Ministrar: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado”

Conferencia General Abril 2026

Ministrar: “Que os améis
unos a otros; como yo os he amado”

Por la hermana Kristin M. Yee
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Ministrar es realmente amar a los demás y cuidar de ellos como lo haría el Salvador. Es una forma de ser; es la forma de ser de nuestro Salvador, Jesucristo.



En mi primer mensaje de conferencia general, compartí brevemente cómo el poder transformador de la Expiación del Salvador cambió a mi padre.

Hoy me gustaría contarles un poco más sobre cómo comenzó ese cambio. Mi padre estaba pasando por un momento muy bajo en su vida cuando dos hermanos ministrantes comenzaron a visitarlo. Uno de ellos invitó a mi padre a ir con él y su esposa al templo y él aceptó la invitación. Cada semana lo recogían y lo llevaban a una ciudad cercana para adorar y servir en la Casa del Señor. Esto continuó durante tres años. Entonces mi padre decidió ser obrero del templo.

Recuerdo haber visto cambios en él durante ese tiempo. Empezó a darse cuenta de las necesidades de los demás y a mostrarse atento a ellas. Cuidó mejor de su salud. Comenzó a preocuparse por su relación con Dios y, posteriormente, por todas las relaciones interpersonales de su vida. El cambio fue real. Ahora tenía el Espíritu consigo, y yo lo sentí.

Bendita sea esta pareja ministrante por ayudar a mi padre. No lo juzgaron por cómo era su vida en ese momento. Caminaron con él y lo ayudaron a desarrollar su relación con Dios. Ellos siguen siendo los amigos más cercanos y queridos de mi padre.

Debido a que esos humildes y devotos discípulos del Salvador ministraron en silencio a un hombre aparentemente perdido y abatido, mi familia y yo hemos sido bendecidos eternamente.

Cuando elegimos ministrar en nuestras asignaciones inspiradas y en nuestras interacciones diarias, estamos ayudando a bendecir al padre, a la hermana o al hijo de alguien. Cuando ministramos, estamos ayudando a contestar las oraciones de los demás. Somos las manos del Salvador. Oh, ¡cuán agradecida estoy por todos aquellos que han bendecido a familias como la mía al ministrar con compasión!

Sé que el Señor está al tanto de ustedes y de sus dificultades al esforzarse por guardar sus convenios y ministrar a los demás. Él ha prometido bendiciones y ayuda divina para ustedes y sus familias a medida que ejerzan la fe para servirle.

Puede que no podamos arreglar circunstancias difíciles o desgarradoras como quisiéramos; hay cambios que no nos corresponde a nosotros hacer. Sin embargo, sí podemos elegir amar y ministrar como lo haría el Salvador.

Ministrar por el Espíritu invita la sanación del Salvador a nuestra vida y a la vida de aquellos a quienes ministramos. A menudo encuentro paz, claridad, sanación y propósito cuando ministro. Hallo al Salvador cuando ministro. Esto ocurre así por designio divino.

Ministrar es realmente amar a los demás y cuidar de ellos como lo haría el Salvador. Es una forma de ser; es la forma de ser de nuestro Salvador, Jesucristo. No es un programa ni una lista de verificación; ministrar es la esencia de quién es Dios y quiénes podemos llegar a ser al seguirlo.

Ni se nos llama ni se nos releva de la ministración. Es parte de cumplir los convenios que hicimos al bautizarnos y en el templo. Hicimos convenio de tomar sobre nosotros el nombre del Salvador, llegando a ser como Él es conforme nos sacrificamos y consagramos nuestra vida a Él. Cuando ministramos como Él lo haría, comenzamos a pensar, sentir y amar como Él lo haría.

Nuestro Padre Celestial lleva a cabo Su obra eterna ministrando las necesidades individuales de Sus hijos, uno por uno. El Salvador nos mostró este modelo a menudo durante Su ministerio terrenal al bendecir, sanar y cuidar con compasión a “la persona en particular”. Él nos invita a hacer lo mismo: a ministrar de maneras individuales y personales, maneras que nos ayudan a sentir el amor de Dios. Cuando sentimos que Él nos ama y nos tiene presentes, todo cambia; y cuando bendecimos a uno, bendecimos a todos.

El Salvador nos muestra la máxima individualidad del amor de Dios por medio de Su sacrificio expiatorio y la capacidad divina que Él tiene para sanarnos y ministrarnos a ustedes y a mí de manera íntima.

Jesucristo eligió padecer por nuestros pecados y expiar mediante una agonía indescriptible para que pudiéramos ser salvos y recibir socorro divino. Todo esto lo hizo sin la seguridad de que nosotros lo amaríamos a cambio. “Mas Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.

