Conferencia General Abril 2026
Los mejores días y los peores días
Por la presidenta Emily Belle Freeman
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes
Gracias a Él, por muy mal que estén las cosas en este momento, sus mejores días están por llegar.
Hace varias semanas, comenzamos a planear la boda de nuestra hija. Con gran alegría, soñamos y aportamos ideas mientras considerábamos todas las opciones. Entonces mi esposo, Greg, recibió una llamada telefónica que no podía pasar por alto. Era el oncólogo confirmando lo que esperábamos que no fuera cierto. El cáncer de Greg había regresado.
¿No es asombroso cómo se puede pasar del mejor día al peor día en cuestión de minutos?
Esto es la vida terrenal: un campo de pruebas, un lugar diseñado para el crecimiento. He aprendido que Dios permite que la vida terrenal efectúe su obra en nosotros y eso incluye tanto los mejores días como los peores días.
¿Cómo superamos esos días? El relato de Pedro nos enseña que recibimos fortaleza al andar con Cristo y aferrarnos a Sus verdades eternas.
Verdades eternas
“Y al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos […]: Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.
Habían visto las redes vacías llenarse, las tormentas en el mar calmarse, los panes multiplicarse y a los muertos ser resucitados. Cuando Pedro respondió: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!”, Jesús le contestó: “Bienaventurado eres, Simón […]; no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.
Ese día debe haber parecido uno de los mejores. El Espíritu confirmó una verdad eterna y Pedro dio testimonio de ella con valentía.
Sin embargo, solo tres versículos después, se produjo un cambio. Cuando Jesús comenzó a hablar de Su muerte inminente, Pedro lo reprendió, diciendo: “¡En ninguna manera!”.
“¡Quítate de delante de mí, Satanás!”, fue la respuesta inmediata del Salvador.
Pedro tenía buenas intenciones —no quería que el Salvador muriera—, pero malinterpretó el plan de Dios para Su Hijo. El relato de Pedro pasó del mejor día al peor día en cuestión de tres versículos.
Del relato de Pedro aprendemos que nuestro entendimiento de la verdad eterna no se forja en un solo momento: el testimonio se edifica con el tiempo, día tras día, tanto en los mejores días como en los peores.
Esas verdades eternas a menudo se comprueban mediante una invitación.
Invitaciones
En Mateo 14, Pedro y los demás discípulos se hallaban atrapados en una tormenta cuando Jesús se acercó a la barca. Pedro exclamó: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” y Jesús respondió con una invitación: “Ven”. Entonces Pedro salió de la barca. “Anduvo sobre las aguas para ir a Jesús”.
El mejor día.
Pero en el versículo siguiente, leemos que Pedro vio el viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse.
El peor día en cuestión de instantes.
¿Alguna vez han aceptado una invitación del Señor y luego se han sentido incapaces de realizar la tarea? Todos sabemos lo que es dudar, experimentar momentos de hundimiento. Pero fíjense en dónde estaba Jesús cuando Pedro aceptó la invitación que parecía demasiado grande. No estaba gritando instrucciones desde la orilla ni ofreciendo consejos desde la seguridad de la barca. Él estaba en el agua, con Pedro. Al alcance de la mano.
Al aceptar las invitaciones del Señor, tanto en los mejores días como en los peores, lo mismo sucederá con ustedes.
Bendiciones prometidas
Ahora consideremos un último relato. Esta vez, comencemos con el peor día.
La noche en que arrestaron a Cristo, Pedro negó tres veces conocerlo y entonces cantó el gallo. Lucas escribe: “Se volvió el Señor y miró a Pedro”.
A menudo pienso en esa mirada.
Jesús sabía que lo peor no había pasado. Sabía que le esperaban experiencias muy difíciles. Cuando Pedro vio esa mirada, Lucas nos dice que recordó la advertencia de Jesús sobre el canto del gallo. No puedo evitar preguntarme si Jesús estaba recordando las palabras de aliento que le había dicho a Pedro ese mismo día: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos”.
Tal vez esa mirada no era una mirada de fracaso, sino más bien de fortaleza habilitadora que le permitiría a Pedro superar los peores momentos que se avecinaban: el juicio, la cruz, el sepulcro.
Después de que esos días difíciles hubieron pasado y tras una larga noche de pesca, Pedro y Jesús se hallaban en la orilla del mar de Galilea. Aquel día, el Salvador le hizo otra invitación: “Apacienta mis ovejas”. La fe de Pedro no había flaqueado y, debido a su profundo amor por Jesucristo, aún tenía reservada una gran obra para él. Pedro iba a ser más que un simple pescador; ahora se convertiría en pastor.
