PREFACIO
EN HORAS DEL ANOCHECER DEL 18 de junio de 2008, sonó el teléfono en la casa de la misión en Cobham, Inglaterra, y mi esposo contestó. Al hacerlo, me miró sonriendo y con marcada sorpresa dijo: “Es el presidente Monson y quiere hablar contigo”.
No pude menos que preguntarme qué habría hecho para merecer que el Presidente de la Iglesia me llamara a Inglaterra. Con su voz tan familiar, él comenzó diciéndome: “¿Cómo estás, Heidi?”. Conversamos acerca de la misión y los misioneros, sobre nuestras experiencias en Inglaterra y de la familia. Luego me dijo: “Quiero que sepas que muchas personas han estado pidiéndome que publique mi biografía y he orado al respecto. He hablado con Francés y he decidido pedirte que la escribas tú”.
“Presidente, sería para mí un honor”, le dije, y con cierta sutileza agregué: “pero estoy en Inglaterra”. Lo imaginé pensando en silencio: Ya lo sé; fui yo quien te llamó. “Pero no estás muy ocupada, ¿verdad?”, dijo. “Puedes empezar a escribir antes de volver a casa”. Eso me introdujo a una de sus enseñanzas predilectas: que la fe y la duda no pueden estar en la misma mente al mismo tiempo.
Durante el siguiente año—aún en el extranjero—escudriñé biografías de presidentes de la Iglesia y de personajes destacados de la historia. Estudié, bosquejé y catalogué todos los discursos que el presidente Monson ha dado en los últimos cuarenta y siete años. Tuvimos videoconferencias con él desde la oficina de la misión todos los meses, conectándonos a través del océano y de siete zonas de tiempo. Cuando llamé a su oficina para programar la primera “entrevista”, Lynne Cannegieter, su secretaria personal, me preguntó cuánto tiempo necesitaba para hablar con él. Sabiendo cuán ocupado estaba, le sugerí cuarenta y cinco minutos. Noté una larga pausa y pensé que había pedido demasiado, pero Lynne dijo; “No, va a necesitar más que eso. El va a querer hablar con usted por lo menos un par de horas”.
En aquella primera sesión, recuerdo haber reconocido que su interés y sus sugerencias tenían muy poco que ver con fechas, épocas y lugares. El contempla la vida y enseña el Evangelio a través de los ojos de la experiencia. Me di cuenta de que se siente más cómodo contestando preguntas con relatos de la vida real; no las llama “historias” porque son verdaderas; ocurridas a personas reales, y en las que muchas veces él estuvo presente.
He leído sus diarios personales escritos desde 1963 en adelante, los cuales reflejan más que sus hechos. Los relatos elogian a aquellos con quienes trabaja y a los que tiene la oportunidad de conocer. Manifiestan su disposición a responder a la guía del Señor y su gratitud por tales oportunidades.
No demoré en darme cuenta de que éste no es un hombre común y corriente. Ha sido educado por el Señor desde su infancia, y ha tenido la compañía del Espíritu, así como una extraordinaria fe en Jesucristo y en nuestro Padre Celestial. Como resultado de ello, su biografía refleja ese antecedente. Su vida no tiene que ver con los lugares que visitó y lo que hizo allí, sino con lo que aprendió de ello. Llegué a la conclusión de que no hay otra manera de calificar al hombre cuyas experiencias se asemejan a las que leemos en los libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Cuando me senté a escribir, podía oírlo enseñar una experiencia tras otra y comprendí que para que concordara con su vida, su biografía debería reflejar tal modelo. Por consiguiente, se ha dado forma a este libro en base a los relatos personales de él y a los principios que éstos enseñan.
En mi investigación me di cuenta de que es mucho lo que se podría escribir para describir las manos que él ha levantado y los corazones que ha conmovido. Dondequiera que se menciona su nombre, se dejan oír historias de cuándo, dónde y cómo ha influido en los demás, no sólo de una persona, sino de muchas. Tal era el caso aun cuando me encontraba al otro extremo del mundo.
Otra cosa que advertí desde el principio fue que él es tan bueno como aparenta serlo. Es la clase de persona que la gente piensa que es. No es presumido ni jactancioso. En todo momento demuestra lo que realmente es. He permitido a las personas más cercanas a él compartir sus observaciones en cuanto a este hombre singularmente bueno.
¿Y acaso no debe serlo? Es el profeta escogido del Señor en la tierra hoy. No es perfecto, pero buscarle debilidades es insinuar que el ser mortal puede medir y evaluar la vida de un siervo tan singular de Dios. De él aprendemos lo que aprendimos de Abinadí, Nefi, Enós, Pedro y José Smith: que el Señor llama a discípulos a Su obra cuando los necesita. Siempre ha sido así.
En esta era de la última dispensación, cuando diversas culturas han desperdiciado sus derechos a la inspiración de Dios, cuando el corazón de los hombres ha flaqueado y sus intenciones no concuerdan con las enseñanzas del Señor Jesucristo, nuestro Padre Celestial ha puesto un profeta entre nosotros a fin de que podamos seguir adelante.
