Deuteronomio

Deuteronomio 11 


Deut. 11:1 — “Amarás… y guardarás su mandato… todos los días.”

Amor y obediencia como fundamento del pacto
El pacto se vive en amor constante que se expresa en obediencia diaria.

Moisés abrió su exhortación con una verdad que sostiene toda la relación del pacto: “Amarás a Jehová tu Dios.” El amor no aparece como un sentimiento pasajero, sino como la raíz viva de la fidelidad. Antes de hablar de bendiciones o advertencias, Moisés recordó que el vínculo con Dios comienza en el corazón.

Ese amor se manifiesta de forma concreta: “y guardarás su mandato, y sus estatutos, y sus decretos y sus mandamientos.” La obediencia no es una carga impuesta desde fuera, sino la expresión natural del amor verdadero. Amar a Dios sin obedecerlo sería vacío; obedecer sin amor sería frío. El pacto une ambos en una relación inseparable.

Moisés añadió una dimensión clave: “todos los días.” El amor del pacto no es ocasional ni dependiente de circunstancias. Es una fidelidad constante que atraviesa la rutina, la abundancia y la prueba. Cada día ofrece una nueva oportunidad de amar a Dios mediante decisiones obedientes.

Así, Deuteronomio 11:1 enseña una verdad esencial: el pacto se sostiene en un amor que se vive diariamente por medio de la obediencia. No se trata de actos aislados, sino de una vida entera orientada hacia Dios. Cuando el pueblo ama y obedece “todos los días”, el convenio deja de ser solo una promesa y se convierte en una experiencia viva y transformadora.


Deut. 11:2, 7 — “Vuestros ojos han visto todos los grandes hechos…”

La fe basada en la experiencia con Dios
La obediencia nace de una memoria viva de lo que Dios ha hecho.

Moisés apeló a algo que nadie podía negar: la experiencia vivida. No habló a oídos inexpertos ni a corazones que solo conocían a Dios por relatos ajenos. “Vuestros ojos han visto todos los grandes hechos que Jehová ha ejecutado.” La fe de Israel no descansaba en teorías, sino en encuentros reales con el poder y la fidelidad de Dios.

Ellos habían visto la mano poderosa en Egipto, el mar abrirse, el desierto sostenerlos, la disciplina corregirlos y la misericordia preservarlos. Moisés subrayó que esas vivencias no eran recuerdos emocionales, sino fundamentos espirituales. La obediencia que Dios pedía ahora debía nacer de lo que el pueblo ya había comprobado por sí mismo.

Esta fe basada en la experiencia protegía al pueblo del olvido y de la superficialidad. No obedecían porque otros se los contaron, sino porque habían sido testigos. La memoria de lo que Dios hizo fortalecía la confianza para lo que aún haría.

Así, Deuteronomio 11:2 y 7 enseñan una verdad poderosa: la fe madura se apoya en una historia personal con Dios. Recordar las obras pasadas de Jehová no es nostalgia; es renovación de confianza. Cuando el pueblo vive desde lo que ha visto y experimentado, su obediencia deja de ser forzada y se convierte en respuesta agradecida al Dios que ha actuado delante de sus propios ojos.


Deut. 11:8–9 — “Para que seáis fuertes… y prolongados vuestros días.”

Obediencia que fortalece y asegura la herencia
La fidelidad a Dios fortalece al pueblo y preserva la herencia prometida.

Moisés presentó la obediencia no como un requisito frío, sino como una fuente de fortaleza interior. “Guardad… todos los mandamientos”, dijo, “para que seáis fuertes.” La fuerza que Dios promete no es solo física o militar; es una fortaleza espiritual que capacita al pueblo para enfrentar desafíos, resistir la tentación y perseverar en el camino del pacto.

Esa fortaleza tenía un propósito claro: entrar y poseer la tierra. La herencia no se sostenía por el ímpetu del momento, sino por una obediencia constante que preparaba al pueblo para habitar lo que Dios daba. No bastaba con conquistar; había que permanecer fiel para conservar.

Moisés añadió una promesa ligada al tiempo: “para que os sean prolongados los días.” La obediencia aseguraba continuidad, estabilidad y futuro. Vivir conforme a la palabra de Dios protegía al pueblo del desgaste moral y espiritual que acorta la vida del pacto.

Así, Deuteronomio 11:8–9 enseña una verdad esencial: la obediencia fortalece al pueblo y preserva la herencia que Dios promete. Cuando Israel vive fielmente, recibe no solo la tierra, sino la capacidad de disfrutarla a largo plazo. La herencia se afirma cuando la obediencia se convierte en el modo habitual de vivir delante de Dios.


