Conferencia General Abril 2026
Equipaje perdido, almas redimidas
Por el élder Gary E. Stevenson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Como discípulos de Jesucristo, nos elevamos con renovada determinación para socorrer y cuidar de aquellos con quienes entramos en contacto.
Olvidados, descuidados o perdidos
¿Alguna vez se han encontrado en un aeropuerto frente a una cinta transportadora vacía que da vueltas sin cesar, preguntándose si su maleta se habrá desviado por error a Katmandú? ¿Alguna vez les han dicho que la última ubicación conocida de su equipaje facturado estaba en algún punto entre “Seguro que aparecerá en alguna parte” y “Debería considerar comprar todo nuevo”? ¿Alguna vez les ha desaparecido una maleta que contenía material esencial? Si es así, este mensaje podría interesarles.
Hoy hablaré sobre el equipaje perdido.
Se estima que en el año 2024 hubo 33 millones de maletas perdidas, dañadas o retrasadas en los aeropuertos. Aunque esto le ocurre a solo un pequeño porcentaje de viajeros, por infrecuente que sea, la idea de perder pertenencias importantes es una preocupación universal.
Hace poco, mientras viajaba por una asignación de fin de semana, me di cuenta de que mi equipaje de mano no cabía en el compartimento superior. Necesitaba esa maleta; contenía material esencial e importante. Casi antes de que pudiera reaccionar, una auxiliar de cabina tomó mi bolso, colocó una etiqueta alrededor de su asa, me entregó un comprobante de equipaje y desapareció con mi preciada posesión.
Durante todo el vuelo, sentí gran ansiedad. Esperaba que alguien estuviera cuidando de la maleta y de su contenido. Esperaba que no la olvidaran, la descuidaran ni se perdiera. Sujetaba con fuerza mi comprobante de equipaje con la esperanza de un reencuentro exitoso.
Mi historia tuvo un final feliz; mi maleta y yo volvimos a juntarnos. Pero la experiencia me hizo reflexionar.
Tal vez hayan escuchado una noticia desde Osaka, Japón, sobre el récord mundial del Aeropuerto Internacional de Kansai: algo casi increíble. Después de treinta años de funcionamiento y tras procesar cientos de millones de paquetes, equipaje de mano y maletas, ese aeropuerto no ha perdido ni una sola pieza de equipaje.
¡Ni una sola!
¿Cómo es posible tal cosa?
Tsuyoshi Habuta, jefe de operaciones de equipaje del aeropuerto, cree que la pérdida de equipaje nunca debería ocurrir “porque el equipaje es valioso para los pasajeros”. Esa actitud se extiende a todo su personal. Él afirma que el éxito del aeropuerto se debe a un compromiso con la “minuciosidad y la atención al detalle”.
El pueblo japonés se ha ganado una reputación por esa atención al detalle. Tienen un principio, el kaizen, que engloba una mentalidad de búsqueda e implementación constantes de pequeñas mejoras. Esta práctica requiere una disciplina silenciosa de buscar siempre pequeñas formas de mejorar los procesos. Se enorgullecen de que esas mejoras casi siempre provienen de quienes realizan el trabajo diario.
A lo largo de los años, el personal del aeropuerto de Kansai ha desarrollado un proceso que hace realidad el objetivo de no perder las maletas de los pasajeros. Capacitan a los empleados de manera rigurosa y se aseguran constantemente de que cada maleta sea contada, rastreada y cuidada. Realizan múltiples controles manuales meticulosos que complementan un sofisticado sistema automatizado.
Los artículos frágiles, como los instrumentos musicales, a menudo se entregan en mano a los pasajeros. El personal se ocupa de los pequeños detalles, como colocar las maletas en las cintas transportadoras con las asas hacia afuera para que los pasajeros puedan recogerlas más fácilmente.
Cuando uno entrega su equipaje en el aeropuerto de Kansai, tiene la sensación de que le están diciendo: “Tenemos sus preciadas pertenencias. Ahora somos responsables de ellas. Se las devolveremos”.
El amor de nuestro Padre Celestial
Al reflexionar sobre esas experiencias, me descubro pensando en un momento de confianza mucho más sagrado que el de facturar una maleta.
Con reverencia, me pregunto cómo se siente el amoroso Padre Celestial al enviar Sus pertenencias más preciadas, Sus hijos, lejos de su hogar celestial, sabiendo que deben afrontar los desafíos de la vida terrenal. Supongo que Su gran consuelo es saber que no viajan solos. Padres, familiares, líderes, amigos, hermanos y hermanas ministrantes, ustedes y yo servimos como mayordomos de Sus posesiones más preciadas.
¡Cuán amados y preciados son Sus hijos para Él!
¡Y cuán amados y bendecidos son aquellos que cuidan y nutren a los demás!
