Jesucristo es el camino

Conferencia General Abril 2026

Jesucristo es el camino

Por el élder Brian J. Holmes
De los Setenta

Al unirnos a Él por medio de los convenios y al seguir a Su profeta viviente, caminamos por la senda que nos lleva seguros a casa.



El año pasado, mi esposa, Maggie, y yo corrimos la maratón Jungfrau en Suiza. Esta se realiza en los Alpes suizos y se considera una de las maratones más difíciles del mundo. De principio a fin, el recorrido sube más de 1900 metros, o 6400 pies, y pasa por hermosos pueblos alpinos y terreno escarpado de alta montaña. Las vistas infunden ánimo al principio, pero el empinado y estrecho tramo final obliga a los corredores a subir en fila por el sendero rocoso. El último ascenso exige prestar mucha atención a cada paso. En esta carrera no solo se cruza una línea de meta: se conquista una montaña.

Imaginen nuestra sorpresa al saber que uno de los corredores que terminó la carrera era ciego. Ese hombre valiente corrió atado con cuerda a un guía. Casi toda la carrera corrieron juntos, pero al volverse el recorrido más empinado y exigente, el guía se colocó adelante, indicando cada obstáculo y guiando cada paso. Dado que estaba atado a un guía, el corredor ciego logró lo que de otro modo hubiera sido casi imposible lograr solo.

Como esa maratón, nuestro trayecto en la vida tiene momentos de belleza y gozo, pero no es fácil. Todos queremos cruzar la línea de meta celestial y lograr la vida eterna, pero el recorrido suele ser empinado y difícil de hacer. Todos afrontamos pruebas. Sin un poder mayor que el propio, nadie termina con éxito esa carrera.

En algún momento, todos somos como el corredor ciego; todos necesitamos un guía.

El Padre Celestial, en Su perfecto amor, nos ha brindado muchas ayudas para guiarnos en el trayecto. El presidente Dallin H. Oaks enseñó que la ayuda más poderosa que Dios nos ha dado es el Salvador, Jesucristo.

Mediante Su Expiación, Jesucristo “ha hecho todo lo que es esencial para nuestra travesía por la vida terrenal hacia el destino señalado en el plan de nuestro Padre Celestial”. Debido a que vivió una vida perfecta, llevó todos los pecados y pesares, y rompió las ligaduras de la muerte, solo Jesucristo puede declarar ante el mundo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”.

En esa simple declaración, el Salvador enseñó que Él no solo es nuestro guía; Él es la senda. Su camino es el único sendero que lleva a la vida eterna.

Nuestro Salvador nos invita a andar con Él. Su camino es la senda de los convenios, la senda que lleva a nuestra meta celestial. Elegimos andar por la senda de los convenios al ejercer fe en Jesucristo para arrepentimiento, recibir las ordenanzas de Su Evangelio y perseverar hasta el fin. Esas ordenanzas son esenciales. Jesús enseñó a Nicodemo: “El que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”.

Así como la cuerda ataba al corredor ciego a su guía, los convenios nos unen a nuestro guía, Jesucristo. El élder David A. Bednar enseñó: “La conexión por convenio que tenemos con nuestro Padre Celestial y con Su Hijo resucitado y viviente es la fuente divina de perspectiva, esperanza, poder, paz y gozo duraderos”.

Cuando nos unimos a nuestro Salvador mediante convenios, solo nosotros podemos cortar la cuerda; Jesús nunca lo hará. Al estar firmemente unidos a Él, Él está unido a nosotros. Podemos esperar que Su poder nos bendiga con fortaleza y gozo al pasar por un tramo difícil de la vida; pero, si nos apartamos, no tenemos tal promesa. Las bendiciones de los convenios fluyen de la fidelidad continua, no solo de las acciones del pasado.

Cuando nuestro camino se vuelva difícil, y sucederá, recordemos al apóstol Pedro. Cuando el camino del discipulado se complicó y muchos “ya no andaban” con Jesús, Él preguntó a los Doce: “¿También vosotros queréis iros?”. Fue una pregunta inquisitiva, una que nos surge a todos con el tiempo.

Pedro respondió:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

“Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

Cuando tenemos dudas, cuando el discipulado parece exigente, o cuando otros dan marcha atrás, es tiempo de seguir unidos a Cristo, tal como Pedro. No hay otra opción; solo Cristo tiene las palabras de vida eterna.

