De la Oscuridad a la LUZ

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El Viaje de Harris al Este


En febrero de 1828, Martin Harris se apresuró desde Palmyra, Nueva York, hasta Harmony, Pensilvania, para contarle a José Smith que había visto al Señor en una visión y que se le había dicho “que debía ir a la ciudad de Nueva York con algunos de los caracteres”. Así comienza la conocida historia de Martin Harris cuando visitó a Charles Anthon en la ciudad de Nueva York. Usando lo que la mayoría de los Santos de los Últimos Días saben acerca de esta visita como punto de partida, hay mucho más en esta historia de lo que los historiadores han podido extraer hasta ahora de los documentos existentes. Demostrando las posibilidades de mayor luz sobre el tema, recientemente se han descubierto en los archivos de la Universidad de Columbia un puñado de cartas escritas por Charles Anthon. Estas cartas posiblemente indican por qué Harris fue enviado a él. Éste y otros detalles han comenzado a salir a la luz, desarrollando el relato mucho más de lo que antes se había podido comprender.

Aunque José y Martin no habían hablado entre sí por más de tres meses, para febrero de 1828 esta visión volvió a reunirlos e inició este acontecimiento fundamental. La historia de José explicó brevemente que, poco después de que Harris llegara a la casa de José, ellos “procedieron a copiar algunos de [los caracteres] y [Harris] emprendió su viaje a las ciudades del Este y a los eruditos”. Aunque en ese momento no lo sabían, el Libro de Mormón revelaría que este acontecimiento había sido el cumplimiento de una profecía hallada en el libro de Isaías. También se convirtió en la historia central en torno a los caracteres copiados de las planchas de oro. Sin embargo, José Smith no lo comprendió hasta que Martin Harris regresó. Esta historia, aún bien conocida y contada hoy en día por los Santos de los Últimos Días, será presentada aquí a la luz de cuál había sido su propósito original, lo cual ayudará a desarrollar cómo este viaje fue relevante para la traducción de las planchas de oro.

Este episodio comenzó cuando Harris salió de Harmony con los caracteres antiguos en la mano, ansioso por iniciar su viaje hacia el este en busca de eruditos que pudieran arrojar luz sobre el significado del lenguaje de las planchas. Durante su viaje de una semana de regreso a Palmyra, antes de comenzar a viajar hacia el este, reflexionó cuidadosamente sobre los recursos que tenía a su alcance y que podían ayudarle en su empeño. Una de las instituciones más cercanas que quizá podía haber ofrecido a Harris cierta orientación o libros con los cuales comparar los caracteres estaba a unas veinte millas al sur de Palmyra, en Canandaigua. Dependiendo de la ruta que Harris tomara de regreso a casa, pudo haber hecho una parada allí antes de salir hacia la ciudad de Nueva York. La Academia de Canandaigua, una escuela privada para varones establecida en 1791, posiblemente contaba con los recursos necesarios para ayudar a Harris a encontrar eruditos en el este e incluso libros que quizá le hubieran permitido analizar superficialmente los caracteres. Desafortunadamente, la escuela quedaba muy por debajo de algunas de las instituciones de Filadelfia y de la ciudad de Nueva York, que contaban con algunos de los académicos más brillantes del mundo en sus facultades.

Aunque la visión de Harris le había mandado ir a la ciudad de Nueva York, comenzó su viaje reuniendo información de un antiguo residente de Palmyra. Un impresor local, Pomeroy Tucker, recordó que Harris fue en busca de eruditos que pudieran ofrecer una “interpretación y un examen bibliológico” de los caracteres copiados de las planchas de oro. Aunque se desconoce el plan exacto de Harris y a quién tenía la intención de visitar en la ciudad de Nueva York, se sabe que aparentemente planeaba visitar al estadista Luther Bradish en Albany, Nueva York. Bradish había vivido en Palmyra antes de convertirse en un político exitoso y era un contacto comprensible para que Harris lo abordara primero.

