Oraciones pidiendo paz

Conferencia General Abril 2026

Oraciones pidiendo paz

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Si oramos continuamente, sean cuales sean las circunstancias de la vida, el Señor nos ofrecerá Su paz y Su apoyo perdurable.



Mis queridos hermanos y hermanas, estoy agradecido por estar con ustedes en esta época en la que, de nuevo, podemos recordar cómo consoló el Salvador a Sus apóstoles, pues sabía que tendría que dejarlos solos, sin que Él los guiara, protegiera y socorriera en los peligros.

En esa Última Cena, hizo a aquellos fieles discípulos una promesa, la cual continúa consolando y animando a Sus fieles discípulos hoy en día en cualquier dificultad que afrontemos en la vida. Él dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”.

El mundo actual parece estar en conmoción. Hay guerras y rumores de guerras, la economía de continentes enteros está decayendo y la iniquidad que se profetizó parece acelerarse conforme se acerca el regreso del Salvador.

Sin embargo, pese a la conmoción y a las dificultades, los Santos de los Últimos Días fieles que afrontan adversidades en todo el mundo han inundado el cielo con oraciones. En público y en privado, suplican al Señor ayuda, consuelo, guía y paz individual para aquellos a quienes aman.

Quizá hayan visto en sus congregaciones y en sus hogares que las oraciones no solo se han vuelto más numerosas, sino más sinceras.

Desde sus orígenes, la humanidad ha acudido al Padre Celestial en ferviente oración cuando el mundo parece estar en caos. En momentos de temor, tragedia, peligro, problemas o enfermedad, las personas suelen acudir a Dios en oración. Su Hijo Amado, Jesucristo, en cuyo nombre oramos, vive, nos conoce, vela por nosotros y nos cuida. Tal vez recuerden estas reconfortantes palabras del rey David en el libro de Salmos:

“Y será Jehová refugio para el oprimido, refugio para tiempos de angustia.

“Y en ti confiarán los que conocen tu nombre; por cuanto tú, oh Jehová, no desampararás a los que te buscan”.

En momentos de dolor, soledad o confusión, sabemos que nuestro Padre Celestial y Su Hijo Amado están al tanto de nuestras circunstancias y que anhelan bendecirnos. Las palabras del Salvador son claras:

“Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá,

“porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”.

Para abrir las ventanas de los cielos mediante la oración ferviente no hacen falta muchas palabras ni un lenguaje exquisito; más bien, la diligencia al orar que el Padre Celestial requiere de nosotros consiste en “derramar [n]uestra alma” en privado y tener el corazón “[entregado] continuamente en oración a él”.

En Su Sermón del Monte, el Salvador enseñó:

“Cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.

“Y al orar, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.

“No os hagáis, pues, semejantes a ellos, porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis”.

El Señor también nos ha dado pruebas conmovedoras del poder de las oraciones no verbales que ofrecemos en el corazón. En el Libro de Mormón leemos acerca del pueblo de Alma, padre, que habría sido destruido si hubiera orado abiertamente:

“Y Alma y su pueblo no alzaron la voz al Señor su Dios, pero sí le derramaron sus corazones; y Él entendió los pensamientos de sus corazones.

“Y aconteció que la voz del Señor vino a ellos en sus aflicciones, diciendo: Alzad vuestras cabezas y animaos, pues […] también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas, mientras estéis en servidumbre […].

“Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor”.

Testifico que el Señor oye y contesta las oraciones de nuestro corazón, tal como lo hizo por Alma y su pueblo. Podemos seguir Su mandamiento de “ora[r] siempre” teniendo una oración constante en el corazón. Tal como los profetas han enseñado muchas veces en el pasado, quizás no sientan deseos de orar o no sepan qué decir, pero Dios oye las oraciones secretas de su corazón. Lo que ustedes sienten en el corazón y su amor por nuestro Padre Celestial y por Su Hijo Amado pueden llegar a ser tan constantes que sus oraciones se eleven en todo momento.

