Deuteronomio 10
Deut. 10:1–5 — “Escribió en las tablas… y las puse en el arca.”
La restauración del convenio
Dios restaura el convenio quebrantado. Aunque las primeras tablas fueron rotas por el pecado, Dios vuelve a escribir Su ley, mostrando que la misericordia no anula el convenio, sino que lo renueva.
Moisés llevó al pueblo de regreso a uno de los momentos más llenos de esperanza después del pecado. Las primeras tablas habían sido quebradas, símbolo visible de un convenio roto por la desobediencia. Sin embargo, la historia no terminó en ruinas. Dios habló de nuevo y ordenó: “Lábrate dos tablas de piedra como las primeras.” El llamado no fue al castigo final, sino a la restauración.
Dios mismo prometió escribir otra vez las mismas palabras. El contenido del convenio no cambió, porque el carácter de Dios no cambia. La restauración no consistió en rebajar las exigencias del pacto, sino en renovarlo sobre la base de la misericordia. El pueblo había fallado, pero Dios seguía comprometido.
Moisés obedeció y colocó las tablas en el arca, el lugar más sagrado. Allí, el convenio restaurado quedó guardado en el centro de la vida de Israel. Esto enseñó que la restauración no es solo un acto emocional; es un retorno ordenado y reverente a la relación con Dios.
Así, Deuteronomio 10:1–5 proclama una verdad profundamente consoladora: Dios restaura lo que el pecado rompe. Cuando hay arrepentimiento y obediencia, el Señor no abandona Su convenio. Él vuelve a escribir, vuelve a confiar y vuelve a colocar Su palabra en el corazón de Su pueblo, mostrando que la misericordia no cancela el pacto, sino que lo renueva y lo sostiene.
Deut. 8:2 — “Acuérdate… de Jehová tu Dios”
Moisés invita al pueblo a volver la mirada atrás y reconocer el camino recorrido con Dios. Les recuerda que el desierto no fue un accidente ni un castigo sin sentido, sino una escuela sagrada donde Jehová los condujo paso a paso para enseñarles a confiar. Cada jornada de hambre, cada espera, cada prueba tuvo un propósito: revelar lo que había en su corazón y mostrarles que la vida no se sostiene solo con lo visible, sino con la palabra y la presencia del Señor. “Acuérdate” no es solo recordar hechos, sino mantener viva la gratitud, reconocer la mano de Dios en los momentos difíciles y permitir que esa memoria fiel guíe la obediencia presente. Olvidar conduce a la autosuficiencia; recordar preserva la humildad y la dependencia del Dios que salva.
Si quieres, puedo añadir preguntas de reflexión, una aplicación personal, o integrarlo en un diálogo tipo Seminario.
Spencer W. Kimball: Supongo que nunca habría un apóstata, nunca habría un crimen, si las personas recordaran —si realmente recordaran— las cosas que han convenido junto a las aguas del bautismo, en la mesa sacramental y en el templo. Supongo que esa es la razón por la cual el Señor pidió a Adán que ofreciera sacrificios: no por otra razón sino para que él y su posteridad recordaran —recordaran las cosas básicas que se les habían enseñado—. Creo que nosotros, como seres humanos, somos propensos a olvidar. Es fácil olvidar. Nuestras penas, nuestros gozos, nuestras preocupaciones y nuestros grandes problemas parecen desvanecerse en cierta medida con el paso del tiempo, y hay muchas lecciones que aprendemos que tienden a escaparse de nuestra memoria. Los nefitas olvidaron. Olvidaron los días en que se sentían bien.
Recuerdo a un joven navajo que regresó de su misión, la cual había sido sostenida en gran parte por un quórum de setentas de la Estaca Bonneville. Yo estuve presente el día en que dio su informe, y mientras las lágrimas corrían por su rostro, dijo: “Oh, si tan solo pudiera recordar siempre cómo me siento ahora”. (Las enseñanzas de Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball [Salt Lake City: Bookcraft, 1982], p. 113).
Deut. 8:3 — “No solo de pan vive el hombre”
Moisés recuerda al pueblo que el hambre del desierto no fue abandono, sino una lección deliberada. Dios permitió la escasez para enseñarles que la vida no depende únicamente de lo que se puede tocar, acumular o consumir. Cuando el pan faltó, la palabra de Jehová sostuvo; cuando los recursos humanos se agotaron, la provisión divina se manifestó. Así aprendieron que el verdadero sustento no es solo alimento para el cuerpo, sino dirección para el alma. Vivir “de toda palabra que sale de la boca de Jehová” significa confiar, obedecer y caminar guiados por Él aun cuando no se ve el final del camino. El pan sacia por un momento; la palabra de Dios da vida, sentido y permanencia.
