Capítulo 2
Ninguna cosa impura puede entrar
...Todos los hombres, en todas partes, deben arrepentirse, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia… —Moisés 6:57
Como dijimos en el capítulo 1, el camino de la vida está expresamente marcado de acuerdo con el propósito divino, el mapa del evangelio de Jesucristo se pone a disposición de los viajeros, el destino de vida eterna se encuentra claramente establecido. En ese destino nuestro Padre aguarda lleno de esperanza, deseoso de recibir a sus hijos que vuelven. Lamentablemente, muchos no llegarán.
Nefi denodadamente expresa la razón: “El reino de Dios no es inmundo, y… ninguna cosa impura puede entrar en él” (1 Nefi 15:34). También: “Ninguna cosa inmunda puede habitar con Dios” (1 Nefi 10:21). Para los profetas la palabra inmundo en este contexto significa lo que significa para Dios. Para el hombre la palabra puede ser relativa en cuanto a su significado; por ejemplo, una mancha diminuta no es razón para considerar que una camisa o vestido blancos están sucios. Sin embargo, para Dios, que es perfección, pureza significa pureza moral y personal. Lo que sea menos que esto es, en uno u otro grado, impureza; y por tanto, no puede morar con Dios.
Si no fuera por los benditos dones de arrepentimiento y perdón, el hombre se vería en una situación desesperada, en vista de que nadie, salvo el Maestro, jamás ha vivido sin pecar sobre la tierra. Naturalmente, hay todas las categorías de pecados. Cuando se llega a lo peor, el pecador empedernido se halla bajo el dominio de Satanás. Como lo expresó el Señor Jesús, todo su “cuerpo está en tinieblas”. El Salvador entonces expresó la imposibilidad de servir a Dios, de allegarse a Él, en tales circunstancias:
“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).
Pertenecemos donde servimos.
De manera que, el pecado es prestar servicio a Satanás. Es perogrullada decir que los hombres pertenecen a “aquel a quien quieren obedecer”. Muchos pasajes de las Escrituras afirman esta declaración. Jesucristo indicó esta verdad cuando dijo a los judíos: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34). Cuando escribió a los romanos, S. Pablo declaró:
“Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.
“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros…
“¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:13,14,16).
También Pedro el apóstol pone de relieve esta esclavitud:
“Pues hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencias de la carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error.
“Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (2 Pedro 2-18,19).
Convendría notar que la palabra concupiscencias no se limita necesariamente a su significado de apetito sexual. Puede referirse a cualquier deseo o impulso carnal o mundano que se lleva al exceso. Satanás afanosamente utilizará otros apetitos que convengan a su propósito, además de los sexuales, en sus esfuerzos por esclavizar a los hombres hasta que, como lo expresó Mormón:
“Satanás los arrastra como tamo que se lleva el viento; o corno el barco que sin velas, anda o timón con qué dirigirlo, es juguete de las olas; y así como la nave son ellos” (Mormón 5:18).
La realidad de satanás.
En esta época de sofismas y error, los hombres despojan de su personalidad no sólo a Dios sino también al diablo. De acuerdo con este concepto, Satanás es un mito, útil en tiempos de poco esclarecimiento para conservar a la gente en orden, pero fuera de moda en nuestra edad de erudición. No puede haber cosa más apartada de la realidad. Satanás es en todo respecto un personaje de espíritu, personal e individual, pero sin cuerpo carnal. Sus deseos de sellar como suyos a cada uno de nosotros no son menos vehementes en impiedad, que los de nuestro Padre en justicia para atraernos a su propio reino eterno. Nefi nos permite vislumbrar la táctica de Satanás, así como un resumen espantosamente acertado de su carácter, en esta profecía concerniente a nuestros propios días:
“Porque he aquí, en aquel día él enfurecerá los corazones de los hijos de los hombres, y los agitará a la ira contra lo que es bueno.
“Y a otros pacificará y los adormecerá con seguridad carnal, de modo que dirán: Todo va bien en Sión; sí, Sión prospera, todo va bien. Y así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno.
“Y he aquí, a otros los lisonjea y les cuenta que no hay infierno; y les dice: Yo no soy el diablo, porque no hay; y así les susurra al oído, hasta que los prende con sus terribles cadenas, de las que no hay rescate.