Si oramos continuamente, sean cuales sean las circunstancias de la vida, el Señor nos ofrecerá Su paz y Su apoyo perdurable. Me viene a la mente el ejemplo de los hijos de Mosíah, quienes habían tenido éxito en la predicación del Evangelio y se habían fortalecido espiritualmente porque oraban constantemente. En el Libro de Alma leemos: “Se habían dedicado a mucha oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el espíritu de revelación”.

Es significativo que esa fortaleza espiritual provino de la oración continua y no de esperar a orar hasta un momento de crisis en el que necesitaran ayuda divina con desesperación. La oración constante en los momentos de gozo, y también durante las épocas de angustia y aflicción, ciertamente será recompensada de acuerdo con la voluntad de Dios y en Su tiempo perfecto.

Testifico que Dios el Padre vive. Él nos ama. Él escucha nuestras oraciones y muchas veces responderá con sentimientos de paz. De nuevo, en el Libro de Mormón leemos: “Y ahora bien, repose sobre vosotros la paz de Dios, y sobre vuestras casas y tierras, y sobre vuestros rebaños y manadas y todo cuanto poseáis, sobre vuestras mujeres y vuestros hijos, según vuestra fe y buenas obras, desde ahora en adelante y para siempre. Y así he dicho”.

Hermanos y hermanas, doy testimonio de que la promesa del Salvador es cierta y de que será atendida la humilde oración que pide paz en el corazón. Lo sentí en el funeral de quien fue mi esposa durante sesenta y un años. Ese sentimiento de paz, casi de gozo, me sorprendió. Las personas que asistieron al funeral deben haberse preguntado por qué yo sonreía. Lo hacía porque el Señor, a mi oración pidiendo paz, respondió con la certeza del Espíritu Santo que me permitió imaginar el feliz reencuentro que me espera con ella. El Señor me dio la paz y la esperanza que había prometido a Sus discípulos.

Él dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón”.

Testifico que sé que Jesucristo vive. Él nos ama y nos bendice. Él continúa ofreciéndonos paz en la vida por medio de la oración sincera y ferviente. Testifico de estas cosas con humildad. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

El presidente Henry B. Eyring se presenta como una meditación profundamente espiritual sobre el poder transformador de la oración en medio de un mundo marcado por la incertidumbre y la aflicción. Desde el inicio, el mensaje sitúa al oyente en un contexto de tensión global —guerras, crisis y creciente iniquidad— para luego contrastarlo con una promesa divina inmutable: la paz que Jesucristo ofrece no depende de las circunstancias externas, sino de la relación interior con Él. Así, la oración emerge no solo como una práctica religiosa, sino como un canal constante de conexión con lo divino, mediante el cual el alma accede a una paz que trasciende la lógica humana y las condiciones del entorno.

A lo largo del discurso, el presidente Eyring desarrolla una teología de la oración que desplaza el énfasis desde la formalidad hacia la sinceridad del corazón. La verdadera oración no se mide por la elocuencia ni por la extensión, sino por la disposición del alma a “derramarse” ante Dios. Esta enseñanza redefine la comunicación con lo divino como un acto íntimo y continuo, en el que incluso los pensamientos y sentimientos no expresados verbalmente son plenamente comprendidos por el Señor. En este sentido, la oración se convierte en un estado del ser más que en un acto ocasional, permitiendo que el creyente viva en una relación constante con Dios.

El discurso también introduce un principio doctrinal clave: la oración constante no elimina necesariamente las pruebas, pero transforma la capacidad del individuo para soportarlas. El ejemplo del pueblo de Alma ilustra que Dios no siempre retira las cargas, sino que fortalece a Sus hijos para llevarlas con gozo y paciencia. Esta perspectiva ofrece una comprensión más madura del sufrimiento dentro del plan de salvación, donde la paz no es ausencia de dificultad, sino la presencia del poder divino en medio de ella.

Finalmente, el testimonio personal del presidente Eyring otorga al discurso una dimensión profundamente experiencial. La paz que describe no es abstracta, sino vivida, especialmente en momentos de pérdida y dolor. Este cierre refuerza la idea central del mensaje: la oración sincera abre el alma a la influencia del Espíritu Santo, quien comunica consuelo, esperanza y una visión eterna que trasciende la muerte misma. En conjunto, el discurso enseña que la oración continua no solo conecta al creyente con Dios, sino que lo transforma en un ser capaz de experimentar la paz prometida por Cristo, aun en las circunstancias más adversas.