Si deseas, puedo ayudarte a convertir este versículo en preguntas de reflexión personal, una aplicación práctica para hoy, o un breve mensaje doctrinal para enseñanza.
Neal A. Maxwell: Las Escrituras reflejan una elevada integración debido al verdadero control editorial del Espíritu Santo, lo cual es otra razón para leerlas cuidadosamente en lugar de pasar superficialmente por encima de ellas.
Sería útil, por ejemplo, ayudar a los alumnos a ver las relaciones literales entre las Escrituras. En Mateo 4:4 leemos:
“Él respondió y dijo: Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
De manera similar, en Deuteronomio 8:3 leemos:
“Y te humilló, y te hizo pasar hambre, y te sustentó con maná, que no conocías tú, ni tus padres lo habían conocido, para hacerte saber que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová vive el hombre”.
Jesús honró cuidadosa y repetidamente a los profetas anteriores. Esto nos da una pista de cuán importante es para nosotros relacionar unas Escrituras con otras. (“Oportunidades para enseñar a partir del Antiguo Testamento”, Ensign, abril de 1981, p. 56).
Deut. 10:5 — “Puse las tablas en el arca… como Jehová me mandó.”
La restauración del convenio
La ley no solo se recibe; se guarda en el centro del pueblo. El arca simboliza que el convenio debe ocupar un lugar sagrado y permanente.
Moisés describió el acto final de la renovación del pacto con una sencillez cargada de significado: “Puse las tablas en el arca… como Jehová me mandó.” No fue solo un gesto logístico, sino un acto profundamente simbólico. Las tablas, antes quebradas por el pecado del pueblo, ahora eran colocadas nuevamente en el lugar designado por Dios.
El arca representaba el centro de la presencia divina entre Israel. Al colocar allí las tablas, Moisés mostró que el convenio restaurado volvía a ocupar su lugar legítimo en la vida del pueblo. Dios no dejó las tablas a la vista como reproche, ni las ocultó como algo superado; las guardó en el corazón del santuario, señal de que el pacto seguía vigente.
La frase “como Jehová me mandó” subraya que la restauración ocurrió bajo obediencia. El convenio no se renueva a la manera humana, sino conforme al orden divino. Dios establece el modo de volver, y el pueblo responde con sumisión y reverencia.
Así, Deuteronomio 10:5 enseña una verdad llena de esperanza: la restauración del convenio no solo perdona el pasado, sino que restablece el orden correcto de la relación con Dios. Cuando el pacto es colocado nuevamente en el centro, la comunión se renueva y el pueblo puede avanzar con la seguridad de que Dios sigue habitando en medio de ellos.
Deut. 8:7–10 — “Jehová tu Dios te introduce en una buena tierra”
Moisés eleva la mirada del pueblo hacia el futuro que Dios ya había preparado. Después del desierto áspero y silencioso, Jehová los conduce a una tierra buena, una tierra viva y generosa, donde el agua fluye, los campos producen y la escasez deja lugar a la abundancia. No es fruto del azar ni del esfuerzo humano aislado: es un regalo del Dios que cumple sus promesas. Allí no faltará el pan, ni la piedra será obstáculo, ni el trabajo será en vano. Pero Moisés añade una advertencia sagrada: cuando coman y se sacien, no deben olvidar. La prosperidad no es licencia para la autosuficiencia, sino una invitación a la alabanza consciente. Comer, saciarse y bendecir al Señor se convierten en un solo acto de fe: reconocer que todo bien procede de Él y que la gratitud protege el corazón del orgullo.
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David O. McKay: Todo lo que Moisés escribió en alabanza de la riqueza y productividad de la tierra prometida —y aún más de lo que escribió— puede aplicarse a esta gran tierra de América: una tierra de maíz, trigo, cebada y toda clase de grano; una tierra de leche y miel; una tierra donde se come pan sin escasez; una tierra cuyas piedras son oro, plata y hierro, y de cuyos montes se extrae cobre; una tierra acertadamente llamada “el granero del mundo”.
