“Trabajad hoy”
Élder Marion G. Romney
Del Consejo de los Doce Apóstoles
A ustedes que están escuchando por la radio y mirando por la televisión, les extiendo la mano de compañerismo. Ruego sinceramente que mientras les hablo por unos momentos, pueda decir algo que les sea de provecho y que, quizás (y este es mi mayor deseo), los estimule a pensar en cosas de valor eterno y renueve en ustedes la determinación de vivir para obtenerlas.
A ustedes que están reunidos en este histórico Tabernáculo les extiendo el mismo saludo. Me maravilla su fidelidad, su disposición de volver a esta casa de adoración en este día de media semana y escuchar más predicación. Pienso que ustedes son el grupo que asistiría a la segunda sesión en una conferencia de estaca.
Al verlos aquí, y al darme cuenta de que muchos de ustedes asistieron a la conferencia de la Primaria, de modo que ahora han estado en reuniones constantemente durante cinco días, me viene a la memoria una experiencia que mi esposa y yo tuvimos una vez mientras viajábamos de St. George a Cedar City. El conductor del automóvil en el que viajábamos llevaba con él a su pequeño hijo, que era apenas lo bastante alto como para ponerse de pie y mirar por el parabrisas. Llevaba chaparreras de vaquero y sombrero de vaquero. Su padre nos contó que dos cosas que le encantaban hacer eran ponerse su atuendo de vaquero y montar su caballo, y la otra era ir al cine. Era difícil persuadirlo de terminar cualquiera de esas experiencias una vez que comenzaba. Trataban de llevarlo a casa después de que había visto la película una vez, pero él se quedaba.
Un domingo por la mañana, después de la Escuela Dominical, él se fue a casa. Su madre se había ido a la reunión de ayuno, que seguía a la Escuela Dominical. El niño se quitó la ropa de los domingos y se puso su ropa de vaquero, y luego buscó algo de comer. Al no encontrar lo que quería, regresó a la casa de reuniones para buscar a su madre. Al verla mientras bajaba por el pasillo, dijo, en voz bastante alta: “Mamá, ¿por qué no te vienes a la casa? ¿Vas a quedarte aquí y ver esto tres veces?”
Estando reunidos aquí como lo estamos, y recordando el sostenimiento de un miembro del Quórum de los Doce y de un asistente a ese Quórum, no puedo dejar de sentir la pérdida del hermano Cowley. Lo escuchamos aquí hace tan solo seis meses con su voz dorada. Quiero leerles un párrafo de su mensaje final. Creo que es significativo por muchas razones. Una es que en este párrafo menciona al hermano Morris, quien hoy llena la vacante dejada en el Quórum por su fallecimiento. Tal vez podamos captar en este extracto algo de su elocuencia y de su humildad.
Hemos oído la oración del Profeta a la que se hizo referencia esta mañana. Había allí un jovencito que creyó en una promesa, que si al hombre le faltaba sabiduría y pedía a Dios, le sería dada Santiago 1:5, y en respuesta a ese llamamiento se retiró a ese bosque, lejos de las estructuras superficiales de los hombres, y no se quedó allí de pie mirando al cielo; se arrodilló, apoyándose en las dobladas rodillas de su cuerpo, y elevó su oración a Dios, su Padre, para que diera claridad de visión a su mente, para que lo librara de la confusión que existía allí en cuanto a la religión. ¿Cómo puede la gente dudar de que Dios oyó esa oración? Cualquiera que cuestione que Dios oyó la oración de ese muchacho debe creer que el Padre Celestial es cruel y se cierra a sí mismo a sus hijos cuando lo buscan. Pero Él sí oyó esa oración, y, como el élder Morris ha mencionado, la luz irrumpió desde el cielo; por ese canal de luz descendieron el Padre y el Hijo José Smith—Historia 1:17. Jóvenes, si ustedes oraran para que su padre viniera en la hora de necesidad, ¿se escondería él de ustedes? Claro que no. Tampoco nuestro Padre que está en los cielos se esconderá de nosotros cuando lo busquemos.
Dios conceda que siempre tengamos el espíritu de oración en nuestros corazones. (The Improvement Era, diciembre de 1953, pág. 962).
