“Abandonaré todos mis pecados para conocerte”

Conferencia General Abril 2026

“Abandonaré todos mis pecados para conocerte”

Por el élder Wan-Liang Wu
De los Setenta

Podemos llegar a conocer al verdadero Dios el Padre y obtener la vida eterna por medio de Su Hijo Jesucristo, porque el poder está en nosotros.



Nací en una familia no cristiana. De niño, acompañaba a mi mamá a los templos chinos para adorar diferentes dioses. Llevábamos pasteles especiales como ofrenda y quemábamos incienso para pedir las bendiciones que necesitábamos. Si necesitábamos trabajo, le pedíamos al dios de las riquezas; si necesitábamos salud, le pedíamos al dios de la sanación. Me encantaba acompañar a mi mamá porque, cuando terminaban los ritos, podía comer todos esos ricos pasteles.

Sin embargo, el gran milagro ocurrió cuando tenía diez años al mudarnos a Bolivia: conocí a los misioneros. Me enseñaron sobre un Dios del que nunca había escuchado antes.

Me enseñaron que es un Dios viviente con un cuerpo glorificado de carne y huesos, que es mi Padre Celestial, que me ama y que literalmente soy Su hijo; que envió a Jesucristo a la tierra para ayudarme a volver a Su presencia y obtener la vida eterna.

Sentí tanto asombro cuando me contaron la historia de José Smith, quien vio a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo. A pesar de que no hablaba español y no podía comprender todas las palabras, yo sentía paz en mi pecho y, de alguna manera, sabía que lo que estaba aprendiendo era bueno. Antes de que me extendieran la invitación para ser bautizado, les dije a mis dos hermanas mayores, quienes ya eran miembros de la Iglesia: “Ya tomé la decisión, ¡me voy a bautizar!”.

El Evangelio de Jesucristo cambió mi vida por una mejor. Me dio un propósito eterno, el de prepararme para volver a la presencia de Dios con mi familia.

En el Libro de Mormón leemos la historia de un anciano rey que, al igual que yo, no conocía a Dios. Él había tenido un encuentro con un misionero y había quedado tan sorprendido por sus palabras que insistió en que le enseñaran.

Entonces “Aarón empezó […] ley[éndole] […] las Escrituras, de cómo creó Dios al hombre a su propia imagen, y […] le dio mandamientos, y que, a causa de la transgresión, el hombre había caído. […]

“Y también el plan de redención que fue preparado desde la fundación del mundo, por medio de Cristo, para cuantos quisieran creer en su nombre […] mediante la fe y el arrepentimiento. […]

“[Entonces], dijo el rey: ¿Qué haré para lograr esta vida eterna de que has hablado? […] He aquí […], daré cuanto poseo; sí, abandonaré mi reino a fin de recibir este gran gozo.

“Mas Aarón le dijo: Si tú deseas esto, si te arrodillas delante de Dios, sí, si te arrepientes de todos tus pecados y te postras ante Dios e invocas con fe su nombre, creyendo que recibirás, entonces obtendrás la esperanza que deseas.

“Y sucedió que cuando Aarón hubo dicho estas palabras, el rey se inclinó de rodillas ante el Señor, sí, se postró hasta el polvo, y clamó fuertemente diciendo:

“¡Oh Dios!, Aarón me ha dicho que hay un Dios; y si hay un Dios, y si tú eres Dios, ¿te darías a conocer a mí?, y abandonaré todos mis pecados para conocerte”.

La historia concluye no solo con la conversión del rey, sino de toda su casa y de varias ciudades de su reino.

Si tenemos un deseo sincero, siendo mansos y humildes de corazón, podemos conocer al verdadero Dios el Padre y obtener la vida eterna mediante Su Hijo Jesucristo, porque el poder está en nosotros, en elegir creer y decidir actuar en consecuencia.

El Salvador declaró: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

¿Cómo podemos llegar a conocer al único Dios verdadero y obtener la vida eterna? El Salvador responde: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”.

La única manera en que podemos llegar a conocer a nuestro Padre Celestial y obtener la vida eterna es venir a Cristo y seguirlo. Venir a Cristo es mucho más que solo aprender de Cristo: incluye la fe y las obras; significa convertirse a Él y a Su Evangelio restaurado. Al hacerlo, tendremos “mayor felicidad, esperanza, paz y propósito” en esta vida.

