Capítulo 4
Principios que agregan
poder a sus oraciones
No hace mucho, uno de nuestros hijos nos envió una carta desde su misión en la que nos contaba acerca de una dulce experiencia que había tenido concerniente a la oración.
Una noche obscura iba en su bicicleta detrás de su compañero por cierto lugar en el área de Pachuca, México. Se les hacía tarde para una cita con investigadores. Nos decía: “Al apresurarnos en aquella obscuridad, tuve la impresión de que tenía que orar. Así lo hice, ofreciendo una oración de agradecimiento por ser misionero, por encontrarme en México y poder servir a los lamanitas. Hice todo lo posible por expresarle al Señor mi gratitud.
“En medio de mi oración, sentí que el Espíritu me decía:’Coloca ambas manos en el manubrio’. (Como recordarán, siempre he manejado con una sola mano.) Así lo hice y en cuestión de segundos mi bicicleta casi se metió en un profundo agujero en medio del camino. Dado que estaba empleando ambas manos, pude entonces desviar del hueco la bicicleta y continuar andando”.
Él podría haberse lastimado seriamente, pero en cambio salió ileso. De tal incidente, sacó dos importantes conclusiones: “He podido recordar constantemente”, dijo, “cuán apacible es la voz del Espíritu. Es tan suave que, si no guardamos silencio, no podremos escucharla”. También testificó: “Yo creo que si no hubiera estado orando en ese momento, no habría podido escuchar esa voz. Pero estaba orando y la escuché”.
Todos podemos escuchar mejor la voz del Espíritu cuando oramos constantemente; y cuando reconocemos y obedecemos esa voz, recibimos un mayor poder en la oración.
Yo creo, por consiguiente, que llegamos a oír mejor al Espíritu cuando aprendemos a orar constantemente. Creo que necesitamos aprender a orar por todo cada día, orar tanto por las grandes cosas como por las pequeñas, aunque sea para averiguar, para conversar y hacerle saber al Señor lo que estamos sintiendo y lo que estamos haciendo.
Pero ahí no termina todo. Tenemos que estar dispuestos a tomar cualquier dirección que Él desee indicarnos. En ocasiones, esa dirección puede llegarnos en forma extraordinaria, mientras que otras veces quizás no recibamos mucho. Pero es necesario que siempre estemos a Su disposición.
Quisiera recalcar que al grado en que usted aprenda realmente a orar sin cesar—a dirigir su corazón al Señor y dejar que el mismo se le quebrante y que su espíritu sea contrito—establecerá entonces a tal grado un ambiente en que el Señor pueda hablarle directamente y usted pueda escuchar Su voz.
El Señor quiere que seamos un humilde amigo de Él, tanto en los días buenos como en los malos. Debemos tratar de “eleva[r] hacia [Él] todo pensamiento” (D. y C. 6:36).
Éste es un importante principio en cuanto a la oración: que reconozcamos estar subordinados al Señor y que constantemente procuremos Su poder y Sus bendiciones en nuestra vida. En este capítulo hablaremos sobre ese principio de la oración y también de varios otros.
Reconocer nuestra subordinación al señor
Parece ser que la mayoría de nosotros tratamos de resolver nuestros problemas por nuestra propia cuenta y con nuestra propia fortaleza. Sin embargo, el Señor nos ha mandado que debemos orar por todas las cosas:
Por tanto, hermanos míos, Dios os conceda empezar a ejercitar vuestra fe para arrepentimiento, para que empecéis a implorar su santo nombre, a fin de que tenga misericordia de vosotros; sí, imploradle misericordia, porque es poderoso para salvar.
Sí, humillaos y persistid en la oración a él.
Clamad a él cuando estéis en vuestros campos, sí, por todos vuestros rebaños.
Clamad a él en vuestras casas, sí, por todos los de vuestra casa, tanto por la mañana, como al mediodía y al atardecer.
Sí, clamad a él contra el poder de vuestros enemigos.
Si, clamad a él contra el diablo, que es el enemigo de toda rectitud.
Clamad a él por las cosechas de vuestros campos, a fin de que prosperéis en ellas.
Clamad por los rebaños de vuestros campos para que aumenten.
Mas esto no es todo; debéis derramar vuestras almas en vuestros aposentos, en vuestros sitios secretos y en vuestros yermos.
Sí, y cuando no estéis clamando al Señor, dejad que rebosen vuestros corazones, entregados continuamente en oración a él por vuestro bienestar, así como por el bienestar de los que os rodean (Alma 34:17-27).
Parece no caber duda que debemos orar por todas las cosas. Tal como el Señor lo ha dicho en esta dispensación.
Mas en todo se os manda pedir a Dios, el cual da liberalmente; y lo que el Espíritu os testifique, eso quisiera yo que hicieseis con toda santidad de corazón, andando rectamente ante mí, considerando el fin de vuestra salvación, haciendo todas las cosas con oración y acción de gracias (D. y C. 46:7).
