INTRODUCCION
AL RESCATE
Él se asemeja más a Cristo que el resto de nosotros. Se le conoce por destacar y acentuar las cosas sencillas que son más importantes. Él es por quien la viuda y el huérfano no son simplemente declaraciones en un libro.
Presidente Boyd K. Packer
Presidente del Quorum de los Doce Apóstoles
Un domingo lluvioso y sombrío, el 2 de diciembre de 1979, un sociable Apóstol de Dios, con pasos largos y firmes, entró en el deprimente hospital de Dresde, en la República Democrática Alemana. Se trataba de Thomas S. Monson. Respondiendo a un cierto impulso, había volado más de 8.300 kilómetros y cruzado la llamada Cortina de Hierro hasta el puesto de inspección Charlie con el solo propósito de darle una bendición a Inge Burkhardt.
Inge había estado nueve semanas en el hospital a causa de complicaciones tras una operación de vesícula biliar que resultaron en pulmonía y otras enfermedades. Los médicos recomendaban otra cirugía—de dudosa eficacia—en una sala de operaciones que carecía de calefacción y que solamente disponía de un anticuado equipo. Cuando el élder Monson se enteró de tal situación, tomó un avión. Sin planearlo de antemano, mas respondiendo al Espíritu y al amor que sentía por la familia Burkhardt, viajó hasta el otro extremo del mundo para ministrar a una sola alma.
“Unimos nuestra fe y nuestras oraciones al darle una bendición,” escribió en su diario el élder Monson. La escena al salir del hospital quedará permanente grabada en su recuerdo. “Cuando miramos hacia arriba, vimos a la hermana Burkhardt, que desde la ventana de su habitación nos decía adiós con la mano”.
Mirar hacia arriba es lo que Thomas S. Monson hace mejor. Con frecuencia cita este verso:
Mayor que todas Tus obras, supremo en Tu santo plan, has puesto en el corazón del hombre el anhelo del cielo tocar.
Tal como miles de otros Santos de los Últimos Días, los Burkhardt estaban atrapados en un país asediado por guardias armados. Los oficiales gubernamentales permitían la adoración religiosa, pero a quien practicara su religión se le consideraba sospechoso. El gobierno comunista señaló a Henry Burkhardt, presidente de la Misión Dresde durante diez años, como el representante de la Iglesia en esa tierra, lo cual no significaba mayor honor. El no progresaba en su trabajo; a sus hijos se les negaban oportunidades educacionales, y a él y a su esposa Inge los vigilaban constantemente.
Si le pedimos a Henry que describa la experiencia más significativa que tuvo con el élder Monson durante las dos décadas en que el vigoroso joven apóstol supervisó y visitó Alemania Oriental, veríamos lágrimas aflorar en sus ojos. Henry pasaría por alto la entrevista a la que asistió con Erich Honecker, el más alto líder de la nación, cuando el presidente Monson pidió y obtuvo permiso para que los misioneros sirvieran en Alemania Oriental—conocida entonces como la República Democrática Alemana—aunque el acontecimiento fue digno de referencia en la primera plana de los periódicos. No haría mención a la serena mañana en la que desde el cerro junto al río Elba, el élder Monson bendijo esa tierra, “para el progreso de la obra” del Señor Jesucristo y Su evangelio, e hizo promesas aparentemente imposibles a los santos víctimas de un gobierno totalitario. Henry tampoco describiría las numerosas reuniones que efectuaban en viejos automóviles que estacionaban en lugares sombríos para evitar que agentes del gobierno los escucharan por medio de aparatos electrónicos, mientras ellos se agachaban para escuchar las enseñanzas de un apóstol en cuanto a lo que se tenía que hacer para que la Iglesia progresara en un país no temeroso de Dios.
Lo que sobresale en el recuerdo de Henry es aquel día en el hospital, cuando el élder Monson fue a darle una bendición a Inge. Esa fue una misión de rescate.
Mientras se encontraba en el país, el élder Monson accedió a reunirse de improviso con los líderes del sacerdocio de esa región, a la cual, con escaso aviso, asistieron 37 de los 39 miembros activos. Se reunieron en la “capilla” de Leipzig, abrigados con ropas andrajosas, puesto que la calefacción no funcionaba desde hacía mucho tiempo. Pero “en su corazón no carecían de tibieza”, dijo el élder Monson. “Tenían consigo sus Escrituras, cantaron con sentimiento y manifestaron un gran espíritu de devoción hacia el Evangelio”3. Después volvió a su hogar.
