En Lo mejor que podemos dar a nuestra familia, el élder Sandino Román nos invita a reflexionar sobre una de las responsabilidades más sagradas que Dios ha confiado a Sus hijos: enseñar el Evangelio de Jesucristo en el seno del hogar. A través de experiencias personales profundamente conmovedoras —desde su niñez marcada por dificultades familiares hasta las bendiciones del bautismo, el templo y la paternidad— el autor testifica que el Evangelio no solo transforma vidas individuales, sino que sana, une y da esperanza eterna a las familias.
Este mensaje entrelaza doctrina revelada, vivencias reales y enseñanzas proféticas para afirmar que la familia es el lugar ideal donde se aprende a confiar en Dios, a ejercer el albedrío y a reconocer la influencia indispensable del Espíritu Santo. Aun cuando las circunstancias no sean perfectas, el Señor capacita a padres y madres para cumplir su misión divina de guiar a sus hijos hacia Cristo.
Con claridad y ternura, este discurso proclama que enseñar el Evangelio “sin reserva” es el mayor legado que podemos ofrecer: un don que perdura más allá de esta vida y que vincula a las familias con el plan de salvación, los convenios del templo y la esperanza segura que se halla en la Expiación de Jesucristo.
Moisés 6
Lo mejor que podemos dar a nuestra familia
Por el élder Sandino Román
De los Setenta
Liahona Febrero 2026
Debemos hacer todo lo posible por extender el conocimiento y las bendiciones del Evangelio a nuestros hijos y a otras personas.
En mis primeros años de vida, mis padres tuvieron dificultades en su matrimonio y eso afectó a nuestra familia. Cuando la amiga de mi madre se enteró de esto, le dijo: “¿Qué tal si vienes y aprendes sobre mi Iglesia?”. Mi madre dijo que ni ella ni mi padre estaban preparados para eso. Su amiga dijo: “Entonces, ¿por qué no me dejas llevar a tus hijos conmigo?”. En esa época, yo tenía cinco años y mi hermana ocho.
Esta buena amiga nos llevó a mi hermana y a mí a la Iglesia durante varios años. Recuerdo experimentar el gozo del Evangelio restaurado de Jesucristo. A medida que crecía mi testimonio, deseé y pedí en oración que mis padres finalmente aprendieran sobre el Evangelio. Cuando mi hermana decidió ser bautizada, mis padres sintieron que necesitaban averiguar un poco acerca de la Iglesia.
A medida que mis padres comenzaron a aprender acerca de la veracidad del Evangelio, vi un cambio en el corazón en ellos. Se humillaron y llegaron a aceptar el Evangelio. Un año después de que ellos se unieran a la Iglesia, cumplí ocho años y mi padre me bautizó. El Padre Celestial había escuchado y contestado mis oraciones.
Tres años más tarde, se dedicó el Templo de la Ciudad de México y tuve la oportunidad de ir allí con mi familia. Nos arrodillamos ante un hermoso altar para ser sellados para siempre y nos regocijamos en las promesas y la esperanza que Jesucristo y Su Evangelio brindan. Años después, mi esposa y yo fuimos sellados en la misma Casa del Señor.
Recuerdo cuando nació mi primera hija. En esos tiernos momentos cuando la tuve en mis brazos, me sentí abrumado por la pureza de mi pequeña hija y por el amor y el deseo natural que yo tenía como padre de protegerla, proveer para ella y enseñarle lo mejor que pudiera. Teniendo en cuenta las condiciones de este mundo caído al que mi hija acababa de llegar, un fuerte sentimiento de esperanza y responsabilidad creció en mí debido a los convenios que mi esposa y yo habíamos hecho con el Señor en el templo. Me di cuenta de que lo mejor que podía enseñar a mi hija —y, con el tiempo, a todos mis hijos— era el Evangelio de Jesucristo. Esto es exactamente lo que el Señor ha estado haciendo con nosotros desde el principio.
Una responsabilidad sagrada
El Señor le indicó a Adán que enseñara a sus hijos “que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios […].
“Por tanto, te doy el mandamiento de enseñar estas cosas sin reserva a tus hijos, diciendo: […]
“Tendréis que nacer otra vez en el reino de los cielos, del agua y del Espíritu, y ser purificados por sangre, a saber, la sangre de mi Unigénito, para que seáis santificados de todo pecado y gocéis de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero […].
“Y ahora bien, he aquí, ahora te digo: Este es el plan de salvación para todos los hombres” (Moisés 6:57–59, 62).
La familia es el lugar ideal para aprender en cuanto al Evangelio de Jesucristo. El presidente Dallin H. Oaks, Primer Consejero de la Primera Presidencia, ha enseñado: “Lo ideal es que ambos [un padre y una madre] estén presentes, aportando diferentes dones para guiar [el] crecimiento [de sus hijos]”. Pero incluso si las situaciones no son ideales, podemos aun así enseñar a nuestros hijos la doctrina de Cristo y la importancia de aceptar y aplicar la Expiación de Jesucristo en su vida. Y tenemos la esperanza de que el Evangelio brotará en sus corazones.
