Doctrina y Convenios
Sección 137
Contexto histórico y trasfondo
Resumen breve por Steven C. Harper
La soteriología (so·te·ri·o·lo·gía) es la rama de la teología que trata sobre la salvación. El problema soteriológico del cristianismo se basa en tres premisas:
- Dios ama a todas las personas y desea su salvación (1 Timoteo 2:3–4).
- La salvación viene a quienes aceptan consciente y voluntariamente a Jesucristo como su Salvador (Juan 3:16).
- La mayoría de las personas vive y muere sin aceptar a Cristo o incluso sin saber que podrían o deberían hacerlo.
El problema radica en que las tres premisas son verdaderas, pero no parecen reconciliarse entre sí. Las soluciones propuestas tienden a desacreditar una de las premisas. Tal vez Dios no desea la salvación de todos. O tal vez Jesús salva a personas que no lo aceptan consciente y voluntariamente.
Los primeros cristianos no tenían este problema porque no hacían la suposición tácita que lo causa. En otras palabras, los primeros cristianos no creían que la muerte fuera una fecha límite que determinaba la salvación de una persona. Pedro enseñó que Jesucristo predicó Su evangelio a los muertos para que pudieran ser juzgados con la misma justicia que los vivos (1 Pedro 3:18–20; 4:6). Pablo enseñó que los cristianos podían bautizarse por los muertos (1 Corintios 15:29).
El libro de Jeffrey Trumbower, Rescue for the Dead (Oxford, 2001), traza la doctrina de la redención por los muertos a lo largo de la historia cristiana. Resulta que fue Agustín, y no Jesús ni Sus apóstoles, quien decidió que la muerte debía ser el límite que determinara la salvación de una persona. Pero la visión de Agustín prevaleció en la iglesia de Cristo, al menos en Occidente. Muchos cristianos medievales continuaron creyendo que, después de Su muerte y antes de Su resurrección, Cristo abrió la prisión de los espíritus. Llamaron a este acontecimiento la “descensión a los infiernos” (harrowing of hell), y crearon muchas obras de arte que lo representaban. Mis imágenes favoritas son aquellas en las que el infierno aparece como un monstruo espantoso, y Cristo lo obliga a vomitar a los muertos cautivos (como en 2 Nefi 9). Sin embargo, los reformadores protestantes, a pesar de todo el bien que hicieron, en general siguieron la postura de Agustín en este punto. Y entonces apareció José Smith.
José estaba profundamente inmerso en la cultura y las suposiciones protestantes. Su hermano mayor murió dolorosamente en 1823. La pérdida fue desgarradora para José. El dolor fue aún mayor cuando el reverendo Benjamin Stockton dio a entender con bastante claridad en el funeral de Alvin que éste pasaría la eternidad en el infierno. José no podía reconciliar la bondad de Alvin, la doctrina del reverendo Stockton y un Dios justo y misericordioso.
Avancemos doce años hasta 1836. José ya sabía, gracias al Libro de Mormón, que los niños pequeños que mueren sin ser responsables no están condenados. Pero, aunque la doctrina de Stockton seguía sonándole terrible, aún no sabía que los adultos que mueren antes de aceptar el evangelio del Salvador no están automáticamente condenados. Teólogos sinceros y devotos, pero equivocados, habían causado este problema.
Si tú fueras el Señor Jesucristo, ¿cómo lo resolverías? ¿Cómo informarías a un mundo que ya había decidido lo contrario que tu gracia salvadora se extiende más allá de la muerte y salva a todos los que eligen abrazar tu evangelio? José ni siquiera había pensado en preguntar. Estaba tan condicionado por el protestantismo que ni siquiera era consciente de lo que no sabía. Entonces, ¿cómo abrir su entendimiento? ¿Cómo ayudarlo a descubrir algo que ignoraba por completo?
La respuesta fue mostrarle una visión del futuro y del cielo, asegurándose de que viera a Alvin allí. Eso lo hizo asombrarse y preguntarse: ¿cómo pudo Alvin pasar las puertas de fuego del reino de Dios? Una vez provocada intencionalmente la pregunta, vino la respuesta:
“Todos los que han muerto sin un conocimiento de este evangelio, quienes lo habrían recibido si se les hubiese permitido permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios; también todos los que de aquí en adelante mueran sin un conocimiento de él, quienes lo habrían recibido de todo corazón, serán herederos de ese reino, porque yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, conforme a los deseos de sus corazones” (DyC 137).
El deseo, y no la muerte, es lo que determina la salvación por medio de Jesucristo. Él salva a todos los que desean ser salvos por Él una vez que conocen esa buena noticia. El lado de la muerte en el que se encuentren no hace ninguna diferencia. Al eliminar la suposición de que la muerte determina la salvación, Jesús resolvió el problema soteriológico para José y para todos los demás. Ahora ya no hay conflicto entre las premisas.
Contexto adicional. Por Casey Paul Griffiths
Doctrina y Convenios 137 consiste en una visión dada a José Smith mientras estaba en el Templo de Kirtland el 21 de enero de 1836. La visión fue parte del derramamiento pentecostal que ocurrió en las semanas y meses previos a la dedicación del Templo de Kirtland en abril de 1836. La revelación vino después de que José Smith y la Presidencia de la Iglesia se reunieran en preparación para recibir la ceremonia de investidura tal como se practicaba en Kirtland. Como parte de esta preparación, los líderes de la Iglesia presentes se lavaron y perfumaron “en preparación para la unción con el aceite santo”. Al ponerse el sol, la Presidencia de la Iglesia se reunió con un grupo de líderes, incluyendo a los sumos consejos de Kirtland y Misuri. Oliver Cowdery registró que los miembros de la Presidencia fueron “ungidos con el mismo tipo de aceite y de la misma manera que lo fueron Moisés y Aarón, y aquellos que se presentaron ante el Señor en la antigüedad”.