Esta es la clase de amor que Él siente por ustedes y por mí. Y esta es la clase de amor que Él desea que tengamos unos por otros: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado”. Podemos demostrar nuestro amor por Él al guardar Sus mandamientos y ministrar a los demás mientras ellos y nosotros todavía somos imperfectos.

Hemos sido enviados aquí para aprender a amar a Dios y a amarnos los unos a los otros como lo hizo el Salvador, a amar de maneras que requieran sacrificio y que nos transformen, maneras que nos brindarán la mayor felicidad. Mediante la Expiación del Salvador podemos llegar a amar de maneras que pueden parecer imposibles. El élder Quentin L. Cook enseñó: “Nuestro amor por Dios y nuestros semejantes es la prueba máxima de la condición de nuestro espíritu”.

Elegir ministrar no siempre es conveniente ni cómodo. Requiere sacrificio, fe, vulnerabilidad y confiar en que las cosas saldrán bien a medida que permitimos que Dios prevalezca. Cuando hacemos una pausa y decidimos preocuparnos por alguien en lugar de por algo, Su Espíritu y Su amor pueden entrar en nosotros y podemos recibir la paz y la perspectiva que realmente necesitamos.

Una hermana joven comentó que a menudo se siente nerviosa en cuanto a ministrar porque no sabe cómo responderán los demás. Le pregunté cómo lo superaba. Ella sonrió y dijo: “Voy y lo hago, y suele resultar mucho mejor de lo que pensaba”. Ella ejerce la fe y el Señor la ayuda.

Al ministrar con fe, no iremos solos; el Señor estará con nosotros. Él “provee[rá] los medios por los cuales p[odemos] cumplir lo que [nos] ha mandado”, incluso la bendición del poder del sacerdocio de Dios al guardar nuestros convenios y Su autoridad del sacerdocio para representarlo a través de nuestra asignación. El Señor conoce el corazón de aquellos a quienes ministramos. Él los ama a ellos y los ama a ustedes. Él les ayudará a ustedes a bendecirlos de la manera que necesiten.

Piensen en la importancia de nuestras asignaciones de ministración. Las presidencias de la Sociedad de Socorro y del cuórum de élderes reciben revelación del Señor para darnos asignaciones inspiradas a ustedes y a mí, asignaciones para representarlo a Él y trabajar con Él en el cuidado de los hijos de Dios. Como enseñó el presidente Jeffrey R. Holland, se nos invita a dar “al Dios y Padre de todos nosotros una mano de ayuda con Su asombrosa tarea de contestar oraciones […], secar lágrimas y fortalecer las rodillas débiles”.

Si quieren sentirse centrados, obtener un sentido de pertenencia divina y marcar una verdadera diferencia en el mundo, los invito a seguir al Salvador y ministrar en Su nombre. Nunca ha habido mayor necesidad que ahora de que las almas sean elevadas, fortalecidas y sanadas mediante la Expiación de Jesucristo. “Muchos de nosotros necesitamos desesperadamente sentir Su amor”. Como discípulos Suyos, ustedes y yo tenemos la bendición y la responsabilidad por convenio de llevar el amor y el alivio del Salvador a todos los hijos de Dios. Cuando ofrecemos Su amor y sentido de pertenencia a los demás, eso mismo encontraremos nosotros. El Salvador prometió: “Todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”.

El Salvador no limitó Su ministración a Su familia y Sus allegados. Él ministró a todos y nos invita a hacer lo mismo. Recibimos asignaciones de ministración para desarrollar nuestra capacidad de amar a los demás y para asegurarnos de que nadie quede olvidado. Oramos por ellos, atendemos sus necesidades y fortalecemos su fe en Jesucristo.

Creo que nuestro Padre Celestial desea que ustedes sean felices; Él los ama. Su obra, que incluye la ministración, está diseñada para brindarnos a ustedes y a mí el mayor gozo que podamos experimentar.

Testifico que ministrar no solo “trae las bendiciones del cielo”, sino que es la forma de proceder del cielo. Testifico que Jesucristo vive. A medida que emulemos Su sacrificio al amar y ministrar como Él lo haría, seremos bendecidos para hallar nuestro propio gozo, sanación y alivio en Él. Llegaremos a ser como Él es. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Un Comentario

El discurso de la hermana Kristin M. Yee presenta la ministración no como una tarea eclesiástica, sino como una manifestación profunda de la naturaleza divina del amor cristiano. Desde una perspectiva doctrinal, el relato del cambio en su padre funciona como un caso concreto de cómo la Expiación de Jesucristo opera a través de instrumentos humanos sencillos pero fieles. La ministración, entonces, no solo bendice al receptor, sino que se convierte en un canal mediante el cual el poder transformador del Salvador se hace real en la vida cotidiana. Este enfoque desplaza la idea de “cumplir asignaciones” hacia una teología del discipulado viviente, donde amar, acompañar y perseverar con otros refleja el ministerio personal de Cristo “uno por uno”.

