se puedan ver todas. Parece una forma bastante habitual de armar un nacimiento navideño.

Un año, noté algo extraño en los nacimientos. Alguien había ido por toda la casa y los había reorganizado. Todas las figuras de cada nacimiento estaban colocadas en círculo alrededor del Niño Jesús. Más tarde descubrí que había sido Blakely quien había hecho esa magnífica modificación a nuestras decoraciones navideñas.

Con ese simple acto, Blakely me enseñó una profunda lección: no basta con estar más o menos en el mismo lugar que el Salvador. No basta con mirar ligeramente en Su dirección, ni estar junto a alguien que esté cerca de Él. Para aceptar plenamente la dádiva de Cristo, cada uno de nosotros debe volverse completamente hacia Él.

Pero ¿cómo lo hacemos? ¿En qué consiste volverse completamente hacia el Salvador? ¿Cómo demostramos que aceptamos Su dádiva de redención y sanación?

Creo que la respuesta se halla en este consejo del presidente Russell M. Nelson: necesitamos “descubr[ir] el gozo del arrepentimiento diario”.

En realidad, es así de sencillo. Aceptamos la dádiva del Salvador al arrepentirnos, al volvernos a Él. Él ofreció Su vida para que pudiéramos cambiar, mejorar, ser sanados y ser redimidos. Así que aceptamos esa ofrenda al cambiar, mejorar y aceptar Su poder sanador en nuestra vida.

Y no lo hacemos solo una vez, sino que lo hacemos cada día, pues lo necesitamos cada día. Aceptar la dádiva del Salvador es un compromiso para toda la vida. Su dádiva ciertamente es la dádiva que recibimos constantemente, siempre y cuando sigamos aceptándola al volvernos a Él.

A veces hablamos de conservar el espíritu de la Navidad durante todo el año. Conozco a niños que a menudo desean que todos los días fueran Navidad. En verdad, podemos —y debemos— celebrar la Navidad a diario al volvernos al Salvador y aceptar Su dádiva con agradecimiento. Conforme procuremos el gozo del arrepentimiento diario, descubriremos que podemos recibir las bendiciones de la Navidad y el milagro de Su dádiva continuamente.

Queridos hermanos y hermanas, testifico que Jesucristo, el Hijo de Dios, dio Su vida de forma voluntaria, amorosa y gozosa como una preciada dádiva para que ustedes y yo podamos ser sanados, redimidos y exaltados. Ruego que cada uno de nosotros se vuelva plenamente a Jesucristo y acepte Su dádiva, esta Navidad y cada día de nuestra vida. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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