El diario de José registró estos eventos de la siguiente manera: “Entonces tomé asiento, y mi padre ungió mi cabeza, y selló sobre mí las bendiciones de Moisés, para guiar a Israel en los postreros días, así como Moisés los guió en los días antiguos,—también las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob,—toda la presidencia puso las manos sobre mí y pronunciaron muchas profecías y bendiciones sobre mi cabeza, muchas de las cuales no mencionaré en este momento, pero como dijo Pablo, así digo yo: pasemos a las visiones y revelaciones”.
El diario de José entonces registra la visión que se encuentra en Doctrina y Convenios 137 y anotó: “Muchos de mis hermanos que recibieron esta ordenanza [la investidura de Kirtland] conmigo, también vieron gloriosas visiones,—ángeles les ministraron, así como a mí, y el poder del Altísimo reposó sobre nosotros, la casa se llenó con la gloria de Dios, y gritamos ¡Hosanna a Dios y al Cordero!”.
Aunque la visión fue registrada en el diario de José Smith en 1836, Doctrina y Convenios 137 es una adición relativamente reciente al canon de las Escrituras. Fue añadida formalmente a La Perla de Gran Precio el 3 de abril de 1976, bajo la dirección del presidente Spencer W. Kimball. El 22 de junio de 1979, la Primera Presidencia anunció que esta revelación sería trasladada a Doctrina y Convenios y designada como la sección 137 en la edición de 1981 de las Escrituras. Comentando sobre esta nueva adición al canon, el presidente Boyd K. Packer dijo: “Me sorprendió, y creo que a todos los Hermanos les sorprendió, lo casualmente que fue recibida por la Iglesia el anuncio de dos adiciones a las obras estándar. Pero viviremos para sentir su significado; se lo contaremos a nuestros nietos y bisnietos, y lo registraremos en nuestros diarios, que estuvimos en la tierra y recordamos cuando eso sucedió”.
No toda la visión fue incluida en el canon de las Escrituras. Una parte de la visión que se refería al Quórum de los Doce Apóstoles fue dejada fuera de la sección 137. Esta porción de la visión fue registrada en el diario de José Smith de la siguiente manera:
“Vi a los doce apóstoles del Cordero, que ahora están sobre la tierra [y] que poseen las llaves de este último ministerio, en tierras extranjeras, de pie juntos en un círculo muy fatigados, con su ropa desgarrada y sus pies hinchados, con los ojos bajos, y Jesús de pie en medio de ellos, y ellos no lo percibían; el Salvador los miró y lloró. —También contemplé al élder McLellin [William E. McLellin] en el sur, de pie sobre una colina rodeado de una gran multitud, predicándoles, y un hombre cojo estaba frente a él, sostenido por sus muletas; él las arrojó al oír su palabra, y saltó como un ciervo por el poder de Dios.
También al élder Brigham Young de pie en una tierra extraña, en el lejano suroeste, en un lugar desértico, sobre una roca en medio de unos doce hombres de color, que parecían hostiles. Él les predicaba en su propia lengua, y el ángel de Dios estaba de pie sobre su cabeza con una espada desenvainada en la mano protegiéndolo, aunque él no lo veía. —Y finalmente vi a los doce en el reino celestial de Dios,—también contemplé la redención de Sion, y muchas cosas que la lengua del hombre no puede describir en su totalidad.”
Doctrina y Convenios 137:1
“¿Qué quiso decir el Profeta al expresar: ‘mas si fue en el cuerpo o fuera del cuerpo, no puedo decirlo’?”
Las palabras del profeta José Smith reflejan una experiencia tan sublime que trasciende las fronteras entre lo físico y lo espiritual. Cuando dijo “mas si fue en el cuerpo o fuera del cuerpo, no puedo decirlo”, estaba describiendo un estado en el que el espíritu se eleva por encima de la percepción mortal, envuelto en la gloria de Dios, donde los sentidos terrenales ya no distinguen lo material de lo espiritual. Esta misma expresión fue usada por el apóstol Pablo al relatar su propia visión celestial (véase 2 Corintios 12:3), mostrando que las manifestaciones más sublimes de la divinidad suelen llevar al hombre a un plano donde la conciencia terrenal se disuelve en la luz del Espíritu.
El profeta explicó que todas las revelaciones divinas son dadas al espíritu del hombre, no a sus ojos naturales. En Enseñanzas del Profeta José Smith (pág. 440), enseñó que las verdades que Dios revela a Sus hijos lo hace “en lo abstracto”, independientemente del cuerpo mortal, pero con la certeza de que esas revelaciones espirituales se reflejan finalmente en la redención tanto del cuerpo como del alma. Así, lo espiritual y lo físico están ligados en el propósito eterno de Dios, aunque momentáneamente el cuerpo no pueda percibir lo que el espíritu contempla.
Esta experiencia no fue única de José. Moisés declaró que vio “por los ojos del espíritu” (Moisés 1:11, 28); Enoc habló de cosas que “el ojo natural no puede ver” (Moisés 6:36); y en la Primera Visión, según Orson Pratt, José fue arrebatado de las realidades naturales y “envuelto en una visión celestial”. En tales momentos, el hombre se encuentra en una esfera donde el Espíritu de Dios domina completamente la percepción, y la mente se abre a las cosas eternas.
