En Sus asuntos

Conferencia General Abril 2026

En Sus asuntos

Por el élder Patrick Kearon
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

La vida es mejor, todo es mejor, cuando estamos en Sus asuntos.



Cuando tenía alrededor de veinticinco años fui bautizado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Londres, y me uní a un gran grupo de jóvenes adultos solteros; mis nuevos amigos en mi recién descubierta fe. Durante la primera reunión sacramental después de mi bautismo, se me pidió que pasara al frente de la capilla y se invitó a la congregación a levantar la mano en señal de mi bienvenida al barrio y a la Iglesia.

Esa era una práctica desconocida para mí. Sin embargo, miré aquellos rostros sonrientes y sentí como si me estuvieran animando, genuinamente emocionados de que yo hubiera descubierto la fe en Jesucristo y el deseo de seguirlo. Muchos de mis nuevos amigos habían experimentado recientemente esa misma bienvenida y transición a una vida de fe.

Una semana después, se me invitó a reunirme con el obispo. Él se había tomado el tiempo para conocerme mientras los misioneros me enseñaban. El obispo se reclinó hacia atrás en la silla, golpeando una regla en la palma de su mano, y me dijo que nos reuníamos porque él tenía un llamamiento para mí. Él había orado acerca de mí y me dijo que el llamamiento sería beneficioso para mí y mi futuro servicio al Señor en Su Iglesia. Me extendió el llamamiento de secretario auxiliar de barrio. La reacción en mi mente fue: “¿secretario auxiliar de barrio? Bueno, ¡ese no soy yo!» Afortunadamente, recibí un poco de ayuda divina y respondí con un “gracias”, y que me esforzaría por aprender lo que eso implicaba. Yo no tenía ni idea.

El domingo siguiente, en la iglesia, me pidieron que me pusiera de pie mientras se anunciaba mi llamamiento. Se invitó a mi familia del barrio a levantar la mano si accedían a sostenerme. Sentí consuelo al ver que esas mismas manos levantadas y esos rostros sonrientes me rodeaban en la congregación, asegurándome de que mis nuevos amigos me apoyarían con su buena voluntad, paciencia y fe.

El secretario de barrio al que yo iba a “ayudar” vino directamente hacia mí al final de la reunión y me dijo: “Vamos, Patrick, te mostraré cómo funciona esto”. Durante los meses siguientes, él me mostró cómo funcionaba todo, sentados uno al lado del otro, a menudo durante horas, en la pequeña oficina del secretario (para que quede claro, esa es una oficina pequeña para secretarios, no una oficina para secretarios pequeños).

Otros llamamientos vinieron después. Mi obispo se mantuvo amorosamente pendiente de mí, y más adelante me dijo que se había sentido inspirado por el Señor a extenderme llamamientos que serían exigentes para mí, pero que confiaba en que no fuesen abrumadores. Llegué a ver propósito y poder en cada llamamiento que recibía y, en retrospectiva, la inspiración del obispo llegó a tener sentido para mí.

También tuve la oportunidad de sostener a otras personas, tratando felizmente de apoyarlas mientras todos aprendíamos a servir juntos. A menudo, el llamamiento se ajustaba de manera evidente a los dones y talentos de la persona. En ocasiones había momentos en los que pensaba: “Mmm, qué interesante elección”, aunque no tanto como cuando yo era esa elección.

De común acuerdo

Con todas esas manos levantadas y sonrisas alentadoras, estábamos participando en el principio de común acuerdo, donde podemos elegir sostener a aquellos llamados a servir, levantando la mano derecha. El común acuerdo es una hermosa mezcla de albedrío, unidad y fe. Es un compromiso personal y voluntario de apoyar, sostener y ayudar a los siervos llamados por el Señor en sus responsabilidades, ya sea un miembro del obispado, asesora de las Mujeres Jóvenes, maestro de la Escuela Dominical o presidenta de la Primaria de estaca. Nos sostenemos unos a otros con nuestras oraciones, nuestro amor, nuestra paciencia y nuestra fe. ¿Estaremos siempre de acuerdo con aquellos a quienes se nos invita sostener? ¿Pensaremos siempre que están haciendo un buen trabajo y sirviendo como lo haría el Salvador? Probablemente no, y puede que tengamos razón, pero al orar por ellos, y ellos por nosotros, se construyen importantes puentes de unidad.

