Al Rescate – La biografía de Thomas S. Monson

8
NACE UNA FAMILIA

Mi madre es la otra cara del éxito de mi padre debido al apoyo que siempre le ha dado en todo cuanto él ha hecho.

Ann Monson Dibb


El élder m. russell ballard, quien inició sus estudios en la Universidad de Utah en el verano de 1947, recuerda que “había una gran competencia entre los hombres de la universidad. Eran mayores, más maduros, tenían más experiencia y eran mejores estudiantes; así que resultaba difícil”. No obstante, él reconocía el valor de aprender de quienes se habían visto expuestos a los rigores y traumas de la guerra: “Uno oía cosas que nunca habría oído si las únicas personas en las clases hubiesen sido muchachos recién salidos de la preparatoria”1.

Tom estaba en una clase de derecho empresarial con una de las estrellas del equipo de fútbol americano de la universidad que nunca se preparaba para los temas que se trataban. “Por cierto que era listo”, tal vez demasiado. El examen final era a “libro cerrado”, pero el deportista llegó a la clase esa mañana de invierno en sandalias. Al comenzar el examen, puso el libro de texto abierto en el suelo, se quitó las sandalias de los pies y, con los dedos saturados de glicerina, daba vuelta las páginas con gran destreza hasta encontrar las respuestas a las preguntas que se hacían en la prueba. “Recibió la calificación máxima, tal como en otras clases que tomaba. Nominado para recibir honores y elogiado por su perspicacia intelectual, aprobó los exámenes de la universidad pero no pasó la prueba de integridad”2. Al prepararse para los exámenes finales, el decano de su disciplina anunció que por primera vez éstos no serían escritos, sino orales. El joven deportista reprobó las pruebas y tuvo que permanecer un año más en la universidad para cumplir con los requisitos de graduación”3.

Años más tarde, al dirigirse a un auditorio de estudiantes universitarios, el presidente Monson dijo: “Durante los últimos cincuenta años, hemos sido testigos en este país de un abandono gradual pero continuo de las normas de excelencia en muchos aspectos de nuestra vida. Observamos falta de moral en los negocios; falta de conciencia en la ciencia; carencia de principios en la política, y logro de fortunas sin esfuerzo”. Entonces aconsejó: “Rechacen el oportunismo; manténganse alejados de los consensos; escojan la dificultad del bien por encima de la facilidad del mal. Al hacerlo, no se desviarán, sino que permanecerán siempre en la senda de la perfección”4.

Mientras asistía a la Universidad de Utah, Tom empezó a trabajar por las tardes recogiendo papel de desecho en un camión con el esposo de su hermana Marjorie, Conway Dearden, quien jugaba fútbol americano para la universidad. Tom juntaba dinero para comprar un anillo de compromiso para su novia, Francés Johnson. Un trabajo en la imprenta hubiera sido más seguro. Una tarde, en la esquina de la Calle Main con la Tercera Sur (a unas tres cuadras de la Manzana del Templo de Salt Lake), se cayó del camión y se fracturó ambas muñecas. Dada la seriedad de las lesiones, tendría que haberlo atendido un especialista, pero el médico que lo trató, le enyesó ambos brazos, sin ponerle anestesia. Como resultado de ello, tuvo que dejar de asistir a la universidad y terminó el trimestre desde su casa; pero de algún modo se las arregló, y con mucha diligencia, estudiando durante el verano, se graduó de la universidad en agosto de 1948, tan sólo un trimestre atrasado, y eso a pesar de haber estado un año en la marina. Se graduó con honores, lo cual enorgulleció a su madre, pero lo frustró a él, pues reconoció que “con un poco más de esfuerzo y motivación” podría haber recibido los “más altos honores”5. Una buena lección.

Tom había planeado desde el principio graduarse de la Facultad de Negocios. “Sentía fascinación por las especialidades de mercadotecnia, administración, finanzas corporativas y economía, fascinación que nunca ha cesado”, dice6. No era un estudiante típico, ya que nunca cambió de carrera. Completó las 93 horas de clases básicas para ser admitido en la Facultad de Negocios y las 183 horas requeridas para graduarse de esa facultad. Recibió un título en mercadotecnia, con otro secundario en economía.

