El Divino Sistema De Consejos

Capítulo 1

El Concilio De Los Cielos


Mi abuelo materno, Hyrum Mack Smith, era el hijo mayor del presidente Joseph F. Smith, sexto Presidente de la Iglesia. La muerte inesperada de mi abuelo en 1918, dos meses antes de cumplir cuarenta y seis años, fue motivo de gran tristeza para todos cuantos lo conocían y lo estimaban, particularmente su padre, el profeta. Sumido en el dolor causado por la pérdida de su querido hijo, el presidente Smith dedicó largo tiempo a fervientes oraciones y a la reflexión espiritual en busca de consuelo en los días posteriores al fallecimiento. Meditó especialmente en cuanto al plan divino de salvación eterna y sus ramificaciones en lo que atañe a cada uno de nosotros en esta vida y en la venidera.

El 3 de octubre de 19 18, pocos meses después de la muerte de Hyrum, el presidente Smith se hallaba sentado en su habitación “meditando sobre las  escrituras”  (D &C 138:1 ) cuando recibió una maravillosa visión. El presidente Smith tuvo la singular oportunidad de mirar más allá del velo y de ver algo de lo que aconteció en el mundo de los espíritus antes de esta vida, así como lo que va a suceder en la existencia que nos aguarda en el más allá.

Lo que él aprendió durante esa experiencia tan singular fue extraordinario. Por ejemplo, llegó a entender este importante concepto en cuanto a los primeros líderes de la Iglesia tales como su padre y su tío, Hyrum y José Smith, así como Brigham Young, John Taylor, Wilford Woodruff y otros: “Aun antes de nacer, ellos, con muchos otros, recibieron sus primeras lecciones en el mundo de los espíritus, y fueron preparados para venir en el debido tiempo del Señor a obrar en su viña en bien de la salvación de las almas de los hombres” (D&C 138:56 ).

Una de las lecciones principales que nuestro Padre Celestial nos enseñó en ese “mundo de los espíritus” fue la relacionada con la importante función de los consejos y de aconsejarnos mutuamente en el contexto del gobierno del Evangelio. Desde el principio mismo, Dios llevó a cabo Su obra por medio de un sistema de consejos.

El primer consejo del que tenemos referencia ocurrió antes de que fuera creado el mundo en el cual vivimos, y se verificó en un lugar en el que todos nosotros hemos estado pero que no podemos recordar. Dios, nuestro Padre Celestial, fue la autoridad presidente en esa reunión tan significativa. A Su lado estaba Su primogénito, Jehová, a quien ahora conocemos como Jesucristo. No sabemos exactamente cómo fue dirigido este Concilio de los Cielos, ni el proceso que se siguió. Aun cuando nos referimos al Concilio de los Cielos como un consejo único, es posible que se hayan efectuado varias reuniones en las que se enseñó el Evangelio, se preordenó a profetas y a otros, y se hicieron asignaciones a varias personas. El presidente Joseph Fielding Smith hizo la siguiente declaración sobre los consejos en la vida premortal: “Cuando llegó el momento de ser avanzados en la escala de nuestra existencia y de pasar por esta probación terrenal, se realizaron concilios y  los hijos espirituales recibieron instrucción en cuanto a los asuntos relativos a las condiciones de este estado mortal y en cuanto a la razón de tal tipo de existencia” (Doctrina de Salvación, 1:54).

Sabemos que en determinado momento del proceso, se anunció el plan que nuestro Padre Celestial tenía para el gozo y el progreso eternos de Sus hijos e hijas. Como participantes en ese evento, se nos concedió el privilegio de aceptar o rechazar el plan según fue propuesto, y estoy seguro de que prestamos cuidadosa atención al tratarse temas tales como la creación del mundo, la caída de Adán y Eva, la Expiación, la Resurrección y el Juicio Final (véase “Council in Heaven,” en Ludlow, Encyclopedia of Mormonism, 1:328-29). Nos regocijamos (véase Job 38:7) al pensar en la vida mortal y en su promesa y sus posibilidades, aun cuando es posible que nos haya preocu- pado la probabilidad de fracasar.