Deut. 11:10–12 — “Tierra… de la cual Jehová cuida; siempre están sobre ella los ojos de Jehová.”

Dependencia continua de Dios
La vida del pacto requiere dependencia diaria del cuidado divino.

Moisés invitó al pueblo a comprender que la tierra prometida exigiría una fe distinta a la que habían conocido en Egipto. Allí, el sustento dependía del esfuerzo humano constante: regar con el pie, controlar los canales, asegurar la cosecha por medios visibles. En cambio, la nueva tierra sería “tierra de montes y de valles”, una tierra que bebe la lluvia del cielo.

Con esta imagen, Moisés enseñó que la vida en la herencia no se sostendría por autosuficiencia, sino por dependencia diaria de Dios. La lluvia no podía fabricarse ni forzarse; debía recibirse. Vivir en esa tierra implicaba confiar continuamente en el cuidado del Señor.

Entonces declaró una verdad profundamente consoladora: “Tierra de la cual Jehová tu Dios cuida; siempre están sobre ella los ojos de Jehová.” Dios no solo provee ocasionalmente; vigila, atiende y acompaña de principio a fin. Su cuidado no es intermitente, sino constante, atento a cada estación del año y a cada necesidad del pueblo.

Así, Deuteronomio 11:10–12 enseña una verdad central del pacto: Dios desea un pueblo que viva en dependencia continua de Él. La herencia no se disfruta desde el control humano, sino desde la confianza diaria. Saber que los ojos de Jehová están siempre sobre la tierra —y sobre Su pueblo— transforma la incertidumbre en seguridad y la espera en fe confiada.


Deut. 11:11–17 — “Si obedeciereis diligentemente mis mandamientos… yo daré la lluvia de vuestra tierra a su tiempo”

“Uno de los personajes de la novela Éxodo, de Leon Uris, comenta con ironía que Moisés debió haber guiado a las tribus de Israel durante otros cuarenta años y haber encontrado un lugar mejor. Con un deleite anecdótico similar, algunos líderes actuales del Estado de Israel cuentan con una sonrisa que solo tienen una queja contra Moisés: que si tan solo hubiera llevado a los israelitas al sur o al este de la tierra prometida, hoy tendrían petróleo en lugar de leche y miel.

“A pesar de estas y otras ingeniosas observaciones, debemos recordar que la tierra de Canaán (Palestina, Israel) es una tierra especialmente preparada por Dios para Su antiguo pueblo del convenio. Aunque relativamente pequeña (aproximadamente un tercio del tamaño del estado de Utah), su posición como puente terrestre entre tres continentes le ha valido el título de ‘encrucijada del Oriente’.

“…El clima de Israel también desempeña un papel clave en la prueba que Dios da a Su pueblo. Israel se encuentra en el límite sur de los sistemas de tormentas europeos, lo que significa que en algunos años partes del país pueden no recibir lluvia alguna. Observa en la siguiente descripción de la tierra prometida dada por el Señor cuán serio es confiar en Dios y obedecerle para quienes viven en Su campo de prueba:” (aquí se citan Deut. 11:11–14).

“Luego, Dios advierte a Su pueblo que no se desvíe para servir a dioses falsos, para que no sufran Su indignación y castigo consecuentes:

‘Y se encienda la ira de Jehová contra vosotros, y cierre los cielos, y no haya lluvia, y la tierra no dé su fruto, y perezcáis pronto de la buena tierra que Jehová os da’ (Deut. 11:17; cursivas añadidas).

“Según la propia explicación del Señor, si Su consejo no es atendido y si no se le adora únicamente a Él, cerrará los cielos y no enviará la lluvia sobre una tierra que, de otro modo, sería bastante productiva. Los relatos bíblicos de hambrunas en Canaán (como las que obligaron a Abraham a ir a Egipto; a la familia de Jacob a descender a Egipto; a Elimelec, Noemí y sus hijos a ir a Moab; o la que resultó de la maldición de Elías sobre Israel) simplemente significan que ese año no llovió. Generalmente, la hambruna significaba falta de lluvia. Así, Dios probó a Su pueblo aun por medio del clima y de la lluvia”. (D. Kelly Ogden, “El campo de prueba para el pueblo del convenio”, Ensign, septiembre de 1980, págs. 55–57).


Deut. 11:13–15 — “Yo daré la lluvia… y comerás y te saciarás.”

Bendiciones temporales ligadas a la obediencia
Dios bendice la obediencia con provisión tangible y sostenida.

