Conferencia General Abril 1953


El diezmo del Señor

Obispo Joseph L. Wirthlin
Obispo Presidente de la Iglesia


Confío sinceramente, mis hermanos y hermanas, en que pueda gozar de la inspiración del dulce y hermoso espíritu que ha inspirado a los oradores anteriores. Es un honor y una distinción gloriosos ser miembro de la Iglesia del Señor Jesucristo.

Mediante la restauración de la Iglesia y su establecimiento sobre la tierra, una parte del reino de los cielos está ahora en la tierra para preparar a los hombres para la segunda venida del Príncipe de Paz; por lo tanto, esta gran organización es un gobierno divino.

Brigham Young declaró que el sacerdocio del Hijo de Dios que tenemos en medio de nosotros es un orden y sistema de gobierno perfectos, y que solo este puede librar a la familia humana de todos los males que ahora la afligen y asegurarles la felicidad en el más allá.

Una de las grandes y gloriosas bendiciones de este gobierno del sacerdocio es el hecho de que todo hombre y joven que posee el sacerdocio de Dios, si cumple con su asignación prestando el servicio que se le requiere, llega a ser un oficial en el gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo.

El gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo es comparable en muchos aspectos al gobierno civil. Tiene varios departamentos. Hay un departamento de educación, un departamento de salud, un departamento de recreación y cultura, un departamento de bienestar, un departamento judicial y un departamento financiero.

Así que, sin entrar en detalles respecto a todos estos departamentos y sus diversas funciones, quisiera hablarles por un momento acerca del departamento financiero del gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo.

A la cabeza de este se encuentra el profeta, revelador y vidente del Señor Jesucristo. Él dirige el gran departamento financiero de este gobierno. El Obispado Presidente actúa como agente fiscal de la Primera Presidencia, y los muchos obispos y presidencias de ramas independientes que reciben los fondos del departamento financiero también son agentes y, bajo la dirección de la Primera Presidencia y varios comités, los distribuyen según las necesidades de la Iglesia lo requieren.

Las fuentes de ingreso del departamento financiero son cuatro:

La primera es el diezmo en efectivo; la segunda, el diezmo en especie; la tercera, las ofrendas de ayuno; y la cuarta, los ingresos comerciales de la Iglesia.

Quisiera hablar por un momento acerca de los ingresos comerciales de la Iglesia. Hay muchas personas que sienten curiosidad por este tema. Ciertos grupos especulan sobre cuál es la riqueza de la Iglesia, cuáles son sus inversiones y cuál podría ser el monto de sus ingresos comerciales.

Los ingresos comerciales de la Iglesia proporcionan fondos para sostener el funcionamiento de la Iglesia aproximadamente durante quince días al año; por lo tanto, pueden ver fácilmente que constituyen una parte ínfima de los fondos necesarios para financiar el programa de la Iglesia, especialmente si consideramos que, como se indicó ayer por la mañana en el informe financiero de la Iglesia, se gastaron unos veintitrés millones provenientes de los fondos del diezmo para diversos propósitos.

De la cuestión de los ingresos comerciales surge la pregunta: “¿Por qué la Iglesia está en negocios?”

Estamos en negocios en cierta medida porque, en los primeros días de la Iglesia, fue necesario que esta organización ayudara a establecer la industria; por ejemplo, en los días del presidente Brigham Young, la mayor parte del comercio minorista estaba controlado por personas que no eran de nuestra fe. Se cobraban precios exorbitantes. Para resolver el problema, se estableció una gran institución mercantil con el único propósito de vender mercancías a nuestra gente a un precio justo y equitativo.

Al mismo tiempo, se establecieron lo que se conocía como cooperativas mercantiles. Se estableció la cooperativa del Undécimo Barrio en la esquina de First South y Seventh East; la del Décimo Barrio en Eighth East y Fourth South; la del Vigésimo Barrio en la esquina de Fifth East y South Temple. Estas cooperativas también se establecieron en todos los asentamientos del estado con el único propósito de proporcionar mercancías a nuestra gente al precio correcto.