Llegué a comprender por qué todos se sirven unos a otros en un barrio o una rama: nos brinda a todos la oportunidad de seguir a Cristo y Sus virtudes —tales como la caridad, la humildad, la mansedumbre, el perdón y el amor— con personas que pueden ser muy diferentes a nosotros. Vi claramente cómo se fortalece la fe y se une el cuerpo de Cristo. Podía ver obrar al Señor a través de siervos imperfectos, sobre todo en mi caso, que se esforzaban por discernir Su voluntad para con aquellos a quienes servían.

Algunos llamamientos son sumamente exigentes, mientras que otros pueden hacer que nos preguntemos: “¿No se me podría pedir que haga más?”. Es posible que ustedes sirvan en una función muy visible por un tiempo, solo para luego ser llamados a prestar un servicio silencioso y sin ser vistos, o a apoyar a aquellos que tienen menos experiencia. Cuando los llamamientos cambian de maneras que les impactan profundamente a ustedes o a su familia, requerirá una gran fe y confianza en el Señor mientras se adaptan.

También reconozco que hay quienes, debido a circunstancias excepcionales, no pueden responder a un llamamiento en un momento dado. Los líderes atentos serán sensibles a esto, y por medio de la oración, el Señor puede ayudarlos a saber cuándo es el momento adecuado para que vuelvan a servir.

¿Resulta inconveniente, a veces, servir en un llamamiento que requiere algo de nosotros? ¿Podríamos llegar a sentirnos cansados o reacios? He aprendido una y otra vez que, sea cual sea nuestra ofrenda, en el sistema del Señor siempre salimos beneficiados.

Cuando el Salvador llamó a Pedro, Andrés, Santiago y Juan a seguirlo, ellos al instante dejaron caer sus redes. Si alguna vez un llamamiento fue inconveniente o incomprensible, debe haber sido en esta ocasión en la costa de Galilea, aun así, ellos lo siguieron con fe. ¿Y qué hay de sentirse desanimados o abatidos? Aun con todo lo que vieron, sintieron y experimentaron, aquellos primeros apóstoles necesitaron el tierno recordatorio del Señor y Su invitación de apacentar Sus ovejas.

Nuestro servicio es una elección, una ofrenda a Dios y una bendición. Todos sabemos que la oración, el estudio de las Escrituras y la adoración en la Iglesia y en el templo son esenciales para el desarrollo de nuestra fe. ¿Hemos llegado a ver también que nuestros llamamientos tienen una función fundamental en el crecimiento de nuestra fe? Los llamamientos del Señor están hechos a la medida para nuestro crecimiento, conforme nos humillemos, veamos más allá de nosotros mismos y aprendamos que, efectivamente, cuando estamos al servicio de nuestros semejantes, de echo estamos al servicio de nuestro Dios. Lo que le importa al Señor no es dónde, sino cómo sirvamos.

Y también nos debe importar a nosotros. No había falta de compromiso en aquellos amigos de los que hablaba. Ellos estaban comprometidos a vivir su fe, y eso era contagioso. Pude ver el gozo que procedía de su profunda devoción, lo cual nos lleva hasta el día de hoy.

Asamblea solemne

Hoy hemos tenido la oportunidad sagrada de reunirnos para levantar la mano en apoyo al presidente Dallin H. Oaks, para sostenerlo como el profeta, vidente y revelador del Señor. Estoy seguro de que, si él hubiera hecho un repaso de su servicio en la Iglesia cuando tenía entre veinte y treinta años de la manera en que acabo de repasar el mío, nada habría estado más lejos de su mente que la posibilidad de convertirse en el Presidente de la Iglesia. Este es un llamamiento que él no buscó ni al que aspiró. El peso de esta responsabilidad es enorme y aleccionador. No puedo evitar pensar en su papá, que murió cuando el joven Dallin tenía solo siete años, y en su madre, fiel y resuelta, que crio a un hijo fuerte y trabajador, que más tarde sería llamado, de una vida distinguida pero modesta, a servir como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles. Ahora, cuarenta y dos años después, lo sostenemos con gozo como el Apóstol principal del Señor, mientras su alma entera responde una vez más a un llamado, sin pretender infalibilidad, mientras confía en la mano guiadora del Señor.

