“Seguid al profeta”: Ocho principios de 1 y 2 Reyes

El relato de Elías y Eliseo en 1 y 2 Reyes ofrece una de las enseñanzas más completas de las Escrituras sobre el papel de los profetas vivientes. A través de ocho principios doctrinales, Ronald E. Bartholomew muestra que los profetas no solo enseñan la voluntad de Dios, sino que también invitan a ejercer fe, advierten del peligro, corrigen con amor, preparan a los santos para el futuro y señalan el camino seguro hacia Jesucristo. Cada episodio demuestra que las mayores bendiciones llegan cuando confiamos en la palabra profética, aun cuando sus consejos requieran sacrificio, humildad y obediencia. El mensaje central es una invitación a seguir al profeta con fe, convencidos de que el Señor revela Su voluntad por medio de Sus siervos escogidos.

Seguir con fe a los profetas vivientes conduce a la seguridad espiritual, las bendiciones del Señor y la preparación para enfrentar los desafíos del presente y del futuro.

Palabras clave : Profetas vivientes Obediencia Revelación

“Seguid al profeta”: Ocho principios de 1 y 2 Reyes

Ronald E. Bartholomew


Portraits of Moses, Mormon, Joseph Smith Jr., and Gordon B. HinckleyEn Doctrina y Convenios, el Señor nos manda “enseñar los principios de mi evangelio” (Doctrina y Convenios 42:12). Un principio es “una ley, doctrina o suposición fundamental y de amplio alcance”, o “una regla o norma de conducta”.[1] Por lo tanto, un principio del Evangelio es una enseñanza sobre la cual basamos decisiones rectas; es la manera de aplicar la doctrina a nuestra vida.[2] En 1 Reyes 17 hasta 2 Reyes 8 podemos encontrar ocho poderosas lecciones sobre seguir a los profetas vivientes. Cada principio refuerza el tema del himno de la Primaria: “Sigue al profeta; él sabe el camino”.[3]

1. Da primero al Señor lo mejor que tengas

Una viuda vivía en Sarepta, una ciudad al norte de Galilea, en la costa del mar Mediterráneo, en lo que hoy es el Líbano. Debido a la terrible sequía y hambruna, sus reservas de alimento se habían agotado. Al borde de la muerte por inanición, estaba recogiendo leña para encender un fuego y preparar la última comida que ella y su hijo comerían antes de morir. Mientras hacía esto, el profeta Elías, quien había sido enviado a ella por el Señor, se acercó y le pidió que le trajera un poco de agua y un poco de pan. Ella le respondió:

“Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir” (1 Reyes 17:12).

Después de escuchar esto, el profeta Elías le pidió que, en lugar de guardar la poca comida y el agua que le quedaban para ella y su hijo hambriento, se las diera primero a él, con esta promesa:

“Porque así ha dicho Jehová Dios de Israel: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra” (1 Reyes 17:14).

El élder Lynn G. Robbins, del Cuórum de los Setenta, explicó la razón por la que Elías actuó de esa manera:

Ahora bien, ¿no parece eso egoísta, pedir no solo la primera porción, sino posiblemente la única? ¿No nos enseñaron nuestros padres a dejar que los demás pasaran primero y, especialmente, que un caballero permitiera que una dama pasara antes que él, y más aún si se trataba de una viuda hambrienta? Ella debía escoger: ¿comía ella o sacrificaba su última comida y aceleraba su muerte? Tal vez podía sacrificar su propio alimento, ¿pero podía sacrificar el alimento destinado a su hijo hambriento?

Elías comprendía la doctrina de que las bendiciones vienen después de la prueba de nuestra fe (véase Éter 12:6; Doctrina y Convenios 132:5). Él no estaba siendo egoísta. Como siervo del Señor, Elías estaba allí para dar, no para recibir. …

Una de las razones por las que el Señor ilustra las doctrinas mediante circunstancias tan extremas es para eliminar las excusas. Si el Señor espera que incluso la viuda más pobre entregue su ofrenda, ¿qué queda para todos los demás que consideran que no es conveniente o fácil hacer sacrificios?[4]

Los profetas del Señor con frecuencia nos invitan a ofrecer primero al Señor lo mejor que tenemos, o incluso todo lo que poseemos, con la promesa de que, si lo hacemos, Él nos bendecirá en abundancia. He reflexionado muchas veces sobre lo extremadamente difícil que debió haber sido para una madre entregar su última comida, destinada a su hijo, a cualquier persona, aun al profeta del Señor. Sin embargo, esta mujer tuvo la fe para hacerlo. En 1 Reyes 17:15–16 leemos:

“Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días. Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por medio de Elías”.