Sus palabras de amonestación son igualmente aplicables:
“Y comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios por la buena tierra que te habrá dado” (Deut. 8:10). (Ideales del Evangelio: Selecciones de los discursos de David O. McKay [Salt Lake City: Improvement Era, 1953], p. 318).
Deut. 10:8–9 — “Apartó Jehová la tribu de Leví… Jehová es su heredad.”
El sacerdocio y el servicio sagrado
El servicio a Dios es una herencia superior a cualquier posesión material. Dios mismo es la heredad de quienes le sirven.
Moisés recordó al pueblo que, en medio de la restauración del convenio, Dios estableció un orden sagrado para cuidar Su presencia entre ellos. “Apartó Jehová la tribu de Leví” no fue una preferencia arbitraria, sino una consagración específica. Dios separó a Leví para una labor distinta: llevar el arca del convenio, estar delante de Jehová y servirle.
El servicio levítico no se definía por posesiones ni territorios. A diferencia de las demás tribus, Leví no recibió heredad en la tierra, porque su herencia era mayor y más profunda: “Jehová es su heredad.” Esto enseñaba que el valor supremo no está en lo que se posee, sino en a quién se sirve.
El sacerdocio no era un privilegio para exaltación personal, sino una responsabilidad de cercanía constante con lo santo. Estar delante de Jehová implicaba interceder, ministrar y bendecir al pueblo en Su nombre. El servicio sagrado sostenía la vida espiritual de toda la nación.
Así, Deuteronomio 10:8–9 revela una verdad esencial: servir a Dios es una herencia en sí misma. El sacerdocio muestra que la mayor recompensa del servicio fiel no es material, sino relacional: vivir cerca de Dios, cuidar Su convenio y bendecir a otros. Quien tiene a Jehová como heredad posee lo más valioso que puede existir.
Deut. 10:10–11 — “Jehová me escuchó también esta vez.”
La intercesión aceptada
Dios escucha la intercesión fiel y preserva al pueblo a pesar de su fragilidad.
Moisés recordó al pueblo que la restauración del convenio no fue automática ni superficial. Detrás de ella hubo oración perseverante y una respuesta divina llena de misericordia. Como en la primera ocasión, Moisés permaneció en el monte cuarenta días y cuarenta noches, completamente entregado a la intercesión.
La frase central resuena con esperanza: “Jehová me escuchó también esta vez.” A pesar del pecado del pueblo y de la gravedad de la ruptura del pacto, Dios no cerró Su oído. La intercesión fue aceptada. El juicio que podía haber caído fue detenido por la misericordia divina.
La respuesta de Dios no solo perdonó; restauró la misión. En lugar de destruir al pueblo, Jehová ordenó: “Levántate, ve y marcha delante del pueblo.” La gracia no dejó a Israel estancado en la culpa, sino que lo puso nuevamente en movimiento hacia la herencia prometida.
Así, Deuteronomio 10:10–11 enseña una verdad profundamente alentadora: Dios escucha la intercesión sincera y permite nuevos comienzos. Cuando la oración se ofrece con humildad y perseverancia, el Señor responde con misericordia que restaura, guía y vuelve a enviar a Su pueblo por el camino del pacto.
Deuteronomio 8:11 — “Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios”
Dean L. Larsen: Siempre ha sido así. Cuando la vida de las personas está en armonía con la voluntad del Señor, todos los factores esenciales que producen las bendiciones que Dios se digna conceder a Sus hijos parecen alinearse. Prevalecen el amor y la armonía. Aun el clima, el tiempo y los elementos parecen responder. La paz y la tranquilidad perduran. La diligencia y el progreso marcan la vida del pueblo. Es tal como el Señor lo ha prometido:
“Si anduviereis en mis estatutos, y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra,
yo os daré lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá su fruto, y el árbol del campo dará su fruto.
Vuestra trilla alcanzará a la vendimia, y la vendimia alcanzará a la sementera, y comeréis vuestro pan hasta saciaros, y habitaréis seguros en vuestra tierra.
Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá quien os espante” (Levítico 26:3–6).
Quizá las mayores tragedias de todos los tiempos han ocurrido cuando los pueblos han recibido las bendiciones prometidas del Señor y luego han olvidado la fuente de su buena vida.
(“El Señor prosperará a los justos”, Ensign, noviembre de 1992, págs. 41–42).