Al andar con nuestro Salvador por la senda de los convenios, llegamos a conocer una verdad esencial: andar con Jesús es seguir a Su profeta. El Salvador mismo llama a profetas y, por medio de ellos, habla y gobierna Su Iglesia.

Piensen en esto: No conoceríamos al Cristo verdadero y viviente sin el testimonio profético. Desde Adán a Noé, Moisés a Pedro y José Smith a nuestros días, Dios ha dado a conocer a Su Hijo mediante un profeta.

Algunos dicen: “No necesito un profeta ni una iglesia para seguir a Jesús”.

Pero Él mismo dijo a Sus apóstoles escogidos: “El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha”.

Rechazar a sabiendas a Sus profetas es, según Su definición, rechazarlo a Él.

El Señor advirtió de una época en que “todo hombre anda[rá] por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios”. Sin apóstoles ni profetas, nuestra percepción de Cristo se va convirtiendo en lo que queremos que Él sea. Nuestra comprensión de la doctrina cambia, nuestro compromiso con las normas se debilita, la unidad se disuelve.

Pablo enseñó que la Iglesia está “edificad[a] sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. No para que se nos controle, sino para establecernos, “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina”.

Nuestro Salvador prometió: “Y si los de mi pueblo escuchan mi voz, y la voz de mis siervos que he nombrado para guiar a mi pueblo […], no serán quitados de su lugar”.

Hermanos y hermanas, el Padre Celestial desea que todos Sus hijos vuelvan a casa. Su Hijo, Jesucristo, es el único camino de regreso. Testifico que, gracias a que Jesucristo subió a la montaña más empinada de todas mientras llevaba el peso de nuestra salvación, no tenemos que enfrentar nuestras montañas solos. Al unirnos a Él por medio de los convenios y al seguir a Su profeta viviente, caminamos por la senda que nos lleva seguros a casa. Lo testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

El discurso “Jesucristo es el camino” desarrolla, de manera profundamente simbólica y doctrinal, la travesía del discipulado como una peregrinación exigente pero divinamente guiada. La metáfora inicial de la maratón no es simplemente ilustrativa, sino estructural: presenta la vida como una ascensión progresiva hacia lo celestial, donde la belleza y el gozo coexisten con el esfuerzo, el dolor y la incertidumbre. En este marco, la figura del corredor ciego atado a su guía se convierte en una imagen teológica poderosa del ser humano dependiente de Cristo. No se trata de debilidad, sino de una condición universal: todos, en algún momento, caminamos sin ver con claridad. La necesidad de un guía no es opcional, sino esencial, y el discurso establece con claridad que ese guía es Jesucristo, cuya Expiación no solo redime, sino que habilita el progreso mismo del alma.

A medida que avanza, el mensaje profundiza en la doctrina del convenio como el medio por el cual esa relación con Cristo se hace real, vinculante y transformadora. La “cuerda” que une al corredor con su guía simboliza una conexión activa que transmite dirección, poder y seguridad. Sin embargo, el análisis del discurso revela una tensión doctrinal significativa: aunque Cristo nunca rompe ese vínculo, el ser humano sí puede hacerlo. Esta idea introduce el principio del albedrío moral en su forma más seria, mostrando que la salvación no es automática, sino relacional y condicional a la fidelidad continua. El discipulado, entonces, no es un evento inicial, sino una permanencia deliberada en la senda de los convenios, donde cada decisión reafirma o debilita esa unión con lo divino.

Finalmente, el discurso amplía su enfoque hacia la dimensión eclesiológica al enseñar que andar con Cristo implica necesariamente seguir a Sus profetas. Aquí se confronta una de las tensiones más contemporáneas del pensamiento religioso: la tendencia a individualizar la fe. El mensaje sostiene que sin guía profética, la comprensión de Cristo se distorsiona y la doctrina se fragmenta. De este modo, se presenta una visión integrada del Evangelio donde Cristo, los convenios y los profetas forman una unidad inseparable en el plan de salvación. El cierre retoma la imagen inicial de la montaña, pero ahora con un matiz redentor: Cristo ya ha ascendido la más empinada de todas, asegurando que, aunque el camino sea arduo, nunca se recorre en soledad. Así, el discurso no solo instruye, sino que invita a una confianza activa en el poder y la compañía constante del Salvador.

