Deuteronomio 27
Enseña que entrar en la tierra prometida implica renovar públicamente el convenio, afirmar la identidad como pueblo de Dios y aceptar con claridad que la obediencia trae bendición y la desobediencia acarrea consecuencias.
Deuteronomio 27:1–3 —“…escribirás en ellas todas las palabras de esta ley…”
Antes de disfrutar la tierra prometida, el pueblo debe detenerse y escribir. La ley no se deja atrás en el desierto ni se guarda solo en la memoria; se graba en piedra, visible y permanente. Dios enseña que la obediencia no comienza con posesión, sino con recordatorio. La herencia se sostiene solo cuando la palabra del Señor permanece delante de los ojos.
Antes de que el pueblo se establezca en la tierra prometida, Dios les pide que se detengan. No para construir casas ni repartir herencias, sino para recordar la ley. Grandes piedras son levantadas, cubiertas con cal, y sobre ellas se escriben claramente todas las palabras de esta ley. La obediencia no comienza con la comodidad, sino con la memoria visible de la voluntad de Dios.
La ley queda grabada en piedra para que no se diluya con el tiempo ni se negocie con las circunstancias. Al escribirla públicamente, el pueblo confiesa que su vida en la tierra no se gobernará por la fuerza ni por la costumbre, sino por la palabra del Señor. Cada piedra se convierte en testigo silencioso del convenio.
Así, Dios enseña que Su ley debe estar delante de los ojos antes de estar en las manos. No basta haber cruzado el Jordán; es necesario cruzar al compromiso. La tierra prometida se sostiene solo cuando la palabra de Dios permanece firme, visible y recordada como fundamento de toda vida y toda herencia.
Deuteronomio 27:4–8 — “…un altar de piedras enteras…”
El altar se edifica sin herramientas humanas. Nada pulido, nada sofisticado. Dios no quiere que el arte del hombre eclipse la obra del Señor. El altar sencillo proclama que la adoración no se basa en habilidad, sino en obediencia. Allí el pueblo ofrece sacrificios, come, se alegra y reconoce que la relación con Dios es el centro de la vida en la tierra prometida.
Al cruzar el Jordán, el pueblo no levanta primero murallas ni fortalezas. Levanta un altar. Y Dios establece cómo debe ser: de piedras enteras, sin que el hierro del hombre las toque. No hay espacio para el adorno humano ni para la ostentación. El altar no debe mostrar la destreza del constructor, sino la obediencia del adorador.
En ese lugar se ofrecen holocaustos y ofrendas de paz. Allí el pueblo come, se alegra y se presenta delante de Jehová. El altar sencillo recuerda que la adoración verdadera no depende de lo elaborado, sino de un corazón rendido. Dios no necesita que el hombre perfeccione lo que Él ha creado.
Así, el Señor enseña que la relación con Él no se edifica sobre la autosuficiencia, sino sobre la humildad. El altar sin hierro proclama una verdad eterna: la adoración aceptable es aquella donde la obra de Dios no es reemplazada ni eclipsada por la obra del hombre. En la tierra prometida, la prioridad no es la grandeza humana, sino la presencia divina.
Deuteronomio 27:9–10 — “Hoy has venido a ser pueblo de Jehová tu Dios.”
Este es un momento decisivo. No solo cruzan un río; cruzan a una identidad nueva. Dios declara que Israel es Su pueblo, pero esa identidad viene acompañada de una responsabilidad: escuchar Su voz y obedecer Sus mandamientos. Ser pueblo del Señor no es un título honorífico, es un llamado a vivir conforme a Su palabra.
En medio de las piedras levantadas y del altar recién edificado, Moisés pide silencio. No es un silencio vacío, sino uno que prepara al corazón para escuchar. Entonces se pronuncia una declaración que marca un antes y un después: “Hoy has venido a ser pueblo de Jehová tu Dios.” No se trata solo de un cruce geográfico, sino de una afirmación espiritual.
Con estas palabras, Dios define la identidad de Israel. No son simplemente una nación entre otras, ni un grupo unido por sangre o territorio. Son un pueblo formado por la palabra y sostenido por la obediencia. Ser pueblo de Jehová implica escuchar Su voz y vivir conforme a Sus mandamientos.
Así, el Señor enseña que la identidad del pueblo no nace de la tierra que habita, sino del Dios a quien pertenece. El privilegio de ser Su pueblo va inseparablemente unido a la responsabilidad de obedecer. La identidad precede a la conducta, pero la conducta confirma la identidad.
Deuteronomio 27:11–13 — “…unos para bendecir… otros para pronunciar la maldición.”