Brigham Young: El mayor temor que tengo respecto a este pueblo es que se haga rico en esta tierra, olvide a Dios y a Su pueblo, engorde y se expulse a sí mismo de la Iglesia y vaya a la perdición. Este pueblo puede soportar el acoso, el robo, la pobreza y toda clase de persecución, y permanecer fiel. Pero mi mayor temor… es que no pueda soportar la riqueza. (James S. Brown, Vida de un pionero, Salt Lake City: Geo. Q. Cannon and Sons Co., 1900, págs. 122–123).
Deuteronomio 8:17 — “Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza”
Moisés advierte al pueblo sobre un peligro silencioso que surge no en el desierto, sino en la abundancia. Cuando la tierra produzca, cuando el ganado se multiplique y la vida esté llena, el corazón humano puede comenzar a susurrar una mentira sutil: “Esto lo logré yo; es el fruto exclusivo de mi esfuerzo y de mi capacidad.” Ese pensamiento no niega abiertamente a Dios, pero lo desplaza, atribuyendo la bendición a la autosuficiencia. Moisés llama a Israel a vigilar el corazón, porque olvidar a Jehová no siempre empieza con rebeldía, sino con orgullo. Reconocer a Dios como la fuente de toda riqueza preserva la humildad y mantiene viva la gratitud; atribuirlo todo a uno mismo conduce al olvido espiritual. La verdadera fidelidad consiste en recordar que aun la fuerza para trabajar y prosperar proviene del Señor.
Si deseas, puedo ayudarte a desarrollar una aplicación personal, preguntas de autoexamen, o un mensaje doctrinal breve a partir de este versículo.
Spencer W. Kimball: Decimos: “Mi inteligencia es responsable de este invento. De mi brillantez proviene este gran conocimiento. Es mi fuerza la que lleva esta carga”.
…¿Cómo llega una persona a ser humilde? A mi parecer, debe recordarse constantemente de su dependencia. ¿Dependencia de quién? Del Señor. ¿Cómo recordarse a sí mismo? Mediante una oración real, constante, reverente y agradecida.
“¿Cómo puedo permanecer humilde?”, pregunta el misionero brillante. Recordándose con frecuencia sus propias debilidades y limitaciones, no hasta el punto de la autodepreciación, sino mediante una evaluación guiada por un deseo honesto de dar el crédito a quien corresponde.
La humildad es enseñabilidad: la capacidad de reconocer que todas las virtudes y habilidades no están concentradas en uno mismo. (Discursos del Año de BYU, 16 de enero de 1963, págs. 2–3).
Neal A. Maxwell: Quienes “viven sin Dios en el mundo” recogen ansiosamente sus pocas y pasajeras satisfacciones, pero son incapaces de hallar la verdadera felicidad (véanse Mosíah 27:31; Mormón 2:13). Hoy muchos están atrapados en una u otra forma de la cultura del “club y la cantina”. Otros se concentran en sustitutos populares y generalizados de la verdadera religión: los deportes y la política. Todo esto va acompañado de un constante vaivén político mientras tú y yo observamos cómo los “príncipes vienen y los príncipes se van; una hora de pompa y espectáculo es todo lo que conocen”.
Como en los días de Noé, muchas personas se ocupan excesivamente de la rutina de la vida, como “comer y beber, casarse y darse en casamiento” (Mateo 24:38; véanse también Mateo 24:36–39). Muchos de los que viven cómodamente dicen: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad” (Apocalipsis 3:17), mientras están confundidos respecto a la causa real, diciendo: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deut. 8:17). Hoy sucede algo muy parecido a lo que ocurría en el antiguo Israel, cuando “cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 17:6; 21:25). En nuestro tiempo, “cada cual anda por su propio camino, y conforme a… la semejanza del mundo” (Doctrina y Convenios 1:16), lo que podría llamarse relativismo ético individual, y estamos inundados por él.
Despojadas de la memoria espiritual, las personas “hacen lo que quieren”, lo que da como resultado un individualismo sin inspiración ni anclaje, que rechaza la necesidad de la sumisión espiritual, la cual, después de todo, es uno de los grandes propósitos del trayecto de la vida. Al antiguo Israel se le aconsejó:
“Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos” (Deut. 8:2).
Ignorantes del plan de salvación, muchos simplemente no saben de qué se trata el viaje de la vida. Por lo tanto, el egoísmo y el escepticismo modernos desestiman la importancia del Salvador, considerando a Jesús simplemente “un hombre” (Mosíah 3:9) o “una cosa de nada” (1 Nefi 19:9). (“La riqueza de la Restauración”, Ensign, marzo de 1998, pág. 9).