Puntos doctrinales

1. La paz de Cristo trasciende las circunstancias del mundo

El discurso establece una clara distinción entre la paz que ofrece el mundo y la paz que proviene de Jesucristo. Doctrinalmente, esta paz no es ausencia de conflicto, sino una condición espiritual interna que se mantiene aun en medio del caos. Esto revela que la verdadera seguridad del discípulo no depende del entorno, sino de su relación con Cristo, lo cual reconfigura la noción de bienestar desde una perspectiva eterna.

Se revela una comprensión profundamente cristológica del bienestar espiritual, en la cual la paz no es definida por la ausencia de conflicto externo, sino por la presencia activa del Salvador en el alma. Esta paz, prometida por Jesucristo a Sus discípulos, se distingue cualitativamente de cualquier forma de seguridad terrenal, ya que no depende de condiciones políticas, económicas o sociales, sino de una relación de convenio con Él. Desde una perspectiva doctrinal, esto implica que el discípulo fiel puede experimentar estabilidad emocional y espiritual incluso en medio de la adversidad, porque su identidad y esperanza están ancladas en realidades eternas y no circunstanciales. Así, la paz de Cristo actúa como una manifestación del Espíritu Santo que confirma la fidelidad de Dios a Sus promesas, reorientando la percepción del sufrimiento y transformándolo en un contexto donde la fe, la confianza y la esperanza pueden madurar plenamente.

2. La oración como medio constante de acceso a la paz divina

La oración se presenta no como un recurso ocasional, sino como un principio continuo de conexión con Dios. El mandato de “orar siempre” implica que la vida espiritual se sostiene en una comunicación constante con lo divino. Esto eleva la oración a una práctica transformadora que moldea la conciencia del creyente, permitiéndole vivir en un estado permanente de dependencia y comunión con Dios.

El principio de la oración revela una dimensión profundamente formativa del discipulado cristiano: la oración no es simplemente un acto devocional intermitente, sino una orientación permanente del alma hacia Dios. Doctrinalmente, el mandato de “orar siempre” implica que la vida espiritual se sostiene en una relación continua de dependencia, donde el creyente aprende a interpretar la realidad a la luz de la presencia divina. Esta constancia transforma la conciencia, desplazando el centro de confianza desde las circunstancias cambiantes hacia la estabilidad de Dios. En este sentido, la paz prometida no es un resultado ocasional de la oración, sino una consecuencia acumulativa de vivir en comunión constante con el Padre y el Hijo por medio del Espíritu Santo. Así, la oración continua no solo abre un canal de comunicación, sino que configura el carácter espiritual del individuo, permitiéndole habitar en una serenidad interior que refleja la cercanía constante de lo divino, aun en medio de la incertidumbre y la adversidad.

3. La sinceridad del corazón es el elemento esencial de la oración

El discurso enfatiza que la eficacia de la oración no radica en la forma externa, sino en la autenticidad interior. Esta doctrina redefine la oración como un acto de entrega total del alma, donde incluso los pensamientos y sentimientos no verbalizados son comprendidos por Dios. Desde una perspectiva teológica, esto afirma la omnisciencia divina y la intimidad de la relación entre Dios y el ser humano.

Desde una perspectiva doctrinal revela una teología de la comunicación divina que trasciende las formas externas y se centra en la condición interior del alma. Este principio enseña que la oración auténtica no es un acto ritualista, sino una entrega consciente y total del ser ante Dios, donde la transparencia espiritual permite que el individuo sea plenamente conocido y, a la vez, transformado. La idea de que Dios comprende incluso los pensamientos no verbalizados afirma Su omnisciencia, pero más aún, subraya Su cercanía relacional: Él no es un ser distante que requiere formalidades, sino un Padre que discierne las intenciones más profundas del corazón. En este sentido, la oración se convierte en un espacio de encuentro íntimo donde el creyente no solo comunica necesidades, sino que alinea su voluntad con la de Dios, permitiendo que la gracia opere desde el interior hacia la transformación espiritual continua.