Tal es el ministerio de Thomas S. Monson, decimosexto Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, profeta, vidente y revelador.
Durante Su ministerio en el meridiano de los tiempos, Jesucristo “anduvo haciendo bienes . . . porque Dios estaba con Él”. Bendijo al enfermo, restauró la vista al ciego, hizo que el sordo oyera y que el cojo y el paralítico caminaran. Para enseñar el perdón, enseñaba; para enseñar la compasión era compasivo; para enseñar la devoción daba de Sí mismo; y para enseñar a amar a Su Padre Celestial amaba a los demás de manera individual.
De igual manera, Thomas S. Monson ha dedicado su vida a hacer el bien. Ha estimulado, alentado, escuchado, aconsejado y compartido experiencias personales, siempre con el singular propósito: fomentar la fe en el Señor Jesucristo.
Jesucristo llamó a Sus discípulos para que lo siguieran y fueran “pescadores de hombres”. Hoy, Sus discípulos tienen el mismo llamamiento. El “sitio de pesca” más productivo del presidente Monson puede compararse al estanque de Betesda, donde “yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos” en épocas del Nuevo Testamento, con el deseo de ser “sanados”. Él comprende de dónde proviene tal sanidad: “Recordemos que no fueron las aguas del estanque de Betesda lo que sanó al hombre enfermo; más bien, recibió la bendición por medio del toque de la mano del Maestro”.
Durante mucho tiempo—toda una vida—Thomas S. Monson se ha acercado a quienes aguardan junto al “estanque”, los que llevan sobre sí el desespero, el desaliento, los padecimientos, el dolor y hasta el pecado, y ha unido su fe a la de ellos para que fuesen sanados.
El hombre que Jesucristo sanó junto al estanque de Betesda pasaba aparentemente inadvertido. Nadie veneraba su presencia ni se sentía elevado a su lado. Pero el Salvador fue directamente a él. Y así lo hace el presidente Monson. También él visita al cansado y al desamparado, les pone las manos sobre la cabeza y con su voz tan singular, les brinda inspirado consejo. “Creo firmemente”, ha dicho muchas veces, “que la experiencia más dulce en la vida mortal es saber que nuestro Padre Celestial ha obrado por medio de nosotros para llevar a cabo un propósito en la vida de otra persona”: ayudar a alguien a sanar.
“Procuren rescatar … a los ancianos, a los viudos, a los enfermos, a los desvalidos, a los menos activos”, ha dicho, y después da el ejemplo. “Extiéndanles una mano de ayuda y un corazón que conozca la compasión”.
Cuando fue a Alemania Oriental, Thomas Monson extendió su mano y su corazón a Inge Burkhardt y por medio de fe y oraciones ella “sanó”.
Cuando presidió el Comité de Publicación de las Escrituras, pasó diez años ampliando el acceso a las palabras del Señor con nuevas ayudas de estudio para que los miembros enriquecieran su entendimiento del Señor Jesucristo y “sanaran”.
Cuando se sentó junto a la cama de su esposa durante diecisiete días en el hospital mientras ella estaba en coma, imploró al Señor que interviniera. Los médicos trataron de prepararlo ante la posibilidad de que ella nunca despertara, pero él sencillamente confió en el Señor, sabiendo que su oración de fe sería contestada. Ella despertó; había sido sanada.
Cada vez que asiste al funeral de una de sus innumerables amistades, tales como Robert H. Hodgen, el carpintero que construyó su gallinero y remodeló la cabaña de la familia en Vivian Park, él expresa gratitud por un servicio que muy poca gente reconoce pero que sin embargo es una preciada contribución.
Cuando le preguntan cómo es que encuentra el tiempo para hacer tales cosas, considerando las exigencias de su ministerio, él responde: “Soy un hombre muy sencillo y sólo hago lo que el Señor me pide que haga”.
