Conferencia General Abril 1953


El curso sabio

Élder Delbert L. Stapley
Del Consejo de los Doce Apóstoles


Mis hermanos y hermanas, quisiera rendir homenaje a nuestro querido y recientemente fallecido asociado, el élder John A. Widtsoe, un hombre que ha contribuido mucho a esta Iglesia y a su pueblo. Él dejó muchos libros, manuscritos y folletos que todos podemos usar y de los cuales podemos beneficiarnos. Yo también deseo dar la bienvenida al élder Adam S. Bennion al Quórum de los Doce y asegurarle que cuenta con mi amor, mis oraciones, mi bendición y mi apoyo. Sé que contribuirá en gran manera a la obra. Está ocupando el lugar de una persona muy importante, pero sé que estará a la altura de las grandes responsabilidades de este llamamiento.

Me gustaría que tengan presente, mis hermanos y hermanas, mientras les hablo, los discursos del presidente David O. McKay sobre el hogar, del obispo Thorpe B. Isaacson sobre la seguridad en el evangelio de Jesucristo, y el discurso del presidente Bruce R. McConkie sobre el Espíritu Santo, sus poderes y funciones.

Hacia el final de su ministerio, Cristo enseñó a sus discípulos que debía padecer muchas cosas, ser crucificado y resucitar al tercer día. Pedro reprendió al Salvador diciendo: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.” Entonces Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mat. 16:22–23). Si el Señor caminara entre nosotros hoy, ¿seríamos tropiezo para Él y objeto de reprensión por poner más atención en las cosas de los hombres que en las de Dios?

Nuestro mundo moderno, científico y material, con sus grandes logros, comodidades, confort y tentadora prosperidad, ha desviado a muchos hombres buenos de su propósito declarado de servir fielmente a Dios. Las oportunidades de riquezas, y el poder que las acompaña, a menudo impulsan a los hombres a buscar más posesiones, dinero y honores de los hombres, más que el amor y el favor de Dios. La fe de muchos de ellos se debilita, y sus oportunidades y bendiciones espirituales son sacrificadas. Se vuelven fríos e indiferentes a la religión y se causan a sí mismos y a sus familias muchos dolores.

“… es la voluntad de Dios que el hombre se arrepienta y le sirva en salud, y en la fuerza y poder de su mente, a fin de asegurar sus bendiciones, y no espere hasta que sea llamado a morir” (Enseñanzas del Profeta José Smith, p. 197).

Tenemos la responsabilidad, como padres, de proveer para los nuestros, y en nuestros mejores esfuerzos por hacerlo, normalmente se acumulan bienes materiales. No hay nada malo en que una persona gane y disfrute posesiones materiales, siempre que no sea perjudicada espiritualmente en el proceso y cumpla plenamente sus convenios celestiales y sus sagradas obligaciones para con su Dios. “Porque la vida del hombre,” dijo el Salvador, “no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15).

El Señor nos ha dado las cosas buenas de la tierra para que podamos servirle mejor. De alguna manera, las personas confunden los valores y no logran reconocer los propósitos importantes de la vida terrenal que un Padre Celestial bondadoso y amoroso ha provisto tan generosamente para ellos.

Nuestra posesión más importante es el evangelio. No tiene comparación. Abarca toda verdad. Es el único plan de vida y salvación que es eterno y que se aplica a toda la humanidad. La obediencia a sus principios, doctrinas y ordenanzas es nuestra única esperanza de protección y paz en un mundo perturbado. El Señor nos ha aconsejado “buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás será añadido” (Mat. 6:33). Los nefitas, después del ministerio de Cristo entre ellos, durante doscientos años disfrutaron plenamente de los beneficios de seguir este consejo. Hubo una era sin precedentes de rectitud y fe entre ese pueblo. Tenían todas las cosas en común. No había ricos ni pobres, esclavos ni libres (4 Nefi 1:3), ni había contenciones ni disputas entre ellos (4 Nefi 1:2). Trataban con justicia unos a otros; el Señor los prosperaba en gran manera; y edificaron grandes ciudades. En Cuarto Nefi leemos:

“Y aconteció que no había contención en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.
Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni ninguna clase de lascivia; y ciertamente no podía haber un pueblo más feliz entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios” (4 Nefi 1:15–16).

Dios los bendijo en todas sus obras, pero más tarde, la riqueza, el orgullo y el deseo de influencia y poder llevaron a su completa destrucción como pueblo y como nación. La decadencia moral siempre ha sido la caída de los pueblos y de las naciones.

La fe en Dios y en su Hijo Jesucristo debe encontrar cabida y plena expresión constante en cada corazón, o el hombre será destruido por su propia ignorancia y materialismo. Hoy, el mundo del hombre, con Cristo y sus enseñanzas, está al borde del desastre. Al pensar en ello, me pregunto en qué condición estaría el mundo si no tuviera a Cristo ni sus enseñanzas con el gran plan de salvación tal como lo conocemos y entendemos. Sin duda, la humanidad habría sido destruida hace mucho tiempo.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha ganado influencia y prestigio entre los hombres. Sus oportunidades para hacer el bien son ilimitadas. Si la Iglesia ha de ser como una luz sobre un monte (Mat. 5:14) y un faro para todos los pueblos, estoy firmemente convencido de que nuestro deber más importante es ser discípulos verdaderos, fieles y devotos de Cristo, y no como la gente del mundo, porque el Señor nos ha llamado a salir del mundo, como un pueblo peculiar para Él. En 1 Juan leemos:

“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él;
Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.
Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:15–17).

Esto no significa que el Señor negará a su pueblo las cosas buenas que la ciencia moderna y la invención han proporcionado para un mejor disfrute de la vida, sino que se nos aconseja renunciar a las búsquedas y placeres mundanos en favor de las cosas celestiales y espirituales.