La Iglesia, en cierta medida, todavía está interesada en estas empresas pioneras. En la gran institución mercantil establecida por Brigham Young y sus asociados, la Iglesia aún tiene una participación minoritaria. Hay literalmente cientos de otros accionistas que poseen participaciones en esta gran institución.

Se nos hace la pregunta: “¿Por qué estamos en el negocio del azúcar?” Estamos en el negocio del azúcar debido a que, en los días de Wilford Woodruff, aquellos que se dedicaban a la agricultura tenían dificultades para comercializar los productos que producían. El heno, el grano y el ganado no tenían mercado. Así que, para resolver el problema, el Presidente de la Iglesia y sus asociados consideraron varias soluciones.

Finalmente se decidió que la remolacha azucarera podría cultivarse en esta área. El clima era adecuado, y de ello surgió el establecimiento de fábricas de azúcar para que nuestros agricultores tuvieran canales por los cuales vender sus productos y, a cambio, recibir ingresos en efectivo.

En cuanto al establecimiento de la industria azucarera, hubo inspiración en ello. El presidente Woodruff lo llevó a la oración, y cuando tuvo una actitud positiva hacia el establecimiento de esta industria, recibió luz. Cuando su actitud era negativa, todo era oscuridad. No hay duda de que el profeta del Señor fue inspirado y dirigido al establecer la industria azucarera, a fin de que nuestros agricultores pudieran producir un cultivo que les proporcionara ingresos en efectivo.

La Iglesia nunca fue ni es hoy la única propietaria de la industria azucarera, ya que hay cientos de otros accionistas.

Se hace la pregunta: “¿Por qué estamos en el negocio de la radio y la televisión?” Únicamente con el propósito de que la voz de la Iglesia pueda ser escuchada por el aire. Estoy seguro de que nuestro interés en la radio ha rendido muchos dividendos en la oportunidad proporcionada por las transmisiones dominicales de nuestro gran coro, y los excelentes sermones del élder Richard L. Evans, que son escuchados por millones de personas, además de la transmisión de la conferencia general.

He conocido a muchas personas que no son de nuestra fe que han declarado: “Mi iglesia es la transmisión dominical del gran Coro del Tabernáculo y el sermón de Richard L. Evans.”

Es cierto que la Iglesia tiene interés en algunos bienes raíces, la mayoría de los cuales rodean esta manzana, adquiridos con el único propósito de proteger la manzana del templo de actividades comerciales que serían perjudiciales para el ambiente y el espíritu de la casa del Señor.

La Iglesia tiene también algunos intereses en proyectos ganaderos que han surgido en gran parte de proyectos de colonización, particularmente en Canadá y México.

Se compró un gran rancho en Canadá; partes de este fueron vendidas a nuestra gente que se estableció allí; y de ello quedó una gran extensión de terreno abierto donde las personas pastorearon su ganado durante años; más tarde fue cercado. Se introdujeron ovejas y ganado en este rancho, y con las ganancias obtenidas, la operación se ha expandido y los dividendos resultantes se han utilizado para la construcción de capillas en Canadá y para cubrir parte de los gastos de mantenimiento de la Iglesia en esa parte de la viña del Señor.

Así que el tema de nuestros ingresos comerciales no debería ser motivo de gran curiosidad ni especulación, pues como he indicado, es solo una parte ínfima de los fondos necesarios para financiar el gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo.

La mayor parte de los ingresos de la Iglesia proviene del diezmo, basado en la fe y el testimonio de los miembros de la Iglesia verdadera. Me emociona viajar por la Iglesia y ver las hermosas capillas que se han construido, cuyo costo es cubierto en parte por los diezmos y en parte por las contribuciones de la gente.

No creo que sería contradicho si afirmara hoy que, de todas las organizaciones religiosas del mundo, esta Iglesia está actualmente construyendo más lugares para adorar a Dios que cualquier otra organización religiosa.

Los diezmos en especie son pocos. Hay algunos casos en que las personas pagan su diezmo con cosechas o ganado, y estos se convierten inmediatamente en efectivo y se envían a la oficina del Obispado Presidente.