Puntos doctrinales

1. Jesucristo es el único camino hacia el Padre
El Salvador no solo muestra el camino, sino que Él mismo es la senda que conduce a la vida eterna.
Este principio establece la centralidad absoluta de Cristo en la teología de la salvación. No hay pluralidad de caminos espirituales igualmente válidos; más bien, todo converge en la persona y misión de Jesucristo. El discurso enfatiza una cristología exclusiva: la salvación no es un sistema moral ni filosófico, sino una relación redentora con un Ser divino. Esto redefine el discipulado no como una opción entre muchas, sino como una necesidad ontológica para regresar al Padre.

2. Los convenios nos unen a Cristo como una cuerda a un guía
Los convenios sagrados crean una conexión real y vinculante con Jesucristo, proporcionando dirección, poder y seguridad espiritual.
La analogía del corredor ciego revela una teología profundamente relacional del convenio: no es meramente simbólico, sino funcional y transformador. El convenio actúa como un vínculo que transmite poder divino y guía continua. La idea de que “solo nosotros podemos cortar la cuerda” introduce la doctrina del albedrío moral: la gracia está disponible constantemente, pero su eficacia depende de nuestra fidelidad. Este equilibrio entre gracia y responsabilidad es clave en la doctrina restaurada.

3. La senda de los convenios es el camino hacia la vida eterna
La fe, el arrepentimiento, las ordenanzas y la perseverancia forman la senda establecida por Dios.
Aquí se presenta una estructura doctrinal clara del proceso de salvación. No es un evento aislado, sino un camino progresivo y ordenado. Las ordenanzas no son rituales opcionales, sino requisitos divinamente instituidos. El discurso subraya que la salvación es tanto un acto divino como un proceso humano continuo, lo que refuerza la idea de discipulado como trayectoria, no como estado momentáneo.

4. La fidelidad continua es necesaria para recibir las bendiciones del convenio
Las bendiciones no provienen solo de haber hecho convenios, sino de vivirlos constantemente.
Este principio combate una visión estática del Evangelio. La salvación no se “asegura” por actos pasados, sino que se mantiene mediante una lealtad activa. Doctrinalmente, esto introduce una dinámica de perseverancia que exige renovación espiritual constante. La fidelidad se convierte en el canal mediante el cual fluye el poder divino, destacando que la relación con Cristo es viva y en desarrollo continuo.

5. En momentos de duda, debemos permanecer con Cristo
Cuando el discipulado se vuelve difícil, la única respuesta válida es seguir a Cristo.
La referencia a Pedro introduce una teología de la lealtad en medio de la incertidumbre. El discurso reconoce la realidad de la duda, pero no la legitima como excusa para apartarse. Más bien, enseña que la fe madura se manifiesta en la permanencia, no en la ausencia de preguntas. Este enfoque fortalece una espiritualidad resiliente, donde la convicción se profundiza precisamente en la prueba.

6. Seguir a Jesucristo implica seguir a Su profeta
Cristo dirige Su Iglesia mediante profetas vivientes; rechazarlos es rechazarlo a Él.
Este es un punto eclesiológico central: la autoridad divina se manifiesta a través de canales establecidos. El discurso refuta el individualismo espiritual moderno, afirmando que el conocimiento auténtico de Cristo viene por revelación profética. La relación entre Cristo y Sus siervos no es opcional, sino estructural. Esto preserva la unidad doctrinal y protege contra interpretaciones subjetivas del Evangelio.

7. Sin profetas, la verdad se distorsiona y la unidad se pierde
La ausencia de guía profética lleva a confusión doctrinal y debilitamiento espiritual.
Aquí se presenta una advertencia doctrinal profunda sobre el relativismo religioso. Sin autoridad divina, la religión se convierte en proyección humana. Este principio conecta con la necesidad de una Iglesia organizada, no como institución meramente administrativa, sino como estructura revelada para preservar la verdad. La estabilidad doctrinal depende de la revelación continua, no solo de escrituras pasadas.