Sabemos que Satanás intentó enmendar el plan a fin de exaltarse a sí mismo por encima de Dios (véase Moisés 4:1; Isaías 14:12-14). Puesto que el tema del albedrío era crucial en el plan de nuestro Padre (véase D&C 29:35; Moisés 4:1,3) y debido a que escogió a Su Hijo Amado, quien se había ofrecido para ser el Redentor (Moisés 4:2), Lucifer se rebeló y pasó a ser Satanás, y persuadió a una tercera parte de las huestes celestiales para que lo siguieran. Entonces sobrevino lo que se conoce como la Guerra en los Cielos, a consecuencia de la cual los espíritus rebeldes fueron expulsados (Moisés 4:3-4; Abraham 3:28).

Claro que no tenemos conocimiento de todo cuanto aconteció durante ese consejo premortal, pero si nos basamos en lo que sí conocemos, la manera en que nuestro Padre Celestial administró el Concilio de los Cielos ilustra detalladamente varios principios clave en cuanto a la forma de tomar decisiones por medio de los consejos.

EL LÍDER EFICIENTE TIENE VISIÓN

Ante todo, como líder del consejo, Dios se presentó con un plan. A pesar de que es cierto que nuestros consejos terrenales se pueden usar eficazmente para trazar planes de acción, también es verdad que el líder debe presentarse ante el consejo con, por lo menos, una cierta visión. No es necesario que esa visión ofrezca cada detalle de lo que queremos hacer. Pero si el consejo ha de adoptar decisiones relevantes, el líder tiene que saber en qué dirección tenemos que encaminarnos y qué es lo que queremos que suceda. Sin ese liderazgo y sin esa visión clara, ¿cómo sabrá el consejo si se ha tomado o no una decisión apropiada?

Cuando un líder en la Iglesia inspira a los miembros de un consejo con visión, les ayuda a concentrarse en su verdadera misión a fin de que ayuden a la gente en vez de limitarse a administrar programas. Al mismo tiempo, este enfoque crea un poderoso espíritu de equipo que contribuye a la buena relación de trabajo entre quienes integran el consejo.

La visión es un ingrediente imprescindible en estos procesos. ¿Por qué fue la reacción de Nefi en cuanto al deseo de su padre de seguir la guía del Señor y conducir a su familia al desierto, tan diferente de la de sus hermanos mayores, Lamán y Lemuel? ¿Se debió acaso al hecho de que Nefi acudió al Señor en oración y le pidió que le concediera  un testimonio o visión personal de lo que el Señor le había indicado a Lehi, su padre? “Y sucedió que yo, Nefi, siendo muy joven todavía, aunque grande de estatura, y teniendo grandes deseos de conocer los misterios de Dios, clamé por tanto al Señor, y he aquí que él me visitó y enterneció nri corazón, de modo que creí todas las palabras que mi padre había hablado; así que no me rebelé en contra de él como lo habían hecho mis hermanos” (1 Nefi 2:16). Nefi procuró su propia visión y como resultado de ello se enterneció su corazón. Recibió una visión clara del lugar al que se dirigía su familia y así estuvo en condiciones de comprometerse a seguir al Señor. Como lo explicó Salomón: “Sin [visión]’ el pueblo se desenfrena” (Proverbios 29:18).

Casi universalmente, la gente se muestra más motivada cuando percibe un cierto propósito en lo que se tiene que hacer y se siente parte de una causa mayor. Es el privilegio y al mismo tiempo la responsabilidad de los líderes ofrecer a aquellos a quienes dirigen una visión clara y profunda.

Nota del traductor: En la versión de la Biblia en español se lee °Sin profecía el pueblo se desenfrena,” mientras que en inglés se usa el término visión. A fin de preservar la regularidad de la terminología empleada por el autor dentro de este contexto en particular, se decide usar la traducción directa de la palabra del inglés entre corchetes.

EL LÍDER EFICIENTE ESTIMULA A LA LIBRE EXPRESIÓN

Segundo, el Concilio de los Cielos permitió que se presentaran diferentes planes. Lo que Satanás propuso a los allí reunidos era muy diferente del plan de nuestro Padre Celestial. Obviamente los argumentos esgrimidos por Satanás fueron persuasivos ya que muchos de nuestros hermanos y hermanas en el espíritu escogieron seguirle. Del mismo modo, nuestros consejos deben siempre dedicar tiempo a tratar y a considerar diferentes puntos de vista. No siempre estaremos de acuerdo con lo que digan otras personas, pero todos nos beneficiaremos con la oportunidad de expresar  nuestro parecer y de considerar opiniones o enfoques sobre un determinado problema, que tal vez sean diferentes del nuestro.