¿Cómo podemos enseñar con mayor eficacia a nuestros alumnos las bendiciones que reciben quienes dan primero al Señor lo mejor que tienen? El diezmo para un estudiante universitario con pocos recursos; una misión de tiempo completo de dos años en la plenitud de la juventud; asistir al seminario o al instituto cuando el horario de la escuela secundaria o de la universidad ya está completamente lleno; dedicar dos noches a la semana al Señor, una para la noche de hogar y otra para una actividad de los jóvenes, aun cuando existan exigentes compromisos laborales o académicos; la lista podría continuar. Es fundamental enseñarles que no pueden esperar recibir todas las bendiciones del Señor a menos que, como la viuda de Sarepta, estén dispuestos a seguir al profeta y dar primero al Señor lo mejor que tienen.

Quizás la parte más conmovedora del relato sea lo que sucede después. Aunque el aceite y la harina nunca se agotaron, permitiendo que aquella mujer, su hijo y el profeta Elías comieran “muchos días”, el hijo enfermó y murió. Sin embargo, debido al sacrificio y la obediencia de aquella mujer, el profeta Elías todavía estaba vivo y permanecía en su casa. Providencialmente, Elías tomó el cuerpo sin vida del muchacho, clamó al Señor y, por el poder del sacerdocio, lo resucitó (véase 1 Reyes 17:15–24). Si aquella mujer le hubiera negado al profeta el último alimento que poseía, ¿habría estado él allí, o siquiera habría seguido con vida para levantar a su hijo de entre los muertos?

¿Cuántas veces se ha pedido a nuestros alumnos que renuncien a algo valioso para el Señor, solo para descubrir más tarde que la bendición que más anhelaban —sin duda una bendición que no podrían haber recibido de ninguna otra manera— les fue concedida porque decidieron seguir el consejo del profeta y ofrecer primero al Señor lo mejor que tenían? Al igual que esta mujer, nuestros alumnos pueden esperar las bendiciones del Señor únicamente si están dispuestos a sacrificar, si fuera necesario, todo lo que poseen para seguir las palabras de los profetas del Señor en la actualidad.

2. Los profetas defienden la verdad

Elías enfrentó el desafío de convencer al Israel apóstata de que Jehová era el único Dios verdadero y viviente, y de que la adoración a Baal no solo los había llevado profundamente al pecado, sino que también era la causa de su sufrimiento actual. Para lograrlo, presentó su famoso desafío, registrado en 1 Reyes 18:21–24:

“¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él. Y el pueblo no respondió palabra. …

Y Elías volvió a decir al pueblo: Solo yo he quedado profeta de Jehová; mas de los profetas de Baal hay cuatrocientos cincuenta hombres.

Dénsenos, pues, dos bueyes; y escojan ellos uno, córtenlo en pedazos y pónganlo sobre la leña, pero no le pongan fuego; y yo prepararé el otro buey, lo pondré sobre la leña y tampoco le pondré fuego.

Invocad luego vosotros el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de Jehová; y el Dios que responda con fuego, ese sea Dios. Y todo el pueblo respondió y dijo: Bien dicho”. (Énfasis añadido).

¡Qué dolor debió de sentir el profeta Elías cuando nadie respondió favorablemente a su desafío: “¿Hasta cuándo claudicaréis entre dos pensamientos?”! En lugar de ello, insistieron en que el Padre Celestial demostrara una vez más quién era Él.

Ellos conocían la manera milagrosa en que el Señor había librado a sus antepasados de la esclavitud en Egipto, cómo los había ayudado a escapar al dividir el mar Rojo y cómo los había alimentado y cuidado en el desierto durante su camino hacia la tierra prometida. Sabían de la conquista de la tierra por parte de Josué y de la mano protectora del Señor al permitirles conservar la herencia de sus padres hasta ese mismo día. Acababan de experimentar una terrible sequía y hambruna provocadas por el poder sellador del sacerdocio, algo que su falso dios Baal había sido completamente incapaz de impedir. ¿Necesitaba el Señor demostrarles aún más que tenía poder para salvarlos antes de que abandonaran la adoración del falso dios Baal?