Me da la impresión de que muchos de nosotros nos pasamos el día tratando de resolver nuestros propios problemas—espirituales, temporales y otros—sin volvernos al Señor como debemos hacerlo. Podemos recibir toda clase de bendiciones del Señor, pero tenemos que pedírselas; debemos pedir con fe y saber que estamos cabalmente subordinados a Él en todo lo que necesitamos.
Orar sin cesar
“Ora siempre para que salgas triunfante”, nos ha dicho el Señor, “sí, para que venzas a Satanás” (DyC10:5).
En aquel magnífico sermón sobre la oración que ya hemos citado, Amulek nos lo recuerda: “Cuando no estéis clamando al Señor, dejad que rebosen vuestros corazones, entregados continuamente en oración a él” (Alma 34:27).
Cuando entregamos continuamente nuestro corazón al Señor, abrimos con mayor amplitud ese conducto entre Él y nosotros que nos hace más receptivos a las respuestas que da a nuestras oraciones.
Orar fervientemente
Santiago escribió: “La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). Y Moroni prometió que nuestras oraciones serán contestadas si pedimos “con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo” (Moroni 10:4).
Cuando oramos con fervor, lo hacemos con verdadera intención. Oramos con el corazón. Somos sinceros en lo que decimos y decimos lo que sentimos. Esto incrementa nuestra humildad y da a nuestras oraciones un poder que nunca se manifiesta cuando sólo oramos superficialmente, empleando únicamente palabras.
Ser específico en los pedidos
Si se lo pide, el Señor intervendrá en las cosas específicas de su vida. Una y otra vez, yo he podido comprobar en mi propia vida que esto es verdad. Me he preocupado por algún problema y he tratado toda clase de posibles soluciones y entonces, al cabo de la frustración que generalmente proviene de confiar en mi propia fortaleza, me he humillado y le he pedido al Señor que me ayude de alguna manera específica. Doy testimonio de que constantemente el Señor me ofrece ideas, pensamientos o sentimientos que me ayudan a resolver mis problemas. Estoy verdaderamente agradecido por tener un amoroso y benevolente Padre Celestial que contesta mis oraciones y que lo hace tan inmediatamente.
Doy testimonio del hecho de que, para muchos de nosotros, el problema estriba en que no pedimos de manera suficientemente específica o en que quizás lo hagamos sin la fuerza de la verdadera intención. El Señor quiere realmente bendecirnos y, sin embargo, no siempre se lo pedimos.
También doy testimonio de que el Señor contesta las oraciones de Sus hijos cuando se ofrecen con verdadera fe. Debido a Su infinito amor por cada uno de Sus hijos, Él responderá a toda cuestión que sea de importancia para nosotros. Quiera Dios que cada uno de nosotros pueda orar con mayor determinación y genuina intención a fin de que los cielos puedan responder más efectivamente.
Desechar toda duda y aprensión
Siempre que pienso al respecto, me asombra el poder que la duda y el temor ejercen ante el poder de la fe. José Smith, esencialmente, dijo: “La duda y la aprensión no pueden albergarse en la mente del hombre al mismo tiempo que la fe. Una u otra debe disiparse” (véase N. B. Lundwall, compilación de Lectures on Faith [Salt Lake City, si.], disertación 4, párrafo 13).
Una de las grandes dificultades en tratar de llevar algo a cabo mediante la fe y la oración está en creer que realmente habrá de suceder. La duda y el temor son tan poderosos que a veces consiguen disuadirnos de intentar hacerlo en primer lugar, o aun después de haber empezado a hacerlo podrían impulsarnos a desistir.
Todos conocemos el caso de cuando Pedro caminó sobre el agua. Al ver que Jesús se les acercaba andando sobre la superficie del mar, él le dijo: “Manda que yo vaya a ti” (Mateo 14:28). El Señor le indicó que lo hiciera y entonces Pedro salió del bote. Podemos imaginar lo que debe haber sentido al descargar en un pie todo su peso y descender al Mar de Galilea. De pronto, comenzó a caminar. ¡Era el segundo hombre en la historia del mundo (según sabemos) que caminaba sobre agua! Entonces parece ser que el diablo empezó a formar parte del cuadro. El viento sopló, las olas se agitaron más y Pedro empezó a dudar. Se llenó de temor y, consiguientemente, se sumergió en las obscuras y aterradoras aguas.
Fue entonces que Jesús extendió Su mano y lo salvó, diciéndole: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14:31). El Señor podría también haber agregado: “Pedro, tú estabas conectado a mi poder en tanto que creyeras, caminaras y tuvieras fe. Pero en el momento en que dejas que la duda te acometa, ¿ves lo que ocurre?”