Deut. 10:12–13 — “¿Qué pide Jehová… sino que lo ames y le sirvas?”
Lo que Dios realmente pide
La esencia de la religión del pacto es amar, temer, andar y servir a Dios con todo el corazón.
Moisés llevó al pueblo al corazón mismo del convenio con una pregunta sencilla, pero decisiva: “¿Qué pide Jehová tu Dios de ti?” No comenzó con sacrificios complejos ni con exigencias imposibles. La respuesta reveló que Dios no busca una religión pesada, sino una relación viva y sincera.
Lo primero que pide es temer a Jehová, no con miedo paralizante, sino con reverencia profunda. Ese temor conduce a andar en todos Sus caminos, a caminar con coherencia diaria, permitiendo que la fe se traduzca en decisiones y conducta. Dios no busca gestos aislados, sino una vida alineada.
Luego Moisés tocó el centro de todo: “que lo ames y sirvas… con todo tu corazón y con toda tu alma.” El amor no es un complemento opcional; es el motor de la obediencia. Servir a Dios sin amor produce dureza; amar a Dios sin servirlo produce ilusión. El pacto une ambas cosas en una devoción total.
Finalmente, Moisés recordó que los mandamientos no son una carga opresiva: “que yo te mando hoy para tu bien.” Dios no exige para empobrecer, sino para proteger, formar y dar vida. Todo lo que pide apunta al bienestar verdadero del pueblo.
Así, Deuteronomio 10:12–13 enseña una verdad liberadora: Dios pide el corazón antes que las obras. Temor reverente, amor sincero, servicio fiel y obediencia confiada constituyen la esencia de la vida del pacto. Cuando el pueblo entiende esto, descubre que lo que Dios pide no es demasiado, sino exactamente lo que conduce a la plenitud.
Deut. 10:13 — “Que yo te mando hoy para tu bien.”
Los mandamientos son para nuestro bien
La obediencia no oprime; protege y bendice.
Moisés quiso corregir una idea equivocada que fácilmente nace en el corazón humano: pensar que los mandamientos son una carga impuesta desde lo alto. Por eso añadió una frase clave que revela la intención de Dios: “que yo te mando hoy para tu bien.” No para limitar la vida, sino para cuidarla.
Los mandamientos no son obstáculos al gozo, sino límites protectores. Dios, que conoce plenamente al ser humano, establece Su ley como un padre que marca el camino seguro para su hijo. Obedecer no empobrece; preserva. No reduce la libertad; la encamina hacia lo que realmente edifica.
Moisés enseñó que cada instrucción divina lleva implícito un propósito benevolente. Aun cuando el mandato no se comprende de inmediato, su intención es siempre el bien del pueblo. La obediencia no es sumisión ciega, sino confianza en la sabiduría de Aquel que ve el fin desde el principio.
Así, Deuteronomio 10:13 proclama una verdad profundamente reconfortante: Dios manda porque ama. Los mandamientos son expresiones de Su cuidado. Vivir conforme a ellos es caminar dentro de un diseño que protege el corazón, ordena la vida y conduce al bienestar duradero.
Deut. 10:14 — “De Jehová son los cielos… y la tierra.”
La soberanía absoluta de Dios
Dios es Señor de todo, y aun así decide relacionarse con Su pueblo.
Moisés elevó la mirada del pueblo más allá de la historia de Israel para anclar su fe en una verdad mayor: “De Jehová son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra y todas las cosas que hay en ella.” Con estas palabras declaró que no existe rincón del universo que escape al dominio de Dios.
El Señor no es un dios local ni limitado a un territorio o nación. Él es Dueño y Señor de todo lo creado, desde lo más alto de los cielos hasta lo más pequeño en la tierra. Su soberanía no compite con otros poderes; los abarca y los supera. Nada le pertenece parcialmente: todo le pertenece plenamente.
Esta afirmación da profundidad al convenio. El Dios que pide amor y obediencia no es uno entre muchos, sino el Soberano absoluto que, aun poseyéndolo todo, decidió acercarse a un pueblo específico y relacionarse con él. Su autoridad universal hace que Su elección sea un acto de gracia, no de necesidad.
Así, Deuteronomio 10:14 enseña una verdad que produce reverencia y confianza: el Dios que gobierna el universo es el mismo que camina con Su pueblo. Reconocer Su soberanía absoluta no aleja al creyente; lo afirma. Si todo pertenece a Jehová, entonces la vida del pacto descansa segura en las manos del Dueño de los cielos y de la tierra.