Extiendo al hermano Morris una cordial bienvenida al incorporarse al Consejo de los Doce. Lo he amado por mucho tiempo. Recuerdo que hace algunos años asistí a una reunión donde él se dirigió a un grupo de líderes de Scouts. Allí dijo algo que aún permanece en mi mente. Estaba hablando de los muchachos que habían sido traídos a la Iglesia por medio de las actividades de esa organización, acerca de su conversión, y entonces dijo, en esencia: que no solo se habían convertido muchachos de fuera de la Iglesia, sino que muchos jóvenes nacidos en la Iglesia se habían convertido. Después recalcó la verdad de que, tanto si uno nace dentro como fuera de la Iglesia, debe convertirse para poder recibir las bendiciones del cielo.
Doy la bienvenida al élder Sill a los Consejos de la Iglesia. Lo conozco desde hace diecinueve años. En aquellos días él y yo éramos obispos compañeros sirviendo bajo la dirección del presidente Joseph L. Wirthlin, quien entonces era nuestro presidente de estaca. Conozco su capacidad y su lealtad. Sé que nunca dejó su diezmo sin pagar. Recuerdo una ocasión en que me consultó al final del año, cuando algunos de sus cálculos habían salido mal y no tenía dinero disponible para pagar su diezmo completo. Lo conversamos, y él fue al banco y pidió prestado el dinero para completarlo. Estoy seguro de que prestará un gran servicio.
Mientras me sentaba aquí en esta conferencia y me daba cuenta de que se acercaba a su fin, pensé en lo que podría decir aquí en estos momentos finales que fuera de valor para el pueblo de la Iglesia, y esta declaración del Profeta vino a mi mente:
Es una cosa estar en el monte y oír la excelente voz, etc., y otra oír la voz que te declara que tienes parte y suerte en aquel reino. (History of the Church, 5:493).
Ese pasaje de los escritos del Profeta ha estado mucho en mi mente. Él lo pronunció al final de un largo sermón en el cual había estado instando al pueblo de su época a asegurarse su llamamiento y elección. Él mismo había hecho firme su llamamiento y elección.
El Señor dijo al profeta José Smith en una ocasión:
Porque yo soy el Señor tu Dios, y estaré contigo hasta el fin del mundo y por toda la eternidad; porque de cierto te sello para tu exaltación y preparo para ti un trono en el reino de mi Padre, con Abraham tu padre D. y C. 132:49.
Y luego el Señor especifica en la siguiente frase las condiciones que trajeron esa gran bendición al profeta José.
He aquí, he visto tus sacrificios, y perdonaré todos tus pecados; he visto tus sacrificios en obediencia a lo que te he mandado D. y C. 132:50.
Él dio ese mismo testimonio a Heber C. Kimball. Supongo que un hombre que hubiera recibido ese testimonio estaría disfrutando de la palabra profética más segura 2 Pedro 1:19, la cual el Profeta define como
“. . . saber el hombre que es sellado para vida eterna, por revelación y el espíritu de profecía, mediante el poder del Santo Sacerdocio” D. y C. 131:5.
En esta conferencia, en ocasiones, hemos sido grandemente deleitados con elocuente oratoria. Hemos sido instruidos por grandes maestros. Hemos oído suficiente verdad y dirección en esta conferencia como para llevarnos a la presencia de Dios si la siguiéramos. Se nos ha llevado al monte espiritual y se nos han mostrado visiones de gran gloria; pero ¿cuántos de nosotros hemos oído esa voz diciendo que tendremos parte en ello?
Quiero leer un texto mediante el cual podemos probarnos hoy y siempre en cuanto a dónde estamos respecto de nuestra fe y creencia en Dios. Es el versículo 25 de la sección 64 de Doctrina y Convenios:
Por tanto, si me creéis, trabajaréis mientras dure el día de hoy D. y C. 64:25.
En los dos párrafos que le preceden, el Señor deja en claro tres cosas: primero, el significado de la palabra hoy tal como se usa en el texto; segundo, ciertas cosas que Su pueblo debe hacer hoy; y tercero, algunos eventos que acontecerán mañana. Estas son Sus palabras:
He aquí, ahora se le llama hoy hasta la venida del Hijo del Hombre, y de cierto es un día de sacrificio y un día para el diezmo de mi pueblo, porque el que es diezmado no será quemado en su venida.
Porque después de hoy vendrá el día abrasador . . . porque en verdad os digo que mañana todos los soberbios y los que hacen iniquidad serán estopa; y los quemaré, porque yo soy el Señor de los Ejércitos; y no perdonaré a ninguno que permanezca en Babilonia.