Además, el discurso enfatiza que ministrar es un proceso formativo: al servir, el discípulo no solo ayuda a otros, sino que es moldeado espiritualmente para pensar, sentir y amar como el Salvador. La ministración se presenta como un medio de santificación, vinculado directamente a los convenios bautismales y del templo, donde el individuo asume el nombre de Cristo y participa en Su obra redentora. En este sentido, la autora eleva la ministración a una dimensión ontológica: no es algo que el creyente hace ocasionalmente, sino algo que define lo que el creyente llega a ser. Así, el discurso articula una visión profundamente relacional del Evangelio, donde el amor sacrificial —incluso en medio de la imperfección— se convierte en la evidencia más clara de una verdadera conversión y de la presencia activa de Dios en la vida de Sus hijos.


Puntos doctrinales

1. Ministrar es amar como Cristo ama
La ministración no es solo servicio, sino la expresión activa del amor puro de Cristo hacia los demás.
Este principio establece el fundamento teológico del discurso: la ministración no es una función administrativa, sino una imitación directa del carácter divino. Amar “como Él nos ha amado” implica un amor que trasciende la reciprocidad, que no depende de la dignidad del otro ni de su respuesta. Este tipo de amor tiene su origen en la Expiación, donde Cristo amó primero, incluso antes de ser correspondido. Por tanto, ministrar no es simplemente ayudar, sino participar en la misma lógica redentora de Dios. Este principio redefine la vida cristiana: no se mide por actividades, sino por la calidad del amor que se manifiesta en relaciones concretas.

2. La ministración es un medio de transformación espiritual
Tanto quien ministra como quien recibe son transformados por el poder del Salvador.
El relato del padre de la autora evidencia que la ministración es un instrumento de conversión progresiva. No se trata de cambios inmediatos o superficiales, sino de una transformación profunda que afecta hábitos, relaciones y la relación con Dios. Este proceso refleja la doctrina de la santificación: el cambio ocurre gradualmente al permanecer en un entorno de amor, paciencia y fe. La ministración crea ese entorno espiritual donde el Espíritu puede obrar. Así, se convierte en un medio por el cual la Expiación se “encarna” en la vida diaria, demostrando que Dios obra a través de relaciones humanas constantes y fieles.

3. Ministrar es participar en la obra redentora de Dios
Al ministrar, nos convertimos en instrumentos mediante los cuales Dios responde oraciones y bendice vidas.
Este punto revela una doctrina clave sobre la cooperación divina-humana. Dios podría actuar directamente, pero elige involucrar a Sus hijos en Su obra, permitiéndoles ser “Sus manos”. Esto no solo dignifica al ser humano, sino que lo introduce en el propósito eterno de Dios. La ministración, entonces, no es periférica, sino central en el plan de salvación. Desde esta perspectiva, cada acto de servicio adquiere un significado eterno: no es solo ayuda temporal, sino participación en la redención de las almas. Esto también implica una responsabilidad sagrada, ya que ignorar la ministración puede significar perder oportunidades de ser instrumento en las manos de Dios.

4. La ministración está vinculada a los convenios
Ministrar es una manifestación directa de guardar los convenios hechos con Dios.
El discurso conecta la ministración con la teología del convenio, particularmente con el bautismo y el templo. Tomar sobre nosotros el nombre de Cristo implica representar Su carácter y Su misión. Por tanto, ministrar no es opcional ni circunstancial, sino una consecuencia natural del discipulado. Este enfoque eleva la ministración de una práctica recomendada a una obligación espiritual sagrada. Además, introduce una dimensión de identidad: no solo hacemos actos de servicio, sino que nos convertimos en personas que encarnan el amor de Cristo. La ministración se convierte así en evidencia visible de la fidelidad al convenio.