El diezmo es una ley justa y equitativa. La cantidad que se nos pide pagar como diezmo fue fijada por el Señor mediante revelación y dirección a sus siervos. El diezmo es un principio tan antiguo como la obra misma del Señor.

Leemos de Abraham, quien fue al sumo sacerdote Melquisedec para rendir al Señor un diezmo o una décima parte de sus cosechas y rebaños (véase Alma 13:15). Isaac y Jacob pagaron diezmos. Al seguir la historia de los profetas antiguos, vemos que era la ley financiera mediante la cual el Señor financiaba su obra sobre la tierra.

En los días del Salvador, el diezmo se utilizaba para sostener la obra del Señor.

Pero, si comparamos el diezmo con las leyes fiscales del país, encontramos que el diezmo es una cantidad fija del ingreso—diez por ciento, ni más ni menos.

En el gobierno civil, las leyes fiscales son flexibles, y generalmente flexibles hacia arriba. El impuesto promedio sobre los ingresos y los tributos pagados por el ciudadano común de este país oscilan entre el treinta y el treinta y cinco por ciento de su ingreso total, y hay casos en los que una persona podría pagar hasta el noventa por ciento de su ingreso para financiar el gobierno.

Sin embargo, en el gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo, el requisito máximo es el diez por ciento, ya sea de la ofrenda de la viuda o del ingreso del hombre rico.

Brigham Young dijo:

Todo el mundo debería pagar su diezmo. Una mujer pobre debería pagar su décima gallina, aun si tuviera que sacar diez veces su valor para su sustento (Discourses of Brigham Young, edición de 1943, p. 178).

En el gobierno civil, si no se cumplen las leyes fiscales, hay ciertas penalidades, multas y encarcelamiento. Pero en el gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo, el diezmo es una contribución voluntaria. Si hay penalidades involucradas—y las hay—son autoimpuestas, porque si rehusamos obedecer los mandamientos del Señor, nos negamos a nosotros mismos las bendiciones del cielo. El Señor lo dejó perfectamente claro en la sección 119 de Doctrina y Convenios, versículo 6, donde dijo:

Y os digo que si mi pueblo no observa esta ley, para guardarla santa, y por medio de esta ley no santifica la tierra de Sion para mí, para que mis estatutos y mis juicios sean guardados en ella, a fin de que sea santísima, he aquí, en verdad os digo que no será una tierra de Sion para vosotros (D. y C. 119:6).

La tierra de Sion es donde el Espíritu de Dios puede encontrarse en rica abundancia. Es un lugar donde podemos disfrutar de paz, amor fraternal y las bendiciones temporales necesarias para sostener la vida.

Pienso en el momento en que el gran profeta pionero Brigham Young, al llegar al valle, declaró que bendecían la tierra y la dedicaban para que fuera lo suficientemente productiva como para sostener a todos los que vinieran al valle. Dijo: “Todas estas bendiciones dependen de nuestra obediencia.” Desde los días en que Brigham Young dedicó la tierra para que fuera fructífera, literalmente cientos de miles de personas han llegado a lo que él vio como un desierto, un yermo estéril, y ahora florece como la rosa; y cientos de miles de personas son sostenidas y atendidas en cuanto a sus necesidades temporales.

El Señor reveló en Doctrina y Convenios, sección 85, versículo 3:

Es contrario a la voluntad y mandamiento de Dios que aquellos que no reciben su herencia por consagración, conforme a su ley que él ha dado, para diezmar a su pueblo, a fin de prepararlos para el día de la venganza y del fuego, tengan sus nombres inscritos con el pueblo de Dios (D. y C. 85:3).

Y en estos días de dificultad, derramamiento de sangre y guerra, un pueblo que paga diezmos, según esta promesa, tendrá sus nombres inscritos con el pueblo de Dios y gozará de la protección prometida que viene mediante la obediencia.