El testimonio de José Smith nos enseña que las revelaciones de Dios no dependen de los sentidos mortales, sino del estado espiritual del corazón. Cuando el Espíritu Santo ilumina la mente, el alma puede “ver” y “comprender las cosas de Dios” aunque los ojos naturales no las perciban (véase D. y C. 76:12). Cada uno de nosotros puede tener vislumbres de ese mismo poder revelador cuando meditamos, oramos y buscamos sinceramente la verdad. El Señor puede elevar nuestra mente y corazón por encima del mundo material hasta hacernos sentir Su presencia, Su amor y Su luz. Así, aunque no veamos con los ojos del cuerpo, podemos comprender con los del espíritu que Dios vive y que Su gloria puede llenar nuestra alma aquí y ahora.
Versículos 1–4
La gloria y realidad del reino celestial
José Smith describe una visión sublime en la que se le abren los cielos y contempla el reino celestial. Tal como Pablo en el Nuevo Testamento, el Profeta confiesa no saber si la experiencia fue en el cuerpo o fuera del cuerpo, lo que subraya que las revelaciones de Dios trascienden los límites de lo físico y lo espiritual. El mensaje no depende del “cómo”, sino del “qué”: el reino de Dios es real y glorioso.
En esa visión, José ve la puerta del reino, semejante a un fuego resplandeciente. El fuego simboliza la pureza y la santidad que se requieren para entrar en la presencia de Dios. No cualquiera puede cruzar ese umbral: sólo quienes han sido santificados mediante Jesucristo pueden heredar esa gloria.
Más adelante contempla el trono de Dios, donde el Padre y el Hijo se hallan sentados en majestad. Esta imagen no solo confirma la doctrina restaurada de que ambos son seres distintos y glorificados, sino que también enseña que el reino celestial está bajo Su gobierno directo. El trono es símbolo de autoridad y de que todo el orden celestial emana de Ellos.
Finalmente, José describe las calles del reino como pavimentadas de oro. Este detalle, más que un lujo material, comunica que todo en ese lugar refleja perfección, eternidad e incorruptibilidad. El oro es símbolo de lo que no se corrompe ni se desgasta, una imagen poderosa de la vida eterna.
La visión de José Smith en los versículos 1–4 es una invitación a los santos a recordar hacia dónde conduce el discipulado: un reino glorioso, tangible y real, presidido por el Padre y el Hijo. El tema central es que el reino celestial es un lugar de gloria incomparable, accesible solo a los puros de corazón, y preparado por Dios mismo para Sus hijos fieles.
Doctrina y Convenios 137:2–3
“¿Por qué la presencia de Dios se describe como ‘llamas circundantes de fuego’?”
Cuando José Smith contempló la visión celestial del Reino de Dios, describió Su presencia como “llamas circundantes de fuego”, una imagen que expresa tanto la gloria indescriptible como el poder purificador del Ser Divino. El fuego, en las Escrituras, simboliza la luz, la santidad y la energía viviente de Dios. No es un fuego que destruye, sino que ilumina, santifica y refina. El profeta escribió que “Dios Todopoderoso vive en fuegos eternos; carne y sangre no pueden ir allí, pues la corrupción es devorada por el fuego” (Enseñanzas, pág. 456).
Esta descripción no es literal en el sentido físico, sino espiritual: el fuego representa la gloria celestial que emana de la naturaleza divina. José Smith explicó que la esencia de Dios es luz, fuego y gloria, la misma sustancia espiritual de la cual procede toda vida y todo poder (véase DyC 88:12–13). Por eso, Su presencia se manifiesta como una llama brillante que consume toda impureza. Así como el fuego refina el metal, la gloria de Dios purifica a quienes se acercan a Él.
El presidente Joseph Fielding Smith enseñó que un cuerpo celestial está lleno de tanta energía y poder espiritual que, si un ser mortal entrara en la presencia de Dios sin haber sido transfigurado, sería consumido por esa gloria. Es el fuego de la perfección divina —una energía viva que sostiene y llena el universo. Por eso, los profetas, al ver al Señor, son protegidos mediante la transfiguración o por el velo del Espíritu, que los prepara para contemplar lo que el ojo natural no puede soportar.
La imagen de Dios envuelto en fuego eterno enseña que la santidad no puede coexistir con la corrupción. Para morar en Su presencia, debemos permitir que ese “fuego” purifique nuestro corazón ahora: el fuego del Espíritu Santo que limpia, ilumina y transforma. Cada experiencia espiritual genuina es una pequeña llama de esa gloria eterna. Al vivir con rectitud y permitir que el Espíritu queme de nosotros el pecado y el egoísmo, nos acercamos a la naturaleza misma de Dios, hasta que Su luz sea también nuestra luz y Su fuego, nuestra gloria eterna.
Versículos 5–6
La esperanza de salvación para los justos que murieron sin el evangelio
En su visión del reino celestial, José Smith contempla a personajes clave de la historia sagrada: Adán, el primer hombre y cabeza de la familia humana; Abraham, el padre del convenio; y también a sus propios padres. La inclusión de estas figuras recalca que el plan de salvación es una gran cadena de generaciones unidas por las promesas de Dios.
En medio de esta gloriosa compañía, José ve a su hermano Alvin, quien había muerto años antes de que la Iglesia fuese organizada y, por lo tanto, nunca había recibido el bautismo ni las ordenanzas del evangelio. El Profeta queda maravillado al contemplarlo en el reino celestial, pues de acuerdo con la comprensión de aquel tiempo, las ordenanzas eran indispensables y no se concebía cómo alguien sin bautismo pudiera alcanzar la gloria suprema.
La visión de Alvin en el reino celestial anticipa y prepara la revelación sobre la obra vicaria por los muertos. Es un testimonio poderoso de que Dios no condena a quienes no tuvieron la oportunidad de recibir el evangelio en vida. Al contrario, su justicia y misericordia se combinan para que toda persona tenga la oportunidad de aceptar la salvación.