El pueblo se divide entre dos montes. No por conflicto interno, sino para enseñar una verdad clara: la vida del convenio siempre presenta dos caminos. Bendición y maldición no son arbitrarias; dependen de la respuesta del pueblo a la voz de Dios. El escenario físico refuerza la enseñanza espiritual.
Una vez afirmada la identidad del pueblo, Dios presenta una escena que no deja lugar a confusión. El pueblo se divide y se coloca entre dos montes: uno para bendecir y otro para pronunciar la maldición. No es una división por rivalidad, sino por enseñanza. El paisaje mismo se convierte en un sermón visible.
Desde los montes, la voz del convenio resonará sobre todo Israel. Gerizim representa el camino de la obediencia y la vida; Ebal, el camino de la desobediencia y sus consecuencias. Dios no oculta las opciones ni las presenta como equivalentes. Coloca al pueblo en medio, obligándolo a escuchar y a decidir.
Así, el Señor enseña que la vida del convenio siempre se vive entre dos caminos. No hay neutralidad duradera. Cada decisión acerca al pueblo a la bendición o a la maldición. Los montes permanecen firmes, recordando a cada generación que elegir obedecer es elegir la vida, y que apartarse de la voz de Dios trae inevitablemente consecuencias.
Deuteronomio 27:14–25 — “Y todo el pueblo dirá: Amén.”
Las maldiciones no describen pecados abstractos, sino actos concretos: idolatría oculta, deshonra familiar, injusticia social, abuso del vulnerable, violencia secreta y corrupción judicial. Dios muestra que el pecado no solo rompe la relación con Él, sino que destruye la comunidad. Cada “Amén” es una confesión colectiva: el pueblo acepta la justicia de Dios y reconoce las consecuencias de desobedecer.
Los levitas alzan la voz, y esta vez no hablan en privado ni en susurros. Hablan en alta voz, para que todo Israel escuche. Cada declaración nombra un mal concreto, no abstracto: idolatría escondida, deshonra familiar, injusticia silenciosa, abuso del débil, corrupción encubierta, violencia cometida a oscuras. Son pecados que muchas veces buscan refugio en lo secreto, lejos de los ojos humanos.
Pero delante de Dios nada queda oculto. Cada vez que una maldición es proclamada, el pueblo entero responde con una sola palabra: “Amén”. No es una palabra pasiva; es una aceptación consciente. Al decir “Amén”, Israel reconoce que esas acciones destruyen el convenio, hieren a la comunidad y ofenden al Señor. El pueblo se hace responsable, no solo del pecado individual, sino del orden moral colectivo.
Dios enseña así que la obediencia no es solo evitar grandes transgresiones públicas, sino rechazar toda injusticia, aun la que se comete en silencio. Las maldiciones no buscan provocar temor vacío, sino formar una conciencia santa. Cada “Amén” afirma que el pueblo está de acuerdo con la justicia de Dios y acepta las consecuencias de apartarse de Su ley.
De esta manera, el Señor deja claro que el convenio abarca toda la vida: lo visible y lo oculto, lo personal y lo comunitario. Aceptar la palabra de Dios es aceptar también Su justicia, y vivir como Su pueblo implica decir “Amén” no solo con los labios, sino con la conducta diaria.
Deuteronomio 27:26 — “Maldito el que no confirme las palabras de esta ley para cumplirlas.”
El capítulo culmina con una advertencia que abarca todo. No se trata solo de evitar ciertos pecados, sino de confirmar la ley viviéndola. La obediencia parcial no sostiene el convenio. El pueblo responde una vez más: “Amén”. Con ello acepta que la fidelidad no es selectiva, sino total.
Después de enumerar pecados visibles y ocultos, el Señor concluye con una declaración que lo abarca todo. No menciona una transgresión específica, porque ya no es cuestión de elegir cuáles mandamientos obedecer. La advertencia es clara: maldito el que no confirme las palabras de esta ley para cumplirlas.
Confirmar la ley no es solo conocerla ni aprobarla con palabras; es sostenerla con la vida. Dios enseña que la obediencia selectiva no preserva el convenio. No basta evitar ciertos males si se ignora el llamado completo a vivir conforme a Su voluntad. La responsabilidad es total porque el convenio lo es.
El pueblo responde una vez más: “Amén”. Con esa palabra acepta que vivir como pueblo de Jehová implica compromiso íntegro. Así, Deuteronomio 27 se cierra recordando que la fidelidad no se mide por intenciones aisladas, sino por una vida que afirma la palabra de Dios en cada decisión. La bendición y la vida reposan sobre una obediencia que confirma el convenio en su totalidad.
