El rey no se detuvo en el estado de asombro; eligió creer y actuar. Estuvo dispuesto a abandonar todos sus pecados para conocer a Dios. ¿Qué estamos dispuestos a abandonar o cambiar para realmente conocer a Dios y ser salvos en el postrer día?.

El presidente Dallin H. Oaks enseñó: “El Evangelio de Jesucristo nos da el desafío de cambiar. ‘Arrepentíos’ es su mensaje más frecuente, y arrepentirse significa abandonar todas nuestras prácticas —sean estas personales, familiares, étnicas y nacionales— que sean contrarias a los mandamientos de Dios. El propósito del Evangelio es transformar personas comunes en seres celestiales, y eso requiere cambio”.

No podemos conocer a Dios sin un deseo sincero y una verdadera intención. Debemos tener fe en Jesucristo, arrepentirnos continuamente y esforzarnos por guardar los mandamientos. El Salvador nos ama más de lo que podemos comprender, y nos suplica una y otra vez: “Ven, sígueme”. Dio Su vida por nosotros, pagó el precio de nuestros pecados y resucitó de entre los muertos. Gracias a Él, tenemos la “esperanza de una existencia futura con el Padre Celestial”.

Ya sea un niño o un rey, sin importar el origen ni la condición en que se encuentre, te invito a elegir tener fe en Jesucristo y a decidir seguirlo, porque “no hay otro nombre dado debajo del cielo sino el de este Jesucristo […] mediante el cual el hombre pueda ser salvo”.

Testifico que Jesucristo ha resucitado. ¡Él vive! Esto es lo que Él desea que hagamos para prepararnos para la vida eterna. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

El discurso del élder Wan-Liang Wu desarrolla de manera profundamente narrativa la doctrina de la conversión como un proceso de transformación total del ser, centrado en el deseo sincero de conocer a Dios. Desde su propia experiencia personal —pasando de una religiosidad cultural a una relación viva con el Padre Celestial por medio de Jesucristo— el autor establece un contraste claro entre buscar bendiciones específicas de distintos “dioses” y llegar a conocer al único Dios verdadero. Este cambio no es meramente intelectual, sino espiritual y relacional: conocer a Dios implica reconocerlo como Padre, aceptar a Jesucristo como el único camino y reorganizar toda la vida en torno a esa verdad. Así, el discurso enseña que el Evangelio no solo informa, sino que redefine la identidad y el propósito eterno del individuo.

El eje doctrinal del mensaje se encuentra en la poderosa declaración: “abandonaré todos mis pecados para conocerte”. Esta expresión, tomada del relato del rey en el Libro de Mormón, encapsula la esencia del discipulado: el conocimiento de Dios no es pasivo ni automático, sino que exige una respuesta activa de fe, arrepentimiento y compromiso. El discurso enfatiza que no basta con sentir asombro o interés espiritual; es necesario actuar, decidir cambiar y someter la voluntad personal a la voluntad divina. En este sentido, el arrepentimiento no se presenta como un castigo, sino como el medio por el cual el ser humano se libera de aquello que le impide conocer verdaderamente a Dios. La invitación es radical: no se trata de abandonar algunos pecados, sino de estar dispuesto a dejar todo lo que nos aleje de Él.

Finalmente, el mensaje culmina afirmando que el poder para este cambio reside en la capacidad de elegir: “el poder está en nosotros”. Esta declaración no minimiza la gracia divina, sino que resalta la cooperación entre la iniciativa humana y la ayuda de Cristo. Venir a Él implica tanto creer como actuar, aprender como vivir, desear como decidir. El discurso, por tanto, presenta el Evangelio como un camino de transformación progresiva hacia la vida eterna, donde el conocimiento de Dios se adquiere no solo mediante estudio, sino mediante la obediencia vivida. En última instancia, conocer a Dios es llegar a ser como Él, y ese proceso comienza cuando el corazón decide, con sinceridad y fe, abandonar todo lo que lo separa de Su presencia.