Tom sentía mucha afinidad hacia el cuerpo docente. Consideraba a un profesor de mercadotecnia en particular, O. Preston Robinson, uno de los mejores maestros que él había tenido. El Dr. Robinson creía en la “persuasión amigable”, en inspirar constantemente a sus alumnos, haciéndoles saber que ellos podían lograr “todo cuanto se propusieran”7. Trabajaban duro en sus clases; él les brindaba muchas oportunidades. El Dr. Robinson invitó a Tom a ayudarle a enseñar y a poner calificaciones a otros estudiantes. “El no sólo nos enseñaba en el salón de clases, sino que también participaba activamente en esfuerzos comerciales de la ciudad, de los cuales se valía para ofrecer oportunidades a sus propios estudiantes de posgrado”8.

El Dr. Robinson había guiado, elevado e inspirado a Tom, quien, con el tiempo, enseñó una clase en la Universidad de Utah en administración de ventas y más adelante otra en tácticas comerciales con el mismo Dr. Robinson. El profesor llegaría a influir en la selección que Tom haría de su carrera.

Mientras tanto, la relación de Tom con Francés seguía floreciendo. Tom le propuso matrimonio en la primavera de 1947. El era, como lo da en llamar, de la “vieja escuela”, o sea: “Dar servicio a la patria, graduarse de la universidad, conseguir un empleo y después casarse”, aunque reconoce que los tiempos han cambiado. El ha dicho que, si volviera atrás en el tiempo, probablemente no esperaría tanto tiempo para casarse9.

Tom le pidió a su madre que lo acompañara a una joyería a comprar el anillo de compromiso. Después lo llevó a su casa, se lo mostró a su familia y lo guardó en el bolsillo para más tarde. En la noche que planeó proponerle matrimonio a Francés, la pasó a buscar y la llevó hasta la casa de él. Al verlos a los dos juntos, Scott, el hermano pequeño de Tom, que tenía cuatro años, anunció lleno de entusiasmo: “Tommy tiene un anillo para ti, Francés”. La anécdota es legendaria en la familia. Todavía se especula si Tom ha llegado a perdonar a Scott por arruinar la sorpresa.

Tom y Francés habían estado comprometidos durante más o menos un año cuando fijaron la fecha de su casamiento para el 14 de septiembre de 1948. Sin embargo, Gladys, la madre de Tom, estaba para dar a luz y se había pasado de la fecha, así que la boda se postergó hasta el 7 de octubre. Barbara Monson llegó a este mundo y, tres semanas después, Gladys estaba en la tradicional línea en la recepción de bodas de Tom y Francés. El 2 de enero de 1949, Tom dio a su hermanita un nombre y una bendición en el servicio sacramental del Barrio Sexto-Séptimo.

Benjamín L. Bowring, quien más tarde serviría como presidente de templo tanto en Los Angeles como en Hawái, efectuó el casamiento en el Templo de Salt Lake, en lo que se conocía como la sala de los espejos. En aquellos días, no asistía un grupo numeroso de personas a las ceremonias de bodas; los únicos que estaban allí eran la madre de Tom, Gladys; Peter y Flora Hepworth, miembros del barrio que servían como obreros en el templo; y los padres de Francés. Actuando en lugar del élder Mark E. Petersen, quien se encontraba viajando en una asignación, el hermano Bowring aconsejó a la pareja: “Arrodíllense al costado de la cama todas las noches. Una noche, usted ofrece la oración en voz alta y de rodillas, hermano Monson. A la siguiente noche, usted ofrece la oración en voz alta y de rodillas, hermana Monson. Les aseguro que cualquier malentendido que surja durante el día, desaparecerá al orar. Es imposible orar juntos y al mismo tiempo no tener buenos sentimientos el uno por el otro”. Entonces les prometió: “El amor puro colmará la habitación y sus corazones”10.

Siempre han seguido ese consejo.