En esta gran nación nuestra hemos disfrutado de doce años de prosperidad. Ningún período anterior se le compara ni en magnitud ni en duración. Ahora parece prudente, sabio y oportuno estabilizar nuestra situación financiera, asegurando nuestras posesiones y bienes para garantizar seguridad, niveles de vida adecuados, ventajas culturales y económicas para nosotros y nuestras familias, y también para hacer posible nuestro deber más sagrado de edificar el reino del Señor en la tierra.

El Señor ha aconsejado a su pueblo que ore por sus rebaños y ganados (Alma 34:20), lo cual se aplica a los intereses de todo hombre. Si vivimos fielmente el evangelio y honramos el Santo Sacerdocio de Dios, tenemos derecho a reclamar sus bendiciones y la inspiración para guiarnos en la toma de decisiones correctas en la conducción de nuestros negocios en este período de incertidumbre económica. Hay dificultades serias por delante, señales de advertencia que los Santos de los Últimos Días no pueden ignorar. Esta semana pasada el mercado de valores reaccionó ante indicios de posible paz en Corea. Los negocios y los mercados son sensibles a cualquier cambio en las condiciones mundiales. Debemos reconocer las señales de los tiempos según lo indicado por la profecía y tener visión y entendimiento sabio de las tendencias nacionales y mundiales para proteger nuestros intereses y fortalecer así la causa de Sion, tal como José de la antigüedad planificó sabiamente y se preparó contra los días de hambre y adversidad, llegando a ser un gran benefactor para los egipcios y la familia de su padre. Necesitamos toda la ayuda que la fe, la oración y la inspiración puedan brindarnos.

Los Santos de los Últimos Días, al salir de las deudas y asegurar así sus bienes, podrían dar un buen ejemplo a todos los pueblos. Recientemente, desde este púlpito, el presidente Stephen L. Richards nos aconsejó salir de deudas, y ese consejo, bajo las condiciones económicas actuales, es sumamente oportuno y sabio. Con tal amonestación no debería haber razón para equivocarnos en nuestros juicios respecto al curso que debemos seguir.

Estamos familiarizados con recientes medidas de economía del gobierno, las cuales espero que todos aprobemos y por las cuales felicitemos a nuestros líderes nacionales, pero esto indica una tendencia cautelosa en nuestra vida nacional que seguramente se extenderá a otros campos. También hemos observado ajustes en los precios de productos agrícolas y del ganado. A pesar de los grandes pedidos militares del gobierno, los productos de consumo son cada vez más abundantes y las escaseces disminuyen progresivamente. Los precios en algunas áreas están bajando, y el costo de vida también está descendiendo. El largo período inflacionario sostenido, posible por el temor de guerra, los altos impuestos, la enorme deuda gubernamental y los crecientes problemas mundiales con la paz en equilibrio, son señales de peligro que requieren cautela y decisiones sabias. Los ajustes económicos actuales, a largo plazo, serán beneficiosos para la economía nacional, pero algunos sectores inevitablemente se verán afectados por la baja de precios. Algunos de nuestros miembros ya han experimentado pérdidas serias y costosas.

En general se considera que 1953 será un buen año comercial, con una primera mitad favorable, una segunda mitad quizás incierta, y 1954 más bien incierto. Los Santos de los Últimos Días deberían aprovechar los buenos tiempos que aún quedan para salir de deudas, asegurar sus bienes actuales y no arriesgarse en expectativas de una prosperidad continua. Nadie puede ser criticado por consolidar su situación para asegurar la estabilidad y las oportunidades para sí mismo y su familia. Debemos recordar que cumplimos nuestras obligaciones con lo que queda después de pagar impuestos. La tributación es un maestro exigente y severo. Me pregunto si serán necesarias cargas tributarias aún mayores que nos dejen menos fruto de nuestro trabajo para que comprendamos cuáles son los verdaderos valores de la vida.

El profeta José Smith ha dado esta advertencia:

“Profetizo que las señales de la venida del Hijo del Hombre ya han comenzado. Una pestilencia devastará tras otra… Algunos quizá hayan clamado paz, pero los santos en el mundo tendrán poca paz de aquí en adelante… Las guerras están cercanas… Debemos tener como nuestro mayor objetivo la edificación de Sion” (Enseñanzas del Profeta José Smith, p. 160).

Llamo su atención a la declaración del presidente Joseph Fielding Smith en la sesión de la conferencia del sábado pasado, cuando dijo que la paz no vendrá a la tierra hasta que el Salvador la traiga en su segunda venida.

Ahora bien, en este discurso, mis hermanos y hermanas, no pretendo causar pánico ni temor en el corazón del pueblo Santo de los Últimos Días. Nuevamente, se considera que 1953 será un buen año; sin embargo, un programa ordenado y planificado de liquidación de deudas, con la protección de nuestros intereses y la eliminación de riesgos innecesarios, será de gran ayuda y no perjudicial para la economía nacional. Según interpreto las condiciones actuales, me parece que este es el curso sabio a seguir. Sé que traerá paz y tranquilidad mental, y un glorioso sentido de seguridad y bienestar para aquellos a quienes amamos y que dependen de nosotros con plena confianza para las necesidades y oportunidades de la vida.

Mi alma está llena del espíritu de esta obra de los últimos días. Es sumamente importante. No debe fracasar. Dios nos ha llamado a llamamientos sagrados y depende de nosotros que permanezcamos libres de enredos y compromisos financieros para servirle con libertad y eficacia, y para promover su glorioso reino en la tierra. Que siempre tengamos presentes estas sugerencias y seamos fieles y leales en nuestras obligaciones en la Iglesia, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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