Los versículos 5–6 enseñan que el reino celestial no está reservado únicamente para quienes tuvieron acceso visible al evangelio en vida, sino también para aquellos que, como Alvin, vivieron rectamente y hubieran aceptado la verdad si se les hubiera presentado. El mensaje central es que Dios es perfectamente justo y misericordioso, y ha provisto un camino para que Sus hijos fieles alcancen la exaltación, aun si murieron sin el bautismo o las ordenanzas necesarias.
Versículos 1–6
Casey Paul Griffiths (erudito SUD)
La visión del 21 de enero de 1836 sobre el reino celestial fue una de varias visiones dadas en Kirtland en las que José Smith u otros vieron al Padre y al Hijo. El Padre y el Hijo también fueron vistos en visión en una conferencia de junio de 1831 celebrada en la granja de Isaac Morley, durante la visión del 16 de febrero de 1832 en la casa de John Johnson (DyC 76), en una reunión realizada el 18 de marzo de 1833 en la tienda de Newel K. Whitney y en otros lugares. Doctrina y Convenios 137 es única porque, junto con el Salvador, José también vio a su propio padre y madre, a su hermano fallecido Alvin, a Adán y a Abraham. La presencia del padre y la madre de José indica que se trataba de una visión del futuro, ya que ambos estaban vivos en 1836 y el padre de José se encontraba en la sala con él cuando se recibió la visión.
Alvin Smith fue el hermano mayor de José, quien falleció el 19 de noviembre de 1823. Según Lucy Mack Smith, Alvin enfermó cuando un médico le dio una dosis de calomelanos, la cual se alojó en su estómago y se volvió gangrenosa. Tras varios días de intenso dolor, Alvin llamó a los hijos de la familia Smith, dándoles a cada uno palabras finales de consejo. Cuando se dirigió a José Jr., le dijo: “Quiero que seas un buen muchacho, y que hagas todo lo que esté a tu alcance para obtener el registro—sé fiel al recibir instrucción y al guardar cada mandamiento que se te dé—tu hermano Alvin debe partir ahora, pero recuerda el ejemplo que ha dado y pon el mismo ejemplo para los hijos que son más jóvenes que tú—y sé siempre bondadoso con tu padre y tu madre.”
La visión del reino celestial que se encuentra en Doctrina y Convenios 137 se dio antes de que Dios revelara a José Smith que el poder de sellar hacía posible que individuos vivos se bautizaran en favor de los que habían fallecido. Pocos meses después, en el templo de Kirtland, Elías apareció a José y le dio “las llaves de esta dispensación” necesarias para efectuar esas ordenanzas. Más tarde José explicó que Elías “restauró la autoridad para unir a las familias para siempre en relaciones eternas que trascienden la muerte.” Aún pasaron varios años antes de que los principios relacionados con la obra vicaria por los muertos fueran plenamente revelados a José. Una vez que se revelaron las ordenanzas por los fallecidos, Alvin recibió las ordenanzas por poder, incluyendo el bautismo, la confirmación, la investidura preparatoria y la investidura. Alvin también fue sellado a su madre y a su padre, lo cual explica su presencia junto a ellos en el reino celestial en esta visión (DyC 137:5).
Doctrina y Convenios 137:7
“Todos los que murieron sin el conocimiento de este Evangelio, que lo habrían recibido si se les hubiera permitido permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios.”
En una visión en el Templo de Kirtland, el Profeta aprendió que la salvación está disponible para aquellos que murieron sin haber conocido el Evangelio en la mortalidad, pero que lo habrían aceptado. También aprendió que Dios conoce los corazones de todos los hombres y si habrían perseverado fielmente hasta el fin (DyC 137:8–9).
Los vivos no pueden descuidar sus responsabilidades en esta vida, esperando que otros realicen su obra cuando ellos hayan partido.
“Porque ésta es la vida en que el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios.”
(Alma 34:32).
También se le reconfirmó al Profeta una doctrina que ya había aprendido del Libro de Mormón: que los niños pequeños vivirán eternamente en la gloria celestial (DyC 137:10).
Estas benditas verdades son una evidencia perfecta de un Dios omnisciente y amoroso —que ninguna bendición ni oportunidad eterna será negada a quienes habrían aceptado el Evangelio.
Doctrina y Convenios 137:7 revela una de las verdades más misericordiosas y esperanzadoras del Evangelio restaurado: la justicia perfecta y el amor ilimitado de Dios en la salvación de Sus hijos. En una visión gloriosa en el Templo de Kirtland, el profeta José Smith contempló el reino celestial y aprendió que “todos los que murieron sin el conocimiento de este Evangelio, que lo habrían recibido si se les hubiera permitido permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios.” En esa revelación se disipa para siempre la idea de un cielo reservado sólo a quienes tuvieron la oportunidad terrenal de escuchar el Evangelio.
Dios no es parcial, ni Su juicio se basa en el azar de la geografía o del tiempo. Él es omnisciente: conoce los corazones, las intenciones y los deseos más profundos de cada ser humano. Sabe quién habría aceptado la verdad si se le hubiera presentado, y quién la habría rechazado. Por tanto, la salvación no depende de circunstancias fortuitas, sino de la disposición del corazón. Nadie será condenado por ignorancia involuntaria; nadie será privado de la oportunidad de aceptar el Evangelio eterno.
Esta visión confirma lo que el Libro de Mormón ya había enseñado: que Dios extiende Su misericordia tanto a los vivos como a los muertos, y que Su plan de salvación es universal en alcance, pero personal en aplicación. No hay almas olvidadas ni excluidas. Aun los que murieron sin escuchar el nombre de Cristo serán enseñados en el mundo de los espíritus, y si allí aceptan el Evangelio, podrán participar de todas las bendiciones del reino celestial gracias a la obra vicaria que se realiza en los templos del Señor.