Años después, cuando el presidente David O. McKay, noveno presidente de la Iglesia, extendió a Thomas S. Monson el llamamiento de servir en el Quorum de los Doce Apóstoles, le preguntó sobre su familia. Tom compartió con él el modelo de oración al que se habían ceñido. El presidente McKay escuchó, se echó hacia atrás en su silla de cuero y, con una sonrisa, respondió: “La misma fórmula que les ha ayudado a ustedes nos ha ayudado a Emma y a mí todos los años que hemos estado casados”11.

Tom y Francés recibieron a familiares y amigos en la casa de los Johnson la noche de su casamiento. Vividas en la mente de Tom permanecen las palabras de una de sus tías suecas, quien entonces tenía ochenta años de edad. Por ser de escasa estatura, le pidió a su sobrino que se agachara para poder felicitarlo. “Ah, Tom”, le dijo, “me alegra que te hayas casado con una sueca”. Los escandinavos son ferozmente nacionalistas, y cuando Tom se casó con Francés, se casó también con todas las tradiciones suecas. El las ha adoptado casi todas, a excepción de gustarle el pescado al escabeche.

Debido al gran número de familias que se restablecían después de la guerra, había escasez de vivienda cuando los Monson se casaron. La joven pareja se mudó a un apartamento en las propiedades de la familia Condie, en el 508 Sur de la 200 Oeste, donde antes habían vivido la tía Annie y el tío Rusty. Pagaban veinticinco dólares por mes de alquiler, sobrándoles un poco de dinero para redecorar. El apartamento tenía una estufa en la cocina y un calentador en la sala, ambos a carbón, así como una hielera en el porche del fondo. No tenían calentador de agua, a no ser por una funda conectada a la estufa a carbón. Aquél primer año, Tom hizo instalar una línea de gas natural en la casa; una estufa de gas reemplazaría la que funcionaba a carbón, y en la sala también pusieron un calentador de gas. Tom y Francés se sentían como reyes: “Los días y las noches de frío habían quedado atrás”. Hasta hoy “agradecen tener una casa abrigada en el invierno”13.

En aquellos días, Tom trabajaba como gerente del departamento de avisos clasificados del periódico Deseret News, mientras que Francés estaba empleada en la sección de pagos de J. C. Penney, una prestigiosa firma comercial. Los dos trabajaban en el centro de la ciudad y a menudo caminaban juntos cinco cuadras hasta su casa para almorzar algo rápido y escuchar canciones vaqueras en la radio”14.

Cuando se casaron, Tom servía como secretario del barrio. En 1949, en una reunión de obispado, oyó al obispo lamentar la baja asistencia de muchachos a la Mutual y el hecho de que necesitaban un nuevo superintendente. Tom les dijo que no sabía a quién pensaban llamar, pero que se sentía apenado por el pobre hombre, ya que sólo diez personas habían asistido a la clase de adultos de la Mutual ese martes15. Salió de la reunión para ir a tomar la asistencia en el quorum de élderes, pero el obispo le pidió que volviese a la oficina para extenderle el llamamiento de superintendente de la Mutual. Tom preguntó quién serviría como secretario del barrio, a lo que el obispo respondió que de algún modo se las arreglarían, ya que era más fácil encontrar secretarios que hombres que lograran levantar la asistencia.

Tom echaba de menos sus deberes como secretario del barrio, pero tuvo éxito en llevar de vuelta a la AMM a muchos que habían estado perdidos.

Para entonces, Tom se había unido nuevamente a la reserva naval con la idea de obtener una comisión como oficial, para que en el caso de que surgiera otro conflicto, él fuera un oficial en vez de tener que alistarse. Asistía a sesiones de entrenamiento los lunes por la noche en el Fuerte Douglas y estudiaba concienzudamente para obtener la anhelada comisión en la marina. Tras aprobar todos los exámenes mentales, físicos y emocionales, le llegó la carta de aceptación, indicando que había recibido la comisión como alférez en la Reserva Naval de los Estados Unidos, lo cual lo alegró mucho a él y también a Francés.

Pero antes de aceptar la comisión, fue llamado como consejero en el obispado del barrio. Desafortunadamente, la reunión de consejo del obispo era la misma noche del entrenamiento semanal en la marina, así que debía tomar una decisión. En ese momento no llegó a darse cuenta de que sería una de las más importantes de su vida.