4. Dios responde a las oraciones, aunque no siempre eliminando las pruebas

A través del ejemplo del pueblo de Alma, se enseña que las respuestas divinas no siempre consisten en remover las dificultades, sino en fortalecer al individuo para soportarlas. Esto introduce una teología del sufrimiento donde las pruebas tienen un propósito formativo, y la intervención divina se manifiesta en la capacidad de perseverar con fe y paciencia.

El principio revela una comprensión más elevada y madura de la interacción entre la providencia divina y la experiencia humana dentro del plan de salvación. Doctrinalmente, este enfoque desplaza la expectativa de una liberación inmediata hacia una transformación interna del discípulo, donde la gracia de Cristo se manifiesta como poder capacitador más que como simple intervención circunstancial. El ejemplo del pueblo de Alma ilustra que la respuesta divina puede consistir en fortalecer el alma hasta el punto de que las cargas, aunque presentes, se vuelven espiritualmente llevaderas. Esto introduce una teología del sufrimiento profundamente redentora: las pruebas no son evidencia de abandono divino, sino contextos en los que Dios obra para desarrollar paciencia, fe y sumisión a Su voluntad. En este sentido, la oración no garantiza la eliminación del dolor, pero sí asegura la presencia de Dios en medio de él, transformando la aflicción en un medio de santificación y acercamiento más profundo al Salvador.

5. La oración continua fortalece espiritualmente antes de la crisis

El discurso subraya que la fortaleza espiritual no se improvisa en momentos de emergencia, sino que se cultiva mediante la práctica constante de la oración. Esto enseña que la preparación espiritual es progresiva y acumulativa, y que quienes oran regularmente desarrollan una sensibilidad mayor al Espíritu Santo, lo que les permite enfrentar las pruebas con mayor claridad y poder espiritual.

El principio revela una doctrina profundamente formativa dentro del discipulado cristiano: la preparación espiritual es un proceso intencional, sostenido y acumulativo, no reactivo. Desde una perspectiva teológica, este concepto sitúa la oración como un medio de santificación progresiva, mediante el cual el creyente no solo busca ayuda divina, sino que es transformado en su capacidad de percibir y responder a la voluntad de Dios. La constancia en la oración cultiva una sensibilidad refinada al Espíritu Santo, permitiendo que la revelación fluya con mayor claridad incluso en medio de la adversidad. Así, cuando llegan las pruebas, el individuo no actúa desde la desesperación, sino desde una base previamente establecida de fe, confianza y experiencia espiritual. En este sentido, la oración continua no es simplemente una disciplina devocional, sino una preparación anticipada para la crisis, donde el alma ya ha sido moldeada para recibir paz, dirección y fortaleza conforme al patrón divino.

6. El Espíritu Santo comunica paz como respuesta divina

Una de las formas principales en que Dios responde a la oración es mediante la influencia del Espíritu Santo, quien transmite sentimientos de paz, consuelo y esperanza. Doctrinalmente, esto establece al Espíritu como el agente revelador de la paz divina, confirmando la realidad de Dios y Su amor en la experiencia personal del creyente.

El principio sitúa a la revelación personal en el centro de la experiencia religiosa del creyente. Doctrinalmente, esto implica que la paz no es simplemente un estado emocional subjetivo, sino una manifestación objetiva de la presencia y aprobación divina, mediada por el Espíritu. En este marco, el Espíritu Santo actúa como el testigo interno de la verdad, no solo informando la mente, sino también transformando el corazón, alineando los afectos humanos con la voluntad de Dios. Así, la respuesta a la oración no siempre llega en forma de soluciones visibles o inmediatas, sino como una certeza espiritual que trasciende la lógica natural y estabiliza el alma en medio de la incertidumbre. Desde una perspectiva teológica restauracionista, esta paz constituye tanto evidencia de la realidad de Dios como un anticipo de la plenitud futura prometida a los fieles, confirmando que el cielo no solo responde, sino que se comunica de manera íntima y personal con cada individuo que busca sinceramente al Señor.

