El Divino Sistema De Consejos

Capítulo 2

Los Consejos
Generales De La Iglesia


A fines de junio de 1829, se verificó una importante transición en la historia de la restauración del Evangelio de Jesucristo. Tras completar la traducción del Libro de Mormón, José Smith invitó a su familia a ir con él a la casa de Peter Whitmer en Fayette, estado de Nueva York, donde, por primera vez, se les permitiría leer aquel texto que por muchos meses había acaparado toda su atención.

Apenas llegaron a Fayette, el pequeño  grupo compuesto por José, sus padres, Martin Harris, Oliver Cowdery y David Whitmer, empezó a leer el manuscrito. “Nos regocijamos sobremanera”, escribió sobre aquella ocasión Lucy Mack Smith, la madre de José. “Nos pareció a aquellos de nosotros que no comprendíamos la magnitud de la obra, que la parte más difícil había quedado atrás” (Smith, History of Joseph Smith by His Mother, 151).

A pesar de que José Smith apenas comenzaba el largo y arduo proceso de la Restauración, estaba listo para recibir algo de ayuda. Aun cuando había muchos que creían en él y que apoyaban sus esfuerzos, a veces poniendo mucho a riesgo, no se llamó a nadie para compartir la carga de la enorme mayordomía que había sido depositada sobre los hombros del profeta. Durante los nueve años anteriores, él había estado prácticamente sólo en su trabajo y en su testimonio.

Es por eso que debe haber sido con enorme expectativa que José decidió hablar con Martin Harris durante los servicios espirituales que el grupo llevó a cabo en la mañana siguiente al día que regresó de Fayette. Le dijo: “Martin Harris, tienes que humillarte ante Dios en este día, a fin de poder obtener perdón por tus pecados. Si lo haces, es la voluntad de Dios que veas las planchas, en compañía de Oliver Cowdery y David Whitmer”.

Lucy Mack Smith, quien estaba presente esa mañana, dijo: “Aquellas palabras fueron declaradas con una solemnidad que hasta este día, cuando me vuelven al recuerdo, me corre una viva emoción por todo el cuerpo” (ibíd., 152).

De acuerdo con la revelación, el Señor le mandó a José que llamara a Martin Harris, a Oliver Cowdery y a David Whitmer para ser testigos especiales del Libro de Mormón para que mi siervo José Smith, hijo, no sea destruido, para que en esta obra realice yo mis propósitos justos para con los hijos de los hombres.

Y testificaréis de haberlas visto, así como mi siervo José Smith, hijo, las vio; porque es por mi poder que él las ha visto, y porque tenía fe.

Y ha traducido el libro, sí, la parte que le he mandado; y vive vuestro Señor y vuestro Dios, que es verdadero.

Por tanto, habéis recibido el mismo poder, la misma fe y el mismo don que él; y si cumplís estos últimos mandamientos míos que os he dado, las puertas del infierno no prevalecerán en contra de vosotros; porque mi gracia os es suficiente y seréis enaltecidos en el postrer día.

Y yo, Jesucristo, vuestro Señor y Dios, os lo he hablado, a fin de realizar mis propósitos justos para con los hijos de los hombres. Amén (D&C 17:4-9).

Poco después de haber extendido el llamamiento para ser testigos, los cuatro hombres se retiraron a una arboleda cercana para recibir la revelación que les había sido prometida. Horas después, esa misma tarde, regresaron a la casa de David Whitmer, donde José exclamó: “Padre, madre, no saben cuán feliz estoy; el Señor ha permitido que otras tres personas además de mí, vieran las planchas. Vieron a un ángel, quien les testificó, y ellos habrán de dar testimonio de la veracidad de lo que yo he dicho, pues ahora ellos saben por sí mismos que yo no he tratado de engañar a nadie. Me siento como si se me hubiera quitado una carga que era demasiado pesada para mí. Siento regocijo en mi alma pues ya no estoy totalmente solo ante el mundo” (Smith, History of Joseph Smith by His Mother, 152). Poco más de un año después, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días fue organizada, con José Smith como “el primer élder de esta iglesia” (D&C 20:2). Al mismo tiempo, el Señor reveló instrucciones a los apóstoles, a los élderes, a los presbíteros, a los maestros, a los diáconos y a los miembros de la Iglesia, detallando deberes y responsabilidades para cada uno, al aceptar ellos su parte de mayordomía dentro del ministerio de José. Finalmente la Iglesia fue organizada en quórumes y consejos, llamándose a sus correspondientes presidencias “para administrar en las cosas espirituales” (D&C 107:8).

De acuerdo con la revelación, “Las decisiones de estos quórumes, o cualquiera de ellos, se deben tomar con toda rectitud, con santidad y humildad de corazón, mansedumbre y longanimidad, y con fe, y virtud, y conocimiento, templanza, paciencia, piedad, cariño fraternal y caridad; porque existe la promesa de que si abundan estas cosas en ellos, no serán sin fruto en cuanto al conocimiento del Señor” (D&C 107:30-31).