Aun así, el sentimiento es reconocible: confiar lo que es valioso al cuidado de otros y anhelar su regreso a salvo. Esto evoca recuerdos de escenas familiares: una madre —un padre— en una acera o andén, despidiéndose de su estudiante, soldado o misionero. Años de enseñanza, preparación y oración culminan en el momento en que ponen su preciada posesión al cuidado de otros, confiando en mayordomos responsables para que cuiden de su hijo o hija durante todo el trayecto hasta que se reencuentren.
De una manera mucho más santa, nuestro Padre Celestial hace un reclamo de nosotros, no por medio de una etiqueta en un asa, sino con una verdad divina escrita en el corazón: “Eres mío. Te conozco. No estás solo. No me he olvidado de ti. Tengo la intención de traerte a casa”.
Esto es más que logística.
Esto es redención.
Permítanme mencionar dos casos en los que creo que el Señor se complacería enormemente con aquellos que magnifican su función de cuidadores considerados e intencionales de Su preciado cargamento, Sus hijos.
Nuestro sagrado llamamiento a ministrar
El primer caso es en nuestra función de hermanos y hermanas ministrantes asignados, tanto adultos como jóvenes.
Sepan que ustedes representan al Señor, de acuerdo con las Escrituras, sirviendo a los que son “contados entre los del pueblo de la iglesia de Cristo”, cuyos “nombres [se inscriben], a fin de que se [haga] memoria de ellos y [sean] nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en la vía correcta”. Nosotros debemos “velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos” (Doctrina y Convenios 20:53). El mayor éxito en la obra misional se alcanza cuando actuamos de manera normal y natural; lo mismo sucede con la ministración.
Los invito a reflexionar sobre cómo pueden:
- Brindar amor, cuidado y servicio semejantes a los de Cristo.
- Ofrecer ayuda y consuelo en momentos de necesidad espiritual o temporal.
- Procurar la guía del Espíritu mediante la oración.
- Ayudar a preparar a las familias para hacer y guardar convenios sagrados con Dios a medida que reciban las ordenanzas.
Consideren su asignación de ministración como “cuidar a la manera de Cristo” de las posesiones más preciadas del Señor, que al final de su jornada terrenal pueden ser reclamadas y redimidas por Él. Los invito a incorporar pequeños actos de bondad y cuidado en su ministración para llegar a ser mejores ministros de Jesucristo.
Ministrar a la nueva generación
El segundo caso es el mandato universal de fortalecer y nutrir a la nueva generación, de criar a los hijos “en la luz y la verdad”.
En los tiempos peligrosos en que vivimos, la nueva generación necesita defensa y refugio contra la tempestad. Podemos contribuir a este esfuerzo invirtiendo tiempo y enseñando. No hay mayor necesidad ni mayor rentabilidad de esa inversión que cuando se realiza con los niños de la Primaria, los hombres jóvenes, las mujeres jóvenes y los jóvenes adultos.
El presidente Dieter F. Uchtdorf ha prometido que, si cumplimos nuestra parte de enseñar, nutrir y luego confiar en que Dios obrará Su milagro, “el resultado será más hermoso, más asombroso y más gozoso que cualquier cosa que ustedes pudieran lograr por su cuenta”.
¿Cómo podemos hacerlo?
Motivando, enseñando y alentando a nuestros jóvenes a recibir el santo nombre de Jesucristo en su corazón y en su mente, a tomar con gozo la cruz de Cristo y a andar en santidad como Sus discípulos y emisarios.
Enseñamos esto “para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”, aun a Jesucristo.
Inspírenlos a realizar “con sinceridad y constancia […] la obra espiritual necesaria para desarrollar la habilidad crucial y espiritual de aprender a oír los susurros del Espíritu Santo, [lo que les dará] toda la orientación que necesitarán en su vida”.
Esas preciadas almas son seres de un potencial inconmensurable, cuyo destino es caminar por la eternidad en salones de gloria celestial.
Enseñen a la nueva generación a conocer, amar y emular a su Salvador, Jesucristo. “Él es la fortaleza de la juventud”.
Ellos responderán.
Un regreso seguro
A diferencia de las maletas, cada uno de nosotros es, en última instancia, responsable de nuestras decisiones, creencias y acciones, con la ayuda de ángeles ministrantes celestiales y terrenales. Por lo tanto, como discípulos de Jesucristo, nos elevamos con renovada determinación para socorrer y cuidar de aquellos con quienes entramos en contacto.
Al fin y al cabo, todos somos una sola familia.
Todos necesitamos ayuda en el camino.
Cada uno de nosotros posee una etiqueta que nos identifica como hijos de un amoroso Padre Celestial. Sobre esa etiqueta está impresa una promesa espiritual y una proclamación sagrada que testifica: “Esta preciada alma tiene un gran valor y un día será redimida por su poseedor”, para jamás ser olvidada, descuidada ni perdida.