5. La ministración es individual y personal
Dios obra uno por uno, y nosotros debemos ministrar de la misma manera.
Este principio refleja el patrón divino del ministerio de Cristo. La salvación, aunque universal en alcance, es profundamente individual en su aplicación. Ministrar de manera personalizada requiere sensibilidad espiritual, tiempo y disposición para ver a los demás como Dios los ve. Este enfoque desafía la tendencia humana a generalizar o tratar a las personas como números. En cambio, invita a una relación auténtica, donde cada persona es reconocida en su singularidad. Este tipo de ministración crea experiencias espirituales profundas, tanto para quien sirve como para quien recibe, porque refleja la manera en que Dios mismo se relaciona con Sus hijos.

6. Ministrar requiere sacrificio y fe
La ministración auténtica no siempre es cómoda, pero requiere confianza en Dios y disposición a actuar.
Aquí se introduce una dimensión de discipulado exigente. Ministrar implica salir de la comodidad, enfrentar la incertidumbre y actuar sin garantías de éxito. Este principio está profundamente conectado con la fe como acción. La joven mencionada en el discurso ilustra que el crecimiento espiritual ocurre al actuar a pesar del temor. Este tipo de fe activa abre la puerta a la intervención divina. Además, el sacrificio en la ministración purifica las intenciones del corazón, alineándolas con el amor desinteresado de Cristo. Así, el sacrificio no es una pérdida, sino un medio de refinamiento espiritual.

7. Ministrar trae sanación tanto al que sirve como al que recibe
La ministración permite experimentar la paz, claridad y sanación del Salvador.
Este principio destaca el carácter recíproco de la ministración. No es un flujo unidireccional de bendiciones, sino una interacción donde ambos participan del poder sanador de Cristo. La autora testifica que encuentra al Salvador al ministrar, lo cual sugiere que el servicio es un medio de revelación personal. Esto está en armonía con la doctrina de que el amor activo abre el corazón a la influencia del Espíritu. La ministración se convierte, entonces, en una experiencia sacramental cotidiana, donde el individuo experimenta la presencia divina al actuar como instrumento de Su amor.

8. La ministración es la esencia del ser divino
Ministrar no es un programa, sino la forma en que Dios obra y en lo que Sus hijos están llamados a convertirse.
Este es quizás el punto más elevado doctrinalmente. La ministración no solo refleja a Dios; es la manera en que Dios existe y actúa. Por lo tanto, al ministrar, el ser humano no solo imita a Dios, sino que participa en Su naturaleza. Este principio conecta con la doctrina de la deificación o el llegar a ser como Dios. Ministrar es un proceso mediante el cual el individuo es moldeado a la imagen divina. En este sentido, el servicio deja de ser una actividad externa y se convierte en una transformación interna del ser. La ministración, entonces, no solo cambia circunstancias, sino que cambia identidades eternas.

9. La ministración trae gozo y sentido de pertenencia
Servir como Cristo trae felicidad duradera y una conexión más profunda con Dios y los demás.
El discurso concluye mostrando que la ministración no es solo un deber, sino una fuente de gozo. Este gozo no es superficial, sino profundamente espiritual, porque está ligado al propósito eterno del hombre. Al perder la vida en servicio, se encuentra una identidad más plena en Cristo. Este principio revela una paradoja del Evangelio: el verdadero bienestar se alcanza al enfocarse en otros. La ministración, por tanto, no solo bendice a la comunidad, sino que satisface las necesidades más profundas del alma humana: pertenecer, amar y ser transformado.


Para reflexionar

1. Ministrar es ver a los demás como Dios los ve
Ministrar implica un cambio de mirada: dejar de observar las debilidades visibles de las personas para discernir su valor eterno y su potencial divino.
En el discurso, los hermanos ministrantes no reaccionaron ante la condición caída del padre, sino ante su posibilidad de redención. Este principio refleja una doctrina central: Dios trata con Sus hijos según lo que pueden llegar a ser por medio de la Expiación de Jesucristo. Espiritualmente, esto exige desarrollar una visión santificada, donde el juicio es reemplazado por compasión y esperanza. Aplicado a la vida diaria, significa aprender a relacionarnos con otros no desde la crítica, sino desde la fe en su proceso. Esta forma de ver transforma nuestras relaciones y nos alinea con el amor perfecto de Dios.

2. El cambio espiritual ocurre a través de pequeños actos constantes
Las grandes transformaciones espirituales no suelen ser eventos dramáticos, sino el resultado de actos repetidos de amor y fidelidad.
El hecho de que los hermanos ministrantes acompañaran al padre durante años ilustra el patrón divino de crecimiento: línea sobre línea, precepto sobre precepto. Doctrinalmente, esto se conecta con la santificación progresiva, donde el Espíritu Santo actúa de manera constante pero a menudo silenciosa. Este principio también desafía la impaciencia humana, recordándonos que el verdadero cambio requiere tiempo, constancia y paciencia. En la práctica, enseña que ninguna acción de amor es insignificante; cada visita, cada palabra y cada gesto pueden ser parte de una obra mayor que Dios está realizando.