Moisés presentó la obediencia como una relación viva que toca la realidad diaria del pueblo. “Si obedecéis cuidadosamente mis mandamientos”, dijo, uniendo de inmediato la obediencia con el amor a Dios y el servicio de todo corazón. No se trataba de cumplir reglas externas, sino de una fidelidad nacida del amor.

Entonces declaró la promesa: “Yo daré la lluvia de vuestra tierra a su tiempo.” La lluvia temprana y la tardía representaban el cuidado oportuno de Dios, ni antes ni después, sino en el momento exacto. Israel aprendería que la provisión no dependía del azar ni del control humano, sino de la respuesta fiel al Dios del pacto.

El resultado de esa provisión sería tangible: grano, vino, aceite, pasto para el ganado, y finalmente la frase que resume la bendición: “comerás y te saciarás.” Dios no prometió solo supervivencia, sino suficiencia. La obediencia abría el camino para una vida estable, sostenida y agradecida.

Estas bendiciones temporales no eran un fin en sí mismas. Eran señales visibles de una relación correcta con Dios. La tierra respondía porque el pueblo vivía alineado con el Dador de la tierra. La obediencia no compraba la bendición, pero creaba el espacio donde la bendición podía fluir.

Así, Deuteronomio 11:13–15 enseña una verdad clara y práctica: Dios se interesa por las necesidades reales de Su pueblo y las atiende dentro del marco del pacto. Cuando Israel obedecía por amor, experimentaba que el Dios del cielo también gobierna lo cotidiano. La fidelidad espiritual producía frutos visibles, recordando que vivir en obediencia es vivir bajo el cuidado generoso de Jehová.


Deut. 11:16–17 — “Cuidaos… no se engañe vuestro corazón.”

Advertencia contra la idolatría
La idolatría rompe la relación del pacto y trae escasez espiritual y material.

Moisés habló con un tono pastoral y urgente, señalando que el mayor peligro no venía de afuera, sino del propio corazón. “Cuidaos… no se engañe vuestro corazón.” La idolatría no comienza con un acto público de rebelión, sino con un autoengaño interior que suaviza la desobediencia y justifica la infidelidad.

El corazón engañado se aparta poco a poco. Primero se tolera, luego se imita, y finalmente se sirve. Moisés advirtió que servir a dioses ajenos no era un desliz menor, sino una ruptura directa del pacto. La lealtad dividida siempre termina desplazando a Dios del centro.

La consecuencia fue expresada con sobriedad: el cierre de los cielos y la ausencia de lluvia. No como castigo caprichoso, sino como resultado de romper la relación de dependencia con el Dios que provee. Cuando el pueblo abandona a Jehová, corta la fuente misma de vida que sostiene la tierra y la comunidad.

Así, Deuteronomio 11:16–17 enseña una verdad necesaria: la idolatría engaña al corazón y conduce a la pérdida. La advertencia es un acto de amor divino, porque prevenir es proteger. Cuidar el corazón, mantener la fidelidad y rechazar toda lealtad rival preservan la vida del pacto y mantienen abierto el cielo de la bendición.


Deut. 11:18–20 — “Pondréis estas palabras en vuestro corazón… y las enseñaréis a vuestros hijos.”

La palabra de Dios en el corazón y en el hogar
La fe se preserva al internalizar y enseñar la palabra de Dios.

Moisés mostró que la fidelidad al pacto no se sostiene solo en grandes actos públicos, sino en la formación cotidiana del corazón y del hogar. “Pondréis estas palabras en vuestro corazón y en vuestra alma.” La palabra de Dios no debía quedarse en la memoria externa, sino habitar en lo más profundo del ser, moldeando pensamientos, deseos y decisiones.

Luego, Moisés llevó esa interiorización a la vida diaria: “las enseñaréis a vuestros hijos.” La fe no se transmite por accidente, sino por enseñanza intencional. En la casa, en el camino, al acostarse y al levantarse, la palabra de Dios debía acompañar el ritmo normal de la vida. El hogar se convertía así en el primer espacio de discipulado.

Las señales visibles —en la mano, entre los ojos, en los postes de la casa— recordaban constantemente que la vida entera estaba bajo la dirección de la palabra divina. No era una fe reservada para momentos sagrados, sino una fe integrada en cada actividad diaria.

Así, Deuteronomio 11:18–20 enseña una verdad fundamental: la palabra de Dios preserva el pacto cuando vive en el corazón y se cultiva en el hogar. Un pueblo permanece fiel cuando la verdad de Dios es interiorizada, enseñada y recordada continuamente. Allí donde la palabra habita, la fe se renueva de generación en generación.