El viaje a Albany era de casi 250 millas por el canal Erie, pero convenientemente el canal pasaba entre la propiedad de Harris y el pueblo de Palmyra, transportando barcos de un lado a otro entre el lago Erie y Albany. Aproximadamente a mitad de camino hacia Albany, Harris se detuvo en Utica, donde pudo haber mostrado los caracteres a algunas personas y hasta haber reunido información en la oficina del secretario del estado acerca de cómo obtener un derecho de autor para la traducción de las planchas una vez que el Libro de Mormón estuviera terminado. Un derecho de autor para el Libro de Mormón sería presentado en esa oficina el 10 de junio de 1829, justo antes de que se concluyera la traducción. Finalmente, Harris llegó a Albany, donde se acercó a Bradish en busca de información. Es posible que Harris lo hubiera contactado por carta antes de llegar, pero independientemente de la planificación de Harris, Bradish probablemente le dio la bienvenida debido a sus raíces comunes en Palmyra.

Harris pudo haber esperado que Bradish identificara los caracteres, pero probablemente lo veía más como un amigo que podía proporcionarle información útil que como un especialista, creyendo que Bradish podía ayudarle a encontrar eruditos que tradujeran los caracteres. Los ciudadanos de Nueva York habían elegido recientemente a Bradish como miembro de la asamblea estatal, y él era un político muy conocido en el estado. Una estrella en ascenso en la política neoyorquina, para 1839 llegaría a ser vicegobernador del estado. Bradish no era lingüista ni erudito, pero tenía un gran entusiasmo por las antigüedades y, por lo tanto, estaba al tanto de la mayoría de los descubrimientos arqueológicos contemporáneos. Tenía suficiente experiencia con los idiomas y los estudios clásicos, gracias a su educación, como para quizá haber podido analizar los caracteres y dirigir a Harris hacia personas que pudieran ofrecer análisis más detallados.

Eruditos de la América Antigua

Todos los graduados universitarios estudiaban idiomas, enfocándose principalmente en griego y latín. Desafortunadamente, Bradish no conocía lo suficiente de las lenguas antiguas como para identificar con precisión un idioma desconocido, lo que habría hecho difícil saber a quién enviar a Harris para un análisis más profundo de los caracteres. Él mismo no los reconoció, y Martin Harris no sabía en qué idioma estaban inscritas las planchas. Durante el proceso de traducción en 1829, José Smith descubrió más tarde que el idioma inscrito en las planchas de oro era “egipcio reformado”. José aprendió, a través de la traducción, que un profeta antiguo, Mormón, había abreviado varios registros que tenía en su posesión para crear las planchas de oro. Mormón escribió que “hemos escrito este registro conforme a nuestro conocimiento, en los caracteres que entre nosotros se llaman el egipcio reformado”.

Independientemente de lo que decía en el Libro de Mormón, cuando Harris partió en su viaje en 1828, José aún no había traducido esas palabras de las planchas; por lo tanto, ninguno de los dos sabía qué idioma representaban los caracteres desconocidos.

Incluso el ángel Moroni, la fuente principal de conocimiento de José acerca de las planchas, aparentemente no le explicó que el registro estaba escrito en egipcio reformado. Ninguno de los relatos que describen la visita de Moroni afirma que él le haya dicho a José cuál era el idioma. Al reflexionar sobre las visitas de Moroni, José recordaba que éste le citaba escrituras y le explicaba los detalles de su llamamiento profético, pero en ninguna parte de su historia dijo que el ángel le hubiera revelado en qué idioma estaban escritas las planchas. José recordaba: “El Señor… me reveló que en la ciudad de Manchester, condado de Ontario, N.Y., había planchas de oro sobre las cuales había grabados que fueron grabados por Moroni y sus padres, siervos del Dios viviente en la antigüedad”.