Puntos doctrinales

1. Conocer a Dios es la esencia de la vida eterna
La vida eterna no consiste únicamente en vivir para siempre, sino en llegar a conocer verdadera y personalmente a Dios el Padre y a Jesucristo.
Uno de los ejes doctrinales más elevados del discurso es la afirmación de que la vida eterna está inseparablemente ligada al conocimiento de Dios. Esta idea, basada en las palabras del Salvador, desplaza la comprensión del Evangelio desde una visión meramente normativa hacia una visión relacional. No se trata solo de obedecer mandamientos para recibir una recompensa futura, sino de entrar en una relación transformadora con el Padre por medio del Hijo. En ese sentido, “conocer” a Dios no significa únicamente tener información acerca de Él, sino reconocer Su naturaleza, Su voluntad, Su amor y Su paternidad de manera tan real que esa verdad llegue a reorganizar toda la existencia humana.

Analíticamente, este principio tiene una fuerza doctrinal inmensa porque redefine el propósito de la religión. El Evangelio no se limita a corregir conductas; busca conducir al alma a una comunión real con Dios. El élder Wu ilustra esto al contrastar una religiosidad basada en buscar favores o bendiciones específicas con la revelación de un Dios viviente, glorificado y personal. Esa diferencia es decisiva: pasar de una religión utilitaria a una relación filial transforma radicalmente la identidad espiritual del creyente. Conocer a Dios es saber quién es Él y, al mismo tiempo, descubrir quiénes somos nosotros como Sus hijos. Por eso, la vida eterna comienza mucho antes de la resurrección futura: empieza cuando el alma aprende a orientarse hacia Dios con fe, amor y deseo sincero de llegar a ser uno con Su voluntad.

2. Jesucristo es el único camino para venir al Padre
Solo por medio de Jesucristo podemos llegar a conocer al Padre Celestial, ser redimidos y heredar la vida eterna.
El discurso insiste con claridad en una verdad central del Evangelio restaurado: Jesucristo no es simplemente un maestro moral ni un ejemplo inspirador, sino el único camino mediante el cual el ser humano puede venir al Padre. Esta afirmación coloca a Cristo en el centro absoluto de la salvación. Toda posibilidad de redención, transformación y exaltación pasa por Él. El conocimiento de Dios, entonces, no ocurre al margen del Salvador, sino precisamente a través de Su persona, Su expiación, Su resurrección y Su invitación continua a seguirlo.

Desde una perspectiva analítica, este principio protege el mensaje de cualquier intento de espiritualidad genérica o autosuficiente. El discurso no presenta una búsqueda religiosa abierta a cualquier sendero, sino una invitación concreta a venir a Cristo. Eso significa que la conversión verdadera no puede separarse de la fe en Él ni de la obediencia a Su Evangelio restaurado. Además, esta doctrina revela algo profundo sobre la naturaleza del conocimiento espiritual: no conocemos al Padre únicamente por especulación o esfuerzo intelectual, sino porque el Hijo nos lo revela y nos lleva a Él. En otras palabras, Cristo no solo enseña el camino; Él es el camino. Por eso, seguir a Jesucristo es más que admirarlo: es entrar en un proceso de transformación redentora donde Su gracia hace posible lo que la voluntad humana por sí sola no puede lograr.

3. La conversión exige abandonar el pecado, no solo admirar la verdad
El verdadero conocimiento de Dios requiere arrepentimiento real, disposición a cambiar y abandono de todo aquello que se opone a Su voluntad.
La frase que da título al discurso —“abandonaré todos mis pecados para conocerte”— resume de manera extraordinaria la naturaleza exigente y transformadora del discipulado. El mensaje no se conforma con una fe sentimental ni con un asombro pasajero ante las verdades del Evangelio. El rey del relato no solo quedó impresionado por la doctrina; decidió actuar y someterse a un cambio profundo. Esta diferencia entre admirar la verdad y entregarse a ella constituye uno de los contrastes más poderosos del discurso. El arrepentimiento aparece aquí no como una exigencia secundaria, sino como la condición indispensable para un conocimiento más profundo de Dios.