Lo que sí sabía era que tenía en sus manos la oportunidad de ser un oficial. Oró al respecto y sintió que debía ir a hablar con su presidente de estaca de la adolescencia, el élder Elarold B. Lee. Le explicó lo mucho que se había esforzado por obtener esa comisión y lo mucho que significaba para él, y después le mostró al élder Lee la carta de nombramiento.

El élder Lee permaneció en silencio un momento y después le dijo: “Le diré qué es lo que debe hacer, hermano Monson; escriba una carta a la Oficina de Asuntos de la Marina y dígales que por haber recibido un llamamiento como miembro de un obispado, no puede aceptar esa comisión en la Reserva Naval de los Estados Unidos”.

El corazón de Tom casi dejó de latir; eso no era lo que deseaba oír.

El élder Lee continuó: “Después, escriba otra carta al comandante del Doceavo Distrito de la Marina en San Francisco y dígale que desea que se le dé la baja de la reserva”.

Tom respondió: “Hermano Lee, usted no entiende cómo son estas cosas. Ciertamente no me darán la comisión si yo rehúso aceptarla, pero el Doceavo Distrito Naval no me va a dejar ir. Con la guerra a punto de estallar en Corea, seguramente llamarán a los oficiales sin comisión. Si ése fuera el caso, yo preferiría volver como oficial comisionado, pero eso no sucederá si no acepto esta comisión. ¿Está seguro de que eso es lo que me aconseja hacer?

El élder Lee descansó la mano sobre el hombro de Tom y le dijo: “Hermano Monson, tenga más fe; el servicio militar no es para usted”16.

Tom fue a su casa, declinó la comisión y envió de vuelta los formularios a las oficinas de Denver. Después mandó una carta al Doceavo Distrito Naval solicitando que le concedieran la baja de la reserva, la cual, milagrosamente, le fue otorgada. Su solicitud se encontraba en la última tanda tramitada antes de que estallara la guerra de Corea. Seis semanas después de su llamamiento como consejero en el obispado Tom fue llamado a servir como obispo de su barrio.

Esa experiencia sirvió para ilustrar lo que el presidente Monson ha enseñado por años: “Las decisiones determinan el destino”. Décadas más tarde, él dijo: “No estaría hoy delante de ustedes si no hubiera seguido el consejo de un profeta, si no hubiera orado en cuanto a una decisión y si no hubiera llegado a valorar una importante verdad: que la sabiduría de Dios muchas veces parece ser insensatez para el hombre. Pero la lección más grande que podemos aprender en esta vida es que cuando Dios habla y un hombre obedece, a ese hombre siempre le irá bien”17.

Tom tenía apenas veintidós años de edad cuando fue llamado como obispo del Barrio Sexto-Séptimo y, a partir de ese momento, Francés y él rara vez se sentaron juntos en una reunión sacramental. “Ella me ha apoyado desde el día en que nos casamos”, ha dicho el presidente Monson. “Ella sabía que yo le daba mucha importancia al término ‘deber’; soy muy consciente de lo que es ser responsable. Ella lo sabía y nunca se ha quejado”18.

Después de casi dos años de casados, y aún sin miras de tener hijos, Francés empezó a preocuparse, preguntándose si alguna vez iría a ser madre. Decidió procurar su bendición patriarcal, confiando en que le diera algo de tranquilidad en cuanto al asunto. Acompañada de Tom, fueron a ver al patriarca Charles Hyde, y Francés recibió su bendición.

“Esa fue la primera vez que gané conocimiento de la veracidad del Evangelio y de que nuestro Padre Celestial nos conoce, nos ama y sabe todo cuanto nosotros hacemos”, ha dicho Francés. “Tras descansar las manos sobre mi cabeza, el patriarca permaneció en silencio por un momento, lo cual me preocupó, ya que pensé que no tenía nada que decirme. Pero al empezar a pronunciar la bendición, fue respondiendo todas las preguntas que yo tenía en la mente y en el corazón. El no me conocía de antes y no estaba enterado de mis preguntas, pero nuestro Padre Celestial sí las conocía y resolvió mis dudas. El patriarca Hyde dijo: ‘Esta bendición te es dada bajo la inspiración de nuestro Padre Celestial, la cual tú puedes sentir’. En ese momento supe que mi Padre Celestial me amaba y que sabía lo que yo anhelaba y necesitaba”19.