Tales experiencias, sin embargo, recalcan la necesidad de que los líderes estén preparados mental, emocional y espiritualmente y que de antemano consideren el asunto detenidamente y por medio de la oración, a fin de establecer la visión mencionada anteriormente. Un aspecto significativo del manto de liderazgo, particularmente en lo que se refiere a la autoridad presidente, es el privilegio y la responsabilidad de trazar el curso que habrán de seguir aquellos que estén dentro de su mayordomía, indicando claramente la dirección en la que el consejo debe encaminarse.

EL LÍDER EFICIENTE RESPETA EL DON DEL ALBEDRÍO

Otro importante principio que observamos en el Concilio de los Cielos es que todos los miembros de ese consejo tenían el preciado don del albedrío. Esas deliberaciones no fueron un ejercicio en compulsión ni un estudio en dominio aunque bien se podría afirmar que de todos los consejos jamás llevados a cabo, éste fue dirigido por el líder más digno de ser investido con la más absoluta autoridad. Más bien, éste fue un ejercicio en albedrío. Al tomar en consejo estas decisiones eternas tan significativas, nuestro Padre Celestial ofreció la máxima demostración de cómo la más libre y amplia expresión de ideas, en combinación con un liderazgo visionario, comúnmente genera buenas decisiones. Aun cuando  la libertad generalmente trae aparejados ciertos riesgos, desafíos y responsabilidades, también brinda un poder enorme a aquellos que deciden emplearla con prudencia. Y también da a todos cuantos tengan tal derecho, un cierto grado de propiedad sobre las decisiones del consejo, experiencia que ha demostrado ser vital en el funcionamiento exitoso de todo consejo. Nadie puede quejarse de no haber entendido o de no haber tenido la oportunidad de participar.

Si bien el Concilio de los Cielos nos ofrece una excelente muestra del gobierno del Evangelio ejercido a través de consejos mayores (tal como consejos de barrio y sumos consejos  de  estaca),  hay  otro  consejo  premortal  que  nos enseña importantes lecciones en cuanto a la forma de trabajar con grupos más pequeños y más íntimos (como presidencias y obispados). En la Perla de Gran Precio se nos enseña que un consejo de Dioses, operando bajo la dirección de nuestro Padre Celestial, trabajó en forma conjunta para crear físicamente el mundo en el cual vivimos: “Entonces el Señor dijo: Descendamos. Y descendieron en el principio, y ellos, esto es, los Dioses, organizaron y formaron los cielos y la tierra” (Abraham 4:1).

Durante todo el proceso de la creación, este consejo trabajó en estrecha relación, recibiendo instrucciones específicas de Dios, llevándolas a la práctica cuidadosamente y volviendo para dar el informe de su progreso y para recibir instrucciones adicionales. Cuando llegó el momento de crear al hombre, Abraham nos dice que “los Dioses tomaron consejo entre sí” en cuanto a la manera en que esto habría de hacerse. Entonces “dijeron: Descendamos y formemos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y le daremos dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre el ganado y sobre toda la tierra y toda cosa que se arrastra sobre la tierra” (Abraham 4:26).

Reservaremos la mayor parte de nuestro análisis de las deliberaciones de presidencias, obispados y otros consejos menores para el capítulo 6. Pero ahora vamos a considerar varios principios puestos de manifiesto por el consejo de la Creación, siendo que ellos se aplican a los líderes de la Iglesia y a los consejos a todos los niveles.

EL LÍDER EFICIENTE DA INSTRUCCIONES CLARAS Y PRECISAS

Extendido el llamamiento a una nueva presidenta de la Primaria, quien estaba en ese momento considerando los nombres de sus posibles consejeras.

El presidente de la estaca quedó atónito. “Yo no quería que se relevara a la presidenta de la Primaria”, dijo. “¡Simplemente consideré que era un buen momento para cambiar a sus consejeras y tal vez a algunas otras hermanas miembros de la mesa directiva!” .