Analíticamente, este principio es fundamental porque enseña que el pecado no solo transgrede una ley, sino que también oscurece la capacidad del alma para conocer a Dios. Mientras el corazón se aferra al pecado, permanece dividido y distante de la presencia divina. Por eso, abandonar el pecado no es simplemente dejar conductas malas; es quitar todo aquello que impide la comunión con Dios. El presidente Oaks, citado en el discurso, refuerza esta idea al enseñar que el Evangelio desafía a cambiar todas las prácticas contrarias a los mandamientos de Dios. Ese cambio puede ser personal, familiar, cultural o incluso nacional. La amplitud de esa afirmación revela que la conversión no se limita a detalles aislados, sino que toca la estructura profunda de la vida. Conocer a Dios, entonces, exige una rendición interior: una voluntad dispuesta a dejar atrás todo lo que compita con Él.

4. El deseo sincero y la verdadera intención abren la puerta a la revelación
Dios se da a conocer a quienes lo buscan con humildad, sinceridad, mansedumbre y una intención real de obedecer.
El discurso enseña con gran sensibilidad espiritual que el conocimiento de Dios no es fruto del orgullo intelectual, sino del deseo sincero. El rey del Libro de Mormón no comenzó con un conocimiento perfecto; comenzó con una apertura humilde: “si hay un Dios, y si tú eres Dios, ¿te darías a conocer a mí?”. Esa oración contiene una profunda lección doctrinal. Dios puede trabajar con la sinceridad humilde incluso cuando el conocimiento inicial es incompleto. Lo que Él busca no es erudición religiosa previa, sino un corazón dispuesto a creer, a preguntar con fe y a actuar conforme a la luz recibida.

Analíticamente, este principio resalta la naturaleza moral del conocimiento espiritual. En el Evangelio, conocer a Dios no es solamente una cuestión de capacidad intelectual, sino de disposición del corazón. La verdadera intención importa porque determina si la persona desea realmente someterse a la verdad o solo examinarla desde una distancia segura. Un corazón humilde recibe más luz porque está dispuesto a obedecerla. En cambio, un corazón endurecido puede escuchar las mismas verdades sin ser transformado. Por eso, el discurso une repetidamente el deseo sincero con la fe, el arrepentimiento y la obediencia. La revelación divina no se concede como curiosidad religiosa, sino como respuesta a una búsqueda honesta. Esta doctrina también ofrece esperanza: cualquier persona, sin importar su origen, puede comenzar a acercarse a Dios si lo hace con sinceridad y mansedumbre.

5. El poder para elegir creer y actuar está en nosotros
Dios ha dado a Sus hijos capacidad moral y espiritual para escoger la fe, actuar conforme al Evangelio y responder a la gracia de Jesucristo.
La afirmación “el poder está en nosotros” constituye uno de los aportes más significativos del discurso. Esta frase no enseña autosuficiencia espiritual, sino responsabilidad moral. El élder Wu no está diciendo que el ser humano puede salvarse sin Cristo, sino que posee la capacidad otorgada por Dios para elegir creer, arrepentirse y venir al Salvador. Esta doctrina está profundamente vinculada al albedrío moral: la gracia divina no anula la agencia humana, sino que la dignifica y la invita a participar activamente en el proceso de salvación.

Desde un análisis doctrinal, este principio evita dos errores opuestos. Por un lado, rechaza la pasividad espiritual que espera cambio sin esfuerzo personal. Por otro, evita el orgullo de pensar que el cambio ocurre sin necesidad de la redención de Cristo. El Evangelio restaurado enseña una cooperación sagrada entre la iniciativa humana y la gracia divina. El hombre puede elegir; Cristo puede redimir. El hombre puede decidir seguir; Cristo puede capacitar. El hombre puede abandonar el pecado; Cristo puede limpiarlo y transformarlo. En esta visión, la agencia no es una carga, sino un don. El poder está en nosotros porque Dios nos ha concedido el privilegio de responder a Su amor, de ejercer fe y de encaminarnos deliberadamente hacia la vida eterna.

6. Venir a Cristo implica más que aprender de Él; implica convertirse a Él
El discipulado verdadero no se limita a conocer doctrinas o admirar enseñanzas, sino que requiere una conversión integral al Salvador y a Su Evangelio restaurado.
El discurso hace una distinción muy importante entre aprender de Cristo y venir verdaderamente a Cristo. En la práctica religiosa, es posible conocer conceptos, participar en actividades e incluso apreciar la doctrina sin haber entregado completamente el corazón al Señor. El élder Wu corrige esa superficialidad al enseñar que venir a Cristo incluye fe, obras y conversión real. Esto significa que el Evangelio no pretende simplemente informar la mente, sino cambiar el ser. La doctrina restaurada no fue dada solo para ampliar el conocimiento religioso, sino para producir una transformación del carácter y de la voluntad.