Sus relatos posteriores también omitieron cualquier referencia al idioma de las planchas. Más bien, explicó que Moroni dijo: “había un libro depositado escrito sobre planchas de oro, dando un relato de los antiguos habitantes de este continente y del origen del cual procedieron”. Por lo tanto, antes de que José enviara a Harris a la ciudad de Nueva York con los caracteres, lo único que se le había dicho era que profetas antiguos de América eran responsables de los caracteres de las planchas y que el contenido describía a los habitantes de las Américas antiguas, lo cual le dejaba muy pocas razones para concluir que las planchas estaban escritas en alguna forma de egipcio.

Más tarde, cuando se supo que las planchas estaban inscritas en “egipcio reformado”, todos los que reflexionaron sobre la visita de Harris a la ciudad de Nueva York contaron la historia como si ya hubieran sabido que los caracteres eran “egipcio reformado”. En realidad, en febrero de 1828 todavía no sabían nada acerca del idioma. En cambio, José envió a Harris a Nueva York con los caracteres teniendo muy poca información, aparte del conocimiento de que éstos provenían de una fuente antigua americana. Esto es muy diferente a la historia tradicional que cuentan los Santos de los Últimos Días, pero ayuda a comprender por qué Harris visitó a ciertos individuos mucho antes de acudir a Charles Anthon.

William Smith, que era un joven adolescente en ese tiempo, recordó que José no sabía leer las planchas cuando las llevó por primera vez a su casa, pero que una vez que Harris regresó de la ciudad de Nueva York tuvieron una mejor idea del idioma que los profetas antiguos habían usado. Según William Smith, no fue sino hasta que “el Profesor [en la ciudad de Nueva York] pronunció que los caracteres eran hebreo antiguo corrompido, y que el idioma era hebreo degenerado con una mezcla de egipcio” que José tuvo alguna idea de la naturaleza de los caracteres.

Parece poco probable que Harris estuviera buscando a un erudito del egipcio. Incluso si inicialmente hubiera estado buscando un académico que pudiera descifrar el egipcio, no lo habría encontrado en los Estados Unidos. Aunque los eruditos europeos habían comenzado a usar la Piedra de Rosetta unos años antes para comprender mejor el egipcio, ninguno de ellos estaba en América. Bradish, en particular, no había estudiado egipcio y no podría haber identificado los caracteres como egipcios, al menos con alguna confianza, lo que hace muy improbable que hubiera enviado a Harris a un especialista en egipcio. No fue sino hasta 1822 que el francés Jean François Champollion logró avanzar en el desciframiento de los jeroglíficos egipcios. Su obra no se había difundido ampliamente en los Estados Unidos, y las publicaciones que existían antes de 1828 no habían sido traducidas al inglés, lo que convertía la búsqueda de un erudito en jeroglíficos egipcios en la búsqueda de alguien que conociera la literatura europea, no de alguien que hubiera enfocado sus estudios directamente en el egipcio.

Bradish, en cambio, comparó los caracteres con un idioma que le resultaba algo más familiar. Los comparó con ejemplos de escritura del Medio Oriente que tenía en su poder. Puso los caracteres junto a los de “un pasaporte que se le había dado al viajar por los dominios turcos; y pensó que los caracteres se parecían a los de ese pasaporte”. Su certificado de estilo pasaporte del Imperio Otomano estaba escrito en turco e incluía un sello turco, que probablemente usó para comparar con los caracteres. Probablemente con poca confianza en su comparación, finalmente envió a Harris a la ciudad de Nueva York para que los caracteres fueran evaluados por eruditos de la historia antigua americana.

Profesor Samuel Mitchill, Rutgers College

Según al menos un relato, después de que Harris fue a Albany y habló con Bradish, continuó hasta Filadelfia. La Sociedad Filosófica Americana en Filadelfia, bajo la dirección de Thomas Jefferson a fines del siglo XVIII y de Peter Stephen Du Ponceau en 1828, promovía la investigación sobre los nativos americanos y apoyaba los estudios acerca de sus orígenes, cultura e historia. La sociedad era muy conocida, y el trabajo realizado por sus miembros se publicaba con frecuencia en su revista Transactions.