Deut. 10:15 — “Solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos.”
La elección basada en el amor
La elección divina surge del amor soberano, no del mérito humano.
Moisés condujo al pueblo a una verdad que debía sostener su identidad: “Solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos.” La elección de Israel no comenzó con una nación fuerte ni con un pueblo numeroso, sino con un acto libre y amoroso de Dios hacia los padres. El origen del pacto no fue la grandeza humana, sino el agrado divino.
Este amor no respondió a méritos previos ni a logros anticipados. Dios se agradó de amar. La elección nació en el corazón de Jehová y se extendió, por gracia, a la descendencia. Así, Israel entendía que su historia no se explicaba por su desempeño, sino por la fidelidad amorosa de Dios que decidió vincularse con ellos.
Moisés subrayó que esa elección no era excluyente para orgullo, sino responsabilizante para fidelidad. Ser escogidos por amor implicaba vivir de acuerdo con ese amor. La elección no elevaba al pueblo por encima de otros; los colocaba bajo el llamado de reflejar el carácter del Dios que ama primero.
Así, Deuteronomio 10:15 proclama una verdad fundamental del pacto: Dios elige porque ama, y ama antes de que el pueblo responda. La identidad de Israel se funda en un amor que precede, sostiene y perdura. Recordar que fueron amados por decisión divina preserva la humildad y fortalece la gratitud, invitando a vivir fielmente a Aquel que se agradó en amar.
Deut. 10:16 — “Circuncidad… vuestro corazón.”
La circuncisión del corazón
Dios busca una transformación interior, no solo una señal externa.
Moisés llevó al pueblo más allá de las señales externas del pacto y apuntó directamente al interior. “Circuncidad… vuestro corazón” fue un llamado a una transformación profunda, no visible a los ojos humanos, pero decisiva delante de Dios. La señal física ya existía; ahora Dios pedía la realidad espiritual que debía acompañarla.
Circuncidar el corazón significaba quitar aquello que endurecía la relación con Dios: la terquedad, la autosuficiencia y la resistencia a Su voz. No se trataba de cumplir un rito, sino de permitir que el corazón fuera sensible, humilde y dispuesto a obedecer. La verdadera obediencia comienza donde nadie más puede ver.
Moisés añadió una advertencia clara: “no endurezcáis más vuestra cerviz.” El corazón incircunciso es obstinado y se resiste al yugo divino. En cambio, el corazón transformado se inclina, escucha y responde. Dios no busca apariencia religiosa, sino una lealtad interior que se traduzca en una vida fiel.
Así, Deuteronomio 10:16 enseña una verdad central del pacto: Dios desea un corazón renovado, no solo una señal externa. La circuncisión del corazón es la apertura voluntaria a la obra transformadora de Dios. Cuando el corazón es apartado para Él, la obediencia deja de ser obligación y se convierte en respuesta de amor.
Deut. 10:17–18 — “Dios grande… que hace justicia al huérfano y a la viuda.”
El carácter justo y compasivo de Dios
La grandeza de Dios se manifiesta en Su justicia y compasión hacia los vulnerables.
Moisés presentó a Jehová con una grandeza que no intimida, sino que inspira confianza. “Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible.” Su autoridad es absoluta y Su poder incomparable. Sin embargo, esa grandeza no se expresa en distancia ni indiferencia.
Inmediatamente, Moisés reveló cómo actúa ese Dios soberano: “no hace acepción de personas ni recibe soborno.” Su justicia es incorruptible. Dios no se deja influir por estatus, poder o riqueza. Su juicio es recto porque fluye de Su carácter, no de presiones externas.
Y entonces aparece la dimensión más sorprendente de Su grandeza: “hace justicia al huérfano y a la viuda… ama también al extranjero.” El Dios que gobierna el universo se inclina hacia los más vulnerables. Su poder se manifiesta en protección, provisión y cuidado para quienes no tienen defensa.
Así, Deuteronomio 10:17–18 enseña una verdad profundamente reveladora: la grandeza de Dios se mide por Su justicia y Su compasión. El Dios supremo no oprime; levanta. Conocerlo implica reflejar ese mismo carácter: amar la justicia, proteger al vulnerable y vivir conforme al corazón del Dios que es grande porque es justo y misericordioso.
Deut. 10:19 — “Amaréis, pues, al extranjero.”