Al igual que Elías, nuestros alumnos también pueden verse obligados a permanecer solos frente a las tendencias impías de la cultura y la sociedad actuales. Como Elías, muchos de ellos se mantienen valientemente firmes frente a la tormenta del pecado. Sin embargo, muchos otros son seducidos por tendencias aparentemente “pequeñas”, modas o presiones sociales porque “todos los demás parecen hacerlo”. El temor al rechazo de sus compañeros por “ser demasiado buenos” puede vencer incluso a los más fuertes. Al respecto, el presidente Gordon B. Hinckley enseñó:

“Lo que hoy necesitamos desesperadamente… son líderes, hombres y mujeres que estén dispuestos a defender algo… especialmente cuando hacerlo no sea popular… El problema de la mayoría de nosotros es que tenemos miedo de defender aquello en lo que creemos, de ser testigos de lo que es verdadero y correcto. Queremos hacer lo correcto, pero nos dominan nuestros temores”.[5]

En otras palabras, hoy necesitamos más “Elías”.

El élder Glenn L. Pace, de los Setenta, enseñó lo siguiente acerca de la necesidad de decidir, de una vez por todas —y antes de que sea demasiado tarde—, quién es nuestro Dios:

Muchos de nosotros damos por sentadas las bendiciones del Evangelio. Es como si fuéramos pasajeros del tren de la Iglesia, que ha ido avanzando de manera gradual y constante. En ocasiones miramos por la ventana y pensamos: “Eso de allá afuera parece bastante divertido. Este tren es demasiado restrictivo”. Entonces nos bajamos y vamos a jugar un rato al bosque. Tarde o temprano descubrimos que no es tan divertido como Lucifer lo hace parecer o sufrimos heridas graves; así que buscamos nuevamente las vías, vemos el tren más adelante y, con una carrera decidida, logramos alcanzarlo. Sin aliento, nos secamos el sudor de la frente y damos gracias al Señor por el arrepentimiento.

Mientras viajamos en el tren, podemos ver al mundo y hasta a algunos de nuestros propios miembros fuera de él, riendo y aparentemente pasándolo muy bien. Ellos se burlan de nosotros e intentan convencernos de que nos bajemos. …

Yo propondría que el lujo de subir y bajar del tren cuando nos plazca está desapareciendo. La velocidad del tren está aumentando. El bosque se está volviendo demasiado peligroso, y la niebla y la oscuridad están avanzando. …

Con todas las profecías que ya hemos visto cumplirse, ¿qué gran acontecimiento estamos esperando antes de decir: “Cuenten conmigo”? ¿Qué más necesitamos ver o experimentar antes de subirnos al tren y permanecer en él hasta llegar a nuestro destino?[6]

Quizás el relato de Elías registrado en 1 Reyes 18 pueda ayudar a reforzar en nuestros alumnos la idea de que el “tren del reino del Señor aquí en la tierra” avanza con rapidez y que el momento de decidir de qué lado estamos es ahora. El desafío de Elías resuena a través de los siglos hasta llegar a nosotros hoy: “¿Hasta cuándo seguirán vacilando entre dos decisiones?”. El momento de levantarnos para defender la verdad —y a los profetas del Señor— es ahora.

3. Los profetas nos dicen lo que necesitamos oír

Un ejemplo de cómo la sabiduría de los hombres palidece en comparación con la naturaleza infinita y eterna de la revelación profética se encuentra en 1 Reyes 22. Cuando el rey de Israel, Acab, preguntó al rey de Judá, Josafat, si lo ayudaría a hacer guerra contra Siria para recuperar una parte del territorio que habían perdido, este aceptó formar una alianza y ayudarlo. Sin embargo, antes de ir a la batalla, deliberaron juntos y decidieron buscar el consejo de los profetas. En lugar de consultar al profeta del Señor, el rey Acab buscó el consejo de cuatrocientos profetas de Baal. Lo hizo porque ellos siempre le decían lo que él quería escuchar. Y, por supuesto, esta vez no fue diferente. Todos proclamaron que debía hacer lo que deseaba y que Baal entregaría a sus enemigos en sus manos (véase 1 Reyes 22:1–6).

Al ver aquello, el justo rey de Judá, Josafat, preguntó: “¿Hay aún aquí algún profeta de Jehová, para que consultemos por medio de él?” (1 Reyes 22:7). El rey Acab respondió: “Aún hay un varón por el cual podríamos consultar a Jehová, Micaías hijo de Imla; mas yo le aborrezco, porque nunca me profetiza bien, sino solamente mal” (1 Reyes 22:8).