Desde 1880 hemos llamado a este tipo de momentos asambleas solemnes, una reunión sagrada con un propósito santo como este. Para mí, si bien hoy ciertamente tiene un propósito solemne, también es un día lleno de gratitud y regocijo por la oportunidad de que toda la Iglesia se reúna y ejerza el común acuerdo. Hemos manifestado nuestra voluntad de sostener al presidente Oaks con nuestra confianza, nuestra fe y nuestras oraciones.

“Cada persona es igual a las demás al ejercer con seriedad y solemnidad su derecho de sostener o no a [quien], de acuerdo con los procedimientos que provienen de las revelaciones, [ha] sido escogido para dirigir”.

En Sus asuntos

Cuando Jesús tenía doce años y fue encontrado por Sus padres enseñando en el templo, Él les dijo que había estado “en los asuntos de [Su] Padre”. Y nosotros también podemos estarlo. Cada llamamiento, cualquiera que sea, es “Su asunto” cuando se recibe con un corazón humilde y dispuesto y con el deseo de elevar y consolar a Sus hijos y compartir Sus buenas nuevas. No estamos simplemente cumpliendo una asignación cuando respondemos a un llamado inspirado, sino uniéndonos al Salvador del mundo en Su infinita obra redentora. Él los necesita a ustedes y me necesita a mí. La vida es mejor, todo es mejor, cuando estamos en Sus asuntos. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario 

El élder Patrick Kearon presenta una teología del servicio profundamente centrada en la transformación espiritual del individuo a través de los llamamientos en la Iglesia. El discurso construye un argumento doctrinal claro: el servicio no es simplemente una responsabilidad organizacional, sino un medio divinamente diseñado para formar el carácter cristiano. La experiencia inicial del autor, marcada por inseguridad y desconocimiento, refleja un patrón recurrente en el discipulado: Dios llama a personas imperfectas no por lo que son, sino por lo que pueden llegar a ser mediante la obediencia y la fe. Así, el llamamiento se convierte en un instrumento pedagógico celestial, donde el aprendizaje ocurre en el hacer, y donde la gracia actúa en medio de la debilidad humana.

El principio de común acuerdo adquiere en el discurso una dimensión comunitaria y doctrinal significativa. No se trata únicamente de un acto formal, sino de una manifestación activa de unidad, fe y sostenimiento mutuo. El levantar la mano simboliza un convenio implícito de apoyar, orar y edificar a otros, aun en medio de imperfecciones. Este aspecto revela una eclesiología participativa, donde cada miembro contribuye al fortalecimiento del “cuerpo de Cristo”. Además, el discurso enfatiza que el valor del servicio no radica en su visibilidad o prestigio, sino en la disposición del corazón. Esta enseñanza desafía las nociones humanas de jerarquía y éxito, reorientando al oyente hacia una perspectiva divina donde lo esencial es el crecimiento interior y la fidelidad en cualquier circunstancia.

Finalmente, el mensaje culmina en una invitación profundamente cristocéntrica: estar “en los asuntos del Padre” implica participar activamente en la obra redentora de Jesucristo. El servicio se redefine entonces como una colaboración con el Salvador, no como una carga, sino como una bendición transformadora. El discurso enseña que, aunque los llamamientos puedan ser exigentes, inconvenientes o incluso incomprensibles, en el sistema del Señor siempre producen crecimiento espiritual. Esta visión eleva el servicio cotidiano a una dimensión sagrada, donde cada acto de entrega se convierte en una expresión de discipulado y una vía para acercarse más plenamente a Cristo. En suma, el discurso articula una doctrina del servicio como medio de santificación, unidad y gozo duradero en la vida del creyente.

Puntos doctrinales

1. El servicio como medio de transformación espiritual

El discurso enseña que los llamamientos no son solo asignaciones, sino instrumentos divinos para moldear el alma. Dios no llama a los capacitados, sino que capacita a los llamados.
Este principio revela una doctrina de crecimiento progresivo: el servicio actúa como un “taller espiritual” donde se desarrollan atributos cristianos. La incomodidad inicial no es un error, sino parte del diseño formativo de Dios.