Después de su sostenimiento en la asamblea solemne durante la Conferencia General Anual número 178 de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, el presidente Monson se presentó ante la Iglesia (contando en ese momento con trece millones de miembros), y exhortó a los “menos activos, a los ofendidos, a los críticos, a los transgresores” que regresaran. Les suplicó a quienes estuvieran heridos en espíritu o en una lucha interior y temerosos, que permitieran que se les sostuviera, alentara y calmara, para que fueran sanados.
Para el presidente Monson, ser “sanado” no significa ser corregido, reparado o renovado. La sanidad a la que él se refiere es mucho más que eso; es la descripción de una vida terrenal en la que abunda el Espíritu de Dios y una en las eternidades en presencia del Padre. El no desea otra cosa para todos los hijos de Dios: “Les ruego que vayan con fe a nuestro Padre Celestial. El los levantará y los guiará. No siempre les quitará las aflicciones que padecen, pero los consolará y orientará con amor a través de cualquier tormenta que estén enfrentando”.
Su optimismo natural es algo muy evidente para toda persona que lo conoce o a quien lo presentan. Comienza la primera reunión del día con una canción; silba al promediar el día e invita con sinceridad a otras personas a hallar “gozo en el trayecto” en todo momento. Al principio de su ministerio podía atender personalmente a los necesitados; las exigencias de su oficio profético ahora requieren que recurra a la ayuda de muchos colaboradores.
Para el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia de la Iglesia, “es una experiencia maravillosa estar diariamente cerca del profeta, sentarnos con él todos los días y percibir su proximidad al Señor. Siempre se presentan cosas que requieren que la Primera Presidencia tome medidas, tanto asuntos espirituales como temporales, bajo la dirección del profeta”.
A “Betesda”, en diccionarios bíblicos, se le describe como “casa de misericordia o gracia”. Comparativamente, no podría haber una mejor descripción de la presencia del presidente Monson, doquiera que se encuentre. Algunos de aquellos a quienes ministra parecen estar bien por fuera, pero su alma implora ayuda. El los oye y continuamente les ha ofrecido la promesa de paz, esperanza y consuelo, más allá de sus desafíos y aflicciones, algunos de ellos aparentemente insuperables. Con frecuencia cita esta promesa de Jesucristo: “Iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros”. El ama este versículo porque se refiere a cómo, mediante el poder de la Expiación, somos sanados.
Tal como el antiguo tabernáculo de los israelitas, su “estanque” de salvación y amor es portátil. El presidente Monson lo lleva consigo dondequiera que vaya: a Inge, en Alemania Oriental, a una tropa de scouts que acampa en un terreno cubierto de barro, a una pequeña villa en Tonga o en Perú, al lecho del enfermo o del moribundo, y a la boda de seres queridos en los santos templos de Dios. Ciertamente, la mejor manera de expresar su ministerio es mediante la atención que presta a sanar almas.
Para él, las necesidades son programáticas (ahí es donde entra el plan de bienestar) y personales (ahí es donde entra él). Mucha gente lo ha descrito como “el obispo” de la Iglesia. Siempre ha sido y siempre será un paladín del extraordinario programa de bienestar de la Iglesia, el cual ha respondido a las necesidades de la gente durante más de medio siglo. Pero más allá del respaldo que ofrecen tales programas, él toma la iniciativa de auxiliar a quienes flaquean en su testimonio, padecen enfermedades, lamentan la pérdida de un ser amado, o se sienten abandonados. La lista es interminable, pero está siempre presente en su mente y en su corazón. Cuando se siente inspirado, acude al rescate.
Su vida es un testimonio de cuán importante es responder a la inspiración personal. “Cuando obedecemos a un impulso y actuamos de un modo acorde, reconocemos que el Señor nos ha dado la inspiración. Me hace sentir bien saber que el Señor sabe quién soy y me conoce lo suficiente para saber que si tiene una tarea que encomendarme y me la encomienda, aquello será hecho”. En pocas palabras, él no necesita pensar en cuanto a dónde, qué o cómo. “A donde me mandes iré, Señor”, es lo que siempre ha caracterizado al presidente Monson.
Y Francés, su esposa, siempre ha estado a su lado. El cometido de ella hacia el llamamiento de su esposo es semejante al de él. Ella es reservada en su forma de actuar, sabiendo que todo lo que dice, hace y emprende se reflejará en el llamamiento que su esposo ejerce. Para compartir esa responsabilidad, ella lo apoya de la mejor manera posible y da testimonio de la divinidad de Jesucristo a los santos de muchas naciones.