¡Qué hermosa lección! ¡Y qué significativa! Debo decir que en tanto que mi esposa y yo hemos tratado, a través de los años, de aumentar nuestra propia fe y la fe de nuestra familia, la mayor dificultad que hemos encontrado es creer realmente con todo el corazón, creer anticipadamente, no dudar ni temer, y no darnos por vencidos. Si usted puede hacer estas cosas y tiene una fe inquebrantable, recibirá las bendiciones que trate de obtener, siempre y cuando, por supuesto, que lo que procure esté en armonía con la voluntad del Señor.
He oído a algunas personas decir: “Trataré, pero no creo que sucederá”. Y tienen razón. Les acomete la duda. Y he oído decir a otros: “No sé cómo habrá de ocurrir, pero el Señor lo ha prometido y tengo confianza en que sucederá”.
Y tienen razón, porque están llenos de fe.
Creer que nada es imposible para el Señor
Cuando el Señor prometió que Abraham y Sara tendrían un hijo en su ancianidad y Sara lo puso en duda, Él le dijo: “¿Hay para Dios alguna cosas difícil?” (Génesis 18:14).
Y cuando el ángel prometió que Elisabet, aunque siempre había sido estéril, concebiría un hijo “en su vejez”, dijo: “Porque nada hay imposible para Dios” (Lucas 1:36-37).
A medida que procuramos recibir respuestas a nuestras oraciones, debemos realmente creer que este principio es verdadero. Parece que el Señor realiza Sus mejores obras cuando las circunstancias son imposibles—¡o casi imposibles!
Hacer todo lo posible y dejar que el Señor se encargue de lo que resta hacer
Hay otra forma de expresar este principio. Ore como si todo dependiera del Señor y entonces proceda como si todo dependiera de usted.
Recuerde la experiencia que tuvimos al buscar el sombrero y la billetera que había perdido nuestro hijo. Oramos repetidamente y entonces montamos nuestros caballos y salimos a explorar. Y no buscamos sólo por un momento y luego dejamos de hacerlo, sino que buscamos por tanto tiempo como pudimos y oramos en nuestro corazón mientras lo hacíamos.
Cuando obtenemos bendiciones del Señor, no es solamente por el trabajo que hacemos. En sí mismo, el trabajo no nos trae necesariamente la bendición, pero demuestra nuestro sincero deseo, lo cual hace que el Señor nos bendiga.
Aquí tenemos entonces el principio: Debemos hacer todo lo mejor que podamos y dejar que después el Señor haga el resto. Esto nos sugiere que debemos averiguar lo que el Señor requiere de nosotros y entonces hacerlo.
Algo que he aprendido con los años es que uno tiene que considerar primeramente lo que habrá de costarnos. Usted necesita decidir claramente lo que hará antes de procurar la bendición. ¿Qué sacrificios y ofrendas requiere el Señor? ¿Qué estamos dispuestos a dar? Si no recibe la bendición que necesita, ¿qué hará entonces? ¿Endurecerá su corazón? ¿Se enojará con el Señor? Probablemente diga que las bendiciones no funcionan o quizás: “Padre Celestial, no sé por qué no ha funcionado. He puesto todo lo que he podido de mi parte y aun así no resultó, pero sé que no es culpa Tuya. Quizás no fue Tu voluntad o simplemente no he hecho lo que me correspondía hacer”.
Según mi experiencia personal, el problema, por lo general, se debe a nosotros mismos. Con frecuencia no nos hemos sacrificado lo suficiente (es decir, no hemos pagado el precio). Pero si usted está dispuesto a pagar el precio, el Señor le susurrará para informarle en cuanto a algunas cosas específicas que necesita hacer todavía—un poco aquí y otro poco allá, luego pasa un mes o pasan dos o tres meses, y finalmente recibirá lo que pide. Siendo que usted le ha ofrecido lo que el Señor le requería, Él ahora podrá responderle. Por supuesto que no debemos olvidar que todos estos principios están sujetos a la voluntad prepon derante del Señor. Él siempre hará lo que sea mejor para nosotros.
Hacer lo que el Señor requiera, pero no creer que se debe hacer más que eso
Éste es el principio consecuente del que ya hemos analizado. Es menester que ofrezcamos todo lo que el Señor nos requiere, pero no es necesario que demos más de lo que nos pide. Permítame darle un ejemplo.
Hace algunos años me encontraba viviendo en Quito, Ecuador. Tenía que tomar un avión para asistir a una conferencia en Caracas, Venezuela, y los problemas que tuve con los vuelos ese día fueron increíbles.