“Por tanto”, continuó diciendo el Señor, “aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuera nombrado. El que sea perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprenda su deber y no se presente aprobado, no será considerado digno de permanecer” (D&C 107:99-100).

Tras haber experimentado la soledad espiritual en las primeras épocas de su ministerio y por haber sido enseñado por el Señor, José Smith tenía un respeto muy grande por la obra de los consejos de la Iglesia de Jesucristo. Poco después de organizar el primer sumo consejo, el profeta puso las manos sobre la cabeza de los doce miembros y les dio una bendición, para que pudieran tener sabiduría y poder para exhortar en rectitud tocante a todos los asuntos que fueran llevados ante ellos. También oró que pudieran verse libres de los males a los que más se exponían, y que sus vidas se vieran prolongadas en la tierra…

Después les dio a los ayudantes de los presidentes la solemne responsabilidad de cumplir con su deber en justicia y en temor a Dios. También dio similar responsabilidad a los doce miembros del consejo, todo en el nombre de Jesucristo.

Todos alzaron las manos al cielo como seña del con- venio sempiterno, y el Señor les bendijo con Su Espíritu. Entonces declaró el consejo organizado conforme al antiguo orden, y también conforme a la voluntad del Señor (History of the Church, 2:32-33).

Pese al compromiso establecido de servir a Dios, a los colaboradores de José Smith les resultó difícil en varias ocasiones adaptarse al concepto de los consejos. El profeta escribió:

En un consejo de los sumos sacerdotes y los élderes . . . llevado a cabo en mi casa, en Kirtland, en la noche del 12 de febrero de 1834, declaré que yo debía explicar ante el consejo la dignidad del oficio que me había sido conferido por la ministración del ángel de Dios, por Su misma voz, y por la voz de esta Iglesia; que nunca había explicado a consejo alguno el orden en que se debía llevar a cabo, lo cual, tal vez, haya privado a los consejos de algunas o de muchas bendiciones.

Y continué diciendo que ningún hombre está capacitado para juzgar sobre un asunto que se trate en un consejo, a menos que su propio corazón sea puro; y que a menudo estamos tan llenos de prejuicios, o tenemos tal viga en nuestro propio ojo, que no estamos en condiciones de tomar las debidas decisiones.

Pero volviendo al tema del orden, en la antigüedad los consejos se llevaban a cabo con tan estricta propiedad, que a nadie se le permitía susurrar, demostrar desdén, inquietud ni salir del lugar, hasta tanto no se obtuviera una respuesta del Señor por revelación, o del consejo por medio del Espíritu, lo cual no se ha observado en esta Iglesia hasta el presente. Se daba por entendido en los días antiguos que si un hombre podía permanecer en la reunión, también podían los demás; y si el presidente podía dedicar su tiempo, también podían hacerlo los miembros; pero en nuestros consejos, generalmente, uno estará inquieto, otro se dormirá; uno orará y otro no; la mente de uno estará en lo que esté tratando el consejo, mientras que otra persona estará mentalmente en algún otro lado.

Nuestros hechos son registrados y en un día futuro serán presentados ante nosotros, y si no juzgamos acertadamente o si lastimamos a nuestros semejantes, es posible que ellos, ahí mismo, nos condenen. Estas cosas son de gran consecuencia; de  una  consecuencia  mucho  mayor  de  lo  que  yo  pueda expresar en palabras. Preguntaos, hermanos, cuánto tiempo habéis dedicado a orar desde que escuchasteis sobre este consejo; y si estáis ahora preparados para reuniros en consejo para tratar sobre el alma de vuestro hermano (History of the Church, 2:25-26).

Casi exactamente un año más tarde, el Señor reveló a José Smith información adicional en cuanto a la forma en que el gobierno de los consejos podría llegar a aliviar algo de la presión que pesaba sobre él como líder de la Iglesia:

El día 8 de febrero, en el año 1835 de nuestro Señor, siendo éste el día de reposo, el profeta José Smith llamó a los élderes Brigham y Joseph Young a su recámara en su residencia de Kirtland, Ohio. Tras darles algunos antecedentes, pasó a relatar a estos hermanos una visión del estado y la condición de los hombres que murieron en el Campamento de Sión, en Misuri. Les dijo: “Hermanos, he visto a esos hombres que han muerto de cólera en nuestro campamento; y sabe el Señor que si yo recibo una mansión tan refulgente como la de ellos, no pido nada más”. El profeta lloró durante esta revelación, y por cierto tiempo no pudo ni hablar. Cuando hubo desahogado sus sentimientos al describir la visión, retomó la conversación y se dirigió al hermano Brigham Young, a quien le dijo: “Quisiera que notificara a todos los hermanos que viven en las ramas, dentro de una distancia razonable de este lugar, que se reúnan en una conferencia general el próximo sábado. En esa ocasión habré de llamar a doce testigos especiales para abrir las puertas del Evangelio a naciones del extranjero, y usted”, dijo (hablándole a Brigham Young), “será uno de ellos”.