A veces podríamos preguntarnos si las promesas del Señor realmente se cumplirán en nosotros, especialmente cuando todo parece perdido, especialmente en nuestros peores días.
El relato de Pedro nos recuerda que así será.
Para la Fortaleza de la Juventud
El relato podría sugerir que Pedro fue un hombre que trató de interponerse en el plan del Padre, que estuvo a punto de ahogarse por falta de fe y que negó tres veces conocer al Salvador, y eso sería cierto. Pero también es cierto que Pedro caminó sobre las aguas, que fue el primer Apóstol en dar testimonio de que Jesucristo es el Hijo de Dios y que se le dieron las llaves del sacerdocio para presidir la Iglesia del Señor. Tal vez Pedro necesitó tanto los peores días como los mejores días para convertirse en lo que el Señor necesitaba que se convirtiera.
No sé cuál es la historia de ustedes en este momento, si hoy es el mejor día o el peor día, pero este es mi consejo para ustedes. En ese peor día con Greg, hace varias semanas, abrí mi guía Para la Fortaleza de la Juventud, preguntándome si las verdades eternas, las invitaciones y las bendiciones prometidas de la guía realmente podrían ayudarnos a Greg y a mí a hallar fortaleza en Cristo.
Esto es lo que leí; tal vez estas palabras les ayuden a ustedes.
“El plan de Dios es para ti. […] Él tiene todo poder y sabe todas las cosas. Puedes confiar en Él, aun cuando la vida sea difícil”.
“Dios quiere comunicarse contigo”. Él los conoce. Él sabe sus nombres. “Derrámale tu corazón. […] Quédate tranquilo y presta atención a Sus respuestas”.
“Jesucristo te ayudará.[…] Cuando estés preocupado, temeroso o tengas dificultades de cualquier tipo, Él te consolará”.
“Camin[a] en la luz de Dios. […] Tomas mejores decisiones cuando puedes ver las cosas con claridad”.
“Las ordenanzas y los convenios del templo te dan mayor acceso a las bendiciones de Dios”. Estos los ayudan a transitar por la vida con guía divina, a aumentar la compañía del Espíritu y de los ángeles y los habilitan para vivir a la altura de sus privilegios y recurrir al poder de Dios.
Finalmente, “Jesucristo brinda gozo. […] Puede que tengas un mal día, una mala semana o un mal año. [Solo recuerda que] el gozo no es la ausencia de tristeza en tu vida; es la presencia de [Jesús] en ella”.
A medida que dediquen tiempo a esta guía, comenzarán a darse cuenta de que no se trata solo de una guía de normas, esta es una guía para obtener fortaleza.
Porque Jesucristo conoce bien los mejores y los peores días: un sufrimiento tan grande que se envió a un ángel para fortalecerlo, la traición de un buen amigo, la cruz en el calvario.
Pero Su relato también tiene un huerto, una piedra quitada y un sepulcro vacío.
Gracias a Él, por muy mal que estén las cosas en este momento, sus mejores días están por llegar.
Jesucristo es nuestra fortaleza. Lo sé. De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.
Un Comentario
El presidenta Emily Belle Freeman se construye como una reflexión profundamente doctrinal sobre la naturaleza formativa de la vida terrenal y el papel central de Jesucristo en ese proceso. Desde el contraste inicial entre la alegría de una boda y la devastadora noticia de una enfermedad, el mensaje establece una verdad fundamental: la mortalidad está diseñada como un espacio donde coexisten tanto la plenitud como la aflicción, y ambos extremos son esenciales para el crecimiento espiritual. Lejos de presentar estas experiencias como contradicciones, el discurso las integra dentro del plan divino, sugiriendo que Dios permite que la vida “efectúe su obra” en nosotros, refinando el alma a través de la oposición.
A través de la figura del apóstol Pedro, el discurso desarrolla una teología del discipulado marcada por la imperfección progresiva. Pedro encarna la tensión entre revelación y error, fe y duda, valentía y debilidad. Su experiencia demuestra que el testimonio no es un estado fijo, sino un proceso dinámico que se construye “día tras día”, tanto en momentos de claridad espiritual como en instantes de confusión. Esta perspectiva redefine el fracaso no como un punto final, sino como parte integral del aprendizaje espiritual, donde incluso los errores se convierten en instrumentos de transformación cuando el individuo permanece vinculado a Cristo.