La ética del pacto: amar al extranjero
El amor a Dios se expresa en amor activo al prójimo, especialmente al vulnerable.
Moisés llevó la enseñanza del carácter de Dios directamente a la vida práctica del pueblo. Después de declarar que Jehová ama al extranjero y lo sostiene, dio un mandato claro e ineludible: “Amaréis, pues, al extranjero.” El pacto no se limitaba a la adoración; debía expresarse en relaciones concretas.
Este amor no era teórico ni distante. Israel debía recordar su propia historia: “porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.” La memoria del sufrimiento se convertía en fundamento de la compasión. Quien recuerda haber sido vulnerable aprende a tratar con misericordia a otros vulnerables.
Moisés enseñó que amar al extranjero no era una concesión cultural, sino una exigencia del pacto. Reflejar el carácter de Dios implicaba extender justicia, dignidad y cuidado a quienes no pertenecían por sangre o herencia. La fe verdadera se medía en cómo se trataba al que estaba fuera.
Así, Deuteronomio 10:19 revela una ética profunda: amar a Dios implica amar al prójimo vulnerable. El pueblo del pacto debía vivir de tal manera que otros pudieran experimentar, a través de ellos, el mismo amor que Jehová les había mostrado. Amar al extranjero era vivir el pacto con coherencia y verdad.
Deut. 10:20–21 — “A él te aferrarás… él es tu alabanza.”
Lealtad exclusiva a Dios
El pacto exige lealtad total y reconoce a Dios como fuente de identidad y alabanza.
Moisés concluyó su exhortación con un llamado a una devoción indivisa. “A Jehová tu Dios temerás, a él servirás, a él te aferrarás.” Cada verbo intensifica la relación: temor reverente, servicio fiel y una adhesión profunda que no admite sustitutos. Aferrarse a Dios implica depender de Él como única fuente de vida y seguridad.
Esta lealtad no es abstracta. Moisés añadió: “por su nombre jurarás.” El nombre de Jehová debía ser el fundamento de toda identidad y compromiso. En un mundo de múltiples lealtades, Israel debía vivir con una fidelidad clara y visible.
La razón de esa lealtad se expresó con gratitud: “Él es tu alabanza y él es tu Dios.” Dios no solo da bendiciones; Él mismo es la razón del gozo y de la adoración. Todo lo que Israel había visto —las obras grandes y terribles— confirmaba que no había otro digno de su entrega total.
Así, Deuteronomio 10:20–21 enseña una verdad central del pacto: la vida del pueblo de Dios se sostiene en una lealtad exclusiva y agradecida. Aferrarse a Jehová es elegirlo por encima de toda otra seguridad. Cuando Dios es la alabanza y la identidad del pueblo, la fidelidad deja de ser obligación y se convierte en respuesta natural al Dios que ha hecho maravillas.
Deut. 10:22 — “Ahora Jehová te ha hecho tan numeroso como las estrellas.”
La fidelidad de Dios que multiplica
Dios cumple Sus promesas de manera abundante y visible.
Moisés cerró su enseñanza recordando al pueblo un contraste que solo la fidelidad divina podía explicar. “Con setenta almas descendieron tus padres a Egipto”: una familia pequeña, frágil, sin poder ni territorio. Nada en ese comienzo sugería grandeza futura. Sin embargo, Dios había hecho una promesa.
Ahora, al mirar al pueblo reunido, Moisés declaró el cumplimiento visible de esa palabra: “Jehová te ha hecho tan numeroso como las estrellas del cielo.” La multiplicación no fue casual ni producto del crecimiento natural; fue la señal de que Dios cumple lo que promete, aun cuando el proceso pase por esclavitud, desierto y prueba.
Las estrellas evocan una promesa antigua, repetida a los padres, aparentemente imposible en su momento. Al mencionarlas, Moisés enseñó que el tiempo no debilita las promesas de Dios; las madura. Lo que Dios juró en el pasado, lo confirma en el presente con hechos que pueden contarse, verse y celebrarse.
Así, Deuteronomio 10:22 proclama una verdad llena de esperanza: la fidelidad de Dios no solo preserva, sino que multiplica. Dios toma comienzos pequeños y los convierte en realidades abundantes. Recordar esta multiplicación protege al pueblo de la duda y lo invita a confiar en que el mismo Dios que cumplió ayer seguirá cumpliendo mañana.
