Sin embargo, esta doctrina de esperanza no justifica la negligencia. Alma enseñó con claridad: “Esta vida es el tiempo para prepararse para comparecer ante Dios” (Alma 34:32). El plan de salvación no debe inspirar complacencia, sino consagración. Los que viven el Evangelio en la tierra no sólo se preparan para su propia exaltación, sino que también son llamados a colaborar en la redención de los muertos. Así, el amor de Dios se manifiesta en una obra que trasciende el tiempo y el espacio: los vivos ayudan a los muertos, y los muertos esperan con gozo la liberación que sólo las ordenanzas del sacerdocio pueden otorgarles.
En la misma visión, José Smith vio también a su hermano Alvin —quien había muerto antes de que la Iglesia fuera organizada— en el reino celestial. El Profeta se maravilló de verlo allí, pues Alvin no había recibido el bautismo. Entonces el Señor le enseñó esta doctrina sublime: “Yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, conforme al deseo de sus corazones” (DyC 137:9). Así, la visión se convirtió en una revelación de esperanza no sólo para Alvin, sino para toda la humanidad.
Además, el Señor confirmó una verdad profundamente consoladora: “Todos los niños pequeños que mueren antes de llegar a la edad de responsabilidad vivirán eternamente en el reino celestial” (DyC 137:10). En esas palabras se encuentra el bálsamo divino para millones de padres que han llorado la pérdida de un hijo. En el Evangelio restaurado, no hay cementerios perpetuos, sólo pausas temporales antes de los reencuentros eternos.
Esta revelación es la expresión más pura del amor de un Dios que no se complace en la condenación, sino en la redención. Su plan es amplio, justo y tierno; Su misericordia alcanza incluso a los confines del más allá.
El mensaje es claro: ningún alma sincera quedará sin luz, ninguna oportunidad justa será negada, y ningún corazón fiel será olvidado. Porque el Evangelio de Jesucristo es, en verdad, un Evangelio de esperanza universal, y el Dios que lo reveló es el Padre de todos, “un Dios de amor, de justicia y de misericordia perfecta.”
Doctrina y Convenios 137:5–8
“La salvación de Alvin, hermano de José Smith.”
La visión de Alvin Smith fue uno de los momentos más tiernos y reveladores del ministerio profético de José Smith. Desde joven, José había sentido un profundo amor y admiración por su hermano mayor, quien había sido un ejemplo de nobleza, fe y sinceridad. La muerte temprana de Alvin, en 1823, antes de que se restaurara la autoridad del sacerdocio o las ordenanzas del Evangelio, causó en José una angustia espiritual: ¿cómo podría salvarse alguien tan bueno que no había tenido oportunidad de recibir el bautismo?
En esta visión, el Señor respondió de manera sublime y universal. José vio a Alvin en el reino celestial, y con esa visión vino la revelación de un principio que cambiaría para siempre la comprensión cristiana de la misericordia divina: que “todos los que mueren sin conocimiento de este evangelio, que lo habrían recibido con todo su corazón” serán herederos del reino celestial (D. y C. 137:7). Esta doctrina reveló el alcance infinito del amor de Dios y la justicia perfecta de Su plan. Ningún alma será condenada por ignorancia; sólo el rechazo consciente de la verdad impide la exaltación.
El Señor mostró así que Su Evangelio es tanto para los vivos como para los muertos, y que la redención abarca ambos lados del velo. Este principio anticipó las posteriores revelaciones sobre la obra vicaria en los templos, donde los convenios y ordenanzas pueden ser efectuados a favor de quienes no tuvieron oportunidad de recibirlos en vida. Alvin, por tanto, se convirtió en símbolo de esperanza para toda la familia humana: el testimonio de que la misericordia de Dios trasciende el tiempo, la muerte y las limitaciones terrenales.
La visión de Alvin enseña que el plan de salvación es universal, justo y misericordioso. Nos invita a confiar en que Dios no olvida a ninguno de Sus hijos, y que Su gracia alcanza incluso a los que partieron sin conocimiento de Su Evangelio. También nos recuerda la sagrada responsabilidad de participar en la obra del templo y de historia familiar, para que las bendiciones de los convenios lleguen a todos los que “habrían recibido la verdad con todo su corazón”. Así como José halló consuelo al ver a su hermano en gloria, nosotros también podemos hallar esperanza en la promesa de un Dios que es perfecto tanto en justicia como en amor, y cuyo propósito eterno es “traer la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).
Doctrina y Convenios 137:5
“La salvación de Joseph Smith, padre, y de Lucy Mack Smith.”
En la visión celestial que José Smith recibió en el templo de Kirtland, no sólo contempló a su amado hermano Alvin en el reino celestial, sino también a sus padres, Joseph Smith, padre, y Lucy Mack Smith. Lo notable es que ambos aún vivían en la tierra: su padre incluso se hallaba en la misma habitación cuando el Profeta tuvo la visión. Esto demuestra que el Señor le permitió ver un acontecimiento futuro, una manifestación profética del destino eterno de sus padres.
Ver a su padre y madre en gloria debió de llenar a José de consuelo y gratitud. Ellos habían sido los pilares de su fe en la juventud, los que habían orado con él, apoyado su búsqueda espiritual y creído en su llamamiento profético. El Señor le mostró que esa fidelidad familiar sería recompensada eternamente. La visión enseñó que las relaciones familiares rectas trascienden la mortalidad y que la exaltación se disfruta en la unidad de los lazos eternos.