Probablemente, sabiendo que Filadelfia era un centro de estudios sobre los nativos americanos, Bradish o alguien en el camino envió a Harris allí con la esperanza de que pudiera encontrar a un erudito que tradujera los caracteres, creyendo que éstos pertenecían a un idioma de un antiguo pueblo americano. Harris pudo haber visitado tanto a Samuel Rafinesque como a Caleb Atwater, destacados naturalistas y entusiastas de los nativos americanos vinculados a la Sociedad. Rafinesque había estudiado activamente a los indígenas norteamericanos y sus lenguas desde 1819. Su interés por los pueblos originarios y sus idiomas pudo haber motivado a Harris a buscarlo; él había trabajado en el desciframiento de lenguas indígenas, estudiado muchos de los pictogramas hallados en el mundo antiguo y había comenzado a desarrollar una traducción de los glifos mayas. Parte del trabajo académico de Caleb Atwater también se centraba en los idiomas de los nativos americanos. En particular, intentó descubrir los orígenes de los indígenas de Norteamérica. Numerosos eruditos, como Rafinesque y Atwater, intentaron de manera similar rastrear los orígenes antiguos de los pueblos indígenas, y algunos incluso creían que éstos descendían de las diez tribus perdidas de Israel, al igual que los israelitas navegantes descritos en el Libro de Mormón.

Se desconoce cuánto sabían José Smith y Martin Harris acerca de los debates sobre los orígenes de los nativos americanos, pero desde la llegada de los primeros exploradores europeos a América se habían planteado diversas teorías religiosas y antropológicas. Algunas afirmaban que los indios eran de origen asiático o incluso que descendían de la ciudad perdida de la Atlántida, mientras que la mayoría interpretaba sus orígenes en términos cristianos —por ejemplo, afirmando que eran descendientes de Noé o que eran preadamitas. Muchos de los primeros estadounidenses, incluidos líderes influyentes como William Penn y Roger Williams, adoptaron teorías según las cuales los indios formaban parte de las diez tribus perdidas de Israel. James Adair, un naturalista que pasó cuarenta años entre los indios, dio fuerza al argumento de las diez tribus al comparar el idioma, las costumbres y la cultura de los nativos americanos con las de los judíos. El reverendo Ethan Smith se apartó del enfoque de Adair, pero popularizó aún más la teoría de que los indios eran descendientes de las diez tribus perdidas en su libro de 1825 titulado View of the Hebrews.

Los naturalistas más académicos, como Alexander von Humboldt, ofrecieron un argumento muy diferente sobre el origen de los nativos americanos mediante un análisis sistemático de las ruinas, los jeroglíficos y las observaciones personales de las tribus. Humboldt argumentó con fervor, y con gran éxito, que los nativos americanos procedían del noreste de Asia y habían cruzado el estrecho de Bering antes de poblar el continente americano. Humboldt creía que originalmente existía un solo idioma común y que todas las razas derivaban según las similitudes halladas dentro de las lenguas de otras sociedades. Su método y teoría fueron defendidos por un pequeño grupo de eruditos en Filadelfia, en la Sociedad Filosófica Americana, y Pierre Du Ponceau, el líder de la sociedad, fue un gran defensor de este tipo de investigación lingüística y de las conclusiones de Humboldt. Ciertamente no había mejor lugar para encontrar un traductor de un documento antiguo americano que bajo el amparo de la sociedad.