El principio del servicio es un medio de transformación espiritual, enseñado en el discurso del élder Patrick Kearon, revela una profunda verdad sobre la manera en que Dios perfecciona a Sus hijos: los llamamientos no son meras funciones administrativas, sino contextos divinamente orquestados para el desarrollo del carácter cristiano. Al llamar a personas que aún no se sienten preparadas, el Señor establece un proceso pedagógico basado en la fe, la dependencia de Su gracia y la acción continua. Esta dinámica refleja un patrón recurrente en el discipulado de Jesucristo, donde el crecimiento no precede al servicio, sino que emerge a través de él. Así, la incomodidad, la inseguridad y el esfuerzo forman parte integral del diseño formativo de Dios, convirtiendo cada llamamiento en un “taller espiritual” donde se cultivan la humildad, la caridad y la confianza en lo divino, evidenciando que la verdadera capacidad se adquiere en el proceso de servir y no antes de él.

2. El principio de común acuerdo como expresión de unidad

Sostener a otros no es un acto simbólico, sino un compromiso espiritual de apoyo, fe y oración.
Aquí se manifiesta una eclesiología activa: la Iglesia funciona como un cuerpo donde cada miembro fortalece a los demás. El común acuerdo une el albedrío individual con la voluntad colectiva guiada por Dios.

El principio al como se presenta en el discurso del élder Patrick Kearon, constituye una doctrina profundamente arraigada en la naturaleza participativa del reino de Dios, donde la unidad no es impuesta, sino construida mediante el ejercicio consciente del albedrío. Sostener a otros trasciende lo meramente formal y se convierte en un convenio implícito de apoyo espiritual, que incluye oración, paciencia y fe activa en la capacidad de Dios para obrar a través de Sus siervos. Esta práctica revela una eclesiología dinámica en la que la Iglesia opera como un cuerpo vivo, en el cual cada miembro contribuye al fortalecimiento del todo, reflejando el modelo del cuerpo de Cristo enseñado por Jesucristo. Así, el común acuerdo armoniza la voluntad individual con los propósitos divinos, fomentando una unidad que no depende de la uniformidad de opiniones, sino de la disposición colectiva a sostener, edificar y avanzar juntos en fe bajo la dirección del Señor.

3. Dios obra a través de personas imperfectas

El Señor realiza Su obra mediante siervos que están en proceso de perfeccionamiento.
Esta doctrina elimina expectativas irreales y fomenta la paciencia y la gracia. Reconocer la imperfección humana permite ver la mano de Dios con mayor claridad, ya que el poder no proviene del hombre, sino de Él.

Dios obra a través de personas imperfectas revela una profunda verdad sobre la naturaleza del discipulado y la economía divina: el Señor no depende de la perfección humana para llevar a cabo Su obra, sino que la perfecciona en el proceso mismo del servicio. Este enfoque desplaza la confianza del individuo desde sus propias capacidades hacia el poder habilitador de Dios, fomentando una fe más madura y dependiente de la gracia. Al reconocer que los siervos están en constante desarrollo, se disipan las expectativas irreales y se cultivan virtudes esenciales como la paciencia, la misericordia y la humildad dentro de la comunidad de creyentes. Así, la imperfección deja de ser un obstáculo y se convierte en el escenario donde se manifiesta con mayor claridad la intervención divina, evidenciando que la eficacia de la obra no radica en el instrumento humano, sino en el poder redentor de Jesucristo.

4. El valor del servicio no depende de su visibilidad

No importa si el llamamiento es prominente o silencioso; lo esencial es la disposición del corazón.
Este principio corrige la tendencia humana a medir el valor por reconocimiento externo. En la economía divina, el servicio oculto puede tener un peso eterno mayor que el visible.

El valor del servicio no depende de su visibilidad revela una profunda verdad doctrinal sobre la naturaleza del discipulado en el evangelio de Jesucristo: Dios evalúa el corazón más que la apariencia externa. En contraste con la lógica humana, que tiende a medir la importancia por reconocimiento, influencia o prominencia, la perspectiva divina se centra en la intención, la humildad y la fidelidad del siervo. Así, un llamamiento silencioso y aparentemente pequeño puede tener un impacto eterno mayor, precisamente porque se ejerce sin búsqueda de aprobación terrenal, reflejando un amor puro y desinteresado. Este principio invita al creyente a purificar sus motivaciones y a comprender que el verdadero servicio es una ofrenda íntima a Dios, donde lo oculto se vuelve sagrado y lo invisible adquiere significado eterno en la economía celestial.