Me regocijo en esa redención y celebro el gran privilegio que tenemos de participar en esa obra hasta el día en que regresemos a salvo a Aquel que nos creó y nos ama con un amor perfecto.
Que podamos cumplir esa misión por nosotros mismos y cuidar diligentemente de los demás mientras estos se esfuerzan por regresar a Su abrazo celestial es mi ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Un comentario
El élder Gary E. Stevenson desarrolla una poderosa alegoría que transforma una experiencia cotidiana —la pérdida de equipaje— en una profunda enseñanza doctrinal sobre el valor infinito de las almas y la obra redentora de Dios. Desde el inicio, la ansiedad asociada a una maleta extraviada sirve como puente emocional para introducir una verdad mucho más trascendental: así como valoramos nuestras pertenencias, Dios valora infinitamente a cada uno de Sus hijos. La comparación no es trivial; eleva la comprensión del amor divino al mostrar que, a diferencia de los sistemas humanos imperfectos, el Señor nunca pierde de vista a Sus hijos, sino que los conoce individualmente y tiene la firme intención de traerlos de regreso a Su presencia.
A lo largo del discurso, el élder Stevenson amplía esta metáfora hacia una teología de la mayordomía espiritual. Los discípulos de Cristo son presentados como custodios del “cargamento más preciado” de Dios, participando activamente en Su obra redentora mediante la ministración y el cuidado de los demás. Esta enseñanza desplaza la idea de salvación desde un enfoque exclusivamente personal hacia una responsabilidad comunitaria, donde cada creyente tiene el deber sagrado de velar, fortalecer y nutrir a otros. La referencia al principio japonés del kaizen añade una dimensión práctica: la redención se construye mediante actos pequeños, constantes y deliberados de amor cristiano.
El discurso también enfatiza la centralidad de la nueva generación dentro del plan divino, destacando la responsabilidad de enseñar, proteger y guiar a los jóvenes hacia Cristo. Aquí se articula una visión doctrinal de continuidad generacional, donde la transmisión de la fe no es opcional, sino esencial para la preservación espiritual. Sin embargo, esta responsabilidad no elimina la agencia individual: cada alma sigue siendo responsable de sus decisiones, lo que introduce un equilibrio entre cuidado divino, servicio humano y albedrío personal.
En su culminación, el mensaje ofrece una afirmación profundamente esperanzadora: ninguna alma es olvidada ni perdida en el plan de Dios. La “etiqueta espiritual” que cada persona lleva simboliza una identidad eterna y una promesa de redención. Así, el discurso no solo consuela, sino que también comisiona: invita a los discípulos a reflejar el amor cuidadoso de Dios en su trato con los demás, participando activamente en la obra de reunir, cuidar y finalmente presentar a cada alma “de regreso a casa”. En última instancia, el mensaje reafirma que la redención no es un evento aislado, sino una obra continua en la que Dios y Sus hijos trabajan juntos para lograr un regreso seguro a Su presencia.
Puntos doctrinales
1. El valor infinito de cada alma ante Dios
Cada persona es una “posesión preciada” del Padre Celestial, digna de cuidado, atención y redención.
La metáfora del equipaje revela una doctrina central del Evangelio: el valor infinito del alma no es abstracto, sino profundamente personal. Dios no ve a Sus hijos como una masa colectiva, sino como individuos únicos con destino eterno. Esto fundamenta toda la ética cristiana del cuidado y servicio, ya que valorar a otros correctamente implica verlos como Dios los ve.
2. Dios nunca pierde de vista a Sus hijos
El Señor conoce, recuerda y tiene la intención de traer de regreso a cada uno de Sus hijos.
A diferencia de los sistemas humanos, donde las cosas pueden perderse, en el plan de salvación no hay extravío definitivo. Esta doctrina afirma la omnisciencia y fidelidad divina, mostrando que el alejamiento espiritual nunca equivale al abandono por parte de Dios. La redención se presenta como un proceso activo y constante iniciado por Él.
3. La redención es el propósito central del plan de Dios
La vida terrenal forma parte de un proceso cuyo objetivo final es el regreso seguro de las almas a Dios.
El discurso eleva la metáfora a un nivel soteriológico: no se trata solo de cuidar, sino de redimir. Esto implica que toda experiencia mortal está orientada hacia un retorno. La redención no es incidental, sino el eje del plan divino, lo que da sentido a las pruebas, relaciones y responsabilidades de la vida.
4. Los discípulos son mayordomos en la obra de salvación
Los seguidores de Cristo tienen la responsabilidad de cuidar, fortalecer y ayudar a otros en su camino espiritual.
Aquí se introduce una doctrina de corresponsabilidad espiritual. La salvación no es un proceso aislado; Dios involucra a Sus hijos como agentes activos en Su obra. Esto redefine el discipulado como participación en la redención ajena, lo cual eleva el significado de la ministración y del servicio cotidiano.