8. Cristo ya venció la montaña más difícil: no caminamos solos
Gracias a la Expiación, Cristo nos fortalece en nuestras pruebas y nos acompaña en el camino.
El discurso culmina con una poderosa imagen redentora: Cristo no solo muestra el camino, sino que lo recorrió primero y lo hizo posible. Esto introduce una teología de esperanza activa: las dificultades no desaparecen, pero se transforman mediante el poder de Cristo. La salvación no es solo futura, sino también presente, manifestándose en fortaleza, consuelo y dirección en la vida diaria.

Pensamientos reflexivo

1. No podemos recorrer solos el camino de la vida eterna
El discurso enseña que, así como el corredor ciego necesitaba un guía para completar la maratón, todos nosotros necesitamos a Jesucristo para llegar a nuestro destino eterno.
Este pensamiento invita a una reflexión humilde sobre nuestra condición espiritual. A menudo, el ser humano confía en su propia capacidad para tomar decisiones, resolver problemas y definir su camino. Sin embargo, el Evangelio revela que la vida no es solo una experiencia terrenal, sino una travesía eterna con implicaciones mucho más profundas de lo que podemos comprender plenamente. En ese contexto, nuestra visión es limitada, parcial y, en muchos momentos, insuficiente. Pretender avanzar solos es como intentar recorrer un terreno peligroso sin guía, confiando únicamente en lo que alcanzamos a percibir.

El discurso enseña que reconocer nuestra necesidad de Cristo no es debilidad, sino sabiduría espiritual. Él ve lo que nosotros no vemos, comprende lo que nosotros no entendemos y conoce perfectamente el destino hacia el cual debemos dirigirnos. La verdadera seguridad no está en tener todas las respuestas, sino en estar unidos a Aquel que sí las tiene. Este pensamiento nos lleva a preguntarnos: ¿estamos intentando vivir la vida apoyados únicamente en nuestro propio entendimiento, o estamos permitiendo que el Salvador dirija nuestros pasos? La paz del discipulado nace cuando dejamos de caminar solos y comenzamos a caminar con Él.

2. Los convenios son el vínculo que nos mantiene unidos a Cristo
El discurso compara los convenios con una cuerda que nos ata al Salvador, permitiéndonos avanzar con seguridad incluso en los tramos más difíciles de la vida.
Este pensamiento revela una verdad profundamente consoladora: no estamos llamados simplemente a admirar a Cristo desde la distancia, sino a estar vinculados a Él de manera real y constante. Los convenios no son promesas abstractas ni recuerdos de un momento espiritual pasado; son conexiones vivas que nos unen al poder del cielo. Así como la cuerda permitía al corredor confiar en su guía, los convenios nos permiten confiar en que el Salvador está activamente involucrado en nuestro progreso.

Reflexionar en esto nos ayuda a valorar más profundamente nuestras decisiones espirituales. Cada convenio que hacemos —y que procuramos guardar— fortalece esa unión con Cristo. Sin embargo, el discurso también enseña una verdad sobria: esa conexión requiere fidelidad continua. No basta con habernos comprometido en algún momento; es necesario permanecer firmes. La vida, con sus desafíos, puede tentar al alma a aflojar ese vínculo, a confiar menos, a depender más de sí misma. Pero es precisamente en los momentos más difíciles cuando más necesitamos estar unidos al Salvador. Este pensamiento nos invita a cuidar nuestra relación de convenio como el vínculo más valioso de nuestra vida espiritual.

3. En momentos de duda, la respuesta es permanecer con Cristo
El discurso recuerda la respuesta de Pedro: “¿A quién iremos?”, enseñando que, aun cuando el camino sea difícil, solo Jesucristo tiene palabras de vida eterna.
Este pensamiento es especialmente relevante para la experiencia real del discipulado. Llega un momento en la vida de toda persona en que la fe es probada: cuando las respuestas no son inmediatas, cuando las exigencias del Evangelio parecen elevadas o cuando otros deciden apartarse. En esos momentos, el alma enfrenta una decisión silenciosa pero profunda: permanecer o alejarse. La respuesta de Pedro no nace de la facilidad del camino, sino de la claridad de su convicción: fuera de Cristo no hay otra fuente de vida eterna.