Si tan sólo se hubiese comunicado claramente con su consejero, ese buen presidente de estaca habría evitado una situación extraordinariamente incómoda. Lo que es más, el segundo consejero tendría que haber aclarado su asignación ante su líder en vez de sacar conclusiones propias de lo que debía hacer en ese caso. Por lo menos en ese asunto, la comunicación entre los miembros de esa presidencia de estaca dejó bastante que desear.

EL LÍDER EFICIENTE TRABAJA EN ETAPAS

El relato de la Creación ofrece importantes lecciones a quienes sirven en obispados y en otros consejos de presidencia. A oficiales tales como presidentes y obispos, la Creación bosqueja tres elementos de liderazgo a ser logrados por medio de un consejo. Primero, adviértase cómo nuestro Padre Celestial dio instrucciones claras y precisas. Envió a Sus representantes escogidos con una expectativa bien definida y después les permitió escoger la mejor manera de encargarse de los detalles.

Un presidente de estaca a quien conozco aprendió por dura experiencia la importancia de emitir instrucciones precisas. Durante una reunión de presidencia de estaca, le mencionó a su segundo consejero que creía que había llegado el momento de reorganizar la presidencia de la Primaria de la estaca. El consejero estuvo de acuerdo y quedó a la espera de instrucciones más específicas. Al no recibirlas, dio por sentado que el presidente quería que él actuara correspondientemente. En la siguiente reunión de presidencia de estaca, el consejero informó que había.

La segunda lección en liderazgo que la Creación enseña a presidentes, obispos, líderes de grupo y padres, tiene que ver con la naturaleza detallada de las instrucciones dadas por Dios. Él no dijo a los miembros de Su consejo: “Id y cread un mundo”. Aun cuando tenía una visión completa de lo que que- ría que se lograra, llevó a Su consejo por el proceso paso a paso, dándole amplia oportunidad de informar, de asesorarse y de poner en práctica las instrucciones recibidas.

Un obispo conocido mío comprendió, inmediatamente después de haber sido llamado, que su desafío más grande iba a ser el programa del Sacerdocio Aarónico del barrio. No solamente era ésa su responsabilidad más apremiante, según el divino mandato, sino que constituía un problema particular en su barrio, debido a circunstancias muy especiales por las que ese programa estaba atravesando. A1 reunirse con sus consejeros por primera vez en calidad de obispado, dedicaron bastante tiempo a analizar la situación.

“Temo que ya hayamos perdido a algunos de esos jóvenes”, dijo uno de los consejeros.

“Y a los que están asistiendo a las reuniones de la Iglesia no les va a agradar mucho la idea de hacer algo más de lo que han estado haciendo en la noche de actividades”, comentó el otro.

El obispo había estado orando y reflexionando detenidamente en cuanto a esta importante responsabilidad desde el momento en que le habían confiado el llamamiento, y tenía una visión bastante clara de lo que era necesario hacer. Pero también sabía que no se podría lograr todo de una sola vez, así que el nuevo obispado empezó a avanzar en etapas.

“¿Quién es el líder del sacerdocio del barrio más apto para trabajar con los jóvenes?” preguntó el obispo.

Los dos consejeros inmediatamente nombraron a un her- mano que en ese momento estaba sirviendo en un llamamiento de estaca. El obispo lo consideró por un momento y sintió que, efectivamente, ésa era la persona indicada.

“¿No creen que sería un excelente asesor del quórum de diáconos?” preguntó el obispo.

“Claro que sí”, respondió el primer consejero. “Sería excelente para cualquier cargo al que se le llame. Pero en el caso de que la estaca apruebe su llamamiento para trabajar en el barrio, ¿no cree que sería mejor llamarlo como presidente de los Hombres Jóvenes, para que se encargue de la totalidad del programa?”

“Hermanos”, dijo el obispo, “nosotros somos la presidencia del Sacerdocio Aarónico del barrio. Si alguien tiene que `encargarse’ del programa, debemos ser nosotros. Pero si es que vamos a reestructurar el programa, tenemos que hacerlo desde los cimientos hacia arriba; y a mí me da la impresión  que  eso  implica  empezar  con  el  quórum  de diáconos más firme que sea posible”.