Me correspondía volar por Ecuatoriana hasta Cali, Colombia, donde conectaría con un vuelo a Caracas, pero ese vuelo fue cancelado y tuve que cambiar a otro y viajar por Braniff. Desafortunadamente, la gente de Braniff no me dijo que haría escala con una hora de espera en Guayaquil, Ecuador. Para cuando llegué a Cali, había perdido el avión a Venezuela. Me sentí mucho peor cuando vi que el avión de Ecuatoriana—cuyo vuelo supuestamente habían cancelado—se hallaba en la pista del aeropuerto de Cali. En esos momentos me sentí realmente frustrado. Continué tratando de hacer lo mejor que podía, con la ayuda del presidente de la misión local, para viajar a Caracas vía Panamá o alguna otra ruta, pero no lo conseguía. Después de haber perdido mi vuelo, los funcionarios del aeropuerto nos informaron que en esos dos días se celebraban en Colombia dos fiestas nacionales y que todos los vuelos originados en Cali estaban vendidos por completo. A mí se me habían terminado las alternativas y no sabía ya qué hacer.
Esa noche, en la casa de la misión, oré al Señor y le dije: “Ésta es Tu conferencia de estaca, Señor. He hecho todo lo que podía hacer para viajar a Caracas y ya no me queda ninguna alternativa. ¿Qué debo hacer?”
El presidente de la misión mencionó que había un vuelo desde Bogotá a Caracas, si sólo pudiera yo ir hasta Bogotá. Dijo que el vuelo desde Cali a Bogotá sólo tomaba media hora, pero desafortunadamente sabíamos ya que todos los vuelos estaban vendidos. Entonces me dijo: “Si realmente quiere hacer todo lo que está a su alcance, podría tomar el autobús y viajar toda la noche hasta Bogotá y tendría tiempo en la mañana para volar desde allí a Caracas”.
Pensé que tenía razón, pero consideré que aprovecharía mejor la noche si me quedaba con el presidente de la misión para aconsejarle y enseñarle en vez de viajar solo en el autobús; y también pensé que ese viaje de toda la noche me agotaría y quedaría muy cansado e incapacitado para asistir a las reuniones de la conferencia de estaca. Oramos juntos y decidimos que sería mejor que me quedara esa noche en Cali; luego, a la mañana siguiente, trataría otra vez de tomar un vuelo. Pensé que ese viaje en autobús realmente no era lo que El Señor requería de mí.
Yo sabía que tal decisión presentaba cierto riesgo. Podría quedarme estancado en Cali y no asistir a la conferencia, pero sentí que ésa era la respuesta a mi oración: Espera hasta la mañana siguiente e inténtalo entonces de nuevo.
Al día siguiente no había todavía asientos disponibles, pero el Señor me abrió la puerta y de todas maneras pude tomar el avión a Caracas, porque logré convencer al piloto que me permitiera viajar con él ¡en la cabina del avión! Evité así el viaje agotador en autobús y pasé casi toda la noche anterior con aquel presidente de misión.
Cuando tratamos de decidir lo que el Señor requiere, debemos tener mucho cuidado. Queremos hacer todo lo que Él nos pida, pero si hacemos más que eso podríamos estar malgastando tiempo, energía o dinero—mientras que Él quizás quiera que en lugar de ello realicemos otras cosas.
Este principio de hacer todo lo que podamos pero no más de lo que el Señor requiera, se relaciona con el hecho de que Él suele exigirnos un precio espiritual cuando le pedimos que nos bendiga. Recuerde que el precio que debe pagar (el sacrificio) varía según las circunstancias. En ocasiones tendrá que pagarlo directamente, mientras que otras veces alguien más podría hacerlo en su lugar, vicariamente, u otros quizás le ayudarán mediante su fe.
Confiar en la capacidad personal para tener acceso a los poderes del cielo
Yo creo que hay muchas personas que esperan que se haga la voluntad del Señor y saben que Él puede hacer cualquier cosa, pero no confían en que lo hará por ellos o que Él desea hacerlo ahora mismo.
Esta falta de confianza en nuestra capacidad para tener acceso a los poderes es una de las principales razones por las que no recibimos respuestas a nuestras oraciones. En realidad, al visitar la Iglesia en diversos lugares, con frecuencia suelo conocer a personas que me han dicho: “No recibí respuestas a mi oración simplemente porque no era la voluntad del Señor”. Hacen responsable al Señor cuando no les contesta sus oraciones. Pero, por lo general, la verdad es que no tuvieron suficiente fe; no tuvieron suficiente confianza en su capacidad para recibir una respuesta.
Es muy cierto que debemos pedir de acuerdo con la voluntad de Dios. Así lo dijo Juan:
- ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye,
- si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho (1 Juan 5:14-15).
Pero con demasiada frecuencia usamos esto como una excusa. En vez de responsabilizar al Señor cuando no obtenemos las respuestas que queremos (“obviamente no era la voluntad de Dios”) tenemos que demostrarle nuestra confianza a fin de que podamos acercarnos “confiadamente al trono de la gracia” (Hebreos 4:16) y lograr los deseos de nuestro corazón.