Deut. 11:19 — “Y las enseñaréis a vuestros hijos… cuando te sientes en tu casa”

Eran A. Call: Hemos sido enseñados por profetas antiguos y modernos que “el establecimiento de un hogar no es solo un privilegio, sino que el matrimonio y la correcta crianza de los hijos es un deber del más alto orden”.

Los profetas de Israel enseñaron: “Enseñarás a tus hijos [los mandamientos] cuando te sientes en tu casa”.

Isaías enseñó: “Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y grande será la paz de tus hijos” (Isaías 54:13).

“Y os doy un mandamiento, que enseñéis estas cosas libremente a vuestros hijos” (Moisés 6:58).

Lehi exhortó a su familia con todo el amor de un padre tierno (1 Nefi 8:37).

El presidente Harold B. Lee declaró: “La obra más grande del Señor que ustedes, hermanos, harán como padres será dentro de las paredes de su propio hogar”.

Debemos recordar siempre la advertencia del presidente David O. McKay pronunciada desde este púlpito hace treinta y tres años:
“Ningún otro éxito puede compensar el fracaso en el hogar. La choza más pobre en la que prevalece el amor en una familia unida tiene mayor valor ante Dios y para la humanidad futura que cualquier otra riqueza. En tal hogar, Dios puede obrar milagros y obrará milagros”.

Hace dos años, la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles, a quienes sostenemos como profetas, videntes y reveladores, proclamaron solemnemente al mundo nuestras creencias acerca del matrimonio, los padres y la familia. Los exhorto a cada uno de ustedes a leer, estudiar y vivir conforme a esta proclamación inspirada. Que llegue a ser la guía y la norma por la cual vivamos en nuestros hogares y criemos a nuestros hijos.

Nuestros hogares pueden ser, y deben ser, un refugio y un santuario frente al mundo turbulento en que vivimos; que lleguen a serlo al esforzarnos cada día por guardar como sagrados los convenios santos que hemos hecho.

Que podamos unirnos con Juan de la antigüedad, quien dijo:
“No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad” (3 Juan 1:4).
(“El hogar: un refugio y un santuario”, Ensign, noviembre de 1997, pág. 29).


Deut. 11:22–25 — “Jehová echará a estas naciones… nadie os hará frente.”

La obediencia asegura victoria y expansión
Dios pelea por un pueblo fiel y aferrado a Él.

Moisés enseñó al pueblo que la victoria no comenzaba en el campo de batalla, sino en la fidelidad diaria. Antes de hablar de territorios y enemigos, colocó una condición clara: guardar cuidadosamente los mandamientos, amar a Jehová, andar en Sus caminos y aferrarse a Él. La obediencia era la base invisible sobre la cual Dios obraría visiblemente.

Cuando esa fidelidad existía, la promesa era firme: “Jehová echará a estas naciones de delante de vosotros.” No sería una lucha de fuerzas iguales. Dios mismo actuaría, removiendo obstáculos que superaban la capacidad humana. La obediencia colocaba al pueblo en el lugar donde Dios peleaba por ellos.

La victoria traería expansión. “Todo lugar que pise la planta de vuestro pie será vuestro.” Esta imagen mostraba que Dios no solo concedía protección, sino avance. El pueblo no estaba llamado a quedarse inmóvil, sino a caminar con confianza, sabiendo que cada paso dado en fidelidad ampliaría la herencia prometida.

Finalmente, Moisés afirmó que nadie podría hacerles frente. No por intimidación humana, sino porque el temor de Jehová precedería al pueblo. La presencia de Dios abría camino antes de que Israel llegara.

Así, Deuteronomio 11:22–25 enseña una verdad poderosa del pacto: la obediencia fiel no solo preserva lo recibido, sino que permite crecer y avanzar bajo la guía de Dios. Cuando el pueblo se aferra a Jehová, la victoria y la expansión no son ambiciones humanas, sino consecuencias naturales de caminar con el Dios que va delante.


Deut. 11:26–28 — “Pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición.”

La elección entre bendición y maldición
La vida del pacto implica elección moral consciente.

Moisés llevó al pueblo a un momento de claridad moral absoluta. No habló en términos ambiguos ni dejó espacio para neutralidad espiritual. “Pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición.” Con estas palabras, presentó la vida del pacto como una decisión consciente y responsable.

La bendición no era arbitraria ni misteriosa: obedecer los mandamientos de Jehová. Vivir alineados con la voluntad de Dios abría el camino a la vida, la prosperidad y la permanencia en la herencia. La bendición no era solo un regalo futuro, sino una realidad que comenzaba con cada acto de fidelidad.

La maldición, en cambio, no surgía de un Dios caprichoso, sino de una elección distinta: no obedecer y apartarse del camino para seguir a otros dioses. Moisés dejó claro que la desobediencia produce consecuencias reales. Alejarse de Dios es alejarse de la fuente de la vida del pacto.

