Deuteronomio 26
Enseña que el convenio se sostiene mediante memoria, gratitud, obediencia íntegra y justicia compartida, y culmina en una identidad sagrada como pueblo santo del Señor.
Deuteronomio 26:2–4 — “…tomarás de las primicias… y las pondrás en una canasta…”
Cuando Israel recoge por primera vez el fruto de la tierra prometida, Dios no permite que lo consuma de inmediato. Antes de disfrutar, debe recordar. Las primicias no son un impuesto, son una confesión: todo lo que ahora crece proviene del Señor. La canasta colocada delante del altar declara que la herencia no es conquista humana, sino don divino. Dios enseña que la gratitud precede al gozo.
Cuando la tierra finalmente comienza a dar su fruto, el israelita no corre primero a su mesa. Antes de disfrutar, se detiene. Toma lo primero, lo mejor, lo que aún no ha probado, y lo coloca cuidadosamente en una canasta. No es un gesto agrícola; es una confesión espiritual. Las primicias declaran que todo lo que vendrá después pertenece, desde el principio, al Señor.
Con la canasta en las manos, el adorador camina al lugar que Jehová ha escogido. Allí no va a pedir, sino a reconocer. El sacerdote recibe la ofrenda y la coloca delante del altar, como señal de que la tierra no es posesión absoluta del hombre, sino herencia concedida por Dios. Cada fruto habla del cumplimiento de una promesa antigua.
Así, el Señor enseña a Su pueblo que la gratitud precede al gozo y que la fe se expresa en lo primero, no en lo que sobra. Ofrecer las primicias es recordar que todo lo que se posee comenzó con Dios y que vivir en el convenio significa poner a Dios en primer lugar antes de disfrutar Sus bendiciones.
Deuteronomio 26:5–9 — “Un arameo a punto de perecer fue mi padre…”
El adorador no ofrece en silencio. Debe contar su historia. Recuerda el hambre, la esclavitud, el clamor y la liberación. La fe de Israel no es abstracta; está anclada en hechos salvadores. Al repetir esta confesión, el pueblo aprende que la identidad nace de la redención. No son grandes por sí mismos, sino porque Dios los sacó con mano fuerte.
Con la canasta aún delante del altar, el adorador no guarda silencio. Abre la boca y cuenta una historia que no comenzó con él. “Un arameo a punto de perecer fue mi padre”. No habla de grandeza, habla de fragilidad. Recuerda a un antepasado errante, sin tierra, sin seguridad, sostenido solo por la promesa de Dios.
La narración avanza hacia Egipto, donde la familia pequeña se convirtió en nación, y luego hacia la opresión, el trabajo forzado y el clamor. No se omite el dolor, porque la memoria honesta reconoce tanto la aflicción como la liberación. Entonces llega el centro del relato: Jehová oyó, Jehová vio, Jehová actuó. Con mano fuerte y brazo extendido, Dios transformó esclavos en pueblo.
Al recitar esta confesión, Israel aprende que su identidad no se basa en la tierra que ahora posee, sino en el Dios que lo rescató. La fe se transmite recordando lo que el Señor ha hecho. Así, cada generación proclama que vive gracias a la gracia, y que la gratitud verdadera nace de una memoria viva de la redención.
Deuteronomio 26:10–11 — “…y adorarás… y te alegrarás…”
La adoración culmina en alegría compartida. El gozo no es egoísta: incluye al levita y al extranjero. Dios enseña que la bendición verdadera no se guarda, se reparte. La adoración correcta produce gozo comunitario, no orgullo individual.
Después de recordar la esclavitud y proclamar la liberación, el adorador da un paso más. Coloca las primicias delante de Jehová y se inclina en adoración. No es un acto mecánico, es la respuesta natural de un corazón agradecido. La memoria de lo que Dios ha hecho se transforma en reverencia.
Pero la adoración no termina en silencio ni aislamiento. De ella brota el gozo. El Señor manda que el adorador se alegre, no solo por lo que ha recibido, sino con quienes lo rodean. El levita y el extranjero son llamados a participar del bien otorgado por Dios. La bendición no se guarda, se comparte.
Así, Dios enseña que la gratitud auténtica no conduce al orgullo, sino a la adoración, y que la adoración verdadera desemboca en gozo comunitario. Donde se reconoce a Dios como dador de todo bien, nace una alegría que une, incluye y edifica. En el reino del Señor, la gratitud siempre encuentra su expresión más plena en el gozo compartido.
Deuteronomio 26:12–15 — “…para que coman… y se sacien.”
El diezmo no es solo devoción, es responsabilidad social. El adorador puede hablar con confianza delante de Dios porque obedeció sin reservas ni corrupción. La oración final no exige bendición; la solicita sobre la base de la fidelidad. Dios escucha cuando la obediencia ha sido íntegra.
