Vivir para las bendiciones
Élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia
Yo, al igual que los demás hermanos, necesito su fe y sus oraciones, y agradezco su fe y sus oraciones a mi favor, especialmente mientras estoy de pie ante ustedes.
Al contemplar esta vasta audiencia y pensar en los cientos de miles que escuchan por televisión y radio, la responsabilidad es sumamente abrumadora. Solo hay un consuelo para mí: aunque no recuerden todo lo que se diga aquí hoy, hay mucho más que obtener que las palabras que escuchan o lo que su memoria puede retener. Esto es cierto cuando asisten a cualquier reunión. Salen de la reunión animados, con su fe renovada, su testimonio vivificado; la elevación espiritual es inconmensurable.
Se me recuerda la historia que tan a menudo se cuenta, y que todos ustedes conocen, del obispo que visitó a un miembro que se había vuelto inactivo en el barrio. Se sentaron en silencio frente a un fuego encendido en la chimenea y, presumiblemente, el obispo pensando en cómo abordar el tema, extendió las tenazas, tomó un carbón encendido y lo colocó en el hogar, delante del fuego. Permanecieron en silencio y observaron cómo el carbón encendido gradualmente se volvía frío, negro y sin vida. Entonces el obispo tomó nuevamente el carbón con las tenazas y lo colocó de nuevo en el fuego junto a los otros carbones vivos, y observaron cómo recuperaba su vida, su fuego, su calor y su ardor. Aún no se había dicho nada. Finalmente, el hombre dijo: “Obispo, entiendo lo que vino a decirme.”
Al reunirnos, el fuego de nuestro testimonio se mantiene vivo y ardiente. Es mediante el reunirnos y trabajar juntos que crecemos en fe y en conocimiento. Cuando nos apartamos de la actividad en la Iglesia, llegamos a ser como el carbón solitario en el hogar: frío y sin vida.
Estamos cumpliendo un mandamiento del Señor al asistir a las reuniones, pero para crecer en la Iglesia, eso por sí solo no es suficiente. Si nos detenemos allí, no seríamos muy diferentes de aquellos de otras iglesias. Santiago nos dice:
“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.
Porque si alguno es oidor de la palabra y no hacedor, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural;
Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.
Mas el que mira atentamente en la perfecta ley de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:22–25).
Ahora bien, la perfecta ley de la libertad a la que se refiere aquí es la ley del albedrío. De modo que podríamos decir:
Mas el que ejerce su poder de albedrío y escoge el camino correcto, no siendo un oidor olvidadizo, sino hacedor de la palabra, este será bendecido en lo que hace.
Así, al ejercer nuestro albedrío y vencer el mal, llegamos a ser herederos de las bendiciones del Señor, no solo oyentes pasivos de la palabra, sino hacedores activos de ella.
Santiago también dice:
“Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:26).
Muchos han expresado la idea de que si reciben una bendición patriarcal por escrito, esta se cumplirá al pie de la letra sin ningún esfuerzo de su parte.
Esto me recuerda a la joven que declaraba que se casaría en el templo cuando se casara, y eso era muy seguro, y todos sus amigos conocían su actitud; sin embargo, cuando se casó, no solo se casó fuera del templo, sino que se casó con un no miembro de la Iglesia. Cuando una de sus amigas le dijo después: “Pero, María, yo pensaba que tú, más que nadie, te casarías en el templo”, ella respondió: “Bueno, mi bendición patriarcal me prometió que me casaría en el templo, así que supongo que algún día sucederá.”
Debemos servir al Señor con diligencia e inteligencia, guardando todos sus mandamientos, si esperamos recibir sus bendiciones.
Cuando surge la pregunta de si las bendiciones vienen por nuestros esfuerzos en rectitud al cumplir la ley sobre la cual se basa la bendición, ¿por qué entonces tener bendiciones patriarcales? Recibiremos nuestras bendiciones de todos modos si vivimos dignos de ellas. Y eso es muy cierto, porque “debemos vivir dignos de nuestras bendiciones si queremos recibirlas, pero hay gran consuelo y fortaleza en tener nuestras bendiciones tanto prometidas como selladas sobre nosotros por siervos autorizados del Señor en obediencia a su palabra y ley, porque el Señor ha colocado agentes autorizados en la tierra para ejercer su poder y su autoridad, no solo para pronunciar, sino para sellar estas bendiciones, a fin de que el Señor tenga un ancla sobre las almas de los hombres y mujeres para siempre, porque ni la muerte ni el destructor pondrán fin a estas bendiciones, sino que quien las reciba las poseerá y disfrutará por los siglos de los siglos.”
Una bendición patriarcal nos da valor para vivir como sabemos que debemos vivir.
Nos ayuda a evitar ceder a la tentación y a hacer las cosas que se nos ha enseñado hacer.
Citando nuevamente a Santiago:
“Así que, al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17).
Después de que una persona ha recibido una bendición patriarcal, después de haber sido enseñada la Palabra de Sabiduría, la ley del diezmo, haber sido instruida a asistir a las reuniones sacramentales y del sacerdocio, y haber sido enseñada la ley de los sellamientos celestiales, y luego actúa en contra de esas enseñanzas, para él es pecado. Después de haber sido enseñada la honestidad, y no hay verdad en él, para él es pecado. Si ha sido enseñada la caridad, y no tiene caridad en su corazón, para él es pecado. Aquel que ha hecho convenio de dedicar su tiempo y talentos al servicio del Señor y no lo hace, para él es pecado. Aquel que tiene el evangelio y no lo enseña a otros, tanto por ejemplo como por precepto, para él es pecado.
Vivamos dignos de las bendiciones del Señor, viviendo el evangelio cada día. Mostremos nuestra fe por medio de nuestras obras, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

