Al parecer, José Smith había estado consciente, incluso antes de obtener las planchas, de que éstas ofrecían una respuesta al origen de los nativos americanos, lo cual podía haber despertado el interés de eruditos y entusiastas. En 1835, Oliver Cowdery escribió que una de las razones por las que José no pudo tomar posesión de las planchas durante cuatro años fue porque, en ocasiones, había considerado la posibilidad de que el texto traducido de las planchas pudiera generar dinero y liberarlo a él y a su familia de la pobreza. Al explicar la obtención de las planchas por parte de José, Cowdery escribió: “Una historia de los habitantes que poblaron este continente, antes de que fuera descubierto por los europeos con Colón, debe resultar interesante para todo hombre; y como desarrollaría el hecho importante de que la raza actual era descendiente de Abraham”. Y prosiguió explicando: “Seguramente, pensó [José], todo hombre se aferrará con ansias a este conocimiento, y esta incalculable renta será mía. Suficiente para levantar las expectativas de cualquiera con semejante inexperiencia, colocado en circunstancias similares”. Según Cowdery, aunque el ángel inicialmente le prohibió llevarse las planchas, para 1827 José ya había purgado de su mente tales pensamientos de avaricia y había abrazado por completo la naturaleza sagrada de su llamamiento profético.

Los orígenes de los nativos americanos probablemente interesaban a José y a Martin por la naturaleza misma de las planchas de oro, pero los eruditos que trabajaban en esas teorías también estaban usando el estudio de los glifos y lenguajes indígenas para rastrear los orígenes, lo cual ofrecía a Harris un potencial aún mayor de encontrar a alguien que tradujera los caracteres de las planchas. Aunque Harris probablemente no lo sabía en el momento en que visitó a los eruditos, el Libro de Mormón de hecho sugiere que pueblos preabrahámicos fueron los primeros en viajar a América, seguidos por un grupo liderado por el hijo de Sedequías, y finalmente por un pequeño grupo de la tribu de Manasés, guiado por el profeta Lehi. Sin embargo, el terreno común entre Harris y los eruditos era su posesión de lo que afirmaba eran escritos antiguos americanos y el interés de los eruditos en la traducción.

Si Harris fue a Filadelfia y se reunió con miembros de la Sociedad Filosófica Americana, habría sido natural que lo enviaran a uno de los miembros más destacados de la sociedad: Samuel L. Mitchill. Él era uno de los principales eruditos sobre los nativos americanos en el área de Nueva York, maestro de Rafinesque y un ávido lingüista. Después de ir a Filadelfia, Harris regresó hacia Nueva York. Aunque Bradish pudo haber dirigido a Harris a la Sociedad Filosófica Americana en general, incluso pudo haberlo enviado en particular a Samuel Mitchill.

Mitchill había realizado más de treinta años de investigación y acumulaba toda una vida de trabajo político y académico en Nueva York y sus alrededores para cuando Harris lo buscó a principios de 1828. En particular, había participado en el tratado de 1788 en Nueva York con los nativos americanos, en el cual cedieron el Distrito Occidental de Nueva York, y como senador de los Estados Unidos fue presidente del Comité de Asuntos Indígenas. Había adquirido un profundo interés en todas las lenguas de los nativos americanos, llegando incluso a aprender el idioma mohawk al inicio de su carrera. Sus estudios también se basaban en la teoría de Humboldt sobre el origen de los nativos americanos, pero además afirmaba que dos razas más, además de los asiáticos, habían poblado la América antigua. Creía que polinesios y escandinavos también habían colonizado el continente, pero que las poblaciones asiáticas subyugaron y finalmente destruyeron a las otras dos razas en una batalla final en el oeste del estado de Nueva York. Harris, al parecer, quedó convencido de que “sería mejor ir al célebre doctor Mitchill y mostrarle [los caracteres]. Él es muy instruido en estas lenguas antiguas y no tengo duda de que podrá darte alguna satisfacción”.

En 1828, Mitchill se desempeñaba como vicepresidente del Colegio Médico de Rutgers en la ciudad de Nueva York. El efímero colegio había sido formado mediante la asociación del Queen’s College de Nueva York y el Rutgers College de New Brunswick, con el fin de aprovechar la mayor población de la ciudad de Nueva York. La posición de Mitchill allí también le permitía permanecer en la ciudad y beneficiarse de las instituciones que se habían establecido en la próspera metrópolis.