Cuando Micaías fue llamado, respondió con ironía diciendo exactamente lo que el rey Acab quería oír (véase 1 Reyes 22:15). Al percibir esto, el rey Josafat le dijo: “¿Hasta cuántas veces he de exigirte que no me digas sino la verdad en el nombre de Jehová?” (1 Reyes 22:16).

Una vez que Micaías comprendió que Josafat realmente deseaba conocer la verdad, le declaró que los cuatrocientos profetas de Baal estaban inspirados por un espíritu de mentira y que, si salían a combatir contra sus enemigos, serían dispersados como ovejas sin pastor (véase 1 Reyes 22:17, 22). Ante esto, el malvado rey Acab respondió: “¿No te lo había dicho yo? Nunca me profetiza bien, sino solamente mal” (1 Reyes 22:18).

Por haberles dicho la verdad, Micaías fue encerrado en prisión y alimentado únicamente con una escasa ración de pan y agua. Mientras tanto, ambos reyes fueron a la guerra contra los sirios. En la batalla, el malvado rey Acab murió, pero la vida del justo rey Josafat fue preservada (véase 1 Reyes 22:26–37).

¿Qué sucedería si nuestros profetas solo dijeran a nuestros alumnos lo que ellos desean escuchar? Debido a la maldad de Acab, el Señor le había prometido, por medio del profeta Elías, que cuando muriera los perros lamerían su sangre; y así ocurrió en la batalla contra los sirios (véase 1 Reyes 21:19; 1 Reyes 22:37–38). Afortunadamente, nuestros alumnos no tendrán que experimentar algo tan espantoso. Sin embargo, en un sentido espiritual, podría ocurrir algo mucho peor. La función de nuestros profetas no es estar de acuerdo con nosotros, especialmente cuando el camino que estamos siguiendo puede conducirnos a la destrucción moral o espiritual. Es responsabilidad y privilegio del profeta advertirnos contra los senderos de maldad que podríamos sentirnos tentados a recorrer. Ignorar su consejo puede colocarnos en una situación de grave peligro. El presidente Harold B. Lee enseñó acerca del camino hacia la seguridad:

Ahora bien, la única seguridad que tenemos como miembros de esta Iglesia es hacer exactamente lo que el Señor dijo a la Iglesia el día en que fue organizada. Debemos aprender a prestar atención a las palabras y mandamientos que el Señor dé por medio de Su profeta, “conforme los reciba, andando delante de mí con toda santidad… como si salieran de mi propia boca, con toda paciencia y fe” (Doctrina y Convenios 21:4–5). Habrá algunas cosas que requerirán paciencia y fe. Quizás no les agrade lo que provenga de la autoridad de la Iglesia. Puede que contradiga sus opiniones políticas. Puede que contradiga sus opiniones sociales. Puede que interfiera con algunos aspectos de su vida social. Pero si escuchan esas cosas como si provinieran de la propia boca del Señor, con paciencia y fe, la promesa es que “las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de delante de vosotros y hará estremecer los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre” (Doctrina y Convenios 21:6).[7]

El rey Acab no tenía por qué morir; contaba con un profeta, el verdadero profeta, que le advirtió del peligro a pesar de su maldad. De igual manera, nuestros alumnos tienen profetas vivientes que les dirán lo que necesitan saber, en lugar de simplemente lo que quisieran escuchar, con el propósito de mantenerlos a salvo de los peligros del mundo.

4. El manto te queda bien: ¡Llévalo con dignidad!

Un ejemplo de un discípulo excepcionalmente fiel del profeta viviente es el propio Eliseo. Cuando el profeta Elías pasó junto a él un día, arrojó sobre Eliseo su manto o capa (véase 1 Reyes 19:19). Más tarde, cuando Elías fue trasladado al cielo, el manto volvió a caer sobre Eliseo (véase 2 Reyes 2:13–14). Elías había utilizado ese manto para realizar milagros, como dividir las aguas del Jordán (véase 2 Reyes 2:8). Desde entonces, la entrega del manto de Elías a Eliseo se ha convertido en un símbolo de la sucesión profética en el reino del Señor, incluso en nuestros días.[8]

Eliseo no se detuvo a comprobar si el manto le quedaba bien; simplemente hizo todo lo posible por cumplir la obra que el Señor lo había llamado a realizar y llegó a ser un profeta extraordinariamente exitoso, realizando numerosos milagros y muchas otras buenas obras para el Señor. Del mismo modo, no corresponde a nuestros alumnos decidir si un llamamiento del Señor les conviene o es adecuado para ellos; su oportunidad consiste en aceptarlo, servir y salir a hacer la obra. El presidente Boyd K. Packer enseñó:

No es el espíritu correcto que decidamos dónde serviremos o dónde no serviremos. Servimos donde somos llamados. No importa cuál sea el llamamiento.

