Los misioneros trabajan para cumplir la promesa
Presidente Joseph Fielding Smith
Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles
Ayer, junto con mis hermanos, estuve reunido con unos treinta presidentes de misión. Escuchamos un informe de todos ellos en relación con su labor y la obra de los misioneros que trabajan bajo su dirección. Al concluir la reunión, y durante toda ella, sentimos regocijo debido a los alentadores informes que pudieron darnos.
Hay una razón por la cual estos misioneros salen adelante, y es cumplir la promesa que hizo nuestro Redentor de que su evangelio del reino sería predicado en todo el mundo como testimonio antes del tiempo de su segunda venida (Mateo 24:14). En su discurso, tal como está registrado en el capítulo veinticuatro de Mateo, que fue dado en respuesta a la petición de sus discípulos de saber acerca de su segunda venida y de los acontecimientos que ocurrirían antes de ella, les habló de las calamidades, de la angustia entre las naciones, de las guerras, de los rumores de guerras, de las conmociones, de los corazones de los hombres desfalleciendo y de cómo se apartarían de la verdad (José Smith—Mateo 1:28–30; Lucas 21:26). Luego, hablando de los últimos días, les dijo:
“Y además, por cuanto la iniquidad abundará, el amor de muchos se enfriará; mas el que no fuere vencido, éste será salvo.
“Y además, este evangelio del reino será predicado en todo el mundo, como testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin, o la destrucción de los inicuos” (José Smith—Mateo 1:30–31).
Cumpliendo esa predicción de que el evangelio sería nuevamente predicado—lo que implica que habría un tiempo en que no sería predicado y tendría que ser restaurado—estos misioneros están saliendo y dedicando su tiempo asignado entre las naciones de la tierra.
Lamentablemente, debido a condiciones que la Iglesia no puede controlar, nuestras fuerzas misionales se han reducido. Necesitamos misioneros. Es cierto hoy, como lo fue hace cien años, que la mies es mucha y los obreros pocos (Lucas 10:2). Asimismo, el campo está blanco y listo para la siega (D. y C. 4:4). En una revelación dada a la Iglesia el 1 de noviembre de 1831, el Señor dijo que enviaría a sus misioneros, o a sus siervos:
“Y la voz de amonestación será para todo pueblo, por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos postreros días.
“Y saldrán, y nadie los detendrá, porque yo, el Señor, los he mandado.
“He aquí, ésta es mi autoridad, y la autoridad de mis siervos, y mi prefacio al libro de mis mandamientos, que les he dado para que lo publiquen a vosotros, oh habitantes de la tierra.”
“Por tanto, temed y temblad, oh pueblo, porque lo que yo, el Señor, he decretado en ellos se cumplirá” (D. y C. 1:4–7).
Ahora bien, el Señor ha dicho que sus misioneros no serán detenidos y que saldrán hasta que Él declare que la obra está terminada. En esta misma revelación también dice lo siguiente:
“Porque ellos [los habitantes de la tierra] se han apartado de mis ordenanzas y han quebrantado mi convenio sempiterno;
“No buscan al Señor para establecer su justicia, sino que cada hombre anda en su propio camino y en pos de la imagen de su propio dios, cuya imagen es a semejanza del mundo y cuya sustancia es la de un ídolo que se envejece y perecerá en Babilonia, sí, Babilonia la grande, que caerá.
“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo la calamidad que habría de venir sobre los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde el cielo, y le di mandamientos;
“Y también di mandamientos a otros para que proclamaran estas cosas al mundo; y todo esto para que se cumpliese lo que fue escrito por los profetas:
“Que las cosas débiles del mundo saldrían y abatirían a las fuertes y poderosas, para que el hombre no aconseje a su prójimo ni confíe en el brazo de la carne,
“Sino que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, sí, el Salvador del mundo;
“Para que también la fe aumente en la tierra;
“Para que se establezca mi convenio sempiterno;
“Para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por los débiles y los sencillos hasta los confines de la tierra, y ante reyes y gobernantes” (D. y C. 1:15–23).
Y así, en cumplimiento de estas promesas al mundo, nuestros misioneros salen adelante. Ningún poder ha podido detener sus manos. Se ha intentado. Grandes esfuerzos se hicieron al principio, cuando solo había un pequeño grupo de misioneros, pero el progreso de esta obra no pudo ser detenido. No puede ser detenido ahora. Debe y seguirá adelante para que los habitantes de la tierra tengan la oportunidad de arrepentirse de sus pecados, recibir la remisión de ellos y venir a la Iglesia y al reino de Dios, antes de que estas destrucciones finales sobrevengan sobre los inicuos, pues han sido prometidas.
Hoy en el mundo hay angustia, confusión, problemas, conmoción y contención entre las naciones. No hay paz. No habrá paz sino hasta que el Príncipe de Paz venga a traerla. Y su advertencia al mundo es que se arrepientan (D. y C. 18:41). Esto podría haberlo leído, pues es el primer versículo de esta revelación que he estado citando. Los justos han sido llamados a salir de Babilonia (D. y C. 133:5), es decir, del mundo, para recibir el evangelio de Jesucristo tal como ha sido restaurado y hallar un lugar en el reino de Dios.
Y estos misioneros, en su mayoría jóvenes, sin experiencia en los caminos del mundo, salen con este mensaje de salvación y confunden a los grandes y poderosos, porque tienen la verdad. Están proclamando este evangelio; los honestos y sinceros lo escuchan, se arrepienten de sus pecados y vienen a la Iglesia. Los impíos no se arrepentirán. Esta verdad también se declara en esta revelación. No se arrepentirán porque hoy, como en tiempos antiguos, los hombres aman más las tinieblas que la luz (Juan 3:19; D. y C. 10:21; D. y C. 29:44–45).
Deseo testificarles, mis hermanos y hermanas, y a todo el mundo, que Dios vive, que ha hablado nuevamente desde los cielos, y que los cielos nunca han sido cerrados para aquellos que son honestos y fieles, que buscan sinceramente la guía del Señor. El Señor nunca cerró los cielos. Los hombres cerraron los cielos y dijeron que no habría más revelación, ni más mandamientos, sino solo los que están en el canon de las Escrituras. Fueron los hombres quienes dijeron eso, no Dios. Los hombres han dicho que el Señor terminó su obra. Han dicho que no podría haber más visitas de ángeles, ni más Escritura, y que tendríamos que depender de la letra muerta de la ley tal como está registrada en los libros contenidos dentro de las cubiertas de la Biblia. Eso lo dicen los hombres—Dios no lo ha dicho.
Y Él ha restaurado para nosotros el evangelio sempiterno y nos ha dado revelación, y nos ha hecho conocer muchas de las cosas claras e importantes concernientes a su reino—cosas reveladas antiguamente, y también en el día en que vivimos; y dará revelación a esta Iglesia de tiempo en tiempo según las necesidades del pueblo, porque los cielos no están sellados, sino solo cuando los hombres los han sellado contra sí mismos.
Procuremos conocer Su voluntad, prestemos atención a los consejos de la Primera Presidencia de esta Iglesia y del Presidente, quien es el portavoz, el siervo de Dios, con la autoridad para recibir revelación para la guía no solo de los Santos de los Últimos Días, sino también de todos los pueblos del mundo, si tan solo prestan atención a ella. Que el Señor los bendiga, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

