Al presentar ambas opciones, Moisés honró la agencia del pueblo. Dios no forzó la obediencia; puso delante el camino y permitió elegir. La seriedad del pacto radica precisamente en esta libertad: cada decisión tiene un peso espiritual y un resultado visible.

Así, Deuteronomio 11:26–28 enseña una verdad fundamental: la vida del pacto es una elección diaria entre fidelidad y apartamiento. Dios muestra el camino de la bendición con claridad, pero respeta la decisión humana. Elegir obedecer es elegir la vida; apartarse es aceptar las consecuencias de vivir lejos del Dios que bendice.


Deuteronomio 11:26–29 — “He aquí, yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición… pondrás la bendición sobre el monte Gerizim, y la maldición sobre el monte Ebal”

Los israelitas necesitaban recordatorios constantes de la Ley de Moisés. Debían escribir los Diez Mandamientos en un rollo y atarlo a su brazo o a su frente (véase el Diccionario Bíblico, “Filacterias”). ¡Uno pensaría que sería difícil olvidar los Diez Mandamientos si los llevaban literalmente atados a la cabeza!

En esa misma línea, el Señor utilizaría dos montes como un recordatorio constante de las consecuencias de la ley. Cada vez que vieran el paisaje de Gerizim y Ebal, debían pensar en la bendición y la maldición que esos montes representaban. La tradición afirma que, al menos en la antigüedad, el monte de la bendición, Gerizim, tenía un follaje verde y hermoso, mientras que el monte de la maldición, Ebal, era árido y estéril.

“El monte Gerizim llegó a ser posteriormente el monte santo para las tribus del norte y aún era venerado como tal por los samaritanos en la época en que Jesús visitó esa región. Los samaritanos modernos todavía celebran la Pascua en la cima del monte Gerizim”. (Daniel H. Ludlow, A Companion to Your Study of the Old Testament [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1981], pág. 204).

Neal A. Maxwell: Es muy significativo leer acerca del gran esmero que el profeta Josué puso en Siquem, la más antigua de las ciudades sagradas de Palestina, en un notable episodio de enseñanza allí ocurrido…

Leemos en este acontecimiento (Deut. 11:29; 27:11–26; 28:1–68; Josué 8:33–35; 24:1–33) cómo Josué, exactamente conforme a las instrucciones dadas previamente por Moisés, colocó a algunos israelitas en un monte, Gerizim, frente a Siquem, y a otros en el otro monte, Ebal. Los que estaban en Ebal debían proclamar y representar las penas que vendrían si los hijos de Israel desobedecían. Los que estaban en Gerizim debían proclamar y representar las bendiciones que vendrían si se guardaban los mandamientos de Dios. El pueblo incluso debía hacer convenio diciendo: “Amén”.

Fue en el contexto de este gran despliegue visual y coral de enseñanza que Josué exhortó con las palabras por las cuales es mejor recordado: “Escogeos hoy a quién sirváis” (Josué 24:15).

Pero las alternativas fueron presentadas de manera audiovisual con gran claridad; la representación fue tan gráfica que, sin duda, fue recordada por largo tiempo por quienes estuvieron en Siquem en esa ocasión. (Todas estas cosas te darán experiencia [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1979], pág. 118).


Deut. 11:32 — “Cuidaréis… de poner por obra.”

La obediencia como responsabilidad continua
La fidelidad no es momentánea, sino perseverante.

Moisés cerró su exhortación con una llamada a la vigilancia constante. “Cuidaréis… de poner por obra.” No bastaba con escuchar, ni con asentir, ni con obedecer por un momento. La vida del pacto requería atención continua, un compromiso renovado día tras día.

La palabra cuidar implica intención, esfuerzo y perseverancia. Moisés enseñó que la obediencia no es automática ni se sostiene por inercia. Debe ser practicada, protegida y vivida activamente en medio de las decisiones cotidianas. El pueblo debía vigilar su conducta para no desviarse con el tiempo.

Este llamado final resume todo el capítulo: amar a Dios, recordar Sus obras, rechazar la idolatría y elegir la bendición solo se vuelve real cuando se pone por obra. La obediencia no es solo conocimiento espiritual, sino acción constante.

Así, Deuteronomio 11:32 proclama una verdad esencial: la fidelidad a Dios es una responsabilidad permanente. El pacto se vive en la constancia, no en impulsos aislados. Cuando el pueblo cuida de obedecer continuamente, permanece en el camino de la vida y de la bendición que Dios ha puesto delante de él.

Deja un comentario