Su primer hijo, Thomas Lee Monson, quien recibió el nombre de su padre y del mentor de Tom, el élder Harold B. Lee, nació el lunes 28 de mayo de 1951. La noche anterior, Francés y muchos otros vecinos habían seguido a un camión de bomberos hasta un gigantesco incendio en el edificio de una planta avícola ubicada en la esquina de las calles Cuarta Sur y Tercera Oeste. A la mañana siguiente ella dio a luz.

Ese fin de semana, puesto que Francés y el recién nacido permanecerían en el hospital durante más de una semana, como se acostumbraba en aquella época, Tom fue a Idaho en un viaje de pesca que tenía planeado de antemano. Según él, Francés siempre se lo ha reprochado, aunque dice que su esposa lo había animado a ir, prometiendo que sencillamente “descansaría” hasta que él volviese. Francés ha hecho mención del asunto muchas veces20. Tom se toma la pesca muy en “serio”, pero aquél viaje fue un “serio” error.

A Tom “siempre le gustó el nombre Ann”21, así que cuando les nació una niña el 30 de junio de 1954, no existía la más mínima duda en cuanto al nombre que se le daría. El parto le resultó difícil a Francés y la pequeña Ann tuvo un comienzo duro, pero madre e hija se recuperaron en poco tiempo.

Clark, el tercero y último hijo, no nació sino hasta 1959, cuando la familia vivía en Canadá, mientras su padre servía como presidente de misión.

“Estoy orgulloso de ti, Francés”, le dijo su padre, un pulidor de muebles, en 1953, poco antes de morir. “Estoy orgulloso de tu esposo, Tom. Los dos van a recibir muchas bendiciones gracias a la lealtad y la devoción que tienen hacia el Evangelio, el hogar y la familia”. Los Monson fueron testigos de la cristalización de esa promesa. “La vida fue muy buena” para ellos22.

El presidente Boyd K. Packer ha hecho la siguiente observación: “Uno no puede hablar del presidente Monson sin hablar de Francés. Es una mujer maravillosa que lo ha apoyado en todos los aspectos de su vida”23. El élder Richard G. Scott añade: “Ella es muy leal y haría cualquier cosa por su esposo y por la obra a la que él ha sido llamado. Ciertamente tienen un profundo amor el uno por el otro”24.

Al vivir en una propiedad de la familia Condie, Tom y Francés establecieron más que un hogar: establecieron una forma de vivir. Por años, el presidente Monson ha citado la instrucción del Señor al profeta José Smith en 1832, de que Su pueblo debía establecer “una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios”25. El y Francés hicieron eso precisamente. “¿En qué otro lugar del mundo podríamos encontrar un mejor modelo de

hogar, de casa y de familia?”, ha enseñado. Tal hogar “cumplirá con el código de construcción indicado en Mateo, de la casa edificada sobre una roca. Soportará las lluvias de la adversidad, los diluvios de la oposición y los vientos de la duda, siempre presentes en nuestro desafiante mundo”. En su estilo clásico, él destacó tres “puntos para considerar” al establecer un hogar del que el Señor es el contratista general: “Arrodíllense para orar, levántense para servir y tiendan la mano para rescatar”26. Tal es el modelo del hogar que él y Francés establecieron.

Para Francés, el hogar es el sitio en el que se siente más cómoda. Desde el comienzo mismo de su matrimonio, ella creó un entorno acogedor y sereno en su hogar, tal como lo es su personalidad. “Nuestros hogares han de ser más que santuarios; deben ser lugares donde el Espíritu de Dios puede morar, a la puerta de los cuales se detenga la tormenta; donde reine el amor y la paz”, ha dicho el presidente Monson a los santos. El lo sabe por experiencia propia27.