Los consejeros sintieron que había sabiduría en lo que estaba diciendo el obispo. El presidente de estaca estuvo de acuerdo con relevar al hermano en cuestión para que sirviera en el barrio y en poco tiempo aquella unidad contaba con un excelente quórum de diáconos. Con el tiempo, el éxito se fue expandiendo hacia el quórumes de maestros y el de presbíteros. Para cuando el obispo fue relevado, todos los que unos años antes eran diáconos, estaban listos para salir en una misión, y el barrio tenía uno de los mejores programas del Sacerdocio Aarónico de la estaca y, posiblemente, de toda la Iglesia. Eso sucedió, en parte, porque el obispo comprendió el proceso de trabajar en etapas. Es interesante advertir que la totalidad del programa del Sacerdocio Aarónico mejoró como resultado del ejemplo de aquel sobresaliente quórum de diáconos.

EL LÍDER EFICIENTE DELEGA

La tercera lección que presidentes, obispos, líderes de grupo y padres pueden aprender del consejo de la Creación es que nuestro Padre Celestial no hizo todo Él solo aun cuando bien habría podido hacerlo. En su condición de Dios, tenía toda la autoridad y el poder necesarios para crear el mundo, y sin duda Él era quien tenía la visión completa del proyecto. Pese a ello, decidió delegar responsabilidades, pidiendo informes regulares para asegurarse de que todo se estaba haciendo debidamente.

¿Por qué haría Él tal cosa, especialmente cuando tal vez habría sido más rápido y más eficaz que Él lo hubiera hecho por Sí mismo? En mi opinión, una de las razones por las que lo hizo así fue para establecer un modelo que nosotros pudiéramos seguir. Al delegar una obra tan importante como lo fue la de crear la tierra, no nos dejó demasiado margen para justificar nuestra sobrestimación personal cuando no estamos dispuestos a delegar tareas correspondientes a nuestros llamamientos y oficios en la Iglesia.

Recientemente oí el caso de una nueva presidenta de la Sociedad de Socorro quien decidió que tenía que visitar personalmente a cada hermana del barrio en el día de su cumpleaños. Después decidió que debía entregarles una tarjeta de felicitación. Luego decidió que debía acompañar la tarjeta con una hogaza de pan casero, el cual ella misma hornearía. Después decidió que el pan y la tarjeta debían estar envueltos en un paño que ella misma bordaría. Y al fin decidió que el obsequio no estaría completo a menos que fuera acompañado por un frasco de conservas caseras.

Tras pocos meses de llevar a cabo sus entregas, esa buena hermana fue a ver al obispo para pedir que se la relevara. “Es demasiado trabajo”, le dijo. “No me es posible hacerlo”.

No le llevó mucho tiempo al obispo llegar al fondo del problema. “El obsequio de cumpleaños es una buena idea”, dijo, “pero quizás necesite un poco de ayuda”. El obispo le explicó que había ciertas tareas que únicamente ella debía atender, pero que todas las demás podían ser delegadas. Juntos encontraron la manera de dar a varias hermanas la oportunidad de participar en una versión un tanto menos exigente del proyecto de los cumpleaños, abriendo puertas de hermanamiento y servicio a algunas mujeres que necesitaban desesperadamente ese tipo de participación. Por medio de la delegación, la presidenta encontró la forma de concretar la idea que había concebido sin tener que invertir todo su tiempo y energía.

Tanto los presidentes como los obispos deben dar su máxima prioridad y atención a aquellos asuntos de los que solamente ellos tienen la autoridad de encargarse, dejando en manos de otras personas- consejeros y miembros de consejos las tareas que éstos puedan efectuar. Cualquier líder que se vea atrapado en una interminable lista de detalles, corre el riesgo de socavar la eficacia de su ministerio.

Existe otra razón por la cual es bueno delegar, y es la de preparar líderes para el servicio futuro. Una de las evidencias más importantes del liderazgo eficaz es el número de hermanos y hermanas que están listos para cumplir con las responsabilidades que se les asignen.

El antiguo patriarca bíblico Jetro dio sabios consejos a su yerno, Moisés, cuando el anciano visitó a la familia de su hija y vio las constantes demandas que el pueblo hacía pesar sobre su profeta. “No está bien lo que haces”, le dijo Jetro a Moisés. “Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo” (Éxodo 18:17-18).