“Sí, son atados con la muerte y el infierno; y la muerte, el infierno, el diablo y todos los que hayan caído en su poder, deberán presentarse ante el trono de Dios para ser juzgados según sus obras, de donde tendrán que ir al lugar preparado para ellos…” (2 Nefi 28:20-23).
Sí, el diablo definitivamente es una persona. También es astuto y hábil; y con los miles de años de experiencia con que cuenta, ha llegado a ser extremadamente eficiente y cada vez más resuelto. Los jóvenes suelen sentir y decir, cuando se extiende hacia ellos la mano orientadora: “Yo puedo cuidarme solo.” De hecho, ni los adultos con mayor experiencia pueden fiarse de estar seguros de su resistencia a Satanás. Todo adolescente, hombres así como mujeres, ciertamente necesitan estar debidamente fortificados y protegidos, si es que van a poder hacer frente a las fuerzas eficaces, asiduamente adiestradas y superiores que continuamente andan buscando oportunidades para tentar.
Prudente es la persona, joven o de edad madura, que quiere aceptar consejo y orientación de personas de experiencia que conocen las asechanzas, los muros que se desmoronan y las presas agrietadas que traen la destrucción.
Pecados viejos con nombres nuevos.
Pueden clasificarse los pecados en muchas categorías. Los tenemos desde las sencillas inmodestias e indiscreciones hasta el derramamiento de sangre inocente y el pecado en contra del Espíritu Santo. Hay pecados contra nosotros mismos, pecados contra nuestros seres queridos, pecados contra nuestros semejantes, pecados contra nuestras comunidades, pecados contra la Iglesia y contra la humanidad. Hay pecados que son conocidos al mundo, y otros, tan cuidadosamente encubiertos, que el pecador es el único ser mortal que está enterado del error.
Hay ocasiones en que una generación nueva da nombres nuevos a los pecados viejos—frecuentemente términos que eliminan toda indicación de pecado—y cuando uno lee la amplia lista de transgresiones en las Escrituras, no las conoce por su nombre moderno. Pero todas están allí en las Escrituras, y todas están aquí y se practican en nuestra propia época.
Ocasionalmente, una persona, al no encontrar en las Escrituras el nombre moderno de determinado pecado o perversión del cual es culpable, calma su conciencia tratando de convencerse de que, al fin y al cabo, no es tan grave porque no se prohíbe específicamente. Por ejemplo, la expresión manosear tal vez nunca se encuentre en las Escrituras, pero el hecho se condena repetidas veces. En igual manera, quizás no aparezcan en las Escrituras otros pecados y perversiones con sus términos modernos, pero un examen cuidadoso de las Escrituras revelará que los romanos y los corintios, los efesios y los hijos de Israel, y otros pueblos en todas las edades, cometieron todas estas cosas para su deshonra.
Además, al entrevistar a los jóvenes, y a veces a personas de mayor edad, encuentro que muchos no entienden el significado de los nombres de los pecados que aparecen en las Escrituras antiguas. Un joven dijo: “Sé lo que es el adulterio, pero ¿qué cosa es fornicación, y es mala?” Un prominente obrero social dijo que había muchos jóvenes que habían alcanzado la madurez física y, sin embargo, jamás se les había dicho en palabras claras que las relaciones sexuales fuera del matrimonio eran graves pecados. Por consiguiente, aunque es un asunto desagradable, en los capítulos subsiguientes de la presente obra se hará referencia a estas cosas.
Lista de los pecados contenidos en las escrituras.
En vista de que es tan completo el catálogo proporcionado por las Escrituras, particularmente en los escritos de los apóstoles de la antigüedad, enumeremos los pecados que en ellas se describen. Por ejemplo, la profecía del apóstol Pablo a Timoteo concerniente a las condiciones de nuestros propios días se ha cumplido con deprimente exactitud.
“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.
“Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,
“sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
“traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios,
“que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.
“Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias” (2 Timoteo 3:1-6).
También amonestó a los romanos de pecados similares:
“…Inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos,
“…honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador…
“Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza,
“y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres…
“Murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres,
“necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia;
“quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (Romanos 1:24-27, 30-32).
Se mencionan algunos otros tipos de pecados en las palabras de este mismo apóstol a los corintios:
“…Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones,
“ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9,10).
Juan el Teólogo enumera las transgresiones que merecerán la segunda muerte:
“Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8).