Cuando el ciclo del fruto se completa, Dios vuelve a mirar el corazón del adorador. El diezmo ya no se presenta solo como ofrenda, sino como responsabilidad cumplida. No se guarda para sí, no se retiene por temor, no se administra con engaño. Se reparte conforme al mandamiento, para que el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda puedan comer y saciarse.
Entonces el adorador se atreve a hablar delante de Dios con una conciencia limpia. No presume, confiesa. Declara que ha obedecido sin alterar lo consagrado, sin mezclarlo con luto, impureza o prácticas ajenas. La obediencia es íntegra, visible y reverente. No hay compartimentos secretos ante el Señor.
La oración que sigue no exige bendición; la solicita desde la fidelidad. El pueblo pide que Dios mire desde el cielo y bendiga la tierra y a Israel, tal como prometió. Así, el Señor enseña que el diezmo no es solo un acto de devoción personal, sino una expresión de justicia social y fidelidad al convenio. Cuando la obediencia sostiene al vulnerable, Dios responde con bendición.
Deuteronomio 26:16 — “…con todo tu corazón y con toda tu alma.”
Aquí Dios va más allá del acto externo. No basta cumplir; hay que hacerlo con el corazón entero. El convenio no admite medias lealtades. La obediencia verdadera es interna, voluntaria y completa.
Después de hablar de ofrendas, memoria y justicia, el Señor dirige la mirada al interior del ser humano. No se conforma con actos visibles ni con obediencias parciales. Él manda que Sus estatutos se cumplan con todo el corazón y con toda el alma. No como carga, sino como entrega completa.
Con estas palabras, Dios declara que el convenio no admite divisiones internas. No hay espacio para una obediencia calculada, ni para una fidelidad a medias. El corazón representa los afectos y las decisiones; el alma, la vida misma. Ambos deben alinearse con la voluntad divina.
Así, el Señor enseña que la verdadera obediencia no nace del temor al castigo, sino del amor al Dios que salvó, bendijo y sostuvo a Su pueblo. Vivir en el convenio es responder con todo lo que uno es. La obediencia total no es perfección inmediata, sino lealtad sincera y completa.
Deuteronomio 26:17–18 —“Has declarado hoy… y Jehová te ha declarado hoy…”
Este es uno de los momentos más solemnes del libro. Israel declara que Jehová es su Dios. Jehová declara que Israel es Su pueblo. El convenio no es unilateral; es una relación viva, afirmada públicamente por ambas partes.
En este día, el convenio se pronuncia en voz alta. El pueblo habla primero. Declara que Jehová es su Dios, que andará en Sus caminos, que escuchará Su voz y guardará Sus mandamientos. No es una promesa vaga; es una confesión pública de lealtad. Israel se define a sí mismo no por su pasado ni por sus logros, sino por Aquel a quien decide pertenecer.
Entonces ocurre algo aún más solemne: Jehová responde. Él también declara. Afirma que Israel es Su pueblo especial, Su posesión preciada, y confirma que la relación no es unilateral. El Dios que manda también se compromete. El Señor no solo exige fidelidad; otorga identidad.
Este intercambio revela el corazón del convenio: una relación viva, voluntaria y recíproca. Dios no fuerza la lealtad; la recibe. Y cuando el pueblo declara su compromiso, Dios declara Su pertenencia. Así, Deuteronomio enseña que vivir en el convenio es caminar en una relación donde ambos —Dios y Su pueblo— se reconocen y se afirman mutuamente.
Deuteronomio 26:19 — “…para que seas pueblo santo a Jehová tu Dios.”
El propósito final no es solo prosperidad ni prestigio, sino santidad. Dios eleva a Su pueblo no para compararlo con otros, sino para reflejar Su carácter. La obediencia, la memoria, la gratitud y la justicia convergen aquí: ser un pueblo apartado para Dios.
Después de la memoria, la gratitud, la obediencia y la declaración del convenio, Dios revela el propósito final de todo el camino recorrido. No era solo llegar a la tierra, ni prosperar entre las naciones, ni obtener renombre. Todo conducía a un fin más alto: ser un pueblo santo para Jehová.
El Señor promete exaltar a Israel, pero no para alimentar el orgullo, sino para reflejar Su carácter. Ser “puesto en alto” significa vivir de tal manera que otros puedan ver la justicia, la fidelidad y la misericordia de Dios encarnadas en un pueblo. La santidad no es aislamiento, es consagración.
Así, el capítulo se cierra con una verdad profunda: el convenio transforma la identidad. Quien pertenece a Dios no vive según las medidas comunes del mundo. Vive apartado para Él, formado por Su palabra y sostenido por Su gracia. Ser pueblo santo es el llamado supremo del convenio: reflejar a Dios en la vida diaria.
