Entonces Jetro le enseñó a su yerno cómo delegar una porción de sus responsabilidades a otras personas. No sólo que esa delegación haría las cosas más llevaderas para Moisés, dijo Jetro, sino que también sería una bendición para quienes servían junto a él, pues ellos compartirían la carga (véase Éxodo 18:22). Cuando uno comparte una carga, ésta se vuelve más real y más ferviente. Resulta difícil sentir interés en asuntos hacia los cuales uno no tiene ninguna responsabilidad o que no afectan nuestra vida de una manera significativa. Por esa razón el consejo de Jetro a Moisés se aplica también a los líderes de hoy.

EL LÍDER EFICIENTE DA UN BUEN EJEMPLO DE ESFUERZO PERSONAL

En el consejo de la Creación también hay lecciones para quienes sirven como consejeros; lecciones que se refieren a la importancia de escuchar, de seguir instrucciones detenidamente y de “regresar y dar informe.” Pero tal vez el principio más básico ilustrado por aquellos que cumplieron con las instrucciones de nuestro Padre Celestial durante la Creación, fue el principio de “vayamos y hagamos.”

Cuando Dios le dijo a Jehová que efectuara ciertas tareas creadoras, Él no respondió diciendo: “vamos a ver” o “trataremos” o “buscaremos algo de tiempo entre todo lo que tenemos para hacer”. Más bien, Él simple y firmemente dijo: “Descendamos . . . “ (Abraham 4:1). Su actitud indicó que estaba ansioso por hacer lo que el Padre le pidiera, en vez de sentarse a hablar del asunto. “No puedo yo hacer nada por mi mismo”; dijo el Señor, “ . . . porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Juan 5:30).

El Señor fue ejemplo de esa actitud durante toda Su vida mortal. Aun de niño Él entendió la importancia de “ir” y de “hacer”. Cuando se separó de Su familia durante un viaje de Jerusalén a Nazaret, Sus padres finalmente lo encontraron en el templo, “sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles.
“Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas.
“Y cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia.
“Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2:46-49).

Durante todo Su ministerio Jesús enseñó a quienes le seguían en cuanto a la importancia de hacer. Al final de la parábola del buen samaritano, en la cual se resalta el valor de hacer por sobre creencias y promesas vanas, el Señor preguntó al que le escuchaba: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? “El dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:36- 37; énfasis agregado).

En otra ocasión, les recordó a quienes le seguían: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21; énfasis agregado). Y aun en el momento en que contemplaba el doloroso fin de Su jornada terrenal, resaltó Su mensaje de resolución eterna hacia la voluntad de Dios con esta humilde declaración de obediencia: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Nuestros profetas de los últimos días son muy bien conocidos por frases tales como: “Emprendamos la marcha”, “hazlo” y “hazlo ya”. Yo he oído al presidente Gordon B. Hinckley decir que el único método que él conoce de hacer las cosas es, primero, arrodillarse y orar y después, ponerse de pie y hacer lo que se deba hacer. Ese deseo impetuoso de “ir” y “hacer” la voluntad del Señor ha sido la característica distintiva de nuestros profetas presidentes durante toda su vida.

Por cierto que “ir y hacer” no siempre resulta fácil ni conveniente. A veces requiere algo de sacrificio de nuestra parte; sacrificio de tiempo, de energía o de voluntad personal. Pero casi siempre es digno de cualquier esfuerzo que hagamos,  especialmente si tiene que ver con seguir  las instrucciones de inspirados líderes de consejo de ir y traer almas a Cristo.

EL LÍDER EFICIENTE ENSEÑA POR
MEDIO DEL PRECEPTO Y EL EJEMPLO

Nadie puede poner en tela de juicio el grado de dedicación del Señor al concepto de los consejos. En dos ocasiones en tiempos antiguos Él organizó personalmente Su Iglesia en la tierra, y las dos veces le proveyó consejos rectores. Tanto en la Tierra Santa del Nuevo Testamento como en la tierra prometida del Libro de Mormón, dedicó una considerable cantidad de tiempo a enseñar y a capacitar a Sus consejos y a los líderes de éstos, y después les envió a compartir con otras personas lo que habían aprendido. Aun cuando las circunstancias que rodearon esas dos experiencias fueron diferentes, tienen, por lo menos, dos elementos esenciales en común que hablan de la administración ejemplar de los consejos por parte del Señor.