¿Cómo podemos desarrollar nuestra confianza en el Señor? Las Escrituras nos ofrecen algunas ideas que podrían ayudarnos.
- Si tenemos que pedir de conformidad con la voluntad de Dios, podemos aprender que será por revelación: “Por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).
- La confianza en el Padre es posible gracias a la Expiación de Jesucristo y se le confiere a quienes tengan fe en Él: “A mí… me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo; …en quien tenemos seguridad de acceso [al Padre] con confianza por medio de la fe en él” (Efesios 3:8,12).
- La confianza es recibida por aquellos que temen al Señor: “En el temor de Jehová está la fuerte confianza” (Proverbios 14:26).
- La confianza en Dios nos llega a medida que nuestro corazón nos confirma que hemos sido aprobados por El: “No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él… Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios” (1 Juan 3:18-21).
- La confianza llega a medida que recibimos el don de la caridad y practicamos la virtud: “Deja también que tus entrañas se llenen de caridad para con todos los hombres, y para con los de la familia de la fe, y deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios” (D. y C. 121:45).
Si usted presiente que no tiene confianza en su capacidad para recibir respuestas de Dios, no lo haga responsable de eso a Él. Usted puede decidir si habrá de acercarse más al Señor, procurando hacer lo que he indicado, y entonces su confianza le será incrementada.
He aquí algo maravilloso: no es necesario que usted sea perfecto en estas cosas para tener confianza en Dios. Sólo tiene que hacer todo lo posible, con honradez, día tras día, y su confianza en Él y en usted mismo irá fortaleciéndose cada vez más.
Orar por lo que es correcto
Ya hemos hablado sobre esto cuando nos referimos al proceso de cultivar nuestra confianza. Nuestro poder en la oración aumenta cuando sabemos que estamos orando por cosas que están de acuerdo con la voluntad de Dios con cerniente a nosotros.
A veces solemos orar con verdadera intención por cosas que no nos convienen. Por ejemplo, antes de salir como misionero, yo conocía a una joven con quien pensaba que debía casarme y estaba convencido de que era lo que tenía que hacer. Recuerdo haber orado pidiéndole al Señor que nos bendijera a fin de que, si era lo correcto, afianzáramos nuestra relación. Pero yo estaba convencido de que lo era y aun sentía casi que no era necesario orar al respecto.
Cuando regresé de mi misión y vi que ella había preparado su vestido de novia y todo lo demás, sinceramente me asusté. Fue entonces que realmente procuramos con toda seriedad conocer cuál era la voluntad del Señor. Llegamos a la conclusión de que ese matrimonio no debía tener lugar y así fue. Ella era una joven muy amorosa y continúa siendo una buena amiga de mi familia. Pero nuestro casamiento no tenía que suceder y ambos estamos muy agradecidos al Señor por habernos proporcionado, respectivamente, los cónyuges que necesitábamos. Cuánto le agradezco al Señor por no haberme concedido lo que le pedí previamente.
Ser humilde al aceptar la voluntad del señor en todas las cosas
Cuando se comunique con el Señor, es necesario que lo haga con un corazón humilde. El corazón orgulloso o altivo le impedirá recibir Sus respuestas. Parte de la humildad consiste en estar dispuestos a subordinarse a la voluntad de Dios, no importa cuál fuere. Si lo hace con un corazón sincero desde el principio, podrá decirle humildemente al Señor: “Según mi entendimiento, esto es lo que necesito y voy a orar con todo mi corazón para obtenerlo. Pero también sé que no conozco todas las cosas (como Tú, Padre, las conoces), y si hay algo que no entiendo sobre ello, de buena gana me someto a Tu voluntad”.
Recuerdo el gran ejemplo que encontramos en las Escrituras y que nos enseña ese principio. En el capítulo 3 de Daniel, el rey estaba preparándose para arrojar a tres fieles jóvenes hebreos al horno.
Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto.
He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará.
Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado (Daniel 3:16-18).
¡Qué hermosa lección se nos enseña aquí! Esos jóvenes sabían que Dios tenía el poder para liberarlos, pero no estaban muy seguros de que ésa era Su voluntad. Sin embargo, con humildad se encomendaron a la misericordia del Señor y confiaron en que haría lo mejor para ellos.
Recordaremos que, según nos dice el relato, el rey se llenó de ira y ordenó que calentaran el horno siete veces más que de costumbre, y tanto fue así que los hombres que arrojaron allí a los jóvenes hebreos murieron a causa del calor. Entonces Nabucodonosor miró hacia el horno y dijo: “¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego?” Y sus consejeros respondieron: “Es verdad, oh rey”. Y éste dijo: “He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses” (Daniel 3:24-25).