5. La ministración es una expresión del amor de Cristo
Servir a otros con amor, cuidado y guía espiritual es representar directamente al Señor.
La ministración se presenta como una extensión tangible del ministerio de Cristo. No es un programa organizacional, sino una práctica encarnada del amor divino. Doctrinalmente, esto implica que el servicio cristiano tiene un carácter sacramental: al servir, el discípulo se convierte en instrumento de la gracia de Dios en la vida de otros.
6. Los pequeños actos constantes producen grandes resultados espirituales
El cuidado diligente y constante, incluso en detalles pequeños, es esencial en la obra del Señor.
El principio del kaizen introduce una dimensión práctica a la doctrina: la perfección espiritual se construye mediante mejoras continuas y acciones pequeñas. Esto armoniza con el patrón divino de crecimiento lineal y progresivo, donde la santificación ocurre a través de la constancia más que de eventos extraordinarios.
7. La responsabilidad de enseñar y fortalecer a la nueva generación
Los jóvenes deben ser nutridos en la fe para conocer a Cristo y permanecer en el camino del convenio.
El discurso enfatiza una doctrina de continuidad espiritual generacional. La transmisión de la fe no es secundaria, sino esencial para el cumplimiento del plan de Dios. Esto implica una inversión deliberada en la enseñanza y formación espiritual de los jóvenes, reconociendo su potencial eterno.
8. El albedrío personal permanece en el proceso de salvación
Cada individuo es responsable de sus decisiones, aun cuando recibe ayuda divina y humana.
Se mantiene un equilibrio doctrinal entre el cuidado externo y la responsabilidad interna. Aunque Dios y Sus siervos ayudan, la salvación no es impuesta. Esto preserva la dignidad moral del individuo y reafirma el principio del albedrío como esencial en el plan de salvación.
9. La identidad divina del ser humano
Cada persona es un hijo de Dios con una identidad eterna y un destino celestial.
La “etiqueta espiritual” simboliza una verdad ontológica: nuestra identidad no es accidental ni temporal, sino divina. Esta doctrina fundamenta la esperanza y el propósito, ya que define al ser humano en términos de su origen y destino eterno, no de sus circunstancias actuales.
10. La promesa de un regreso seguro a la presencia de Dios
El plan de Dios culmina en el retorno de Sus hijos a Su presencia, mediante la redención en Cristo.
El discurso concluye con una visión escatológica de esperanza: el regreso no solo es posible, sino que está asegurado para quienes aceptan la obra redentora. Esta promesa otorga sentido y dirección a la vida, motivando tanto la fidelidad personal como el servicio hacia los demás.
Comentario final
El élder Gary E. Stevenson constituye una exposición profundamente pedagógica del plan de salvación, al traducir verdades eternas en imágenes accesibles que iluminan la responsabilidad del discipulado cristiano. La alegoría del equipaje no solo comunica el valor infinito de cada alma, sino que también revela una teología de la redención centrada en la intención divina de recuperar, restaurar y exaltar a Sus hijos. En este marco, la mortalidad se presenta como un trayecto supervisado por un Dios que no pierde de vista a ninguno de los Suyos, lo que introduce una visión profundamente esperanzadora del destino humano: cada individuo es conocido, recordado y reclamado por su Creador.
En el plano educativo, el discurso ofrece un modelo claro de formación espiritual basado en la intencionalidad, la constancia y la relación. La incorporación del principio de mejora continua (kaizen) no es meramente ilustrativa, sino que establece un paradigma aplicable al discipulado: el desarrollo espiritual ocurre mediante pequeños actos repetidos de fidelidad, servicio y amor. Esto convierte la enseñanza del Evangelio en un proceso dinámico y progresivo, donde tanto líderes como padres y miembros participan activamente en la formación de otros, especialmente de la nueva generación. Así, el aprendizaje espiritual no se limita a la instrucción doctrinal, sino que se encarna en la práctica diaria del cuidado cristiano.
Finalmente, el discurso articula una visión integradora donde la doctrina, la práctica y la comunidad convergen. La ministración se presenta como el medio mediante el cual los principios doctrinales se hacen tangibles, y la enseñanza a los jóvenes como la inversión más significativa en la continuidad del Reino de Dios. Sin embargo, esta estructura no elimina la agencia individual, sino que la enmarca dentro de una red de apoyo divinamente organizada. En última instancia, el mensaje no solo instruye, sino que comisiona: invita a cada discípulo a convertirse en un agente activo de redención, participando con Cristo en la sagrada obra de asegurar que ninguna alma sea olvidada, sino que todas tengan la oportunidad de regresar con gozo al hogar celestial.

