Analíticamente, este punto es esencial para entender la diferencia entre religiosidad y discipulado. Hay quienes permanecen en un estado de admiración espiritual, pero nunca cruzan el umbral de la entrega. El rey del relato no se quedó contemplando la verdad; la abrazó con toda su voluntad. El discurso utiliza ese ejemplo para confrontar al oyente con una pregunta directa: ¿qué estamos dispuestos a abandonar o cambiar para realmente conocer a Dios? Esa pregunta tiene un poder pedagógico profundo, porque obliga a llevar la doctrina al terreno de la vida concreta. La conversión siempre exige desplazamiento: abandonar algo viejo para recibir algo nuevo, dejar una lealtad menor para abrazar una mayor. Por eso, venir a Cristo no es un evento aislado, sino una orientación continua del alma hacia Él.

7. El Evangelio transforma la identidad y el propósito de la vida
Al recibir el Evangelio de Jesucristo, la persona no solo adopta nuevas creencias, sino que adquiere un nuevo sentido de identidad, familia eterna y destino.
La experiencia personal del élder Wu ilustra de manera conmovedora cómo el Evangelio cambia la comprensión que una persona tiene de sí misma. Antes de conocer el mensaje restaurado, su experiencia religiosa estaba marcada por prácticas devocionales orientadas a necesidades específicas. Sin embargo, al escuchar que Dios era un Padre Celestial con un cuerpo glorificado, que lo amaba y que él era literalmente Su hijo, su mundo espiritual cambió por completo. Esa enseñanza no solo le dio nueva información doctrinal; le dio una nueva identidad. Comprenderse como hijo de Dios y miembro potencial de una familia eterna es una de las transformaciones más poderosas que el Evangelio puede producir.

Desde un análisis doctrinal, este punto revela que la conversión es profundamente antropológica: cambia cómo el ser humano se entiende a sí mismo, cómo comprende su origen y cómo interpreta su destino. El Evangelio no solo responde a la pregunta “¿qué debo hacer?”, sino también “¿quién soy?” y “¿para qué existo?”. El propósito eterno de prepararse para volver a la presencia de Dios con la familia se convierte en una visión integradora de la existencia. Cuando esa verdad penetra el corazón, la vida deja de estar fragmentada y comienza a ser interpretada a la luz de la eternidad. Así, el discurso muestra que la fe restaurada no añade simplemente un elemento religioso a la vida; la redefine desde su fundamento más profundo.

8. La gracia de Jesucristo hace posible el arrepentimiento continuo
El llamado a arrepentirse y seguir a Cristo no sería posible sin Su amor, Su expiación y Su resurrección.
El discurso deja claro que el arrepentimiento no se sostiene en el mero esfuerzo humano, sino en la obra redentora del Salvador. Jesucristo nos ama más de lo que podemos comprender, dio Su vida por nosotros, pagó el precio de nuestros pecados y resucitó de entre los muertos. Estas verdades no aparecen como un complemento doctrinal, sino como el fundamento que hace posible todo el llamado a cambiar. Sin la Expiación, el mandato de abandonar el pecado sería una carga imposible. Con la Expiación, se convierte en una invitación llena de esperanza.

Analíticamente, este principio es decisivo porque impide interpretar el discurso en términos de perfeccionismo legalista. El mensaje no dice: “cambia para que Dios te ame”; más bien enseña: “porque Cristo te ama y te ha redimido, puedes cambiar y venir a Él”. Esa distinción es fundamental. El arrepentimiento continuo no nace de la desesperación, sino de la confianza en la misericordia del Salvador. Además, la resurrección de Cristo amplía el horizonte del mensaje: no solo se trata de ser limpiados del pecado, sino de recibir la esperanza de una existencia futura con el Padre Celestial. Así, la gracia no es un añadido secundario al discipulado; es la fuerza central que lo hace posible, sostenible y esperanzador.