Jesucristo, merced a Su benevolencia, intervino y salvó a aquellos jóvenes a causa de su fe y su humildad ante Dios. Estaban dispuestos a aceptar la voluntad del Señor y, en ese caso, Su voluntad era protegerles, preservarles y salvarles.
Agradecer las bendiciones del Señor
El agradecimiento sincero es uno de los principios más importantes para recibir respuestas a nuestras oraciones. Tal como dijo el Señor en Doctrina y Convenios: “Habéis de dar gracias a Dios en el Espíritu por cualquier bendición con que seáis bendecidos” (D. y C. 46:32). Tiempo después dijo: “El que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).
Por tanto, ¿qué sucederá si muestro agradecimiento por lo que el Señor me da? ¿Qué dice ese pasaje? Que recibiré más, “hasta cien tantos”.
En el caso del sombrero y la billetera extraviados, fuimos bendecidos muchas veces merced a este principio de la gratitud. Nuestra familia se sintió agradecida al haber encontrado el sombrero cuando todavía no habíamos hallado la billetera. Le agradecimos una y otra vez al Señor por la bendición de haber encontrado ambas cosas. Aun detuvimos el automóvil al salir de la estancia para ofrecer otra oración de gratitud.
Mi hijo, en particular, pareció reconocer esta verdad. Cuando después de haber encontrado el sombrero fue a la cabaña, se arrodilló y oró. Más tarde dijo: “No creo que, si no hubiera orado con gratitud, habría podido sentir el impulso de acercarme a donde colgaban los abrigos”. Supongo que lo mismo le sucedió a nuestro hijo misionero cuando iba en su bicicleta por aquella obscura calle en México. Siendo que estaba orando de todo corazón con agradecimiento al Señor, se le abrieron las vías de comunicación con Dios y pudo entonces escuchar la voz que le ayudó a evitar un serio percance.
No creo que sea posible exagerar nuestro agradecimiento para con el Señor. Él nos concede tantas bendiciones (muchas de las cuales se nos pasan desapercibidas), que estoy seguro de que nunca podremos agradecérselas suficientemente.
El Señor nos da un maravilloso ejemplo al concedernos tanto anónimamente. Tenemos que esforzarnos mucho para poder descubrir todo lo que hace por nosotros, pero lo hace constantemente.
Desafortunadamente, muchos hombres que carecen de fe suelen decir: “Dios nunca me ha ayudado. Nunca en la vida se me ha bendecido. Todo lo que tengo lo he obtenido por esfuerzo propio”. Yo creo que no saben lo que dicen, porque el Señor nos está bendiciendo constantemente, como lo enseñó el rey Benjamín (véase Mosíah 2:19-25).
Parte de la gratitud es reconocer la mano del Señor en nuestras vidas. Tal como Él lo dijo:
En nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas y no obedecen sus mandamientos (D. y C. 59:21).
Recuerdo que, en mi adolescencia, solía dudar en cuanto a la intervención del Señor en mi vida. “¿Era realmente Él o no? ¿Qué pasaría si le diera por algo las gracias y ni siquiera se debiera a Él?” Hace mucho que abandoné tal actitud. Estoy convencido de que, tal como lo indican las Escrituras, todo lo bueno que nos ocurre se debe a la misericordia y el amor del Señor Jesucristo y de Su Padre. No creo que sea posible agradecerle por algo en lo que Él no haya participado.
El Señor se ha lamentado de no poder bendecir a quienes no lo reconozcan como el Dador de todo lo que es bueno:
Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe? He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que le dio la dádiva (D. y C. 88:33).
En otras palabras, el Señor no está diciendo: “¿De qué sirve que conteste tus oraciones si no aceptas mi respuesta porque no la reconoces como que procede de mí?” Cuando eso ocurre, no nos regocijamos por haber recibido el don ni nos regocijamos en el Señor, quien nos dio la dádiva. Bien podríamos no haberla recibido. Del mismo modo, si reconocemos en nuestra vida la mano del Señor, pidiéndole que nos bendiga y regocijándonos al recibir todas Sus dádivas, Él nos responderá.
Orar con fe, creyendo que se recibirá
En el capítulo 2 nos referimos a la virtud de tener fe en Jesucristo. Además, tenemos que creer que recibiremos lo que estamos pidiendo. A quienes procuran recibir el Espíritu Santo, el Señor les ha dicho: “Pedid al Padre en mi nombre, con fe, creyendo que recibiréis, y tendréis el Espíritu Santo, que manifiesta todas las cosas que son convenientes a los hijos de los hombres” (D. y C. 18:18).
Además, el Señor enseñó que “cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, si es justa, creyendo que recibiréis, he aquí, os será concedida” (3 Nefi 18:20).