Este principio invita a una fe más madura, una fe que no depende únicamente de las circunstancias favorables. Permanecer con Cristo no significa que todas las dudas desaparecen instantáneamente, sino que, aun en medio de ellas, elegimos confiar en Él. En un mundo donde muchas voces compiten por definir la verdad, este pensamiento nos recuerda que la fidelidad no consiste en encontrar el camino más cómodo, sino en permanecer en el camino verdadero. La pregunta no es si el camino siempre será fácil, sino si hay otro camino que realmente conduzca a la vida eterna. Y la respuesta del Evangelio es clara: no lo hay.

4. Cristo ya recorrió el camino más difícil para que no caminemos solos
El discurso enseña que Jesucristo ya ascendió la “montaña más empinada” mediante Su Expiación, por lo que nosotros no enfrentamos solos nuestras pruebas.
Este pensamiento encierra una de las verdades más reconfortantes del Evangelio. La vida puede sentirse, en muchos momentos, como una subida empinada: llena de esfuerzo, incertidumbre, dolor o cansancio. Sin embargo, el mensaje del discurso no es que debemos reunir suficiente fuerza para subir solos, sino que el Salvador ya ha recorrido el tramo más difícil. Él ha experimentado el dolor, la carga del pecado, la soledad y la muerte. Por eso, cuando enfrentamos nuestras propias montañas, no lo hacemos desde la desesperación, sino desde la esperanza.

Reflexionar en esto cambia la manera en que enfrentamos las pruebas. No significa que desaparezcan, sino que adquieren un nuevo significado. Cada dificultad puede ser vivida con la certeza de que Cristo comprende perfectamente lo que estamos atravesando y que Su poder está disponible para fortalecernos. Este pensamiento nos invita a confiar más profundamente en Él, no solo como ejemplo, sino como fuente viva de ayuda. En lugar de ver nuestras luchas como señales de abandono, podemos verlas como oportunidades para experimentar más plenamente Su compañía. Así, el camino sigue siendo exigente, pero nunca solitario.

Comentario final

El discurso del élder Brian J. Holmes, considerado desde una perspectiva doctrinal y académica, presenta una teología del discipulado profundamente centrada en la mediación exclusiva de Jesucristo como el camino de regreso al Padre. Su afirmación de que Cristo no solo señala la senda, sino que Él mismo es la senda, sitúa la salvación en una relación viva y vinculante con el Salvador, más que en un sistema abstracto de creencias o prácticas. En este marco, la vida mortal se interpreta como una travesía exigente —una ascensión espiritual— que no puede completarse mediante la autosuficiencia humana, sino únicamente mediante la unión con Aquel que ya ha recorrido el tramo más difícil a través de Su Expiación. Así, el discurso redefine el éxito espiritual no como logro individual, sino como fidelidad a una relación redentora con Cristo.

Desde una dimensión educativa, el mensaje articula con claridad el papel formativo de los convenios como el medio pedagógico por excelencia mediante el cual el discípulo aprende a permanecer en Cristo. La metáfora de la cuerda no solo ilustra dependencia, sino también permanencia intencional: el aprendizaje espiritual no se limita a momentos aislados de fe, sino que se construye mediante una fidelidad continua que mantiene activa la conexión con el Salvador. Este principio revela que la educación en el Evangelio no es meramente cognitiva, sino relacional y progresiva; implica desarrollar hábitos de obediencia, confianza y perseverancia que permitan al individuo recibir de manera constante el poder, la perspectiva y la paz que fluyen de esa unión de convenio.

Finalmente, el discurso alcanza una notable profundidad eclesiológica al afirmar que seguir a Jesucristo incluye necesariamente seguir a Su profeta viviente. Esta enseñanza sitúa la autoridad profética no como un elemento accesorio, sino como un componente esencial del orden divino mediante el cual Cristo continúa revelando Su voluntad y preservando la integridad doctrinal de Su Iglesia. En conjunto, el mensaje del élder Holmes ofrece una visión integral del camino del discipulado: una vida guiada por Cristo, sostenida por convenios y dirigida por revelación profética. Bajo esta luz, el retorno seguro al Padre no depende de la claridad perfecta del caminante, sino de su disposición a permanecer unido, con fe constante, a Aquel que conoce perfectamente el camino y que, en Su amor, nunca deja de guiar a los Suyos hacia el hogar eterno.

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