9. La salvación es universalmente ofrecida, sin importar origen o condición
Toda persona, sin importar su procedencia, cultura, edad o circunstancia, puede venir a Cristo, conocer a Dios y recibir la promesa de la vida eterna.
El discurso posee una amplitud espiritual muy hermosa al mostrar que el Evangelio es para todos. El propio élder Wu viene de un trasfondo no cristiano, y el rey del relato también era alguien que no conocía a Dios. Sin embargo, ambos son alcanzados por la verdad. Al final, el mensaje se dirige “ya sea un niño o un rey”, sin importar origen ni condición. Esta universalidad expresa una de las verdades más consoladoras del Evangelio restaurado: la invitación de Cristo no está limitada por historia personal, cultura de origen o nivel de conocimiento previo.

Analíticamente, este principio subraya tanto la universalidad de la necesidad de salvación como la universalidad de la oferta redentora. Todos necesitan venir a Cristo, y todos pueden hacerlo. Esta visión destruye barreras de orgullo espiritual y también barreras de desesperanza. Nadie está tan lejos que no pueda acercarse, y nadie está tan cerca que no necesite seguir viniendo a Cristo. El discurso, por tanto, presenta una soteriología profundamente inclusiva en su alcance, aunque exigente en su respuesta. Todos son invitados, pero cada uno debe elegir creer, arrepentirse y seguir al Salvador. Esta combinación de universalidad y responsabilidad personal da al mensaje una fuerza evangelizadora y profundamente pastoral.

Pensamientos reflexivos

1. Conocer a Dios requiere más que curiosidad: requiere entrega
El discurso enseña que no basta con interesarse por Dios o sentir asombro espiritual; es necesario comprometerse profundamente con Él mediante la fe y el arrepentimiento.
Muchas personas experimentan momentos de inspiración espiritual, sienten paz o curiosidad por las cosas de Dios, pero no todos están dispuestos a dar el siguiente paso: cambiar. El rey del relato no se conformó con escuchar; él estuvo dispuesto a abandonar todo lo que le separaba de Dios. Este pensamiento nos invita a evaluar la profundidad de nuestra propia búsqueda espiritual. ¿Queremos conocer a Dios solo en teoría, o estamos dispuestos a transformar nuestra vida para hacerlo real?

El verdadero conocimiento de Dios no se alcanza desde la distancia, sino desde la cercanía que produce la obediencia. Cada vez que elegimos seguir a Cristo, incluso cuando implica renuncia, nos acercamos más a Él. La entrega no es pérdida, sino acceso a una relación más profunda y auténtica con el Padre. Así, el discurso nos recuerda que la fe genuina siempre nos mueve a actuar y a cambiar.

2. El arrepentimiento no es castigo, es el camino hacia la libertad
Abandonar el pecado no es una imposición negativa, sino el medio para liberar el alma y permitirle conocer verdaderamente a Dios.
A veces el arrepentimiento se percibe como algo pesado o incómodo, pero el discurso lo presenta como una llave espiritual. El pecado no solo rompe mandamientos, también limita nuestra capacidad de sentir a Dios. Mientras más nos aferramos a lo que está mal, más lejos nos sentimos de Él. Por eso, abandonar el pecado no es solo obedecer una norma, sino quitar obstáculos que impiden una relación viva con el Señor.

Este pensamiento transforma nuestra perspectiva: arrepentirse no es perder algo valioso, sino recuperar algo más grande. Es dejar atrás lo que nos esclaviza para abrazar lo que nos eleva. El rey entendió que ningún poder, riqueza o posición podía compararse con el gozo de conocer a Dios. De la misma manera, cada pequeño acto de arrepentimiento en nuestra vida abre espacio para más luz, más paz y más cercanía con el Salvador.

3. La fe comienza cuando decidimos actuar, no cuando entendemos todo
El discurso enseña que el poder está en nosotros para elegir creer y actuar, aun cuando no comprendamos completamente todas las cosas.
El ejemplo del élder Wu y del rey del Libro de Mormón muestran que la fe no es el resultado de tener todas las respuestas, sino de tomar una decisión. El rey oró diciendo: “si hay un Dios…”, lo cual refleja una fe inicial, imperfecta, pero sincera. Esa pequeña apertura fue suficiente para que Dios comenzara a revelarse. Esto nos enseña que no necesitamos una fe perfecta para empezar; necesitamos una fe dispuesta.