Estuve presente en una asamblea solemne cuando David O. McKay fue sostenido como Presidente de la Iglesia. El presidente J. Reuben Clark Jr., quien había servido como Primer Consejero de dos Presidentes de la Iglesia, fue entonces sostenido como Segundo Consejero del presidente McKay. Sensible a la posibilidad de que algunos pensaran que había sido degradado, el presidente Clark dijo: “En el servicio del Señor, no importa dónde se sirve, sino cómo se sirve. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, uno acepta el lugar al que ha sido debidamente llamado; un lugar que ni busca ni rechaza”.[9]

Al igual que Eliseo y el presidente Clark, cada uno de nosotros debe procurar servir donde sea llamado, sin importar la posición, el prestigio o el honor que ello implique. Aprendí esta lección de una manera muy poderosa gracias a mi abuela. En su funeral, el obispo comentó, para mi gran sorpresa, que mi abuela había servido en el mismo llamamiento de ese barrio durante treinta años. ¿Cuál era ese llamamiento? Maestra de la guardería.

“De hecho”, dijo con profunda emoción, “ella fue mi maestra de guardería”.

Nunca la escuché quejarse de haber servido durante treinta años en el mismo llamamiento. ¡Qué extraordinario ejemplo de llevar con fidelidad el manto que le habían confiado sus líderes del sacerdocio!

5. Soporten las enseñanzas difíciles de los profetas

La sabiduría de los profetas no siempre es fácil de comprender. Algunos jóvenes se sienten tentados a considerar que el consejo del profeta está desactualizado, es anticuado o no está en sintonía con la realidad. Todos hemos visto a algunos de nuestros alumnos sufrir graves consecuencias porque apartaron sus oídos, sus ojos o su corazón del consejo profético. Un lamentable ejemplo de ello se encuentra en 2 Reyes 2:23–24. Después de realizar el gran milagro de sanar las aguas de Jericó, Eliseo “subió de allí a Bet-el; y subiendo por el camino, salieron unos muchachos de la ciudad, y se burlaban de él, diciendo: ¡Calvo, sube! ¡Calvo, sube! Y mirando él atrás, los vio y los maldijo en el nombre de Jehová. Entonces salieron dos osas del monte y despedazaron a cuarenta y dos de aquellos muchachos”.

¿Qué significa la expresión “sube”? Aquellos jóvenes estaban diciéndole al profeta que se fuera o, por lo menos, que los dejara tranquilos. La referencia a “calvo” probablemente aludía a la edad del profeta. En un lenguaje moderno sería algo como: “¡Lárgate de aquí, viejo, y déjanos en paz!”. Nuestros alumnos probablemente nunca le dirían eso directamente a nuestro amado profeta. Sin embargo, lamentablemente, algunos expresan ideas con el mismo efecto: “Ojalá el profeta se ocupara de sus propios asuntos” o “¿Qué sabe él de lo que significa ser adolescente hoy en día?”. ¿No es precisamente la guía profética la que procura protegerlos de los destructivos “osos” que esperan para atacarlos?

Es una tragedia que los jóvenes de la época de Eliseo fueran maldecidos y murieran de la manera en que lo hicieron debido a su actitud y conducta hacia el profeta. Sin embargo, hoy son muchos más los que están perdiendo su vida espiritual, e incluso su vida física, debido a actitudes semejantes. Y existen muchos osos que buscan devorar a quienes deliberadamente desprecian a los profetas del Señor y sus consejos. Todos hemos visto a personas que han sido heridas, o incluso destruidas, por los osos de la pornografía, la música inapropiada, la ropa inmodesta, el lenguaje impuro, las relaciones impropias y el abuso de sustancias.

Aunque nuestra sociedad está llena de estos osos hambrientos y feroces, nuestros alumnos pueden mantenerse completamente a salvo de sus devastadores efectos si honran y obedecen a estos hombres mayores, más sabios, de cabellos grises o incluso calvos, que han sido llamados por Dios para ser nuestros líderes. Mis amigos y colegas, quizás estos versículos puedan utilizarse para reforzar en la mente de nuestros alumnos la idea de que existe seguridad frente a las “osas” de nuestros días cuando honramos y sostenemos a los profetas, aun cuando —y quizás especialmente cuando— sus enseñanzas sean difíciles de aceptar o parezcan no estar en armonía con las tendencias actuales.