Primero, enseñó a sus antiguos consejos detenidamente – por medio del precepto y del ejemplo. Les enseñó cómo orar y después oró con ellos y por ellos. Les enseñó cómo administrar el sagrado sacramento de la Cena del Señor y después bendijo el pan y el vino y se los dio. Les dijo cómo usar la autoridad del sacerdocio para bendecir la vida de otras personas, y después empleó Su propia autoridad para efectuar milagros entre ellos. Próximo al fin de Su ministerio terrenal, Jesús celebró la fiesta de la Pascua en compañía de Sus amados discípulos. Aun cuando se enfrentaba a los momentos culminantes de Su vida mortal, cargados de dolor y sufrimiento, Su atención estaba centrada en aquellos que le seguían. Después de la fiesta, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó.

Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.
Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies?
Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.
Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.
Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza . . .
Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho?
Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.
Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavarás los pies los unos a los otros.
Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.
De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió.
Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis (Juan 13:4-9, 12-17).

¡Oh, si los líderes de consejos pudieran captar el valor del servicio mutuo tal como lo enseña este poderoso ejemplo del Señor!

EL LÍDER EFICIENTE SIRVE CON AMOR

Segundo, Él amó a quienes sirvieron con Él en los consejos. “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado,” les dijo a Sus Apóstoles (Juan 15:9). Después añadió: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:12).

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34-35).

Es imperativo que todos cuantos servimos juntos en el reino de Dios lo hagamos cimentados en el amor: amor hacia el Señor, amor hacia la obra y amor los unos por los otros. No importa cuán intenso sea nuestro esfuerzo ni con cuánto tesón nos ciñamos a los manuales y a las pautas; si no nos amamos verdaderamente los unos a los otros, no tendremos la capacidad de transmitir el poder pleno del Evangelio de amor.

Y no puedo menos que creer que nuestros miembros se sentirán más inclinados a buscar el consejo de líderes en los que puedan percibir amor sincero. Los milagros parecen seguir a los líderes de la Iglesia que son motivados por un profundo sentimiento de amorosa dedicación para con las personas a quienes presiden.

Al viajar por todas partes en la Iglesia, he advertido que las congregaciones de diferentes estacas tienden a reflejar la actitud de sus líderes. El mismo espíritu de amorosa hermandad y cooperación que se percibe entre los miembros de la presidencia de estaca, parece inevitablemente hacerse presente en las reuniones. Lamentablemente, también se da lo opuesto.

“Amados”, escribió el Apóstol Juan, “amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios.
“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.
“En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.
“Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros” (1 Juan 4:7-11).

Un barrio con el que estoy familiarizado experimentó un gran incremento en la asistencia de los miembros menos acti- vos cuando un nuevo obispo decidió dedicar diez minutos de cada reunión de consejo de barrio a analizar maneras en que los miembros del consejo pudieran extender una mano fraternal a quienes estuvieran espiritual o temporalmente necesitados. Bajo la dirección de ese compasivo obispo, se hicieron asignaciones de hermanamiento, combinando personas con intereses comunes. Durante un período de tres años, a medida que los miembros del consejo demostraron amor y consideración hacia las personas con quienes estaban trabajando, más de diez familias se reactivaron.

LA GRAN DIFERENCIA

Desde el principio, entonces, “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” Juan 3:16). En aquellos consejos de la vida premortal se nos dio la oportunidad de venir a la tierra a trabajar en pos de nuestra salvación a través de la gracia y el amor de nuestro Señor Jesucristo.

Con el amor de Cristo que emana de todos los consejos de la Iglesia y se extiende por los quórumes, las organizaciones auxiliares, los barrios y las estacas, se puede marcar una gran diferencia en nuestra vida y en la vida de los miembros de nuestra familia, así como en la de todos los hijos de nuestro Padre Celestial. Y el marcar esa gran diferencia es, después de todo, la gran misión de los consejos de la Iglesia, que tienen sus orígenes en los concilios celestiales de los que fuimos testigos y participantes en nuestra vida premortal.

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