El Evangelio nos ayuda a enseñar a nuestros hijos a aprender la diferencia entre el bien y el mal. En ocasiones, será necesario que “prueb[en] lo amargo para saber apreciar lo bueno” (Moisés 6:55). A medida que aprenden, llegan a ser “sus propios agentes” (Moisés 6:56). Pueden elegir seguir lo que enseñamos o decidir no hacerlo, pero no estamos solos al cumplir con esta sagrada responsabilidad.
El don del Espíritu Santo
Si creemos en Jesucristo, nos arrepentimos y somos bautizados, el Señor dice: “Recibir[éis] el don del Espíritu Santo” (Moisés 6:52). Este es uno de los dones más grandes que podemos recibir. No hay mejor compañero que nos purifique, nos santifique y cambie nuestra naturaleza para bien, haciéndonos “más santos, más completos y más semejantes a Dios (véase 3 Nefi 27:20)”.
Debemos hacer todo lo posible por ayudar a nuestros hijos y a los demás a llegar a saber que el Espíritu Santo es en verdad una bendición y un don preciado de Dios. El Espíritu Santo “se da para que permanezca en [n]osotros; el testimonio del cielo; el Consolador; las cosas pacíficas de la gloria inmortal; la verdad de todas las cosas; lo que vivifica todas las cosas; lo que conoce todas las cosas” (Moisés 6:61).
Debemos hacer todo lo posible por ayudar a nuestros hijos y a los demás a llegar a saber que el Espíritu Santo es en verdad una bendición y un don preciado de Dios.
Una de las mejores cosas que podemos hacer por nuestra familia es ayudarla a aprender a confiar en Dios a lo largo de su vida y a perseverar en retener la compañía constante del Espíritu Santo.
Vale la pena cada esfuerzo
Estoy agradecido por mi conocimiento del Evangelio de Jesucristo. Estoy agradecido por la responsabilidad y el privilegio que mi esposa y yo hemos tenido de extender este conocimiento y las bendiciones del Evangelio a nuestros hijos y a otras personas.
Esto es un proceso constante. Mi esposa y yo nos seguimos esforzando por enseñar a nuestros hijos, y ellos toman sus propias decisiones de acuerdo con el albedrío que Dios les ha proporcionado. Seguir enseñando estas cosas sin reserva a nuestros hijos es lo mejor que podemos hacer por ellos, y todo esfuerzo vale la pena. Sé esto por experiencia propia. He visto cómo el Salvador y Su Evangelio me han refinado a mí y a mis apetitos. No puedo imaginar dónde estaría de no haber sido así. ¿Qué le habría pasado a mi familia al crecer en un pequeño pueblo rural en el centro de México si no hubiéramos encontrado el Evangelio restaurado? Sinceramente, no puedo verme de otra manera.
Vale la pena todo empeño por aceptar la invitación del Salvador de esforzarnos por ser perfectos como Él y nuestro Padre Celestial lo son (véase 3 Nefi 12:48) y por alentar a nuestros seres queridos a hacer lo mismo. Al hacerlo, con el tiempo llegaremos a ser santos como Ellos. Y aunque experimentamos crueldad, adversidad e injusticias en esta vida, hay esperanza por medio de la Expiación de Jesucristo (véase Moroni 7:41). Las ordenanzas y los convenios de Su Evangelio nos unen —y a nuestras familias— a Él y a nuestro Padre Celestial, quienes han hecho todo lo posible por nuestra felicidad eterna.
Ruego que nos esforcemos por hacer todo lo posible para ayudar a nuestros hijos y a quienes amamos a vivir el Evangelio de Jesucristo. Esto es lo mejor que podemos darles ahora y para siempre.
Conclusión
El mensaje del élder Sandino Román nos recuerda que lo mejor que podemos dar a nuestra familia no es solo protección, educación o bienestar temporal, sino el conocimiento vivo del Evangelio de Jesucristo y el ejemplo constante de una vida anclada en convenios. A lo largo de su testimonio personal, vemos cómo el Señor obra con paciencia y poder: escucha oraciones sinceras, transforma corazones, restaura relaciones y establece familias eternas por medio de las ordenanzas sagradas.
Doctrinalmente, el texto afirma que la enseñanza del Evangelio en el hogar es parte esencial del plan de salvación. Desde Adán hasta nuestros días, Dios ha confiado a los padres la responsabilidad de enseñar a sus hijos el arrepentimiento, el nuevo nacimiento espiritual y la dependencia absoluta de la Expiación de Jesucristo. Esta labor no es perfecta ni inmediata, pero es santa, acompañada por el don del Espíritu Santo, quien purifica, guía y confirma la verdad en los corazones.
Narrativamente, el discurso concluye con una certeza nacida de la experiencia: todo esfuerzo vale la pena. Aunque los hijos ejerzan su albedrío y el camino incluya pruebas, el Evangelio sembrado con amor nunca es en vano. Las ordenanzas y los convenios unen a las familias con Cristo y con el Padre Celestial, otorgándoles esperanza aun en medio de la adversidad. Así, enseñar el Evangelio sin reserva se convierte no solo en un deber, sino en un acto de amor redentor que trasciende esta vida y se extiende hacia la eternidad.
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Familia
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Espíritu Santo
