Después pasó a referirse con más amplitud a los deberes de su llamamiento. El interés que entonces originó ese anuncio, produjo en la mente de los dos élderes presentes, una gran sensación y muchas reflexiones al haber informado con anterioridad al hermano Brigham Young que él sería uno de los testigos, pero sin decir nada a Joseph, hasta que hubo expresado muchos de sus sentimientos en cuanto a los Doce, lo cual llevó un poco de tiempo. Entonces se dirigió al élder Joseph Young con notoria formalidad, como si la visión se extendiera aún más, y le dijo: “Hermano Joseph, el Señor le ha hecho Presidente de los Setenta”. Habían oído de Moisés y de los setenta élderes de Israel, y que Jesús había llamado a “otros setentas”, pero nunca habían oído antes del llamamiento de Doce Apóstoles y de Setentas en esta Iglesia. Sonaba extraño aquello de que “el Señor le ha hecho Presidente de los Setenta”, como si ya hubiera tenido lugar, lo cual hizo que esos hermanos se maravillaran. El profeta no dijo que se llamaría a otros para que fueran portadores del mensaje en el extranjero, pero es posible que eso haya quedado sobreentendido por las palabras que usó en ese momento. Al aceptar el élder Brigham Young lo que se le había pedido, todas las ramas fueron notificadas y el siguiente sábado 14 de febrero se llevó a cabo una confe- rencia general con todos los hermanos en Kirtland, en la nueva escuela, en la planta baja de la imprenta, reunión en la cual los Doce fueron llamados y ordenados, tras lo cual se levantó la conferencia por dos semanas (Joseph Young, padre, “History of the Organization of the Seventies” [1878], 1-2; citado en History of the Church, 2:181).

LOS CONSEJOS ECLESIÁSTICOS GENERALES

Con el correr de los años, las formas y los métodos de gobierno y administración de la Iglesia se han modificado para satisfacer las cambiantes necesidades de las  épocas. Pero siempre se han caracterizado por la manera en que encontraron continua solidaridad y fortaleza en los consejos. El presidente Stephen L Richards dijo en 1953:

No sé si sería posible que organización alguna tuviera éxito en la Iglesia . . . sin adoptar la virtud más extraordinaria de nuestro gobierno eclesiástico. ¿A qué me refiero? Considero que la virtud más extraordinaria de nuestro gobierno eclesiástico es administrar por medio de consejos. El Consejo de la Presidencia, el Consejo de los Doce, el consejo de la presidencia de estaca, o quórum, si preferimos emplear esa palabra, el consejo del obispado, y el quórum [o] consejo de la presidencia de quórum. He tenido suficiente experiencia para reconocer el valor de los consejos. Rara vez transcurre un día en que no dé testimonio de la sabiduría de Dios, al crear consejos . . . para gobernar Su reino. En el espíritu dentro del cual obramos, se reúnen hombres que poseen opiniones aparentemente divergentes y antecedentes diametralmente distintos, y bajo la influencia de ese espíritu, aconsejándose mutuamente, llegan a un acuerdo, y ese acuerdo . . . representa la sabiduría del consejo, actuando bajo el Espíritu (En Conference Report, octubre de 1953, 86; énfasis en el original).

Al igual que en la época de José Smith, el consejo presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en la actualidad, es la Primera Presidencia. Dicho consejo consiste del Presidente de la Iglesia y sus dos consejeros. Conforme al mandato espiritual: “las llaves del reino . . . siempre corresponden a la presidencia del sumo sacerdocio” (D&C 81:2). Los miembros de ese consejo son sostenidos por la totalidad de los miembros de la Iglesia como “profetas, videntes y reveladores”, a quienes se les permite “recibir los oráculos para toda la iglesia” (D&C 124:126), y ellos tienen “el derecho de oficiar en todos los oficios de la Iglesia” (D&C 107:9).

Durante mi período de servicio en el Quórum de los Doce Apóstoles, he tenido el privilegio de ver a la Primera Presidencia funcionar dentro de una gran variedad de situaciones y circunstancias. Además de haberme sentido siempre impresionado por la fortaleza y la capacidad individuales de los hombres que integran la presidencia, me ha inspirado en grado superlativo la forma extraordinaria en que se desempeñan como un consejo ejemplar y siguen haciéndolo aun cuando no todos los miembros del consejo estén en condiciones plenas de funcionar.