6. Haz “espacio” para el profeta en tu vida

¿Cuánto tiempo y esfuerzo requiere seguir al profeta? ¿Cuánto tiempo y esfuerzo estás dedicando a escuchar y seguir sus palabras? En 2 Reyes 4 leemos acerca de “una mujer importante” de Sunem (2 Reyes 4:8) que hizo tiempo y espacio para el profeta del Señor en su vida. Su historia puede ayudar a los alumnos a comprender que nosotros también necesitamos hacer tiempo para el profeta.

Esta mujer veía al profeta Eliseo pasar frente a su casa una y otra vez durante sus frecuentes viajes y, al reconocer que era verdaderamente un santo varón de Dios, un día lo detuvo y lo invitó a entrar para ofrecerle comida y descanso. Eliseo agradeció su hospitalidad y, con el tiempo, hizo de ello una costumbre, deteniéndose en su casa cada vez que pasaba por allí.

En ocasiones sus viajes lo llevaban hasta su casa ya entrada la noche y, en lugar de simplemente despedirlo después de darle de comer, ella pidió a su esposo que construyeran una habitación adicional en la casa para que pudiera pasar allí la noche cuando lo necesitara antes de continuar su camino. Esta mujer no solo hizo tiempo y espacio para el profeta, sino que literalmente creó un espacio físico para él al añadir una habitación a su hogar (véase 2 Reyes 4:8–11).

Una de las grandes bendiciones de vivir en esta época es que nuestros alumnos tienen más oportunidades de escuchar o leer las palabras inspiradas de los profetas que cualquier otra generación de jóvenes que haya vivido. Sin embargo, también están ocupados con muchas actividades valiosas. Aunque algunas de ellas son simplemente recreativas, la mayoría no lo son. Tan solo los estudios y las actividades extracurriculares podrían consumir todo su tiempo. Muchos también trabajan para ahorrar dinero para la misión, la universidad y sus necesidades personales. Aunque casi todas estas actividades pueden ser beneficiosas, es posible llegar a estar tan ocupados que ya no quede tiempo para dedicar a los profetas. Al igual que la mujer sunamita, ellos deben decidir hacer “espacio” en su vida para los profetas y sus mensajes.

Como resultado de su fidelidad, grandes bendiciones siguieron a esta mujer. Aunque ella y su esposo habían llegado a la vejez sin la bendición de tener hijos, Eliseo les prometió que, debido a la manera en que lo habían tratado, serían bendecidos con un hijo. Para su sorpresa, al cabo de un año tuvieron un hijo. Sin embargo, cuando el muchacho ya había crecido, enfermó y murió. Cuando Eliseo se enteró, viajó hasta su casa y devolvió la vida a su hijo (véase 2 Reyes 4:16–37). Más adelante, cuando Eliseo profetizó una hambruna de siete años en Israel, hizo un viaje especial hasta la casa de esta mujer para advertirle que abandonara el país junto con su familia a fin de salvar sus vidas. Después de la hambruna regresaron, solo para descubrir que otra familia había ocupado sus tierras durante su ausencia. Cuando el rey supo que habían partido porque el profeta les había advertido que lo hicieran, ordenó que se les devolviera toda su propiedad (véase 2 Reyes 8:1–6).

¿Cuántos desafíos podrían superarse, cuántas preguntas podrían responderse o cuántos problemas difíciles podrían resolverse si encontráramos un tiempo y un lugar regulares para estudiar y meditar las palabras de nuestros profetas vivientes? Para algunos, la idea de añadir una actividad más a una vida ya sobrecargada puede resultar desalentadora o incluso abrumadora. Al respecto, el élder Dallin H. Oaks enseñó:

“Para la mayoría de nosotros, la mayor parte del tiempo, la elección entre lo bueno y lo malo es fácil. Lo que normalmente nos causa dificultad es determinar cuáles usos de nuestro tiempo y de nuestra influencia son simplemente buenos, cuáles son mejores y cuáles son los mejores”.[10]

Podemos aprender una lección de la mujer sunamita. Su “casa” tampoco tenía espacio suficiente; ya estaba llena. Para hacer lugar al profeta tuvo que añadir una habitación a su hogar. Esto sugiere que la solución no consiste necesariamente en abandonar una clase, ser relevado de un llamamiento o dejar un empleo. En muchas ocasiones no sería apropiado eliminar esas actividades de nuestra vida. Como ha enseñado el élder Oaks, la respuesta probablemente sea crear espacio utilizando el tiempo dedicado a actividades de menor importancia. Cuando hacemos lugar en nuestra vida para lo mejor en vez de conformarnos con lo simplemente bueno, abrimos espacio para las palabras de los profetas. Nosotros también podemos ser bendecidos mucho más allá de nuestras expectativas.