5. El servicio requiere fe, especialmente en el cambio

Los cambios en llamamientos pueden ser difíciles, pero invitan a confiar en la sabiduría del Señor.
Esta enseñanza resalta la doctrina de la sumisión espiritual: aceptar los cambios como parte del plan divino fortalece la confianza en Dios y refina el carácter del discípulo.

El servicio requiere fe, especialmente en medio del cambio, revela una dimensión profunda de la doctrina del discipulado: la sumisión voluntaria a la voluntad de Dios como medio de santificación. En el contexto de los llamamientos, los cambios —ya sean inesperados, exigentes o aparentemente regresivos— confrontan directamente las expectativas humanas y obligan al creyente a decidir si confiará en su propio entendimiento o en la sabiduría divina. Este proceso no es meramente administrativo, sino profundamente espiritual, pues invita al individuo a desarrollar una fe madura, capaz de sostenerse aun sin comprender plenamente los propósitos de Dios. Así, aceptar estos cambios con humildad y disposición no solo fortalece la confianza en el Señor, sino que también refina el carácter, produciendo un corazón más sumiso, enseñable y alineado con el modelo perfecto de Jesucristo, quien ejemplificó la obediencia total al Padre incluso en circunstancias difíciles.

6. El servicio es una ofrenda voluntaria a Dios

Servir es una elección, no una imposición, y se ofrece como un acto de amor y devoción.
Este principio conecta el servicio con el sacrificio sagrado. Al ofrecer tiempo y esfuerzo, el creyente participa en una relación de reciprocidad espiritual con Dios.

El servicio es una ofrenda voluntaria a Dios revela una dimensión profundamente doctrinal del discipulado cristiano, donde la obediencia deja de ser meramente normativa para convertirse en una expresión consciente de amor y consagración. En el marco del evangelio de Jesucristo, el servicio adquiere un carácter sacrificial que refleja el modelo supremo del propio Salvador, quien entregó Su vida voluntariamente. Así, cuando el creyente decide servir sin coerción, su acción trasciende el deber y se transforma en adoración viva. Esta voluntariedad es clave, pues Dios no busca solo obras, sino corazones dispuestos; por ello, el acto de ofrecer tiempo, talentos y energía se convierte en un símbolo de entrega total del ser. Doctrinalmente, esto establece una relación de reciprocidad espiritual: el ser humano da de sí mismo, y Dios responde con crecimiento, gracia y santificación. De esta manera, el servicio voluntario no solo bendice a otros, sino que refina al alma del que sirve, alineándolo progresivamente con la voluntad divina.

7. Servir a los demás es servir a Dios

El discurso reafirma la enseñanza de que el servicio al prójimo es servicio directo al Señor.
Esta doctrina eleva las acciones cotidianas a un plano divino. Cada acto de servicio se convierte en un encuentro con lo sagrado y en una expresión concreta de discipulado.

El servir a los demás es servir a Dios, enseñado por el élder Patrick Kearon, revela una de las verdades más profundas del discipulado cristiano: la inseparabilidad entre el amor a Dios y el servicio al prójimo, tal como lo ejemplificó perfectamente Jesucristo. Esta doctrina transforma radicalmente la percepción del servicio, elevándolo de una acción meramente ética o social a una experiencia sagrada donde el creyente entra en comunión con lo divino. No se trata simplemente de ayudar, sino de participar activamente en la obra redentora del Salvador, viendo en cada persona un hijo de Dios digno de amor y ministración. Así, los actos cotidianos de bondad, muchas veces invisibles, adquieren un significado eterno, ya que reflejan el carácter de Cristo y permiten al discípulo internalizar Sus atributos. En este sentido, el servicio deja de ser una obligación externa y se convierte en una manifestación interna de conversión, donde el corazón se alinea con la voluntad de Dios y el alma se santifica mediante la entrega desinteresada.

8. Los llamamientos fortalecen la fe

Además de la oración y las Escrituras, el servicio es esencial para el crecimiento espiritual.
El discurso amplía la comprensión tradicional de las prácticas espirituales, incluyendo el servicio como un medio activo de revelación y fortalecimiento del testimonio.