Y luego sigue nuestro texto:
Por tanto, si me creéis, trabajaréis mientras dure el día de hoy D. y C. 64:23–25
Tengo en mi corazón el deseo de recalcar la importancia de hacer la voluntad de Dios ahora, mientras dure el hoy. Tal vez dependa más de lo que un hombre haga durante el corto período de su probación mortal que de cualquier otro período de igual duración desde que las huestes de espíritus tomaron partido en la gran guerra en los cielos.
Amulek, compañero misionero de Alma, habla sobre este tema de la siguiente manera:
“. . . he aquí, este es el tiempo y el día de vuestra salvación . . .
Porque he aquí, esta vida es el tiempo para que los hombres se preparen para comparecer ante Dios; sí, he aquí, el día de esta vida es el día para que los hombres ejecuten sus labores.
“. . . por tanto, os suplico que no posterguéis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí, si no aprovechamos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas, en la cual no se puede trabajar” Alma 34:31–33
Nefi enseñó esta misma doctrina y avanzó un paso más. Declaró que no solo debemos trabajar en esta vida, sino continuar ese trabajo hasta el fin de la vida. Señaló que la puerta por la que uno entra en la senda estrecha y angosta es el arrepentimiento y el bautismo por agua y fuego y por el Espíritu Santo, y luego continuó:
“Y ahora bien, mis hermanos amados, después que habéis entrado en esta senda estrecha y angosta, ¿os digo que se ha hecho todo? He aquí, os digo que no . . .
“. . . debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza, y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si siguiereis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseverareis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna.” 2 Nefi 31:19–20
“Y ahora, mis amados hermanos, sé por esto que a menos que un hombre persevere hasta el fin, siguiendo el ejemplo del Hijo del Dios viviente, no puede ser salvo.” 2 Nefi 31:16
El comportamiento de Mormón, junto con su consejo a su hijo Moroni, es un ejemplo heroico de perseverancia hasta el fin bajo las circunstancias más difíciles. Recordarán que fue Mormón quien dirigió a los degenerados nefitas en su lucha final contra los lamanitas. ¡Y qué labor desalentadora e ingrata fue! Al aproximarse al fin inevitable, escribió a su amado hijo Moroni, informándole que acababa de luchar una batalla importante en la cual no había vencido, y en la cual tres de sus más valientes líderes y un gran número de sus hombres escogidos habían muerto. Continuó:
“Y ahora bien, he aquí, hijo mío, temo que los lamanitas destruyan a este pueblo; porque no se arrepienten, y Satanás los incita continuamente a enojarse unos contra otros.
“He aquí, trabajo con ellos constantemente; y cuando les hablo la palabra de Dios con severidad, tiemblan y se enojan conmigo; y cuando no uso severidad, endurecen sus corazones contra ella; por tanto, temo que el Espíritu del Señor haya dejado de luchar con ellos.
“Porque tan extremadamente se enojan que me parece que no temen la muerte; y han perdido su amor los unos por los otros; y constantemente tienen sed de sangre y de venganza.” Moroni 9:3–5
Luego, a pesar de estas circunstancias desalentadoras, declara su intención de seguir trabajando y exhorta a su hijo Moroni a hacer lo mismo. Escuchen su ruego y tomen ánimo de él:
“Y ahora bien, hijo mío amado, a pesar de su dureza, trabajemos diligentemente; porque si cesamos de trabajar, vendremos a ser condenados; porque tenemos una obra que realizar mientras estemos en este tabernáculo de barro, para que podamos conquistar al enemigo de toda rectitud y descansar nuestras almas en el reino de Dios.” Moroni 9:6
A la luz de estas enseñanzas, parecería muy imprudente confiar en la doctrina del llamado “segundo chance” y esperar hasta después de la muerte para realizar nuestras buenas obras. Conozco la doctrina de que quienes no han tenido oportunidad de oír y recibir el evangelio en esta vida tendrán esa oportunidad en el mundo venidero, y me regocijo en ello. Me regocijo en la visión y revelación que recibió el profeta José Smith el 21 de enero de 1836, la cual enseña esta doctrina. El Profeta informó esa visión y esa revelación, en parte, de la siguiente manera:
“Los cielos se abrieron sobre nosotros, y contemplé el reino celestial de Dios y su gloria . . . Vi la belleza trascendente de la puerta por la cual entrarán los herederos de aquel reino, la cual era como un fuego en circulares llamas; también el brillante trono de Dios, en el cual estaban sentados el Padre y el Hijo. Vi las hermosas calles de aquel reino, que parecían estar pavimentadas de oro. Vi a los padres Adán y Abraham, y a mi padre y a mi madre, y a mi hermano Alvin, quien hace mucho tiempo que duerme, y me maravilló cómo fue que él había obtenido una herencia en aquel reino, puesto que había partido de esta vida antes de que el Señor extendiera Su mano para reunir a Israel por segunda vez, y no había sido bautizado para la remisión de los pecados.