El pecado sexual es condenado repetidas veces en las Escrituras. Para entender bien nuestras definiciones, hay que comprender que las relaciones íntimas entre personas del sexo opuesto constituyen el pecado de fornicación cuando cometen este acto aquellos que no están casados; y es adulterio cuando en él incurren personas casadas contrario a sus convenios conyugales. Ambos son pecados graves a la vista de Dios. El apóstol Pablo escribió:
“¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo.
“¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne.
“Huid de la fornicación” (1 Corintios 6:15,16,18).
En otra de sus epístolas el mismo escritor hace hincapié adicional y enumera otros pecados. (Véase Romanos 1:24-32; 1 Corintios 3:16,17; 6:9,10; 10:8; Efesios 5:3-7; Gálatas 5:19-21; Colosenses 3:5,7,8; 1 Tesalonicenses 4:3-5).
Al leer los pasajes citados o a los que acabamos de referirnos, notamos que comprenden prácticamente todas las transgresiones modernas, aunque a veces con nombres antiguos. Repasemos esta extensa lista:
Homicidio, adulterio, hurto, maledicencia, impiedad por parte de los amos, desobediencia por parte de los siervos, deslealtad, imprevisión, aborrecimiento de Dios, desobediencia al esposo, falta de afecto natural, infatuación, lisonja, lujuria, infidelidad, indiscreción, difamación, chisme, falta de verdad, golpes, riñas, pleitos, ingratitud, inhospitalidad, engaño, irreverencia, jactancia, arrogancia, soberbia, conversación falaz, maledicencia, calumnia, corrupción, ratería, desfalco, pillaje, violación de convenios, incontinencia, inmundicia, ruindad, comunicaciones impúdicas, impureza, necedad, pereza, impaciencia, falta de comprensión, falta de misericordia, idolatría, blasfemia, negación del Espíritu Santo, violación del día de reposo, envidia, celo, malicia, difamación, venganza, implacabilidad, rencor, clamor, resentimiento, profanación, escarnio, mal hablar, provocación, codicia de torpes ganancias, desobediencia a los padres, ira, odio, avaricia, falso testimonio, invención de cosas malas, carnalidad, herejía, presunción, apetito insaciable, inestabilidad, ignorancia, voluntariedad, hablar mal de los dignatarios, ser un tropiezo; y en nuestro lenguaje moderno, masturbación, manoseo, fornicación, adulterio, homosexualidad y toda perversión sexual, todo pecado oculto y secreto y toda práctica inicua e impura.
Estas son las transgresiones que el Señor ha condenado por medio de sus siervos. Nadie justifique sus pecados con la excusa de que su pecado particular no se menciona ni se prohíbe en las Escrituras.
La pureza es esencial para la vida eterna.
Pese a cuantos otros sufran, todo pecado va dirigido contra Dios, porque tiende a frustrar el programa y los propósitos del Omnipotente. En igual manera, todo pecado se comete contra el pecador, porque limita su progreso y restringe su desarrollo.
En nuestro viaje hacia la vida eterna, la pureza debe ser nuestra meta constante. Para andar y hablar con Dios, para servir con Dios, para seguir su ejemplo y llegar a ser como un dios, debemos lograr la perfección. En su presencia no puede haber engaño, ni iniquidad, ni transgresión. Él ha aclarado en numerosos pasajes de las Escrituras que toda mundanería, maldad y debilidad deben eliminarse antes que podamos subir “al monte de Jehová”. El salmista preguntó:
“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?”
Y de esta manera contesta la pregunta:
“El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (Salmos 24:3,4).
Escribiendo acerca de su visión de la ciudad celestial, dijo Juan el Teólogo:
“No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Apocalipsis 21:27).
Después de mencionar muchos pecados, dijo S. Pablo a los gálatas:
“Ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:21).
Ninguna duda ha dejado Dios en la mente de su pueblo, desde el principio, de que solamente los limpios y puros heredarán su reino. El mandamiento que dio a Adán fue:
“Enséñalo, pues, a tus hijos, que todos los hombres, en todas partes, deben arrepentirse, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia” (Moisés 6:57).
Numerosos pasajes de las Escrituras testifican del mismo principio, de que solamente los puros pueden morar con Dios (Por ejemplo, véase Mosíah 2:37; Alma 11:37; Tito 1:15,16). No puede ser de ninguna otra manera porque “ser de ánimo carnal es muerte, y ser de ánimo espiritual es vida eterna” (2 Nefi 9:39). El propio Jesús expresó eminentemente el concepto en las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). Pureza de corazón significa perfección; y los perfectos no sólo verán a Dios, sino compartirán de su amistad.