Los llamamientos fortalecen la fe amplía de manera significativa la comprensión tradicional de la vida espiritual, al integrar el servicio como un medio activo de revelación personal y crecimiento interior. En el discurso del élder Patrick Kearon, se sugiere que la fe no solo se nutre mediante prácticas contemplativas como la oración o el estudio de las Escrituras, sino también a través de la acción concreta en favor de otros. Este enfoque refleja una teología del discipulado dinámico, donde el conocimiento espiritual se adquiere y se confirma en la práctica, no únicamente en la reflexión. Al servir, el creyente se coloca en una posición de dependencia de Dios, lo que abre espacios para la guía del Espíritu y el desarrollo de un testimonio más profundo. Así, los llamamientos se convierten en escenarios divinamente diseñados donde la fe se prueba, se refina y finalmente se fortalece, al participar activamente en la obra de Jesucristo.

9. El discipulado implica sacrificio e inconveniencia

Seguir a Cristo puede requerir dejar “las redes” personales, como lo hicieron los apóstoles.
Este principio enseña que el verdadero discipulado demanda prioridad absoluta. El sacrificio no es pérdida, sino inversión en lo eterno.

Constituye una de las verdades más exigentes del Evangelio de Jesucristo, ya que redefine la relación del creyente con sus propias prioridades, deseos y seguridades. Al igual que los primeros apóstoles que dejaron sus redes de manera inmediata para seguir al Maestro, el discípulo moderno es invitado a subordinar lo temporal a lo eterno, reconociendo que toda renuncia por causa de Cristo no representa una pérdida real, sino una transformación de valor: lo finito se intercambia por lo infinito. Este sacrificio no siempre se manifiesta en actos dramáticos, sino frecuentemente en decisiones cotidianas que requieren fe, obediencia y entrega silenciosa. Doctrinalmente, este principio revela que el discipulado auténtico exige una consagración total del corazón, donde incluso las incomodidades y renuncias se convierten en medios de santificación, alineando la voluntad humana con la divina y permitiendo que el alma sea moldeada conforme a la imagen de Cristo.

10. Estar “en los asuntos del Padre” es participar en la obra redentora

Servir en la Iglesia es unirse a la obra de Jesucristo.
Este es el eje central del discurso: el servicio no es periférico, sino esencial en el plan de salvación. Participar en “Sus asuntos” significa colaborar activamente con Cristo en la salvación de las almas.

Tal como lo enseña el élder Patrick Kearon, revela una dimensión profundamente cristocéntrica del discipulado: el servicio en la Iglesia no es una actividad secundaria, sino una participación directa en la obra redentora de Jesucristo. Doctrinalmente, esto implica que cada acto de servicio, por pequeño que parezca, se integra en el plan de salvación como una extensión del ministerio del Salvador, quien continúa obrando a través de Sus discípulos. Así, el creyente no solo imita a Cristo, sino que colabora con Él, convirtiéndose en un instrumento vivo de Su gracia para bendecir a otros. Esta perspectiva eleva el significado del servicio a un nivel sagrado, donde la entrega personal se transforma en un medio de santificación y en una manifestación tangible del amor redentor de Dios, mostrando que participar en “Sus asuntos” es, en esencia, participar en la salvación de las almas.

Comentario final

El discurso del élder Patrick Kearon presenta una teología del servicio que no solo es práctica, sino profundamente soteriológica y formativa. El mensaje sitúa los llamamientos dentro del marco del plan de salvación como medios divinamente instituidos para la santificación del individuo y la edificación del cuerpo de Cristo. Lejos de ser funciones administrativas, los llamamientos se convierten en espacios donde el creyente experimenta una pedagogía celestial: aprende a someter su voluntad, a desarrollar atributos cristianos y a reconocer la acción de Dios a través de la imperfección humana. Esta visión redefine el servicio como una disciplina espiritual esencial, al mismo nivel que la oración o el estudio de las Escrituras.

Asimismo, el discurso articula una eclesiología participativa donde el principio de común acuerdo y el sostenimiento mutuo reflejan la naturaleza relacional del reino de Dios. En este contexto, estar “en los asuntos del Padre” no es una metáfora, sino una realidad doctrinal que implica una colaboración activa con Jesucristo en Su obra redentora. El servicio, por tanto, se eleva a una categoría teológica central: es el medio mediante el cual el discípulo no solo sigue a Cristo, sino que se une a Él en la salvación de las almas. En síntesis, el discurso propone que la vida cristiana alcanza su plenitud cuando el creyente entiende que servir en el reino no es una carga, sino el privilegio más elevado de participar en la obra eterna de Dios.

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