Después de la Primera Presidencia, en lo que se refiere a la línea de autoridad en la Iglesia, está el Quórum de los Doce Apóstoles, el consejo del cual yo formo parte. De acuerdo con las Escrituras, a los apóstoles se les llama en calidad de “testigos especiales” del nombre de Cristo (D&C 27:12) con la misión específica de “declarar [Su] evangelio, tanto a los gentiles como a los judíos” (D&C 18:26). Como consejo “constituyen un quórum, igual en autoridad y poder” a la Primera Presidencia (D&C 107:24). Tal como lo explicó el presidente Joseph Fielding Smith,  esto significa que los Doce “tienen poder para asumir el control de los asuntos de la Iglesia cuando la Presidencia quede acéfala por el fallecimiento del Presidente” ( Doctrina de Salvación, 1:243).  Por cierto que cuando el Presidente de la Iglesia muere, la Primera Presidencia queda inmediatamente disuelta, los consejeros del presidente vuelven a ocupar sus respectivos lugares en el Quórum de los Doce Apóstoles, y ese quórum pasa a presidir la Iglesia hasta que se nombre a un nuevo presidente. En los doce años en que he integrado el Quórum de los Doce, he tenido oportunidad de participar en ese proceso tres veces, siendo testigo de la formación de una nueva Primera Presidencia bajo la autoridad de tres profetas contemporáneos diferentes: los presidentes Ezra Taft Benson, Howard W. Hunter y Gordon B. Hinckley. A excepción de un breve tiempo después del fallecimiento de un presidente de la Iglesia, el Quórum de los Doce funciona dentro de su mayordomía sagrada de “enseñar, exponer, exhortar, bautizar y velar por la iglesia” (D&C 20:42).

La redacción de “La proclamación para la familia” es un buen ejemplo de cómo debe funcionar el proceso de un consejo. En el curso de nuestras reuniones regulares, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles llegaron a un acuerdo en cuanto al concepto de la proclamación debido a la gran necesidad que existe en la Iglesia, así como en el mundo entero, de tener una idea cabal de la función divinamente ordenada del hogar y de la familia. El Quórum de los Doce Apóstoles está compuesto por un grupo de hombres de diversos antecedentes y poseedores de aptitudes espirituales extraordinarias, aptitudes en las cuales nos amparamos cuando redactamos el documento. Requirió numerosas revisiones y ajustes en nuestras reuniones de consejo, antes de que la Primera Presidencia lo aprobara para proclamarlo al mundo entero. Todo miembro de la Iglesia debería leer y entender esa proclamación tan importante.

Reconocemos la magnitud de brindar al mundo tal proclamación y admonición de la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles. Nuestra tarea fue cumplida gracias a la diversidad de antecedentes, aptitudes y dones espirituales de los miembros del quórum, y al empleo del programa de consejos inspirado por el Señor.

Refiriéndose tanto a la Primera Presidencia como al Quórum de los Doce, el Señor dijo que “las decisiones de estos quórumes, o cualquiera de ellos, se deben tomar con toda rectitud, con santidad y humildad de corazón, mansedumbre y longanimidad, y con fe, y virtud, y conocimiento, templanza, paciencia, piedad, cariño fraternal y caridad; porque existe la promesa de que si abundan estas cosas en ellos, no serán sin fruto en cuanto al conocimiento del Señor” (D&C 107:30-31).

Ésa es una promesa de vital importancia para todos cuantos sirven en estos importantes consejos de la Iglesia.

El élder Rulon G. Graven, ex miembro del Segundo Quórum de los Setenta, describió en una ocasión el proceso de adopción de decisiones que se sigue en las reuniones del Quórum de los Doce Apóstoles:

“Como Secretario Ejecutivo del Quórum de los Doce he tenido el privilegio de estar presente en algunos de los principales consejos de la Iglesia y de ser testigo del proceso de comunicación que tiene lugar al tratarse importantes asuntos eclesiásticos. Gracias a tales experiencias, he podido ver que las deliberaciones se efectúan bajo la influencia del Espíritu. Me consta que la rectitud de las personas que integran esos consejos contribuye enormemente al grado de inspiración y eficacia de tales reuniones.

Me ha parecido interesante observar a las Autoridades Generales trabajar en base a un nutrido temario, y verles tratar cada asunto con suma eficiencia. He notado que cada una de las autoridades está interesada, no tanto en expresar su propio punto de vista, sino en escuchar la opinión de los demás y en contribuir al clima que debe prevalecer en las reuniones de consejo. Son sensibles a las ideas de los demás y muy rara vez interrumpen a quien está haciendo uso de la palabra. Durante las deliberaciones, no tratan de forzar sus propias ideas sino que prefieren determinar, en base al inter- cambio, qué es lo mejor para el reino.

Quisiera compartir una experiencia típica de una reunión del Quórum de los Doce. Siempre trabajan en base a un temario. Cada miembro de los Doce recibe una copia del mismo la noche antes de la reunión a fin de tener la oportunidad de leer y considerar cada uno de los puntos que serán tratados. Cuando se reúnen, generalmente intercambian expresiones de afecto y respeto. Tras una oración  de  apertura,  en  la cual se pide la presencia del Espíritu en la reunión, el Presidente de los Doce menciona uno por uno los puntos del temario. Es posible que haga algún breve comentario preliminar que considere necesario relativo a cada punto, y después presenta el asunto o pide a uno de los Doce que lo presente para ser tratado.