A pesar de su prestigioso cargo, personas que esperaban tener documentos antiguos traducidos ya habían acudido a Mitchill incluso antes de que Harris lo buscara. Su trabajo previo lo había convertido en un experto reconocido en la traducción de lenguas antiguas y modernas. Por ejemplo, Abraham Edwards, de Detroit, se acercó a él en 1823 con un manuscrito que incluía caracteres extranjeros escritos en sus páginas. Al parecer, Edwards lo había descubierto “debajo de uno de sus edificios” y era “un volumen manuscrito de entre 300 y 400 páginas”.

El método de Mitchill para determinar el texto desconocido en el manuscrito de Detroit de Edwards ofrece una idea de los esfuerzos similares que probablemente realizó para descifrar los caracteres que Harris le presentó de las planchas de oro. Cuando se envió a Mitchill una muestra del manuscrito de Detroit, él se reunió con algunos de sus colegas y lo compararon con ejemplos de escritura que tenía en su posesión. También recurrieron al libro de Noël Antoine Pluche, que incluía ejemplos de paleografía francesa. En un volumen de la obra de Pluche había numerosas muestras en diferentes estilos de escritura que usaron para comparar con los caracteres del manuscrito. Asimismo, llevaron el manuscrito a la Biblioteca de la Sociedad Bíblica Americana (ABS), que había sido fundada en 1817. El primer proyecto de la ABS había sido traducir el texto paralelo de la Biblia en idioma indígena Delaware-inglés. Poco antes de que Mitchill visitara la ABS, ésta se había mudado a su primer hogar permanente en el bajo Manhattan, donde albergaba numerosos documentos “con tipos [de] varios idiomas en la colección”. Mitchill escribió: “Cuando estábamos casi al borde de la desesperación, se produjo una biblia grande, impresa hace unos 300 años, y pudimos formarnos alguna idea de las abreviaturas y contracciones del texto, lo cual arrojó luz sobre el manuscrito de Detroit”.

De la misma manera que lo había hecho con el manuscrito de Detroit, Mitchill examinó cuidadosamente los caracteres tomados de las planchas de oro que Martin Harris le entregó. Él “miró sus grabados, hizo una disertación erudita sobre ellos, los comparó con los jeroglíficos descubiertos por Champollion en Europa y los catalogó como un idioma de un pueblo que existió anteriormente en el Oriente, pero que ya no existe más”. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, Mitchill no pudo determinar con certeza el origen lingüístico de los caracteres. En cambio, “confesó que no había podido entenderlos y envió a Harris con una nota que solicitaba a [Charles Anthon que descifrara, si era posible, los caracteres]”.

Charles Anthon, profesor adjunto, Columbia College

Después de entrevistarse con Samuel Mitchill, Harris se dirigió a la antigua institución de Mitchill, el Columbia College, para mostrar los caracteres a Charles Anthon. Es aquí donde los Santos de los Últimos Días suelen retomar la historia, pero también es aquí donde el registro documental comienza a reinterpretar el papel de Charles Anthon en el viaje de Harris al este.

Anthon se había formado como abogado, pero comenzó a enseñar griego y latín en Columbia College en 1820. Obtuvo reconocimiento por su publicación de una edición actualizada del Lemprière’s Classical Dictionary en 1825, aunque en 1828 aún era solo un “profesor adjunto”. Si bien eventualmente llegaría a ser profesor en el Departamento de Lenguas Latinas en Columbia, en 1832 todavía era únicamente rector de la escuela de gramática para niños de Columbia. A diferencia de Samuel Mitchill, Anthon no había realizado ningún trabajo académico significativo sobre la América antigua ni sobre lenguas de los nativos americanos.