A modo de reconocimiento, él ha dicho: “Yo no podría haber pedido una compañera más leal, amorosa y comprensiva”.
Cada vez que el presidente Monson ha hablado en cuanto a “la milagrosa fortaleza” y “la vigorosa potestad” de esposas y madres en el hogar, él ha tenido como modelo a su dulce compañera. Ella ha viajado con él cuando ha podido hacerlo mientras cuidaba también a su familia, ha estado siempre dispuesta a acompañar a su esposo cuando él debía visitar a alguien del otro lado de la ciudad, ha aguardado sin quejarse mientras él daba una bendición tras otra, cuando una visita rápida al hospital llevaba horas. Muy pocas veces se han sentado juntos en reuniones de la Iglesia. Ella siempre le ha preparado su maleta para cada uno de sus viajes; le ha preparado el desayuno todos los días, aunque eso requiriera que se levantara a las 4:30 de la mañana, antes de que él saliera en un viaje de “pesca”.
Habiendo sido llamado por el presidente David O. McKay a servir como Apóstol en 1963, cuando la Iglesia surgía como una denominación religiosa mundial, el élder Monson viajó a cada continente mientras también cumplía con importantes asignaciones en comités; y él los presidió todos. Como miembro del Quorum de los Doce asistía todas las semanas a conferencias de estaca y, más adelante, cuando pasó a integrar la Primera
Presidencia, a conferencias regionales. Él ha asistido a innumerables ceremonias de palada inicial y dedicaciones de templos, y llevó a cabo incontables giras misionales.
El aspecto logístico no ha sido fácil. Él ha enfrentado tormentas de relámpagos mientras viajaba en avión, demoras en aeropuertos y en el aire, vuelos cancelados, pérdidas de equipaje, largos viajes en autobús a través de la selva para asistir a reuniones y, sin embargo, ha llegado—con el Espíritu—listo para enseñar y predicar a los miembros.
Su colega en el Quorum de los Doces Apóstoles, el élder Joseph B. Wirthlin, describió a su amigo de muchos años como “un poderoso hombre de Israel que fue preordenado para presidir esta Iglesia”. Elogiándolo, agregó: “Aunque para él es un cumplido que muchas personas de distinción en el mundo lo honren, quizás sea un tributo aun mayor que otras más humildes lo vean como un amigo”.
Uno de sus buenos amigos fue Everett Bird, con quien crió gallinas. Everett mantenía en su gallinero las gallinas del élder Monson y por eso le enorgullecía mostrarlas. Refiriéndose a su amigo, el élder Monson dijo una vez: “A diario me maravillo al ver que la mayoría de la gente buena del mundo no recibe aplausos ni publicidad, sino que viven una vida buena dentro de un pequeño círculo y un día merecerán una eterna recompensa”.
El presidente Monson en verdad ama a la gente y es profundamente fiel a sus amigos y colaboradores. Se relaciona bien con todos, en todos lados, y muchas personas a través de los años se han sorprendido y complacido al enterarse de que él todavía los recuerda. Cierto domingo, al darle una bendición a su amigo Don Balmforth, miembro del antiguo Barrio Sexto-Séptimo, lo alentó diciéndole: “Recuerda, Don, que yo he sentido tu influencia. Dondequiera que voy, tú vas; dondequiera que hablo, tú hablas; dondequiera que sirvo, tú sirves”. Ese mismo día, el élder Monson fue hasta el otro lado de la ciudad para darle una bendición a Louis McDonald en un hogar de ancianos, y más tarde fue a la casa de su hermano Bob para darle otra a él. Su comentario fue: “Éste ha sido un día muy ocupado”.
Es por eso que su desafío—“al rescate”—tiene tal resonancia e integridad. El ya lo ha practicado.
“Su personalidad es realmente optimista, sociable y cordial”, explica el élder Jeffrey R. Holland. “Es un ser impresionante. Su entusiasmo llena completamente su enorme marco físico. No obstante, cuando se refiere a algún incidente en su vida, a la enfermedad de una Autoridad General o al fallecimiento del nieto de uno de sus compañeros de escuela, instantáneamente se pone a llorar. Sus ojos lo traicionan. Al momento de hablar sobre algo espiritual o personal, sus ojos se enrojecen”.