3. Somos instrumentos en las manos del Salvador
La ministración nos invita a asumir un rol activo en la obra de Dios, siendo canales mediante los cuales Él bendice a Sus hijos.
El discurso enseña que al ministrar ayudamos a contestar oraciones. Esto revela una doctrina profunda: Dios, en Su sabiduría, ha decidido obrar muchas veces a través de Sus discípulos. Este principio eleva el sentido de responsabilidad del creyente, ya que nuestras acciones pueden tener consecuencias eternas en la vida de otros. Además, implica una dependencia espiritual: para ser instrumentos eficaces, debemos estar en sintonía con el Espíritu. En términos prácticos, esto transforma la manera en que vemos nuestras oportunidades de servicio, reconociéndolas como asignaciones divinas más que coincidencias.

4. El amor verdadero requiere sacrificio
Amar como Cristo no es cómodo ni conveniente; requiere salir de uno mismo y priorizar el bienestar del otro.
El discurso subraya que ministrar implica sacrificio, fe y vulnerabilidad. Este principio está profundamente arraigado en la doctrina cristiana, donde el amor más elevado siempre conlleva entrega. El ejemplo supremo es Jesucristo, cuya Expiación es la manifestación máxima del amor sacrificial. Aplicado al discipulado, esto significa que el amor verdadero no se limita a sentimientos, sino que se demuestra mediante acciones concretas, incluso cuando implican esfuerzo o incomodidad. Este tipo de amor tiene poder transformador, tanto para quien lo recibe como para quien lo ofrece.

5. Ministrar nos transforma tanto como a quienes servimos
El servicio no es un acto unilateral; es un proceso espiritual en el cual ambos, el que sirve y el que recibe, son bendecidos.
La hermana Yee enseña que al ministrar encontramos paz, claridad y propósito. Esto refleja una paradoja del Evangelio: al perder la vida en servicio, la encontramos. Doctrinalmente, esto está vinculado con el principio de que el gozo verdadero proviene de vivir de acuerdo con la ley del amor. Además, el servicio nos expone a la influencia del Espíritu, lo que produce crecimiento personal y sanación interior. En la práctica, este principio invita a ver la ministración no como una carga, sino como una oportunidad de crecimiento espiritual profundo.

6. Ministrar es llegar a ser como Cristo
La finalidad última de la ministración no es solo ayudar a otros, sino transformarnos en discípulos que reflejan el carácter del Salvador.
El discurso enseña que ministrar es una “forma de ser”, lo que indica que va más allá de acciones puntuales y se convierte en una identidad espiritual. Doctrinalmente, esto se relaciona con el propósito del plan de salvación: llegar a ser como Dios. La ministración, entonces, actúa como un medio mediante el cual desarrollamos atributos divinos como la caridad, la paciencia y la compasión. En la vida diaria, este principio invita a una conversión más profunda, donde el discipulado no se limita a cumplir mandamientos, sino a experimentar una transformación del corazón que nos asemeja progresivamente a Jesucristo.


Comentario final

Desde una perspectiva doctrinal y académica, este discurso de la hermana Kristin M. Yee articula una teología profundamente relacional del Evangelio restaurado, en la cual la ministración se presenta como el medio privilegiado mediante el cual el amor de Jesucristo se encarna en la experiencia humana. No es meramente una práctica eclesiástica, sino una extensión viva de la Expiación en la cotidianidad, donde los discípulos llegan a ser instrumentos conscientes de la gracia divina. En este sentido, la ministración se vincula inseparablemente con la doctrina de los convenios: al tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, asumimos también la responsabilidad de reflejar Su carácter. Así, el servicio deja de ser funcional para convertirse en formativo, moldeando la identidad espiritual del creyente conforme al patrón del Salvador.

Educativamente, el discurso ofrece un marco pedagógico poderoso para la formación del discipulado: enseña que el aprendizaje espiritual no ocurre únicamente por instrucción, sino por participación activa en la obra redentora. Ministrar se convierte en un laboratorio espiritual donde se desarrollan atributos cristianos como la compasión, la fe, la sensibilidad al Espíritu y el amor sacrificial. Este enfoque no solo transforma comunidades, sino que también edifica individuos capaces de vivir una religión encarnada, práctica y centrada en Cristo. En última instancia, el mensaje sugiere que la ministración no es simplemente algo que hacemos, sino el proceso divinamente diseñado mediante el cual llegamos a ser como Él.

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