Este concepto de que el pecado lo aleja a uno de Dios, y que si no nos arrepentimos de él nos impedirá que lleguemos a su presencia, no se limita a los antiguos profetas. José Smith, el profeta de los últimos días, igualmente vio en el pecado un obstáculo mayor a la salvación y la divinidad. En una ocasión dijo:
“Si deseáis ir a donde Dios está, debéis ser semejantes a Dios o poseer los principios que Dios posee, pues si no estamos acercándonos a Dios en principio, estamos distanciándonos de Él y allegándonos al diablo. Sí, me hallo en medio de toda clase de personas.
“Escudriñad vuestros corazones para ver si sois semejantes a Dios. He escudriñado el mío, y veo que tengo necesidad de arrepentirme de todos mis pecados.
“Hay entre nosotros ladrones, adúlteros, mentirosos e hipócritas. Si Dios hablase de los cielos, Él os mandaría no robar, ni cometer adulterio, ni codiciar, ni engañar, sino que fueseis fieles en pocas cosas. Al grado que nos alejamos de Dios, descendemos al diablo y perdemos conocimiento, y sin conocimiento no podemos ser salvos; y mientras lo malo llene nuestros corazones y nos dediquemos a estudiar lo que es malo, no habrá lugar en nuestros corazones para lo bueno, ni para estudiar lo bueno” (José Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 263).
Necesidad de disciplina.
Cuando era joven tenía a mi cargo un toro Jersey que se volvió indócil y me acometió varias veces. Todo lo que tenía que hacer para contener sus embestidas era dar un tirón a la cadena que estaba sujeta a la argolla que llevaba en la nariz, y entonces se volvía dócil y manejable. Al aumentar su indocilidad, añadí una vara larga de bambú que fijé a la argolla que llevaba puesta en la nariz. Ahora lo tenía totalmente sujeto, porque podía contenerlo o impulsarlo hacia adelante. Se hallaba bajo mi dominio.
De la misma manera el pecado, como la argolla en la nariz, sujeta al pecador. Igualmente, el pecado es como las esposas en las muñecas, una argolla en la nariz, un yugo alrededor del cuello.
Llevando la analogía un paso más adelante, yo diría, sin embargo, que mi toro, si hubiese sido humano, tal vez se habría disciplinado a sí mismo. Entonces, sin la argolla en la nariz, habría gobernado sus propias acciones. Así es con el pecado humano, el autodominio, el control de uno mismo, puede reemplazar el dominio del pecado, y el pecador puede conducirse por su libre albedrío hacia Dios más bien que hacia Satanás, bajo la potestad del pecado.
Tal vez el término no sea muy popular en esta época de consentimiento y falta de restricción, pero lo que hace falta es la autodisciplina. ¿Podemos imaginarnos a los ángeles o a los dioses sin poder gobernarse a sí mismos en algún particular? La pregunta, desde luego, es ridícula. Igualmente absurdo es el concepto de que cualquiera de nosotros puede ascender a las alturas eternas sin disciplinarse y ser disciplinado por las circunstancias de la vida. La pureza y perfección que buscamos es inasequible sin este dominio de los impulsos indignos y opuestos a Dios, y el correspondiente estímulo de sus contrarios. Ciertamente no podemos esperar que las reglas sean menos rígidas para nosotros que para el Hijo de Dios, de quien se ha escrito:
“Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedeces” (Hebreos 5:8, 9).
“Para todos los que le obedecen”—éstas son las palabras eficaces para nosotros; y la obediencia siempre comprende la autodisciplina. También la requiere el arrepentimiento, que es la manera de anular los efectos de la falta de obediencia en la vida anterior de uno. Los dividendos que provienen de la obediencia, así como del arrepentimiento, ampliamente compensan el esfuerzo.
El arrepentimiento es la única manera.
El arrepentimiento siempre constituye la llave a una vida mejor y más feliz. Todos nosotros lo necesitamos, bien sea que nuestros pecados sean graves o de los más comunes. Por medio del arrepentimiento percibimos más claramente los contrastes en esta afirmación del apóstol Pablo: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Por medio del arrepentimiento podemos ser “santificados de todo pecado” y gozar “de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero, sí, gloria inmortal” (Moisés 6:59).
Y no hay ninguna otra manera.

