Aun así, Anthon estaba muy interesado en las historias de los nativos americanos debido a una empresa financiera que él y un colega inglés habían emprendido. Washington Irving había publicado recientemente una memoria, Philip of Pokanoket, sobre un jefe wampanoag que había ayudado generosamente a los primeros colonos ingleses, lo cual entusiasmó a muchos con la idea de las historias indígenas. Para capitalizar este nuevo interés, en el verano de 1828 Anthon comenzó a cartearse con Edmund Henry Barker, de Thetford, Inglaterra, acerca de recopilar y publicar “ejemplos de la elocuencia india”.

Barker escribió a Anthon:

“Cuando hayas reunido una buena cantidad de materiales, organízalos, ponles un prefacio, imprime el libro, concierta un contrato con un editor estadounidense, toma la mitad de las ganancias y dame la otra mitad; envíame los pliegos a medida que salgan de la imprenta; yo reimprimiré el libro aquí, añadiré algunas cosas y te daré la mitad de las ganancias. Es un tema noble”.

Para septiembre de ese año, Barker se mostró animado por el progreso de Anthon en la recopilación de historias indígenas, pero lo instó a reunir las muestras más rápidamente, sin importar demasiado su “autenticidad o veracidad”. A mediados de diciembre, Anthon seguía buscando relatos y discursos indios, ante lo cual Barker escribió: “Espero que la colección de Discursos Indios esté avanzando hacia su madurez”. Su búsqueda, sin duda, incluía consultar al prestigioso Mitchill, quien conocía más que nadie sobre las poblaciones nativas de Nueva York.

En medio de los esfuerzos continuos de Anthon por recopilar relatos y discursos, Harris llegó al colegio con su relato de las planchas de oro que contenían historias de los indios americanos y con copias de los caracteres inscritos en las planchas en mano. Anthon, por supuesto, estaba ansioso por examinar el documento de Harris, y lo más probable es que tuviera la esperanza de haber encontrado otro relato para su publicación. Sabiendo que Barker lo presionaba, Anthon debió sentirse entusiasmado de examinar el documento de Harris. Al igual que el ensayo de Washington Irving, el relato de Harris habría resultado fascinante para estadounidenses y europeos, pues se trataba de una historia sobre antiguos americanos que creían en Cristo y que habían creado un registro sagrado en planchas de oro que solo recientemente se habían descubierto. La visita de Harris encajaba perfectamente dentro del plan de Barker y Anthon de reunir ensayos sobre los nativos americanos.

No obstante, años más tarde, Anthon ocultó su propio interés financiero en examinar los caracteres y, en cambio, afirmó que el documento era un fraude y que alguien había combinado caracteres de distintos idiomas para engañarlo. Ridiculizó el documento de Harris como una compilación derivada de una alteración de “letras griegas y hebreas, cruces y adornos, [y] letras romanas invertidas o colocadas de lado”. Afirmó que estaba “adornado con varias marcas extrañas, y evidentemente copiado del Calendario Mexicano presentado por Humboldt, pero copiado de tal manera que no delatara la fuente”.

Una vez que se publicó el Libro de Mormón y el nombre de Charles Anthon quedó asociado con el relato de José Smith sobre la obtención y traducción de las planchas, un Anthon a la defensiva sintió que debía proteger su reputación. Escribió una carta a E. D. Howe en 1834, cuando éste preparaba su libro Mormonism Unvailed, un escrito crítico que atacaba los orígenes de la Iglesia. De nuevo minimizó su participación escribiendo a dos pastores en 1841 y 1844 para explicar lo sucedido cuando Harris lo visitó.

Harris, por otro lado, contó una historia completamente distinta, que James Mulholland registró más tarde en la historia de José Smith. Explicó que después de examinar los caracteres, Anthon le dijo “que eran egipcios, caldeos, asirios y árabes, y dijo que eran caracteres verdaderos”. Buscando el testimonio de un erudito que confirmara la legitimidad de los caracteres, Harris aparentemente le pidió a Anthon un certificado de autenticidad. Harris recordó que “Él me dio un certificado certificando al pueblo de Palmyra que eran caracteres verdaderos”.