En la vida diaria, muchas veces esperamos sentirnos completamente seguros antes de actuar espiritualmente. Sin embargo, el Evangelio nos invita a avanzar primero. La acción precede a la confirmación. Cuando oramos, obedecemos o cambiamos con sinceridad, aunque aún tengamos dudas, estamos creando el espacio para que Dios se manifieste en nuestra vida. La fe crece al ejercitarse, no al esperar pasivamente.

4. Todos podemos venir a Cristo, sin importar nuestro pasado
El discurso resalta que el Evangelio está disponible para todos, sin importar su origen, cultura o historia personal.
La historia personal del élder Wu es un poderoso recordatorio de que nadie está fuera del alcance de Dios. Él creció en un contexto completamente distinto, sin conocimiento del Padre Celestial, y aun así fue guiado hacia la verdad. Esto refleja una doctrina profundamente esperanzadora: Dios busca a todos Sus hijos, sin importar dónde comiencen.

Este pensamiento también nos invita a no limitarnos a nosotros mismos ni a los demás. A veces creemos que ciertas personas no cambiarán o que nosotros mismos estamos demasiado lejos, pero el Evangelio enseña lo contrario. La conversión no depende del pasado, sino de la decisión presente de venir a Cristo. Cuando alguien elige creer, arrepentirse y seguir, comienza un proceso que puede transformar completamente su vida.

Así, el discurso nos deja una invitación universal: todos podemos conocer a Dios si estamos dispuestos a buscarlo con sinceridad y a cambiar lo necesario para acercarnos a Él.

Comentario final

El discurso del élder Wan-Liang Wu, analizado desde una perspectiva doctrinal y académica, presenta una teología de la conversión profundamente centrada en la relación personal con Dios como el fin supremo de la vida humana. Su eje interpretativo —“abandonaré todos mis pecados para conocerte”— no debe leerse como una simple exhortación moral, sino como una declaración de intencionalidad espiritual radical: conocer a Dios exige una reorientación total del ser. En este marco, el arrepentimiento deja de ser un acto periférico y se convierte en el medio indispensable por el cual el individuo elimina las barreras que impiden la comunión con lo divino. Así, el discurso sitúa la transformación del carácter no como un requisito previo al conocimiento de Dios, sino como el proceso mismo mediante el cual ese conocimiento se adquiere y se profundiza.

Desde una dimensión educativa, el mensaje ilustra con claridad el patrón pedagógico del Evangelio restaurado: la verdad se internaliza mediante la interacción entre revelación espiritual y acción deliberada. El élder Wu demuestra que el aprendizaje religioso no es meramente cognitivo, sino experiencial; comienza con una impresión espiritual —como la paz que sintió al escuchar a los misioneros—, pero alcanza su plenitud cuando esa impresión se traduce en decisiones concretas, como el bautismo y el compromiso continuo de seguir a Cristo. Este modelo formativo subraya el papel central del albedrío: “el poder está en nosotros”, no como autosuficiencia, sino como capacidad divinamente otorgada para responder a la gracia. En este sentido, el discurso enseña que la educación espiritual auténtica no busca solo informar, sino transformar, invitando al discípulo a participar activamente en su propio proceso de santificación.

Finalmente, el discurso alcanza su mayor profundidad al enraizar todo el proceso de conversión en la persona y obra de Jesucristo. Él no solo revela al Padre, sino que hace posible que el ser humano venga a Él mediante Su Expiación y Resurrección. Bajo esta luz, el llamado a abandonar el pecado no es una demanda legalista, sino una invitación amorosa sostenida por el poder redentor del Salvador. El conocimiento de Dios, entonces, no es el resultado del esfuerzo humano aislado, sino de una cooperación sagrada entre la decisión del hombre y la gracia de Cristo. En consecuencia, el mensaje del élder Wu presenta el Evangelio como un camino de transformación progresiva hacia la vida eterna, donde el discípulo, al elegir creer, arrepentirse y seguir al Salvador, no solo aprende acerca de Dios, sino que llega verdaderamente a conocerlo y, en ese proceso, a llegar a ser como Él.

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