Muchas veces se hace la pregunta: “¿Qué es el diezmo?” La misma palabra indica una décima parte. El diezmo es una décima parte del ingreso total del asalariado. Es una décima parte del ingreso neto del profesional. Es una décima parte del ingreso neto del comerciante. Es una décima parte del ingreso neto del agricultor, y también una décima parte de la producción que el agricultor usa para sostener a su familia, lo cual es un requisito justo y equitativo, ya que otros compran con su ingreso los alimentos necesarios para sus familias. El diezmo es una décima parte de los dividendos derivados de inversiones. Es una décima parte del ingreso neto de seguros, menos las primas, si ya se ha pagado el diezmo sobre dichas primas.

Que sigamos la exhortación de Brigham Young:

No pedimos a nadie que pague el diezmo a menos que esté dispuesto a hacerlo; pero si pretende pagar el diezmo, páguelo como un hombre honrado (Discourses of Brigham Young, edición de 1943, p. 177).

Que cumplamos plenamente con nuestras obligaciones de diezmo y que de ello recibamos las bendiciones prometidas, tanto espirituales como temporales.

En cuanto al manejo del diezmo, de acuerdo con las revelaciones, los siguientes oficiales del gobierno del sacerdocio del Señor son responsables: el Presidente de la Iglesia, quien es fideicomisario; el Obispado Presidente, y todos los obispados que presiden en los barrios, así como las presidencias de rama que presiden sobre las ramas. Una vez al mes, todos los diezmos recibidos por los obispados de barrio y las presidencias de rama se envían íntegramente a la oficina del Obispado Presidente; los obispados y las presidencias de rama no retienen nada del diezmo. El diezmo se envía acompañado de duplicados de los recibos entregados a los donantes. En la oficina del Obispado Presidente se ha establecido una cuenta personal de diezmos para cada donante. Al final de cada trimestre del año, se devuelve a los obispados de la Iglesia un informe de diezmos elaborado en la oficina del Obispado Presidente, en el cual se enumeran todos los que han pagado diezmos durante ese período y la cantidad. Mediante este sistema, los obispados de barrio tienen un registro de lo que cada pagador de diezmos ha contribuido durante cualquier trimestre del año o durante todo el año, lo cual hace posible que, en el ajuste de diezmos, cada persona reciba del obispo un registro personal de los diezmos pagados.

Todo el diezmo recibido por el Obispado Presidente es transferido en su totalidad a la Primera Presidencia.

El brillante ejemplo de integridad por parte de los hermanos que manejan los diezmos en los barrios y las ramas de la Iglesia no tiene comparación. Dudo que en el gobierno civil se encuentre un registro de integridad comparable al que hallamos en el gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo.

A menudo se pregunta: “¿Cómo se distribuye el diezmo?” El plan para su distribución se encuentra en la sección 120 de Doctrina y Convenios y es el siguiente:

De cierto, así dice el Señor, ha llegado el tiempo de que sea dispuesto por un consejo, compuesto de la Primera Presidencia de mi Iglesia, y del obispo y su consejo, y de mi sumo consejo, y por mi propia voz a ellos, dice el Señor… (D. y C. 120:1).

Y así, en cumplimiento de esta revelación, se ha organizado un consejo llamado “El Consejo para la Distribución de los Diezmos”, compuesto por la Primera Presidencia, el Consejo de los Doce y el Obispado Presidente. Bajo la dirección de este consejo, se ha organizado un comité de presupuesto compuesto por dos miembros del Consejo de los Doce y un miembro del Obispado Presidente. Cada año, el comité de presupuesto analiza las necesidades financieras de los diversos departamentos de la Iglesia con el propósito de eliminar gastos innecesarios. El presupuesto, una vez elaborado, se presenta al consejo para la distribución de los diezmos, donde nuevamente la Primera Presidencia y los miembros del consejo lo examinan cuidadosamente para asegurarse de que no haya gastos extravagantes. Bajo la dirección de este consejo, existe además otro comité llamado “El Comité de Gastos” de la Iglesia, autorizado para aprobar los desembolsos según lo requieran los departamentos de la Iglesia. Este comité se reúne una vez por semana. Está compuesto por la Primera Presidencia, tres miembros de los Doce y el Obispado Presidente. Y durante los quince años que he tenido el privilegio de ser miembro de este comité, he sido inspirado y conmovido por la cuidadosa asignación de los fondos de la Iglesia. El gobierno civil bien podría seguir el ejemplo del comité de gastos del gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo.