Aquí tenemos el gran ejemplo del Señor aconsejándonos a creer y diciéndonos que recibiremos—y sin embargo, como siempre, la promesa está condicionada a “lo que es justo”, o a la voluntad de Dios.
Si usted siente que su fe es débil, puede entonces orar como lo hizo el hombre que le pidió a Jesús que librara a su hijo de un “espíritu mudo”. Y “Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo, ayuda mi incredulidad”. Entonces Jesús “reprendió al espíritu inmundo” y sanó al joven (véase Marcos 9:14-29).
Alma enseñó un notable sermón acerca de lo que debemos hacer si nuestra fe es débil, diciendo:
Comparemos, pues, la palabra a una semilla. Ahora bien, si dais lugar para que sea sembrada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si es una semilla verdadera, o semilla buena, y no la echáis fuera por vuestra incredulidad, resistiendo al Espíritu del Señor, he aquí, empezará a hincharse en vuestro pecho; y al sentir esta sensación de crecimiento, empezaréis a decir dentro de vosotros: Debe ser que ésta es una semilla buena, o que la palabra es buena, porque empieza a ensanchar mi alma; sí, empieza a iluminar mi entendimiento; sí, empieza a ser deliciosa para mí (Alma 32:28).
Todos podemos perfeccionar nuestra capacidad para creer al recibir en nuestro corazón la palabra del Señor, acogerla y permitir que el Espíritu obre en nuestro interior.
Practicar el ayuno
“Os doy el mandamiento de perseverar en la oración y el ayuno desde ahora en adelante” (DyC88:76).
La historia que acabo de mencionar, de cuando Jesús libró al muchacho de un espíritu inmundo, también nos enseña acerca de la vital importancia del ayuno. Antes de que Jesús participara en la ocurrencia, Sus discípulos habían tratado, sin éxito, de reprender al mal espíritu. Después de que Jesús lo hubo hecho, ellos “le preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera? Y él les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno” (Marcos 9:28-29).
El ayuno es un pequeño sacrificio que ofrecemos al tratar de recibir mayores bendiciones del Señor. Cuando ayunamos para que se nos contesten nuestras oraciones, le demostramos al Señor la sinceridad de nuestros deseos y, siendo que de ese modo ejercemos nuestro albedrío en el sacrificio, nos ponemos en una mejor posición para recibir la bendición que procuramos.
Orar en unión con otros
La oración efectuada en unión con otras personas nos fortalece. Si consigue que otros oren por usted—una familia, sus hermanos y hermanas, sus amigos, algunos miembros de su barrio o rama—la fortaleza que resulta de tal unión le ayudará a aumentar el poder de la súplica.
Con el correr de los años yo he podido aprender, cada vez más, que cuando tenemos un problema que no sea demasiado personal debemos reunir a toda nuestra familia y orar juntos, especialmente con los niños pequeños. Quizás no alcancen a comprender cada detalle de lo que necesitamos, pero pueden saber bastante para orar por lo que papá o mamá necesitan. Y cuando oran, parecen tener una comunicación directa con los cielos. No sólo pueden contribuir a que recibamos una respuesta a nuestra oración, pero el procedimiento mismo les enseñará, una y otra vez, que el Señor contesta en realidad las oraciones.
Y como está escrito: Recibiréis cuanto pidiereis con fe, si estáis unidos en oración de acuerdo con mi mandato (D. y C. 29:6).
Orar por los demás
Hay un gran poder en orar por otras personas, quizás mucho más que cuando oramos por nosotros mismos. El Señor le dijo a Thomas B. Marsh, quien fue Presidente del Quórum de los Doce:
Conozco tu corazón y he oído tus oraciones concernientes a tus hermanos. No seas parcial para con ellos, amándolos más que a muchos otros, antes sea tu amor por ellos como por ti mismo; y abunde tu amor por todos los hombres y por todos los que aman mi nombre. Y ruega por tus hermanos, los Doce (D. y C. 112:11-12).
Cuando oramos por otras personas con un corazón fervoroso, estamos obedeciendo el segundo mandamiento de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. El Señor escucha nuestras súplicas a favor de ellos y los bendice de acuerdo con lo que están dispuestos a recibir.
Yo he descubierto que, cuando trato de ayudar a otra persona, es muy útil decir en oración: “Señor, hazme comprender su corazón. ¿Cómo podría ayudarle? ¿Qué puedo hacer para aliviar su carga?” Orar específicamente por los demás es tan importante como hacerlo por nosotros mismos.
Orar por el Espíritu y con el Espíritu
El Espíritu es el delegado del Señor que nos trae muchas bendiciones en la vida. Cuanto más pueda el Espíritu permanecer con nosotros, más poderosas serán nuestras oraciones.
“Se os dará el Espíritu”, ha dicho el Señor, “por la oración de fe” (D. y C. 42:14).