Las Autoridades Generales expresan libremente sus ideas y sentimientos. Son hombres de sólidas convicciones y de notable experiencia; hombres de una gran capacidad analítica. Hablan según se sientan inspirados a hacerlo. Se esfuerzan por percibir las manifestaciones del Espíritu concernientes a los asuntos que estén tratando, lo cual puede resultar en un cambio personal de parecer y de sentir a fin de estar en armonía con la totalidad del consejo. Cuando el Presidente de los Doce percibe que se llega a un consenso de opinión en un punto particular del temario, tal vez pedirá una recomendación, o quizás uno de los Doce presentará una. La recomendación resume en forma extraordinaria el sentir de todo el consejo. Entonces el presidente dice: “Tenemos ante nosotros una recomendación. ¿Es necesario dar consideración adicional al asunto?”. Otra vez, cada uno de los Doce tendrá la oportunidad de expresarse. En tal caso, no repiten lo que ya se ha dicho; de hecho, son excepcionalmente breves, a fin de dar cabida a todos los puntos de vista del consejo. Después que hayan hablado todos cuantos hubieren tenido el deseo de hacerlo, es posible que la recomendación se modifique, tras lo cual uno de los Doce la presentará en forma de moción y otro la respaldará. Entonces el Presidente de los Doce pide el voto del quórum, y así los Doce toman decisiones en armonía, unidad y fe, con el juicio combinado de cada miembro y en acuerdo con el Espíritu” (Called to the Work,111-113).

Como lo explicó el presidente Gordon B. Hinckley, es a través de las reuniones de consejo de la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles, efectuadas todas las semanas en el Templo de Salt Lake, que se gobierna la Iglesia por revelación:

“Todas las preguntas importantes sobre normas, pro-cedimientos, programas o doctrina, la Primera Presidencia y los Doce las consideran conjuntamente en forma detenida y por medio de la oración. Estos dos quórumes, el Quórum de la Primera  Presidencia y el Quórum de los  Doce, reunidos juntamente, consideran todas esas  preguntas, dando a todos los presentes la más absoluta libertad de expresar su parecer.

Y ahora cito . . . las palabras del Señor: “Y toda decisión que tome cualquiera de estos quórumes se hará por la voz unánime del quórum; es decir, todos los miembros de cada uno de los quórumes tienen que llegar a un acuerdo en cuanto a sus decisiones, a fin de que éstas tengan el mismo poder o validez entre sí” (D&C 107:27).

Ninguna decisión emana de las deliberaciones de la Primera Presidencia y los Doce sin que la unanimidad entre todos aquellos a quienes concierna. Al iniciarse la consideración de asuntos, es posible que haya diferencias de opinión, lo cual es natural. Estos hombres son el producto de variados antecedentes; son hombres que piensan por sí mismos. Pero antes de alcanzar una decisión final, se logra unanimidad de criterio y de expresión . .

Yo añado en forma de testimonio personal que durante los veinte años que he servido como miembro del Consejo de los Doce y a lo largo de los … años que he integrado la Primera Presidencia, jamás se ha adoptado una decisión de magnitud sin que se observara este procedimiento. He sido testigo de opiniones divergentes presentadas en estas deliberaciones. Por medio de este proceso de hombres que se expresan sin inhibición, se ha logrado la purificación de ideas y conceptos. Pero nunca observé desacuerdos serios ni enemistad personal entre mis hermanos. Por el contrario, he podido ver algo hermoso y extraordinario: el esfuerzo por unificar criterios bajo la guía del Santo Espíritu y bajo el poder de la revelación, hasta alcanzar una armonía total y un absoluto acuerdo. Únicamente después de eso es que se adopta una decisión. Testifico que se trata del espíritu de revelación puesto de manifiesto una y otra vez en la dirección de la obra del Señor” (“God Is at the Helm”, Ensign, mayo de 1994, 54, 59).

Existen otros ejemplos de quórumes y consejos que tienen jurisdicción sobre toda la Iglesia: la Presidencia de los Setenta, los Quórumes de Setenta, el Obispado Presidente y las presidencias de las organizaciones auxiliares generales (la Sociedad de Socorro, las Mujeres Jóvenes, los Hombres Jóvenes, la Escuela Dominical y la Primaria) y sus respectivas mesas directivas. Hay también una gran variedad de comités que funcionan como consejo bajo la dirección de Autoridades Generales en la administración de áreas concretas de responsabilidad. Aun cuando las asignaciones específicas y los respectivos aspectos de enfoque tal vez cambien de cuando en cuando, es absolutamente esencial aplicar el concepto de los consejos en la debida manera a fin de que resulten eficaces en el plan general del Evangelio.

Otros consejos similares operan en todo el mundo en las áreas, estacas, misiones, distritos, barrios y ramas de la Iglesia. Nos referiremos a dichos consejos con mayor detalle en capítulos posteriores; pero hay un asunto muy importante que se debe explorar antes, puesto que tiene una aplicación trascendental en muchos consejos de la Iglesia.