El certificado de Anthon tenía el potencial de dar peso a la traducción de las planchas hecha por José Smith e incluso pudo haberse impreso junto con el Libro de Mormón, pero pronto se perdió. Harris explicó que, cuando se marchaba de la oficina de Anthon, éste “me llamó de vuelta y me preguntó cómo había sabido el joven que había planchas de oro en el lugar donde las encontró. Yo le respondí que un ángel de Dios se lo había revelado. Entonces él me dijo: déjeme ver ese certificado. En consecuencia, lo saqué de mi bolsillo y se lo entregué. Anthon tomó el certificado y ‘lo hizo pedazos, diciendo que ahora no existía tal cosa como el ministerio de ángeles, y que si yo le llevara las planchas a él, él las traduciría’. Le informé que parte de las planchas estaban selladas y que se me había prohibido llevarlas. Él respondió: ‘No puedo leer un libro sellado’.”

Aunque Harris había visitado primero al más prominente (y probablemente más académico) Mitchill, con el tiempo fue Anthon quien llegó a ser el erudito principalmente asociado con el examen de los caracteres de las planchas. Sus palabras finales a Harris, al despedirlo y exigir que se le llevara el libro, hicieron que Anthon se convirtiera en la persona más relevante que Harris había visitado en la mente de los primeros mormones. Los primeros artículos de prensa afirmaban que Anthon solo había sido una parte tangencial de la historia, pero algún tiempo después de que José Smith tradujo un pasaje del Libro de Mormón en junio de 1829, la interacción de Anthon con Martin Harris se volvió muy importante.

El pasaje provenía del libro de Isaías en el Antiguo Testamento y decía:

“Acontecerá que el Señor Dios dirá a aquel a quien entregare el libro: Toma estas palabras que no están selladas y entrégalas a otro, para que las muestre al erudito, diciendo: Te ruego que leas esto. Y el erudito dirá: Trae acá el libro, y yo lo leeré.
Y el hombre dirá: No puedo traer el libro, porque está sellado. Entonces dirá el erudito: No puedo leerlo.”

Poco después de que Smith tradujo este pasaje en el Libro de Mormón, los primeros creyentes empezaron a explicar que esta profecía se había cumplido mediante la experiencia de Harris con Anthon. Los primeros mormones vieron en Anthon al “erudito” que declaró que no podía leer un libro sellado. La historia de José de 1832 dejó clara esta asociación, al decir que Harris “emprendió su viaje a las ciudades del Este y a los eruditos, diciendo: leed esto, os ruego. Y el erudito dijo: no puedo, pero si él trajera las planchas, las leerían; pero el Señor lo había prohibido. Y él regresó a mí y me las entregó para traducir, y yo dije: no puedo, porque no soy erudito, pero el Señor había preparado unas gafas para leer el libro.”

Más específicamente, la historia de Smith de 1838 explicó que Anthon había pronunciado en realidad las palabras exactas de la profecía al decir: “No puedo leer un libro sellado”. De este modo, el viaje de Harris a Filadelfia y su interacción con Samuel Mitchill se desvanecieron con el tiempo, volviéndose cada vez más irrelevantes en comparación con su visita a Anthon.

Al igual que el papel olvidado de Mitchill en el viaje de Harris a la ciudad de Nueva York, una vez que Harris regresó y José comenzó a traducir las planchas de oro, también empezó a desvanecerse en la mente de los involucrados el propósito original de aquel viaje. Para 1838, la visita de Harris era proclamada como prueba del origen antiguo de los caracteres, aunque según las fuentes más tempranas, la razón principal de su viaje al Este con los caracteres había sido conseguir que los tradujeran.

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