El Espíritu Santo puede aun ayudarnos a saber todo aquello por lo que debemos orar. “El que pide en el Espíritu, pide según la voluntad de Dios; por tanto, es hecho conforme a lo que pide” (DyC46:30). Si podemos recibir el Espíritu mediante la oración de fe, podemos entonces pedir “en el Espíritu”, que nos ayudará a hacerlo “según la voluntad de Dios”. Tales oraciones son siempre contestadas.
El Espíritu puede facilitar de otras maneras el proceso de la comunicación:
Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.
Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos (Romanos 8:26-27).
Es evidente que el Espíritu nos ayudará revelándonos qué es lo que tenemos que pedir.
Aprender a reconocer la inspiración del espíritu
Cuando esté tratando de obtener respuestas a sus oraciones y la dirección del Señor, es necesario que aprenda a reconocer la inspiración del Espíritu, la cual le ayudará a determinar lo que el Señor requiere de usted al procurar Sus bendiciones. Tales estímulos le ayudarán a saber cuáles son las cosas por las que debe orar y qué hacer entonces. La inspiración del Espíritu también le dirá cuánta fe adicional tendrá que ejercitar entretanto a fin de lograr lo que desea. El Espíritu podría quizás indicarle de qué deberá arrepentirse, cómo acercarse más al Señor, algunos pasos específicos que tendrá que dar, etcétera. En resumen, si usted procura seguir la inspiración que le ofrece, el Señor le guiará a través de la experiencia.
Seguramente recordará la historia que relaté al principio de este capítulo de cuando nuestro hijo misionero tuvo el impulso de poner ambas manos en el manubrio de su bicicleta y cómo eso le ayudó a evitar un peligroso accidente. Tal peripecia le ayudó a recordar “cuán apacible es la voz del Espíritu”, dijo. “Es tan suave que, si no guardamos silencio, no podremos escucharla”. Recordará que también dijo: “Yo creo que si no hubiera estado orando en ese momento, no habría podido escuchar esa voz. Pero estaba orando y la escuché”.
Es realmente cierto que cuando oramos, escuchamos la voz con mayor facilidad. Como regla general, uno debe concentrarse para poder escucharla. Por lo común, más que oírse, se siente. En consecuencia, si usted no está tranquilo y en paz, generalmente no sentirá las palabras. Nefi dijo a sus hermanos:
Habéis oído su voz de cuando en cuando; y os ha hablado con una voz apacible y delicada, pero habíais dejado de sentir, de modo que no pudisteis sentir sus palabras (1 Nefi 17:45).
Es verdaderamente una voz apacible y delicada, tal como lo leemos en Helamán:
Y ocurrió que cuando oyeron esta voz, y percibieron que no era una voz de trueno, ni una voz de gran ruido tumultuoso, mas he aquí, era una voz apacible de perfecta suavidad, cual si hubiese sido un susurro, y penetraba hasta el alma misma (Helamán 5:30).
Siendo que la voz es tan apacible, realmente tenemos que escuchar y esforzarnos por oírla, de lo contrario no lo conseguiremos. Si queremos incrementar nuestra capacidad para escuchar la voz, podremos lograrlo si aprendemos a orar incesantemente. Según mi propia experiencia, cuanto más aprendamos a orar durante todo el día, con mayor facilidad recibiremos la inspiración que nos indicará lo que debemos hacer.
Muchas veces he podido ver el reconocimiento de tal inspiración manifestarse en mi esposa, quien con frecuencia tiene la sensación o impresión en cuanto a determinadas cosas que algunos de nuestros hijos parecen necesitar. Cuando respondemos a esos impulsos, constantemente nos conducen a otras experiencias relacionadas con la fe; a veces, aun han rescatado a uno de nuestros hijos de incidentes peligrosos. Muchas otras veces, hemos tenido experiencias más simples en las que ellos podrían haber soportado algo por su cuenta pero que debido a la intervención del Espíritu del Señor las cosas han resultado mejor de lo que esperábamos.
Además de los sentimientos que llamamos inspiración, el Espíritu puede darnos también una guía, la dirección que debemos tomar y otras respuestas al iluminar nuestra mente. El Señor le dijo a Hyrum Smith:
Te daré de mi Espíritu, el cual iluminará tu mente y llenará tu alma de gozo (D. y C. 11:13).
Y a Oliver Cowdery le dijo:
Tú sabes que me has preguntado y yo te iluminé la mente; y ahora te digo estas cosas para que sepas que te ha iluminado el Espíritu de verdad (D. y C. 6:15).
Si nos acercamos más al Señor y aprendemos a escuchar la voz del Espíritu, podremos recibir la guía y la ayuda que necesitamos, lo cual nos conducirá a las respuestas de nuestras oraciones.
