¿Para qué se utilizan los diezmos? Por revelación, se utilizan para ayudar a los pobres, para edificar templos y capillas, para el mantenimiento de templos y misiones, para la construcción de edificios escolares, seminarios e institutos, y para otros gastos operativos necesarios. El diezmo también puede utilizarse para la compra de tierras. En la sección 42, versículo 35 de Doctrina y Convenios, se indica que los excedentes pueden emplearse para adquirir tierras para el bien público del pueblo (D. y C. 42:35).

El profeta Malaquías declaró:

Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde (Mal. 3:10).

No voy a decirles que, porque paguen su diezmo, mañana por la mañana habrá un automóvil en su garaje o que todos serán bendecidos con una mansión en la cual vivir. Esa promesa no puedo hacerla.

El Señor nos ha prometido que bendecirá a los obedientes con las necesidades de la vida. Nos bendecirá con la inspiración para administrar sabiamente nuestros ingresos y utilizarlos de manera prudente, de modo que podamos cumplir con nuestras obligaciones.

En muchos barrios de la Iglesia donde se están construyendo capillas, los miembros están pagando y han pagado más diezmo que antes, lo cual es evidencia de que el Señor, directa y mediante la inspiración de su Santo Espíritu, nos bendice en nuestros asuntos temporales cuando obedecemos el mandamiento del diezmo.

En la época en que el presidente Lorenzo Snow asumió la administración del gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo, fue al final de un período muy difícil en su historia. La Iglesia había sido procesada y perseguida en relación con la cuestión del matrimonio plural. Sus propiedades habían sido confiscadas; se había tomado dinero prestado con intereses del doce por ciento; y el ingreso total de la Iglesia en ese momento apenas alcanzaba para pagar los intereses de esas deudas.

El Profeta suplicó poderosamente a Dios por dirección divina y recibió una revelación en la que se le indicaba que si el pueblo de la Iglesia obedecía la ley del diezmo, sus tierras serían productivas, vendrían las lluvias y el problema financiero de la Iglesia sería resuelto. La promesa del Señor se cumplió mediante la obediencia del pueblo; el crédito de la Iglesia fue salvado; y hoy descansa sobre una sólida base financiera.

Existen bendiciones espirituales: la bendición de la fe, la bendición del testimonio, el poder divino que nos motiva a cumplir este mandamiento divino y del cual proviene el entendimiento espiritual, y esa virtud tan necesaria de ser honestos con nuestro Padre Celestial, con nosotros mismos y con nuestros semejantes.

Llega la felicidad y una comunión plena al disfrutar de la compañía del Santo Espíritu de nuestro Padre Celestial. Estas son las recompensas de las que habló Malaquías.

Brigham Young declaró:

Si vivimos nuestra religión, estaremos dispuestos a pagar el diezmo. No somos nuestros, hemos sido comprados por precio (véase 1 Cor. 6:20); somos del Señor: nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestro oro y plata, nuestro trigo y nuestra harina fina, nuestro vino y nuestro aceite, nuestro ganado y todo lo que poseemos en esta tierra es del Señor, y Él requiere una décima parte para la edificación de su reino. Tengamos mucho o poco, debe pagarse una décima parte como diezmo (Discourses of Brigham Young, edición de 1943, p. 176).

Para concluir, mis hermanos y hermanas, si hay alguna duda en sus mentes acerca de esta ley divina, les invito a seguir la exhortación del Salvador resucitado cuando aconsejó lo siguiente:

Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta (Juan 7:16–17).

Les prometo, como Dios vive, que mediante el Espíritu del Espíritu Santo, ese testimonio vendrá a sus corazones, de que la ley del diezmo es una ley divina y que es necesaria para llevar adelante las funciones del gobierno del sacerdocio del Señor Jesucristo.

Que Dios nos dé la fortaleza para obedecer todos sus mandamientos, para que podamos alcanzar la salvación y un lugar en el reino celestial, lo pido humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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