EL PAPEL DE LA MUJER EN LOS CONSEJOS ECLESIÁSTICOS

Al considerar los numerosos consejos y comités que existen en la totalidad de la organización de la Iglesia, se advertirá que los mismos son dirigidos por el sacerdocio. Hay una buena razón para que sea de ese modo. Como lo dijo el presidente John Taylor en una ocasión, el sacerdocio es “el gobierno de Dios, tanto en la tierra como en los cielos, ya que es por ese poder, medio o principio que todas las cosas son gobernadas en la tierra y en los cielos, y es por ese poder que todas las cosas son sostenidas. Gobierna todas las cosas, dirige todas las cosas, sostiene todas las cosas y tiene que ver con todas las cosas relacionadas con Dios y con la verdad” (Millenial Star, 1 de noviembre de 1847, 321; citado en Taylor, Gospel Kingdom, 129).

A1 mismo tiempo, deben recordar todos cuantos poseen esa autoridad que “los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (D&C 121:36).

¿Y cuáles son esos “principios de la rectitud” mediante los cuales uno puede gobernar por lo menos usar -” los poderes del cielo”? El Señor le enseñó a José Smith que el poder o la influencia del sacerdocio se mantiene a través de rasgos de carácter tales como “persuasión . . . longanimidad, benignidad, mansedumbre y . . . amor sincero . . . bondad y . . . conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia” (D&C 121: 41-42). Al considerar los rasgos y las características por medio de los cuales Dios da poder a Su pueblo, los hallo totalmente compatibles con los delicados atributos tradicionalmente ligados a la espiritualidad, a la benignidad, a la mansedumbre, al amor y a la bondad, tan evidentes en muchas de las mujeres de la Iglesia. También sé que hay mucha persuasión, longanimidad y conocimiento puro, así como poca hipocresía y malicia, entre las hermanas que típicamente sirven en los consejos de la Iglesia a los cuales se les asigna, tanto a nivel general como local.

En un discurso dado ante Representantes Generales en 1989, el élder Marvin J. Ashton, entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo:

“Reconocemos la magnitud y las virtudes del dedicado trabajo hecho por las organizaciones auxiliares, especialmente aquellas encabezadas por las hermanas: la Primaria, las Mujeres Jóvenes y la Sociedad de Socorro. A medida que tanto los quórumes como las organizaciones auxiliares se ven fortalecidos y empiezan a cumplir con sus responsabilidades en el logro de la misión de la Iglesia, la carga tan pesada que actualmente descansa sobre  los obispos, en muchos aspectos se verá aliviada . . . No somos ajenos a la gran contribución de las mujeres en la Iglesia. El trabajo de nuestras maravillosas hermanas es vital . . . Es de extrema importancia que los consejos y los comités de estaca y de barrio estén continuamente interesados en los asuntos que incumben a la familia, a la mujer, a la juventud y a los niños. Dichos asuntos deben ser un componente regular de los temarios de esas reuniones, y nuestras líderes deben tomar parte en las deliberaciones. Nuestras hermanas son compañeras en el liderazgo y su contribución permite que todos los miembros reciban los beneficios de la Iglesia, así como la atención, el desarrollo y la protección que la Iglesia ofrece. Tengan a bien no pasar por alto la gran fortaleza que proviene   de   nuestras   hermanas”   (discurso dado en el Seminario para Representantes Regionales, el 31 de marzo de 1989, 2).

Veamos ahora la siguiente declaración hecha por el presidente Gordon B. Hinckley:

“Qué enorme fuente de recursos son las mujeres de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ustedes aman esta Iglesia, aceptan su doctrina, honran el lugar que ocupan en su organización y traen brillo, fuerza y belleza a sus congregaciones. Cuán agradecidos estamos a todas ustedes. Cuánto las amamos, respetamos y honramos . . .

Ustedes aportan una buena medida de integridad. Son poseedoras de gran fortaleza. Provistas de dignidad y tremendas aptitudes, llevan adelante los excelentes programas de la Sociedad de Socorro, de las Mujeres Jóvenes y de la Primaria. Enseñan en la Escuela Dominical. Caminamos junto a ustedes como compañeros y hermanos con respeto y amor, con honor y admiración. Fue el Señor quien determinó que el hombre poseyera el sacerdocio en Su Iglesia, y fue también Él quien les dio a ustedes la capacidad de complementar esta grande y maravillosa organización que es la Iglesia y reino de Dios. Doy testimonio ante el mundo entero del valor que ustedes tienen, de su gracia y bondad, de sus aptitudes extraordinarias y de sus magníficas contribuciones “(“Women of the Church” Ensign, noviembre de 1996, 70).

Este sabio consejo del Presidente de la Iglesia transmite el espíritu en cuanto al papel de las mujeres cuando participan en consejos de estaca y de barrio. Se necesitan testimonios más firmes y cometidos más profundos, y las hermanas líderes pueden ayudar al sacerdocio a encontrar soluciones y a enseñar, fortalecer y preparar a las madres, a las jovencitas y a los niños, a fin de que tengan un amor y una dedicación más grandes hacia el Señor Jesucristo y Su Iglesia.