He estado sentada en su oficina (a la que llamo el estanque de Betesda) y allí he sentido lo que tantos otros han sentido. El me miró con ojos bondadosos cuando el peso de mi asignación me había agotado y me preguntó: “¿Qué puedo hacer para ayudarte?”. Lo que hizo fue hablarme, atrayendo la influencia del Espíritu para transmitir paz a mi alma. Había leído que eso mismo les ha pasado a otras personas; yo he recibido esa bendición como testigo de que Thomas S. Monson habla como un Profeta de Dios. El título de su biografía, To the Rescue (Al Rescate), es apropiado para un hombre cuya vida ha sido dedicada a tal servicio.
Hay mucha gente que ha acudido al rescate desde que iniciamos este proyecto.
He tenido la fortuna de trabajar con Lynne Cannegieter, la secretaria del Presidente, quien ha servido en su oficina durante cuarenta y cinco años. Me he beneficiado por su conocimiento, lealtad, honradez, perspicacia y sabiduría.
Mientras estuve en Inglaterra, le pedí a la investigadora histórica y escritora Tricia H. Stoker que colaborara en este proyecto. Juntas, hemos forjado sentimientos de afecto hacia el servicio que el presidente Monson prestó en Alemania Oriental, y hacia los muchos miembro de esa tierra cuyas historias son sencillamente extraordinarias. No podría haber hecho este trabajo sin su ayuda.
Ambos consejeros del presidente Monson—el presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf—han accedido a ser entrevistados y nos han dado apoyo en estos últimos meses, así como cada miembro del Quorum de los Doce, varios miem-bros de los Setenta, el Obispado Presidente y oficiales generales de la Iglesia. Sus perspectivas han resultado ser de mucho valor para dar forma a esta biografía. Particularmente, el élder Robert D. Hales ha demostrado ser una mano y una voz orientadoras.
Los hijos del presidente Monson—Tom, Ann y Clark—así como los hermanos y las hermanas de él, han participado en entrevistas y han ofrecido detalles de su hogar y familia, muy importantes para la biografía. Agradezco a los amigos íntimos del presidente Monson de Alemania y de Canadá, quienes nos atendieron muy bien cuando los visitamos y recordamos sagradas experiencias de la vida de él.
Agradezco sinceramente a Christine Marin, del Departamento de Historia de la Iglesia, quien me ha proporcionado incomparable ayuda para obtener materiales; a Cristy Valentine, Pat Fought y Renee Wood, de la oficina del presidente Monson, y a Brook Hales, de la oficina de la Primera Presidencia. Todos ellos han cooperado y han sido pacientes y alentadores. Estoy agradecida por el amor de nuestros misioneros y por los fieles santos que llegamos a conocer muy bien en la Misión Inglaterra Londres Sur.
Agradezco a todos los que han compartido sus historias. Muchas se mencionan en este libro, pero se habrían requerido varios tomos para incluir todo.
Deseret Book tradicionalmente ha publicado la biografía de todos los profetas de esta dispensación. A Sheri Dew, quien ha escrito dos de ellas, y ha sido una mentora y buena amiga para mí, siempre le estaré agradecida. A Emily Watts, cuya habilidad como editora es magistral; a Richard Erickson, cuyo talento como diseñador es incomparable; y a Cory Maxwell, quien es todo un caballero y siempre infunde aliento, les agradezco su infatigable colaboración. Asimismo, agradezco a Rachael Ward la tipografía y a Scott Eggers el hermoso diseño de la tapa.
Más importante aún, le estoy muy agradecida a mi esposo, Jeffrey, quien durante los dos últimos años—y a lo largo de toda nuestra vida de casados—ha sido mi inspiración, consejero, querido amigo y refugio; lo amo. Nuestros hijos, Cameron, Daniel, Jonathan e Ian; sus admirables esposas, Kristen, Julia, Annie y Janelle; y nuestros seis nietos, me han alentado constantemente. Mi madre es un ejemplo de valor y determinación. Barbara Lockhart y muchas otras personas han sido auténticos amigos a la mejor tradición de los Monson. Wayne y Leslie Webster han hecho posible que nos concentráramos en realizar esta labor para el Señor.
Con mucha frecuencia, el presidente Monson ha aconsejado a los miembros a “eliminar la debilidad de trabajar a solas y substituirla con la fuerza de muchos trabajando juntos”. Esta biografía es un testimonio de tales esfuerzos. Aún así, aunque mucha gente me ha acompañado, solamente yo soy responsable de la creación y las conclusiones de esta obra. Ha sido un verdadero privilegio; he llegado a saber que de verdad el Señor está a nuestra diestra y a nuestra siniestra, y que hay ángeles a nuestro alrededor para sostenernos (véase Doctrina y Convenios 84:88).
—Heidi S. Swinton
