Además, este episodio revela un principio doctrinal profundo: Dios puede revelar el destino eterno de Sus hijos aun antes de que crucen el velo. En Su omnisciencia, Él ve el fin desde el principio y puede mostrar el cumplimiento glorioso de Sus promesas a aquellos cuya fe y fidelidad Él conoce. José Smith padre, que había sostenido la obra de su hijo con humildad y sacrificio, y Lucy Mack, cuyo testimonio maternal fortaleció a toda la familia, fueron dignos de esa visión profética de gloria celestial.
El ejemplo de los padres del Profeta enseña que la fe y el apoyo en la verdad dejan un legado eterno. Sus nombres no sólo están ligados al nacimiento de la Restauración, sino también a la promesa del reino celestial en familia. Al igual que José, todos podemos hallar esperanza en saber que el Señor conoce el fin desde el principio y que nuestras relaciones de amor y fidelidad pueden perpetuarse más allá de la tumba. Las familias que caminan juntas en fe, oración y obediencia serán unidas nuevamente en gloria, cumpliendo la promesa de que “la familia es ordenada por Dios y es esencial para Su plan eterno.”
Doctrina y Convenios 137:7–9
“¿En base a qué se juzgará al género humano?”
En estos versículos, el Señor revela uno de los principios más sublimes y consoladores del Evangelio: que el juicio divino se basa no solo en las obras externas, sino en los deseos del corazón. Dios no juzga por apariencias ni circunstancias, sino por la pureza de las intenciones y la sinceridad del alma. Aquellos que en la mortalidad no tuvieron oportunidad de recibir el Evangelio —por ignorancia, tiempo o lugar—, pero que habrían aceptado la verdad con fe y humildad de haberla conocido, serán contados entre los herederos del reino celestial.
Esta doctrina, revelada al profeta José Smith en la visión de la salvación de su hermano Alvin, muestra la perfecta justicia y misericordia de Dios. Nadie será condenado por lo que no pudo hacer, sino por lo que deseó sinceramente hacer. Para quienes han recibido la ley del Evangelio, su obediencia o desobediencia demuestra los verdaderos deseos de su corazón; para quienes aún no la han recibido, su disposición interior hacia la verdad determinará su aceptación cuando se les presente, ya sea en esta vida o en la venidera (véase Alma 41:3–7).
El plan de salvación es, por tanto, universal y equitativo: abarca a todos los hijos de Dios. La obra vicaria del templo —el bautismo por los muertos, las investiduras y los sellamientos— extiende los medios de salvación a aquellos que no tuvieron la oportunidad en vida, cumpliendo así el amor redentor de Cristo que busca “traer a todos a Él”.
El juicio de Dios no se basa en la suerte de nacer en cierto tiempo o nación, sino en la sinceridad del alma. Este principio nos invita a cultivar corazones puros, a desear el bien, y a dejar que nuestras acciones reflejen esos deseos justos. También nos llama a participar activamente en la obra del templo, para ofrecer a otros las mismas bendiciones que nosotros disfrutamos. En última instancia, la salvación no depende de cuántas oportunidades tuvimos, sino de cuán sinceramente deseamos seguir a Cristo. Porque el Señor “conoce los corazones de todos” (Hechos 1:24) y recompensará a cada uno según los deseos de su corazón (véase D. y C. 137:9).
Versículos 7–9
La revelación de la salvación de los muertos
En respuesta a la maravilla del Profeta al ver a Alvin en el reino celestial, el Señor mismo le habla y revela una doctrina gloriosa: todos aquellos que mueran sin conocer el evangelio, pero que lo hubieran aceptado con sinceridad si hubieran tenido la oportunidad, heredarán el reino celestial.
Con estas palabras, el Señor disipa la idea de que la salvación depende únicamente de las circunstancias terrenales. La visión aclara que Su juicio no se limita a lo que una persona logró recibir en vida, sino que toma en cuenta el deseo más íntimo del corazón y la disposición de la voluntad. Es un principio de justicia y misericordia perfectas: el evangelio debe ser ofrecido a todos, y nadie será condenado por no haber recibido algo que nunca estuvo a su alcance.
Además, el Señor establece que Su juicio será doble: por las obras —lo que hacemos en la medida de nuestro conocimiento— y por los deseos del corazón —la verdadera intención que guía nuestras acciones. Esto enseña que en la economía de Dios no basta con la apariencia exterior ni tampoco con excusas humanas; lo que importa es la autenticidad del corazón unido a la obediencia fiel.
Los versículos 7–9 revelan con claridad que el plan de salvación abarca a todos los hijos de Dios, sin importar el tiempo o las circunstancias en que vivieron. El evangelio es eterno y justo, y el Señor, con infinita misericordia, ha preparado la redención incluso para quienes nunca lo conocieron en vida. El mensaje central es que Dios juzga con justicia perfecta y misericordia infinita, considerando tanto las obras visibles como los deseos sinceros del corazón.
Versículos 7–9
Casey Paul Griffiths (erudito SUD)
La muerte de su hermano Alvin fue un acontecimiento decisivo en la vida de José Smith. Casi dos décadas después del fallecimiento de Alvin, José escribió acerca de la nobleza de su hermano y la tristeza que sintió por su muerte:
“Alvin, mi hermano mayor, recuerdo bien los dolores de tristeza que hincharon mi juvenil pecho y casi rompieron mi tierno corazón cuando murió. Era el mayor y el más noble de la familia de mi padre. Fue uno de los más nobles de los hijos de los hombres. ¿No habrá de ser su nombre registrado en este libro? Sí, Alvin; que se guarde aquí, y sea transmitido en estas páginas sagradas, por los siglos de los siglos. En él no había engaño. Vivió sin mancha desde que fue un niño. Desde el momento de su nacimiento, nunca conoció la frivolidad. Fue franco y serio y nunca quiso jugar; obedecía a su padre y a su madre, trabajando todo el día. Fue uno de los más serios de los hombres, y cuando murió, el ángel del Señor lo visitó en sus últimos momentos.”