Como administrador, “no se apresura a juzgar ni actúa con apasionamiento”, explica el élder Robert D. Hales. “Él prefiere el diálogo, con sus consejeros y con miembros del Quorum. Es extraordinario; considera cada detalle y entonces recurre a la oración. No esperemos que ofrezca una opinión y que pida que se adopte inmediatamente. Le agrada decir que mide dos veces y corta sólo una, pero en realidad mide cinco o seis veces antes de cortar”.
El élder Ronald Rasband, Presidente de los Setenta, recuerda una amigable conversación con el presidente Monson en el vuelo de regreso tras la dedicación del Templo de Sacramento [California]. “A él le encanta conversar sobre temas cotidianos, ya sea de baloncesto, de escultismo, de béisbol, de pesca, o de lo que acontece en la comunidad o en la peluquería. Se interesa en lo que les acontece a las personas comunes y le agrada conversar sobre todos esos temas y le hace sentir muy cómodo a uno en cualquier tema que se trate”.
El presidente Monson no nació en un ambiente de prosperidad, pero en su hogar abundaba el espíritu de amor. No hay duda de que en su juventud fue preparado para rendir servicio con singular habilidad. Siempre ha sido un líder, desde que recibió su primera asignación como secretario del quorum de diáconos hasta el manto profético que descansa hoy sobre él. Aquellos que formaron parte de su quorum de maestros del que fue presidente pueden testificar que nunca los descuidó y que finalmente los llevó al templo. La experiencia le ha enseñado que “el manto del liderazgo no es la capa de la comodidad, sino el manto de la responsabilidad”.
Este es un hombre que nunca ha abandonado sus amarras. Los recuerdos de su niñez revelan mucho más que sólo su crecimiento; hablan de la seguridad de contar con abuelos, tías, tíos y primos; de los ejemplos de padres virtuosos y trabajadores; y de un ambiente religioso que fomentó en él la fe y el testimonio. Nacido y educado en un vecindario de trenes que pasaban y transeúntes que llamaban a la puerta, él aprendió y ejerció el amor por el Señor, interés por los ancianos, compasión por los necesitados, lealtad, laboriosidad y un profundo compromiso hacia el deber.
Aunque ha llevado un diario personal desde que fue llamado al Quorum de los Doce en octubre de 1963, él no es muy detallista; la fecha, la hora y el lugar son simplemente telones de fondo para destacar la manifestación de la mano de Dios. Las voluminosas páginas del diario contienen sus prioridades; escribe muy poco en cuanto a reuniones y mucho acerca de personas. Se siente tan cómodo con quienes limpian el edificio como con embajadores de naciones. Cada uno de ellos es de igual importancia para él. Cuando habla acerca de sus experiencias, exhorta a que quienes lo escuchan contemplen su propia vida y perciban cómo el Salvador envía rescatadores con pequeñas cosas: la visita de un amigo, una nota, y el afectuoso y necesario apretón de manos.
Cierto día de marzo de 1995 es un buen ejemplo. El élder Russell M. Nelson llevó a Bruce D. Porter, un profesor de la Universidad Brigham Young, y a su esposa, Susan, a la oficina del presidente Monson para una visita informal. (Pocas semanas después, el hermano Porter fue llamado como miembro del Segundo Quorum de los Setenta). Sin embargo, esa historia no comenzó en la oficina del presidente Monson, sino en Alemania en 1972, cuando el joven élder Porter, uno de los secretarios en la oficina de la misión, fue asignado a ayudar al élder Monson, quien estaba organizando la Estaca Dusseldorf del Distrito Ruhr de la Misión Central Alemana. El élder Porter pasó tres días maravillosos en compañía del élder Monson como chófer, traductor y coordinador de actividades. El élder Porter no esperaba que el presidente Monson se acordara de él veintitrés años más tarde, pero antes de que extendiera la mano para saludarlo, el presidente Monson cruzó la oficina con los brazos abiertos y dijo: “¡Dusseldorf!”