Por lo tanto, quisiera instar a los hermanos del sacerdocio que presiden consejos de barrio y de estaca, a que aprovechen el gran poder, la intuición y la sabiduría que las mujeres pueden aportar a dichas reuniones de consejo. Nuestras hermanas están en condiciones de ofrecer el poder de la fe mediante el cual fue “constituido el universo por la palabra de Dios” (Hebreos 11:3). Ellas ofrecen el poder de la pureza, a través del cual podemos ser “purificados así como [el Señor] es puro” (Moroni 7:48). Y ellas generalmente poseen el poder del amor, el cual el apóstol Pablo destacó como la mayor de todas las virtudes divinas (véase 1 Corintios 13:13). Es carente de visión aquel líder del sacerdocio que no aprecia el valor de pedir a las hermanas que compartan el discernimiento y la inspiración que poseen.

Cierta líder de una de las organizaciones auxiliares generales de la Iglesia me contó una muy buena experiencia que había tenido con su obispo cuando servía como presidenta de la Sociedad de Socorro de su barrio. “No hacía mucho tiempo que ocupaba mi cargo cuando fue llamado aquel nuevo obispo”, me comentó. “Una de las primeras cosas que hizo después de ser ordenado y apartado fue pedirme que me reuniera con él en su oficina. Me dijo que quería que yo supiera que le resultaría imposible cumplir con su llamamiento y con sus responsabilidades para con el Señor a menos que yo le mantuviera debidamente informado. Me pidió que le hiciera saber en cuanto a las cosas que preocupaban a las hermanas del barrio y me dijo que quería que yo supiera que cuando asistiera a la reunión del consejo de barrio, ellos prestarían mucha atención a todo cuanto yo tuviera para decirles. Esa actitud dio una perspectiva completamente diferente al respeto que sentía hacia mi llamamiento, porque supe entonces que mi aporte era necesario.”

La Iglesia necesita a las hermanas. Ya sea que usted tenga ochenta o dieciocho años de edad, que sea casada o soltera, que hable inglés o español, que viva en una gran ciudad o en una aldea, que tenga hijos o no, que se haya recibido en la universidad o que tenga escasa educación, que su esposo sea inactivo o que sea presidente de estaca, ¡la necesitamos! Usted y sus talentos, su capacidad y su sentido común son de gran necesidad para la Iglesia. Tal como dijo Eliza R. Snow, la segunda Presidenta General de la Sociedad de Socorro: “No hay hermana que esté tan aislada o que carezca de tanta visión como para no poder hacer mucho en pos de la edificación del reino de Dios en la tierra” (Discurso dado en una reunión de la Sociedad de Socorro el 14 de agosto de1873; citado en Woman’s Exponent, 15 de septiembre de 1873, 62).

Nuestro Padre Celestial ama a todos Sus hijos por igual, perfecta e infinitamente. Su amor por Sus hijas no es diferente del que tiene por Sus hijos. Nuestro Salvador, el Señor Jesucristo, también ama al hombre y a la mujer por igual. Su expiación y Su Evangelio son para todos los hijos de Dios. Durante Su ministerio terrenal, Jesús sirvió a hombres y a mujeres de la misma manera. Sanó tanto a hombres como a mujeres, y enseñó tanto a los  hombres como a las mujeres.

El Evangelio de Jesucristo santifica al hombre y a la mujer de la misma forma y por medio de  idénticos principios. Por ejemplo, los principios de la fe y del arrepentimiento, la ordenanza del bautismo y el don del Espíritu Santo se aplican igualmente a todos los hijos de Dios sin importar su género. Lo mismo acontece con los convenios y las bendiciones del templo, donde tanto el hombre como la mujer deben recibir todas las ordenanzas de la salvación. La obra y la gloria de nuestro Padre es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos. É1 nos ama a todos por igual y el más grande de Sus dones, el don de la vida eterna, está disponible para todos.

Aun cuando el hombre y la mujer son iguales ante Dios, en lo que se refiere a oportunidades eternas, tienen deberes distintos dentro de Su plan, y aun así, esas funciones y esos deberes diferentes son igualmente importantes. Debemos entender que Dios ve a todos Sus hijos con infinita sabiduría y perfecta equidad. Por consiguiente, Él puede reconocer y hasta promover aquellas particularidades que nos distinguen y al mismo tiempo proporcionar las mismas oportunidades de crecimiento y desarrollo.

Cuando vivimos con Él como Sus hijos e hijas en el espíritu, Él asignó diferentes responsabilidades para el hombre y para la mujer en la vida mortal. A Sus hijos les dio el sacerdocio y los deberes ligados a la paternidad, mientras que a Sus hijas les confirió las responsabilidades de la maternidad, acompañada, cada una, de sus respectivas funciones. La creación del mundo, la expiación de Jesucristo y la restauración del Evangelio en los últimos días por medio del profeta José Smith, son acontecimientos ligados por un único propósito: permitir que todos los hijos espirituales de nuestro Padre Eterno obtuvieran cuerpos mortales y entonces, mediante el don del albedrío moral, llevar a cabo el plan de redención hecho posible por la expiación del Señor. Dios preparó todo esto para nuestro provecho, a fin de que pudiéramos regresar a nuestro hogar celestial investidos de inmortalidad y de vida eterna, para vivir junto a Él como familia.