7. Los profetas suelen enseñar mediante cosas pequeñas y sencillas

En 2 Reyes 5 leemos acerca del encuentro entre Naamán el leproso y el profeta Eliseo. Este relato puede utilizarse para enseñar diversos principios, algunos de los cuales se presentan a continuación.

Confía en los mensajeros del Señor. Si somos humildes y estamos dispuestos a aprender, podemos recibir la verdad incluso de las fuentes más inesperadas.

La primera mensajera en 2 Reyes 5 es una joven israelita que, por la providencia del Señor, fue tomada cautiva durante una guerra y entregada como sierva a la esposa de Naamán. Sabemos muy poco acerca de la vida de esta joven. Sin embargo, por su sincera expresión de fe comprendemos que poseía una convicción inquebrantable del llamamiento divino y del poder del sacerdocio que acompañaba al profeta Eliseo. Las únicas palabras suyas registradas en las Escrituras son:

“¡Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra!” (2 Reyes 5:3).

¡Qué hermosa manifestación de fe absoluta! ¡Y qué inesperada mensajera del poder profético para sanar al capitán del ejército sirio!

Aparentemente, su mensaje fue bien recibido, pues dio lugar a una carta personal del rey de Siria al rey de Israel, acompañada de un regalo de enorme valor. Es verdaderamente notable que toda la jerarquía siria prestara tanta atención a las palabras de esta joven israelita cautiva. De este episodio aprendemos la importancia de aceptar el testimonio acerca de los profetas aun cuando provenga del testigo más humilde. También vemos el inmenso poder e influencia que puede ejercer una sola persona cuando habla con convicción espiritual. Nuestros alumnos necesitan saber que sus testimonios humildes, puros y poderosos, cuando se expresan con convicción espiritual, pueden influir profundamente en personas de toda nación y de toda condición.

8. Los profetas ven lo que nosotros no vemos

En 2 Reyes, capítulos 6 y 7, se relata la historia de una sequía y una hambruna tan terribles que los israelitas llegaron al extremo de recurrir al canibalismo. El rey descubrió a mujeres hambrientas que estaban comiendo a sus propios hijos y envió un mensajero al profeta Eliseo. Eliseo profetizó que al día siguiente habría tal abundancia de alimentos que estos se venderían al precio más bajo que jamás se hubiera visto en el mercado. Aquello era muy difícil de creer para los israelitas. Su país estaba sitiado por el ejército sirio, que en ese momento los tenía completamente rodeados. La comida era tan escasa que incluso el estiércol de paloma se vendía en el mercado como alimento, y a un precio muy elevado. Cuando uno de los siervos del rey oyó la profecía de Eliseo, lo denunció afirmando que aquello era imposible. Eliseo respondió que no solo se cumpliría su profecía, sino que aquel hombre viviría para ver el alimento con sus propios ojos, pero nunca llegaría a comer de él debido a su incredulidad y a su desprecio hacia el profeta del Señor (véase 2 Reyes 6:24–7:2).

Como bien sabemos, aquella noche “Jehová había hecho que en el campamento de los sirios se oyese estruendo de carros, ruido de caballos y estrépito de un gran ejército; y se dijeron unos a otros: He aquí, el rey de Israel ha tomado a sueldo contra nosotros a los reyes de los hititas y a los reyes de los egipcios para que vengan contra nosotros. Y así se levantaron y huyeron al anochecer, abandonando sus tiendas, sus caballos, sus asnos y el campamento tal como estaba, y huyeron para salvar sus vidas” (2 Reyes 7:6–7).