Cuando tenía veintidós años de edad, el presidente Monson fue llamado como obispo del barrio donde había crecido. De hecho, él y Francés han sido miembros sólo de ése y de otro barrio, durante toda su vida de casados. Él presidió el Barrio Sexto-Séptimo de la Estaca Temple View, un barrio de más de 1.080 miembros, 85 de los cuales eran viudas. No hay duda de que esos años forjaron su perspectiva y destreza en el liderazgo de la Iglesia. Tenía bajo su cuidado a los necesitados, ancianos, enfermos, huérfanos y desvalidos que esperaban junto al “estanque”. Los encontraba en cada lugar que visitaba. Durante los cinco años que fue obispo, aprendió bien sus lecciones de escuchar al Espíritu, de responder a las impresiones y hacer lo que el Señor nos manda.
“Cuando llegamos a la conclusión de que nuestro Padre Celestial nos conoce, Él nos dice: ‘Ve y haz esto por mí’”, explica el presidente Monson. “Siempre le agradezco; lo único que lamento es no disponer de más tiempo para hacer las muchas otras cosas que se nos pide que hagamos. Pongo todo mi esfuerzo en lo que hago, pero nunca siento que haya hecho todo lo que tendría que hacer”.
A los veintisiete años de edad fue llamado a servir en la presidencia de su estaca; a los treinta y uno, como presidente de misión en Canadá y a los treinta y seis como Apóstol llamado por Dios. “El Señor lo eligió específicamente a él para ser el profeta”, dice el élder L. Tom Perry, quien ha servido junto al presidente Monson en los Doce desde 1974, “y él estaba bien preparado y capacitado para cuando se le necesitara para edificar el reino de nuestro Padre Celestial en la tierra”.
Su inimitable estilo de oratoria lo ha hecho llegar al corazón de millones de personas al referirse a las doctrinas y los principios del Evangelio por medio de experiencias personales. En cada una de ellas hay lecciones de virtud e integridad. Él llega a quienes lo escuchan con relatos de su propia vida o con las experiencias de personas cercanas a él, y después les ofrece maneras de aplicar el principio enseñado.
Para el presidente Monson, “la religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”. Él habla de ello; él lo vive, y espera que los demás hagamos lo mismo. “Nuestra felicidad está completamente ligada a otras personas: familia, amigos, vecinos y a la mujer que apenas advertimos, aquella que limpia la oficina”.
Al igual que el Salvador, él vela por las viudas. Las 85 que había en el Barrio Sexto-Séptimo, no eran un número para él. Esas mujeres eran almas nobles cuyas circunstancias se veían mitigadas por la forma como Dios las veía. Éste es un hombre que se sienta en un hogar de ancianos y explica las reglas del fútbol americano a mujeres con la mirada fija en la pantalla del televisor. Para ello, es posible que se haya perdido una reunión, pero a cambio habrá “cosechado un recuerdo”. Cuando habla con quienes parecen ausentes mentalmente, disfruta los monólogos, pues siente que ha “hablado con Dios”.
“Él está realmente dedicado a rescatar a los demás”, observa el presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia. “Pensé que sabía de su capacidad de recordar a todo el mundo y de extender su mano de ayuda hasta a los más desapercibidos. Pero va mucho más allá; puedo decir que mejoro como persona cada día que trabajo con él. Me intereso y pienso en los demás mucho más que antes en mi vida. Él ha tenido ese asombroso efecto en mí”.
“Las oraciones de la gente”, ha enseñado el presidente Monson, “casi siempre se contestan mediante los hechos de otras personas”. Por tal razón, su visita a Dresde fue mucho más que un viaje rápido para ver a una querida amiga. Fue una reiteración de que Dios visitará a sus hijos “en sus tribulaciones”. En ese caso, llevó el “estanque” consigo detrás de la Cortina de Hierro.
Durante casi cinco décadas, ha ofrecido “agua viva” a quienes tan desesperadamente la necesitan. Los miembros de la Iglesia, desde Tahití hasta Alemania, lo han observado, lo han seguido y han aprendido de él mediante una voz que habla de espíritu a espíritu:
“Todos podemos caminar por donde Jesús caminó cuando transitamos por esta vida mortal hablando cual El habló, teniendo Su Espíritu en nuestro corazón y Sus enseñanzas en nuestra vida. Espero que caminemos como El lo hizo, con confianza en el futuro, con una fe perdurable en Su Padre y con amor genuino por los demás”.
