El discurso también enfatiza el papel de las invitaciones divinas como medios de crecimiento. La invitación de Cristo a Pedro de caminar sobre las aguas simboliza los llamados que Dios extiende a Sus hijos para actuar con fe más allá de su capacidad percibida. Sin embargo, el elemento crucial no es la ausencia de temor, sino la presencia de Cristo en medio de la experiencia. La enseñanza es clara: el Señor no llama desde la distancia, sino que acompaña a Sus discípulos en el proceso, extendiendo Su mano en los momentos de debilidad.
Finalmente, el discurso culmina en una poderosa afirmación de esperanza: las promesas de Dios trascienden incluso los peores momentos. La mirada de Cristo a Pedro tras su negación no es de condena, sino de fortalecimiento y anticipación de una futura misión. Esta interpretación revela una doctrina central: Dios ve más allá del error presente hacia el potencial eterno. Así, el mensaje concluye con una certeza profundamente cristológica: el gozo no es la ausencia de dificultad, sino la presencia activa de Jesucristo en la vida del creyente. En última instancia, el discurso enseña que, gracias a Él, los peores días no tienen la última palabra, y que el destino final del discípulo fiel es un futuro lleno de esperanza, redención y gozo eterno.
Puntos doctrinales
1. La vida terrenal como campo de prueba y crecimiento
La vida está diseñada por Dios para incluir tanto gozo como sufrimiento con el fin de formar el carácter espiritual.
El discurso presenta la mortalidad como un espacio intencional de desarrollo, donde la oposición no es accidental, sino necesaria. Doctrinalmente, esto se alinea con la idea de que el progreso eterno requiere experiencias contrastantes, permitiendo que el alma sea refinada y preparada para la eternidad.
2. Las verdades eternas se afirman con el tiempo
El testimonio no se recibe ni se consolida en un solo momento, sino que se construye progresivamente.
A través de la experiencia de Pedro, se enseña que la revelación inicial debe ser sostenida por un proceso continuo de aprendizaje. Esto implica que la fe madura no es estática, sino dinámica, desarrollándose en medio de experiencias tanto positivas como negativas, lo que fortalece la convicción espiritual a largo plazo.
3. Las invitaciones de Cristo impulsan el crecimiento espiritual
Dios invita a Sus hijos a actuar con fe, aun cuando la tarea parezca superior a sus capacidades.
La invitación “Ven” simboliza el llamado divino a trascender los límites personales. Doctrinalmente, esto enseña que el crecimiento espiritual ocurre cuando el individuo responde a esas invitaciones, confiando en el poder de Cristo más que en su propia habilidad.
4. Cristo está presente en medio de las pruebas
El Señor no abandona a Sus discípulos en los momentos difíciles, sino que los acompaña y los sostiene.
El hecho de que Jesús estuviera en el agua con Pedro revela una verdad profunda: la ayuda divina no siempre elimina la dificultad, pero sí garantiza la compañía y el apoyo. Esto redefine la manera en que se perciben las pruebas, transformándolas en espacios de encuentro con lo divino.
5. El fracaso forma parte del proceso de discipulado
Los errores y debilidades no descalifican al discípulo, sino que pueden contribuir a su crecimiento.
Pedro representa la realidad de la imperfección humana. Doctrinalmente, esto enseña que el fracaso no es el fin del camino, sino una etapa dentro del proceso de conversión. La gracia de Cristo permite que incluso las caídas se conviertan en oportunidades de transformación.
6. Las bendiciones prometidas se cumplen a pesar de las debilidades
Dios cumple Sus promesas incluso cuando Sus hijos enfrentan momentos de debilidad o duda.
La vida de Pedro demuestra que el potencial eterno no se ve anulado por errores temporales. Esta doctrina resalta la fidelidad de Dios y Su capacidad de ver más allá de las limitaciones presentes hacia el destino eterno del individuo.
7. La mirada de Cristo es redentora, no condenatoria
Jesucristo ofrece fortaleza y esperanza incluso en los momentos de mayor debilidad.
La mirada de Cristo hacia Pedro tras su negación se interpreta como un acto de amor y fortalecimiento. Esto revela una cristología profundamente compasiva, donde el Señor no se enfoca en condenar, sino en levantar y capacitar al discípulo para seguir adelante.
8. El gozo verdadero proviene de la presencia de Cristo
El gozo no es la ausencia de dificultades, sino la presencia activa de Jesucristo en la vida.
Este principio redefine el concepto de felicidad desde una perspectiva eterna. El gozo se convierte en una experiencia espiritual que puede coexistir con el dolor, lo que refleja una comprensión más profunda de la vida centrada en Cristo.
9. Las ordenanzas y convenios fortalecen al discípulo
Los convenios con Dios brindan acceso a poder espiritual y guía divina.