Las verdades reveladas a José Smith en Doctrina y Convenios 137 brindan consuelo a todos los que han perdido a un ser amado. Dios, que lo sabe todo, toma en cuenta nuestro conocimiento y el estado de nuestro corazón antes del Juicio. Este sistema permite una misericordia perfecta y una justicia perfecta para todas las personas.
El medio por el cual los fallecidos pueden hacer convenios sagrados, como el bautismo, le sería revelado a José Smith años después. Pero en este momento, en 1836, lo único que necesitaba saber era que la puerta de la salvación seguía abierta para su hermano. La visión que tuvo José de Alvin en el reino celestial marcó un paso más en la comprensión de los Santos de los Últimos Días acerca de la conquista del Salvador sobre la muerte, un mensaje vital de la Restauración.
Esta breve visión nos permite comprender la misericordia de Dios y Su bondad infinita: nadie está perdido. Dios nos juzgará según los deseos de nuestro corazón.
Doctrina y Convenios 137:10
“Todos los niños que mueren antes de llegar a la edad de responsabilidad se salvan en el reino de los cielos.”
Pocas verdades del Evangelio son tan tiernas y consoladoras como esta revelación: todos los niños que mueren antes de la edad de responsabilidad son salvos en el reino celestial de Dios. Con esta declaración, el Señor puso fin a siglos de especulación teológica y de doctrinas humanas que causaron profundo dolor a los padres afligidos. A través del profeta José Smith, el cielo reveló la amplitud de la misericordia divina y la pureza del plan de salvación.
El élder Bruce R. McConkie enseñó que esta promesa es universal y absoluta: “Todos los niños” —sin distinción de raza, nación o credo— son salvos en Cristo mediante Su expiación. Ellos vienen al mundo limpios de pecado, sin la carga de la transgresión, y parten con la misma pureza con que llegaron. No necesitan arrepentimiento ni bautismo, pues nunca han caído espiritualmente. El sacrificio del Salvador los abarca plenamente, asegurando que “los niños pequeños viven en Cristo”.
En los días del Profeta, muchas iglesias enseñaban la doctrina cruel de que los niños no bautizados estaban condenados. Frente a esa creencia, la revelación de José Smith fue un rayo de esperanza: una afirmación de que Dios es justo, amoroso y compasivo, y que Su plan no excluye a los más inocentes de Sus hijos. Esta verdad confirmó la enseñanza del mismo Salvador: “De los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14).
Esta revelación consuela a todo padre que ha perdido a un hijo. No hay pérdida más dolorosa, pero tampoco hay promesa más dulce: esos niños están seguros en los brazos de Cristo, viviendo en gloria celestial, y sus padres fieles podrán ser reunidos con ellos por la eternidad. Nos enseña, además, que el Evangelio es un plan de amor perfecto, donde cada alma es juzgada con equidad y misericordia según la luz y la oportunidad que haya recibido.
Así, el Señor revela que Su justicia no es fría ni arbitraria, sino que está llena de ternura. En un mundo donde la muerte a veces llega demasiado pronto, esta doctrina es un bálsamo celestial: los niños son puros, viven en Cristo, y Él los ha recibido en Su reino. En palabras del élder McConkie: “Verdaderamente, es una de las partes más dulces y satisfactorias para el alma de toda la doctrina del Evangelio.”
Doctrina y Convenios 137:10
“Todos los niños que mueren antes de llegar a la edad de responsabilidad se salvan en el reino de los cielos.”
Esta revelación, recibida por el profeta José Smith, es una de las más tiernas y esperanzadoras de todas las Escrituras modernas. En ella, el Señor declara con absoluta claridad que todos los niños que mueren antes de la edad de responsabilidad —sin importar su raza, nación o circunstancias— se salvan en el reino celestial de Dios. En una época en que muchas doctrinas cristianas afirmaban que los niños no bautizados estaban condenados, esta verdad vino como un soplo de luz y consuelo, revelando el carácter justo y amoroso del Padre Celestial.
El élder Bruce R. McConkie enseñó que esta verdad resuena “en ecos eternos por el universo”: los niños pequeños viven en Cristo, son puros, no conocen el pecado ni la caída espiritual, y por lo tanto, la Expiación del Salvador los cubre plenamente. No necesitan bautismo ni arrepentimiento, porque nunca han sido responsables del pecado. Esta doctrina pone de manifiesto la perfección del plan de redención: el sacrificio de Cristo se extiende incluso a los más inocentes de los hijos de Dios, asegurando que nadie se pierda por causas fuera de su control.
El presidente Joseph Fielding Smith añadió que el Señor no privará a los niños que mueren de ninguna bendición de la exaltación. En la resurrección, crecerán hasta alcanzar la madurez de su espíritu y recibirán todas las ordenanzas y privilegios del reino celestial. Dios es justo y misericordioso, y no negará las bendiciones eternas por el hecho de que un alma haya sido llamada tempranamente a Su presencia.
El presidente Joseph F. Smith, por su parte, dio una de las promesas más conmovedoras del Evangelio: las madres que han perdido a sus hijos tendrán el gozo de criarlos en la eternidad, “hasta que alcancen la estatura completa de su espíritu”. Así, la muerte no separa a las familias, sino que las prepara para una reunión gloriosa bajo la promesa del sellamiento eterno.