Una familia puede vivir con Él sólo si un hombre y una mujer son sellados, el uno al otro, en matrimonio por la eternidad mediante el poder del santo Sacerdocio. Reconocemos que muchas personas en la Iglesia desean esta gran bendición pero tienen pocas esperanzas de realizarla en esta vida. Sin embargo, la promesa de la exaltación sigue siendo una meta alcanzable para cada uno de nosotros. Los profetas han explicado claramente que Dios no privará a Sus hijos e hijas de ninguna bendición, siempre que ellos lo amen, tengan fe en Él, guarden Sus mandamientos y perseveren fielmente hasta el fin.

Gran parte de lo que el hombre y la mujer deben hacer para ser dignos de obtener la exaltación como familia se basa en responsabilidades y objetivos compartidos. Muchos de los requisitos son exactamente los mismos para el hombre y para la mujer. Por ejemplo, tanto al hombre como a la mujer se les requiere obediencia a las leyes de Dios. Los requisitos para entrar al templo son los mismos para ambos, y todos cuantos entran a ese sagrado edificio se hacen elegibles para ser revestidos de poder y encuentran allí una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de Dios. El hombre y la mujer deben orar de la misma manera. Los dos tienen el mismo privilegio de recibir respuesta a sus oraciones y, por consiguiente, de obtener revelación personal para su beneficio espiritual.

Tanto el hombre como la mujer deben rendir servicio a su familia y a otras personas, pero las maneras específicas en que lo hacen, a veces son diferentes. Por ejemplo, Dios reveló por medio de Sus profetas que los hombres deben recibir el sacerdocio, ser padres y, con bondad y amor puro y genuino, guiar y nutrir a sus respectivas familias en rectitud, utilizando como modelo la manera en que el Señor guía la Iglesia. Al hombre también se le ha dado la responsabilidad primordial de satisfa- cer las necesidades temporales y físicas de su familia. La mujer tiene la capacidad de traer hijos al mundo y ha recibido la función y la oportunidad primordiales de guiar, nutrir y enseñar a sus pequeños, dentro de un ambiente de amor, seguridad y espiritualidad. Como parte de esta sociedad divinamente confirmada, el marido y la mujer trabajan conjuntamente, aportando cada cual sus contribuciones singulares a la familia. Tal pareja ofrece a los hijos nacidos de esa unión un hogar donde crecer y desarrollarse bajo el amparo de una madre y un padre. Al delegar diferentes responsabilidades al hombre y a la mujer, nuestro Padre Celestial provee las mayores oportunidades de crecimiento, servicio y progreso.

La razón por la cual se ofrece este modelo, no está del todo clara. El Señor ha determinado revelar únicamente Su voluntad en este asunto, no Su razonamiento. Por cierto que en lo que a nosotros concierne, las razones no son importantes ya que el tema no está abierto al debate. Los consensos de opinión son irrelevantes en lo que atañe a la doctrina de Dios, ya que ésta nos es dada por revelación y no por legislación ni negociación. Para nosotros, lo único que realmente importa es decidir si vamos a aceptar o no la doctrina del sacerdocio y ajustarnos o no a sus preceptos. No es ni más ni menos que un asunto de fe.

Claro que hay veces que nuestra fe es puesta a prueba. Resulta fácil entender la razón por la cual muchas hermanas se sienten frustradas cuando forman parte de un consejo junto a líderes del sacerdocio y no se les invita a aportar nada substancial a las deliberaciones. Es mucho lo que ellas tienen para ofrecer cuando se trata de encontrar soluciones a los problemas que confrontan los líderes del sacerdocio. Tal vez el Señor pensó en un arrogante líder del sacerdocio que desecharía la sabia opinión de cualquier miembro de un consejo, cuando dio la siguiente exhortación al profeta José Smith: “ . . . cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre” (D&C 121:37).

En otras palabras, quien cree gozar de un privilegio especial en virtud del sacerdocio, no entiende la naturaleza de su autoridad. El sacerdocio se ejerce por medio del servicio y no de la sujeción; por compasión y no por compulsión; por el interés y no por el control. Quienes piensan de otra manera, operan fuera de los confines de su autoridad y están totalmente equivocados.

Tras haber dejado esto en claro, estamos preparados para continuar nuestro análisis de los consejos locales de la Iglesia. Al hacerlo, nos unimos al presidente Joseph F. Smith, en su anhelo de la llegada del día “cuando todo consejo del sacerdocio en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días comprenderá su deber, asumirá su propia responsabilidad, magnificará su llamamiento y ocupará su lugar en la Iglesia, de acuerdo con toda la inteligencia y la destreza de sus miembros . . . Cuando lleguen a ser totalmente sensibles a las cosas que de ellos se requieren, cumplirán con sus deberes más fielmente, y la obra del Señor tendrá una influencia mucho más poderosa en el mundo” (en Conference Report, abril de 1906, 3).

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