“Entonces vino a mí la voz del Señor, diciendo:
‘Todos los que han muerto sin conocimiento de este Evangelio, quienes lo habrían recibido si se les hubiera permitido permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios; asimismo todos los que mueran en lo sucesivo sin conocimiento de él, quienes lo habrían recibido con todo su corazón, serán herederos de ese reino, porque yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, de acuerdo con los deseos de sus corazones.’” (History of the Church 2:380; D. y C. 137:1–9)
Todo esto lo acepto con gozo. Sin embargo, no enseña—y jamás he encontrado nada en las Escrituras ni en las enseñanzas de los profetas que me anime a creerlo—que aquellos a quienes se les enseñó el evangelio aquí podrán compensar su pérdida si deciden esperar hasta la próxima vida para obedecerlo. Yo no aconsejaría a nadie correr ese riesgo. Según entiendo las Escrituras, asumir tal peligro sería fatal.
Amulek, después de hablar de “la noche de tinieblas en la cual no se puede trabajar” Alma 34:33, añadió:
“No podéis decir, cuando seáis llevados a esa crisis terrible: Me arrepentiré, regresaré a mi Dios. No, no podéis decir esto; porque ese mismo espíritu que posee vuestros cuerpos en el momento en que salís de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en ese mundo eterno.
“Porque he aquí, si habéis postergado el día de vuestro arrepentimiento hasta la muerte, he aquí, habéis llegado a ser sujetos al espíritu del diablo, y él os sella suyos; por tanto, el Espíritu del Señor se ha retirado de vosotros y no tiene lugar en vosotros, y el diablo tiene todo poder sobre vosotros; y este es el estado final de los inicuos.” Alma 34:34–35
Sobre este punto de aplazar la obediencia al evangelio, podríamos considerar con provecho la parábola de las diez vírgenes. No recuerdo que en esa parábola se haya hecho provisión alguna para que las cinco vírgenes insensatas pudieran entrar en la boda más tarde. Sí recuerdo, sin embargo, que después de que la puerta fue cerrada, ellas vinieron diciendo: “¡Señor, Señor, ábrenos!”, habiendo llenado mientras tanto sus lámparas; y que su respuesta fue: “De cierto os digo que no os conozco.” (ver Mateo 25:1–13)
En 1831, el Señor continuó con la lección que tenía intención de enseñar con esta parábola. Hablando al profeta José, especificó algunas de las bendiciones que recibirán las cinco vírgenes prudentes. Dijo:
“Y en aquel día, cuando venga en mi gloria, se cumplirá la parábola que hablé concerniente a las diez vírgenes.
“Porque las que son sabias y han recibido la verdad, y han tomado al Espíritu Santo por su guía, y no han sido engañadas—de cierto os digo, no serán taladas ni echadas al fuego, sino que permanecerán el día.
“Y la tierra les será dada por herencia; y se multiplicarán y serán poderosas, y sus hijos crecerán sin pecado para salvación.
“Porque el Señor estará en medio de ellas, y su gloria estará sobre ellas, y él será su rey y su legislador.” D. y C. 45:56–59
No se menciona en esta revelación el paradero de las vírgenes insensatas. Dijo el profeta José:
“Si los hombres desean obtener la salvación, deberán someterse, antes de dejar este mundo, a ciertas reglas y principios que fueron fijados por un decreto inalterable antes de la creación del mundo.
“[De lo contrario] la desilusión de sus esperanzas y expectativas en la resurrección sería indescriptiblemente terrible.”
(History of the Church 6:50–51)
A la luz de estas enseñanzas y de las muchas otras que llevan el mensaje de que hoy es el día para que ejecutemos nuestras labores, parecería prudente que toda alma que ha sido enseñada en el evangelio haga aquí y ahora un esfuerzo consciente y diario y sincero por vivirlo. Y ese esfuerzo debe continuar hasta el fin de la vida mortal. No hacer tal esfuerzo identifica a la persona como alguien que no cree al Señor, porque Él dijo:
“. . . si me creéis, trabajaréis mientras dure el día de hoy.” D. y C. 64:25
Que al trabajar hoy heredemos las grandes bendiciones de las que tanto hemos oído en esta conferencia, es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.
