El discurso conecta la fortaleza espiritual con la fidelidad a las ordenanzas. Doctrinalmente, esto subraya que el poder de Dios se canaliza a través de los convenios, proporcionando dirección, protección y capacidad para enfrentar los desafíos de la vida.
10. Jesucristo garantiza un futuro lleno de esperanza
Gracias a Cristo, los mejores días están por venir, independientemente de las circunstancias actuales.
El mensaje culmina en una doctrina escatológica de esperanza: el futuro del discípulo fiel está asegurado en Cristo. Esta certeza no niega la realidad del sufrimiento presente, pero lo contextualiza dentro de una narrativa de redención y victoria final.
Para reflexión
1. Los contrastes de la vida son parte del diseño divino
Los mejores y los peores días no son accidentes, sino elementos esenciales del crecimiento espiritual.
El discurso enseña que Dios permite tanto la alegría como el dolor para formar el carácter del discípulo. Estos contrastes no deben interpretarse como señales de abandono divino, sino como oportunidades para profundizar la fe y desarrollar una perspectiva eterna.
2. La fe verdadera se construye en el proceso, no en un momento
Un testimonio firme no nace de una sola experiencia espiritual, sino de una vida de aprendizaje continuo.
A través de Pedro, se observa que incluso después de recibir revelación, aún hay momentos de duda y error. Esto enseña que la fe madura es progresiva, y que cada experiencia —positiva o negativa— contribuye a su desarrollo.
3. Las invitaciones de Cristo requieren valentía para actuar
Seguir a Cristo implica aceptar desafíos que superan nuestras capacidades aparentes.
Cuando Pedro camina sobre el agua, demuestra que el crecimiento ocurre al actuar con fe. Aunque surjan dudas o caídas, lo importante es haber respondido a la invitación divina, confiando en que Cristo estará presente para sostenernos.
4. El fracaso no define el destino espiritual
Los errores no son el final del camino, sino parte del proceso de llegar a ser.
La negación de Pedro no lo descalificó, sino que precedió a una misión mayor. Esto enseña que Dios ve más allá de nuestras caídas y continúa trabajando en nosotros, transformando nuestras debilidades en fortaleza.
5. El gozo verdadero proviene de la presencia de Cristo
La felicidad duradera no depende de la ausencia de dificultades, sino de la cercanía con Jesucristo.
El discurso redefine el gozo como una experiencia espiritual que puede coexistir con el dolor. Cuando Cristo está presente en la vida, incluso los días más difíciles pueden estar llenos de esperanza y propósito.
Comentario final
La presidenta Emily Belle Freeman constituye una profunda exposición sobre la pedagogía divina en la vida terrenal, donde los “mejores días” y los “peores días” no son eventos contradictorios, sino complementarios dentro del proceso formativo del alma. Teológicamente, el mensaje presenta la mortalidad como un entorno intencionalmente diseñado por Dios para el desarrollo progresivo del discipulado, en el cual la revelación, la prueba y la transformación convergen. La figura de Pedro funciona como un arquetipo del creyente en proceso: alguien que experimenta tanto momentos de claridad espiritual como episodios de error y debilidad, lo que sugiere que el aprendizaje doctrinal no ocurre en una línea recta, sino mediante una interacción constante entre experiencia, corrección y gracia.
Desde un enfoque educativo, el discurso propone un modelo de formación espiritual basado en tres ejes: verdades eternas, invitaciones divinas y bendiciones prometidas. Este marco no solo instruye, sino que forma el carácter, enseñando que el conocimiento espiritual debe ser vivido, probado y reafirmado en contextos reales de la vida. La invitación de Cristo a “venir” y la experiencia de Pedro al caminar sobre las aguas ilustran que el aprendizaje más profundo ocurre cuando el individuo actúa con fe, aun en medio de la incertidumbre. Asimismo, la mirada de Cristo tras la negación de Pedro redefine el error como una oportunidad pedagógica, donde la corrección divina no destruye, sino que fortalece y prepara para futuras responsabilidades.
En última instancia, el discurso presenta a Jesucristo como el eje integrador de toda experiencia humana: Él no solo comprende los extremos de la vida —gozo y sufrimiento—, sino que los redime y les da significado. La enseñanza culmina en una afirmación escatológica de esperanza: gracias a Cristo, los momentos de mayor oscuridad no son definitivos, sino transitorios dentro de una narrativa de crecimiento y redención. Así, el mensaje no solo consuela, sino que educa al discípulo en una visión madura del Evangelio, donde la fe se fortalece precisamente al atravesar, con Cristo, tanto los mejores como los peores días.

