7. Dios escucha incluso las oraciones no expresadas verbalmente

El discurso enseña que las oraciones del corazón son igualmente válidas y poderosas. Esto amplía la comprensión de la oración más allá del lenguaje, afirmando que Dios responde a la intención y al deseo interno. Desde una perspectiva doctrinal, esto resalta tanto la accesibilidad de Dios como Su perfecta comprensión del ser humano.

El principio revela una dimensión profundamente íntima de la relación entre el ser humano y lo divino, al situar la comunicación con Dios más allá de las limitaciones del lenguaje. Doctrinalmente, esto afirma la omnisciencia perfecta de Dios, quien no solo oye palabras, sino que discierne los pensamientos, las intenciones y los anhelos más profundos del corazón. En este sentido, la oración deja de ser meramente un acto formal y se convierte en una disposición constante del alma hacia Dios, donde el deseo sincero ya constituye una forma válida de comunicación espiritual. Esta enseñanza también democratiza el acceso a la revelación y al consuelo divino, ya que elimina cualquier barrera asociada a la elocuencia o capacidad expresiva, permitiendo que toda persona, en cualquier circunstancia, pueda acercarse a Dios con autenticidad. Así, la doctrina subraya que la eficacia de la oración no depende de su forma externa, sino de la intencionalidad espiritual interna, lo cual refuerza la idea de un Dios cercano, compasivo y plenamente consciente de la condición humana.

8. La oración refleja y fortalece una relación personal con Dios

La oración no es solo petición, sino relación. A medida que el creyente ora continuamente, desarrolla un vínculo más profundo con el Padre Celestial y con Jesucristo. Esta doctrina sitúa la oración en el centro de la vida espiritual como un medio de transformación relacional, donde el individuo no solo recibe bendiciones, sino que llega a conocer y amar más plenamente a Dios.

El principio sitúa esta práctica en el corazón mismo de la vida espiritual, no como un acto utilitario, sino como una experiencia relacional transformadora. Doctrinalmente, la oración se convierte en el medio por el cual el ser humano entra en comunión consciente y continua con el Padre Celestial y con Jesucristo, desarrollando una familiaridad espiritual que trasciende la simple petición de bendiciones. Este enfoque implica que el propósito más elevado de la oración no es obtener respuestas inmediatas, sino llegar a conocer el carácter de Dios, alineando la voluntad humana con la divina. A medida que el creyente ora con constancia y sinceridad, su corazón es moldeado, sus deseos se refinan y su percepción espiritual se agudiza, permitiéndole reconocer la mano de Dios en su vida. En este sentido, la oración actúa como un proceso de santificación progresiva, donde el individuo no solo habla con Dios, sino que aprende a escucharle y a amarle, estableciendo una relación de confianza, dependencia y reciprocidad que constituye el fundamento del discipulado verdadero.

Comentario final

El presidente Henry B. Eyring constituye una exposición profunda de la oración como el medio ordenado por Dios para acceder a una paz que trasciende la realidad terrenal. En su núcleo, el mensaje redefine la oración no como un acto episódico de súplica, sino como una condición espiritual continua que vincula al creyente con la presencia activa de Dios. La promesa del Salvador de otorgar Su paz se presenta aquí como una realidad accesible, pero condicionada a una relación constante con Él, cultivada mediante la oración sincera y perseverante. De este modo, la paz deja de ser entendida como la ausencia de conflicto y pasa a ser interpretada como una manifestación del Espíritu Santo que confirma la cercanía divina incluso en medio de la adversidad.

Asimismo, el discurso articula una teología madura del sufrimiento y la respuesta divina, donde Dios no siempre elimina las cargas, pero sí transforma al individuo para que pueda sobrellevarlas con fortaleza y gozo. Este principio sitúa la oración dentro del proceso de santificación, en el cual el alma es refinada al alinearse progresivamente con la voluntad de Dios. La insistencia en la oración continua —tanto en momentos de gozo como de aflicción— revela que la verdadera fortaleza espiritual no surge en la crisis, sino en la constancia del discipulado. En última instancia, el mensaje presenta la oración como el eje de una relación viva con Dios, mediante la cual el creyente no solo recibe consuelo, sino que es transformado en su interior, llegando a experimentar una paz que anticipa la plenitud eterna prometida en Jesucristo.

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