También se nos enseña que estos niños nunca serán tentados por Satanás, ni en esta vida, ni en el mundo espiritual, ni después de la resurrección. Han sido preservados en pureza perfecta, libres del poder del adversario. Algunos, dijo José Smith, fueron llevados tempranamente “para librarlos de las angustias y maldades del mundo”, pues “eran demasiado puros y bellos para permanecer sobre la tierra”.
Esta doctrina llena de esperanza transforma el dolor en paz. Para los padres que han llorado la pérdida de un hijo, el Evangelio revela que esa separación es temporal y que esos pequeños están seguros en los brazos del Salvador. Nos enseña también que la justicia de Dios está acompañada de perfecta misericordia, y que Su amor abarca a cada alma, sin excepción.
Asimismo, nos invita a valorar nuestra propia oportunidad de estar aquí en la mortalidad. Los que hemos pasado la edad de responsabilidad permanecemos porque necesitamos ser probados, vencer el mal y alcanzar, por medio de Cristo, el mismo grado de pureza que los niños poseen naturalmente. La doctrina de Doctrina y Convenios 137:10 nos recuerda que el Evangelio de Jesucristo no es solo justo, sino infinitamente tierno; que el Dios de la eternidad no es un juez severo, sino un Padre amante que vela por cada uno de Sus hijos, y que promete un reencuentro glorioso con los que partieron antes de tiempo en el reino celestial de Su paz.
Versículo 10
La salvación segura de los niños pequeños
En la culminación de esta visión, José Smith contempla una verdad consoladora: todos los niños que mueren antes de llegar a la edad de responsabilidad son salvos en el reino celestial. Esta revelación corrige siglos de interpretaciones erróneas que habían llevado a muchos a creer en la condenación de los niños no bautizados. Frente a esas tradiciones, el Señor reafirma que Su plan de redención es perfecto y lleno de misericordia.
La declaración subraya la doctrina de la edad de responsabilidad: hasta que una persona alcance la madurez suficiente para distinguir entre el bien y el mal —lo que en la Restauración se ha definido como los ocho años— no se le imputa pecado. Los niños son inocentes ante Dios, y la expiación de Jesucristo los cubre plenamente.
Este principio también muestra la ternura del Padre Celestial hacia Sus hijos. En un mundo donde la muerte infantil era común, esta revelación brindó un consuelo inmenso a los padres y madres, asegurándoles que sus pequeños no se perdían, sino que eran recibidos en la gloria celestial.
El versículo 10 enseña que la misericordia de Cristo se extiende a los más vulnerables: los niños pequeños. El tema central es que la inocencia infantil está completamente cubierta por la expiación del Salvador, y todos los niños que mueren antes de la edad de responsabilidad heredan el reino celestial de Dios. Esta verdad no solo ilumina la doctrina, sino que también llena de esperanza y paz a quienes lloran la pérdida de un hijo.
Versículo 10
Casey Paul Griffiths (erudito SUD)
José Smith ya estaba al tanto de la doctrina de la salvación de los niños pequeños, en un sentido general, gracias a las enseñanzas de los profetas en el Libro de Mormón. Por ejemplo, Abinadí declaró: “Y los niños pequeños también tienen vida eterna” (Mosíah 15:25; véase también Mosíah 3:18). Varias otras revelaciones halladas en Doctrina y Convenios contienen enseñanzas semejantes (véase DyC 29:46; 45:58; 68:25–28; 74:7).
En un discurso de 1842 registrado por Wilford Woodruff, José Smith enseñó:
“El Señor se lleva a muchos incluso en la infancia, para que escapen de la envidia de los hombres, de las penas y males de este mundo presente[,] y eran demasiado puros y demasiado bellos para vivir en la tierra. Por lo tanto[,] si se considera correctamente, en lugar de llorar tenemos razón para regocijarnos, pues son librados del mal y pronto los tendremos de nuevo.”
Para José y Emma Smith, quienes perdieron a varios hijos antes de llegar a la edad de responsabilidad, la doctrina de la salvación de los niños pequeños debió de ser inmensamente reconfortante. La mayoría de las personas en los primeros días de la Iglesia vieron morir a muchos niños antes de alcanzar la edad de responsabilidad. Saber que sus pequeños los esperan en el reino celestial y que no se han perdido para siempre ha brindado consuelo tanto a los padres en la época de José y Emma como a los de nuestro tiempo.
Conclusión final
Dios es un Padre justo y misericordioso, que ha provisto un plan de salvación completo y universal. El reino celestial está preparado para todos Sus hijos que lo reciban de corazón, incluidos los que murieron sin conocer el evangelio y los niños inocentes, asegurando así la victoria de Su amor y justicia sobre la muerte y las limitaciones de la vida mortal.
La visión de José Smith en el Templo de Kirtland abre una ventana gloriosa hacia el reino celestial y revela doctrinas fundamentales que llenan de esperanza y sentido al plan de salvación. En ella se confirma que el cielo es un lugar real, glorioso y tangible, presidido por el Padre y el Hijo, donde los fieles herederos entrarán por la “puerta de fuego” y caminarán por calles de perfección.
La presencia de Adán, Abraham y de su propio hermano Alvin muestra que la exaltación no está limitada por las circunstancias mortales. Dios, en Su justicia y misericordia, juzga a cada persona según sus obras y los deseos sinceros de su corazón, ofreciendo la oportunidad de salvación incluso a quienes no recibieron el evangelio en vida. Esta visión sienta las bases para la doctrina de la obra vicaria en favor de los muertos y anticipa la revelación sobre el templo como medio de redención para toda la familia humana.
Finalmente, la declaración de que todos los niños pequeños que mueren antes de la edad de responsabilidad son salvos en el reino celestial revela el amor perfecto de Dios hacia Sus hijos y brinda consuelo eterno a los padres.
