Cuando al día siguiente los israelitas descubrieron que el campamento del ejército sirio estaba completamente vacío, salieron corriendo y tomaron todos los alimentos que los sirios habían dejado atrás. Y, tal como Eliseo había profetizado, aquellos alimentos se vendieron en el mercado a los precios más bajos jamás vistos. En cuanto al hombre que se había burlado de la profecía de Eliseo, el rey lo había puesto a cargo de la puerta de la ciudad. Cuando la multitud hambrienta salió precipitadamente de la ciudad y luego regresó con el mismo frenesí, lo atropelló y murió, cumpliéndose así la segunda profecía de Eliseo: vería el alimento, pero nunca llegaría a comer de él.

¿Qué lecciones encierra este relato para nuestros alumnos en la actualidad? Al igual que Eliseo, nuestros profetas modernos también son “videntes”. Eso significa que pueden ver cosas que nosotros no podemos percibir con nuestros ojos mortales. El élder Dennis B. Neuenschwander, de los Setenta, enseñó:

“Lo que nuestros videntes modernos dan a conocer es aquello que de otro modo no podría conocerse, y ellos ven lo que no es visible para el ojo natural. … Escuchen, mediten y consideren con espíritu de oración lo que ellos enseñan y lo que hacen. … Tener entre nosotros profetas, videntes y reveladores vivientes y no escucharlos no es mejor que no tenerlos en absoluto”.[12]

Un excelente ejemplo de ello es “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”. El élder M. Russell Ballard señaló:

“La proclamación es un documento profético, no solo porque fue emitida por profetas, sino porque se adelantó a su tiempo. Advierte sobre muchas de las mismas cosas que han amenazado y debilitado a las familias durante la última década”.[13]

Por ejemplo, en octubre de 1995, cuando se publicó la proclamación, el matrimonio entre personas del mismo sexo no era reconocido legalmente en ninguna parte del mundo.[14] Sin embargo, entre 1998 y el año 2000, los temas del matrimonio entre personas del mismo sexo y las llamadas “uniones civiles” pasaron a ser objeto de un intenso debate público en Europa, Escandinavia, Sudamérica y Canadá. Desde 2003, este debate se intensificó en los Estados Unidos hasta el punto de que muchos estados aprobaron leyes en contra de esa práctica y se propuso en dos ocasiones una enmienda a la Constitución federal que definía el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer. La Primera Presidencia también emitió una declaración apoyando dicha enmienda constitucional. Al momento de escribirse este artículo, casi todos los países del mundo se habían visto profundamente involucrados en este debate, un asunto que ni siquiera existía en 1995. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” constituye un claro testimonio para el mundo de que los profetas, videntes y reveladores no solo se adelantan a su tiempo, sino que además su consejo puede prepararnos frente a las futuras formas de decadencia moral y social que amenazan con destruirnos como individuos, familias y sociedades.

Conclusión

Los libros de 1 y 2 Reyes ofrecen inspiradoras lecciones y principios acerca de seguir a los profetas. Al testificar que los profetas “conocen el camino”, podemos ayudar a nuestros alumnos a recorrer con éxito los difíciles senderos que les esperan.

Notes

[1] Merriam-Webster’s Collegiate Dictionary, 11th ed., s.v. “principle.”
[2] President Boyd K. Packer defined a principle as “an enduring truth, a law, a rule you can adopt to guide you in making decisions” (in Conference Report, April 1996, 22).
[3] Duane E. Hiatt, “Follow the Prophet,” Children’s Songbook (Salt Lake City: The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 2006), 110.
[4] Lynn G. Robbins, in Conference Report, April 2005, 36–37.
[5] Gordon B. Hinckley, Standing for Something: Ten Neglected Virtues That Will Heal Our Hearts and Homes (New York: Times Books, 2000), 167–68.
[6] Glenn L. Pace, in Conference Report, October 1992, 12–13.
[7] Harold B. Lee, in Conference Report, October 1970, 152.
[8] See Bible Dictionary, s.v. “Elijah,” 664.
[9] Boyd K. Packer, in Conference Report, October 1997, 6.
[10] Dallin H. Oaks, “Sins and Mistakes,” Ensign, October 1996, 63.
[11] Brigham Young, in Journal of Discourses (London: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–86), 1:90–91.
[12] Dennis B. Neuenschwander, in Conference Report, October 2000, 55.
[13] M. Russell Ballard, in Conference Report, October 2005, 43.
[14] See http://www.cbsnews.com/stories/2006/07/31/world/main1850586.shtml; http://en.wikepdia.org/wiki//same-sex_marriage; http://en.wikipedia.org/wiki/timpel_of_same-sex_marriage#1989; http://en.wikipedia.org/wiki/civil_union (accessed August 3, 2006).

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